El origen de la piñata mexicana
El origen de la piñata mexicana
De origen chino
Estimados amigos: Hoy quiero contarles la sorprendente historia del origen de la piñata mexicana. Seguramente has quebrado una piñata en las posadas o en tu fiesta de cumpleaños, pero te apuesto que no sabes el origen y el significado de las piñatas. Es algo sumamente interesante.
Fíjate que la piñata mexicana tiene sus antecedentes en China, donde romper la piñata era parte de una ceremonia propio de las celebraciones del año nuevo chino y generalmente representaban a animales como vacas, bueyes y búfalos. Como el año nuevo chino se celebra al inicio de la primavera, la fiesta está muy relacionada con la agricultura.
¿Quieres saber cómo era esta ceremonia? Se hacía la piñata con papel de diferentes colores y se le colgaban herramientas agrícolas; además, se rellenaba con cinco clases de semillas. La piñata era golpeada con varas de distintos colores por los mandarines, que eran funcionarios del gran Imperio chino. Al romper la piñata, las semillas caían y las piñatas quedaban vacías. Entonces se quemaba el papel y la gente se llevaba las cenizas a sus casas, pues pensaban que esto traería fertilidad y buenas cosechas a sus campos. ¿Te imaginas a todo mundo queriendo agarrar las cenizas? Seguramente era algo muy divertido.
La conexión italiana y española
Marco Polo, el gran viajero veneciano, llevó la idea de la piñata a Italia, donde se utilizó para la celebración de la Cuaresma. Aquí se le dio un sentido cristiano. El primer domingo de cuaresma se rompía la piñata, que se elaboraba de brillantes colores. Con ello se quería representar al Demonio, que presenta siempre la tentación de forma llamativa y sumamente atractiva. Pues bien, romper la piñata era una manera de decir que se estaba dispuesto a romper con el Demonio y a decirle no a las tentaciones.
Esta forma de celebrar la Cuaresma pasó a España, el país de donde vinieron los misioneros que evangelizaron a nuestro país. En España se celebraba también el primer domingo de Cuaresma en el que se hacía una representación a la que se le llamaba “El baile de la piñata”, donde se escenificaba, al romper las piñatas, el deseo de acabar con el mal, convertir el corazón para que se volviera a Dios y así poder recibir los bienes eternos.
La piñata mexicana:
un recurso didáctico para la evangelización
El mes de mayo de 1533 fue la llegada de los misioneros agustinos a nuestro país. Ya antes habían llegado los franciscanos, en 1524, y los dominicos, en 1526. Fueron los agustinos quienes introdujeron la celebración de las tradicionales posadas, que incluían las piñatas y lo hicieron en el Convento de Acolman, en el actual Estado de México.
Las piñatas se hacen de una olla de barro, que se reviste de papeles multicolores y sumamente llamativos. Se le da la forma de una estrella de siete picos, que representan a los siete pecados capitales y, por tanto, al Demonio, el seductor por excelencia.
¿Sabes cuáles son los siete pecados capitales? Seguramente recuerdas solamente algunos, por eso voy a decírtelos completos. Y te los diré de una forma muy fácil de recordarlos. Yo les llamo PEGASIL a los siete pecados capitales, porque son muy pegajosos. Acuérdate de PEGASIL y recordarás fácilmente los siete pecados capitales, que son Pereza, Envidia, Gula, Avaricia, Soberbia, Ira y Lujuria. Te los repito para que te fijes en la primera letra de cada pecado y descubrirás porque les llamo PEGASIL: Pereza, Envidia, Gula, Avaricia, Soberbia, Ira y Lujuria.
¿Por qué se les llama pecados capitales? Fíjate que la palabra capital viene del latín y significa lo que se refiere a la cabeza. Se les llama así porque son cabeza de otros pecados, puesto que generan y dan origen a otros vicios y pecados.
Pues bien, la piñata era y es un medio de evangelización. Romperla es romper con el demonio y con el pecado, especialmente con los pecados capitales. Se trata de no caer en la tentación.
El que va a romperla, tiene los ojos vendados. Esto representa la necesidad que tenemos del discernimiento que nos viene de la fe. Discernir es distinguir. Y vaya que es necesario, pues cuando queremos romper la piñata hay muchas voces y gritos a nuestro alrededor. Y nosotros necesitamos distinguir entre los que nos orientan adecuadamente y los que quieren distraernos para que no le peguemos a la piñata.
Así es la vida cristiana. El cristiano tiene que distinguir a quienes desean llevarlo por el buen camino y a quienes buscan su perdición, evitando que rompa con el pecado.
Para lograr romper con el pecado, es necesario imitar a Cristo. Por eso, antes de romper la piñata y estando ya con los ojos vendados y con el palo en mano, al cristiano se le hacía dar 33 vueltas, que representan los 33 años que vivió nuestro Señor Jesucristo, pues nosotros, los que creemos en él debemos seguir su ejemplo, como lo dice la primera carta de san Pedro, capítulo 2 versículo 21: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”. Si te parecen excesivas, también pueden ser sólo siete vueltas, que representan las siete virtudes que necesitamos practicar para vencer a los siete pecados capitales: Diligencia, Amor fraterno, Templanza, Generosidad, Humildad, Mansedumbre y Castidad.
El palo con que se rompe la piñata representa la gracia santificante que nos da el bautismo y que recuperamos por el sacramento de la confesión. Esta ayuda de Dios es la que hace posible que podamos romper con el Demonio y sus seducciones.
Al romper la piñata y decirle no a la tentación y al pecado, el cristiano obtiene los dones y las gracias que Dios promete a sus hijos y que anuncian la salvación definitiva a la que hemos sido llamados.
Estos dones no son sólo para nosotros, pues cuando vencemos al Demonio, la gracia se derrama sobre nosotros y nuestros familiares y amigos, sobre toda la Iglesia. Todos recibimos los beneficios.
Acuérdate: Si no vencemos a la tentación y caemos en el pecado, nuestros seres queridos no se beneficiarán de nuestra victoria.
Por eso el estribillo que se entona mientras alguien intenta romper la piñata es muy cierto:
Dale, dale, dale,
no pierdas el tino
porque si lo pierdes
pierdes el camino.
Esta pequeña estrofa es una invitación a afinar la puntería, a no perder el tino, es decir, a no perder la destreza necesaria para dar en el blanco.
Se trata de no perder el camino, que es nuestro Señor Jesucristo. Acuérdate que él es el camino, la verdad y la vida y que creer en él y romper con el pecado son cosas necesarias para alcanzar la salvación.
Por eso, cada vez que te inviten a romper la piñata recuerda que no es sólo un juego. Es toda una catequesis que nos invita a decirle no al pecado y si a nuestro Señor, que tanto nos ama. Es una profesión de fe.
Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa
Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa
Monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España
MADRID, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Pubicamos un artículo que ha compartido con ZENIT monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España, sobre el último libro de Benedicto XVI, “Luz del mundo”.
* * *
Sucedió que nos encontrábamos en Roma con motivo del cardenalato del arzobispo emérito castrense monseñor José Manuel Estepa, cuando estalló la bomba informativa sobre la publicación en L´Osservatore Romano de un extracto del histórico libro La luz del mundo, una larga conversación de Benedicto XVI con el periodista alemán Peter Seewald, que ya lo había entrevistado siendo cardenal y que había dado como frutos dos recomendables libros como fueron La sal de la tierra y Dios y el mundo.
Este affaire disparó las alarmas de aquellos que veían en ese adelanto de publicación, un incumplimiento del embargo del libro. También, el hecho de que sólo se publicase, entre otras, una pequeña sección donde el Papa habla de la sexualidad y de paso toca el tema del preservativo, motivó que gran parte de la opinión pública se centrará en el discutido uso del profiláctico, relegando a segundo plano los demás puntos de un libro que es una joya para creyentes y no creyentes. A ello respondió Seewald con gran carga de ironía: “el periodismo pasa por una crisis…, el mundo se hunde, y la mitad del mundo periodístico está discutiendo de preservativos. ¿No es ridículo? Aquello era un comentario sobre el viaje de África, y se ha vuelto a comprobar que nadie se interesa por los problemas de los africanos”. El portavoz de la Santa Sede, el jesuita P. Federico Lombardi, tuvo que salir a la “palestra” con una nota revisada por el mismo Benedicto XVI sobre la interpretación correcta de lo que se dice en el libro del Papa (página 131), el cual: “no reforma o cambia la enseñanza de la Iglesia sino que la reafirma en la perspectiva del valor y la dignidad de la sexualidad humana como expresión de amor y responsabilidad”.
¿Qué ha sucedido en todo esto? Algunos opinan que fue una falta de cálculo en la repercusión mediática acerca de la publicación adelantada de ese extracto. Sin embargo, conociendo la altura profesional del director del L´Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, y de cómo se toma estas decisiones en el Vaticano, nos hacen dudar de que eso y otros elementos no se hubiesen tenido presente. Lo curioso de esta polémica es que ya sabíamos de la existencia de aquellos que creen que todo en la sexualidad se resuelve con el preservativo y que no quieren oír hablar de abstinencia y fidelidad frente al sida y otros males. En cambio de pronto, han surgido “unos exégetas papales” que son más “papistas que el Papa” y que se resisten a aceptar el sentido común que muestra el Santo Padre cuando afirma que: “podrá haber casos fundados de carácter aislado” donde el uso del preservativo sea “el primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia del hecho de que no todo está permitido y que no se puede hacer todo lo que se quiere”. Frente “a la mera fijación del preservativo que significa una banalización de la sexualidad”, Benedicto XVI propone algo tan hermoso como el camino de la humanización, de la responsabilidad y de la valoración positiva de la sexualidad. Esto lo entiende todo el mundo. Lo que verdaderamente enreda son precisiones academicistas que confunden al gran público y da una mala imagen de la Iglesia.
Reducir toda la entrevista a una frase sacada del conjunto de la obra, constituye una ofensa al pensamiento y a la inteligencia del Papa Ratzinger y una instrumentalización gratuita de sus palabras tanto por unos como por otros. En cambio, el panorama general que nos encontramos en sus 227 páginas es la visión personalísima, apasionante y esperanzadora de una Iglesia que está llamada a serLuz del mundo.
El texto está dividido en tres partes, que coinciden con los tres términos del subtitulo de la obra: El Papa, la Iglesia, y los signos de los tiempos. Se divide en 18 capítulos, a lo largo de los cuales se distribuyen las 90 preguntas formuladas por el periodista y referidas a temas que van desde el escándalo de los abusos sexuales al ecumenismo, desde el diálogo con el judaísmo y el islam al caso Williamson, sin faltar los desafíos de la modernidad, así como las notas más personales de la vida cotidiana de Benedicto XVI.
Ello nos revela un sucesor de Pedro que es sabio y piadoso, que destila mansedumbre y a la vez valentía, que no tiene miedo a ninguna pregunta y desea aclararlo todo, con un lenguaje sencillo, sin complicaciones y lleno de optimismo cristiano. Él tiene muy claro que “ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación a Él” (pág. 22).
