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El blog del Pbro. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

Biblia y Tradición, inseparables

Biblia y Tradición, inseparables

Discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI al recibir en audiencia a los profesores, estudiantes y personal del Pontificio Instituto Bíblico, en el centenario de su fundación. 

 

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL PONTIFICO INSTITUTO BÍBLICO
EN EL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN

Sala Clementina
Lunes 26 de octubre de 2009

 

Señores cardenales;
reverendísimo prepósito general de la Compañía de Jesús;
ilustre rector;
ilustres profesores y queridos alumnos del Pontificio Instituto Bíblico:

Con verdadero placer me encuentro con vosotros con ocasión del 100° aniversario de la fundación de vuestro Instituto, querido por mi santo predecesor Pío X con el fin de constituir en la ciudad de Roma —como se ha dicho— un centro de estudios especializados sobre la Sagrada Escritura y las disciplinas relacionadas con ella. Saludo con deferencia al cardenal Zenon Grocholewski, al que expreso mi agradecimiento por las corteses palabras que me ha querido dirigir en vuestro nombre. Saludo igualmente al prepósito general, padre Adolfo Nicolás Pachón, y aprovecho con gusto la ocasión que se me ofrece para manifestar sincera gratitud a la Compañía de Jesús, la cual, no sin notable esfuerzo, despliega inversiones financieras y recursos humanos en la gestión de la Facultad del Oriente antiguo, de la Facultad bíblica aquí en Roma y de la sede del Instituto en Jerusalén. Saludo al rector y a los profesores, que han consagrado la vida al estudio y a la investigación escuchando constantemente la Palabra de Dios. Saludo y agradezco al personal, a los empleados y a los trabajadores su apreciada colaboración, así como a los bienhechores que han puesto y siguen poniendo a disposición los recursos necesarios para el mantenimiento de las instalaciones y para las actividades del Pontificio Instituto Bíblico. Saludo a los ex alumnos unidos espiritualmente a nosotros en este momento, y especialmente os saludo a vosotros, queridos alumnos, que procedéis de todas las partes del mundo.

Han transcurrido cien años desde el nacimiento del Pontificio Instituto Bíblico. En el transcurso de este siglo, ha aumentado ciertamente el interés por la Biblia y, gracias al concilio Vaticano II, sobre todo a la constitución dogmática Dei Verbum —de cuya elaboración fui testigo directo participando como teólogo en los debates que precedieron su aprobación— se ha percibido mucho más la importancia de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Esto ha favorecido en las comunidades cristianas una auténtica renovación espiritual y pastoral, que ha afectado sobre todo a la predicación, a la catequesis, al estudio de la teología y al diálogo ecuménico. A esta renovación vuestro Pontificio Instituto ha dado una significativa contribución con la investigación bíblica científica, con la enseñanza de las disciplinas bíblicas y la publicación de estudios cualificados y revistas especializadas. En el transcurso de las décadas se han sucedido varias generaciones de ilustres profesores —quisiera recordar aquí, entre otros, al cardenal Bea—, que han formado a más de siete mil profesores de Sagrada Escritura y promotores de grupos bíblicos, así como a muchos expertos que colaboran actualmente en diversos servicios eclesiásticos en todas las regiones del mundo. Damos gracias al Señor por esta actividad vuestra orientada a interpretar los textos bíblicos según el espíritu en el que fueron escritos (cf. Dei Verbum, 12), y abierta al diálogo con las demás disciplinas, con las distintas culturas y religiones. Aunque ha conocido momentos de dificultad, se ha realizado con fidelidad constante al Magisterio según las finalidades propias de vuestro Instituto, surgido precisamente “ut in Urbe Roma altiorum studiorum ad Libros sacros pertinentium habeatur centrum, quod efficaciore, quo liceat, modo doctrinam biblicam et studia omniaeidem adiuncta, sensu Ecclesiae catholicaepromoveat”(Pius PP. X, Litt. Ap. Vinea electa, 7 de mayo de 1909: AAS 1 [1909], 447-448).

