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Hacia el IV Centenario de la muerte del Padre Ricci

Hacia el IV Centenario

de la muerte del Padre Ricci

 
Ciudad del Vaticano, 10 // Nov. 09 (AICA)
 

Padre Matteo Ricci, apóstol de China.Padre Matteo Ricci, apóstol de China.
El 11 de mayo de 2010 se cumplirán 400 años de la muerte del padre Matteo Ricci, apóstol de China. Con la inauguración, realizada en el Vaticano el pasado 30 de octubre, comenzaron los actos para recordar el IV centenario de la muerte del gran jesuita italiano.
 
     La muestra, titulada “En las cumbres de la historia. Padre Mateo Ricci (1552–1610) entre Roma y Pekín”, se realiza en colaboración con los Museos Vaticanos, la Curia General de la Compañía de Jesús y la Universidad Pontificia Gregoriana.
 
     Ubicada en el Centro de Exposiciones en el Brazo de Carlomagno, al final de la columnata de Bernini, sobre el lado izquierdo de la plaza de San Pedro, estará abierta al público hasta el 24 de enero de 2010.
 
     Los asistentes podrán apreciar obras como los retratos de los pontífices que impulsaron la evangelización en Oriente durante el siglo XVI, pinturas que representan a San Ignacio de Loyola escribiendo las constituciones de los jesuitas o a San Francisco Javier conquistando las tierras del Oriente.
 
     También podrán ver los manuscritos del padre Ricci en italiano y chino, mapas trazados por él, figuras religiosas cuyos rostros presentan rasgos orientales. Están expuestas decenas de piezas que representan la unión entre Oriente y Occidente, que dejan ver que el padre Ricci entendió que era posible proclamar el Evangelio en todas las culturas, que su mensaje es universal.
 
     “Considerando su intensa actividad científica y espiritual es imposible no quedar sorprendidos positivamente ante la innovadora y peculiar capacidad que tuvo en acercarse, con pleno respeto, a las tradiciones culturales y espirituales chinas en su totalidad”, dijo Benedicto XVI en un mensaje enviado a la diócesis de Macerata, lugar de nacimiento del padre Ricci.
 
En pos de las huellas de San Francisco Javier
     Nacido en 1522 en la localidad italiana de Macerata, el padre Ricci, junto con 14 compañeros y con la bendición del papa Gregorio XIII, cuando aún no había sido ordenado sacerdote, el 18 de mayo de 1577 partió para el Oriente en un viaje de misiones con el anhelo de llegar a China, en cuya entrada había muerto San Francisco Javier, también jesuita, dos meses después del nacimiento del padre Ricci.
 
     Fue ordenado sacerdote en 1580 en Goa, ciudad situada en el extremo meridional de la costa del Océano Índico.
 
     En 1583 se instaló en la ciudad de Zhaoqing, provincia de Guangdong, después de haber soportado seis años de peripecias y dificultades. Allí se dedicó a un estudio intenso del idioma.
 
     En Zhaoqing, Ricci confeccionó un mapa del mundo basado en los conocimientos cartográficos europeos, e hizo conocer a los habitantes del lugar que había un mundo más allá de su muralla. Por primera vez en la historia, China veía un mapa que incluía los territorios de Europa, África y América, algo absolutamente nuevo para los chinos que al no ser un pueblo navegante su mundo estaba reducido a su territorio continental, que aunque inmenso, era reducido en comparación con el resto del mundo.
 
     Poco a poco fue ganando la estima del pueblo chino, y logró entrar en esta cultura milenaria. También tradujo al chino libros de filosofía y matemáticas.
 
     “Pienso acabar aquí mi vida (…). Muchos se han hecho cristianos, muchos vienen a la misa, se confiesan y comulgan en las fiestas principales y escuchan con gran gusto la Palabra de Dios”, escribía el padre Ricci en una carta a su hermano Antonio.
 
     Valorando sus características propias y entrando en su lenguaje, el padre Ricci trabajó hasta el cansancio por la evangelización y el diálogo cultural en China. Escribió el catecismo en esta lengua y publicó su obra “Tratado sobre la amistad” (De amicitia–Jiaoyoulun). También tradujo los primeros libros de geometría de Euclides en colaboración con su amigo Xu Guangqi.
 
     Varios de sus discípulos lo llamaban “el hombre extraño”, debido a sus rasgos físicos europeos, a su distinta cultura y al hecho de que vivía el voto del celibato.
 
     El padre Ricci murió en Pekín, el 11 de mayo de 1610. Allí yace todavía en su tumba. Su causa de beatificación está abierta desde 1983.
 
     Al morir el padre Matteo Ricci en 1610, por primera vez en la historia china, un emperador concedía un terreno para que un extranjero pudiera ser sepultado en este territorio.
 
     La figura del padre Ricci cobra actualidad en este tiempo de globalización y diálogo cultural, como dijo Benedicto XVI: “Fue a partir de estas convicciones que él, como habían hecho los Padres de la Iglesia en el encuentro del Evangelio con la cultura greco–romana, instauró su visión de futuro, su labor de inculturación del cristianismo en China, buscando un diálogo constante con las dotes de este país”. (Carmen Elena Villa-Zenit).+

Noviembre 10, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Historia Eclesiástica | | Aún no hay comentarios

Décimo Aniversario de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación

Décimo Aniversario

de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación

Han pasado exactamente diez años desde que, el 31 de octubre de 1999, en Augsburgo, altos representantes de la Federación luterana mundial y de la Iglesia católica firmaron la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación. Más tarde, en 2006, también se adhirió a ella el Consejo metodista mundial. Ese documento confirmó que existía un consenso entre luteranos y católicos sobre algunas verdades fundamentales de la doctrina de la justificación, verdades que nos llevan al corazón mismo del Evangelio y a cuestiones esenciales de nuestra vida. Dios nos acoge y nos redime; nuestra existencia se inscribe en el horizonte de la gracia, es dirigida por un Dios misericordioso, que perdona nuestro pecado y nos llama a una nueva vida en el seguimiento de su Hijo; vivimos de la gracia de Dios y estamos llamados a responder a su don; todo esto nos libera del miedo y nos infunde esperanza y valentía en un mundo lleno de incertidumbre, inquietud y sufrimiento. El día de la firma de la Declaración conjunta, el siervo de Dios Juan Pablo II la definió “una piedra miliar en el arduo camino del restablecimiento de la unidad plena entre los cristianos” (Ángelus, 31 de octubre de 1999: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de noviembre de 1999, p. 1). Este aniversario es una ocasión para recordar la verdad sobre la justificación del hombre, testimoniada juntos, para reunirnos en celebraciones ecuménicas y para seguir profundizando en esta temática y otras que son objeto del diálogo ecuménico. Espero de corazón que este importante aniversario contribuya a hacernos avanzar por el camino de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo.

Benedicto XVI

Noviembre 10, 2009 Publicado por Jorge Luis | Benedicto XVI, Historia, Teología | | Aún no hay comentarios

¿Qué dice el libro del P. Pierre Blet sobre Pío XII?

¿Qué dice el libro del P Blet sobre Pío XII?

Documentos sobre la actuación de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial.

ACI Digital

El libro del Padre Pierre Blet, S.J., “Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos vaticanos”, que se presentó ayer en la Sala de Prensa de la Santa Sede, resume la obra de 12 tomos que el sacerdote francés, junto a otros famosos historiadores, publicara en 1982, recogiendo testimonios del archivo secreto vaticano sobre la actividad del Papa Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial.

La obra se basa en los documentos originales que daban a conocer día a día, y en ocasiones hora a hora, la acción de Pío XII.

    El primer capítulo, titulado “La diplomacia vaticana contra la guerra”, detalla todos los medios diplomáticos que la Santa Sede usó para lograr la calma en 1939 cuando la situación del mundo empeoraba rápidamente. Además, explica las iniciativas secretas con los distintos gobiernos, discursos solemnes, llamados vibrantes a los pueblos y a sus dirigentes. En un primer momento Pío XII intenta una conferencia entre Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Polonia. La tentativa falla pero – como explica Blet – todas las potencias comprenden el valor que puede tener la mediación del Papa en los momentos más críticos.

    En el segundo capítulo, “Pío XII, Roosevelt y Mussolini”, Blet explica el nuevo papel que asume la Santa Sede de “limitar el conflicto, restaurar lo más rápido posible la paz fundada en la justicia y la seguridad” y los intentos de Pío XII para evitar que Italia entre en guerra. También narra la protesta de la Santa Sede por la invasión alemana a los Países Bajos, pese al disgusto de los fascistas italianos y sus amenazas. “Con calma, Pío XII respondió que, si llegase el caso, no tendría ningún temor de acabar en un campo de concentración y refiriéndose a los momentos más críticos pasados en la nunciatura en Munich agregó: ‘No hemos tenido temor de las revueltas dirigidas contra nosotros una primera vez, ni lo tendremos una segunda’”, explica Blet.

    En el tercer capítulo, “El Papa y la Iglesia en Alemania”, Blet expone la grave situación de los fieles católicos en Alemania y la preocupación de Pío XII. “Nosotros queremos ver, hacer un intento. Si quieren el combate nosotros no lo tememos. Pero queremos ver sin no existe alguna manera para alcanzar la paz … Los principios no se pueden sacrificar. Cuando hayamos dado todos los pasos posibles y ellos persistan en su deseo de guerra, entonces Nosotros nos defenderemos, pero el mundo debe tomar nota que Nosotros hemos hecho todo tentativo posible para vivir en paz en Alemania”, señaló el Pontífice.     El cuarto capítulo corresponde a la situación de la Iglesia en Polonia. “La Iglesia en la Polonia invadida” se refiere a la evidente estrategia de exterminar la religión y la firme actitud de la Santa Sede.

    En el quinto capítulo sobre “La época del Triunfo del Reich”, Blet analiza la situación de la Santa Sede frente a lo que en 1940 parecía el triunfo nazi y cómo las relaciones diplomáticas se tornaban por momentos en una verdadera cruz para Pío XII, que nunca cedió a las presiones. El siguiente capítulo “De la guerra europea a la guerra mundial”, en la misma línea que el anterior, ilustra el paulatino empeoramiento de la situación: Estados Unidos y Japón entraban también a la guerra.    

