¿Qué dice el libro del P. Pierre Blet sobre Pío XII?
¿Qué dice el libro del P Blet sobre Pío XII?
Documentos sobre la actuación de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial.
El libro del Padre Pierre Blet, S.J., “Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos vaticanos”, que se presentó ayer en la Sala de Prensa de la Santa Sede, resume la obra de 12 tomos que el sacerdote francés, junto a otros famosos historiadores, publicara en 1982, recogiendo testimonios del archivo secreto vaticano sobre la actividad del Papa Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial.
La obra se basa en los documentos originales que daban a conocer día a día, y en ocasiones hora a hora, la acción de Pío XII.
El primer capítulo, titulado “La diplomacia vaticana contra la guerra”, detalla todos los medios diplomáticos que la Santa Sede usó para lograr la calma en 1939 cuando la situación del mundo empeoraba rápidamente. Además, explica las iniciativas secretas con los distintos gobiernos, discursos solemnes, llamados vibrantes a los pueblos y a sus dirigentes. En un primer momento Pío XII intenta una conferencia entre Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Polonia. La tentativa falla pero – como explica Blet – todas las potencias comprenden el valor que puede tener la mediación del Papa en los momentos más críticos.
En el segundo capítulo, “Pío XII, Roosevelt y Mussolini”, Blet explica el nuevo papel que asume la Santa Sede de “limitar el conflicto, restaurar lo más rápido posible la paz fundada en la justicia y la seguridad” y los intentos de Pío XII para evitar que Italia entre en guerra. También narra la protesta de la Santa Sede por la invasión alemana a los Países Bajos, pese al disgusto de los fascistas italianos y sus amenazas. “Con calma, Pío XII respondió que, si llegase el caso, no tendría ningún temor de acabar en un campo de concentración y refiriéndose a los momentos más críticos pasados en la nunciatura en Munich agregó: ‘No hemos tenido temor de las revueltas dirigidas contra nosotros una primera vez, ni lo tendremos una segunda’”, explica Blet.
En el tercer capítulo, “El Papa y la Iglesia en Alemania”, Blet expone la grave situación de los fieles católicos en Alemania y la preocupación de Pío XII. “Nosotros queremos ver, hacer un intento. Si quieren el combate nosotros no lo tememos. Pero queremos ver sin no existe alguna manera para alcanzar la paz … Los principios no se pueden sacrificar. Cuando hayamos dado todos los pasos posibles y ellos persistan en su deseo de guerra, entonces Nosotros nos defenderemos, pero el mundo debe tomar nota que Nosotros hemos hecho todo tentativo posible para vivir en paz en Alemania”, señaló el Pontífice. El cuarto capítulo corresponde a la situación de la Iglesia en Polonia. “La Iglesia en la Polonia invadida” se refiere a la evidente estrategia de exterminar la religión y la firme actitud de la Santa Sede.
En el quinto capítulo sobre “La época del Triunfo del Reich”, Blet analiza la situación de la Santa Sede frente a lo que en 1940 parecía el triunfo nazi y cómo las relaciones diplomáticas se tornaban por momentos en una verdadera cruz para Pío XII, que nunca cedió a las presiones. El siguiente capítulo “De la guerra europea a la guerra mundial”, en la misma línea que el anterior, ilustra el paulatino empeoramiento de la situación: Estados Unidos y Japón entraban también a la guerra.
El capítulo siete, “Leyes y persecuciones raciales”, Blet lo dedica a profundizar en la acción de la Iglesia frente a los perseguidos. El sacerdote explica que “habiendo constatado los fracasos de los esfuerzos realizados por evitar la guerra y dándose cuenta que las perspectivas de una restauración de la paz se disolvían en un futuro lleno de sombras, la Santa Sede decide que su tarea sería la de llevar ayuda a las víctimas del conflicto, aliviando sus sufrimientos materiales y morales”.
Con respecto a los judíos, los primeros tentativos del Papa y de la Santa Sede apuntaban a facilitar la emigración de los hebreos a otros países aunque no siempre se tuvo éxito por la intransigencia alemana que llevó a Holanda a deportar religiosas católicas de raza judía a los campos de concentración como la actual patrona de Europa, Santa Edith Stein.
La Sede Apostólica se concentró en bloquear en la medida de lo posible dichas deportaciones. Italia aseguró a Pío XII que los hebreos refugiados en territorios bajo su control no serían entregados a Alemania y estas palabras se mantuvieron hasta el último momento.
Pío XII terminaba su discurso de Navidad en diciembre de 1942 deseando el fin de la guerra y afirmando al respecto: “Este deseo, la humanidad lo debe a los centenares de millares de personas a las cuales, sin ninguna verdadera culpa propia, a veces por razones de nacionalidad o de estirpe, son destinados a la muerte y a un progresivo degradamiento”. Blet añade a esta declaración el comentario que los servicios secretos nazis hacían del discurso pontificio: “Él [el Papa] acusa virtualmente al pueblo alemán de injusticia contra los hebreos y se hace portavoz de los hebreos, criminales de guerra”.
El Papa se concentraba en actuar. En Eslovaquia, Rumania, Croacia y Hungría el Vaticano aún podida ejercer su influencia. Los capítulos ocho y nueve los dedica Blet a ilustrar la acción del Santo Padre a favor de los hebreos en estos territorios. Los nuncios en algunos casos lograron bloquear las deportaciones.
El nuncio en Bucarest el 14 de febrero de 1943 trasmitía los agradecimientos del Presidente de la comunidad hebrea rumana: “El Presidente de la comunidad israelita de Rumania … ha venido ya dos veces a agradecerme por la asistencia y la protección de la S. Sede a favor de sus correligionarios”. Dos semanas después, el doctor Safran, rabino jefe de Bucarest, le pide “trasmitir al S. Padre el homenaje de devoción y los saludos sinceros, respecto de toda la comunidad, que sabe ser objeto de tan paterna solicitud por parte del augusto Pontífice”.
El representante de la Santa Sede en Croacia más o menos por la misma época escribía también a Roma: “El rabino mayor de Zagreb me ha pedido trasmitir su vivísimo agradecimiento a la S. Sede por la ayuda eficaz de parte de ésta al lograr transferir un grupo de muchachos hebreos”. Mons. Roncalli -el futuro Papa Juan XXIII- desde Turquía a su vez refería: “Hoy mismo, el secretario de la Agencia Judía para Palestina, señor Ch. Barlas, ha venido a agradecerme y a agradecer a la Santa Sede por sus acciones en favor de los israelitas de Eslovaquia”; y el mismo Mons. Roncalli en junio trasmitía dos cartas que le habían sido enviadas, una en la que se le agradecía por lo hecho a favor de los hebreos y la otra en que se agradecía por la obra de socorro realizada por el Arzobispo de Zagreb, Cardenal Stepinac – beatificado en 1998 por Juan Pablo II -.
El capítulo diez se titula “El destino de la Ciudad Eterna”. El desembarco de los aliados en Sicilia, el bombardeo de Roma, el relevo de Mussolini y el control de las tropas alemanas sobre Roma, llevaban al Vaticano – según Blet – a una “confrontación directa con las fuerzas del Reich, con su ejército, con la Wermacht, con su policía de Estado, con la Gestapo”. El embajador alemán ante la Santa Sede explicó la nueva política: neutralidad absoluta del Papa o las represalias de Hitler serían violentísimas.
A pesar de las amenazas, una de las primeras preocupaciones de Pío XII fueron los hebreos que se encontraban en la ciudad. Antes que las deportaciones comenzaran, ya el Santo Padre había levantado las disposiciones canónicas a los conventos de clausura; en estos y en cientos de iglesias y comunidades se refugiaron millares de hebreos. Las enérgicas intervenciones del Papa a favor de la ciudad dieron buenos resultados y los alemanes decidieron salir de ella sin convertirla en un campo de batalla. Entre el 4 y el 5 de junio las tropas americanas ocupaban la ciudad.
El capítulo once del libro de Blet, “Los sucesos en Francia”, analiza el papel de la Santa Sede en Francia, donde el nuncio se preocupaba más por la situación interna de la Iglesia y por ayudar a los perseguidos. El último capítulo está dedicado a las preocupaciones de Pío XII en los últimos meses de la guerra. Los polacos se dirigieron al Santo Padre y a los aliados occidentales oponiéndose a las pretensiones rusas. El Papa se esforzó por comprometer al Departamento de Estado y a la opinión pública católica norteamericana sobre la suerte del pueblo polaco, pero en Yalta, no obstante las intenciones iniciales de Roosevelt y Churchill, la misma Polonia y toda la Europa del Este fue abandonada al poder soviético.
Blet concluye comentando la frase que De Gaulle usa para contar la audiencia que tuvo en junio de 1944, en sus Mémoires de guerre: “Pío XII juzgaba cada cosa desde un punto de vista que trasciende a los hombres, sus sucesos y conflictos”. “Esta visión trascendente, más allá de todo interés opuesto y de los conflictos de las pasiones, hará siempre ardua la tarea de comprender a fondo la política y la personalidad del Papa Pío XII”, afirma el sacerdote.
EL P. BLET EXPLICA POR QUÉ UN LIBRO SOBRE PÍO XII
VATICANO, 9 (ACI).- Ayer en la Sala de Prensa de la Santa Sede, durante la presentación de su obra “Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos Vaticanos”, que presidió el Cardenal Pio Laghi, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el Padre Pierre Blet explicó porqué es importante hoy publicar esta obra.
El Padre Blet explicó que su libro era un compendio de la información recopilada por él y otros tres jesuitas en los Archivos Secretos del Vaticano y que publicaron entre 1965 y 1981 en 12 volúmenes titulados “Actos y documentos de la Santa Sede relativos a la segunda guerra mundial”.
“Es notorio que varios años después de la muerte de Pío XII se desencadenase una campaña contra el Pontífice cuyos fines distan mucho de conocerse”, dijo el P. Blet; y explicó que “para contraponer la historia a la leyenda, Pablo VI, que había sido uno de los más estrechos colaboradores de Pío XII decidió que fueran publicados los documentos de los Archivos Vaticanos relativos a la guerra”.
“Sin embargo, constatando que después de 15 años nuestros volúmenes permanecían desconocidos para muchos historiadores, he querido sintetizar el contenido en un volumen de pequeña dimensión”.
En la presentación de la obra, el sacerdote destacó tres puntos relativos a la conducta y actividad de Pío XII durante la guerra mundial: sus esfuerzos para salvaguardar la paz y limitar la guerra, su postura frente al poder nacional-socialista y su acción en favor de las víctimas de la guerra; ilustrando con ejemplos del libro cada uno de esos tres puntos, enumerando los encuentros, telegramas, cartas y otros mensajes entre Pío XII y sus nuncios y entre el Papa y los diplomáticos de Europa y Estados Unidos.
“La acusación que se repite más a menudo contra Pío XII es la de haber permanecido en silencio frente a las persecuciones raciales contra los judíos, a los que una denuncia pública por parte del Pontífice podría haber salvado del exterminio, de la ’solución final’ llevada a cabo por el régimen nazi y que comenzó en 1942″.
El sacerdote concluyó su presentación recordando que el “silencio público (del Papa) encubría una acción secreta a través de las nunciaturas y las sedes episcopales para intentar impedir las deportaciones”. “Mediante los pasos dados continuamente ante los gobiernos de las naciones que mantenían algún margen de autonomía -Rumania, Eslovaquia, Croacia, Hungría- a través de los nuncios y los representantes diplomáticos de esas naciones, consiguieron salvarse miles de judíos”. “Hay que recordar que fue un historiador israelí el que dio la cifra de 850.000 judíos salvados”.
HOLOCAUSTO
HOLOCAUSTO
|
A quien le preguntaba recientemente sobre los presuntos “silencios” de su predecesor el Papa Pacelli acerca del exterminio de los judíos, Juan Pablo II contestaba: “Leed al padre Blet”. |
El Papa justo
El Papa justo
¿Fue Pío XII un pronazi y un antisemita? Este Papa y la Iglesia católica, ¿no hicieron nada para salvar la vida de judíos y no judíos del exterminio a manos de los nazis? Ante las acusaciones que se han lanzado por parte de autores cuyos libros han sido muy publicitados, ofrecemos un artículo de un historiador judío, que ha pedido que Pío XII sea declarado “Justo entre las Naciones”.
David G. Dalin *
Ya antes de la muerte de Pío XII en 1958, en Europa se le acusaba de haber sido favorable al nazismo, un lugar común de la propaganda comunista contra occidente.
La acusación quedó sepultada durante algunos años bajo la oleada de homenajes que siguió a la muerte del Papa, procedentes tanto del ámbito judío como de los gentiles, para reaparecer de nuevo en 1963 con la publicación de Il Vicario, una pieza teatral de un escritor alemán de izquierdas (que perteneció a la Hitler Jugend), llamado Rolf Hochhuth.