Queridos amigos, la celebración del centenario constituye una meta y al mismo tiempo un punto de partida. Enriquecidos con la experiencia del pasado, proseguid vuestro camino con renovado empeño, conscientes del servicio a la Iglesia que se os requiere: acercar la Biblia a la vida del pueblo de Dios, para que sepa afrontar de forma adecuada los desafíos inéditos que los tiempos modernos plantean a la nueva evangelización. Es deseo común que en este mundo secularizado la Sagrada Escritura se convierta no sólo en el alma de la teología, sino también en la fuente de la espiritualidad y del vigor de la fe de todos los creyentes en Cristo. Que el Pontificio Instituto Bíblico siga, por tanto, creciendo como centro eclesial de estudio de alta calidad en el ámbito de la investigación bíblica, utilizando las metodologías críticas modernas y en colaboración con los especialistas en dogmática y en otras áreas teológicas; que asegure una esmerada formación a los futuros profesores de Sagrada Escritura para que, valiéndose de las lenguas bíblicas y de las distintas metodologías exegéticas, puedan acceder directamente a los textos bíblicos.

La ya citada constitución dogmática Dei Verbum, al respecto, subrayó la legitimidad y la necesidad del método histórico-crítico, reconduciéndolo a tres elementos esenciales: la atención a los géneros literarios, el estudio del contexto histórico y el examen de lo que se suele llamar Sitz im Leben. El documento conciliar, al mismo tiempo, mantiene firme el carácter teológico de la exégesis indicando los puntos de fuerza del método teológico en la interpretación del texto. Esto porque el presupuesto fundamental sobre el que se asienta la comprensión teológica de la Biblia es la unidad de la Escritura, y a este presupuesto corresponde como camino metodológico la analogía de la fe, es decir, la comprensión de cada texto a la luz del conjunto. El texto conciliar añade otra indicación metodológica. Al ser la Escritura una sola cosa a partir del único pueblo de Dios, que ha sido su portador a lo largo de la historia, en consecuencia leer la Escritura como una unidad significa leerla a partir del pueblo de Dios, de la Iglesia como de su lugar vital, y considerar la fe de la Iglesia como la verdadera clave de interpretación. Si la exégesis quiere ser también teología, debe reconocer que la fe de la Iglesia es la forma de “sim-patía” sin la cual la Biblia sería un libro sellado: la Tradición no cierra el acceso a la Escritura, sino que más bien lo abre; por otro lado, la palabra decisiva en la interpretación de la Escritura corresponde a la Iglesia, en sus organismos institucionales, pues de hecho es a la Iglesia a quien se le ha encomendado el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios escrita y transmitida, ejerciendo su autoridad en nombre de Jesucristo (cf. Dei Verbum, 10)

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os agradezco vuestra grata visita, os animo a proseguir vuestro servicio eclesial, en constante adhesión al magisterio de la Iglesia; y, asegurando a cada uno de vosotros el apoyo de la oración, os imparto de corazón, como prenda de los favores divinos, la bendición apostólica.

Noviembre 3, 2009 Publicado por Jorge Luis | Benedicto XVI | , , | Aún no hay comentarios

El sacrificio

En este artículo sobre el Sacrificio es interesante tener presenta algunas ideas que nos permiten entrar en una reflexión más profunda en el misterio de Cristo, ya que Él es el sacrificio más perfecto en la historia de la salvación, porque es enviado al mundo a cumplir la misión que el Padre celestial le ha confiado; ahora hay que profundizar sobre la eucaristía como sacrificio o por qué para nosotros católicos la eucaristía es un sacrificio.

Ante todo, la eucaristía es sacrificio no propiamente en cuanto “ofrenda de dones”, sino en cuanto ofrenda del corazón. Es la entrega de la persona, la entrega total de sí que hace Cristo y que el hombre, a causa del pecado, no puede hacer.

Así que mediante la persona de Cristo nos hacemos merecedores de la gracia de Dios, pues nos santificamos por medio de su Hijo, que dio la vida por la salvación de todo el género humano

El Padre lo ha enviado al mundo y lo ha entregado a nuestra libertad, que es la que lo ha sacrificado llevándolo a la cruz. Por tanto, Jesús no es víctima de Dios, sino de nosotros los hombres.

Efectivamente, en los cuatro relatos de la institución que hallamos tanto en el Nuevo Testamento como en las anáforas, se alude, bien en relación con el pan-cuerpo de Cristo, bien a propósito del cáliz-sangre, a esta ofrenda de la persona de Jesús hecha “por vosotros”, la expresión de Marcos dice “por muchos” y Mateo añade “para el perdón de los pecados”.

