Abundancia de sauces

Blog del P. Jorge Luis Zarazúa

SITUACIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA EN MÉXICO

SITUACIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA EN MÉXICO

Encuentro Nacional

de Responsables de Comunicación Social

24 de septiembre del 2001.

Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos

Hablar de la situación de la Iglesia en el México de hoy, supone, en gran medida, hablar de México y los mexicanos. Somos un pueblo con diferentes estilos de ser, de trabajar y de analizar la realidad. Con diferentes ejes de desarrollo cultural y con un centralismo secular que nos caracteriza como nación. Todo esto se ve reflejado de muchas formas en nuestra Iglesia católica mexicana en donde se identifica nuestra idiosincrasia.

LA IGLESIA EN MÉXICO Y LAS ESTADÍSTICAS

Comencemos señalando algunos datos numéricos que siempre son útiles para conocer y valorar la realidad. Se trata de los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI).

En el Censo General de Población y Vivienda del 2000: se dan los números y los porcentajes referentes a las prácticas religiosas de los mexicanos. Llama la atención que los niños menores de cinco años no son tomados en cuenta en esta estadística. No hay una explicación al respecto del porque se siguió este criterio. Así, sobre un total de 85 931 732 habitantes MAYORES DE 5 AÑOS, el 88.22 se confiesa población católica; el 5.22 evangélica; el 2.13 cristianos no evangélicos, entre ellos destacan los mormones con un 11.57% y los Testigos de Jehová con 58.85%., naturalmente del 2,13% del total ; 0.37 otras religiones (judaísmo 0.06 %); finalmente, sin religión 3.49.

Nuestra primera observación es que, a pesar de todo, México sigue siendo un país mayoritariamente católico, muy cercano al 90% de su población total, por lo que conviene hacer notar que la pretensión de los evangélicos, de ser ya el 20% de la población está muy lejos de la realidad, el censo arroja apenas el 5.22%, además, dentro de este 5.22 hay que tomar en cuenta a las iglesias históricas: ortodoxos, luteranos, anglicanos y otros, aunque debemos decir que son una proporción insignificante en ese 5.22%. Por otra parte, debemos añadir el 2,13% de los mal llamados en el censo “cristianos no evangélicos”, dado que, en sentido estricto, ni los mormones ni mucho menos los Testigos de Jehová pueden considerarse cristianos, sino sectas derivadas del cristianismo. Acumulando a todos llegan a ser apenas el 7.35% de la población total.

La Iglesia católica sigue siendo, sin duda alguna, expresión de la cultura religiosa del mexicano y el cristianismo, en sentido más amplio, abarca prácticamente la totalidad; habría que restar cerca de un 3.65% entre otras religiones no cristianas y los que se declaran increyentes o agnósticos. Esto nos hace ver la gran responsabilidad que tiene la jerarquía en la formación de la cultura, los valores y el carácter del mexicano. Muchas de las virtudes de nuestra cultura brotan de la fe católica, pero también debemos reconocer que muchos de los vicios imperantes se deben a una incorrecta evangelización.

Desde los números generales podríamos ir recorriendo cada estado de la república, lo que nos permitiría acercarnos a la realidad que vive cada diócesis. Hagamos, por brevedad de tiempo, solo el recuento de los datos más sobresalientes: El estado de la república donde hay más católicos es Guanajuato, empatado con Aguascalientes con un 96.07%, seguidos por Jalisco, Michoacán y Zacatecas con un poco más de 95%; Los estados del norte se mantienen en la media nacional con un promedio de 88%.El estado de la república donde menos católicos hay es Chiapas con 64.46%, seguido de Tabasco con 72.26% y Campeche con 75.04%. En Chiapas es el lugar donde hay más evangélicos con un 14.5% de la población, en Tabasco 13.01% y en Campeche casi 12%. Finalmente, el Distrito Federal 90.57% católicos, 3.61 evangélicos, 1.37 no evangélicos, 2.95 sin religión.

Podríamos hacer aquí una segunda observación, la más obvia, es que todo el centro de la república, incluida la zona metropolitana, es la que conserva con mayor vigor el catolicismo. Los estados del norte están siendo objeto de una fuerte presión por la línea fronteriza y el constante flujo migratorio, pero no llega a ser todavía importante. Muy distinta es la realidad del sureste mexicano incluyendo Yucatán y, en el Golfo, a Veracruz donde podemos ver signos muy preocupantes. Por ejemplo, Chiapas con el 14.5% de evangélicos a los que debemos agregar un 8% más de mormones y, sobre todo Testigos de Jehová.