    El capítulo siete, “Leyes y persecuciones raciales”, Blet lo dedica a profundizar en la acción de la Iglesia frente a los perseguidos. El sacerdote explica que “habiendo constatado los fracasos de los esfuerzos realizados por evitar la guerra y dándose cuenta que las perspectivas de una restauración de la paz se disolvían en un futuro lleno de sombras, la Santa Sede decide que su tarea sería la de llevar ayuda a las víctimas del conflicto, aliviando sus sufrimientos materiales y morales”.

    Con respecto a los judíos, los primeros tentativos del Papa y de la Santa Sede apuntaban a facilitar la emigración de los hebreos a otros países aunque no siempre se tuvo éxito por la intransigencia alemana que llevó a Holanda a deportar religiosas católicas de raza judía a los campos de concentración como la actual patrona de Europa, Santa Edith Stein.

    La Sede Apostólica se concentró en bloquear en la medida de lo posible dichas deportaciones. Italia aseguró a Pío XII que los hebreos refugiados en territorios bajo su control no serían entregados a Alemania y estas palabras se mantuvieron hasta el último momento.

    Pío XII terminaba su discurso de Navidad en diciembre de 1942 deseando el fin de la guerra y afirmando al respecto: “Este deseo, la humanidad lo debe a los centenares de millares de personas a las cuales, sin ninguna verdadera culpa propia, a veces por razones de nacionalidad o de estirpe, son destinados a la muerte y a un progresivo degradamiento”. Blet añade a esta declaración el comentario que los servicios secretos nazis hacían del discurso pontificio: “Él [el Papa] acusa virtualmente al pueblo alemán de injusticia contra los hebreos y se hace portavoz de los hebreos, criminales de guerra”.

    El Papa se concentraba en actuar. En Eslovaquia, Rumania, Croacia y Hungría el Vaticano aún podida ejercer su influencia. Los capítulos ocho y nueve los dedica Blet a ilustrar la acción del Santo Padre a favor de los hebreos en estos territorios. Los nuncios en algunos casos lograron bloquear las deportaciones.

    El nuncio en Bucarest el 14 de febrero de 1943 trasmitía los agradecimientos del Presidente de la comunidad hebrea rumana: “El Presidente de la comunidad israelita de Rumania …  ha venido ya dos veces a agradecerme por la asistencia y la protección de la S. Sede a favor de sus correligionarios”. Dos semanas después, el doctor Safran, rabino jefe de Bucarest, le pide “trasmitir al S. Padre el homenaje de devoción y los saludos sinceros, respecto de toda la comunidad, que sabe ser objeto de tan paterna solicitud por parte del augusto Pontífice”.

    El representante de la Santa Sede en Croacia más o menos por la misma época escribía también a Roma: “El rabino mayor de Zagreb me ha pedido trasmitir su vivísimo agradecimiento a la S. Sede por la ayuda eficaz de parte de ésta al lograr transferir un grupo de muchachos hebreos”. Mons. Roncalli -el futuro Papa Juan XXIII- desde Turquía a su vez refería: “Hoy mismo, el secretario de la Agencia Judía para Palestina, señor Ch. Barlas, ha venido a agradecerme y a agradecer a la Santa Sede por sus acciones en favor de los israelitas de Eslovaquia”; y el mismo Mons. Roncalli en junio trasmitía dos cartas que le habían sido enviadas, una en la que se le agradecía por lo hecho a favor de los hebreos y la otra en que se agradecía por la obra de socorro realizada por el Arzobispo de Zagreb, Cardenal Stepinac – beatificado en 1998 por Juan Pablo II -.

    El capítulo diez se titula “El destino de la Ciudad Eterna”. El desembarco de los aliados en Sicilia, el bombardeo de Roma, el relevo de Mussolini y el control de las tropas alemanas sobre Roma, llevaban al Vaticano – según Blet – a una “confrontación directa con las fuerzas del Reich, con su ejército, con la Wermacht, con su policía de Estado, con la Gestapo”. El embajador alemán ante la Santa Sede explicó la nueva política: neutralidad absoluta del Papa o las represalias de Hitler serían violentísimas.

    A pesar de las amenazas, una de las primeras preocupaciones de Pío XII fueron los hebreos que se encontraban en la ciudad. Antes que las deportaciones comenzaran, ya el Santo Padre había levantado las disposiciones canónicas a los conventos de clausura; en estos y en cientos de iglesias y comunidades se refugiaron millares de hebreos. Las enérgicas intervenciones del Papa a favor de la ciudad dieron buenos resultados y los alemanes decidieron salir de ella sin convertirla en un campo de batalla. Entre el 4 y el 5 de junio las tropas americanas ocupaban la ciudad.

    El capítulo once del libro de Blet, “Los sucesos en Francia”, analiza el papel de la Santa Sede en Francia, donde el nuncio se preocupaba más por la situación interna de la Iglesia y por ayudar a los perseguidos. El último capítulo está dedicado a las preocupaciones de Pío XII en los últimos meses de la guerra. Los polacos se dirigieron al Santo Padre y a los aliados occidentales oponiéndose a las pretensiones rusas. El Papa se esforzó por comprometer al Departamento de Estado y a la opinión pública católica norteamericana sobre la suerte del pueblo polaco, pero en Yalta, no obstante las intenciones iniciales de Roosevelt y Churchill, la misma Polonia y toda la Europa del Este fue abandonada al poder soviético.

    Blet concluye comentando la frase que De Gaulle usa para contar la audiencia que tuvo en junio de 1944, en sus Mémoires de guerre: “Pío XII juzgaba cada cosa desde un punto de vista que trasciende a los hombres, sus sucesos y conflictos”. “Esta visión trascendente, más allá de todo interés opuesto y de los conflictos de las pasiones, hará siempre ardua la tarea de comprender a fondo la política y la personalidad del Papa Pío XII”, afirma el sacerdote.

    EL P. BLET EXPLICA POR QUÉ UN LIBRO SOBRE PÍO XII

    VATICANO, 9 (ACI).- Ayer en la Sala de Prensa de la Santa Sede, durante la presentación de su obra “Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos Vaticanos”, que presidió el Cardenal Pio Laghi, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el Padre Pierre Blet explicó porqué es importante hoy publicar esta obra.

    El Padre Blet explicó que su libro era un compendio de la información recopilada por él y otros tres jesuitas en los Archivos Secretos del Vaticano y que publicaron entre 1965 y 1981 en 12 volúmenes titulados “Actos y documentos de la Santa Sede relativos a la segunda guerra mundial”.

    “Es notorio que varios años después de la muerte de Pío XII se desencadenase una campaña contra el Pontífice cuyos fines distan mucho de conocerse”, dijo el P. Blet; y explicó que “para contraponer la historia a la leyenda, Pablo VI, que había sido uno de los más estrechos colaboradores de Pío XII decidió que fueran publicados los documentos de los Archivos Vaticanos relativos a la guerra”.

    “Sin embargo, constatando que después de 15 años nuestros volúmenes permanecían desconocidos para muchos historiadores, he querido sintetizar el contenido en un volumen de pequeña dimensión”.    

    En la presentación de la obra, el sacerdote destacó tres puntos relativos a la conducta y actividad de Pío XII durante la guerra mundial: sus esfuerzos para salvaguardar la paz y limitar la guerra, su postura frente al poder nacional-socialista y su acción en favor de las víctimas de la guerra; ilustrando con ejemplos del libro cada uno de esos tres puntos, enumerando los encuentros, telegramas, cartas y otros mensajes entre Pío XII y sus nuncios y entre el Papa y los diplomáticos de Europa y Estados Unidos.

    “La acusación que se repite más a menudo contra Pío XII es la de haber permanecido en silencio frente a las persecuciones raciales contra los judíos, a los que una denuncia pública por parte del Pontífice podría haber salvado del exterminio, de la ’solución final’ llevada a cabo por el régimen nazi y que comenzó en 1942″.

    El sacerdote concluyó su presentación recordando que el “silencio público (del Papa) encubría una acción secreta a través de las nunciaturas y las sedes episcopales para intentar impedir las deportaciones”. “Mediante los pasos dados continuamente ante los gobiernos de las naciones que mantenían algún margen de autonomía -Rumania, Eslovaquia, Croacia, Hungría- a través de los nuncios y los representantes diplomáticos de esas naciones, consiguieron salvarse miles de judíos”. “Hay que recordar que fue un historiador israelí el que dio la cifra de 850.000 judíos salvados”.

Octubre 31, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Historia Eclesiástica | , | Aún no hay comentarios

HOLOCAUSTO

HOLOCAUSTO
LA VOZ DE LA IGLESIA


El Oro de Pio XIISe han publicado los documentos de los archivos vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial.
Una entrevista exclusiva al padre Pierre Blet, el jesuita recopilador de la obra, muestra cómo la leyenda negra sobre el antisemitismo del Papa Pacelli carece de fundamento histórico.
El autor insinúa una hipótesis

A CARGO DE ANDREA TORNIELLI

A quien le preguntaba recientemente sobre los presuntos “silencios” de su predecesor el Papa Pacelli acerca del exterminio de los judíos, Juan Pablo II contestaba: “Leed al padre Blet”.
Es el mayor y más autorizado aval que se da a la labor “de hormiga” del anciano jesuita francés, que se ha ocupado de la publicación de los doce volúmenes de Actes et Documents du Saint-Siège relatifs à la Seconde Guerre Mondiale, es decir, de todos los documentos de los archivos del Vaticano relativos al periodo de la última guerra. Una iniciativa que nace de Pablo VI, que fue elegido Papa precisamente en el momento en que empezó a emerger la leyenda negra en torno a Pacelli. Una exhaustiva investigación histórica encaminada a restablecer la verdad sobre un Pontífice que próximamente será elevado al honor de los altares, pero cuya figura han puesto en entredicho ataques malintencionados. El padre Pierre Blet ha publicado recientemente un libro que resume y hace público el fruto de sus investigaciones. Se titula Pío XII e la Seconda Guerra mondiale negli archivi vaticani (Edizioni San Paolo). Entre estas páginas se encuentra la mejor respuesta al último ataque malintencionado contra Pío XII, que lanzó hace dos meses el escritor inglés John Corwell, autor de un volumen de casi 500 páginas, titulado Hitler´s Pope (El Papa de Hitler), que no contiene nada nuevo, sino que vuelve a proponer la vieja tesis de un Pacelli antisemita, por lo que ha obtenido un gran eco en los medios mundiales (cfr. El País, 6 de febrero de 2000, p.10).
En su despacho, como cada día, el padre Blet sacude la cabeza cuando le hablamos de los “silencios”. Él ha conseguido probar que Pío XII hizo todo lo que pudo para salvar a los judíos.¿Qué figura de Pío XII emerge en sus estudios?
Pacelli era un hombre que conocía bien su propio deber y lo cumplía escrupulosamente. No perdió un minuto, era un trabajador incansable. Puso todo su empeño, del el principio al fin, para salvar la vida de los inocentes, y trató de ayudar a los judíos perseguidos incluso antes del inicio de la guerra y del Holocausto.