Un discípulo que quiera ser el primero o el mayor ha de hacerse el servidor, el esclavo de los demás, a ejemplo del Hijo del hombre, que entrega su vida al servicio de los otros y como rescate por quienes son esclavos.

“Servir”, “da su vida”, muere “como rescate”, para provecho de la multitud, estas frases son propiamente elementos que nos permiten entender como es que Jesús se ofrece en sacrificio. La idea anterior nos permite comprender a la misión que todos los cristianos estamos llamados ha realizar dentro de nuestra Iglesia, ser servidores de los demás en la medida que logramos entender nosotros futuros pastores esta misión nuestra servicio será sin limites, ni reservas o poniendo excusas como muchas veces puede suceder en nuestra Iglesia. Es interesante ver como la Iglesia sigue reflexionando sobre el sacrificio de Jesús, es decir del sacrificio del Calvario a la comida eucarística, no nos quedamos en la muerte sino vamos más allá. Jesús es nuestro alimento espiritual que nos sigue fortaleciendo cada día que participamos del banquete eucarístico.

 Jesús sabe que Dios no quiere sacrificios sino en el sentido expresado por los salmistas y otros autores del AT: “Ni sacrificio ni oblación querías, pero el oído me has abierto; no pedías holocaustos ni victimas, dije entonces: Heme aquí, que vengo. Se me ha prescrito en el rollo del libro hacer tu voluntad”, (Sal 40, 7-8).

Toda la entrega de Jesús va dirigida a suscitar en nosotros la conversión libre, a despertar nuestra responsabilidad. Él aporta al común destino humano su victoria. Y quien se une a él comparte esa victoria.

Los cristianos no somos receptores pasivos del don sacrificial de Jesús, sino que nos incorporamos a Aquel que es nuestra Cabeza, para participar en su ofrenda al Padre. Nosotros los cristianos tenemos que tener presente lo que dice san Pedro, “también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. (1 Pe 2, 5).

 

Comentario personal:

El presente artículo de Maldonado me parece significativo, pues me parece que ayuda a tener presente la dimensión de sacrificio, que de hecho se encuentra a lo largo de toda la historia de la salvación.

Algo que siempre me ha llamado la atención en la Eucaristía es la alusión al Cordero de Dios. Pienso que es uno de los elementos muy ricos que nos ayuda a descubrir y a vivir la dimensión sacrificial de la Eucaristía, que hemos descuidado para favorecer la dimensión convivial.

En efecto, el título Cordero y Cordero de Dios se aplican a Jesús casi exclusivamente en los libros del NT que se atribuyen a Juan: el Cuarto Evangelio y el Apocalipsis. Aunque otros libros del NT (cf. Hch 8, 32-35; 1Pe 1, 19) dicen que Jesús es como un cordero en ciertos aspectos,, sólo Juan se atreve a llamar a Jesús el Cordero (Jn 1, 36 y a lo largo de todo el Apocalipsis). Pues bien, sabemos por los escritos veterotestamentarios que el cordero se identifica con el sacrificio.

Pienso que el sacrificio es una necesidad del corazón humano, como se observa en la religiosidad de nuestro pueblo, que en muchos aspectos refleja la conciencia veterotestamentaria. Recuerdo que Mahatma Gandhi mencionó alguna vez que un culto sin sacrificio es una de las absurdas pretensiones de la edad moderna. La noción de sacrificio es una corriente que fluye del mundo bíblico y también del mundo no bíblico, en al alma israelita y en el alma de los gentiles. Es decir, fluye del corazón de cada ser humano. Pienso que la Biblia lo expresa bellamente en estas frases:

«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor» (Sal 116, 13).

En efecto, no es suficiente con que Cristo derramase su sangre y muriese por nosotros. Ahora nos toca cumplir nuestra parte en la Alianza que renovamos en cada Eucaristía: es necesario comer el Cordero pascual para tener vida en nosotros (Cf. Jn 6, 53).

 

 

Maldonado, L., Eucaristía en devenir, Santander, Sal Terrae, 1997, 187-194.