Il Vicario era una obra muy fantasiosa y polémica, en la que se sostenía que la preocupación de Pío XII por las finanzas vaticanas le había dejado indiferente ante el exterminio de la población judía de Europa. La obra de Hochhuth despertó un notable interés en la opinión pública, desencadenando una controversia que se prolongó a lo largo de los años 60. Ahora, transcurridas tres décadas, aquella controversia ha vuelto a estallar de repente por razones que no resultan del todo claras.
Pero la palabra “estallar” no describe suficientemente la actual marejada de polémicas. En los últimos dieciocho meses han salido a la luz nueve libros que hablan de Pío XII: Hitler’s Pope de John Cornwell, Pius XII and the Second World War de Pierre Blet** , Papal Sin de Garry Wills, Pope Pius XII de Margherita Marchione, Hitler, the War and the Pope de Ronald J. Rychlak, The Catholic Church and the Holocaust, 1930-1965, de Michael Phayer, Under His Very Windows de Susan Zuccotti, The Deformation of Pius XII de Ralphy McInerny y, recientemente, Constantine’s Sword de James Carroll.
Dado que cuatro de estos volúmenes – los de Blet, Marchione, Rychlak y McInerny – se alinean en defensa del Papa (y dos, los de Wills y Carroll, implican a Pío XII sólo como una parte de un más amplio ataque contra el catolicismo), el cuadro puede parecer equilibrado. Además, leyendo detenidamente los nueve libros, se puede concluir que las argumentaciones de quienes defienden a Pío XII son las más convincentes.
Y, sin embargo, los libros que difaman al Papa han sido los que han centrado la atención mayoritaria.
Einstein, Golda Meir, Herzog…
Curiosamente, casi todos los que hoy están en esta línea difamatoria – desde los ex seminaristas John Cornwell y Garry Wills, hasta el ex cura James Carroll – son ex católicos o católicos heterodoxos. A los líderes judíos de la generación precedente la campaña contra Pío XII les resultó, en el mejor de los casos, sorprendente. Durante la posguerra muchos judíos famosos – Albert Einstein, Golda Meir, Moshe Sharett, Rabí Isaac Herzog y muchos otros – expresaron públicamente su gratitud hacia Pío XII. En su libro de 1967, Three Popes and the Jews, el diplomático Pinchas Lapide (que prestó servicio como cónsul de Israel en Milán y entrevistó a los italianos supervivientes del Holocausto), declaró que Pío XII «contribuyó sustancialmente a salvar a 700.000 judíos, y tal vez a otros 860.000, de la muerte segura a manos de los nazis».
La verdad es que el libro de Lapide sigue siendo la obra más seria escrita por un judío sobre este asunto, y en los treinta y cuatro años que han transcurrido desde su publicación se ha podido acceder a muchos materiales, tanto de los archivos vaticanos como de otras fuentes. Se han recogido muchos testimonios directos y un número impresionante de entrevistas con supervivientes del Holocausto, capellanes militares y civiles católicos. En vista de los recientes ataques, ha llegado la hora de salir nuevamente en defensa de Pío XII.
En enero de 1940, por ejemplo, el Papa dio instrucciones a la Radio Vaticana para que revelara la «espantosa crueldad de la tiranía salvaje» que los nazis estaban inflingiendo a los judíos y a los católicos polacos. Al recibir noticia de dicha transmisión una semana más tarde, el Defensor Público de los judíos de Boston la apreció por lo que era: «Una denuncia explícita de las atrocidades perpetradas por los alemanes en la Polonia ocupada por los nazis, declarándolas abiertamente como una ofensa a la conciencia moral de toda la humanidad». El New York Times escribió en su editorial: «Ahora el Vaticano ha hablado, con una autoridad indiscutible, y ha confirmado los peores presagios de terror que emergen de las tinieblas de Polonia». En Inglaterra, el Manchester Guardian elogió al Vaticano como «el más enérgico defensor de la Polonia torturada».
«Espiritualmente semitas»
Cualquier lectura honesta y minuciosa de los hechos demuestra que Pío XII no dejó nunca de expresar su crítica al nazismo. Basta con tener en cuenta algunos puntos destacados de su oposición antes de la guerra. De los cuarenta y cuatro discursos pronunciados por Pacelli en Alemania como nuncio apostólico entre 1917 y 1929, cuarenta denunciaban algún aspecto de la pujante ideología nazi.
En marzo de 1935 Pacelli escribió una carta abierta al obispo de Colonia definiendo a los nazis como «falsos profetas con el orgullo de Lucifer». Ese mismo año arremetió contra las ideologías «poseídas por la superstición de la raza y la sangre» ante una muchedumbre de peregrinos en Lourdes. Dos años más tarde, en Notre Dame de París, llamó a Alemania «esa noble y poderosa nación que será conducida fuera de su camino por malos pastores, abrazando una ideología racista».
En privado, les decía a sus amigos que los nazis eran «diabólicos». A sor Pascalina, que fue su secretaria durante muchos años, le dijo que Hitler estaba «totalmente obsesionado». «Todo esto no es un obstáculo para él, es un destructor… este hombre es capaz de caminar sobre cadáveres». En 1935, durante una entrevista con el heroico antinazi Dietrich von Hildebrand, Pío XII declaró: «No hay posibilidad de conciliación» entre el cristianismo y el racismo nazi porque «son como fuego y agua».
En el periodo en que Pacelli fue consejero particular de su predecesor, Pío XI, el pontífice hizo la famosa declaración de 1938 ante un grupo de peregrinos belgas en la que afirmó que «el antisemitismo es inadmisible; espiritualmente nosotros somos todos semitas». Y el mismo Pacelli escribió el borrador de la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge, una condena de Alemania que se cuenta entre las más ásperas que ha pronunciado la Santa Sede. Como consecuencia, en los años 30 Pacelli fue extensamente difamado por la prensa nazi como el cardenal de Pío XI «amigo de los judíos», a causa de las más de cincuenta cartas de protesta que les envió a los alemanes como secretario de estado vaticano. A estos se pueden añadir algunos episodios sobresalientes de la acción de Pío XII durante la guerra.
El New York Times
Su primera encíclica, Summi Pontificatus, publicada apresuradamente en 1939 para impetrar la paz, era en buena parte una declaración de que la tarea propia del Papado era la mediación entre las partes beligerantes, más que el decantarse por una u otra. Pero citaba con agudeza a san Pablo: «Ya no hay judíos ni gentiles», utilizando significativamente la palabra “judíos” en el contexto de un rechazo de la ideología racista. El New York Times recibió la encíclica con un artículo en primera página el 28 de octubre de 1939: «El Papa condena a los dictadores, los violadores de los tratados y el racismo». Fuerzas aéreas aliadas arrojaron miles de copias del periódico sobre tierra alemana en un intento de avivar los sentimientos antinazis.
En 1939-40 Pío XII hizo de intermediario secreto entre los miembros de una conjura alemana antihitleriana y los ingleses. Y corrió no pocos riesgos advirtiendo a los aliados de la inminente invasión alemana de Holanda, Bélgica y Francia.
Cuando en 1942 los obispos franceses publicaron varias cartas pastorales contra las deportaciones, Pío XII envió a su nuncio a protestar ante el gobierno de Vichy contra «los arrestos inhumanos y las deportaciones de los judíos de la Francia ocupada a la Silesia y a algunas partes de Rusia». Radio Vaticana comentó durante seis días seguidos las cartas de los obispos, en unos años en los que en Alemania y Polonia escuchar Radio Vaticana era un crimen que algunos pagaron con la pena capital. («Parece que el Papa intercede por los judíos inscritos en las listas de deportación de Francia» era el titular del New York Times del 6 de agosto de 1942. «Vichy captura a los judíos; ignorado el llamamiento del Papa Pío», recogía el Times tres semanas más tarde).
En el verano de 1944, tras la liberación de Roma, pero antes del fin de la guerra, Pío XII dijo a un grupo de judíos romanos que fueron a darle las gracias por su protección: «Durante siglos los judíos habéis sido tratados injustamente y despreciados. Ya es hora de que se os trate con justicia y humanidad, Dios lo quiere y la Iglesia lo quiere. San Pablo nos dice que los judíos son nuestros hermanos. Pero deberíamos acogeros también como amigos».
Ya que estos ejemplos y otros centenares más son desacreditados uno por uno en los libros que recientemente atacaban la figura de Pío XII, el lector puede perder de vista su peso específico, su carácter general, que no deja resquicio a la duda sobre la posición del Papa, y menos que a nadie a los nazis. En el editorial del día siguiente [a la Navidad de 1941], el New York Times declaraba: «La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y la oscuridad que envuelve a Europa en esta Navidad… Pidiendo un “nuevo orden auténtico” basado en la “libertad, justicia y amor”, el Papa se ha alineado abiertamente contra el hitlerismo».
En la valoración de las acciones que Pío XII hubiera podido llevar a cabo, muchos (entre los que me encuentro) habrían deseado verlo pronunciar excomuniones explícitas. Los nazis, de tradición católica, ya habían incurrido automáticamente en la excomunión con todos sus actos, desde la casi nula participación en la misa, a la inexistente confesión de homicidios y el repudio público al cristianismo. Y, como se deduce claramente de sus escritos y de sus conversaciones, Hitler había dejado de considerarse católico -es más, se consideraba un anticatólico- mucho tiempo antes de llegar al poder.
“Suicidio voluntario”
Los supervivientes del Holocausto, como Marcus Melchior, rabino jefe de Dinamarca, observaban que «si el Papa hubiera tomado posición abiertamente, probablemente Hitler habría exterminado a más de seis millones de judíos y tal vez a diez veces diez millones de católicos, si hubiera tenido la posibilidad». Robert M.W. Kempner, refiriéndose a su experiencia durante el proceso de Nüremberg, afirmó en una carta a la redacción después de que el Commentary publicara un extracto de Guenter Lewy en 1964: «Cualquier movimiento propagandístico de la Iglesia Católica contra el Reich hitleriano no sólo habría significado un “suicidio voluntario”, sino que hubiera acelerado la ejecución capital de un mayor número de judíos y de sacerdotes».
No se trata de una cuestión puramente especulativa. Una carta pastoral de los obispos holandeses que condenaba «el despiadado e injusto trato reservado a los judíos» fue leída en todas las iglesias católicas holandesas en julio de 1942. La carta, a pesar de sus buenas intenciones, y probablemente inspirada por Pío XII, tuvo consecuencias inesperadas. Como observa Pinchas Lapide: «La conclusión más triste y que da más que pensar es que, mientras el clero de Holanda protestaba con más fuerza, más abiertamente y con mayor frecuencia contra las persecuciones a los judíos que la jerarquía religiosa de cualquier otra nación ocupada por los nazis, el contingente más numeroso de judíos deportados a los campos de exterminio procedía precisamente de Holanda – casi 110.000, el 79% del total -.
Nos podríamos preguntar qué podría ser peor que el genocidio de seis millones de judíos y la respuesta es: la masacre de otros cientos de miles. El Vaticano trabajó para salvar a todos los que pudo. Y los datos son elocuentes: mientras que el 80% de los judíos europeos halló la muerte durante la Segunda Guerra Mundial, el 80% de los judíos italianos se salvó.
En los meses en los que Roma estuvo bajo la ocupación alemana, Pío XII dio instrucciones al clero italiano sobre cómo salvar vidas por todos los medios a su alcance. Desde octubre de 1943, Pío XII dispuso que iglesias y conventos de toda Italia sirvieran de escondite a los judíos. Como resultado – y a pesar de que Mussolini y los fascistas habían cedido ante la exigencia de Hitler de comenzar la deportación de los judíos de Italia – muchos católicos italianos desobedecieron las órdenes de los alemanes.
Rabat-Fohn
Sólo en Roma 155 conventos y monasterios dieron asilo a casi cincuenta mil judíos. Al menos treinta mil hallaron refugio en la residencia estival del pontífice en Castel Gandolfo. Sesenta judíos vivieron durante nueve meses dentro de la Universidad Gregoriana y muchos fueron escondidos en el sótano del Pontificio Istituto Bíblico. Varios centenares se refugiaron dentro del mismo Vaticano. Siguiendo las instrucciones de Pío XII, muchos sacerdotes, monjes, monjas, cardenales y obispos italianos se emplearon a fondo para salvar miles de vidas judías. El cardenal Boetto de Génova salvó a al menos ochocientos; el obispo de Asís escondió a trescientos judíos durante más de dos años; el obispo de Campagna y dos de sus parientes salvaron a 961 en Fiume.