¿Qué hizo la Santa Sede por los judíos antes del conflicto?
Los nazis trataron de expulsar a los judíos de Alemania y de los países que habían ocupado. El cardenal Pacelli, secretario de Estado de Pío XI, se dedicó a encontrarles acogida en otros estados. Hubo enormes dificultades: obtener el visado para EEUU requería dos años, además era complejo entrar en Inglaterra. Al final, Brasil concedió 3000 visados, una gota en el mar de esas necesidades…

En su libro, Cornwell publica una relación que la nunciatura de Berlín envió al Vaticano en 1919, cuando Pacelli era el nuncio. En ella se habla de una revuelta de bolcheviques a los que se alude como “judíos pálidos, sucios, repugnantes y vulgares”.
Este documento que Cornwell vende por inédito y como “prueba” del antisemitismo de Pacelli era ya conocido y se había publicado en un libro de 1992. Aquel texto no lo había redactado el nuncio, sino uno de los auditores de la nunciatura: fue éste y no Pacelli el que utilizó esas expresiones.

¿Fue Pío XII un Papa antisemita?
¡Pero cómo que antisemita! En 1943, los nazis exigieron a los judíos de Roma 50 kilos de oro a cambio de no deportarles al Ghetto, pero la comunidad israelita sólo había conseguido recoger 35. Los judíos, entonces, recurrieron a Pío XII, que puso a su disposición el oro que faltaba. ¿Usted cree que si Pacelli hubiese sido antisemita los judíos habrían recurrido a él?

Otra acusación hecha a Pacelli es el Concordato con la Alemania nazi, que habría ayudado a Hitler a consolidar su poder.
El Concordato se firmó en 1933, cuando Hitler ya estaba bien consolidado en el poder. El gobierno alemán ofreció a la Santa Sede algunas condiciones muy favorables, pero no las respetó. El propio cardenal Pacelli dijo: “Esperemos que estas nuevas reglas no se violen todas al mismo tiempo”. Aquel acuerdo debía garantizar solamente la libertad de culto para los católicos, que, sin embargo, no tuvo efectividad real: miles de curas y monjas fueron arrestados y el jefe de la Acción Católica, asesinado. Si el Vaticano no hubiese firmado el Concordato cuando se iniciaron las persecuciones contra los católicos, estos podían haber acusado a la Santa Sede de haberse equivocado en no suscribirlo.

Entre la multitud de documentos que usted ha podido examinar, ¿emergen episodios que pueden hacer pensar en un tipo de condescendencia de Pío XII con el nazismo?
No, ninguno. Pacelli era un gran amigo del pueblo alemán, porque admiraba su cultura, pero no ayudó de ninguna manera al nazismo. Hay un episodio iluminador al respecto. Bajo la indicación del Papa, la diplomacia de la Santa Sede se dedicó a hacer aceptar en los ambientes católicos americanos la alianza entre el presidente Franklin Delano Roosevelt con los soviéticos de Stalin, con una función antinazi. Pío XII hizo saber a su delegado apostólico en Washington que ese pacto estratégico para detener a Hitler se debía efectuar, a pesar de que la Santa Sede hubiese condenado firmemente el comunismo. En el 1940, cuando el Papa tuvo conocimiento de los planes de resistencia alemana para abatir a Hitler, decidió pasarlos secretamente a los ingleses, esperando que llegasen a buen puerto. No me parecen acciones de un amigo de los nazis.

¿Cómo se explican los “silencios” del Papa acerca del exterminio de los judíos?
Los así llamados “silencios” no lo fueron. De hecho, la voz del Papa fue la única que se alzó en defensa de cuantos eran perseguidos. En el mensaje de Navidad del 1942, cuando todos los jefes de Estado callaban, Pío XII denunció la persecución “contra cientos de miles de individuos que, sin culpa, en ocasiones por la sola razón de su raza o nacionalidad, han sido destinados a la muerte o a la extinción gradual”. El New York Times tuvo que admitir: “En esta Navidad, más que nunca, el Papa es una voz solitaria que grita en el silencio de un continente”. El 2 de junio de 1943, Pío XII pronunció otro discurso – que sus acusadores se guardan bien de citar – hablando de todos los que se volvían a él “porque a causa de su nacionalidad o de su estirpe estaban destinados al exterminio”.

Algunos dicen que el Papa podía haberse arriesgado más en su mensaje público.
Esta es la cuestión. Pío XII sabía que sus denuncias públicas habrían tenido un efecto devastador: no habría detenido a los nazis y habría vuelto aún más crueles las persecuciones contra los judíos y los católicos. En el mismo discurso de junio de 1943, el Papa explicó: “Cada palabra que dirigimos a la autoridad pública, y cada uno de nuestros discursos públicos, tiene que ser seriamente ponderado y comedido en interés de los que sufren, para no hacer, aun sin quererlo, más grave e insoportable su situación”.

Según usted, ¿el Vaticano sabía exactamente lo que estaba sucediendo en los campos de exterminio?
El conocimiento exacto de lo que había pasado se tuvo sólo después de que los aliados entrasen en los campos alemanes. Por eso, ni Winston Churchill ni el presidente americano Rooselvelt denunciaron el exterminio de los judíos, y tenían menos razones que Pío XII para callar: no tenían fieles esparcidos por todo el mundo que podían sufrir las crueles represiones nazis. El Papa decidió hablar de todos modos, lo hizo y fue el único en hacerlo. Pero más que con las palabras prefirió comprometerse concretamente a favor de los judíos. Todos los reconocimientos que recibió al final de la guerra por parte de altas personalidades del mundo judío dan testimonio de ello.

¿Entre los archivos vaticanos que usted ha examinado se halla el número de los judíos que fueron salvados gracias a la intervención de la Santa Sede?
No; este dato no aparece. El Papa abrió casas religiosas y conventos de clausura para acoger a los judíos y librarles de las deportaciones. Pero no tiene un cómputo de las vidas que salvó. Sin embargo, hay un cálculo y lo hizo un historiador israelita, el diplomático judío Emilio Pinchas Lapide, que en 1967 escribió: “Pío XII, la Santa Sede, los nuncios y toda la Iglesia católica salvaron de una muerte segura a entre 700.000 y 850.000 judíos”.

Padre Blet, ¿por qué aunque los documentos hablan con claridad sobre el papel que desarrolló Pío XII continúan los ataques contra él?
Yo creo que se trata de una campaña bien organizada. El libro de Cornwell está a punto de ser traducido a todas las lenguas…

¿Cree que los ataques provienen de ambientes judíos?
No lo sé. Me temo que algunos ámbitos judíos se han dejado manipular por otros. No es casual que dos periódicos cercanos al mundo judío, el New York Times y el Newsweek, hayan tratado con frialdad o hasta vapuleado el libro de Cornwell. Tenga en cuenta que la campaña contra Pacelli a gran escala comienza en 1963, con la representación de una obra que no quiero nombrar, de igual modo que no quiero nombrar al autor porque no es digno de ser nombrado…

¿Se refiere a El Vicario de Rolf Hochhuth?
Sí, exacto; pero no quiero ni pronunciar ese nombre. De todos modos, esa obra teatral venía de la Alemania oriental, venía del Este.

Padre, pero hoy el Este, entendido como el conjunto de países del bloque comunista, ya no existe.
Es cierto, ya no existe, pero me temo que todavía quedan muchos que no han perdonado a Pío XII la derrota en Italia del frente comunista. La derrota de 1948.

El prestigioso periódico The New York Times trató de muy diferente forma a Pío XII cuando éste vivía y cuando, cuarenta años después de su muerte, ha vuelto a tratar el asunto. He aquí unos pasajes del Editorial del 25. 12. 1941, que cobra hoy valor de documento histórico.

“La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y en la oscuridad en la que ha caído Europa en esta Navidad. Él es el único soberano del continente que tiene la valentía de levantar su voz… Sólo el Papa ha pedido el respeto a tratados, el fin de las agresiones, un trato igual para las minorías y el cese de la persecución religiosa. Nadie más que el Papa es capaz de hablar a favor de la paz”

Está disponible en castellano el libro de Antonio Gaspari, Los judíos, Pío XII y la leyenda negra (Ed. Planeta Testimonio, Madrid 1998). Entresacamos unos pasajes de la entrevista que el autor concedió al semanario Alfa y Omega.

La mayoría de los jóvenes españoles no han oído hablar de Pío XII, aunque el suyo fue uno de los pontificados más ricos de la era contemporánea. ¿Puede darnos una idea de cómo fue este hombre?
El caso de Pío XII es increíble. Ningún Papa en toda la historia recibió tantos testimonios de reconocimiento y de gratitud de parte de los hebreos como el Papa Pacelli. Albert Einstein; Golda Meir; y el rabino de Jerusalén, Isaak Herzog, entre otros, escribieron palabras de encomio por el valor de Pío XII. El historiador hebreo Pinchas Lapide, Cónsul General de Israel en Mílan, ha escrito que la Santa Sede, los Nuncios de la Iglesia Católica, salvaron de la muerte entre 700.000 y 850.000 hebreos. Y un artista judío, salvado gracias al auxilio de los padres orionistas, esculpió una enorme estatua de la Virgen María bajo la advocación de Salus Populi Romani (salvación del pueblo de Roma) que ahora domina la ciudad eterna desde la punta del Monte Mario. Isaías Levi, senador del Reino de Italia, se salvó de las leyes raciales y de la persecución nazifascista gracias a las hermanas de María niña que a indicación de Pío XII lo escondieron en un convento. Al final de la guerra, Levi regaló a Pío XII la villa Levi, actual sede de la Nunziatura de la Santa Sede en Italia.
Esta son algunas de las miles de historias de judíos salvados por la Iglesia Católica. El Papa Pacelli fue un Papa excepcional que guió a la Iglesia en un período trágico. Los soldados, los afligidos, los huérfanos, las viudas, los hambrientos, los prófugos, los sin hogar, todos iban a escuchar su palabra. Los jóvenes se agolpaban en la Plaza de San Pedro para expresar su reconocimiento a quien más había hecho para salvar Roma.
[...]