Para interpretar correctamente el hecho, siguiendo con el ejemplo de Chiapas, debemos señalar que el 12% de la población se declara sin religión. Recordemos que fue en el sureste mexicano donde influyeron más los caciques en tiempos de la persecución religiosa y donde fue más prolongada su influencia, llegando más allá de los años treinta del siglo pasado. Por otra parte, de manera simultanea, fue en esa zona, donde los gobiernos revolucionarios y especialmente el de Lázaro Cárdenas, permitieron la creación de las llamadas “escuelas de verano” donde amplios grupos de norteamericanos podían internarse entre las distintas etnias para conocer sus culturas y aprender sus lenguas. Pronto terminó también en la difusión de nuevas religiones. El caso más dramático es el de Guatemala, donde funcionaron también las “escuelas de verano” y hoy, en la zona maya, tiene ya una población evangélica cercana al 50%. Hay quienes han interpretado la situación de Chiapas como responsabilidad de la pastoral de Don Samuel Ruiz, sin embargo, como podemos notar, el problema es mucho más amplio geográficamente hablando que la diócesis de san Cristóbal de las Casas y de más largo tiempo en su origen.

Podríamos concluir de manera muy optimista. Nuestros números estadísticos sin duda son alegres, son buenos, de tal forma que confirman aquella expresión de Juan Pablo II: México semper fidelis; pero no nos dejemos llevar por un entusiasmo desmedido, hay mucho por hacer. Las comparaciones nos ayudan a poner los pies en la tierra. Quiero poner un solo ejemplo: Nadie identifica a la India como un país católico porque apenas representan el 5% de la población total, sin embargo, estamos hablando de una comunidad cercana a los cuarenta millones. En una ciudad como Bombay existen 115 parroquias sin contar otro número importante de capillas. Como todos los grupos minoritarios, los católicos de la India son sumamente activos, viven con mayor intensidad la fe, hay mucha presencia de laicos bien formados, están abiertos a un compromiso fuerte con el entorno, baste recordar a la Madre Teresa de Calcuta… sólo quiero mencionar dos datos: en la India hay 23 000 sacerdotes diocesanos y religiosos y 80 000 religiosas. En México, con el doble de población católica, los sacerdotes somos la mitad.

Respuesta pastoral a esta situación: Una vez que una familia o un grupo adopta una expresión religiosa, será muy difícil que vuelva hacia la anterior. El camino más adecuado pastoralmente hablando ha de ser, primero, fortalecer a los propios integrantes de la comunidad. El fenómeno de la difusión y crecimiento en México de los evangélicos y pentecostales se dio con mucho éxito desde finales de los años setenta hasta principios de los años noventa del siglo XX. La Iglesia parecía adormilada, fue tomada por sorpresa sin que se supiera bien a bien de que se trataba ni cómo reaccionar. Ha venido la propuesta general, por parte del Papa Juan Pablo II, desde 1983 de una Nueva Evangelización como para recordarnos que ya no podemos vivir sólo de las glorias del pasado, porque toda riqueza y toda fortuna, a fuerza de ocuparla, se agota. También ha sido fuerte la llamada de Santo Domingo en 1992 a una evangelización de la cultura a fin de iluminar las expresiones de nuestro pueblos con el Evangelio; pero finalmente, en el Sínodo de América se da en la clave del proceso evangelizador para lograrlo: El encuentro con Jesucristo vivo en el hoy de América. Más claro no se podía señalar: nuestra Iglesia católica en México es expresión de una fuerte experiencia de fe de generaciones pasadas, pero no es todavía garantía de que sea nuestra propia experiencia. Se ha llegado a decir, y no sin razón, que después de muchos años de seminario, con muchos “diéces” en teología y hasta largo tiempo de vida sacerdotal, hay algunos que no han tenido una fuerte y verdadera experiencia personal de fe y si esto pasa con la leña verde, que no podríamos decir de nuestros hermanos laicos. De allí el relativo éxito de las comunidades evangélicas, que han sabido reavivar la experiencia personal del creyente, saliendo de esquemas y rutinas, o de tradiciones vacías.