Pero, una vez más, el testimonio más elocuente es el de los propios nazis. Documentos fascistas publicados en 1998 (y recogidos en el libro Papa Pio XII de Marchione) revelan la existencia de un plan alemán, denominado “Rabat-Fohn”, que hubiera debido llevarse a cabo en enero de 1944. El plan preveía que la octava división de caballería de las SS, disfrazados de soldados italianos, conquistara San Pedro y «eliminara a Pío XII con todo el Vaticano» y apunta explícitamente a la «protesta del Papa a favor de los judíos» como la causa de tal represalia.
Una historia análoga se puede dibujar a través de toda Europa.
Pero el punto de partida de esta discusión radica en la verdad incontestable de que, tanto los nazis como los judíos de aquella época, consideraban al Papa como el más importante opositor de la ideología nazi en el mundo.
Ya en diciembre de 1940, en un artículo aparecido en el Time magazine, Albert Einstein rendía homenaje a Pío XII: «Sólo la Iglesia se ha declarado abiertamente contra la campaña de Hitler por la supresión de la verdad. Nunca antes había tenido un amor especial por la Iglesia, pero ahora siento un gran afecto y admiración porque sólo la Iglesia ha tenido el coraje y la tenacidad de alinearse en defensa de la verdad intelectual y de la libertad moral. Por ello, me veo obligado a confesar que ahora aprecio sin reservas lo que durante mucho tiempo desprecié».
En 1943 Chaim Weizmann, que llegaría a ser el primer presidente del estado de Israel, escribió que «la Santa Sede está prestando su poderosa ayuda donde es posible, para aliviar la suerte de mis correligionarios perseguidos».
Moshe Sharett, viceprimer ministro israelí, se entrevistó con Pío XII al término de la guerra: «le dije que mi primer deber era darle las gracias a él, y a través de él a toda la Iglesia católica, en nombre del pueblo judío, por todo lo que han hecho en diversos países para proteger a los judíos».
El rabino Isaac Herzog, rabino jefe de Israel, envió un mensaje en febrero de 1944 declarando: «El pueblo de Israel no olvidará nunca lo que Su Santidad y sus ilustres delegados, inspirados por los principios eternos de la religión que se hallan en la base de la auténtica civilización, están haciendo por nuestros desventurados hermanos y hermanas en la hora más trágica de nuestra historia, una prueba viviente de la Divina Providencia en este mundo».
En septiembre de 1945, Leon Kubowitzky, secretario general del Congreso judío mundial, agradeció personalmente al Papa sus intervenciones, y este organismo donó 20,000 dólares al Óbolo de San Pedro «como signo de reconocimiento por la obra desarrollada por la Santa Sede salvando a los judíos de las persecuciones fascistas y nazis».
Benevolencia y magnanimidad
En 1955, cuando Italia celebró el décimo aniversario de su liberación, la Unión de las comunidades judías italianas proclamó el 17 de abril “Jornadas de agradecimiento” por la asistencia recibida del Papa durante la guerra.
Negar la legitimidad de la gratitud expresada hacia Pío XII equivale a negar la credibilidad de los testimonios personales y de los juicios expresados acerca del mismo Holocausto. «Más que de ningún otro», señalaba Elio Toaff, un judío italiano que sobrevivió al Holocausto y llegó a ser rabino jefe de Roma, «hemos tenido la oportunidad de experimentar la gran y compasiva benevolencia y la magnanimidad del Papa durante los años infelices de la persecución y del terror, cuando parecía que para nosotros ya no había salida alguna».
* Véase la entrevista de Andrea Tornielli al P. Pierre Blet, encargado de la publicación de los documentos de los archivos vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial, en Huellas n. 2 – 2000.
Fuente: Revista Internacional de Comunión y Liberación Huellas-Litterae Communionis, No. 4, Abril 2001.
* Rabino de Nueva York, David Dalin es una de las personalidades de relieve del mundo judío estadounidense. Uno de sus libros, Religion and State in the American Jewish Experience ha sido destacado como uno de los mejores trabajos académicos de 1998. Ha dictado conferencias sobre las relaciones judeo-cristianas en las universidades de Hartford Trinity College, George Washington y Queens College de Nueva York. En el artículo que extractamos ampliamente en estas páginas, publicado en The Weekly Standard (semanario que representa la máxima expresión de la elite neoconservadora americana), el rabino David Dalin pide que Pío XII sea reconocido como “justo”, en virtud de cuanto hizo por salvar a los judíos del Holocausto.
** Véase la entrevista de Andrea Tornielli al P. Pierre Blet, encargado de la publicación de los documentos de los archivos vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial, en Huellas n. 2 – 2000.
Del ADN a Dios: la conversión intelectual de Antony Flew
Del ADN a Dios:
la conversión intelectual de Antony Flew
Autor: Antony Flew
Fecha de publicación: Abril 26, 2009 por Revista Per Se
El debate sobre la existencia de Dios constituye una de las disputas más ásperas y duraderas de la historia de la filosofía. Pero seguramente uno de los hitos más significativos en esa larga historia ha sido el brusco y reciente cambio de postura del filósofo inglés Antony Flew que fue, durante más de medio siglo, uno de los más vehementes ateos del mundo.
Durante más de cinco décadas escribió libros y debatió con conocidos pensadores creyentes, entre otros con el célebre apologista cristiano C. S. Lewis. Algunos de sus debates tuvieron audiencias multitudinarias. Pero en el último, celebrado en la Universidad de Nueva York en 2004, Flew anunció, ante la sorpresa de todos, que ahora aceptaba la existencia de Dios. Aunque se considera deísta –sin haber abrazado ninguna religión en particular– dice sentirse especialmente impresionado por el testimonio del cristianismo.
En su libro There is a God. How the world’s most notorious atheist changes his mind (Nueva York: Harper One, 2007), Flew no sólo desarrolla sus propios argumentos sobre la existencia de Dios, sino que argumenta frente a los puntos de vista de importantes científicos y filósofos acerca de la cuestión de Dios. En su investigación, examina el auge y la caída de la escuela filosófica del positivismo lógico, la crítica de David Hume al principio de causalidad y los argumentos de importantes científicos como Richard Dawkins, Paul Davies y Stephen Hawking. También se fija en el pensamiento de
Einstein sobre Dios, pues Albert Einstein, frente a lo que afirman ateos como Dawkins, fue claramente creyente.
De la mano de la ciencia
Para valorar el significado de la conversión intelectual de Flew, resulta útil considerar la amplitud de sus escritos como uno de los grandes sacerdotes del ateísmo filosófico. Comenzó con la publicación de God and Philosophy en 1966, considerada un clásico de la filosofía de la religión. En 1976 publicó The Presumption of Atheism, que fue reeditada como God, Freedom and Immortality en 1984 en EE. UU. Entre otras publicaciones posteriores, destacan obras como Hume’s Philosophy of Belief, Darwinian Evolution o The Logic of Mortality.
¿Por qué ha cambiado Flew su parecer? La principal razón, dice, nace de las recientes investigaciones científicas sobre el origen de la vida que, según explica Flew, muestran la existencia de una “inteligencia creadora”. Como dijo en el simposio de 2004, su cambio de postura fue debido “casi enteramente a las investigaciones sobre el ADN”: “Lo que creo que el ADN ha demostrado, debido a la increíble complejidad de los mecanismos que son necesarios para generar vida,es que tiene que haber participado una inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos extraordinariamente diferentes entre sí. Es la enorme complejidad del gran número de elementos que participan en este proceso y la enorme sutileza de los modos que hacen posible que trabajen juntos. Esa gran complejidad de los mecanismos que se dan en el origen de la vida es lo que me llevó a pensar en la participación de una inteligencia”.
Atención a la naturaleza
Flew rechaza la teoría de Richard Dawkins de que el llamado “gen egoísta” es el responsable de la vida humana, algo que califica de “ejercicio supremo de mixtificación popular”. “Los genes, por supuesto, ni pueden ser egoístas ni no egoístas, de igual modo que cualquier otra entidad no consciente no puede ni entrar en competencia con otra ni hacer elecciones”.
Volviendo sobre su itinerario intelectual, señala: “Ahora creo que el universo fue fundado por una Inteligencia infinita y que las intrincadas leyes del universo ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción se originaron en una fuente divina.
¿Por qué sostengo esto, después de haber defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La sencilla respuesta es que esa es la imagen del mundo, tal como yo la veo, que emerge de la ciencia moderna. La ciencia destaca tres dimensiones de la naturaleza que apuntan a Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza obedece leyes. La segunda, la existencia de la vida, organizada de manera inteligente y dotada de propósito, que se originó a partir de la materia. La tercera es la mera existencia de la naturaleza. Pero en este recorrido no me ha guiado solamente la ciencia. También me ayudó el estudio renovado de los argumentos filosóficos clásicos. “Mi salida del ateísmo no fue provocada por ningún fenómeno nuevo ni por un argumento particular. En realidad, en las dos últimas décadas todo el marco de mi pensamiento se ha trastocado. Esto fue consecuencia de mi permanente valoración de las pruebas de la naturaleza. Cuando finalmente reconocí la existencia de Dios no fue por un cambio de paradigma, porque mi paradigma permanece”.
Flew señala que es, sobre todo, un filósofo que aplica el razonamiento filosófico a los hallazgos científicos. Como Einstein, lamenta que muchos científicos (como Dawkins) resulten malos filósofos. Al tiempo, subraya que sus puntos de vista se sustentan en la razón, no en la fe. Sin embargo ahora se muestra más abierto a los argumentos en favor de Dios de las religiones reveladas.
A George W. Bush
A George W. Bush
Tú no eres el dueño del planeta.
Sólo eres un tirano vestido con piel de oveja
a la cabeza de la nación más poderosa de la tierra.
Escúchame bien:
No tienes el derecho de decirnos:
“El que no está con nosotros, está en contra de nosotros”.
No tienes la legitimidad
para vendernos la democracia “made in USA”,
ni a nosotros ni a los que llamas,
sin demostrarlo,
los países del “eje del mal”.
No tienes ninguna autoridad para decirnos lo que tenemos qué hacer.
No hemos votado por ti
ni te hemos elegido emperador del mundo.
¿Acaso no escuchas el repudio de los que trabajan por la paz
alrededor del mundo?
¿No te dicen nada las marchas y las manifestaciones multitudinarias
de todos aquellos que se oponen a tu agresión cobarde?
¿No te informan tus asesores
de lo que pasa en las ciudades más importantes de tu país?
¿No te has dado cuenta que muchos de tus conciudadanos
no están a favor de tu invasión sangrienta?
Quiero que sepas una cosa:
Aunque pronuncies el nombre de Dios en cada uno de tus discursos,
no pienses que él apoya cada una de tus agresiones.
Él es el Dios de la vida
y tú estás al servicio de la muerte.
Afirmas que Cristo ha cambiado tu vida.
Presumes que has experimentado un “renacimiento espiritual”.
¿Así es como lo demuestras?
¿Asesinando inocentes y mutilando a seres humanos indefensos?
Eres tan listo
como tus bombas “inteligentes”.
Por eso nunca darás en el blanco
y errarás en tus apreciaciones.
Sabemos bien cuál es tu manera de proceder.
No puedes ocultar más que eres un represor y un asesino.
La sociedad civil internacional
ya no está dispuesta a quedarse callada.
Sumaremos esfuerzos
y saldremos a las calles y a las plazas
para manifestar nuestro rechazo a lo que tú llamas “guerra”
y nosotros llamamos invasión.
Nos expresaremos en todos los idiomas
contra tu terrorismo de Estado.
No somos títeres que puedas mover a tu antojo.
No nos engañarás con tus argumentos.
No dejaremos que tú y tu gabinete de guerra
decidan el futuro del planeta y lo moldeen a su antojo.
Escúchanos bien:
Tú no decidirás el “nuevo orden mundial”.
No dejaremos que continúes por el camino del unilateralismo.
A tus pretensiones hegemónicas,
opondremos nuestra lucha por un mundo más justo y solidario,
en el que podamos vivir todos,
sin exclusiones ni desigualdades de ningún tipo.
A tus ansias de dominar el mundo,
opondremos nuestros desvelos por conservar la libertad de nuestras naciones
y de nuestras conciencias.
Si algún mérito tienes
es el de haber suscitado con tu belicismo
una nueva conciencia por la paz
de dimensiones planetarias.
EL CERILLO FRATERNO
EL CERILLO FRATERNO
Una dinámica que nos puede ayudar grandemente al conocimiento mutuo al interior de los grupos apostólicos, preparándonos para realizar un diálogo fecundo.
Por Jorge Luis Zarazúa Campa
jorgeluiszarazua@hotmail.com
¿En qué consiste?