¿Qué lección saca de esta investigación?
Si se analizaran con serenidad los sucesos históricos, se obtendría una gran enseñanza, porque, no obstante las adversas condiciones políticas y religiosas que separaban a judíos y católicos, entre ellos se realizó una auténtica alianza común contra el racismo. Una alianza que hoy sería igual de necesaria, dado que el racismo resurge de todo el mundo.

Octubre 31, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Historia Eclesiástica | , , , , , , | Aún no hay comentarios

El Papa justo

El Papa justo

¿Fue Pío XII un pronazi y un antisemita? Este Papa y la Iglesia católica, ¿no hicieron nada para salvar la vida de judíos y no judíos del exterminio a manos de los nazis? Ante las acusaciones que se han lanzado por parte de autores cuyos libros han sido muy publicitados, ofrecemos un artículo de un historiador judío, que ha pedido que Pío XII sea declarado “Justo entre las Naciones”.

 

David G. Dalin *

Ya antes de la muerte de Pío XII en 1958, en Europa se le acusaba de haber sido favorable al nazismo, un lugar común de la propaganda comunista contra occidente.

La acusación quedó sepultada durante algunos años bajo la oleada de homenajes que siguió a la muerte del Papa, procedentes tanto del ámbito judío como de los gentiles, para reaparecer de nuevo en 1963 con la publicación de Il Vicario, una pieza teatral de un escritor alemán de izquierdas (que perteneció a la Hitler Jugend), llamado Rolf Hochhuth.

Il Vicario era una obra muy fantasiosa y polémica, en la que se sostenía que la preocupación de Pío XII por las finanzas vaticanas le había dejado indiferente ante el exterminio de la población judía de Europa. La obra de Hochhuth despertó un notable interés en la opinión pública, desencadenando una controversia que se prolongó a lo largo de los años 60. Ahora, transcurridas tres décadas, aquella controversia ha vuelto a estallar de repente por razones que no resultan del todo claras.

Pero la palabra “estallar” no describe suficientemente la actual marejada de polémicas. En los últimos dieciocho meses han salido a la luz nueve libros que hablan de Pío XII: Hitler’s Pope de John Cornwell, Pius XII and the Second World War de Pierre Blet** , Papal Sin de Garry Wills, Pope Pius XII de Margherita Marchione, Hitler, the War and the Pope de Ronald J. Rychlak, The Catholic Church and the Holocaust, 1930-1965, de Michael Phayer, Under His Very Windows de Susan Zuccotti, The Deformation of Pius XII de Ralphy McInerny y, recientemente, Constantine’s Sword de James Carroll.

Dado que cuatro de estos volúmenes – los de Blet, Marchione, Rychlak y McInerny – se alinean en defensa del Papa (y dos, los de Wills y Carroll, implican a Pío XII sólo como una parte de un más amplio ataque contra el catolicismo), el cuadro puede parecer equilibrado. Además, leyendo detenidamente los nueve libros, se puede concluir que las argumentaciones de quienes defienden a Pío XII son las más convincentes.

Y, sin embargo, los libros que difaman al Papa han sido los que han centrado la atención mayoritaria.

Einstein, Golda Meir, Herzog…

Curiosamente, casi todos los que hoy están en esta línea difamatoria – desde los ex seminaristas John Cornwell y Garry Wills, hasta el ex cura James Carroll – son ex católicos o católicos heterodoxos. A los líderes judíos de la generación precedente la campaña contra Pío XII les resultó, en el mejor de los casos, sorprendente. Durante la posguerra muchos judíos famosos – Albert Einstein, Golda Meir, Moshe Sharett, Rabí Isaac Herzog y muchos otros – expresaron públicamente su gratitud hacia Pío XII. En su libro de 1967, Three Popes and the Jews, el diplomático Pinchas Lapide (que prestó servicio como cónsul de Israel en Milán y entrevistó a los italianos supervivientes del Holocausto), declaró que Pío XII «contribuyó sustancialmente a salvar a 700.000 judíos, y tal vez a otros 860.000, de la muerte segura a manos de los nazis».

La verdad es que el libro de Lapide sigue siendo la obra más seria escrita por un judío sobre este asunto, y en los treinta y cuatro años que han transcurrido desde su publicación se ha podido acceder a muchos materiales, tanto de los archivos vaticanos como de otras fuentes. Se han recogido muchos testimonios directos y un número impresionante de entrevistas con supervivientes del Holocausto, capellanes militares y civiles católicos. En vista de los recientes ataques, ha llegado la hora de salir nuevamente en defensa de Pío XII.

En enero de 1940, por ejemplo, el Papa dio instrucciones a la Radio Vaticana para que revelara la «espantosa crueldad de la tiranía salvaje» que los nazis estaban inflingiendo a los judíos y a los católicos polacos. Al recibir noticia de dicha transmisión una semana más tarde, el Defensor Público de los judíos de Boston la apreció por lo que era: «Una denuncia explícita de las atrocidades perpetradas por los alemanes en la Polonia ocupada por los nazis, declarándolas abiertamente como una ofensa a la conciencia moral de toda la humanidad». El New York Times escribió en su editorial: «Ahora el Vaticano ha hablado, con una autoridad indiscutible, y ha confirmado los peores presagios de terror que emergen de las tinieblas de Polonia». En Inglaterra, el Manchester Guardian elogió al Vaticano como «el más enérgico defensor de la Polonia torturada».

«Espiritualmente semitas»

Cualquier lectura honesta y minuciosa de los hechos demuestra que Pío XII no dejó nunca de expresar su crítica al nazismo. Basta con tener en cuenta algunos puntos destacados de su oposición antes de la guerra. De los cuarenta y cuatro discursos pronunciados por Pacelli en Alemania como nuncio apostólico entre 1917 y 1929, cuarenta denunciaban algún aspecto de la pujante ideología nazi.

En marzo de 1935 Pacelli escribió una carta abierta al obispo de Colonia definiendo a los nazis como «falsos profetas con el orgullo de Lucifer». Ese mismo año arremetió contra las ideologías «poseídas por la superstición de la raza y la sangre» ante una muchedumbre de peregrinos en Lourdes. Dos años más tarde, en Notre Dame de París, llamó a Alemania «esa noble y poderosa nación que será conducida fuera de su camino por malos pastores, abrazando una ideología racista».

En privado, les decía a sus amigos que los nazis eran «diabólicos». A sor Pascalina, que fue su secretaria durante muchos años, le dijo que Hitler estaba «totalmente obsesionado». «Todo esto no es un obstáculo para él, es un destructor… este hombre es capaz de caminar sobre cadáveres». En 1935, durante una entrevista con el heroico antinazi Dietrich von Hildebrand, Pío XII declaró: «No hay posibilidad de conciliación» entre el cristianismo y el racismo nazi porque «son como fuego y agua».

En el periodo en que Pacelli fue consejero particular de su predecesor, Pío XI, el pontífice hizo la famosa declaración de 1938 ante un grupo de peregrinos belgas en la que afirmó que «el antisemitismo es inadmisible; espiritualmente nosotros somos todos semitas». Y el mismo Pacelli escribió el borrador de la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge, una condena de Alemania que se cuenta entre las más ásperas que ha pronunciado la Santa Sede. Como consecuencia, en los años 30 Pacelli fue extensamente difamado por la prensa nazi como el cardenal de Pío XI «amigo de los judíos», a causa de las más de cincuenta cartas de protesta que les envió a los alemanes como secretario de estado vaticano. A estos se pueden añadir algunos episodios sobresalientes de la acción de Pío XII durante la guerra.

El New York Times

Su primera encíclica, Summi Pontificatus, publicada apresuradamente en 1939 para impetrar la paz, era en buena parte una declaración de que la tarea propia del Papado era la mediación entre las partes beligerantes, más que el decantarse por una u otra. Pero citaba con agudeza a san Pablo: «Ya no hay judíos ni gentiles», utilizando significativamente la palabra “judíos” en el contexto de un rechazo de la ideología racista. El New York Times recibió la encíclica con un artículo en primera página el 28 de octubre de 1939: «El Papa condena a los dictadores, los violadores de los tratados y el racismo». Fuerzas aéreas aliadas arrojaron miles de copias del periódico sobre tierra alemana en un intento de avivar los sentimientos antinazis.

En 1939-40 Pío XII hizo de intermediario secreto entre los miembros de una conjura alemana antihitleriana y los ingleses. Y corrió no pocos riesgos advirtiendo a los aliados de la inminente invasión alemana de Holanda, Bélgica y Francia.

Cuando en 1942 los obispos franceses publicaron varias cartas pastorales contra las deportaciones, Pío XII envió a su nuncio a protestar ante el gobierno de Vichy contra «los arrestos inhumanos y las deportaciones de los judíos de la Francia ocupada a la Silesia y a algunas partes de Rusia». Radio Vaticana comentó durante seis días seguidos las cartas de los obispos, en unos años en los que en Alemania y Polonia escuchar Radio Vaticana era un crimen que algunos pagaron con la pena capital. («Parece que el Papa intercede por los judíos inscritos en las listas de deportación de Francia» era el titular del New York Times del 6 de agosto de 1942. «Vichy captura a los judíos; ignorado el llamamiento del Papa Pío», recogía el Times tres semanas más tarde).

En el verano de 1944, tras la liberación de Roma, pero antes del fin de la guerra, Pío XII dijo a un grupo de judíos romanos que fueron a darle las gracias por su protección: «Durante siglos los judíos habéis sido tratados injustamente y despreciados. Ya es hora de que se os trate con justicia y humanidad, Dios lo quiere y la Iglesia lo quiere. San Pablo nos dice que los judíos son nuestros hermanos. Pero deberíamos acogeros también como amigos».