Ciertamente que este libro no es una encíclica, una constitución apostólica, una bula, ni nada por el estilo. No lleva fuerza dogmática ni canónica. No hay precedentes en esta forma nueva de comunicarse el Papa con la Iglesia y el mundo. Pero está en consonancia con la teología de los “nuevos areópagos” y el Magisterio eclesial sobre los medios de comunicación social. Además, en las actuales circunstancias tan adversas por la que atraviesa la Iglesia católica, es de una gran audacia evangélica salir ante la opinión pública con este tipo de libro-entrevista.
Tenemos que congratularnos por el contenido y la forma de esta obra que enriquece el pensamiento cristiano e ilumina la problemática de la sociedad actual. Recomendamos vivamente su lectura y a través de ella, podremos conocer mejor la mente y el corazón de este “nuevo Padre de la Iglesia” que es Benedicto XVI.
A George W. Bush
A George W. Bush
Tú no eres el dueño del planeta.
Sólo eres un tirano vestido con piel de oveja
a la cabeza de la nación más poderosa de la tierra.
Escúchame bien:
No tienes el derecho de decirnos:
“El que no está con nosotros, está en contra de nosotros”.
No tienes la legitimidad
para vendernos la democracia “made in USA”,
ni a nosotros ni a los que llamas,
sin demostrarlo,
los países del “eje del mal”.
No tienes ninguna autoridad para decirnos lo que tenemos qué hacer.
No hemos votado por ti
ni te hemos elegido emperador del mundo.
¿Acaso no escuchas el repudio de los que trabajan por la paz
alrededor del mundo?
¿No te dicen nada las marchas y las manifestaciones multitudinarias
de todos aquellos que se oponen a tu agresión cobarde?
¿No te informan tus asesores
de lo que pasa en las ciudades más importantes de tu país?
¿No te has dado cuenta que muchos de tus conciudadanos
no están a favor de tu invasión sangrienta?
Quiero que sepas una cosa:
Aunque pronuncies el nombre de Dios en cada uno de tus discursos,
no pienses que él apoya cada una de tus agresiones.
Él es el Dios de la vida
y tú estás al servicio de la muerte.
Afirmas que Cristo ha cambiado tu vida.
Presumes que has experimentado un “renacimiento espiritual”.
¿Así es como lo demuestras?
¿Asesinando inocentes y mutilando a seres humanos indefensos?
Eres tan listo
como tus bombas “inteligentes”.
Por eso nunca darás en el blanco
y errarás en tus apreciaciones.
Sabemos bien cuál es tu manera de proceder.
No puedes ocultar más que eres un represor y un asesino.
La sociedad civil internacional
ya no está dispuesta a quedarse callada.
Sumaremos esfuerzos
y saldremos a las calles y a las plazas
para manifestar nuestro rechazo a lo que tú llamas “guerra”
y nosotros llamamos invasión.
Nos expresaremos en todos los idiomas
contra tu terrorismo de Estado.
No somos títeres que puedas mover a tu antojo.
No nos engañarás con tus argumentos.
No dejaremos que tú y tu gabinete de guerra
decidan el futuro del planeta y lo moldeen a su antojo.
Escúchanos bien:
Tú no decidirás el “nuevo orden mundial”.
No dejaremos que continúes por el camino del unilateralismo.
A tus pretensiones hegemónicas,
opondremos nuestra lucha por un mundo más justo y solidario,
en el que podamos vivir todos,
sin exclusiones ni desigualdades de ningún tipo.
A tus ansias de dominar el mundo,
opondremos nuestros desvelos por conservar la libertad de nuestras naciones
y de nuestras conciencias.
Si algún mérito tienes
es el de haber suscitado con tu belicismo
una nueva conciencia por la paz
de dimensiones planetarias.
DE LA BELLEZA A DIOS
CONVERTIDOS DEL SIGLO XX.
Wilibrordo Verkade
(1863-1946)
Por Juan Pedro de Ry.
Juan Verkade, transformado en Dom Wilibrordo Verkade, ha escrito su autobiografía en un libro titulado Die Unruhe zu Gott (El Tormento de Dios). Su drama interior no eclipsó su buen humor; pero no halló la paz más que después de haber encontrado a Dios.
Después su infancia se sintió fascinado por la belleza; una multitud de «señales» le orientaron hacia la Iglesia Católica, y ya en ella, hacia la vocación religiosa.
Como su alma era capaz de silencio y desprendimiento, pudo interpretar esas señales y reconocer a Aquel que le llamaba. Tuvo también el valor de seguirle.
¿Hombre de negocios o artista?
El 18 de septiembre de 1863, en casa de los Verkade, en Zaandam, venían al mundo dos gemelos, Juan y Enrique. Esta familia, que constara de tres hijas y cinco hijos, era una de aquellas viejas familias protestantes holandesas enraizadas en una «santa y solida tradición burguesa, en la que el sentido del deber, cortesía, honradez y rectitud son cosas naturales».
Miembro de la «Doopsgezinde Kerk», Verkade el padre no admite el bautismo de los niños, y los dos bebes se quedaron sin ser bautizados.
Como suele suceder, los dos gemelos no se separaron nunca, sobre todo cuando se trataba de hacer alguna travesura. Juan revela ya sus facultades imaginativas. Siempre es él que compone el escenario de la broma, y los dos la ejecutaran.
En casa se habla a veces de Dios y de Jesucristo. Pero es de una manera fría e imprecisa. Antes de la comida, los niños oran en común; es la única oración en familia. Durante la semana viene a casa una modista católica. Atraído Juan por su talento narrativo, charla a gusto con ella. A veces sucede que ella le habla «del párroco, de la familia Cuypens, tan profundamente católica, en cuya casa iba a coser cada semana», de la confesión y de la oración.
No lejos del hogar hay una iglesia católica. Juan entra en ella algunas veces por curiosidad. Concibe entonces la idea de un altar con un santo ante el cual intenta orar. Pero no sabiendo qué decir, destruye su obra.
En la escuela, los dos gemelos explotan su parecido sin empacho ninguno para armarle jugarretas al maestro. El señor Kerkard decide enviar a sus hijos a un internado; allí un pastor hace la catequesis. Juan escucha o… escribe su correspondencia.
Un día se habla del misterio de Pentecostés. El reverendo pastor explica que el milagro de las lenguas del fuego no es más que una piadosa alegría. Una tal exégesis desconcierta el cerebro de Juan. «Pero –piensa- hay que admitir lo que dice este sabio. El lo sabe mejor que nosotros, ya que ha estudiado mucho: no importa que en el texto esté la cosa tan evidente.»
El internado no consigue calmar la exuberancia de los dos muchachos, y los padres los vuelven otras vez al hogar, en Amsterdam, en donde vive ahora la familia. Los dos inseparables son enviados a una escuela de comercio. Juan se acomoda a ella; pero más que a los cursos de contabilidad, está interesado por las tiendas de antigüedad y las galerías del «Trippenhuis», el «Rijksmuseum» de entonces, por donde vagabundea las tardes de los días de vacaciones.
Un día Juan hablo de estudios artísticos. Su padre le puso varias objeciones; cuando tuvo de que no se trataba de un capricho, el autentico liberal tuvo bastante amplitud de espíritu para no oponerse ya a los planes de su hijo. Más aún: le confió un pintor de fama, el pintor Haverman, bajo cuya dirección Juan preparó el examen de entrada en la Academía de Bellas Artes.
A los dieciocho años, poco convencido de la verdad de la religión de la familia, se negó a recibir el bautismo.
Otra elección iba a ser decisiva para su porvenir. Después de varios meses en la Academia, comprobó lo aleatorio de la vida del artista. Los negocios de su padre le abrían sus brazos. Dudó. Finalmente, dejando las comodidades, escogió la Belleza.
Carrusel de sensaciones…
«En agosto de 1884, mi hermano y yo pasamos parte de nuestras vacaciones a orillas del Mosa. Llegamos a Colonia un sábado. Después de haber estado en el hotel, fuimos a la catedral. La espléndida nave estaba casi a oscuras. En el crucero de la izquierda ardían varias luces. De la tribuna de cantores se elevaba un canto a cuatro veces; no se veía más que la batuta del director marcando lentamente el compás.
» El canto no era en tono fuerte, sino dulce y ligero, y pasaba entre las altas bóvedas como un viento entre los árboles. Fue ése un momento verdaderamente solemne. Estábamos los dos profundamente emocionados.
» Me acuerdo de que dejé escapar estas palabras: « ¡Verdaderamente, hay para hacerse católico!»
» Se oyó el sonido de una campanilla desde el coro. Se adelantó un sacerdote, llevando alguna cosa. Iba precedido de un muchacho que balanceaba un incensario. Otros dos llevaban cirilos.
» La campanilla se acercaba más y más hacia nosotros…
» Ahora larguemos –dije-, y emprendimos la huida ante el Santísimo Sacramento.
» ¡Ay! ¡Cuántas cosas nos hemos dejado escapar en la vida por no haber querido esperar!»
El tono de esta narración y el hecho de que Verkade, muchos años más tarde, recuerdo que este episodio con todos su detalles, prueban hasta que punto, aun desde su más tierna edad, era sensible al aspecto estético de las ceremonias de la Iglesia.
Verkade tiene ahora veinte años. No es más que juventud e ímpetu hacia lo Bello. Pasión sencilla y feroz que se cree capaz de las mayores empresas.
Pronto se da cuenta del abismo que media entre la realidad y el sueño. Este sentimiento de impotencia le abrasa y le irrita. Le parece que la solución es lanzarse a una vida de sensaciones y de impresiones fuertes.
Lo que en otros hubiera sido un cambio de perdición, en Karkade no es ni siquiera una tentación de vulgaridad. En esta búsqueda de la emoción, el sentimiento de los limites y hasta donde puede llegar, no le abandona nuca. Más aún: de la fuente envenenada consigue filtrar el agua pura. El veneno en Balzac, Flaubert, Zola, Turguenev, Dostoievski, esos seductores cuyo veneno naturalista y antirreligioso se disimula bajo la caricia del estilo.
Y el agua pura es:
«Hombres y cosas de Francia y Rusia han sido hasta tal punto impregnados de catolicismo, que una descripción objetiva de aquellos, como se encuentra algunas veces bajo la pluma de estos autores, evoca infaliblemente el Cristianismo que las ha modelado.»
Solicito por todos los atractivos del Universo, Verkade comienza a sentirse incómodo en los estrechos límites del techo paterno. Más de una vez prefiere la alegría bulliciosa de las tabernas.
«A veces reía de todo corazón y me divertía en grande; pero raramente podía dejar de pensar: Has sido creado para algo mejor que para todas esas estupideces.»
En determinados días se siente hundido en una mar de tristeza de tedio. Un instinto de conservación le instiga a huir de la ciudad:
«Siempre la grande naturaleza de Dios ha ejercido sobre mi una influencia pacificadora y purificadora y purificante. En la sociedad y en el silencio, en el resplandor maravilloso de la belleza que me rodea por todas partes y que yo quería expresar en líneas y en colores, me sentía otro hombre.»
Va a vivir en una pequeña ciudad del valle de Ijssel, en Hattem. Cuando hace mal tiempo, pinta en su taller; cuando aparece el primer rayo de sol, sale a la calle. Un día le sorprende la lluvia; abre encima del caballete el gran paraguas que habitualmente le hace el oficio de sombrilla. Pasa por allí un tipo, al que invita a compartir su refugio. El hombre le cuenta que al volver de un cabaret, lleno de cólera, ha hecho añicos el mobiliario del dueño y ha huido; quizá la Policía está ya sobre su pista.