LA IGLESIA EN MÉXICO Y EL EPISCOPADO

Estamos en la Casa del episcopado mexicano y por ese solo hecho debemos ser prudentes en nuestros comentarios. Todos conocemos la susceptibilidad episcopal y tal vez hasta la hemos experimentado en carne propia. Pero en este foro de madurez y siendo cercanos colaboradores en muchas tareas, hagamos un comentario que trate de ser respetuoso sin dejar de ser objetivo.

El “Epíscopo” es fundamental en la estructuración y en el dinamismo de la Iglesia. Ahora mismo se preparan para realizar el Sínodo de obispos sobre los obispos que tuvo que ser pospuesto en el año dos mil por las intensas celebraciones jubilares. El tema elegido para este Sínodo, de acuerdo al “Instrumentum laboris”, es muy revelador: El Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”. Si algo necesita el mundo de hoy es esperanza auténtica. Parece que el desplome de dos torres de babel juntas, es decir de ese mundo construido por el hombre sin mucha perspectiva de trascendencia, ha hecho que recorra un sentimiento exagerado de temor de oriente a occidente, como cuando en el imperio romano los bárbaros destruían Roma y muchos llegaron a pensar que era el fin del mundo. En realidad fue el comienzo de un nuevo mundo. Cómo no recordar en este mismo sentido la caída de Tenochtitlán y el imperio Azteca. Ser servidores de esperanza con el Evangelio de Cristo para el mundo, tarea de nuestros obispos.

El episcopado mexicano está conformado prácticamente en su totalidad por obispos postconciliares, de acuerdo a los tiempos, no era posible de otra forma. Aquellos que hicieron posible el Concilio Vaticano II o ya han muerto o están retirados. Además una gran parte son jóvenes en el ministerio y algunos incluso jóvenes de edad. Sin embargo, todavía no es garantía de que sean plenamente conciliares el vivir después del Gran Concilio.

Debemos reconocer el espíritu de unidad con el Primado de Roma, tan claro y tan firme como siempre. Debemos señalar también la búsqueda constante y el dinamismo desplegado para encontrar respuestas pastorales a los desafíos de nuestro tiempo. El Obispo mexicano suele ser fraterno y cercano a su presbiterio –claro, siempre hay excepciones-, y a los fieles. Sigue teniendo una alta consideración y estima en los ambientes eclesiásticos y sociales. Las encuestas señalan siempre que la Iglesia sigue siendo la institución de mayor credibilidad para el mexicano y esto, en gran parte, también es obra de los obispos.

Sin embargo, no es un episcopado que brille por su preparación teológica, lo que le hace estar en desventaja con el exigente mundo de la especialización. Claro que siempre es necesario echar mano del teólogo, del moralista, del estudioso de la bioética, del especializado en medios de comunicación, y tantas otras cosas, pero mucho se ganaría con un episcopado fuerte no sólo en Derecho Canónico, sino también en Escritura y Teología. De allí puede venir cierta desconfianza hacia el teólogo y el especialista.

Por otra parte, siendo postconciliar, hay elementos que no corresponden a la actitud colegial que impulsó el Concilio. Por supuesto que las reuniones de la Conferencia del Episcopado Mexicano han dado como resultado grandes iniciativas comunes, pero la estructura colegial está muy lejos de ser un ejemplo de trabajo conjunto. Demos tres ejemplos.

La Universidad Pontificia de México. Una institución que hoy está celebrando sus 450 años de fundación como Real y Pontificia, por cierto tomada por la UNAM como celebración propia, fue reabierta hace 20 años por el episcopado como Universidad bajo su responsabilidad. Hoy está en una verdadera encrucijada: Los obispos de México no la han tomado suficientemente en serio al no enviar profesores ni alumnos suficientes, al no apoyarla económicamente como debe ser una institución de esas dimensiones, más aún, hay quienes la han impugnado en la misma Roma para que todavía no tenga su estatuto jurídico de UNIVERSIDAD, en realidad se trata de dos facultades pontificias (filosofía y teología) y un Instituto, el de Derecho. Una institución del Episcopado que no madura para tener en México un centro de alta calidad de estudios eclesiásticos y ya hay quienes están pensando en abrir, por aquí y por allá, por su cuenta, otras instituciones que sin duda restarán fuerza y eficacia al proyecto colegiado. Será en la próxima Asamblea de noviembre donde, finalmente, habrán de abordar el tema con mayor profundidad, esperamos un crecimiento en su experiencia conciliar y menos una búsqueda del libre mercado y libre competencia en tareas de Iglesia.