Ya que estos ejemplos y otros centenares más son desacreditados uno por uno en los libros que recientemente atacaban la figura de Pío XII, el lector puede perder de vista su peso específico, su carácter general, que no deja resquicio a la duda sobre la posición del Papa, y menos que a nadie a los nazis. En el editorial del día siguiente [a la Navidad de 1941], el New York Times declaraba: «La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y la oscuridad que envuelve a Europa en esta Navidad… Pidiendo un “nuevo orden auténtico” basado en la “libertad, justicia y amor”, el Papa se ha alineado abiertamente contra el hitlerismo».

En la valoración de las acciones que Pío XII hubiera podido llevar a cabo, muchos (entre los que me encuentro) habrían deseado verlo pronunciar excomuniones explícitas. Los nazis, de tradición católica, ya habían incurrido automáticamente en la excomunión con todos sus actos, desde la casi nula participación en la misa, a la inexistente confesión de homicidios y el repudio público al cristianismo. Y, como se deduce claramente de sus escritos y de sus conversaciones, Hitler había dejado de considerarse católico -es más, se consideraba un anticatólico- mucho tiempo antes de llegar al poder.

“Suicidio voluntario”

Los supervivientes del Holocausto, como Marcus Melchior, rabino jefe de Dinamarca, observaban que «si el Papa hubiera tomado posición abiertamente, probablemente Hitler habría exterminado a más de seis millones de judíos y tal vez a diez veces diez millones de católicos, si hubiera tenido la posibilidad». Robert M.W. Kempner, refiriéndose a su experiencia durante el proceso de Nüremberg, afirmó en una carta a la redacción después de que el Commentary publicara un extracto de Guenter Lewy en 1964: «Cualquier movimiento propagandístico de la Iglesia Católica contra el Reich hitleriano no sólo habría significado un “suicidio voluntario”, sino que hubiera acelerado la ejecución capital de un mayor número de judíos y de sacerdotes».

No se trata de una cuestión puramente especulativa. Una carta pastoral de los obispos holandeses que condenaba «el despiadado e injusto trato reservado a los judíos» fue leída en todas las iglesias católicas holandesas en julio de 1942. La carta, a pesar de sus buenas intenciones, y probablemente inspirada por Pío XII, tuvo consecuencias inesperadas. Como observa Pinchas Lapide: «La conclusión más triste y que da más que pensar es que, mientras el clero de Holanda protestaba con más fuerza, más abiertamente y con mayor frecuencia contra las persecuciones a los judíos que la jerarquía religiosa de cualquier otra nación ocupada por los nazis, el contingente más numeroso de judíos deportados a los campos de exterminio procedía precisamente de Holanda – casi 110.000, el 79% del total -.

Nos podríamos preguntar qué podría ser peor que el genocidio de seis millones de judíos y la respuesta es: la masacre de otros cientos de miles. El Vaticano trabajó para salvar a todos los que pudo. Y los datos son elocuentes: mientras que el 80% de los judíos europeos halló la muerte durante la Segunda Guerra Mundial, el 80% de los judíos italianos se salvó.

En los meses en los que Roma estuvo bajo la ocupación alemana, Pío XII dio instrucciones al clero italiano sobre cómo salvar vidas por todos los medios a su alcance. Desde octubre de 1943, Pío XII dispuso que iglesias y conventos de toda Italia sirvieran de escondite a los judíos. Como resultado – y a pesar de que Mussolini y los fascistas habían cedido ante la exigencia de Hitler de comenzar la deportación de los judíos de Italia – muchos católicos italianos desobedecieron las órdenes de los alemanes.

Rabat-Fohn

 

Sólo en Roma 155 conventos y monasterios dieron asilo a casi cincuenta mil judíos. Al menos treinta mil hallaron refugio en la residencia estival del pontífice en Castel Gandolfo. Sesenta judíos vivieron durante nueve meses dentro de la Universidad Gregoriana y muchos fueron escondidos en el sótano del Pontificio Istituto Bíblico. Varios centenares se refugiaron dentro del mismo Vaticano. Siguiendo las instrucciones de Pío XII, muchos sacerdotes, monjes, monjas, cardenales y obispos italianos se emplearon a fondo para salvar miles de vidas judías. El cardenal Boetto de Génova salvó a al menos ochocientos; el obispo de Asís escondió a trescientos judíos durante más de dos años; el obispo de Campagna y dos de sus parientes salvaron a 961 en Fiume.

Pero, una vez más, el testimonio más elocuente es el de los propios nazis. Documentos fascistas publicados en 1998 (y recogidos en el libro Papa Pio XII de Marchione) revelan la existencia de un plan alemán, denominado “Rabat-Fohn”, que hubiera debido llevarse a cabo en enero de 1944. El plan preveía que la octava división de caballería de las SS, disfrazados de soldados italianos, conquistara San Pedro y «eliminara a Pío XII con todo el Vaticano» y apunta explícitamente a la «protesta del Papa a favor de los judíos» como la causa de tal represalia.

Una historia análoga se puede dibujar a través de toda Europa.

Pero el punto de partida de esta discusión radica en la verdad incontestable de que, tanto los nazis como los judíos de aquella época, consideraban al Papa como el más importante opositor de la ideología nazi en el mundo.

Ya en diciembre de 1940, en un artículo aparecido en el Time magazine, Albert Einstein rendía homenaje a Pío XII: «Sólo la Iglesia se ha declarado abiertamente contra la campaña de Hitler por la supresión de la verdad. Nunca antes había tenido un amor especial por la Iglesia, pero ahora siento un gran afecto y admiración porque sólo la Iglesia ha tenido el coraje y la tenacidad de alinearse en defensa de la verdad intelectual y de la libertad moral. Por ello, me veo obligado a confesar que ahora aprecio sin reservas lo que durante mucho tiempo desprecié».

En 1943 Chaim Weizmann, que llegaría a ser el primer presidente del estado de Israel, escribió que «la Santa Sede está prestando su poderosa ayuda donde es posible, para aliviar la suerte de mis correligionarios perseguidos».

Moshe Sharett, viceprimer ministro israelí, se entrevistó con Pío XII al término de la guerra: «le dije que mi primer deber era darle las gracias a él, y a través de él a toda la Iglesia católica, en nombre del pueblo judío, por todo lo que han hecho en diversos países para proteger a los judíos».

El rabino Isaac Herzog, rabino jefe de Israel, envió un mensaje en febrero de 1944 declarando: «El pueblo de Israel no olvidará nunca lo que Su Santidad y sus ilustres delegados, inspirados por los principios eternos de la religión que se hallan en la base de la auténtica civilización, están haciendo por nuestros desventurados hermanos y hermanas en la hora más trágica de nuestra historia, una prueba viviente de la Divina Providencia en este mundo».

En septiembre de 1945, Leon Kubowitzky, secretario general del Congreso judío mundial, agradeció personalmente al Papa sus intervenciones, y este organismo donó 20,000 dólares al Óbolo de San Pedro «como signo de reconocimiento por la obra desarrollada por la Santa Sede salvando a los judíos de las persecuciones fascistas y nazis».

Benevolencia y magnanimidad

En 1955, cuando Italia celebró el décimo aniversario de su liberación, la Unión de las comunidades judías italianas proclamó el 17 de abril “Jornadas de agradecimiento” por la asistencia recibida del Papa durante la guerra.

Negar la legitimidad de la gratitud expresada hacia Pío XII equivale a negar la credibilidad de los testimonios personales y de los juicios expresados acerca del mismo Holocausto. «Más que de ningún otro», señalaba Elio Toaff, un judío italiano que sobrevivió al Holocausto y llegó a ser rabino jefe de Roma, «hemos tenido la oportunidad de experimentar la gran y compasiva benevolencia y la magnanimidad del Papa durante los años infelices de la persecución y del terror, cuando parecía que para nosotros ya no había salida alguna».

 

* Véase la entrevista de Andrea Tornielli al P. Pierre Blet, encargado de la publicación de los documentos de los archivos vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial, en Huellas n. 2 – 2000.

 
 

Fuente: Revista Internacional de Comunión y Liberación Huellas-Litterae Communionis, No. 4, Abril 2001.


* Rabino de Nueva York, David Dalin es una de las personalidades de relieve del mundo judío estadounidense. Uno de sus libros, Religion and State in the American Jewish Experience ha sido destacado como uno de los mejores trabajos académicos de 1998. Ha dictado conferencias sobre las relaciones judeo-cristianas en las universidades de Hartford Trinity College, George Washington y Queens College de Nueva York. En el artículo que extractamos ampliamente en estas páginas, publicado en The Weekly Standard (semanario que representa la máxima expresión de la elite neoconservadora americana), el rabino David Dalin pide que Pío XII sea reconocido como “justo”, en virtud de cuanto hizo por salvar a los judíos del Holocausto.

 **  Véase la entrevista de Andrea Tornielli al P. Pierre Blet, encargado de la publicación de los documentos de los archivos vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial, en Huellas n. 2 – 2000.

Octubre 31, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Historia Eclesiástica | | Aún no hay comentarios

La independencia de México no se entiende sin el cristianismo

La independencia de México no se entiende sin el cristianismo

Según el más grande historiador vivo del México colonial

QUERÉTARO, jueves, 15 de octubre de 2009 (ZENIT.org- El Observador).- No es posible entender el proceso de independencia de México sin el cristianismo, considera despejando muchos equívocos el historiador David A. Brading, británico, considerado como el más grande historiador vivo del México colonial.

El profesor de la Universidad de Cambridge, así como de la Universidad de Berkeley, ha sostenido una conferencia magistral en la ciudad de Querétaro, en el nuevo Areópago Juan Pablo II, sobre el papel de la Virgen de Guadalupe en el proceso de Independencia de México, cuyo segundo centenario se celebrará en el próximo año.

Su intervención llega a conclusiones que replantean algunos de los lugares comunes de la historiografía, en particular, redimensionan la influencia de los ideólogos de la revolución francesa en este proceso, que resulta ser menos importante de lo que parecía.

México, sede del Papa y de los reyes de España

El profesor Brading, tras una larga exposición sobre los orígenes del movimiento de Independencia, señaló que “en México las noticias de Europa, de la Revolución Francesa, sí causaron horror: se oían ataques contra la Iglesia.  Pero, también, había un sentido de expectación. Si Europa estaba desecha por las guerras y por la destrucción que provocaban, era entonces la oportunidad para el Nuevo Mundo, para América, de encontrar su propia perspectiva”.