Noviembre 24, 2008 Publicado por Jorge Luis | Teología | , , | Aún no hay comentarios

Experiencia espiritual en la Biblia

Experiencia espiritual en la Biblia

 

Maggioni expone magistralmente en este denso artículo la experiencia espiritual que se asoma a cada página de la Sagrada Escritura. Me gustó mucho acercarme a la Biblia desde esta perspectiva, pues recién caigo en la cuenta que cada libro o conjunto de libros de la Biblia son el fruto de las corrientes espirituales que se han dado en el seno del Pueblo de Dios.

Si bien es cierto que me acerqué así a la historia bimilenaria de la espiritualidad cristiana, no supuse que eso se realizara entre nuestros hermanos mayores.

Así pues, las páginas sagradas no son fruto de individuos aislados, desconectados de los hombres de su tiempo o de las vicisitudes de su época. Cada texto sagrado es fruto de la experiencia espiritual de las comunidades judías y/o cristianas, de las que formaban parte personas especiales con la capacidad de presentar coherentemente las intuiciones y conquistas de cada época, respondiendo así a los retos y desafíos.

Además, queda muy claro en la experiencia espiritual, tal como se presenta en la Biblia, que la relación con Dios no es excluyente, puesto que genera una serie de relaciones que abarcan todo el propio entorno, en el proceso de la incesante búsqueda de la voluntad de Dios. No es sólo vertical y descendente, es también horizontal y ascendente, sumamente incluyente. Más aún, cada experiencia espiritual nos proporciona la luz que ilumina la existencia histórica y las claves para interpretarla.

Lo que me queda claro es que a Dios se le experimenta en la Historia, que se transforma en Historia de la Salvación, y nos permite descubrir los atributos de Dios y su manera propia de actuar. De esta manera descubrimos en la Biblia que quién toma siempre la iniciativa es Dios. Se trata de una iniciativa libre y gratuita, a la que el hombre responde con la fe y cumpliendo la misión que Dios exige. Por eso Él es el Dios de todos. Algo que destaca en la espiritualidad bíblica es el recurso a la memoria. El espacio privilegiado para hacerlo es la liturgia, dónde no sólo se recuerda, sino que se actualiza la experiencia salvífica. Este recurso a la memoria le permite también tener una gran apertura hacia el futuro, que Israel mira con confianza, rompiendo el círculo sinfín del eterno retorno, puesto que confía en YHWH, el Dios que es siempre fiel a sus promesas y que no dejará nunca de sorprendernos.

Lo que me sorprendió más en la lectura de Maggioni es que nos des-vela que Israel es extremadamente fiel a sus orígenes pero con una apertura a lo nuevo. Es una conjugación especial de memoria y futuro. Maggioni la describe como una “espiritualidad nómada” y, por tanto, siempre en camino, jamás instalada, persistentemente en búsqueda. Por lo tanto, no sorprende que esta experiencia se viva en comunidad, bajo el signo del diálogo, no sólo con los de la propia comunidad, si no con los de afuera, asimilando lo mejor de las culturas contemporáneas, que llega así a formar parte del propio patrimonio. Israel está radicalmente encarnado en su ambiente. Por dos motivos:

a) la asimilación de toda experiencia y de su expresión que son propias de su ambiente vital. Esto se convierte en un poderoso instrumento de diálogo entre Israel y los pueblos contemporáneos, que en determinados momentos (el libro de la Sabiduría es un caso típico) llega a una intensidad extraordinaria.

b) Las vicisitudes históricas que vivió Israel en su interior y en sus relaciones con los demás pueblos son un estímulo importante (asumido por la revelación de Dios) en el progreso de la experiencia espiritual de Israel.

Los protagonistas de esta experiencia salvífica son Dios y el hombre. En la espiritualidad bíblica se da una conjunción armónica del primado de Dios y, al mismo tiempo, del primado del hombre.

La riqueza del Nuevo Testamento salta a la vista, pues nos ofrece las corrientes teológicas y espirituales de los cristianos de origen judío palestinense, los de la diáspora y los que vienen más allá de las fronteras afectivas de Israel. Se trata de la vivencia del Evangelio en los más variados entornos, en una sorprendente continuidad (con la consiguiente discontinuidad) con la experiencia de Israel, pero centrada en una persona: Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, perfecto revelador del Padre, imagen de Dios invisible, que ha hecho la experiencia de la kenosis por su perfecta Encarnación.

Noviembre 21, 2008 Publicado por Jorge Luis | Historia Eclesiástica, Teología | , | Aún no hay comentarios