El documento Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos. Una extraordinaria reflexión sobre el momento que vivimos. Haciendo un recuento histórico (capítulo primero), una lúcida autocrítica sobre el desempeño de la Iglesia en nuestro tiempo (capítulo segundo) y una propuesta para la transición política que estamos viviendo (capítulo tercero). No cabe duda que se trata de uno de los grandes documentos colegiados del episcopado mexicano; sin embargo, no lo han tomado suficientemente en serio. En muchas diócesis no se conoce, en muchas otras no ha sido tomado como inspirador de los procesos pastorales. Cada región lleva sus propios proyectos, poco hay de trabajo en conjunto. El episcopado se reúne, trabaja, logra acciones concretas y valiosas, pero cada obispo no le da seguimiento. Hay un gran trecho entre ser postconciliar en el tiempo y postconciliar en la mentalidad.

Los medios de comunicación. Tocamos aquí una llaga episcopal. Se han dado tensiones fuertes en este tema, desde los organismos encargados de la comunicación social del episcopado, hasta la tarea que se realiza en cada diócesis. En primer lugar, no tenemos como fruto del esfuerzo común, una presencia actualizada y completa en la red informática. Faltan portales, páginas, correos, etcétera. Pero los más importante, no tenemos un medios de comunicación que este a la altura de lo que representa la Iglesia católica en esta nación. Basta mirar el ejemplo de Francia, España, Italia, Estados Unidos, Australia, y tantos otros lugares donde, además de un semanario local, se tienen distintas experiencias de órganos de comunicación impresos a nivel nacional. En algunos casos como diarios, en otros como ediciones mensuales o quincenales. Hay de todo. Aquí sólo tenemos algunas experiencias regionales y todos los demás son estrictamente locales.

No hay ni siquiera un Órgano de comunicación interna al propio episcopado, como ha sido por algún tiempo el rudimentario DIC, sería mucho pedir que hubiera una agencia de noticias del mismo episcopado. En este punto los proyectos han fallado por el afán de trabajar cada quien por su parte, sin un deseo de potenciar con la colegialidad las experiencias comunes. Ha dicho hace poco el Arzobispo de Baltimore William Henry Keeler que preside actualmente la Catedral Fondation encargada de la distribución de la prensa católica en los Estados Unidos (Ver revista 30 DIAS 6 (2001) p 12.) que no se trata de crear estaciones de televisión o de radio para llenarlas de verborrea o espectáculos a toda costa, son de estar presentes en todos los medios, especialmente los impresos, con pocas palabras, pero siempre arraigadas en el Evangelio.

LA IGLESIA EN MEXICO Y EL PROCESO DEMOCRATICO

Se ha dado una postura contrastante en este camino que estamos recorriendo. Por una parte se ha dicho que el actual gobierno es el primer gobierno abiertamente católico desde los tiempos de la reforma del XIX. Los símbolos religiosos católicos no han estado ausentes en el proceso y en el inicio del actual régimen, sin duda una gran parte del apoyo ha sido de los fieles católicas que se han sentido agradecidos con el simple detalle de una oración delante del más grande símbolo popular como lo es la Virgen de Guadalupe. El Episcopado ha difundido con mucha oportunidad, desde marzo del 2000 su Carta pastoral Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con Todos, donde abiertamente apoya el proceso precisando que se necesita un cambio al más alto nivel de gobierno para que en México se alcance plenamente la democracia. Sin embargo, la actitud episcopal hacia el cambio ha sido temerosa y el inicial apoyo al antiguo régimen no se ha ocultado.