“En un tratado guadalupano –dijo Brading– escrito en el siglo XVIII por un canónigo de Puebla, Francisco Javier Conde, tratado que no fue publicado sino hasta mediados del siglo XIX, se cita el capítulo 60 del profeta Miqueas que dice que una pequeña nación se volvió grande y reconstruyó Sión.  El propio canónigo dice que había escuchado a muchas personas en la Nueva España y varios sermones en los cuales los predicadores citaban la profecía del jesuita mexicano Francisco Javier Carranza sobre la posibilidad de la transmigración de la silla apostólica y residencia de los papas en este continente”.

Ante la expectación del auditorio mexicano que apenas si conocía esta vertiente de la historia, el profesor Brading, autor de una obra enciclopédica sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe, señaló que “Carranza, precisamente predicando aquel sermón en Querétaro, en 1748, fue aplicando el capítulo 12 del libro del Apocalipsis sobre la última época del mundo, en la que, presumiblemente, va a aparecer el anticristo. Fue desarrollando su tema diciendo que el anticristo fue destinado a dominar al Viejo Mundo, cerrando las Iglesia, e instalando en Europa misma los viejos dioses del paganismo”.

“En aquel momento, la Virgen María, en su advocación de Guadalupe, ayudada por el arcángel san Miguel, para defender a la Iglesia, haría su aparición para defender a las dos Américas y tanto el Papa como el Rey de España iban a huir a México bajo la protección de ‘nuestra mexicana Reina, Madre y Señora’.  O sea que, para Carranza y para muchos otros, en los días del fin del mundo, México estaría compitiendo por ser la sede de la Iglesia universal y la de los reyes de España”, agregó el también autor de Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810).

Esta visión de los últimos días fue aplicada, transformándola, a la situación de fines del siglo XVIII en México.  Los predicadores iban haciendo profecía de algo que estaba sucediendo, pues los dos papas de aquella época, Pío VI y Pío VII, tuvieron que salir de Roma ante el asedio de las tropas francesas.  Y eso era aplicado a México. 

Incluso, un ilustrado y muy patriota criollo, José Mariano de Beristain y Souza, escribió en su gran libro Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, que fue publicada en tres tomos alrededor de 1817, sobre Carranza y su sermón: “Cuando escribo, a la vista de la persecución que hace al Pontífice Romano el tirano Napoleón, y a los reyes católicos, protectores de la Iglesia de Roma, contemplo que México puede ser el más seguro asilo del Papa y de los monarcas españoles contra la voracidad de aquel monstruo, me parece que no está muy lejos de verificarse la profecía del padre Carranza”.

Y agregó: “Así pensaba yo en el año de 1809.  Entonces la insurrección de Miguel Hidalgo hizo empantanar estas esperanzas”. 

Él quería –y así lo dijo después– que todos fuésemos llamados españoles, no americanos o indios o mestizos, sin distinción, pues todos eran súbditos de un mismo rey, el de España.

Esperanzas fundadas

Ciertamente, las “esperanzas” del padre Carranza no eran profecías locas.  Justamente, a fines de 1808, la Corte portuguesa transfirió su sede a Río de Janeiro, con todos sus archivos y todas las personas que la componían.  Y se quedaron en Brasil hasta 1822.  En esos años Portugal fue una “colonia” de su “ex colonia”, Brasil, explicó el profesor Brading.

“Cuando Miguel Hidalgo entregó a sus seguidores una copia de la imagen guadalupana, al salir del pueblo de Dolores y la convirtió en su estandarte, no fue un accidente.  Utilizaba a la patrona ya aclamada ‘principal y universal’ de la Nueva España.  Así convirtió a la imagen ya no en un emblema de una nación criolla sino en un símbolo de una nación insurgente”, afirmó el autor del texto fundamental sobre los tres siglos de presencia española en América llamado Orbe indiano

Más adelante, Brading explicó que al acercarse a la ciudad de Guanajuato, Hidalgo informó al intendente de la plaza que el propósito de su rebelión era recuperar los derechos de la nación mexicana, una nación que existía antes de la conquista española, y expulsar a los europeos, recuperando “derechos santos, concedidos por Dios a los mexicanos, usurpados por unos conquistadores crueles”.  

“Aquí encontramos, exactamente, una de las principales afirmaciones del patriotismo criollo, ya transformado en forma política y aplicado a todos los habitantes de la Nueva España.  Hay una continuidad que pasan los criollos a los insurgentes de la existencia de una nación mexicana anterior a la llegada de los españoles.  Esta tesis fue aplicada y mejorada en la declaración de Independencia de 1821″, dijo el historiador inglés.

Un nuevo principio

De otra parte, Hidalgo anunció la abolición de la esclavitud y, mucho más importante, la abolición del tributo.  Con ello decretaba la destrucción formal de la sociedad de castas que fue algo de muy lenta evolución durante los tres siglos de la Colonia, empezando con las dos comunidades de españoles e indios y transformado, en pleno siglo XVIII en todo un sistema de castas.  Hidalgo afirmó, entonces, un nuevo principio: el principio de la igualdad de todos los habitantes de la Nueva España, continuó explicando el profesor Brading

Frente a los temas fundamentales de la Independencia de México, Brading dijo que la línea del padre Hidalgo fue seguida por el padre José María Morelos quien declaró: “A excepción de los europeos, todos los demás habitantes no se nombrarán en calidad de indios, mulatos y otras castas, sino todos, generalmente, americanos.  Nadie pagará tributos ni habrán esclavos”. 

“Obviamente –dijo Brading– aquí no encontramos una declaración de derechos humanos universales.  Lo que sí encontramos es una afirmación concreta y cristiana sobre la igualdad de todos los mexicanos y la abolición del sistema de castas que fue mantenido por el tributo y también incluso por los párrocos en sus registros de nacimientos, matrimonios y entierros”.

Morelos concluyó por afirmar que los americanos eran hermanos en Cristo y formaban una nueva Israel, luchando para librarse de sus opresores.  E insistió que esta igualdad, calidad de libertades, es consiguiente al poder divino y natural que ha de distinguir en la virtud al hombre y lo ha de hacer útil a la Iglesia. 

Cuando abrió el Congreso de Chilpancingo de 1813, Morelos leyó un discurso–preparado por Carlos María Bustamante y corregido por él mismo– en el que empezó declarando que la soberanía reside, esencialmente, en los pueblos y no en los monarcas, “y después de tres siglos este pueblo oprimido, semejante por mucho al de Israel, trabajado por el faraón y cansado de sufrir, elevó sus manos al cielo y Dios mismo ya ha decretado que el Anáhuac fuese libre”, explicó el profesor del University College de Londres

Después de elogiar las heroicas luchas de los caudillos insurgentes, Morelos insistió: “vamos a restablecer el Imperio mexicano, mejorando el gobierno”, subrayó Brading.

Una nación con pasado

“En lo que sí tenemos que insistir es sobre la presencia de los primeros elementos del patriotismo criollo: que Anáhuac es el pasado mexicano y en la Independencia se encuentra una continuidad”.

El segundo elemento del patriotismo criollo, dijo, es la “independencia o que los españoles tengan que ser expulsados”.

Y en tercer lugar, “el guadalupanismo.  Morelos, en sus Sentimientos de la Nación daba a la Virgen de Guadalupe el patronazgo de la nueva realidad histórica que surgía de su propio pasado y se independizaba de sus conquistadores”, afirmó.

En resumen, señaló que en el proceso de Independencia de México hay dos cosas distintas y nuevas.

La primera es la existencia de una nación mexicana, de una nación soberana; una nación similar a la de Israel, un pueblo elegido, pero en este caso por la Virgen de Guadalupe, o sea que no debe tanto a la Revolución francesa, como los liberales, después, estuvieron insistiendo.

La segunda es la igualdad que no está dada en términos universales, sino en términos de hermandad, con los mismos derechos (destruyendo la vieja sociedad de castas).

Hay otro aspecto interesante, dijo Brading, aunque Morelos fue designado “generalísimo” por el Congreso insurgente, él mismo tomo para sí el nombre de “siervo de la nación”.  “¿De dónde viene ese título, tan extraño para un caudillo insurgente?  Obviamente, del texto del Evangelio de San Marcos, capítulo nueve, donde Jesús oye a sus discípulos que disputan el liderazgo del grupo y le dice: si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos, que sea el siervo de todos”. 

“También el decir ’siervo de Dios’ era designar a los santos en aquella época.  También emana del Viejo Testamento.  Ahí encontramos una figura famosa que es designada siervo de Dios”: Moisés”, señaló Brading.

Si los insurgentes mexicanos se compararon con el pueblo israelita saliendo de la esclavitud de Egipto, entonces su caudillo, sea Hidalgo, sea Morelos, era tomado como un “Moisés mexicano”. 

Donde se encuentra la mayor aplicación a Moisés del título  de “siervo de Dios” en el Antiguo Testamento es en el libro de Josué, dedicado a la conquista de la tierra prometida.  Y en su conclusión, Josué mismo está descrito, igualmente, como siervo de Dios, explicó.

Esta es una hipótesis que parecería extravagante, pero hay que recordar que en la Monarquía Indiana de Juan de Torquemada, el gran historiador franciscano, exaltó a Hernán Cortés como un “nuevo Moisés”, encargado por Dios de llevar a los pueblos indígenas de Anáhuac del Egipto del paganismo a la tierra prometida de la religión católica. 

Y por otra parte, la tradición republicana en el siglo XIX sacó en sus textos elogios a Moisés como legislador  y padre fundador de su nación y podemos decir que el culto de Miguel Hidalgo como padre de la Patria fue la traducción de un culto a un Moisés legislador y fundador de la nación mexicana, continuó diciendo el historiador, autor entre otros títulos de El ocaso novohispano.

El centro del Tepeyac

El 22 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide se proclamó como Emperador constitucional del Imperio Mexicano.  Posteriormente, en una circular emitida por el Ministro de Justicia, Iturbide fue identificado como Primer Emperador Constitucional y Gran Maestro de la Orden Imperial de Guadalupe, Agustín por la Divina Providencia y por el Congreso de la Nación, explicó el historiador y mexicanista David Brading.