«Ya vereís, señor; Dios castiga el mal ya en este mundo. ¿No lo cree usted?» Verkede responde: «¿De verdad que hay un Dios?» El otro replico: «Cuando tenia diecisiete años dude alguna ves de ello: ahora estoy cierto de que hay un Dios. Puede usted contar con eso. Créame, es completamente cierto…»
Aún resuena en mí las palabras de aquel hombre. ¡Y es que fueron dichas con tal sencillez y con una convicción tan absoluta! Además, era toda la naturaleza que me rodeaba la que me gritaba con este pecador desconocido y arrepentido: «¡Hay Dios!»
Estando en Hattem no le abandono su sed de literatura moderna. Embebido en las Confesiones, de Tolstoi, choca con la afirmación de que, a la larga, sólo Dios puede satisfacer nuestro deseo de felicidad. Fijaos: únicamente Dios. ¡Ni el arte! Y esto, escroto por la pluma de Tolstoi. Que lo era todo menos un santo. Verkade no volvió de nuevo sobre ello.
«El arte lo había sido todo para mí. Ocupaba el puesto que hubiesen ocupado la esposa, los hijos, la riqueza, la alegría, en una palabra: todo. Ahora comprendo mi locura.
»He de aclarar con todo que la entrega incondicional de mi persona a la Belleza ha sido para mi una fuente de bendiciones. Pues así se desarrolló muy pronto en mí un espíritu de decisión que me empujaba sin duda hacia un bien más elevado desde que éste se me había revelado como tal.»
La obra A rebours, de J.K. Huysmans; ciertas estrofas de Bauderaire y de Varlaine, leídas en esta época, maduraron en el la inquietud de Dios. El problema que, desde que rehusó bautizarse, se había prometido examinar más tarde, le atenazaba más y más.
En febrero de 1891, Verkade deja Hatteb y Holanda y sale para parís. ¡Zola y Daudet habían hecho brillar tantas veces ante él los encantos dela ciudad inspirada!
En aquellos finales de siglo. París fermentaba bajo un cúmulo inusitado de ideas y tendencias. El café Voltaire, frente al Odeón, era el lugar de reunión de los simbolistas. Juan Verkade se sintió enseguida en comunión de ideas con la nueva escuela. Como Mallarmé, como Retté, futuro convertido también, y otros, ¿no andaba igualmente él el busca de ese «complemento del alma», ausente de un mundo que no buscaba más que el progreso científico?
Una parecida corriente espiritual se esbozaba en ciertos medios artísticos. La escuela de los «Nabis» agrupaba a los más fervientes partidarios de esta nueva tendencia.
Gauguin, sobre todo, daba el sello a la escuela con su fuerte personalidad. Decía: «Una obra de arte es no sólo un negocio de habilidad, sino también del alma. Es un doble nacimiento: un nacimiento en el espíritu y en la tela.»
Sérusier pensaba lo mismo: aunque teósofo, en el fondo de su corazón había permanecido pegado a la fe de sus antepasados. De todos los «Nabsi», él «el Nabi de la barba rutilante», fue el que tuvo más influencia en Verkade, su amigo íntimo.
«Bien que al principio las teorías de mi amigo me dejasen indiferente – más tarde la adopté casi todas-, no tardaron, sin embargo, de obrar en mi un retorno. Ya, al cabo de un mes, admitía una más alta realidad que la de los sentidos, y poco a poco reconocía la existencia del alma y su inmortalidad.»
Un solo en el grupo había permanecido católico convencido; un alma transparente y luminosa: Mauricio Denis, «el Nabi de los hermosos iconos». Tenía veinte años cuando le encontró Verkade:
«Al tratarle experimente con agudeza todo lo que mi educación tenía de unilateral y de deficiente. Instintivamente comprendí las riquezas que la fe había aportado a este joven artista…»
Un día Gauguin anunció su partida para Tahití. Alma generosa, el primero de los Navis lo abandonaron todo, incluso el éxito, para marchar hacia esas islas lejanas y magnificas en donde pensaban que le llamaba el ideal de belleza. En la comida de despedida, Verkade fue presentado al último de ellos, Mosens Ballin. Era un danés, lleno también de inquietud y en busca de algo mejor.
A los pocos días, Verkade y él se encontraron una tarde en un dancing del barrio latino. Las parejas rodaban sin parar. A los pocos momentos, Ballin tuvo ya bastantes. Verkade se le juntó y simpatizaron. De común acuerdo decidieron no permanecer por más tiempo en París, en donde no hacían nada bueno, y trasladarse a Bretaña. Sérusier había hablado ya de ello a Verkade. Allí estaba el gran arsenal de trabajo de los Nabis. Lejos de la disipacíon de la capital podrían trabajar juntos.
Bretaña, tierra de fe…
Los dos amigos se instalaron en Pont-Aven; después en Huelgoat. En seguida experimentaron el encanto bucólico de la campiña bretona. Pero lo que les cautivaba por encima de todo era, mezclado a este paisaje idílico, la atmósfera de fe profunda y sencilla que se respira en toda Bretaña, en su cuadro de capillas, calvarios y procesiones, entre una población robustamente creyente y tan hospitalaria.
A las tres semanas de estar allí, se les juntó su amigo Sérusier.
«Una tarde, Sérusier, dirigiéndose a mi, me dice a quema ropa: ¿Has notado que las creaturas no son igualmente perfectas, bien que cada especie lo sea en su género? La planta tiene una vida superior a la de la roca, y el animal, una vida superior a la de la planta. El hombre, ser a la vez corporal y espiritual, está a su vez por encima del animal. ¿No hay nada más por encima del hombre y no parece más lógico que haya otras criaturas que no tenga cuerpo, sino que sean espíritus puros, criaturas que llamamos ángeles?
» Ciertamente –le dije- esto me parece verosímil.
» Pues bien –continuó Sérusier-: ¿no nos lleva esto a admitir la existencia de un Ser que esté, por así decir, en lo más alto de la escala que nosotros podemos levantar, dada la perfección gradual de las criaturas hacia Él, hacia Dios?
» Hay que decir que Sérusier, consciente o inconscientemente, no establecía una diferencia muy precisa entre «ser absoluto». Pero a partir de este momento, he creído en Dios como un Ser un quien está lo mejor y lo más perfecto.»
En Paris, Verkade había entrado varias veces en la iglesia, pero como diletante. En Huelgoat asiste por vez primera a la misa. No sabía sillas en la iglesia; al Sanctus, todos los hombres se arrodillaron.
«¿Cómo? ¿Yo arrodillarme? Mi orgullo protestaba con todas sus fuerzas contra semejante humillación. Pero yo estaba allí en pie, sobresaliendo de entre todos; no podía hacer otra cosa y me arrodillé como los demás. Cuando los hombres se levantaron, también me levanté. Pero al levantarme algo había cambiado en mí. Era ya católico a medias, pues mi orgullo se había quebrantado. Me había arrodillado.»
A la alegría del primer acto de adoración sucede un periodo de inquietud vacío, de abandono. «Pero Dios no me dejaba.»
Se pone entonce a maldecir «aquellas ganas satánicas de hacerse católico». En Bretaña, estas ideas van tomando cuerpo: ¿las disiparía quizá unas vuelta a Holanda?
De hecho, las calles de Amsterdam le hunden en aquel clima materialista y humanamente limitado de otro tiempo; pero venida la noche, lo que ha vislumbrado en Bretaña, no descansé hasta haber aclarado esas cuestiones de la fe.»
Al cabo de algunos meses, vuelve, efectivamente, a Bretaña. Se instala en Saint-Noff, pueblecito con hermosa iglesia gótica le une Ballin. Juan se siente contrariado: «¡Estaba tan bien en mi soledad y me sentía tan feliz en el camino de la fe católica!» Y cuando Ballin ataca a la Iglesia católica, él la defiende de la mejor manera que sabe. «Yo la amaba antes de poder creer todo lo que ella enseña.» Pues tiene todavía varias objeciones, aunque, a decir verdad, sólo sobro puntos secundarios.
«Decidí apagar mi sed en la fuente de la misma Verdad. Lei y relei el Nuevo Testamento. Para mi era claro; los evangelistas amaban la verdad y querían decir la verdad. Cuando comparé después lo que había leído con lo que se encuentra en el catecismo romano, tuve que confesar entonces que concordaba el uno con el otro…»
Pero ¿no seria también él un calvinista como los miembros de su familia?
«¡Nunca jamás! –responde-. He encontrado demasiadas divisiones fuera de la Iglesia católica, para buscar mi salvación por este lado. Yo estaba también asombrado del liberalismo religioso de mi familia y de la frialdad de la liturgia protestante, y me decía: si me haga cristiano, entonces lo seré de verdad, y de verdad para mí, quería decir católico.»
Sin embargo, duda aún. Desgarrado por impulso contradictorio, ora. El socorro le viene en forma de un guía que va a ayudarle a franquear los últimos obstáculos: el Padre Le Texier, uno de los dos jesuitas encargados de predicar la misión en Saint-Nolff.
Cuando Verkade y Ballin supieron que los jesuitas llegaban al pueblo, se marcharon a la ciudad vecina. Pero… las pulgas le echaron de ella, y creyendo ya terminada la misión, volvieron a Saint-Nolff…»
El viejo misionero le pareció a Verkade tan inofensivo y tan bueno, que le hizo todas sus confidencias. Como director experimentado, el Padre Le Texier alabó todo lo que encontró de bueno en Verkade y dejó libre curso a la evolución de su vida espiritual. Otro Padre del colegio de Vannes puso en sus manos un ejemplar de La explicación de la fe católica, de Giroden.
«A fin de cuentas, es aún más fácil creer todo lo que dice la Iglesia católica. Todo lo que has oído y leído hasta el presente exige más fe que la despiadada lógica de la doctrina católica.»
El 26 de agosto de 1893, en la capilla del colegio de los jesuitas de Vennes, recibía el bautismo y hacia su primera comunión. Provisionalmente, sólo fue informado de ello su amigo Ballin.
Fervor de neófito.
En las semanas siguientes, su alma abundaba en la felicidad de la posesión sentida de Dios. Era el momento adecuado para visitar la Italia soleada y católica.
Florencia, Fiésole, Siena, Roma, Asis, las maravillas acumuladas del arte cristiano y, por encima de todo, los primitivos italianos, le arrebataban y alimentan su joven entusiasmo de convertido. Para colmo de felicidad, puede ahora compartir todas sus emociones con Ballin, quien en Florencia ha recibido el bautismo.
Las simpatías de los dos amigos van dirigidas a los conventos y a la espiritualidad franciscana, que se armoniza muy bien con sus temperamentos de artistas. No contentos con inscribirse en la Tercera Orden de San Francisco, quisieran llevar el hábito e ir a predicar por el mundo. La Cuaresma de este año la pasan en un ayuno riguroso. En Roma, Verkade pide y obtiene del Superior General de los Franciscanos el permiso para pasar varios meses en el convento de Fiésole. Es una maravilla de convento, como lo que vemos en los cuadros de Fray Angélicos.
«En la atmósfera religiosa del convento, mi alma prosperada maravillosamente. Era para mi la aurora de una nueva vida.»