Los políticos católicos en el poder en muchas partes de la república no sólo están demostrando una comprensible falta de oficio, ya que se trata de una nueva clase política, algo que se puede aprender y superar con el tiempo, sino, lo más preocupante, es que en una gran parte de ellos está faltando una sensibilidad social y una decidido compromiso con la justicia. Si bien debemos evitar a toda costa la tentación de querer buscar ventajas y beneficios, tal como lo advertía hace poco el historiador Jean Meyer en una Conferencia impartida en la Universidad Pontificia, si debemos preocuparnos porque tengamos un laicado político mejor formado en la Doctrina Social de la Iglesia. Un gobierno de católicos, con todo y sus incongruencias personales propias de todos, debe distinguirse por su honestidad y por su compromiso con la justicia social. Aquí hay una tarea importante por delante. Por lo pronto la Iglesia debe ser garante de que el cambio no produzca el desencanto sino la maduración: un pueblo más participativo, más responsable, un político mejor formado, más confiable.

El escenario que todos tenemos por delante es el de la división partidista. Demasiada preocupación por los puntos de vista de grupos y poca visión sobre las necesidades de la Nación en su conjunto. La Iglesia como institución en una nación católica, tiene la misión de ser intermediaria y propiciatoria del diálogo entre todos. De ninguna forma podemos caer, hoy menos que nunca, en partidismos y radicalismos.

LA IGLESIA EN MEXICO Y LA PASTORAL

Para este tema vale la pena releer el segundo capítulo de la Carta Pastoral ya mencionada. Esta redactado bajo el entusiasmo de la conclusión del Sínodo de América y las emotivas intervenciones de Juan Pablo II en el Tepeyac y en el Estadio Azteca. Decía el Papa al despedirse de su visita pastoral que estaba convencido de la vocación universalista de nuestra Iglesia mexicana, de tal forma que contemplaba “un futuro en el que México, cada vez más evangelizado y más cristiano, sea un país de referencia en América y el mundo” (discurso de despedida #4). Es así como la Carta Pastoral expresa: “Esta amplia perspectiva eclesial implica revisar mentalidades, actitudes y conductas pastorales, y ampliar los horizontes según la medida del amor de Cristo, para trabajar de una forma más creativa y participativa, con todas las Iglesias de América.” (#145). La meta es alta, ser un ejemplo, un apoyo y un impulso, al menos, continental. El trabajo, ineludible es la mejor evangelización de esta Iglesia mexicana.

Hay una sincera actitud de autocrítica. Llama la atención en este documento del episcopado que la Iglesia se analice a sí misma con rigor. No es fácil mirar hacia dentro, mucho menos reconocer lo que hay allí. ¿Qué hay en la Iglesia mexicana? Inercias: En algunos se percibe un cansancio que no corresponde a las exigencias de la hora presente y las propuestas del magisterio conciliar. Hay quienes llegan a formular que es mejor lo que ha funcionado antes. La rutina y la resistencia a los cambios pastorales debe ser superada con la apertura sincera al dinamismo del Espíritu y de la fuerza creadora de la Palabra de Dios. Formación y atención a los presbíteros: Hay una conciencia de que no estamos bien preparados y no siempre queremos adherirnos a la formación permanente, no como distracción semanal, sino como actualización exigente. Es enorme la vitalidad de los presbiterios, pero no debemos cerrar los ojos a los problemas concretos del Presbítero que humana y espiritualmente no puede ser descuidado. Es el centro del testimonio y de la formación en la Iglesia. Por otra parte, hace falta una mayor solidaridad en cuanto a la adecuada distribución del clero dentro y fuera de las diócesis. Falta de unidad en los criterios pastorales: desde el nivel episcopal hasta los distintos movimientos y grupos falta tener una más clara visión orgánica de la acción evangelizadora. Es tal el campo de trabajo que sin prioridades y criterios claros no se logra avanzar. Clericalismo: La actitud del clero de no permitir que crezca como adulto el laico, y particularmente la mujer, no sólo es una discriminación injustificada sino una falta de visión pastoral. Falta de integración de los consagrados a la pastoral: Es una verdadero dilema, porque una de las fuerzas activas más importantes de la Iglesia son los religiosos y religiosas, sin embargo, no superamos el esquema de distanciamiento e indiferencia de unos, diocesanos y, otros, religiosos. Una eclesiología renovada nos lleva a comprender que la unidad y la comunión con la Iglesia universal se expresa en la participación en la vida de la Iglesia local. Cuando se toma la vía directa de comunión con el Papa, no se está entendiendo correctamente lo que es la Iglesia. Carencia de conciencia secular de los laicos: Un error común es pensar que el laico está más comprometido en tanto está más al servicio del presbítero. Se trata de situaciones distintas, una es la promoción de ministerios laicales, donde nunca hay que exagerar porque caemos nuevamente en clericalismo y otra, es formar al laico y hacerlo consciente de su tarea real y concreta de evangelizar el mundo de la cultura, la política y la economía con su propia actividad. El laico, dice al Vaticano II tiene la tarea de transformar las estructuras temporales según Dios. Algunos otros señalamientos del Documento episcopal: Autosuficiencia y marginación de movimientos; desarticulación eclesial; estructuras precarias de trabajo; debilitamiento del sentido de comunión y carencia de sentido misionero.