Es una dinámica en la que los miembros del grupo se sientan en círculo alrededor de una mesa. Uno de los integrantes enciende un cerillo y lo pasa al que está a su derecha. El que lo recibe lo pasa a su compañero, siempre a la derecha. Va a llegar el momento en que a uno de los integrantes se le apague el cerillo. Pues bien, la dinámica consiste en que los demás participantes van a hacerle preguntas, que el hermano deberá responder.
Dependiendo del número de participantes, las preguntas las pueden hacer todos (si el grupo es pequeño) o uno si y otro no (si el grupo es numeroso). Una vez que acabó la ronda de preguntas, el hermano al que se le apagó el cerillo, enciende otro y lo pasa al que está a su derecha. El ciclo se repite las veces que permita el tiempo destinado a esta dinámica.
Una regla básica: no se permite soplarle al cerillo para que se le apague al compañero de al lado. Si alguien apaga el cerillo soplándole, a ese vamos a hacerle las preguntas.
¿Qué clase de preguntas pueden hacerse?
Aquellas preguntas que nos permitan conocer más al hermano. Sus intereses, sus gustos, anécdotas, dificultades, ideales, anhelos, etc. Es decir, todo aquello que nos interese conocer del hermano.
He aquí algunos ejemplos de preguntas que se han hecho en las dinámicas entre nosotros Apóstoles de la Palabra: ¿Qué es lo que más te ha costado en la Misión?, ¿Qué piensa tu familia del hecho que estés en el Movimiento?, ¿Qué experiencias te han motivado a continuar en nuestra Familia Misionera?, ¿Qué aspectos te gustan más de nuestro carisma?, ¿Cómo te ves de aquí a unos cinco años?, ¿Cuál crees que es tu vocación?, ¿Cuál es tu temperamento?, ¿Puedes decirnos algún pasaje bíblico que te da ánimo en los ratos de desaliento?, etc.
Como pueden ver, se trata de preguntas que nos permiten conocer aspectos de los hermanos que normalmente no tratamos en una conversación informal. Sin embargo, son preguntas que nos permiten hacer un triple ejercicio:
a) Interesarnos por el hermano
Esta dinámica exige una mínima preocupación por conocer a cada uno de los hermanos, en una actitud creativa para hacer la pregunta adecuada, sin repetir la que ya le han hecho otros o preguntar de manera superficial, sólo para salir del paso.
Esta dinámica puede ayudarnos a comprender, no a justificar, algunas actitudes que vemos en los hermanos que conviven con nosotros. Este interés puede manifestarse en el tipo de preguntas que hago.
b) Escuchar al hermano
Es una actitud fundamental en esta dinámica. Se trata de una escucha activa, en la que debemos involucrar el oído, la vista, la mente y el corazón. No se trata nada más de estar ahí. Se trata de participar activamente en este proceso de irnos conociendo mejor.
c) Hablar a los hermanos
El hermano pregunta y yo respondo. La respuesta no debe ser sólo con monosílabos (si, no) o contestando en forma telegráfica. Aquí se trata de aprender a expresarse con toda libertad, exponiendo a los hermanos nuestros puntos de vista e intereses, nuestras anécdotas y vivencias, en un clima de respeto y escucha activa.
Un verdadero taller de diálogo
Podemos considerar esta dinámica como un verdadero taller de diálogo, en que nos entrenamos a hablar y a escuchar, en forma interpersonal (tú-yo) o grupal (nosotros). Poco a poco las preguntas irán creciendo en profundidad. Al mismo tiempo, nos iremos preparando para un diálogo más fecundo.
Al principio cuesta un poco de trabajo, pero a medida que vamos repitiendo estas experiencias, vamos valorando la importancia de esta dinámica. Así, la relación va adquiriendo más profundidad, pues vamos descubriendo que no somos tan diferentes y descubrimos cosas del hermano que nunca habíamos imaginado.
En realidad el diálogo implica escuchar al otro, tratando de entender bien lo que quiere decirnos. Por eso se requiere sinceridad, saber escoger el momento y el lugar más oportuno, es decir, el que más conviene a quienes van a entablar este diálogo.
En fin, es una actitud de vida que nos permitirá conocernos y, eventualmente, resolver los problemas de una manera más respetuosa para la dignidad de todos y cada uno de nosotros.
Hacia una calendarización
En algunas Casas del Apóstol se ha calendarizado esta dinámica, puesto que permite estrechar los lazos entre los miembros de la comunidad. La calendarización es muy importante, puesto que se reserva un día de la semana o del mes y un momento del día escogido para realizar esta dinámica.
En realidad es muy fácil dejarse llevar por el ritmo de la vida moderna o la urgencia del apostolado y las responsabilidades personales, que corremos el riesgo de no dedicar tiempo suficiente al conocimiento de los hermanos.
Conclusión
Anímate a realizarla al interior de tu grupo, comunidad o movimiento. Pronto te darás cuenta que se trata de una dinámica fascinante, que te llevará de la mano en esta aventura interesantísima de conocer a los hermanos y de ir descubriendo facetas nuevas de su personalidad y de la tuya.
Si lo haces, no dudes en escribirnos. En realidad nos interesa conocer tus comentarios, opiniones y experiencias. He aquí algunas preguntas que pueden ayudarte en tu reflexión:
1. ¿Les ayudó en algo esta dinámica?
¿En qué les ayudó?
Explica el por qué.
2. ¿Qué aspectos descubriste en tus hermanos que no te habías imaginado? Enlístalos.
3. A nivel personal, ¿en qué te ha ayudado esta dinámica?
La Corrección Fraterna
La Corrección Fraterna
Un espacio y una dinámica para favorecer la sana convivencia
y limar las asperezas al interior de los grupos apostólicos.
Cuando un grupo de personas convive, pueden surgir una serie de problemas, a causa del temperamento de cada uno de los integrantes o de la manera en que cada uno se siente en un momento determinado. No puede ser de otra manera. Si deseamos encontrar un grupo en el que no haya conflictos, lo más recomendable sería cambiar de planeta.
Sin embargo al interior de los grupos apostólicos no podemos resolver nuestros conflictos a la manera en que se nos plantea en las películas y las telenovelas. La violencia siempre genera más violencia.
En el caso de nosotros, católicos comprometidos, tenemos que encontrar formas más adecuada de resolver nuestros conflictos y limar asperezas, teniendo presentes las enseñanzas de Jesús y los Apóstoles en el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas del Apóstol San Pablo a diversas comunidades.
¿En qué consiste la corrección fraterna?
Consiste en un espacio calendarizado (cada mes o cada dos meses, según lo decidan todos de común acuerdo) al interior del grupo para presentar la propia situación y escuchar la situación de cada uno de los hermanos. Se inicia con una oración, en que se reflexionan algunos salmos y otros textos bíblicos adecuados, en un clima de comprensión, perdón y reconciliación.
No consiste en atacar o humillar a los hermanos. La perspectiva no es culpar al hermano por los conflictos que pudieran haberse suscitado, sino presentar la propia situación frente a toda la comunidad.
Puesto que somos una familia, la familia de los hijos de Dios, debemos tener una actitud de apertura, de escucha, de diálogo y de respeto. Hay que evitar siempre juzgar las intenciones del prójimo, puesto que no las conocemos suficientemente.
No poner etiquetas
Hay que evitar también ponerle etiquetas al prójimo. Por ejemplo, si en alguna ocasión el hermano llegó tarde a alguna charla o a otra actividad del apostolado, no caigamos en la tentación de decirle: “Tú siempre llegas tarde” o expresiones como la siguiente: “Tú nunca colaboras”. Más bien hay que señalar: “Tal día tú llegaste tarde y nos afectaste, porque no podíamos iniciar las charlas”, o algo parecido.
Pasos para la corrección fraterna
He aquí los pasos más significativos de la corrección fraterna, que deben hacerse en un clima de reflexión y con la finalidad de ayudar a cada uno de los hermanos. Cada grupo escoge la forma más adecuada de aplicarla. Puede hacerse por escrito o en forma hablada, o combinando los dos. Una manera muy eficaz consiste en hacerla como un momento de un retiro espiritual.
Como podrá notarse, se trata de pasos que hay que ir dando después de una atenta reflexión.
1. Señala lo que más te agrada (motiva, estimula, anima, etc.), en la manera de ser y de actuar de cada uno de los miembros de la comunidad.
Todos los seres humanos tenemos virtudes y cualidades. En la convivencia diaria podemos ir descubriéndolas en cada uno de los que nos rodean. Sin embargo también hay que decirlas al hermano. Además de hacerlas en el diálogo interpersonal, debemos hacerlo en este momento privilegiado, que llamamos corrección fraterna.
Por lo general, los seres humanos tendemos a fijarnos más en los defectos, que en las cualidades del hermano. ¿Por qué no decirle al hermano las cualidades que hemos descubierto en él? Seguramente le llenarán de ánimo y favorecerán su autoestima.
2. Señala lo que más te desagrada (molesta, saca de quicio o de onda, lo que te confunde, etc.), en la manera de ser o de actuar de cada uno de los miembros de la comunidad.
No debe hacerse en la línea de atacar al hermano. Se trata más bien de presentar la propia situación. Ejemplo: “Algo que me saca de quicio en tu manera de ser es que me hagas algunas bromas pesadas”. No se trata, pues, de poner el acento en el hermano, sino en nuestra manera de percibir las cosas. Seguramente el hermano hace ese tipo de bromas a otros miembros de la comunidad, sin ocasionarles el menor problema. Tal vez a ti te sacó de quicio porque tenías algún problema familiar, porque estabas fatigado o porque sencillamente en ese momento no estabas para bromas. Tu reacción, pues, no es sólo fruto de la actuación del hermano; también es producto de tu estado de ánimo, tu temperamento. ¿Te has fijado que, en ocasiones, las mismas bromas que te molestan si son hechas por otra persona, no te provocan ningún conflicto?
En este primer paso yo presento lo que yo percibo, sin culpar al hermano. La ventaja es que él aprende también a distinguir que debe tratar de una manera distinta a cada uno de los miembros de la comunidad.
3. ¿Qué le sugieres a cada uno de los miembros de la comunidad para su bien y el bien de la comunidad?
Teniendo en cuenta lo que te agrada del hermano (primer paso) y lo que te saca de quicio en su manera de ser y actuar, le haces alguna sugerencia o recomendación. Puede ser animándolo a seguir actuando de la manera en que te agrada o pidiéndole que haga el esfuerzo en cambiar en alguna actitud que a ti te produce algún problema..
Sobra decir que debe hacerse teniendo en cuenta que la finalidad de esta dinámica es ayudar al hermano, no hacerlo sentir mal. No hay que pedirle, pues, cosas exageradas.
4. Señala a qué te comprometes para el bien de la comunidad.
Teniendo presente lo que te indicó cada uno de los miembros de la comunidad, tú haces el compromiso de tener en cuenta algunas de sus recomendaciones y sugerencias. Si son muchas, no es necesario que tomes en cuenta todas y cada uno de ellas. Sólo debes señalar aquellas que está más a tu alcance realizar. En este paso no se vale decir: Así soy ¿y qué?
Sin embargo es necesario tomar nota en alguna libreta, especialmente destinada para la corrección fraterna, de todo lo que te sugieren, para que lo vayas tomando en cuenta en tu manera de relacionarte con los demás.
Conclusión
Como puedes ver, se trata de una dinámica que puede ayudar a mejorar las relaciones entre todos los miembros de la comunidad. Se trata de una manera más evangélica para resolver los conflictos, que van a presentarse continuamente en nuestras relaciones con los que nos rodean. Es que no somos máquinas o robots, que puedan programarse. Somos seres humanos, hechos de barro y buenas intenciones, que a menudo se nos olvidan.
Hagan la prueba al interior de sus grupos y envíenos sus experiencias a la redacción de este boletín informativo, señalando en qué aspectos de su vida, personal y comunitaria, les ayudó a mejorar. No olviden que esta dinámica no sirve exclusivamente para los grupos apostólicos. También puede ayudar a mejorar la integración al interior de la propia familia o con los compañeros de trabajo. Esperamos tus comentarios.
La independencia de México no se entiende sin el cristianismo
La independencia de México no se entiende sin el cristianismo
Según el más grande historiador vivo del México colonial
QUERÉTARO, jueves, 15 de octubre de 2009 (ZENIT.org- El Observador).- No es posible entender el proceso de independencia de México sin el cristianismo, considera despejando muchos equívocos el historiador David A. Brading, británico, considerado como el más grande historiador vivo del México colonial.
El profesor de la Universidad de Cambridge, así como de la Universidad de Berkeley, ha sostenido una conferencia magistral en la ciudad de Querétaro, en el nuevo Areópago Juan Pablo II, sobre el papel de la Virgen de Guadalupe en el proceso de Independencia de México, cuyo segundo centenario se celebrará en el próximo año.