En la medida en que se lo permiten, comparte la misma vida de los monjes. A la hora del recreo se junta a los jóvenes religiosos, cuya frescura de alma y delicada caridad le encantan.
La lectura de la Historia de un alma, de Santa Teresita de Lisieux, y, sobre todo, los libros de San Agustín, profundizan su vida interior.
«A menudo interrumpía mi lectura y reflexionaba sobre lo que acababa de leer. Entonces, insensiblemente, los pensamientos palidecían; después, se extinguían; pero yo no me quedaba solo. No era sólo el silencio con sus ruidos y sus suspiros lo que me rodeaba. No. Alguien esta presente. Me envolvía. Estaba en mí. Y cuando me levantaba y me iba. Él me acompañaba. Y si yo me paraba, Él me esperaba.
»Como resultaba fácil el orar, era feliz.»
Cuando pensaba en el porvenir, se veía ir de convento en convento, pagando la hospitalidad de los religiosos con la composición del tal o cual fresco. Le vino entonces la idea de establecerse fijamente en uno de estos oasis de paz; pero entonces pensaba en la Orden de los Cartujos.
Últimos pasos en el mundo.
Entre tanto, en Amsterdam, la familia deseaba volver a ver al vagabundo: imposible diferir por más tiempo el anuncio de su conversión. Menos aún podía hacerlo, ya que su padre reclamaba de él precisase sus proyectos para el porvenir.
Poco ante de su vuelta, Juan anuncio por carta el gran cambio que se había operado en él.
Su padre y su madre hablaron de ingratitud y de traición. Ante la firmeza de Juan, acabaron por inclinarse, y cuando comprobaron que podía contar siempre a ser cordiales.
Para volver a Holanda, Juan dio una vuelta por Alemania. Deseaba ver la famosa abadía benedictina de Beuron, de la que había oído hablar en Italia. Además del esplendor litúrgico de un coro de ciento cincuenta monjes, dando a la interpretación del canto gregoriano acentos de Paraíso, encontró allí un equipo de monjes pintores, que bajo la dirección del Padre Desiderio Lenz, trabajaban desde hacia varios meses en el decorado de la abadía. Todo estuvo muy lejos de dejarle indiferente, pues al despedirse de los monjes les prometió volver.
En Amsterdam encontró la atmósfera de la casa exactamente como la había dejado: ¡cómo contrastaba con la trasformación que se había operado en él durante ese tiempo!
«Me encontré de repente en un medio que se había hecho extraño, en una ciudad burguesa de Holanda, anclada en sus costumbres y tradiciones. Tenía la impresión de estar seguro en una pequeña ciudad rodeada de murallas y fosos, pero estrecho. Estaba a punto de ahogarme.»
Algunas semanas después de su regreso, recibió una carta de Ballin. Este le invitaba a su casa en Copenhague, para organizar allí una exposición «Juan Verkade».
Más por marcharse de la casa paterna que por la ilusión de conseguir éxitos, por otra parte hipotético, Verkade no dudó un momento y de nuevo abandonó Holanda para ya no volver nunca.
El «Salón Juan Varkade» fue un éxito. Casi todos los cuadros y esbozos encontraron comprador. Las crónicas artísticas de los periódicos consagraron al paisajista de Bretaña elogiosos artículos. Fueron dadas recepciones en su honor, a la que se abandonó más de la cuenta… Estas concesiones hechas a los placeres mundanos disminuían su fervor religioso. A la vuelta de esas fiestas, oleadas de remordimientos le inundaban: «Es repugnante, ¡es la última vez que me pasa esto!», concluía Verkade después de un breve examen de conciencia hecho en común con Ballin, con el que compartía el aposento. Y al día siguiente, en la iglesia, las lágrimas de contrición le hacían entrar de nuevo en contacto con Dios.
Esas experiencias desgraciadas llevaban su espíritu a los puertos de paz de Fiésole y de Beuron. De esta manera, en medio dela gran ciudad, maduraba y se fortificaba su decisión de abandonar el mundo definitivamente.
Tal pensamiento le llenaba de alegría. En este momento preciso encontró a Jöergensen, el célebre escritor danés, que también buscaba la Verdad.
«Es precisamente mi alegría lo que impresionó tan fuertemente a Jöergensen. Pues no era feliz y tenía un gran deseo de serlo. Y había llegado a la convicción de que la Verdad nunca puede hacernos desgraciados, mientras que la insatisfacción de corazón es un criterio irrecusable de un extravío de la inteligencia.
»Por eso se preguntaba: Ballin y Verkade, ¿no estarán en la verdad? ¡Los dos son tan felices!
» El Domingo de Rames le di un ramo bendecido y le dije riendo: «Toma, es para ti, te traerá la felicidad.» Yo había dicho esto sin parar mientras en ellos. Pero más tarde Jöergensen me confió la impresión que le habían hecho estas palabras. Estaba precisamente buscando la felicidad.»
Beuron.
El 26 de abril de 1894, Verkade hacia una vez más sus maletas.
«Verdaderamente tenía prisa por volver a encontrar la católica y calidad atmosféricas de los países meridionales que el Norte honrado, pero frio, me hacia echar de menos.»
Decidió pasar por Berlín para dirigirse a Italia. Al cabo de un día, la vida tumultuosa y superficial de aquella capital tentacular le resultó insoportable.
«Ya no era yo aquel fogoso joven de hace dos años llegando a París con el corazón lleno de esperanza. Desde entonces había aprendido a conocer la alegría que no atrae en tanto no se la gusta, pero de la que uno siente verdaderamente hambre cuando la ha experimentado.»
Después, remontando el valle naciente del Danubio, llegó a Beron. Encontró al Padre Desiderio Lenz, quien le explicó largamente sus teorías estéticas de Números y Medidas y le hizo entrar en el espíritu de la escuela de Beuron. Vio al mismo tiempo en los numerosos frescos de la iglesia y de los claustros lo que podía la colaboración de un equipo de artistas animados por el mismo espíritu y guiados por el mismo maestro. Era la realización de lo que él mismo había soñado, pero muy imperfectamente realizado, con el grupo de los Nabis.
¿Qué cosa había mejor para él que juntarse a esta escuela? Un medio semejante, ¿no realizaba plenamente todas sus aspiraciones espirituales y artísticas?
«A fin de cuentas, ¿no era ya benedictino de corazón? Me gustaba la solemnidad de sus ejercicios de piedad, el ritmo de la oración en el coro, el esplendor del canto gregoriano. Me gustaba lo natural, la sencillez de su comportamiento, unido a la corrección y distinción de sus formas. Me gustaba su espíritu de disciplina y de trabajo, su vida de silencio y de oración.
»A la verdad, no había ninguna costumbre del monasterio por la cual yo no insistiese una alta estima.»
Verkade fue a ver al Padre Abad. Cuando llegó el momento de plantear la cuestión decisiva: «¿Puedo ser recibido en el monasterio?», Juan balbució las palabras, puedes acababa de comprobar bruscamente que al formar esta petición se entregaba a merced de otro y que allí estaba en juego su libertad.
El Padre Abad le contestó: «Tengo la impresión de que Dios os quiere aquí; así, pues, yo os recibo.» Y le dio su bendición.
Y Juan fue recibido entre los novicios.
Pintor, monje, sacerdote.
Convertido por su profesión religiosa en Dom Wilibrordo Verkade y elevado en 20 de Agosto de 1902 a la dignidad del sacerdocio católico, ha evocado en la segunda parte de su autobiografía su carrera de pintor-monje.
Nos habla de sus trabajos en la pequeña iglesia parroquial de Aichladen (Wurtemberg), a la cual consagró varios meses del año 1906. La decoración de aquella capilla dedicada a la popular «Virgen de la Cabeza inclinada», en el convento de los Padres Carmelitas de Viena, resultó una verdadera otra de arte; después trabajó con menos éxito en Monte Casino (1903-1904), y en Palestina (1909-1912).
Nos habla también sencillamente de su falta de carácter, de la vida más disipada cuando trabajaba fuera de la abadía, de una desgana para ciertos trabajos, de una especie de segunda adolescencia que «les dan ganas de ir a buscar flores al borde del precipicio».
De hecho no era cosa tan sencilla el mantener esta armonía perfecta entre el monje y el artista. ¿Quién se maravillará de los pasos dados en falso y de sus crisis? Su mérito está en no haber jamás disociado su doble ideal ni haber renunciado nunca a él.
En su retiro, Verkade no se olvidaba de sus numerosos amigos. En primer lugar, los Nabis vinieron con frecuencia a visitarle. Observaron con gusto que la vida del claustro no había hecho perder el humor de Verkade.
En cambio, su sacerdocio le confería un ascendiente al cual no intentaba sustraerse. Atrajo a más de uno hacia la Luz en la cual él se bañaba. Jöergensen había acabado también por fijar su mirada sobre Roma; pero había permanecido veleidoso y melancólico. Vino a Beuron, y allí se curó, y bajó a Italia, en donde hizo su profesión de fe católica.
Más convocadora aún es la historia de la reconciliación de Sérusier con la Iglesia. Numerosas decepciones le habían llevado a las puertas de la desesperación y de las peores locuras. Felizmente, Verkade habían mantenido siempre correspondencia con él y Mauricio Denis le veía de cuando en cuando. Este último acabó por decidirle a visitar Beuron durante la Semana Santa de 1903. Y entonces se produjo el milagro. Después de haberse confesado con el Padre Damman, benedictino belga que se encontraba allí, Sérusier asistió el día de Pascua con Mauricio Denis a la misa de su amigo y comulgó de su mano.
«Fue un día espléndido este de la Resurrección. Nunca anteriormente habíamos estado tan íntimamente unidos los tres.»
Del mismo número de aquellos que fueron sus amigos o sus corresponsales citemos al apologista G. Papini, al pintor Toorop, al escritor H. Bahr, al filósofo Max Scheler, al director del alma P. Lippert. Valkade nos cuenta el enriquecimiento y la alegría que le valió el contacto con hombres de esta talla. Pero sabemos por el testimonio de aquéllos que la estima era mutua.
Después de la guerra de 1914, Dom Wilibrordo ocupó varios cargos importantes en el monasterio, particularmente el de recibir y encargarse de las personas seglares que se hospedaban en la abadía. Esto le obligó a colocar su zurrón y bastón de peregrino. Lo hizo sin pena, pues siempre se alejaba a desgana de su querido Beuron.
Pronto también las fuerzas le comenzaron a faltar y se despidió de la pintura. En sus últimos años tradujo y publicó en alemán las obras de Juan Ruysbrockio. Había escogido este autor porque no trataba más que de Dios, ya más y más cada día su único centro de interés.
«Hacerme viejo es deslizarme lentamente en la soledad conmigo mismo y con Dios. Y un «establecerse» en lo esencial, un «verse libre» de todas las iluminaciones y vanas preocupaciones; un arribar a Dios después de una peligrosa travesía.»
Dom Wilibrordo Verkade abordó en la tierra de la Belleza infinita el 19 de julio de 1946.