OPORTUNIDADES

Lancemos nuestra mirada desde la realidad de la Iglesia en México hasta la Iglesia toda, las diferencias no serán muchas. Pero para quienes viven iluminados por el don de la fe, nada de todo esto puede llevarle al desaliento; al contrario, debe saber leer confiadamente los signos de los tiempos, consciente de que todo contribuye para el bien de los que aman a Dios. El cristiano vive también de la virtud de la esperanza en la realización de Cristo: “Quienes poseen esta fe, dice san Pablo, viven con la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, acordándose de la cruz y de la resurrección del Señor… En medio de las adversidades de esta vida, hallan fortaleza en la esperanza, pensando que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rom 8,18)

Nuestros límites como Iglesia y como personas son muchos, pero la vida es una oportunidad que Dios nos da para desarrollar sus propios dones, es un tiempo siempre propicio para la conversión. He aquí algunas consideraciones finales sobre nuestro compromiso como Iglesia en el mundo actual.

Testimonio de sencillez

Ante determinados círculos sociopolíticos que empujan a la Iglesia hacia el poder y los privilegios, debemos ser capaces de tomar distancia y de renunciar abiertamente a todo ello. Esto nos hace más auténticos en el sentido del Evangelio. Por otra parte, la tarea de la Iglesia no va a ser más plena simplemente por adecuarse a la “eficacia” en el sentido utilitarista, o la “excelencia” concepto con el que el mundo moderno disfraza nuevas formas de discriminación, haciendo a un lado a los menos aptos o a los menos útiles o a los menos desarrollados. Lo que realmente propiciará la acción de Cristo es la Gracia que nos viene de Él: “No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno”. (Lc 9,3).

Compromiso con la unidad

En medio del sectarismo creciente, la Iglesia está llamada a renovar su fe en Jesucristo Vivo. Nos preocupa como a todos la constante deserción de católicos que van directamente a engrosar las filas de los nuevos movimientos religiosos, relativistas y, en muchos casos, fanáticos. Las estadísticas dicen que el 60 por ciento de los intergrantes de las sectas, fueron bautizados en la Iglesia Católica. Antes que nada, debemos ver aquí un signo de los tiempos, una llamada del Señor a mejorar nuestro compromiso para con nosotros mismos y con la comunidad cristiana. La amenaza se vuelve una oportunidad de definición. No es importante el número, sino el compromiso que tenemos con Cristo y nuestros hermanos. Cuando la sal pierde su sabor, decía Jesús, no sirve para nada, sólo para que la gente la pise.

Por otra parte, aún en medio de ese gran desafío sectario, del que debemos preservar a nuestros fieles con mayor empeño, tenemos la gran responsabilidad de seguir trabajando por la unidad, en el espíritu ecuménico del Concilio Vaticano II. Dice la Carta Apostólica de Juan Pablo II para clausurar el Jubileo que debemos hacer “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” (Novo Millennio Ineunte #43). A menudo, grandes iniciativas de la Iglesia se ven ensombrecidas, o se pueden venir abajo por una visión egoísta y miope que no considera ni valora la aportación de los demás. Debemos reconocer que somos los primeros llamados a vivir este espíritu de unidad a fin de comunicarlo como testimonio a un mundo marcado por la división: “antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” (Novo Millennio Ineunte #43).