Su intervención llega a conclusiones que replantean algunos de los lugares comunes de la historiografía, en particular, redimensionan la influencia de los ideólogos de la revolución francesa en este proceso, que resulta ser menos importante de lo que parecía.
México, sede del Papa y de los reyes de España
El profesor Brading, tras una larga exposición sobre los orígenes del movimiento de Independencia, señaló que “en México las noticias de Europa, de la Revolución Francesa, sí causaron horror: se oían ataques contra la Iglesia. Pero, también, había un sentido de expectación. Si Europa estaba desecha por las guerras y por la destrucción que provocaban, era entonces la oportunidad para el Nuevo Mundo, para América, de encontrar su propia perspectiva”.
“En un tratado guadalupano –dijo Brading– escrito en el siglo XVIII por un canónigo de Puebla, Francisco Javier Conde, tratado que no fue publicado sino hasta mediados del siglo XIX, se cita el capítulo 60 del profeta Miqueas que dice que una pequeña nación se volvió grande y reconstruyó Sión. El propio canónigo dice que había escuchado a muchas personas en la Nueva España y varios sermones en los cuales los predicadores citaban la profecía del jesuita mexicano Francisco Javier Carranza sobre la posibilidad de la transmigración de la silla apostólica y residencia de los papas en este continente”.
Ante la expectación del auditorio mexicano que apenas si conocía esta vertiente de la historia, el profesor Brading, autor de una obra enciclopédica sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe, señaló que “Carranza, precisamente predicando aquel sermón en Querétaro, en 1748, fue aplicando el capítulo 12 del libro del Apocalipsis sobre la última época del mundo, en la que, presumiblemente, va a aparecer el anticristo. Fue desarrollando su tema diciendo que el anticristo fue destinado a dominar al Viejo Mundo, cerrando las Iglesia, e instalando en Europa misma los viejos dioses del paganismo”.
“En aquel momento, la Virgen María, en su advocación de Guadalupe, ayudada por el arcángel san Miguel, para defender a la Iglesia, haría su aparición para defender a las dos Américas y tanto el Papa como el Rey de España iban a huir a México bajo la protección de ‘nuestra mexicana Reina, Madre y Señora’. O sea que, para Carranza y para muchos otros, en los días del fin del mundo, México estaría compitiendo por ser la sede de la Iglesia universal y la de los reyes de España”, agregó el también autor de Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810).
Esta visión de los últimos días fue aplicada, transformándola, a la situación de fines del siglo XVIII en México. Los predicadores iban haciendo profecía de algo que estaba sucediendo, pues los dos papas de aquella época, Pío VI y Pío VII, tuvieron que salir de Roma ante el asedio de las tropas francesas. Y eso era aplicado a México.
Incluso, un ilustrado y muy patriota criollo, José Mariano de Beristain y Souza, escribió en su gran libro Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, que fue publicada en tres tomos alrededor de 1817, sobre Carranza y su sermón: “Cuando escribo, a la vista de la persecución que hace al Pontífice Romano el tirano Napoleón, y a los reyes católicos, protectores de la Iglesia de Roma, contemplo que México puede ser el más seguro asilo del Papa y de los monarcas españoles contra la voracidad de aquel monstruo, me parece que no está muy lejos de verificarse la profecía del padre Carranza”.
Y agregó: “Así pensaba yo en el año de 1809. Entonces la insurrección de Miguel Hidalgo hizo empantanar estas esperanzas”.
Él quería –y así lo dijo después– que todos fuésemos llamados españoles, no americanos o indios o mestizos, sin distinción, pues todos eran súbditos de un mismo rey, el de España.
Esperanzas fundadas
Ciertamente, las “esperanzas” del padre Carranza no eran profecías locas. Justamente, a fines de 1808, la Corte portuguesa transfirió su sede a Río de Janeiro, con todos sus archivos y todas las personas que la componían. Y se quedaron en Brasil hasta 1822. En esos años Portugal fue una “colonia” de su “ex colonia”, Brasil, explicó el profesor Brading.
“Cuando Miguel Hidalgo entregó a sus seguidores una copia de la imagen guadalupana, al salir del pueblo de Dolores y la convirtió en su estandarte, no fue un accidente. Utilizaba a la patrona ya aclamada ‘principal y universal’ de la Nueva España. Así convirtió a la imagen ya no en un emblema de una nación criolla sino en un símbolo de una nación insurgente”, afirmó el autor del texto fundamental sobre los tres siglos de presencia española en América llamado Orbe indiano.
Más adelante, Brading explicó que al acercarse a la ciudad de Guanajuato, Hidalgo informó al intendente de la plaza que el propósito de su rebelión era recuperar los derechos de la nación mexicana, una nación que existía antes de la conquista española, y expulsar a los europeos, recuperando “derechos santos, concedidos por Dios a los mexicanos, usurpados por unos conquistadores crueles”.
“Aquí encontramos, exactamente, una de las principales afirmaciones del patriotismo criollo, ya transformado en forma política y aplicado a todos los habitantes de la Nueva España. Hay una continuidad que pasan los criollos a los insurgentes de la existencia de una nación mexicana anterior a la llegada de los españoles. Esta tesis fue aplicada y mejorada en la declaración de Independencia de 1821″, dijo el historiador inglés.
Un nuevo principio
De otra parte, Hidalgo anunció la abolición de la esclavitud y, mucho más importante, la abolición del tributo. Con ello decretaba la destrucción formal de la sociedad de castas que fue algo de muy lenta evolución durante los tres siglos de la Colonia, empezando con las dos comunidades de españoles e indios y transformado, en pleno siglo XVIII en todo un sistema de castas. Hidalgo afirmó, entonces, un nuevo principio: el principio de la igualdad de todos los habitantes de la Nueva España, continuó explicando el profesor Brading
Frente a los temas fundamentales de la Independencia de México, Brading dijo que la línea del padre Hidalgo fue seguida por el padre José María Morelos quien declaró: “A excepción de los europeos, todos los demás habitantes no se nombrarán en calidad de indios, mulatos y otras castas, sino todos, generalmente, americanos. Nadie pagará tributos ni habrán esclavos”.
“Obviamente –dijo Brading– aquí no encontramos una declaración de derechos humanos universales. Lo que sí encontramos es una afirmación concreta y cristiana sobre la igualdad de todos los mexicanos y la abolición del sistema de castas que fue mantenido por el tributo y también incluso por los párrocos en sus registros de nacimientos, matrimonios y entierros”.
Morelos concluyó por afirmar que los americanos eran hermanos en Cristo y formaban una nueva Israel, luchando para librarse de sus opresores. E insistió que esta igualdad, calidad de libertades, es consiguiente al poder divino y natural que ha de distinguir en la virtud al hombre y lo ha de hacer útil a la Iglesia.
Cuando abrió el Congreso de Chilpancingo de 1813, Morelos leyó un discurso–preparado por Carlos María Bustamante y corregido por él mismo– en el que empezó declarando que la soberanía reside, esencialmente, en los pueblos y no en los monarcas, “y después de tres siglos este pueblo oprimido, semejante por mucho al de Israel, trabajado por el faraón y cansado de sufrir, elevó sus manos al cielo y Dios mismo ya ha decretado que el Anáhuac fuese libre”, explicó el profesor del University College de Londres
Después de elogiar las heroicas luchas de los caudillos insurgentes, Morelos insistió: “vamos a restablecer el Imperio mexicano, mejorando el gobierno”, subrayó Brading.
Una nación con pasado
“En lo que sí tenemos que insistir es sobre la presencia de los primeros elementos del patriotismo criollo: que Anáhuac es el pasado mexicano y en la Independencia se encuentra una continuidad”.
El segundo elemento del patriotismo criollo, dijo, es la “independencia o que los españoles tengan que ser expulsados”.
Y en tercer lugar, “el guadalupanismo. Morelos, en sus Sentimientos de la Nación daba a la Virgen de Guadalupe el patronazgo de la nueva realidad histórica que surgía de su propio pasado y se independizaba de sus conquistadores”, afirmó.
En resumen, señaló que en el proceso de Independencia de México hay dos cosas distintas y nuevas.
La primera es la existencia de una nación mexicana, de una nación soberana; una nación similar a la de Israel, un pueblo elegido, pero en este caso por la Virgen de Guadalupe, o sea que no debe tanto a la Revolución francesa, como los liberales, después, estuvieron insistiendo.
La segunda es la igualdad que no está dada en términos universales, sino en términos de hermandad, con los mismos derechos (destruyendo la vieja sociedad de castas).
Hay otro aspecto interesante, dijo Brading, aunque Morelos fue designado “generalísimo” por el Congreso insurgente, él mismo tomo para sí el nombre de “siervo de la nación”. “¿De dónde viene ese título, tan extraño para un caudillo insurgente? Obviamente, del texto del Evangelio de San Marcos, capítulo nueve, donde Jesús oye a sus discípulos que disputan el liderazgo del grupo y le dice: si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos, que sea el siervo de todos”.
“También el decir ’siervo de Dios’ era designar a los santos en aquella época. También emana del Viejo Testamento. Ahí encontramos una figura famosa que es designada siervo de Dios”: Moisés”, señaló Brading.
Si los insurgentes mexicanos se compararon con el pueblo israelita saliendo de la esclavitud de Egipto, entonces su caudillo, sea Hidalgo, sea Morelos, era tomado como un “Moisés mexicano”.
Donde se encuentra la mayor aplicación a Moisés del título de “siervo de Dios” en el Antiguo Testamento es en el libro de Josué, dedicado a la conquista de la tierra prometida. Y en su conclusión, Josué mismo está descrito, igualmente, como siervo de Dios, explicó.
Esta es una hipótesis que parecería extravagante, pero hay que recordar que en la Monarquía Indiana de Juan de Torquemada, el gran historiador franciscano, exaltó a Hernán Cortés como un “nuevo Moisés”, encargado por Dios de llevar a los pueblos indígenas de Anáhuac del Egipto del paganismo a la tierra prometida de la religión católica.
Y por otra parte, la tradición republicana en el siglo XIX sacó en sus textos elogios a Moisés como legislador y padre fundador de su nación y podemos decir que el culto de Miguel Hidalgo como padre de la Patria fue la traducción de un culto a un Moisés legislador y fundador de la nación mexicana, continuó diciendo el historiador, autor entre otros títulos de El ocaso novohispano.
El centro del Tepeyac
El 22 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide se proclamó como Emperador constitucional del Imperio Mexicano. Posteriormente, en una circular emitida por el Ministro de Justicia, Iturbide fue identificado como Primer Emperador Constitucional y Gran Maestro de la Orden Imperial de Guadalupe, Agustín por la Divina Providencia y por el Congreso de la Nación, explicó el historiador y mexicanista David Brading.
En diciembre de 1822, el arcediano de la Catedral de Valladolid (Morelia), predicó la primera función solemne de aquel orden imperial. Tras lamentar el triste estado de paganismo en México-Tenochtitlan, celebró la aparición en el Tepeyac como una nueva aurora que anunciaba la conversión de Anáhuac a la fe católica, conversión que compensaba a la Iglesia “por la herejía de Lutero y Calvino”, dijo Brading.
“Ahora, enfatizo, si el país de Anáhuac respira libertad todo se lo debemos a la Virgen de Guadalupe, ahora somos nación soberana, de modo que el águila mexicana se apareció de nuevo triunfante en su nopal”.
Aunque ambos partidos, insurgentes y realistas, durante la guerra civil de la Independencia habían invocado a la guadalupana, ella ahora aparece como “madre de la unión; especialmente porque México es el país más católico del mundo, un baluarte en una época en Europa donde la religión ha sido afligida por la impiedad y el ateísmo”. Concluyó: “la santa religión católica es el alma de este Imperio. Si la fe de Jesucristo es inseparable de la nación de Anáhuac, no ser cristiano es no ser mexicano”.
Tras la Independencia se renueva la profecía de fin del siglo XIX del surgimiento de México como baluarte en el mundo de la fe católica, dijo Brading.
Baluarte del catolicismo
“Para entender mejor el fondo político e ideológico del movimiento imperial de México, explicó el historiador, podemos recurrir al sermón predicado por el doctor Julio García de Torres en el santuario del Tepeyac en octubre de 1821, función a la que asistió Agustín de Iturbide para dar gracias a la patrona de México por la Independencia de la América Septentrional”.
Más adelante subrayó que en el sermón se decía que la Independencia había sido necesaria “pues España ya fue corrompida por las pestilentes miasmas del contagio francés, es decir, mediante las execrables obras de Voltaire y de Rousseau” ya traducidos y publicados en España. Y que las nuevas Cortes, establecidas en 1820, “dedicaron sus esfuerzos a destruir a todos los pueblos y los privilegios de la Iglesia”, aboliendo la Inquisición, expulsando a la Compañía de Jesús, etcétera.