El rabino que se rindió a Cristo

| El rabino que se rindió a Cristo |
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| La conversión del rabino de Roma al finalizar la II Guerra Mundial, es uno de los signos más elocuentes de que la Iglesia no fue, como muchos pretenden ahora con un revisionismo absolutamente parcial, cómplice del régimen nazi. Si Pío XII no se explayó más en sus condenas del nazismo fue por una meditada prudencia y por la experiencia de que la palabra de la Iglesia, en lugar de constituir una ayuda eficaz para las víctimas, sólo conseguía recrudecer la persecución. Ejemplo elocuente de ello fue la intervención de los Obispos holandeses quienes al mostrar su pública solidaridad con el pueblo judío no apaciguaron al verdugo, sino que lo encendieron aún más en su odio salvaje contra los depositarios de la Antigua Alianza. Pero Pío XII habló de forma clara con el lenguaje de las obras. Pinchas Lapide, ex cónsul de Israel en Italia declaró: “La Santa Sede, los nuncio y la Iglesia Católica salvaron entre todos a casi 400.000 judíos de una muerte cierta”. Esa cifra sobrepasa con creces la suma de todos los que fueron salvados por las restantes organizaciones sociales y distintos países. De ahí que no sorprenda los elogios que Pío XII recibió de Golda Meir y de otras personalidades judías al acabar el conflicto europeo. El paso de los años ha llevado al olvido todo ello y la historiografía documental, que en este caso choca admirablemente con la experiencia vital, se empeña en hacer hablar la ausencia de documentos. Se olvida a menudo una sentencia que, en el caso que nos ocupa, se revela especialmente verdadera, y es que cuando el Papa calla, sencillamente no dice nada. Silencio que, por otra parte, no disonó en absoluto con la actitud de las restantes cancillerías y organizaciones mundiales. Pero si Pío XII dijo poco, más de lo que se nos quiere hacer creer, superó a todos en el ejercicio de la caridad.
Al finalizar la Guerra Israel Zoller se bautizó católico y, como homenaje al gran Papa, tomó el nombre de Eugenio. Su apellido ya había sido italianizado tiempo atrás pasando a ser Zolli. Judith Cabaud, también proveniente del judaísmo, y ahora miembro de la Iglesia Católica, nos ofrece en este libro el itinerario del Rabino de Roma desde su nacimiento hasta su bautizo. No es un libro para la polémica, sino más bien el testimonio de la relación entre judíos y cristianos. Zolli, gran estudioso de las escrituras fue descubriendo como el Nuevo Testamento no contradecía al Antiguo, sino que lo llevaba a su plenitud. Además vio su vida acompañada por algunas experiencias místicas que le fueron confirmando en la certeza de que Jesús era el Mesías esperado.
Vittorio Messori nos llama la atención en el prólogo de cómo la conversión de Zolli no debe verse como una ruptura, sino más bien como un cumplimiento y por eso testifica la continuidad que se da entre judaísmo y catolicismo.
La conversión de Zolli causó mucho impacto en su momento, pero después cayó en el olvido. No fueron ajenas a ese hecho las intenciones de muchos de silenciar un hito histórico e iniciar así la campaña de desprestigio contra la Iglesia. Ahora gracias a este escrito lleno de amor hacia el judaísmo y al catolicismo, podemos recuperar el itinerario espiritual de Zolli. Junto a sus vivencias interiores se nos ilumina sobre el drama de los judíos italianos, las discrepancias que existieron en el seno de la comunidad hebrea de cómo reaccionar ante las exigencias nazis, y también el ejercicio de la caridad que llevaron a cabo muchos católicos. Judith Cabaud, en pocas páginas que se leen de un tirón, ha recogido lo esencial de aquella historia que no ha perdido ninguna actualidad y que, al tiempo que nos reconforta con un signo de la gracia, ayuda a rehabilitar a dos grandes figuras, la de Eugenio Zolli y la de Pío XII.
Para quien desee saber más recientemente Palabra ha editado “Antes del Alba”, que es la autobiografía de Zolli. Es más completa aunque tiene en su contra que le falta la agilidad que ha conseguido Judith Cabaud en estas páginas.
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| David Amado |
El Principito, de Antoine de Saint-Exupery
Se trata de uno de los libros que más han influido en mí. Si no lo has leído, te invito a leerlo.
¿Quieres escucharlo y, al mismo tiempo, relacionarte con la lengua italiana? En esta lengua, el libro se llama “Il piccolo principe”. Disfruta esta dramatización del genial libro de Antoine de Saint-Exupery, realizada por Radio Vaticana.
http://www.radiovaticana.org/orizzonticristiani/OC_archivio.htm
Aún percibo tu aliento
Aún percibo tu aliento.
Resuena todavía tu soplo en mi nariz,
en este barro indúctil
que modelaste con tus manos
en incontables eras geológicas,
lentamente,
con esa lentitud que produce una obra maestra.
Aún percibo tu aliento,
y el eco de tus pasos
todavía resuena en mis oídos.
Tatuaste tu presencia en mi epidermis,
la escondiste en mi código genético,
la ocultaste de tal manera
que es apenas imperceptible.
Aún escucho tus pasos,
aún experimento la nostalgia
que inscribiste en mis terminaciones nerviosas
y en mis células cordiales.
* * * * * * * * * *
¿Por qué separé mis pasos de tus pasos?
¿Por qué fijé mis ojos
en las cosas que pasan sin dejar huella?
¿Por qué empezaste a parecerme lejano,
desdibujado,
ausente, autoritario,
celoso de tus prerrogativas?
¿Por qué mis pensamientos
se dejaron guiar por la sospecha?
¿Por qué abrí el oído
a las insinuaciones del león joven,
de la serpiente sibilina,
del dragón de siete cabezas,
agazapado
detrás de mi deseo de auto-afirmación?
¿Por qué tomé el camino
de esta rebeldía primordial
que me alejó de ti, inexorablemente?
¿Por qué acallé tu voz,
que sugería un camino distinto?
¿Por qué mi oído
ignoró tus palabras?
¿Por qué te di la espalda,
ocultándome dentro de mí mismo
y detrás de las cosas?
MEMORIAS DEL SUBSUELO
MEMORIAS DEL SUBSUELO,
de Fiodor Mijailovich Dostoievski.
La Modernidad,
en conflicto consigo misma
La pretensión de Dostoievski en esta novela es ofrecernos una crítica a esa época en la historia del hombre que se ha dado en llamar Modernidad. Recuerdo que en las clases de Metodología (impartida por Marie Mette Wacher), señalábamos que la Modernidad nació en conflicto consigo misma, como puede evidenciarse en dos aspectos contrapuestos: la Razón por un lado y las emociones y sentimientos por otro. Contra el predominio exclusivo de la Razón reaccionaron la tradición romántica y la hermenéutica.
Dostoievski también lo hace, muy a su manera, con su realismo psicológico, en «Memorias del subsuelo». El hombre del subsuelo hace una crítica mordaz e irónica a la preeminencia que se da a la Diosa Razón y cuestiona el palacio de cristal que se construye o que se pretende construir con ella.
La razón es sólo razón
Crítica también las pretensiones de que el hombre puede cambiar su conducta guiado por la Razón y por sus intereses superiores. Pone en evidencia que la razón es sólo la razón, y que ésta no hace más que satisfacer las necesidades racionales del hombre.
Pero contrapone a ella otro aspecto que no se toma en cuenta: el hombre es un manojo de deseos. De hecho, el deseo es la manifestación de la vida misma, de toda la vida y lo abarca todo, desde la razón hasta el simple impulso de rascarse. Para el hombre del subsuelo, la razón equivale sólo a un vigésimo del todo.
Contra el statu quo
El hombre del subsuelo es alguien que está en conflicto con la mentalidad dominante de su época, no encaja en la escala ni el diagrama que la Modernidad ha diseñado para los hombres.
No acepta ese palacio de cristal, porque la misma historia de la humanidad se presenta a sus ojos como algo poco racional y añade a su juicio el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano; es decir, sólo una pieza en el palacio de cristal, regida por las leyes de la naturaleza, la aritmética y la lógica. Leyes estas que no concuerdan con lo que el hombre del subsuelo denomina ley humana.
Buscar en el hombre al hombre
Esta parece ser otra pretensión de Dostoievski, puesto que penetra en las honduras del alma humana. Aquí explora el subsuelo, esa región que yace en el fondo del alma y cuya existencia el hombre ignora. De hecho, son necesarias circunstancias excepcionales para que este fondo surja a la superficie.
Esto pone en evidencia que los seres humanos nos manifestamos llenos de contradicciones. Por eso Dostoievski nos muestra las grandezas y los abismos de los hombres en una tormenta llamada vida.
Una novela realista
En esta novela observamos elementos que nos llevan a catalogarla como una novela realista. En efecto, Dostoievski le da preeminencia a los aspectos negativos, en detrimento de los positivos; puesto que nos presenta los aspectos crudos de la naturaleza humana. Y lo hace explicando hasta los más mínimos detalles, con el fin de que el lector logre apreciar también la realidad, así como él la ve. En «Memorias del subsuelo», por ejemplo, analiza las emociones, las ideas, los pensamientos y sentimientos del hombre del subsuelo. Y utiliza como recurso el escribir las memorias, es decir, la introspección larga y detallada, haciendo un examen despiadado del personaje en cuestión, que nos describe crudamente sus pensamientos, deseos y los móviles de cada una de sus acciones.
En suma, nos presenta la complejidad del hombre, del ser humano, al que describe como horriblemente sanguinario y fenomenalmente desagradecido. Un bípedo desagradecido, esta es su definición del hombre.
San Juan de la Cruz y su Cántico Espiritual
“Mil gracias derramando…”
San Juan de la Cruz y su Cántico Espiritual
I. Presentación del autor
Su verdadero nombre era Juan de Yepes y nació en Fontiveros (Ávila) en 1542, tercer hijo del pobre pero honrado matrimonio constituido por Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. Siendo Juan de pocos meses murió su padre, y más tarde su segundo hermano Luis. La pobre viuda, sin medios de vida, hubo de trasladarse a Arévalo, y más tarde a Medina del Campo en busca de trabajo. Allí el pequeño Juan se ejercitó sin éxito en varios oficios: carpintero, sastre, entallador y pintor.
Favorecido por don Alonso Álvarez de Toledo, cursó humanidades en el colegio de los jesuitas de Medina del Campo entre 1559 y 1563. En este último año y a sus veintiuno de edad ingresó en los carmelitas de Medina. Entre 1564 y 1568 cursó sus estudios eclesiásticos en la Universidad de Salamanca. Fue ordenado sacerdote en 1567 en Salamanca y cantó su primera misa en Medina, donde tuvo su primera entrevista con Santa Teresa, que le ganó para su incipiente reforma cuando San Juan de la Cruz estaba decidido a ingresar en la Cartuja.
El 28 de noviembre de 1568 comenzó en Duruelo -en compañía del padre Antonio de Jesús- la reforma carmelitana de los frailes. Más tarde fue maestro de novicios en Mancera y Pastrana, rector de Alcalá, confesor y vicario del monasterio de la Encarnación en Ávila. Desempeñando este último cargo fue apresado por los calzados y llevado a Toledo (1577), donde después de nueve meses de duro cautiverio logró escapar descolgándose por el muro de su prisión (1578).
Unos años después, 1577, sus intentos reformistas de las órdenes monásticas, le llevaron a sufrir ocho meses de dura prisión en un convento de Toledo, acusado de apóstata. De su cautiverio en aquella cárcel-convento de Toledo, nace la composición de su obra cumbre: Cántico espiritual. En otras poesías se puede llegar a entrever en lenguaje subliminal, el relato que hace de su astuta y sorprendente huida en la madrugada del 15 de agosto de 1578, estando la fortaleza sobre un peligroso acantilado sobre el Tajo profundo que ciñe a Toledo.