Testimonio de nuestra fe

Un mundo que renuncia a los valores más auténticos se ha quedado vacío. Las generaciones anteriores han echado por la borda el patrimonio de siglos de riqueza espiritual. Las nuevas generaciones buscan ávidamente respuestas trascendentes aún en los lugares más inimaginables y absurdos como son el esoterismo, la astrología o la vana ilusión de la reencarnación. La Iglesia tiene una riqueza de respuestas desde el Evangelio de Cristo. Este mundo secularizado y vacío necesita nuevamente de trascendencia y como discípulos de Cristo tenemos esa riqueza. La Iglesia es “experta” en humanidad, decía Pablo VI , porque es “experta” en experiencia de Dios, debemos añadir.

La cultura de la vida y el compromiso con la paz

La violencia llega a su límite: la capacidad de autodestrucción de la raza humana. Las guerras selectivas, los combates teledirigidos a distancia para destruir con precisión milimétrica los objetivos están a la vista en las guerras más recientes. Queda como temor permanente la capacidad de destrucción total por las armas químicas y atómicas. Por otra parte, el progreso se vuelve contra el hombre, la industrialización se ha convertido en la mayor amenaza para la naturaleza: Ante este panorama debemos volver a considerar la fuerza moral de la Iglesia para ser mediadora de Paz en medio de los conflictos y para formar la conciencia del hombre. Debemos contemplar aquí una oportunidad más, y una exigencia del Señor, a desarrollar nuestra vocación de servicio humilde y generoso. Una oportunidad inmensa para entrar a todo este ámbito de la realidad humana es nuestro compromiso con los derechos humanos. Es tarea nuestra educar para una mayor conciencia y respeto de estos derechos. “El primer objetivo de la pastoral de los derechos humanos –decía el Papa Juan Pablo II en el Congreso organizado por la Santa Sede en julio 1998- es lograr que la aceptación de los derechos humanos “en la letra” lleve a la puesta en práctica de su “espíritu”, en todas partes y con la mayor eficacia, a partir de la verdad sobre el hombre, de la igual dignidad de toda persona, hombre o mujer, creado a imagen de Dios y convertido en hijo de Dios en Cristo”. Hay que recordar la advertencia que en ese mismo congreso hacia el Cardenal Etchegaray, quien fuera Presidente del Consejo Pontificio de Justicia y paz y de la Comisión para el Jubileo del 2000: Hemos llegado al tiempo, dice el Cardenal, en que junto a la defensa de los derechos humanos, debemos ser también solidarios con los defensores de estos derechos, ya que a menudo su trabajo es incomprendido y frecuentemente peligroso.

Catolicidad de la salvación

Finalmente, en un mundo cada vez más comunicado y cada vez más interdependiente por los medios de comunicación y por las nuevas reglas del comercio, la Iglesia tiene la enorme oportunidad de desempeñar su tarea fundamental: la Evangelización. El uso de los poderosos medios de comunicación para evangelizar, será la gran oportunidad de revertir la tendencia de hegemonía económica de una sola nación en detrimento del desarrollo de la mayoría; a este atropello se le llama eufemísticamente como “globalización”. La verdadera “globalización” debe ser de la solidaridad nos decía el Papa en la Exhortación Apostólica Ecclesia in America. La propuesta de la Nueva Evangelización nos lleva a desarrollar el verdadero sentido de catolicidad en el que, respetando las culturas y las lenguas, los hombres encuentran caminos más profundos de unidad y justicia. Conociendo el amor de Dios manifestado en Cristo, nos descubrimos como hermanos, hijos de un mismo Padre, capaces de creer en un mundo mejor.

El Señor de la historia nos coloca en el inicio de un nuevo milenio de vida cristiana. Los recursos son muchos, las amenazas son grandes pero las posibilidades son mayores. Esta historia humana, con todas sus limitaciones y errores, pero también con todos sus anhelos y realizaciones, debe ser siendo el horizonte de la salvación. Esta historia del hombre, con sus terrorismos clandestinos e institucionales, con los constantes enfrentamientos del hombre contra el hombre, con el maravilloso desarrollo y la incomprensible pobreza, con la presencia de Dios en Cristo, debe seguir siendo nuestra historia de salvación, con la presencia de Cristo y Dios, Debemos ser, con nuestros obispos, como lo indica el próximo Sínodo, servidores del Evangelio para la esperanza del mundo.

GRACIAS

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agosto 4, 2010 - Posted by | Zarazúa

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