Finalmente terminó diciendo que “con esa visión, la creación del Imperio de Iturbide revivía, una vez más, la noción de que México podía ser el baluarte de la Iglesia católica en un mundo en el que el liberalismo llegaba al poder en España y en otros países y quería destruir a la religión”.
Por Jaime Septién
El diálogo entre católicos y protestantes entra en una nueva fase
El diálogo entre católicos y protestantes entra en una nueva fase
Afirma el cardenal Kasper, al presentar un libro sobre los 40 años de diálogo
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 15 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- El diálogo oficial entre la Iglesia católica y las comunidades protestantes históricas -anglicana, luterana, reformada y metodista- está entrando en una nueva fase, tras cerrar la primera etapa que recorre los últimos cuarenta años, desde el final del Concilio Vaticano II hasta hoy.
Así lo señaló el presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (CPPUC), el cardenal Walter Kasper, al presentar, este jueves en la Sala de Prensa de la Santa Sede, un libro que reúne y presenta los resultados de ese diálogo.
“Con este libro, nos encontramos en el fin de una primera etapa que ha estado llena de frutos, y al mismo tiempo, estamos entrando en una nueva fase, que auguramos será tan fructuosa y se podrán resolver los difíciles problemas que quedan pendientes”, declaró.
El volumen, realizado por el Consejo Pontificio para la Promoción en colaboración con esas comunidades protestantes, se titula “Harvesting the Fruits. Basic Aspects of Christian Faith in Ecumenical Dialogue” (Recogiendo los frutos. Aspectos básicos de la fe cristiana en el diálogo ecuménico).
El CPPUC ha analizado, durante dos años, el diálogo con las principales comunidades protestantes, porque éstas fueron las primera en establecer un diálogo oficial con la Iglesia católica tras el Concilio.
Logros
Ahora, afirmó el cardenal Kasper, es el momento de hacer balance de la situación del diálogo, y añadió: “Nosotros mismos estamos gratamente sorprendidos por cuanto se ha logrado en estos años”.
Respecto a la recogida de los frutos del diálogo, a los que se refiere el título del libro, el cardenal Kasper indicó que “se trata de una recogida verdaderamente muy rica, que supera las numerosas polémicas y grandes problemas históricos de la Reforma”.
“Esto -prosiguió- puede representar una clara respuesta a opiniones que se están difundiendo, a veces también en la Curia Romana, o a la injustificada acusación de que el ecumenismo con las autoridades protestantes no había cosechado frutos hasta ahora y nos había dejado con las manos vacías”.
“No queremos que la riqueza de los resultados conseguidos sea olvidada y que se deba recomenzar desde cero”, dijo.
“Comportamiento ecuménico”
“Deseamos iniciar un proceso de recepción de estos ricos frutos en el cuerpo de la misma Iglesia para llegar a un nuevo tipo de comportamiento ecuménico”, reveló.
El cardenal Kasper señaló que actualmente, en el ámbito ecuménico, como en todos los demás, se producen rápidos cambios en Occidente.
En este sentido, indicó que, tras el entusiasmo de los primeros años tras el Concilio, hoy se experimenta en el diálogo ecuménico un cierto cansancio.
“Sin embargo, la nueva sobriedad instaurada puede ser también un signo de mayor madurez” – indicó-. Probablemente, el camino ecuménico será más largo de lo que parecía después del Concilio”.
El libro constata los que las comunidades eclesiales en diálogo desde el Concilio Vaticano II han cambiado a lo largo de estos cuarenta años.
“Quizás nuestros interlocutores ya no son los mismos, son más diversos que los que encontramos durante y después del Concilio -explicó-. Hay fragmentaciones internas, nuevos problemas en el campo de la ética, problemas desconocidos en el pasado”.
Y prosiguió: “También en la Iglesia católica ha habido cambios; a veces nuestros documentos son difíciles de digerir para nuestros interlocutores”.
“Con este libro queremos fomentar un nuevo impulso -afirmó-. Ilustrando los numerosos resultados positivos de estos cuarenta años, queremos mostrar que somos capaces de conseguir cualquier cosa si seguimos comprometidos con el ecumenismo”.
El volumen pone de relieve, por primera vez, los resultados de los cuatro diálogos bilaterales con esas cuatro confesiones protestantes, agrupados por temas, para permitir la comparación y una visión más clara del alcance de lo logrado en cuarenta años de diálogo.
El libro también dedica un espacio a las zonas de convergencia ecuménica que podrían ayudar en el proceso de recepción de los resultados en las distintas confesiones.
Sobre los problemas por resolver, el cardenal explica: “Hemos identificado problemas en la hermenéutica, en la antropología, en la eclesiología y también en la comprensión de la Eucaristía”.
Simposio en 2010
Las Iglesia católica y las comunidades protestantes tienen la intención de organizar un simposio, en febrero de 2010, en el que debatirán el futuro del ecumenismo occidental, anuncio el cardenal.
El libro presentado este jueves en el Vaticano servirá de base para las conversaciones de ese encuentro.
Además del cardenal Kasper, en la rueda de prensa intervino también monseñor Mark Langham, oficial del CPPUC y uno de los principales colaboradores del purpurado en la elaboración del libro.
Monseñor Langham destacó que el cardenal Kasper “ha querido dar a conocer de esta manera el fruto de cuarenta años de diálogo ecuménico a una nueva generación que creció en el post-concilio y probablemente no conoce a fondo lo que se ha logrado”.
Temas de diálogo
El oficial explicó que el libro se estructura en cuatro capítulos: “Fundamentos de nuestra fe común”, “Salvación, justificación y santificación”, “La Iglesia”, y “Bautismo y Eucaristía”.
Aplicando la metodología del mismo diálogo ecuménico, el primer capítulo aborda las bases comunes a todas las partes en diálogo.
El segundo se ocupa de una cuestión central para la Reforma -la salvación, la justificación y la santificación-, en la que “se ha logrado un acuerdo significativo que constituye un hito en las relaciones ecuménicas”, explicó monseñor Langham.
Sin embargo, añadió, “quedan todavía cuestiones que requieren ulteriores aclaraciones, como la que se refiere a la función de la doctrina de la justificación en el seno de la eclesiología entera”.
El tercer capítulo, el más largo, examina la misión, autoridad y ministerio de la Iglesia, partiendo de la manera como estos aspectos están presentados en las declaraciones comunes cristianas en estos años.
“En este sentido, las polémicas y malentendidos del siglo XVI han sido reexaminadas y en parte superadas”, dijo el experto, aunque permanecen los problemas en cuestiones centrales como “qué es” o “dónde está” la Iglesia.
En opinión de monseñor Langham, “esto demuestra que la relación entre los elementos espirituales y concretos que definen la Iglesia deberá ser estudiada de manera más profunda”.
En el cuarto capítulo se habla, por ejemplo, de la controversia sobre la Eucaristía que existió durante la Reforma, sobre la que “gracias a un intenso diálogo y sobre todo a un renovado énfasis sobre la función del Espíritu Santo, ha sido posible llegar a una importante convergencia”, afirmó el oficial.
De todas maneras, añadió, “se deberán estudiar ulteriormente algunas cuestiones sobre ese sacramento, así como el carácter de sacrificio de la Misa, la presencia real del Señor en la Eucaristía y el significado de “transubstanciación””.
En el capítulo final, el cardenal Kasper aborda la síntesis de los cuatro diálogos y la importancia de todo lo logrado.
[Por Patricia Navas]
DE LA BELLEZA A DIOS
CONVERTIDOS DEL SIGLO XX.
Wilibrordo Verkade
(1863-1946)
Por Juan Pedro de Ry.
Juan Verkade, transformado en Dom Wilibrordo Verkade, ha escrito su autobiografía en un libro titulado Die Unruhe zu Gott (El Tormento de Dios). Su drama interior no eclipsó su buen humor; pero no halló la paz más que después de haber encontrado a Dios.
Después su infancia se sintió fascinado por la belleza; una multitud de «señales» le orientaron hacia la Iglesia Católica, y ya en ella, hacia la vocación religiosa.
Como su alma era capaz de silencio y desprendimiento, pudo interpretar esas señales y reconocer a Aquel que le llamaba. Tuvo también el valor de seguirle.
¿Hombre de negocios o artista?
El 18 de septiembre de 1863, en casa de los Verkade, en Zaandam, venían al mundo dos gemelos, Juan y Enrique. Esta familia, que constara de tres hijas y cinco hijos, era una de aquellas viejas familias protestantes holandesas enraizadas en una «santa y solida tradición burguesa, en la que el sentido del deber, cortesía, honradez y rectitud son cosas naturales».
Miembro de la «Doopsgezinde Kerk», Verkade el padre no admite el bautismo de los niños, y los dos bebes se quedaron sin ser bautizados.
Como suele suceder, los dos gemelos no se separaron nunca, sobre todo cuando se trataba de hacer alguna travesura. Juan revela ya sus facultades imaginativas. Siempre es él que compone el escenario de la broma, y los dos la ejecutaran.
En casa se habla a veces de Dios y de Jesucristo. Pero es de una manera fría e imprecisa. Antes de la comida, los niños oran en común; es la única oración en familia. Durante la semana viene a casa una modista católica. Atraído Juan por su talento narrativo, charla a gusto con ella. A veces sucede que ella le habla «del párroco, de la familia Cuypens, tan profundamente católica, en cuya casa iba a coser cada semana», de la confesión y de la oración.
No lejos del hogar hay una iglesia católica. Juan entra en ella algunas veces por curiosidad. Concibe entonces la idea de un altar con un santo ante el cual intenta orar. Pero no sabiendo qué decir, destruye su obra.
En la escuela, los dos gemelos explotan su parecido sin empacho ninguno para armarle jugarretas al maestro. El señor Kerkard decide enviar a sus hijos a un internado; allí un pastor hace la catequesis. Juan escucha o… escribe su correspondencia.
Un día se habla del misterio de Pentecostés. El reverendo pastor explica que el milagro de las lenguas del fuego no es más que una piadosa alegría. Una tal exégesis desconcierta el cerebro de Juan. «Pero –piensa- hay que admitir lo que dice este sabio. El lo sabe mejor que nosotros, ya que ha estudiado mucho: no importa que en el texto esté la cosa tan evidente.»
El internado no consigue calmar la exuberancia de los dos muchachos, y los padres los vuelven otras vez al hogar, en Amsterdam, en donde vive ahora la familia. Los dos inseparables son enviados a una escuela de comercio. Juan se acomoda a ella; pero más que a los cursos de contabilidad, está interesado por las tiendas de antigüedad y las galerías del «Trippenhuis», el «Rijksmuseum» de entonces, por donde vagabundea las tardes de los días de vacaciones.
Un día Juan hablo de estudios artísticos. Su padre le puso varias objeciones; cuando tuvo de que no se trataba de un capricho, el autentico liberal tuvo bastante amplitud de espíritu para no oponerse ya a los planes de su hijo. Más aún: le confió un pintor de fama, el pintor Haverman, bajo cuya dirección Juan preparó el examen de entrada en la Academía de Bellas Artes.
A los dieciocho años, poco convencido de la verdad de la religión de la familia, se negó a recibir el bautismo.
Otra elección iba a ser decisiva para su porvenir. Después de varios meses en la Academia, comprobó lo aleatorio de la vida del artista. Los negocios de su padre le abrían sus brazos. Dudó. Finalmente, dejando las comodidades, escogió la Belleza.
Carrusel de sensaciones…
«En agosto de 1884, mi hermano y yo pasamos parte de nuestras vacaciones a orillas del Mosa. Llegamos a Colonia un sábado. Después de haber estado en el hotel, fuimos a la catedral. La espléndida nave estaba casi a oscuras. En el crucero de la izquierda ardían varias luces. De la tribuna de cantores se elevaba un canto a cuatro veces; no se veía más que la batuta del director marcando lentamente el compás.
» El canto no era en tono fuerte, sino dulce y ligero, y pasaba entre las altas bóvedas como un viento entre los árboles. Fue ése un momento verdaderamente solemne. Estábamos los dos profundamente emocionados.
» Me acuerdo de que dejé escapar estas palabras: « ¡Verdaderamente, hay para hacerse católico!»
» Se oyó el sonido de una campanilla desde el coro. Se adelantó un sacerdote, llevando alguna cosa. Iba precedido de un muchacho que balanceaba un incensario. Otros dos llevaban cirilos.
» La campanilla se acercaba más y más hacia nosotros…
» Ahora larguemos –dije-, y emprendimos la huida ante el Santísimo Sacramento.