Para huir de la prisión conventual toledana, contó con las influencias que ejerció santa Teresa de Jesús ante la duquesa de Alba. Con su huida dio en refugiarse en un convento de Jaén y continuó con la reforma carmelitana, fundando varios conventos por Andalucía. En esta región llegó a ser nombrado Vicario Provincial de la orden de Carmelitas Descalzos; pero el buen Juan siguió con su obstinación de la reforma, lo que le llevó a enfrentamientos con la jerarquía religiosa y a sufrir nueva prisión en el convento de la Peñuela, en plena Sierra Morena, en donde culminó la escritura de sus principales obras literarias.
Al año siguiente fundó el colegio de Baeza, del que fue primer rector. Más tarde fue nombrado definidor (1581), prior de Granada (1582) y vicario provincial de Andalucía (1585). En 1587 cesó como definidor y vicario de Andalucía y fue nombrado nuevamente prior de Granada. En 1588 fue elegido primer definidor general en el primer capítulo general de Madrid, tercer consejero de la consulta y prior de Segovia. En 1591, en el segundo capítulo general de Madrid, fue desposeído de todos sus cargos por el vicario general, el autoritario padre Nicolás de Jesús María Doria, por haber manifestado San Juan de la Cruz su opinión contraria a algunas ideas del padre Doria. Humillado, pero contento de poderse dedicar más de lleno a la oración, se retiró San Juan de la Cruz a la Peñuela, y poco después a Úbeda -donde estaba de prior uno de sus más encarnizados enemigos- y allí murió el 4 de diciembre del mismo año 1591, después de haber sufrido grandes dolores y humillaciones.
San Juan de la Cruz le había pedido al Señor «padecer y ser despreciado por Él», confirmando con su ejemplo la doctrina de sus libros. Fue beatificado por Clemente X en 1675 y canonizado por Benedicto XIII en 1726. Pío XI le declaró oficialmente doctor de la Iglesia en 1926. Su cuerpo incorrupto descansa en el convento carmelitano de Segovia, del que había sido prior.
De él llegó a decir Santa Teresa lo siguiente:
“El padre fray Juan de la Cruz es una de las almas más puras que Dios tiene en su Iglesia. Le ha infundido nuestro Señor grandes riquezas de sabiduría del cielo”.
“Aunque es chico, entiendo es grande en los ojos de Dios. No hay fraile que no diga bien de él, porque ha sido su vida de gran penitencia. Mucho me ha animado el espíritu que el Señor le ha dado y la virtud. Tiene harta oración y buen entendimiento”.
“A fray Juan de la Cruz todos le tienen por santo y todas, y creo no se lo levantan. En mi opinión es una gran pieza”.
Es el Doctor y la máxima figura mística del Carmelo, que a la vida junta la doctrina y la ciencia, vida santa y ciencia sagrada o mística teología, tan hermanadas como lo prueban sus magníficas obras. Pío XI, que lo nombró Místico Doctor de la Iglesia en 1926, bautizó sus obras como “Código y escuela del alma fiel que se propone emprender una vida más perfecta”. San Juan de la Cruz, en sus escritos, tiene siempre presente el fin de la vida espiritual, o sea, objetivamente Dios, llevar las almas a Dios. Y subjetivamente unirlas a él por amor, es decir, la transformación perfecta en Dios por amor cuanto se puede en esta vicia siguiendo a Jesucristo.
En su obra admirable recuerda a cada paso a sus lectores la cumbre de aquella montaña a la que quiere hacerlos subir, la sublime perfección a que los encamina con sus palabras y ejemplos convincentes. Su razonamiento se reducirá a demostrar que es necesaria esa subida porque es un indispensable medio parado y misterioso lazo y que es preciso para esto huir, apartarse y desnudarse de todas “esas otras cosas” porque son obstáculo para la suprema transformación del alma en Dios.
San Juan de la Cruz era un profundo conocedor del corazón humano. Por ello, “Como el amor de Dios y el amor de criatura sean opuestos, es preciso ir limpiando el alma del amor de criatura para que la gracia la embista y llene de amor divino. Y tanto mayor será este embestimiento y llenez, cuanto mayor sea el vacío de criatura que se haga en el alma: “Olvido de lo creado, memoria del criador, atención a lo interior y estarse amando al amado”.
A enseñar los métodos de conseguir este vacío en los sentidos y potencias del alma mediante ingeniosas purgaciones activas y pasivas se ordenan los tratados Subida al Monte Carmelo y Noche oscura del alma, ambos de profunda doctrina espiritual y fuerte trabazón lógica.
En el Cántico Espiritual y en la Llama del amor viva, entre metáforas y comparaciones espléndidas, tomadas las más de la naturaleza, va descubriendo en progresión ascendente las excelencias del amor divino en las almas desde los grados inferiores a los más altos del desposorio y matrimonio espiritual.
En síntesis, puede decirse que la gran originalidad del magisterio espiritual sanjuanista y como el secreto de su vitalidad estriba precisamente en la íntima relación entre abnegación y unión en la vida sobrenatural o, por usar su terminología ya clásica, entre la nada y el todo, que se funden en uno.
II. Presentación de la obra
Mientras trabajaba a la reforma de Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz fue detenido y recluido en Toledo, en 1578, por los carmelitas no reformados. Encarcelado durante nueve meses en condiciones muy fastidiosas, vivió en su calabozo grandes sufrimientos y grandes alegrías. Concibió entonces las treinta primeras estrofas de su Cántico. Como no tenía nada para escribirlas, las memorizó a medida que las componía. Las diez últimas fueron redactadas en Baeza y en Granada durante los años que siguieron su evasión. Es en 1584, mientras era prior en Granada, que compuso un comentario a este poema, a petición de Ana de Jesús. Es un sublime comentario a las cuarenta estrofas poéticas compuestas por el mismo santo en la cárcel de Toledo. Por acomodarse el comentario a la parte poética, esta obra no es tan orgánica y sistemática como las dos anteriores, pero en ella se contiene una de las más altas doctrinas místicas que nos han legado los siglos. El tema son las relaciones amorosas entre Dios y el alma, desde los comienzos de la vida espiritual hasta la unión transformativa o matrimonio espiritual. A todo lo largo del Cántico comenta San Juan de la Cruz gran número de versos del Cantar de los cantares con una elevación mística sublime.
San Juan de la Cruz redactó esta obra dos veces. En la primera comenta treinta y nueve canciones. En la segunda y definitiva, cuarenta, o sea todas las del poema. Durante algunos de estos últimos años se discutió mucho la autenticidad de la segunda redacción. Hoy todos los críticos la admiten.
El Cántico Espiritual (o las Canciones entre el alma y el Esposo, tal como san Juan de la Cruz tituló este poema), es considerado como el más elevado y el más hermoso poema de amor. Y es que no hay amor que pueda compararse al que Dios tiene y manifiesta hacia el hombre. San Juan de la Cruz hizo esta experiencia que no pudo callar. Desde su condición de poeta, quiso cantar ese AMOR, plasmándolo en estos versos que narran la más maravillosa historia de amor. Cuando le solicitaron a san Juan de la Cruz la explicación de estos versos, antes de iniciar el comentario él escribió: “Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi intento será tal,… porque los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu…” (CB prólogo n. 2)
Esta es la estructura del Cántico: De las estrofas 1-11, nos presenta la búsqueda del amor impaciente; de las estrofas 12-26, la gracia del amor unitivo; y de las estrofas 27-40, la plenitud de la unión. En este Cántico San Juan de la Cruz invita a todas las almas generosas a alcanzar la soberana transformación en Dios, exponiendo la más alta filosofía del amor unitivo, pues pretende presentar todo el camino espiritual del hombre “desde que comienza a servir a Dios hasta que llega al último estado de perfección” (CB Argumento n. 1). El punto de partida para que el hombre se lance a la gran aventura del amor de Dios consistirá en la toma de conciencia de quién es él, del sentido o valor de su existencia y de cual es su meta: “Cayendo el alma en la cuenta de lo que está obligada a hacer, viendo que la vida es breve…; conociendo por otra parte, la gran deuda que a Dios debe en haberle criado solamente para sí…” (CB 1, 1). Sólo así, de lo más profundo del hombre, puede surgir el grito: “¿Adónde te escondiste, Amado?”
El hombre percibe que vive en la oscuridad y que desde la oscuridad de su fe tiene que iniciar su camino. Dirá san Juan de la Cruz: “el alma que le ha de hallar conviénele salir de todas las cosas según la afección y voluntad” (CB 1, 6). Por eso la actitud de apertura que manifiesta el hombre. Es más, el hombre se hace consciente de la cercanía de Dios: “grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuánto menos de la que está en gracia.” (CB 1, 8). Caer en la cuenta de esta verdad, es lo que va a mantener al hombre firme en su búsqueda de fe, a pesar de la oscuridad, a pesar de la noche en la que aún vive.
Iniciada la búsqueda de Dios, la gran aventura del amor, el hombre va experimentando que no está sólo, que su vida va cambiando, que cada vez se va conociendo más y mejor a sí mismo. Dios ha tocado su vida y su corazón. Ya no puede dudar de que Dios sea una simple ilusión, pues ha brillado e iluminado su corazón. El hombre clama “por qué, pues has llagado aqueste corazón no le sanaste”. “El que ama ya no posee su corazón, pues lo ha dado al Amado” (CB 9, 2). Se ha dado un cambio cualitativo en el camino. El hombre experimenta que, gracias a que se ha dispuesto a buscar a Dios, el mismo Dios es el que le va guiando en su oscuridad. San Juan de la Cruz comienza a hablar de una nueva etapa en la vida espiritual a partir de la canción 6 hasta la 13. “Cuanto más el alma conoce a Dios, tanto más le crece el apetito y pena por verle” (CB 6, 2). Y esta unión inicial, le hace descubrir, cómo unido a Dios, su oscuridad se va iluminando. No pierde su personalidad, y su humanidad comienza a ser iluminada de un modo nuevo. Ya no teme a Dios (ni “teme morir cuando ama” [CB 11, 10]), antes le pide “descubre tu presencia”, es decir, “que se la descubra y manifieste de manera que pueda verle en su divino ser y hermosura” (CB 11, 4), porque “la salud del alma es el amor” (CB 11, 11). En la canción 13 habla por primera vez el Esposo al alma, y con las palabras “Vuélvete paloma” la introduce en la vida mística, desposando al alma consigo. Sobre el desposorio espiritual habla San Juan de la Cruz hasta la canción 21.
Se trata de un desposorio que se realiza sobre el signo de la cruz, siempre presente: “se denota un alto estado y unión de amor, en que, después de mucho ejercicio espiritual, suele Dios poner al alma, al cual llaman desposorio espiritual con el Verbo, Hijo de Dios” (CB 14-15, 2). La luz va ganando espacio a la oscuridad, de tal modo que el hombre “halla verdadero sosiego y luz divina, y gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las criaturas y hechos de Dios relucen” (CB 14-15, 4).