En diciembre de 1822, el arcediano de la Catedral de Valladolid (Morelia), predicó la primera función solemne de aquel orden imperial.  Tras lamentar el triste estado de paganismo en México-Tenochtitlan, celebró la aparición en el Tepeyac como una nueva aurora que anunciaba la conversión de Anáhuac a la fe católica, conversión que compensaba a la Iglesia “por la herejía de Lutero y Calvino”, dijo Brading. 

“Ahora, enfatizo, si el país de Anáhuac respira libertad todo se lo debemos a la Virgen de Guadalupe, ahora somos nación soberana, de modo que el águila mexicana se apareció de nuevo triunfante en su nopal”. 

Aunque ambos partidos, insurgentes y realistas, durante la guerra civil de la Independencia habían invocado a la guadalupana, ella ahora aparece como “madre de la unión; especialmente porque México es el país más católico del mundo, un baluarte en una época en Europa donde la religión ha sido afligida por la impiedad y el ateísmo”.  Concluyó: “la santa religión católica es el alma de este Imperio.  Si la fe de Jesucristo es inseparable de la nación de Anáhuac, no ser cristiano es no ser mexicano”.

Tras la Independencia se renueva la profecía de fin del siglo XIX  del surgimiento de México como baluarte en el mundo de la fe católica, dijo Brading.

Baluarte del catolicismo

“Para entender mejor el fondo político e ideológico del movimiento imperial de México, explicó el historiador, podemos recurrir al sermón predicado por el doctor Julio García de Torres en el santuario del Tepeyac en octubre de 1821, función a la que asistió Agustín de Iturbide para dar gracias a la patrona de México por la Independencia de la América Septentrional”. 

Más adelante subrayó que en el sermón se decía que la Independencia había sido necesaria “pues España ya fue corrompida por las pestilentes miasmas del contagio francés, es decir, mediante las execrables obras de Voltaire y de Rousseau” ya traducidos y publicados en España.  Y que las nuevas Cortes, establecidas en 1820,  “dedicaron sus esfuerzos a destruir a todos los pueblos y los privilegios de la Iglesia”, aboliendo la Inquisición, expulsando a la Compañía de Jesús, etcétera.

Finalmente terminó diciendo que “con esa visión, la creación del Imperio de Iturbide revivía, una vez más, la noción de que México podía ser el baluarte de la Iglesia católica en un mundo en el que el liberalismo llegaba al poder en España y en otros países y quería destruir a la religión”. 

Por Jaime Septién

Octubre 16, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia | , , , , , , , , , | Aún no hay comentarios

El rabino que se rindió a Cristo

El rabino que se rindió a Cristo
 
 
Autor:  Judith Cabaud
Editorial:  Voz de papel
Número de páginas:  128
Fecha publicación:  25/04/2005
Duración: 
 
 
La conversión del rabino de Roma al finalizar la II Guerra Mundial, es uno de los signos más elocuentes de que la Iglesia no fue, como muchos pretenden ahora con un revisionismo absolutamente parcial, cómplice del régimen nazi. Si Pío XII no se explayó más en sus condenas del nazismo fue por una meditada prudencia y por la experiencia de que la palabra de la Iglesia, en lugar de constituir una ayuda eficaz para las víctimas, sólo conseguía recrudecer la persecución. Ejemplo elocuente de ello fue la intervención de los Obispos holandeses quienes al mostrar su pública solidaridad con el pueblo judío no apaciguaron al verdugo, sino que lo encendieron aún más en su odio salvaje contra los depositarios de la Antigua Alianza. Pero Pío XII habló de forma clara con el lenguaje de las obras. Pinchas Lapide, ex cónsul de Israel en Italia declaró: “La Santa Sede, los nuncio y la Iglesia Católica salvaron entre todos a casi 400.000 judíos de una muerte cierta”. Esa cifra sobrepasa con creces la suma de todos los que fueron salvados por las restantes organizaciones sociales y distintos países. De ahí que no sorprenda los elogios que Pío XII recibió de Golda Meir y de otras personalidades judías al acabar el conflicto europeo. El paso de los años ha llevado al olvido todo ello y la historiografía documental, que en este caso choca admirablemente con la experiencia vital, se empeña en hacer hablar la ausencia de documentos. Se olvida a menudo una sentencia que, en el caso que nos ocupa, se revela especialmente verdadera, y es que cuando el Papa calla, sencillamente no dice nada. Silencio que, por otra parte, no disonó en absoluto con la actitud de las restantes cancillerías y organizaciones mundiales. Pero si Pío XII dijo poco, más de lo que se nos quiere hacer creer, superó a todos en el ejercicio de la caridad.

 

Al finalizar la Guerra Israel Zoller se bautizó católico y, como homenaje al gran Papa, tomó el nombre de Eugenio. Su apellido ya había sido italianizado tiempo atrás pasando a ser Zolli. Judith Cabaud, también proveniente del judaísmo, y ahora miembro de la Iglesia Católica, nos ofrece en este libro el itinerario del Rabino de Roma desde su nacimiento hasta su bautizo. No es un libro para la polémica, sino más bien el testimonio de la relación entre judíos y cristianos. Zolli, gran estudioso de las escrituras fue descubriendo como el Nuevo Testamento no contradecía al Antiguo, sino que lo llevaba a su plenitud. Además vio su vida acompañada por algunas experiencias místicas que le fueron confirmando en la certeza de que Jesús era el Mesías esperado.

 

Vittorio Messori nos llama la atención en el prólogo de cómo la conversión de Zolli no debe verse como una ruptura, sino más bien como un cumplimiento y por eso testifica la continuidad que se da entre judaísmo y catolicismo.

 

La conversión de Zolli causó mucho impacto en su momento, pero después cayó en el olvido. No fueron ajenas a ese hecho las intenciones de muchos de silenciar un hito histórico e iniciar así la campaña de desprestigio contra la Iglesia. Ahora gracias a este escrito lleno de amor hacia el judaísmo y al catolicismo, podemos recuperar el itinerario espiritual de Zolli. Junto a sus vivencias interiores se nos ilumina sobre el drama de los judíos italianos, las discrepancias que existieron en el seno de la comunidad hebrea de cómo reaccionar ante las exigencias nazis, y también el ejercicio de la caridad que llevaron a cabo muchos católicos. Judith Cabaud, en pocas páginas que se leen de un tirón, ha recogido lo esencial de aquella historia que no ha perdido ninguna actualidad y que, al tiempo que nos reconforta con un signo de la gracia, ayuda a rehabilitar a dos grandes figuras, la de Eugenio Zolli y la de Pío XII.

 

Para quien desee saber más recientemente Palabra ha editado “Antes del Alba”, que es la autobiografía de Zolli. Es más completa aunque tiene en su contra que le falta la agilidad que ha conseguido Judith Cabaud en estas páginas.

 

David Amado

Octubre 8, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Historia Eclesiástica, Literatura | , , | Aún no hay comentarios

AGORA El fraude de Amenábar

 

AGORA
El fraude de Amenábar
 
Director:  Alejandro Amenábar
Intérpretes:  Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac y Rupert Evans
Nacionalidad:  España-Malta, 2009
Fecha estreno:  09/10/2009
Duración: 
 
El fraude de Amenábar

Como hiciera con Mar adentro, Alejandro Amenábar se reinventa y cuenta una historia real a su manera, sin preocuparse de transmitir la verdad. Ahora la persona mitificada es Hipatia, una astrónoma y filósofa del siglo IV asesinada en Alejandría por una multitud violenta.

Cinematográficamente hablando, suponiendo que este apartado interese a alguien (dada la polémica suscitada por esta película), Agora es una película mal resuelta enmarcada  en unos impresionantes decorados creados en Malta que se han llevado la mitad del presupuesto de la película (50 millones de euros). Y ello se debe a que resulta una película fría, con diálogos pobres y secuencias científicas que caen en la pedantería en muchas ocasiones. Salvo la figura de Orestes, el resto de los personajes, incluido Hipatia, parece que tienen poco que decir para rebatir sus teorías por más que la protagonista principal (a la que describen tolerante, como no podía ser de otra manera) sea claramente un “alter ego” de Amenábar al declararse atea y creyente de la filosofía…

Pero, evidentemente, la pregunta del millón es si esta película es anticristiana. Claramente sí, desde el momento en  que los cristianos (llamados parabolanos en la película) son mostrados como los más violentos y peligrosos de la turbulenta Alejandría, a la par que machistas y  contrarios al progreso, la cultura  y  la razón; eso sin contar que lucen el aspecto físico e indumentaria de los talibanes actuales…Porque, aquí radica, el principal meollo de toda la película: Agora es un compendio de tópicos progres. A saber: Jesús era magnífico pero no sus seguidores y  la civilización  antigua era un prodigio de ilustración “de no haberse dado ese traspiés que fue la Edad media y la caída del Imperio Romano, y de no haberse paralizado el mundo durante 500 años”, dice Amenábar

Con estos prejuicios, era lógico que Amenábar haya ido a la yugular de lo que denomina  el fanatismo de la intolerancia religiosa. Lo curioso es que para ello tenga que volver la vista atrás y no refleje los integrismos actuales: ¿será por miedo?

Como bien recogía Hispanidad en el artículo de Pablo Ginés del pasado día 6 de octubre, la Hipatia que retrata el director español no es la real, otra cosa es que a los espectadores se les advierta de que se encuentran ante un peplum con tanta ausencia  de base histórica como el entretenido Gladiator. 

Para: Los que quieran ver una historia del mundo antiguo con mucha tergiversación y poca base real

Juana Samanes

Octubre 8, 2009 Publicado por Jorge Luis | Cine, Comunicación, Filosofía, Historia, Historia Eclesiástica | | 2 comentarios

Hacia la creación de nuevas estructuras pastorales

Hacia la creación

de nuevas estructuras pastorales

Recensión del folleto

«Extracto del Documento de Aparecida».

 

«Extracto del Documento de Aparecida» es uno de los más reciente libros escritos por el P. Amatulli y es extremadamente cuestionante pues, aunque reconoce la relevancia y la novedad del Documento de Aparecida, lo acertado de su punto de partida (su insistencia en formar discípulos y misioneros de Cristo) y la pertinencia del llamado a la Misión Continental, señala su falla de origen: el Documento de Aparecida se centra y parte sobre todo de la realidad social y no examina con detenimiento la compleja realidad eclesial; más aún, el Documento en cuestión ofrece una realidad eclesial maquillada, para decirlo en una de las frases más polémicas y certeras utilizadas por el P. Amatulli.