» ¡Ay! ¡Cuántas cosas nos hemos dejado escapar en la vida por no haber querido esperar!»
El tono de esta narración y el hecho de que Verkade, muchos años más tarde, recuerdo que este episodio con todos su detalles, prueban hasta que punto, aun desde su más tierna edad, era sensible al aspecto estético de las ceremonias de la Iglesia.
Verkade tiene ahora veinte años. No es más que juventud e ímpetu hacia lo Bello. Pasión sencilla y feroz que se cree capaz de las mayores empresas.
Pronto se da cuenta del abismo que media entre la realidad y el sueño. Este sentimiento de impotencia le abrasa y le irrita. Le parece que la solución es lanzarse a una vida de sensaciones y de impresiones fuertes.
Lo que en otros hubiera sido un cambio de perdición, en Karkade no es ni siquiera una tentación de vulgaridad. En esta búsqueda de la emoción, el sentimiento de los limites y hasta donde puede llegar, no le abandona nuca. Más aún: de la fuente envenenada consigue filtrar el agua pura. El veneno en Balzac, Flaubert, Zola, Turguenev, Dostoievski, esos seductores cuyo veneno naturalista y antirreligioso se disimula bajo la caricia del estilo.
Y el agua pura es:
«Hombres y cosas de Francia y Rusia han sido hasta tal punto impregnados de catolicismo, que una descripción objetiva de aquellos, como se encuentra algunas veces bajo la pluma de estos autores, evoca infaliblemente el Cristianismo que las ha modelado.»
Solicito por todos los atractivos del Universo, Verkade comienza a sentirse incómodo en los estrechos límites del techo paterno. Más de una vez prefiere la alegría bulliciosa de las tabernas.
«A veces reía de todo corazón y me divertía en grande; pero raramente podía dejar de pensar: Has sido creado para algo mejor que para todas esas estupideces.»
En determinados días se siente hundido en una mar de tristeza de tedio. Un instinto de conservación le instiga a huir de la ciudad:
«Siempre la grande naturaleza de Dios ha ejercido sobre mi una influencia pacificadora y purificadora y purificante. En la sociedad y en el silencio, en el resplandor maravilloso de la belleza que me rodea por todas partes y que yo quería expresar en líneas y en colores, me sentía otro hombre.»
Va a vivir en una pequeña ciudad del valle de Ijssel, en Hattem. Cuando hace mal tiempo, pinta en su taller; cuando aparece el primer rayo de sol, sale a la calle. Un día le sorprende la lluvia; abre encima del caballete el gran paraguas que habitualmente le hace el oficio de sombrilla. Pasa por allí un tipo, al que invita a compartir su refugio. El hombre le cuenta que al volver de un cabaret, lleno de cólera, ha hecho añicos el mobiliario del dueño y ha huido; quizá la Policía está ya sobre su pista.
«Ya vereís, señor; Dios castiga el mal ya en este mundo. ¿No lo cree usted?» Verkede responde: «¿De verdad que hay un Dios?» El otro replico: «Cuando tenia diecisiete años dude alguna ves de ello: ahora estoy cierto de que hay un Dios. Puede usted contar con eso. Créame, es completamente cierto…»
Aún resuena en mí las palabras de aquel hombre. ¡Y es que fueron dichas con tal sencillez y con una convicción tan absoluta! Además, era toda la naturaleza que me rodeaba la que me gritaba con este pecador desconocido y arrepentido: «¡Hay Dios!»
Estando en Hattem no le abandono su sed de literatura moderna. Embebido en las Confesiones, de Tolstoi, choca con la afirmación de que, a la larga, sólo Dios puede satisfacer nuestro deseo de felicidad. Fijaos: únicamente Dios. ¡Ni el arte! Y esto, escroto por la pluma de Tolstoi. Que lo era todo menos un santo. Verkade no volvió de nuevo sobre ello.
«El arte lo había sido todo para mí. Ocupaba el puesto que hubiesen ocupado la esposa, los hijos, la riqueza, la alegría, en una palabra: todo. Ahora comprendo mi locura.
»He de aclarar con todo que la entrega incondicional de mi persona a la Belleza ha sido para mi una fuente de bendiciones. Pues así se desarrolló muy pronto en mí un espíritu de decisión que me empujaba sin duda hacia un bien más elevado desde que éste se me había revelado como tal.»
La obra A rebours, de J.K. Huysmans; ciertas estrofas de Bauderaire y de Varlaine, leídas en esta época, maduraron en el la inquietud de Dios. El problema que, desde que rehusó bautizarse, se había prometido examinar más tarde, le atenazaba más y más.
En febrero de 1891, Verkade deja Hatteb y Holanda y sale para parís. ¡Zola y Daudet habían hecho brillar tantas veces ante él los encantos dela ciudad inspirada!
En aquellos finales de siglo. París fermentaba bajo un cúmulo inusitado de ideas y tendencias. El café Voltaire, frente al Odeón, era el lugar de reunión de los simbolistas. Juan Verkade se sintió enseguida en comunión de ideas con la nueva escuela. Como Mallarmé, como Retté, futuro convertido también, y otros, ¿no andaba igualmente él el busca de ese «complemento del alma», ausente de un mundo que no buscaba más que el progreso científico?
Una parecida corriente espiritual se esbozaba en ciertos medios artísticos. La escuela de los «Nabis» agrupaba a los más fervientes partidarios de esta nueva tendencia.
Gauguin, sobre todo, daba el sello a la escuela con su fuerte personalidad. Decía: «Una obra de arte es no sólo un negocio de habilidad, sino también del alma. Es un doble nacimiento: un nacimiento en el espíritu y en la tela.»
Sérusier pensaba lo mismo: aunque teósofo, en el fondo de su corazón había permanecido pegado a la fe de sus antepasados. De todos los «Nabsi», él «el Nabi de la barba rutilante», fue el que tuvo más influencia en Verkade, su amigo íntimo.
«Bien que al principio las teorías de mi amigo me dejasen indiferente – más tarde la adopté casi todas-, no tardaron, sin embargo, de obrar en mi un retorno. Ya, al cabo de un mes, admitía una más alta realidad que la de los sentidos, y poco a poco reconocía la existencia del alma y su inmortalidad.»
Un solo en el grupo había permanecido católico convencido; un alma transparente y luminosa: Mauricio Denis, «el Nabi de los hermosos iconos». Tenía veinte años cuando le encontró Verkade:
«Al tratarle experimente con agudeza todo lo que mi educación tenía de unilateral y de deficiente. Instintivamente comprendí las riquezas que la fe había aportado a este joven artista…»
Un día Gauguin anunció su partida para Tahití. Alma generosa, el primero de los Navis lo abandonaron todo, incluso el éxito, para marchar hacia esas islas lejanas y magnificas en donde pensaban que le llamaba el ideal de belleza. En la comida de despedida, Verkade fue presentado al último de ellos, Mosens Ballin. Era un danés, lleno también de inquietud y en busca de algo mejor.
A los pocos días, Verkade y él se encontraron una tarde en un dancing del barrio latino. Las parejas rodaban sin parar. A los pocos momentos, Ballin tuvo ya bastantes. Verkade se le juntó y simpatizaron. De común acuerdo decidieron no permanecer por más tiempo en París, en donde no hacían nada bueno, y trasladarse a Bretaña. Sérusier había hablado ya de ello a Verkade. Allí estaba el gran arsenal de trabajo de los Nabis. Lejos de la disipacíon de la capital podrían trabajar juntos.
Bretaña, tierra de fe…
Los dos amigos se instalaron en Pont-Aven; después en Huelgoat. En seguida experimentaron el encanto bucólico de la campiña bretona. Pero lo que les cautivaba por encima de todo era, mezclado a este paisaje idílico, la atmósfera de fe profunda y sencilla que se respira en toda Bretaña, en su cuadro de capillas, calvarios y procesiones, entre una población robustamente creyente y tan hospitalaria.
A las tres semanas de estar allí, se les juntó su amigo Sérusier.
«Una tarde, Sérusier, dirigiéndose a mi, me dice a quema ropa: ¿Has notado que las creaturas no son igualmente perfectas, bien que cada especie lo sea en su género? La planta tiene una vida superior a la de la roca, y el animal, una vida superior a la de la planta. El hombre, ser a la vez corporal y espiritual, está a su vez por encima del animal. ¿No hay nada más por encima del hombre y no parece más lógico que haya otras criaturas que no tenga cuerpo, sino que sean espíritus puros, criaturas que llamamos ángeles?
» Ciertamente –le dije- esto me parece verosímil.
» Pues bien –continuó Sérusier-: ¿no nos lleva esto a admitir la existencia de un Ser que esté, por así decir, en lo más alto de la escala que nosotros podemos levantar, dada la perfección gradual de las criaturas hacia Él, hacia Dios?
» Hay que decir que Sérusier, consciente o inconscientemente, no establecía una diferencia muy precisa entre «ser absoluto». Pero a partir de este momento, he creído en Dios como un Ser un quien está lo mejor y lo más perfecto.»
En Paris, Verkade había entrado varias veces en la iglesia, pero como diletante. En Huelgoat asiste por vez primera a la misa. No sabía sillas en la iglesia; al Sanctus, todos los hombres se arrodillaron.
«¿Cómo? ¿Yo arrodillarme? Mi orgullo protestaba con todas sus fuerzas contra semejante humillación. Pero yo estaba allí en pie, sobresaliendo de entre todos; no podía hacer otra cosa y me arrodillé como los demás. Cuando los hombres se levantaron, también me levanté. Pero al levantarme algo había cambiado en mí. Era ya católico a medias, pues mi orgullo se había quebrantado. Me había arrodillado.»
A la alegría del primer acto de adoración sucede un periodo de inquietud vacío, de abandono. «Pero Dios no me dejaba.»
Se pone entonce a maldecir «aquellas ganas satánicas de hacerse católico». En Bretaña, estas ideas van tomando cuerpo: ¿las disiparía quizá unas vuelta a Holanda?
De hecho, las calles de Amsterdam le hunden en aquel clima materialista y humanamente limitado de otro tiempo; pero venida la noche, lo que ha vislumbrado en Bretaña, no descansé hasta haber aclarado esas cuestiones de la fe.»
Al cabo de algunos meses, vuelve, efectivamente, a Bretaña. Se instala en Saint-Noff, pueblecito con hermosa iglesia gótica le une Ballin. Juan se siente contrariado: «¡Estaba tan bien en mi soledad y me sentía tan feliz en el camino de la fe católica!» Y cuando Ballin ataca a la Iglesia católica, él la defiende de la mejor manera que sabe. «Yo la amaba antes de poder creer todo lo que ella enseña.» Pues tiene todavía varias objeciones, aunque, a decir verdad, sólo sobro puntos secundarios.
«Decidí apagar mi sed en la fuente de la misma Verdad. Lei y relei el Nuevo Testamento. Para mi era claro; los evangelistas amaban la verdad y querían decir la verdad. Cuando comparé después lo que había leído con lo que se encuentra en el catecismo romano, tuve que confesar entonces que concordaba el uno con el otro…»
Pero ¿no seria también él un calvinista como los miembros de su familia?
«¡Nunca jamás! –responde-. He encontrado demasiadas divisiones fuera de la Iglesia católica, para buscar mi salvación por este lado. Yo estaba también asombrado del liberalismo religioso de mi familia y de la frialdad de la liturgia protestante, y me decía: si me haga cristiano, entonces lo seré de verdad, y de verdad para mí, quería decir católico.»
Sin embargo, duda aún. Desgarrado por impulso contradictorio, ora. El socorro le viene en forma de un guía que va a ayudarle a franquear los últimos obstáculos: el Padre Le Texier, uno de los dos jesuitas encargados de predicar la misión en Saint-Nolff.
Cuando Verkade y Ballin supieron que los jesuitas llegaban al pueblo, se marcharon a la ciudad vecina. Pero… las pulgas le echaron de ella, y creyendo ya terminada la misión, volvieron a Saint-Nolff…»
El viejo misionero le pareció a Verkade tan inofensivo y tan bueno, que le hizo todas sus confidencias. Como director experimentado, el Padre Le Texier alabó todo lo que encontró de bueno en Verkade y dejó libre curso a la evolución de su vida espiritual. Otro Padre del colegio de Vannes puso en sus manos un ejemplar de La explicación de la fe católica, de Giroden.
«A fin de cuentas, es aún más fácil creer todo lo que dice la Iglesia católica. Todo lo que has oído y leído hasta el presente exige más fe que la despiadada lógica de la doctrina católica.»
El 26 de agosto de 1893, en la capilla del colegio de los jesuitas de Vennes, recibía el bautismo y hacia su primera comunión. Provisionalmente, sólo fue informado de ello su amigo Ballin.