A partir de la canción 22 un nuevo paso se da en el camino espiritual: el Esposo, -que habla aquí nuevamente al alma-, la transforma en su esposa. ¡Es el matrimonio espiritual! “Tanto era el deseo que el Esposo tenía de acabar de libertar y rescatar esta su Esposa de las manos de la sensualidad y del demonio, que, ya que lo ha hecho, de la manera que el buen Pastor se goza con la oveja sobre sus hombros, que había perdido y buscado por muchos rodeos (Lc 15, 5)…, así este amoroso Pastor y Esposo del alma es admirable cosa de ver el placer que tiene y gozo de ver al alma ya así ganada y perfeccionad, puesta en sus hombros y asida con sus manos en esta deseada junta y unión” (CB 22, 1). A partir de ahora se va a ir consumando este matrimonio hasta la plenitud: “porque es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida” (CB 22, 3). Esa “divinización” del hombre va a ser decisiva. Por un lado, ha alcanzado ya la auténtica libertad sobre sí mismo y sobre el mundo, y por otro lado, no se conforma con haber llegado hasta aquí. Quiere seguir avanzando y adentrándose cada vez más en ese Amor que ha colmado de plenitud y de sentido su vida y su existencia.
En definitiva, es el amor el que está pidiendo el desenlace definitivo: “Esta pretensión del alma es la igualdad de amor con Dios,…, porque el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado. Y como el alma ve que, con la transformación que tiene en Dios en esta vida, aunque es inmenso el amor, no puede llegar a igualar con perfección de amor con que de Dios es amada, desea la clara transformación de gloria en que llegará a igualar con el dicho de amor.” (CB 38, 3).
No hay distinción en el amor, aunque cada uno mantiene su identidad. El hombre se ha despojado de todo aquello que limitaba su capacidad infinita de amar. Y la cruz, como signo de mediación, desaparece también. Ya no hay huella de sufrimiento y no hay mediación. El hombre contempla cara a cara la misma Trinidad, en la que vive sumergido y transformado en fuego de amor: “Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le dará Dios allí en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella la aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado y manifiesto grado” (CB 39, 3).
El camino ha llegado a su meta. Y no se trata sólo del camino de un místico o de algunas personas privilegiadas. Esta es la meta a la que todo hijo de Dios ha sido llamado. San Juan de la Cruz no se cansa de repetirlo: “Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza (Gn 1, 26)” (CB 39, 4). Se trata, en definitiva, de que el hombre realice el fin para el cual ha sido creado, su vocación más íntima y elevada, inscrita en su ser. Ahí radica, además, la dignidad de los Hijos de Dios: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto sólo Dios es digno de él” (Av 1, 35).
III. Ideas fuerza
Enlisto aquí las ideas-fuerza más sobresalientes:
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
salí tras ti clamando, y eras ido.
aquél que yo más quiero
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero
que no saben decirme lo que quiero.
Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo…
Fe y amor son los mozos de ciego que te giuarán por donde no sabes, allá a lo escondido de Dios… Pues es Dios inaccesible y escondido…
Decidle que adolezco, peno y muero, es de notar que el alma no hace más que representar su necesidad y pena al Amado, porque el que discretamente ama no cura de pedir lo que le falta y desea, sino de representar su necesidad para que el Amado haga lo que fuere servido.
Por los montes, que son altos, entiende aquí las virtudes… Por las riberas, que son bajas, entiende los ejercicios espirituales, por los cuales también dice que irá ejercitando en ellas la vida activa, junto con la contemplativa… Es, pues, tanto como decir : Buscando a mi Amado, iré poniendo por obra las altas virtudes y humillándome en las bajas mortificaciones y ejercicios humildes.
Por las fieras entiende el mundo, por los fuertes el demonio y por las fronteras la carne.
Cuanto más el alma conoce a Dios, tanto más le crece el apetito y pena por verle, y… pídele le entregue posesión de su presencia… diciéndole de entregarse a ella ya de veras en acabado y perfecto amor.
Yo a ti todo quiero, y ellos no me saben ni pueden decir a ti todo… En lugar, pues, de estos mensajeros, tú seas el mensajero y los mensajes.
Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.
Estas dos maneras de penas de amor, es a saber, la llaga y el morir, dice el alma en esta canción que la causan estas criaturas racionales… : porque en cuanto los ángeles me inspiran y los hombres de ti me enseñan, de ti más me enamoran, y así todos de amor más me llagan.
Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura ;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados !
Tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno… Cuando este dibujo de transformación en esta vida se alcanza es grande buena dicha, porque con eso se contenta grandemente el Amado.
la cena que recrea y enamora
La cena a los amados hace recreación, hartura y amor… En la Escritura divina este nombre cena se entiende por la visión divina.
Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.
El alma hace dos cosas en esta canción : la primera, impedir la sequedad, cerrándole la puerta por medio de la continua oración y devoción ; la segunda cosa que hace es invocar al Espíritu santo, que es el que ha de ahuyentar esta sequedad del alma y el que sustenta en ella y aumenta el amor del Esposo.
Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado
Habiendo ya la esposa puesto diligencia en que las raposas se cazasen y el cierzo se fuese y las ninfas se sosegasen, que eran estorbos e inconvenientes que impedían el acabado deleite del estado del matrimonio espiritual, y también habiendo invocado y alcanzado el aire del Espíritu Santo como en las precedentes canciones ha hecho, el cual es propia disposición e instrumento para la perfección de el tal estado, resta ahora tratar de él en esta canción.
sobre los dulces brazos del Amado
Reclinar el cuello en los brazos de Dios es tener ya unida su fortaleza, o, por mejor decir, su flaqueza, en la fortaleza de Dios… que es la fortaleza y dulzura del alma, en que está guarecida y amparada de todos los males y saboreada en todos los bienes.
A zaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino
al toque de centella,
al adobado vino ;
emisiones de bálsamo divino.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le dí de hecho
a mí, sin dejar cosa ;
allí le prometí de ser su esposa.
En esta canción cuenta la esposa la entrega que hubo de ambas partes en este espiritual desposorio de ella y de Dios.
Allí me dio su pecho,
Dar el pecho uno a otro es darle su amor y amistad y descubrirle sus secretos como a amigo.
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
La ciencia sabrosa que dice aquí que la enseñó, es la Teología mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales contemplación ; la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es el maestro della y el que todo lo hace sabroso.
Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal en su servicio ;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Cuando tú me mirabas,
tu gracia en mí tus ojos imprimían ;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
Es propriedad del amor perfecto no querer admitir ni tomar nada para sí ni atribuirse a sí nada, sino todo al Amado… En las dos canciones pasadas parece se atribuía a sí alguna cosa la esposa… quiere ahora en la presente canción declarar su intención y deshacer el engaño que en esto se puede entender… Atribuyéndolo todo a El y regraciándoselo juntamente, le dice que la causa de prendarse El de el cabello de su amor y llagarse de el ojo de su fe fue por haberle hecho la merced de mirarla con amor, en lo cual la hizo graciosa y agradable a sí mismo.
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura ;
entremos más adentro en la espesura.
Ella es la que habla en esta canción con el esposo pidiéndole tres cosas que son proprias del amor : la primera quiere recebir el gozo y sabor del amor, y ésa le pide cuando dice : Gocémonos, Amado ; la segunda es desear hacerse semejante al Amado, y ésta le pide cuando dice: vamonos a ver en tu hermosura ; y la tercera es escudriñar y saber las cosas y secretos del mismo Amado, y ésta le pide cuando dice : entremos más adentro en la espesura.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, ¡ vida mia !,
aquello que me diste el otro día :
El alma dice en esta canción al Esposo que allí le mostrará él esto que tanto ha siempre pretendido en todos sus actos y ejercicios, que es mostrarla a amar al Esposo con la perfección que él se ama.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
Esta pretensión del alma es la igualdad de amor con Dios que siempre ella natural y sobrenaturalmente apetece, porque el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado; y como el alma ve que con la transformación que tiene en Dios en esta vida, aunque es inmenso el amor, no puede llegar a igualar con la perfección de amor con que de Dios es amada, desea la clara transformación de gloria en que llegará a igualar con el dicho amor.
IV. Opinión personal
Es una aventura espiritual acercarse a san Juan de la Cruz. En este trabajo escolar me he sumergido en el Cántico espiritual, que me ha parecido fascinante desde que lo leí la primera vez. Al leer el Comentario, escrito por el mismo san Juan de la Cruz, me pude aproximar a su rica doctrina mística, pues él nos descubre lo que ha querido expresar en este poema. Me llama la atención que haya logrado resumir en bellísimos poemas su doctrina espiritual y que la haya comentado abundantemente.
Me ayudó mucho releer a Royo Marín, que resume notablemente la doctrina espiritual de san Juan de la Cruz. Sobre todo me agradó descubrir en el Cántico espiritual la familiaridad de nuestro santo con la Biblia. El poema tiene muchísimas reminiscencias bíblicas, especialmente del Cantar de los Cantares. Como dice Royo Marín, el texto bíblico le sirvió a San Juan de la Cruz para bordar sobre él los conceptos místicos más sublimes.
Además, como soy un amante de la poesía, pues me gusta leer y escribir poesía, me llamó la atención el uso que hace del estilo de Garcilaso de la Vega, especialmente en nuestro Cántico. Seguramente san Juan de la Cruz leyó a Garcilaso, cuyos producción poética fue publicada en forma póstuma (en 1543) por Juan Boscán, amigo de Garcilaso. Recordemos que san Juan de la Cruz nació en 1542 y que Garcilaso revolucionó la poesía en España, inspirándose abundantemente en Petrarca y otros poetas italianos, pues con Garcilaso la literatura española entra en un nuevo periodo en el que se introducen una serie de novedades que rompen con la estética medieval: nuevos metros de origen italiano como el soneto, la canzone, las octavas, la rima interior y el verso libre; por los temas mitológicos, arcádicos y discursivos y por su lenguaje hecho de frases cortas, imágenes plásticas y una gran musicalidad. Este estilo lo asimiló y lo hizo propio san Juan de la Cruz.
Pero sobre todo, me ha llamado la atención caer en la cuenta que San Juan de la Cruz expresa su propia experiencia. Me recuerda a los Hechos de los Apóstoles, donde éstos dicen que: “No podemos hablar de lo que hemos visto y oído”. O a san Juan, que al inicio de su primera carta afirma:
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
San Juan es un testigo; no un mero repetidor de ideas. Es alguien que ha recorrido el camino que nos presenta en sus poemas y en los demás escritos. Es un místico, que nos invita a iniciar en serio una relación con Dios, desprendiéndose totalmente de las criaturas, que son la nada, para unirse totalmente a Dios por el amor, pues Él es el Todo. Esto implica, obviamente, el desprendimiento afectivo de todo lo creado, que nos llevará a la unión de Dios por el amor.
El fallo es de parte nuestra, mejor aún, de parte mía, en mi cobardía y en mi falta de generosidad, que no me decido del todo a emprender esta ruta. ¡Cómo me gustaría decir con San Juan de la Cruz lo siguiente:
Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal en su servicio ;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Por otra parte, la lectura de la rica poesía de san Juan de la Cruz me ayudó a valorar la poesía como un vehículo importante para comunicar mi experiencia de Dios, mi búsqueda diaria, mi anhelo no siempre constante por crecer en la fe, la esperanza y la caridad.