En efecto, el Documento de Aparecida es muy incisivo cuando examina la compleja realidad socio-económica y política, en la que están inmersos los discípulos de Cristo, pero la falta esa garra cuando habla de la realidad eclesial, que presenta en forma idílica. Recuerda esos documentos y discursos gubernamentales que, cuando uno los escucha, inmediatamente piensa: “¿De qué país está hablando el presidente de la República?”.

Parece que se da más importancia a un eventual pacto de no agresión entre las distintas tendencias presentes en el Episcopado de América Latina y el Caribe, que a un esfuerzo sincero por conocer la realidad eclesial en que viven los católicos de nuestro Continente, para responder a sus desafíos pastorales. Hasta la así llamada teología de la liberación dejó su huella en el documento conclusivo, como signo de apertura a todas las líneas pastorales y tendencias de pensamiento.

Pues bien, el P. Amatulli toma como punto de partida el éxodo masivo de católicos hacia las más variadas propuestas religiosas y hacia el indiferentismo religioso como una clave fundamental para examinar la realidad eclesial, no sólo por el creciente avance de estas tendencias en la sociedad contemporánea, sino por lo que revela acerca de la situación de la Iglesia católica en general.

Hoy que hablamos tanto de los signos de los tiempos, que hay que examinar a la luz del Evangelio y de la actividad pastoral de la Iglesia, no hemos tomado en cuenta uno de los signos más relevantes y reveladores: millones de católicos han abandonado la Iglesia y un alto porcentaje de los que permanecen en ella viven al margen de la institución eclesial.

Esto nos revela que la actividad de la Iglesia ha sido sumamente deficiente, pues sólo atiende a un reducido número de su feligresía; la catequesis parece más una escuela de desertores que una actividad que forme discípulos de Cristo; la escasez de ministros ordenados y de catequistas laicos competentes es preocupante; las suspicacias sobre la administración de los dineros de la Iglesia; el clericalismo que campea en las relaciones entre los pastores de la Iglesia y los fieles es endémico y se traduce en autoritarismo e imposición, que provoca profundos malestares en la feligresía.

El folleto resulta sumamente útil, porque nos ofrece líneas de acción pastoral para que podamos atender debidamente al pueblo de Dios.

Julio 16, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Pastoral, Teología | , , , | Aún no hay comentarios

TEOLOGÍA PASTORAL:

TEOLOGÍA PASTORAL:

Entre el pragmatismo y la falta de especificidad

 

La Teología Pastoral está permanentemente ante un dilema: tiene que aparecer como una teoría científica, para no ser marginada, o ser vista como la que ofrece ayudas concretas que faciliten la acción pastoral.

Este dilema motiva que no haya podido progresar como la teología histórica y sistemática.

La Teología Pastoral, por otra parte, ha tenido un desarrollo desigual: en los países de habla alemana la Teología Pastoral nació como disciplina universitaria desde fines del s. XVIII. En otros países, incluyendo los países latinos, se trataba más bien de una aplicación práctica de la casuística, más que una ciencia teológica. En los países latinos sólo ha cobrado importancia después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y se ha abierto gradualmente al cultivo sistemático y científico después del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965).

Sin embargo, conviene apuntar que las obras teológico-pastorales han surgido desde mucho antes, aunque sin criterios de metodología científica. Desde la antigüedad también hubo una teología pastoral para preparar al sacerdote, al ministro pastoral, que se potenció a partir del Concilio de Trento.

1585 es el año en que J. Molanus publica Theologiae practicae Compendium, separando de la Teología especulativa una teología práctica. Este proceso llevó a la separación de dos disciplinas distintas la Teología moral y la Teología Pastoral.

Una fecha relevante para la Teología Pastoral lo constituye el año 1591, el año en que aparece el Enchiridion Theologiae Pastorales, aunque la expresión Teología Pastoral fue utilizada primero por san Pedro Canisio.

En 1778 es el nacimiento de la Teología Pastoral como disciplina universitaria gracias al canonista F.S. Rautenstrauch, director de la facultad de Teología de Praga, que reformó el plan de estudios teológicos, aprobados posteriormente por la emperatriz María Teresa (1774). El proyecto consistía en añadir un año más a los estudios teológicos, en el que se impartirían todas las asignaturas prácticas bajo el nombre de Teología Pastoral. Incluía: homilética, catequética, liturgia, rúbricas, ascética y retórica.

Rautenstrauch consideraba a la Teología Pastoral como la conclusión lógica de la ciencia teológica y le atribuía el objeto de ofrecer “una enseñanza de los deberes del oficio pastoral”, lo que consideraba como verdadero centro de gravedad de los estudios teológicos, pues estos debían formar dignos pastores de almas (Pastor bonus).

 Conviene decir, sin embargo, que se consideraba a la Teología Pastoral un arte y una técnica más que una ciencia y tenía más un enfoque antropocéntrico y se dirigía preferentemente al maestro de religión.

J.M. Sailer, a principios del siglo XIX, inicia un nuevo enfoque, que podemos llamar enfoque bíblico-teológico, aunque centrado también en la figura del pastor; es decir, la Teología Pastoral es una doctrina sobre el pastor, tendencia que concluye con A. Graf, que da inicio a la orientación eclesiológica de la Teología Pastoral, que el denomina como Teología práctica. La idea básica de esta orientación es que la auto-edificación de la Iglesia no es tarea exclusiva del pastor de almas. Además de él, existen muchos otros factores, que Graf clasifica en factores trascendentales, las Instituciones y los factores personales y sociales. La novedad de Graf es que tiene presente el conjunto de la Iglesia.

Con Amberger se reinicia la orientación clerical (1850-57), pues divide la Teología práctica en dos grandes ramas: a) Derecho canónico y b) Teología Pastoral, centrándose nuevamente en el pastor y con un énfasis fuerte en el clero. Con este precedente, se empieza a entender la Teología Pastoral como una colección de recetas para la vida práctica del pastor de almas.

Echemos un vistazo ahora a algunas de las corrientes modernas. Noppel toma conciencia de algunos defectos de la Teología Pastoral de la época: el alejamiento del concepto global de Iglesia y la disolución de la Teología Pastoral en disciplinas. Al mismo tiempo, la Teología Pastoral está centrada en el sacerdocio ministerial. Noppel da un giro de 180º al colocar como tema de la Teología Pastoral la edificación del cuerpo místico de Cristo y a dar lugar a la colaboración de los seglares.

Con F.X. Arnold hay un avance cualitativo al considerar que el objeto de la Teología Pastoral es “la figura total de la Iglesia” y se considera que la meta de la Teología Pastoral es de naturaleza científica y práctica, noción ratificada después en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Esta manera de concebir a la Teología Pastoral tiene algunas características notables: se respeta en toda actividad pastoral la parte de Dios y la del hombre, ocupando la acción divina el primer lugar. La Iglesia está al servicio del encuentro entre Dios y el hombre.

En Innsbruck inicia un proyecto de teología kerigmática en el que la Teología Pastoral toma distintos nombres: Teología de la Misión, Teología del Apostolado, etc.

Con el Concilio Ecuménico Vaticano II inició una nueva Teología Pastoral.

La publicación de un Manual de Teología Pastoral es el primer intento de construir la Teología Pastoral con categoría científica y se presenta como una teología existencial a partir de esta pregunta: ¿Qué tiene que hacer hoy la Iglesia?

La Teología Pastoral se presenta como una disciplina autónoma que, a partir de un análisis metodológico de la situación actual, desarrolla normas para la misión de la Iglesia.

La reflexión sobre la situación actual con ayuda de ciencias humanas, vista también con los ojos de la fe. El objeto material de la Teología Pastoral es, por tanto, toda la vida de la Iglesia (no las actividades del clero), por eso se estudian separadamente: a) Todos los miembros de la Iglesia y sus tareas, funciones y papeles para edificar la Iglesia; b) las funciones fundamentales: predicación, liturgia, sacramentos, etc.; c) el ser y quehacer de la Iglesia (conceptos sociales y sociológicos) y d) las principales estructuras formales.

Es decir, antes de que la Teología Pastoral dé indicaciones para la realización concreta de la Iglesia, se ha de aclarar qué puede y qué quiere alcanzar la Iglesia con su acción.

El objeto formal de la Teología Pastoral queda marcado por la situación actual. Su metodología es empírica y teológica, inductiva y deductiva.

A pesar de sus limitaciones, este manual marca un hito en el desarrollo de la Teología Pastoral.

Veamos ahora algunas teorías recientes:

La teología pastoral desde la realidad de Jesús. Desplaza el centro desde la eclesiología a la realidad de Jesús en la búsqueda de un criterio de lo que la Iglesia debe ser y debe hacer. Así, la Iglesia existe donde hay hombres que se comprometen con la realidad y dan testimonio de esperanza a todos los hombres. La praxis de los cristianos es el principal lugar teológico de esta teoría.

La teología pastoral como ciencia de la acción. Es un intento de legitimar la colaboración entre las ciencias de la acción (sociología, psicología, pedagogía, ciencias políticas y económicas y ciencias de la comunicación) y la teología pastoral. Las dimensiones fundamentales son organización, comunicación y pastoreo.

La teología pastoral como teoría funcional. La actuación de la Iglesia se presenta en dos campos fundamentales: la presentación y comunicación de sistemas fundamentales de valoración e interpretación y la ayuda en las situaciones de crisis y en los puntos cruciales de la vida. Su marco teórico lo proporciona la sociología de la religión.

La teología pastoral como teoría del pastor. Se renuncia a una teoría de conjunto a favor de una orientación pragmática, es decir, como una teoría del ejercicio del oficio del pastor.

La teología pastoral como teoría de la praxis de la Iglesia y de los cristianos. Su planteamiento básico es el binomio teoría-praxis. Esto supone y exige a) analizar la praxis de la Iglesia y de los cristianos con la ayuda de criterios previos y análisis de las ciencias psico-sociales; b) esclarecer la praxis de Jesús y a Iglesia primitiva y c) actualizar este conocimiento en la praxis actual.

Enero 2, 2009 Publicado por Jorge Luis | Historia, Historia Eclesiástica, Pastoral, Teología | | Aún no hay comentarios