Fervor de neófito.
En las semanas siguientes, su alma abundaba en la felicidad de la posesión sentida de Dios. Era el momento adecuado para visitar la Italia soleada y católica.
Florencia, Fiésole, Siena, Roma, Asis, las maravillas acumuladas del arte cristiano y, por encima de todo, los primitivos italianos, le arrebataban y alimentan su joven entusiasmo de convertido. Para colmo de felicidad, puede ahora compartir todas sus emociones con Ballin, quien en Florencia ha recibido el bautismo.
Las simpatías de los dos amigos van dirigidas a los conventos y a la espiritualidad franciscana, que se armoniza muy bien con sus temperamentos de artistas. No contentos con inscribirse en la Tercera Orden de San Francisco, quisieran llevar el hábito e ir a predicar por el mundo. La Cuaresma de este año la pasan en un ayuno riguroso. En Roma, Verkade pide y obtiene del Superior General de los Franciscanos el permiso para pasar varios meses en el convento de Fiésole. Es una maravilla de convento, como lo que vemos en los cuadros de Fray Angélicos.
«En la atmósfera religiosa del convento, mi alma prosperada maravillosamente. Era para mi la aurora de una nueva vida.»
En la medida en que se lo permiten, comparte la misma vida de los monjes. A la hora del recreo se junta a los jóvenes religiosos, cuya frescura de alma y delicada caridad le encantan.
La lectura de la Historia de un alma, de Santa Teresita de Lisieux, y, sobre todo, los libros de San Agustín, profundizan su vida interior.
«A menudo interrumpía mi lectura y reflexionaba sobre lo que acababa de leer. Entonces, insensiblemente, los pensamientos palidecían; después, se extinguían; pero yo no me quedaba solo. No era sólo el silencio con sus ruidos y sus suspiros lo que me rodeaba. No. Alguien esta presente. Me envolvía. Estaba en mí. Y cuando me levantaba y me iba. Él me acompañaba. Y si yo me paraba, Él me esperaba.
»Como resultaba fácil el orar, era feliz.»
Cuando pensaba en el porvenir, se veía ir de convento en convento, pagando la hospitalidad de los religiosos con la composición del tal o cual fresco. Le vino entonces la idea de establecerse fijamente en uno de estos oasis de paz; pero entonces pensaba en la Orden de los Cartujos.
Últimos pasos en el mundo.
Entre tanto, en Amsterdam, la familia deseaba volver a ver al vagabundo: imposible diferir por más tiempo el anuncio de su conversión. Menos aún podía hacerlo, ya que su padre reclamaba de él precisase sus proyectos para el porvenir.
Poco ante de su vuelta, Juan anuncio por carta el gran cambio que se había operado en él.
Su padre y su madre hablaron de ingratitud y de traición. Ante la firmeza de Juan, acabaron por inclinarse, y cuando comprobaron que podía contar siempre a ser cordiales.
Para volver a Holanda, Juan dio una vuelta por Alemania. Deseaba ver la famosa abadía benedictina de Beuron, de la que había oído hablar en Italia. Además del esplendor litúrgico de un coro de ciento cincuenta monjes, dando a la interpretación del canto gregoriano acentos de Paraíso, encontró allí un equipo de monjes pintores, que bajo la dirección del Padre Desiderio Lenz, trabajaban desde hacia varios meses en el decorado de la abadía. Todo estuvo muy lejos de dejarle indiferente, pues al despedirse de los monjes les prometió volver.
En Amsterdam encontró la atmósfera de la casa exactamente como la había dejado: ¡cómo contrastaba con la trasformación que se había operado en él durante ese tiempo!
«Me encontré de repente en un medio que se había hecho extraño, en una ciudad burguesa de Holanda, anclada en sus costumbres y tradiciones. Tenía la impresión de estar seguro en una pequeña ciudad rodeada de murallas y fosos, pero estrecho. Estaba a punto de ahogarme.»
Algunas semanas después de su regreso, recibió una carta de Ballin. Este le invitaba a su casa en Copenhague, para organizar allí una exposición «Juan Verkade».
Más por marcharse de la casa paterna que por la ilusión de conseguir éxitos, por otra parte hipotético, Verkade no dudó un momento y de nuevo abandonó Holanda para ya no volver nunca.
El «Salón Juan Varkade» fue un éxito. Casi todos los cuadros y esbozos encontraron comprador. Las crónicas artísticas de los periódicos consagraron al paisajista de Bretaña elogiosos artículos. Fueron dadas recepciones en su honor, a la que se abandonó más de la cuenta… Estas concesiones hechas a los placeres mundanos disminuían su fervor religioso. A la vuelta de esas fiestas, oleadas de remordimientos le inundaban: «Es repugnante, ¡es la última vez que me pasa esto!», concluía Verkade después de un breve examen de conciencia hecho en común con Ballin, con el que compartía el aposento. Y al día siguiente, en la iglesia, las lágrimas de contrición le hacían entrar de nuevo en contacto con Dios.
Esas experiencias desgraciadas llevaban su espíritu a los puertos de paz de Fiésole y de Beuron. De esta manera, en medio dela gran ciudad, maduraba y se fortificaba su decisión de abandonar el mundo definitivamente.
Tal pensamiento le llenaba de alegría. En este momento preciso encontró a Jöergensen, el célebre escritor danés, que también buscaba la Verdad.
«Es precisamente mi alegría lo que impresionó tan fuertemente a Jöergensen. Pues no era feliz y tenía un gran deseo de serlo. Y había llegado a la convicción de que la Verdad nunca puede hacernos desgraciados, mientras que la insatisfacción de corazón es un criterio irrecusable de un extravío de la inteligencia.
»Por eso se preguntaba: Ballin y Verkade, ¿no estarán en la verdad? ¡Los dos son tan felices!
» El Domingo de Rames le di un ramo bendecido y le dije riendo: «Toma, es para ti, te traerá la felicidad.» Yo había dicho esto sin parar mientras en ellos. Pero más tarde Jöergensen me confió la impresión que le habían hecho estas palabras. Estaba precisamente buscando la felicidad.»
Beuron.
El 26 de abril de 1894, Verkade hacia una vez más sus maletas.
«Verdaderamente tenía prisa por volver a encontrar la católica y calidad atmosféricas de los países meridionales que el Norte honrado, pero frio, me hacia echar de menos.»
Decidió pasar por Berlín para dirigirse a Italia. Al cabo de un día, la vida tumultuosa y superficial de aquella capital tentacular le resultó insoportable.
«Ya no era yo aquel fogoso joven de hace dos años llegando a París con el corazón lleno de esperanza. Desde entonces había aprendido a conocer la alegría que no atrae en tanto no se la gusta, pero de la que uno siente verdaderamente hambre cuando la ha experimentado.»
Después, remontando el valle naciente del Danubio, llegó a Beron. Encontró al Padre Desiderio Lenz, quien le explicó largamente sus teorías estéticas de Números y Medidas y le hizo entrar en el espíritu de la escuela de Beuron. Vio al mismo tiempo en los numerosos frescos de la iglesia y de los claustros lo que podía la colaboración de un equipo de artistas animados por el mismo espíritu y guiados por el mismo maestro. Era la realización de lo que él mismo había soñado, pero muy imperfectamente realizado, con el grupo de los Nabis.
¿Qué cosa había mejor para él que juntarse a esta escuela? Un medio semejante, ¿no realizaba plenamente todas sus aspiraciones espirituales y artísticas?
«A fin de cuentas, ¿no era ya benedictino de corazón? Me gustaba la solemnidad de sus ejercicios de piedad, el ritmo de la oración en el coro, el esplendor del canto gregoriano. Me gustaba lo natural, la sencillez de su comportamiento, unido a la corrección y distinción de sus formas. Me gustaba su espíritu de disciplina y de trabajo, su vida de silencio y de oración.
»A la verdad, no había ninguna costumbre del monasterio por la cual yo no insistiese una alta estima.»
Verkade fue a ver al Padre Abad. Cuando llegó el momento de plantear la cuestión decisiva: «¿Puedo ser recibido en el monasterio?», Juan balbució las palabras, puedes acababa de comprobar bruscamente que al formar esta petición se entregaba a merced de otro y que allí estaba en juego su libertad.
El Padre Abad le contestó: «Tengo la impresión de que Dios os quiere aquí; así, pues, yo os recibo.» Y le dio su bendición.
Y Juan fue recibido entre los novicios.
Pintor, monje, sacerdote.
Convertido por su profesión religiosa en Dom Wilibrordo Verkade y elevado en 20 de Agosto de 1902 a la dignidad del sacerdocio católico, ha evocado en la segunda parte de su autobiografía su carrera de pintor-monje.
Nos habla de sus trabajos en la pequeña iglesia parroquial de Aichladen (Wurtemberg), a la cual consagró varios meses del año 1906. La decoración de aquella capilla dedicada a la popular «Virgen de la Cabeza inclinada», en el convento de los Padres Carmelitas de Viena, resultó una verdadera otra de arte; después trabajó con menos éxito en Monte Casino (1903-1904), y en Palestina (1909-1912).
Nos habla también sencillamente de su falta de carácter, de la vida más disipada cuando trabajaba fuera de la abadía, de una desgana para ciertos trabajos, de una especie de segunda adolescencia que «les dan ganas de ir a buscar flores al borde del precipicio».
De hecho no era cosa tan sencilla el mantener esta armonía perfecta entre el monje y el artista. ¿Quién se maravillará de los pasos dados en falso y de sus crisis? Su mérito está en no haber jamás disociado su doble ideal ni haber renunciado nunca a él.
En su retiro, Verkade no se olvidaba de sus numerosos amigos. En primer lugar, los Nabis vinieron con frecuencia a visitarle. Observaron con gusto que la vida del claustro no había hecho perder el humor de Verkade.
En cambio, su sacerdocio le confería un ascendiente al cual no intentaba sustraerse. Atrajo a más de uno hacia la Luz en la cual él se bañaba. Jöergensen había acabado también por fijar su mirada sobre Roma; pero había permanecido veleidoso y melancólico. Vino a Beuron, y allí se curó, y bajó a Italia, en donde hizo su profesión de fe católica.
Más convocadora aún es la historia de la reconciliación de Sérusier con la Iglesia. Numerosas decepciones le habían llevado a las puertas de la desesperación y de las peores locuras. Felizmente, Verkade habían mantenido siempre correspondencia con él y Mauricio Denis le veía de cuando en cuando. Este último acabó por decidirle a visitar Beuron durante la Semana Santa de 1903. Y entonces se produjo el milagro. Después de haberse confesado con el Padre Damman, benedictino belga que se encontraba allí, Sérusier asistió el día de Pascua con Mauricio Denis a la misa de su amigo y comulgó de su mano.
«Fue un día espléndido este de la Resurrección. Nunca anteriormente habíamos estado tan íntimamente unidos los tres.»
Del mismo número de aquellos que fueron sus amigos o sus corresponsales citemos al apologista G. Papini, al pintor Toorop, al escritor H. Bahr, al filósofo Max Scheler, al director del alma P. Lippert. Valkade nos cuenta el enriquecimiento y la alegría que le valió el contacto con hombres de esta talla. Pero sabemos por el testimonio de aquéllos que la estima era mutua.
Después de la guerra de 1914, Dom Wilibrordo ocupó varios cargos importantes en el monasterio, particularmente el de recibir y encargarse de las personas seglares que se hospedaban en la abadía. Esto le obligó a colocar su zurrón y bastón de peregrino. Lo hizo sin pena, pues siempre se alejaba a desgana de su querido Beuron.
Pronto también las fuerzas le comenzaron a faltar y se despidió de la pintura. En sus últimos años tradujo y publicó en alemán las obras de Juan Ruysbrockio. Había escogido este autor porque no trataba más que de Dios, ya más y más cada día su único centro de interés.
«Hacerme viejo es deslizarme lentamente en la soledad conmigo mismo y con Dios. Y un «establecerse» en lo esencial, un «verse libre» de todas las iluminaciones y vanas preocupaciones; un arribar a Dios después de una peligrosa travesía.»
Dom Wilibrordo Verkade abordó en la tierra de la Belleza infinita el 19 de julio de 1946.
-
Archivos
- Diciembre de 2009 (4)
- Noviembre de 2009 (14)
- Octubre de 2009 (15)
- Septiembre de 2009 (2)
- Agosto de 2009 (13)
- Julio de 2009 (12)
- Junio de 2009 (10)
- Marzo de 2009 (3)
- Febrero de 2009 (2)
- Enero de 2009 (2)
- Diciembre de 2008 (27)
- Noviembre de 2008 (42)
-
Categorías
-
RSS
Subscripciones RSS
RSS de los Comentarios