Además, veo la pertinencia de conocer y dar a conocer la rica doctrina mística de San Juan de la Cruz, pero ante todo de vivirla. Si es verdad que “el cristiano de mañana será un místico o no será nada”, como lo ha dicho Karl Rahner, es más verdad aún que el evangelizador, el pastor de almas de mañana será un místico o su labor no tendrá relevancia ni trascendencia. No comunicará al Amado, no logrará que el Amor sea amado.
La gente dirá a Dios:
no quieras enviarme
de hoy más mensajero
que no saben decirme lo que quiero.
V. Bibliografía
López-Melús, Rafael María. Los santos carmelitas. Zaragoza 1989.
Martí Ballester, Jesús. San Juan de la Cruz. Cántico espiritual leído hoy. Ediciones Paulinas Madrid 1977.
Royo Marín, Antonio. Los grandes maestros de la vida espiritual. Historia de la espiritualidad cristiana, BAC Madrid 1973, 345-361.
San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia. Obras completas. Edición crítica preparada por Lucinio Ruano de la Iglesia. BAC Madrid 1991.
Royo Marín, Antonio. Los grandes maestros de la vida espiritual. Historia de la espiritualidad cristiana, BAC Madrid 1973, 345-361.
LÓPEZ-MELÚS, Rafael María. Los santos carmelitas. Zaragoza 1989.
LÓPEZ-MELÚS, Rafael María. Los santos carmelitas. Zaragoza 1989.
Royo Marín, Antonio. Los grandes maestros de la vida espiritual. Historia de la espiritualidad cristiana, BAC Madrid 1973, 345-361.
Experiencia humana y comunicación de la fe
Experiencia humana y comunicación de la fe
«Un Dieu défini, c’est un Dieu fini».
«El Dios que puede señalarse con el dedo es un ídolo».
«Dios es aquel que siempre calla desde el principio del mundo;
este es el fondo de la tragedia».
Miguel de Unamuno.
Estas palabras de Miguel de Unamuno (1864-1936), vertidas en diversos escritos suyos, quieren servir de pórtico a este ensayo, en el que tengo la pretensión de apuntar algunos aspectos sobre Dios, la experiencia humana y la comunicación de la fe; algo sumamente pertinente en esta hora de gracia que hemos llamado “secularización” y que se nos presenta con enormes desafíos y oportunidades.
Contra el pesimismo de algunas voces frente a este fenómeno, el P. Ignacio Larrañaga sugiere lo siguiente:
“La secularización podría equipararse a la noche oscura de los sentidos. Es la purificación más radical de la imagen de Dios. Como consecuencia, el creyente de la era secularizada podrá vivir – ¡por fin! – la fe pura y desnuda, sin falsos apoyos”.[1]
Sin embargo, a pesar del necesario optimismo, conviene destacar un signo de nuestros tiempos[2], expresado magistralmente por los Padres conciliares del más reciente Concilio ecuménico:
“Unos niegan expresamente la existencia de Dios; otros se contentan con decir que el hombre no puede afirmar nada absolutamente sobre El; otros someten a examen el problema de Dios con tal método, que concluyen que es inútil el planteamiento mismo del problema”.[3]
Gelabert Ballester resume estas actitudes en unas cuantas líneas, presentando las corrientes principales: “el materialismo niega la existencia de Dios y el existencialismo ateo proclama su sin sentido, su inutilidad y su inoperancia, aun en el caso de que existiera”.[4]
Pues bien, ¿a qué se deben estas actitudes?
Los Padres conciliares se atreven a señalar algunas de ellas. He aquí lo que escriben:
“(…) pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye de su llamada”.[5]
Pretensiones probativas
Hay ante Dios, pues, dos actitudes básicas: los que niegan su existencia y los que la afirman. Ambas posturas tienen la pretensión de probar sus conclusiones. Sin embargo, como apunta Gelabert, “cuando se trata de Dios, para afirmarlo o para negarlo, el lenguaje de las pruebas es inadecuado”.
¿Dónde está la limitación de las así llamadas “pruebas de la existencia de Dios”? En que se pretende deducir a Dios del mundo y del hombre. Es más, la sola pretensión de probar a Dios lo empequeñece, pues Dios está más allá del terreno empírico-racional. Por lo demás, querer demostrar la no existencia de Dios en este mismo terreno es olvidar los límites de la razón, señalados oportunamente por Kant, pues ésta sólo puede acceder a la certeza fenoménica y no a lo nouménico.
Más allá del terreno empírico-racional
Hay que ir más allá, buscando en nuestra basta experiencia humana, otro camino en el que el habla sobre Dios tenga sentido, buscando en ella la posibilidad de experimentar a Dios (experiencia interpretativa) y descubriremos que a Dios no lo podemos probar, pero que si podemos justificar humanamente la fe en El. Pues bien, a este ir más allá Gelabert le denomina camino “existencial”, diverso del camino racional o directo. Cierto, reconoce Gelabert, “perderemos la exactitud del álgebra; pero si ganamos la profundidad de lo humano quedaremos compensados”.
No es que se trata de rechazar plenamente el camino racional, pues el haberlo recorrido primero nos ha ayudado a darnos cuenta de sus limitaciones y de la necesidad de buscar un camino diverso, que abarque la existencia total y que nos de la certeza de la existencia de un Dios personal, es decir, sólidas y objetivas razones para creer en El.
Evidentemente este camino, que debe mostrarnos la validez y coherencia de nuestra fe, parte desde la experiencia, pues ésta es el único camino de acceso a la realidad. Haremos, pues, un análisis “existencial” del dinamismo de la realidad contingente, que apunta a un horizonte infinito, gracias a nuestra capacidad de abstracción. Gracias a esta capacidad, los seres humanos apreciamos la limitación de las cosas que nos ayuda y nos motiva a abrirnos al Absoluto, hacia un horizonte de totalidad.
Un lenguaje indirecto y simbólico
Esta insatisfacción de lo contingente, que hace que nos abramos al Absoluto, es decir, al origen omnisustentador de todas las cosas, no se satisface con realidades meramente físicas, ni se explican sólo por ellas, pues no todas las dimensiones pueden reducirse a las ideas claras y distintas propuestas por Descartes. Santo Tomás de Aquino nos descubre que hay un tipo de conocimiento “que mira la cosa como es en sí”, que no es un tipo de conocimiento irracional.
Reconozcámoslo: los creyentes podemos llegar a una justificación coherente de nuestra fe en Dios, pero no podemos ofrecer pruebas absolutamente evidentes. Este reconocimiento nos debe ayudar a adoptar una actitud distinta con relación a los que no comparten nuestra fe y nuestras convicciones: Más que dueños de la verdad, nos sabemos poseídos por ella, eternos peregrinos en su búsqueda, hombro a hombro con otros buscadores, en una búsqueda constante.
En esta búsqueda y en nuestros hallazgos, necesitamos otro lenguaje, el lenguaje de los místicos y de los artistas. No en balde uno de los teólogos más influyentes de nuestro tiempo (me refiero a Kart Ranher), ha escrito lo siguiente:
“El cristiano del mañana será un místico, uno que ha experimentado algo, o ya no será nada”.[6]
De allí que se haga necesario el entrenamiento del teólogo, del pastor de almas, del agente de pastoral y del creyente en general en este tipo de lenguaje, más sugestivo, más dinámico y más entusiasmante que el lenguaje de los dogmas, de la Academia y de los documentos oficiales pontificios y episcopales, estableciendo así un diálogo auténtico, que debe tener estas características: espíritu de apertura y humildad de parte de los interlocutores.
No hay duda de que el místico y el artista serán los grandes misioneros del futuro. En un mundo pluralista, la mística y el arte representarán el lenguaje universal, capaz de asombrar, suscitar estupor, cuestionar… en fin crear las condiciones para que el hombre pueda rebasar los estrechos horizontes de lo contingente para vislumbrar otros mundos, más allá de toda experiencia tangible o esfuerzo intelectual.[7]
Oscureciendo el Rostro de Dios
Además de argumentos filosóficos y existenciales, lo que ha oscurecido la imagen de Dios y la posibilidad de descubrirlo y creerle, hay que reconocer que la imagen de Dios ha sido presentada de modo inadecuada y en su nombre, se han cometido graves injusticias, por las que recientemente el Obispo de Roma ha pedido perdón.
He aquí las palabras del P. Larrañaga:
La imagen de Dios había estado revestida frecuentemente de múltiples ropajes: nuestros miedos e inseguridades, nuestros intereses y sistemas, nuestras ambiciones, impotencias, ignorancias y limitaciones; para muchos, Dios era la solución mágica de todos los imposibles, la explicación de todo cuanto ignorábamos, el refugio para los derrotados e impotentes.
Sobre estas muletas se apoyaban la fe y la “religiosidad” de muchos cristianos.[8]
El silencio de Dios
Si añadimos a este proceso de oscurecimiento del Rostro de Dios, realizado por no pocos creyentes, el silencio de Dios, no hay que extrañarse si tantos seres humanos viven en situación de ateísmo en sus dos vertientes: ateísmo asumido como postura intelectual y filosófica y ateísmo vivido en la praxis diaria.
Y es que el Dios en el que creemos, es eminentemente paradójico, pues a la vez que se oculta, se revela, por esta opción suya de no apabullar al hombre, de no imponerse, que provoca que la fe no sea una evidencia inevitable, sino, más bien, un acto verdaderamente libre. Todo esto nos dice mucho más de Quien es El.
Por eso, a pesar de este silencio de Dios, que permite negarlo y afirmarlo, el creyente tiene una certeza moral de la existencia de Dios, no basada en experiencias medibles, propias de las ciencias empíricas, sino en el testimonio del Espíritu de Dios. Se trata, en definitiva, de una certeza de la fe.
Conclusión
Deseo concluir estas reflexiones, citando a A. Hortelano, espigadas por el P. Larrañaga:
“Hoy el mundo necesita más que nunca de una vuelta a la contemplación… El verdadero profeta de la Iglesia del futuro será aquel que venga del “desierto” como Moisés, Elías, el Bautista, Pablo y sobre todo Jesús, cargados de mística y con ese brillo especial que sólo tienen los hombres acostumbrados a hablar con Dios cara a cara.
[1] LARRAÑAGA, Ignacio, Muéstrame tu rostro, San Pablo, México 2000, p. 9. Énfasis del autor.
[2] El Concilio dice expresamente: “(…) el ateísmo se deb[e] considerar entre los más graves problemas de nuestro tiempo y deb[e] ser examinado con suma atención.” LG 19.
[3] LG 19.
[4] GELABERT BALLESTER, Martín, Experiencia humana y Comunicación de la fe. Ensayo de Teología Fundamental, Ed. Paulinas, Col. “Teología y pastoral”, Madrid 1983, p. 84.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica (en adelante, lo abreviaré de la siguiente manera: CEC), n. 29.
[6] LARRAÑAGA, Ignacio, op. cit., p. 9.
[7] Para una perspectiva más amplia de este planteamiento, cfr. AMATULLI VALENTE, Flaviano, Diálogo cultural, en A.A.V.V. La Iglesia ante la Historia. En el pasado y el presente, Ediciones Apóstoles de la Palabra, México, DF 2004.
[8] LARRAÑAGA, Ignacio, op. cit., p. 9-10.
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