Abundancia de sauces

Blog del P. Jorge Luis Zarazúa

«JESÚS DE NAZARETH» DE JOSEPH RATZINGER

«JESÚS DE NAZARETH» DE JOSEPH RATZINGER

Mauro Matthei

HUMANITAS NRO. 47

 

«Por cierto que no necesito decir que este libro no representa de manera alguna un pronunciamiento del magisterio de la Iglesia, sino únicamente una expresión de mi búsqueda personal del ‘rostro del Señor’ (Sal 27,8). Por ello quienquiera que opte por contradecirme, podrá hacerlo libremente. Tan sólo solicito de los lectores aquel anticipo de simpatía sin el cual no se logra comprensión alguna». Con este sorprendente y humilde gesto de bajar la guardia concluye Benedicto XVI su prólogo al primer tomo de su libro sobre Jesús de Nazaret, que en diez iluminados capítulos se aboca al tiempo desde el bautismo en el Jordán hasta la transfiguración en el Tabor. No obstante tal mo­destia, en la primera semana de su aparición se vendieron 50 mil ejemplares del libro y hasta la fecha las primeras ediciones en alemán, inglés e italiano van por el millón y medio de ejemplares. La edición griega mereció el público elogio del mismísimo patriarca de Constantinopla, Barto­lomé I, y no hace falta hablar de la avalancha de traducciones en las más diversas lenguas que se están preparando.
Es que en esta obra se comprueba una vez más el particular carisma de Benedicto XVI de discurrir sobre alta teología en el más simple y accesible de los lenguajes. Es de desear que todas las traducciones logren transmitir el lím­pido y hermoso alemán en que el Papa vertió su pensamiento, al mismo tiempo riguroso y documentadísimo. La edición de este fascinante retrato de la persona y vida de Jesús está exenta de notas al pie de página; pero en el apéndice se explicitan para cada capítulo los numerosos autores y títulos consultados. David se ha des­pojado de toda armadura al correr hacia Goliat. Y en esto de los autores el Papa procede con toda honestidad, sin hacer diferencia entre católicos, ortodoxos, protestantes y aun judíos. Entre estos últimos cita al rabino Jacob Neusner, de cuyo libro A Rabbi talks with Jesus. An Intermillenial Interfaith Exchange (Doubleday, New York 1993) confiesa que «le ha llegado a ser de una gran ayuda» (pg.134).
Vale la pena detenerse en esta observación. Re­vela Ratzinger: «Neusner, judío creyente y rabino, se educó en relaciones amistosas de cristianos cató­licos y evangélicos, dicta cátedra universitaria junto con teólogos cristianos, enfrenta la fe de sus colegas cristianos con profundo respeto, pero persevera en su honda convicción de la validez de la interpretación judía de las Sagradas Escrituras. Su respeto de la fe cristiana y su fidelidad al judaísmo lo han movido a buscar el diálogo con Jesús. Lo sigue en espíritu, se sienta a sus pies, escucha sus dichos y parábolas. Se siente tocado por la grandeza y pureza de sus palabras, pero al mismo tiempo lo inquieta la incom­patibilidad del sermón de la montaña con su propia fe. Finalmente se decide por no seguir a Jesús, para quedarse, como él lo expresa, ‘con el Israel eterno’». ¿Cuál es el motivo de su final alejamiento de Jesús? La centralidad de su «yo», su ponerse por encima de la ley divina, su pretensión de igualdad con Dios, que el rabino percibe como implícita en sus palabras. También la gente simple de Galilea había tenido esa impresión cuando «quedaron pasmados, de tal manera que se preguntaba unos a otros: ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con autoridad!» (Mc 1,27). Como se puede ver, el «escándalo» para Neusner no es otro que el de sus antepasados que le habían reprochado a Jesús: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn 10,33).
Ahora bien, es este el punto –el de las «preten­siones divinas» de Jesús de Nazaret, el de su «arrogancia» de hablar con «autoridad»– que inquieta igualmente a los exegetas cristianos que en seguimiento de Rudolf Bultmann han explorado las Escrituras aplicando el llamado método histórico-crítico. Según el famoso exe­geta protestante el Nuevo Testamento no nos revelaría a Jesús, sino solamente lo que la comu­nidad primitiva creía de él. Por lo tanto, habría que descubrir al «Jesús histórico», a través, o a contrapelo del «Cristo de la fe» elaborado por los seguidores del maestro. Todo lo que los evangelios ponen en boca de Jesús y suena a con­ciencia mesiánica, simplificando un poco, «no puede haberlo dicho él, o al menos no de este modo». Se imponía, pues, el examen o revisión de los distintos estratos de las tradiciones. Pero la cosecha de este intento de «reconstrucción» del Jesús histórico resultó magra y altamente contradictoria. Ratzinger, sin negar la utilidad de dicho método, analiza en el prólogo de su libro sus prejuicios y limitaciones.
Se detiene especialmente en el exegeta católico más importante de Alemania, Rudolf Schnac­kenburg, que se había dado perfecta cuenta del efecto demoledor para la fe que había causado tanto análisis crítico de los textos del Nuevo Testamento. En su último libro La persona de Jesucristo en el espejo de los cuatro evangelios (Herder, Friburgo 1993), había tratado de con­ciliar de algún modo dicho «método científico» con los datos tradicionales de la fe para llegar a conclusiones que Ratzinger encuentra am­biguas. Cita una de las conclusiones del libro de Schnackenburg: «Al misterioso hijo de Dios aparecido en la tierra los evangelios tratan como de revestirlo de carne» y comenta con suave burla: «Los evangelios no necesitaban ‘revestirlo’ de carne, ya que él realmente se había encarnado» (p.13).
Asimilando, con todo, lo positivo que ofrece la ciencia exegética moderna y las precisiones que la misma Iglesia, después de la Dei Verbum ha presentado en dos documentos a los que Ratzinger se refiere varias veces (La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1994 y El pueblo judío y su Escritura Sagrada en la Biblia cristiana, 2001), el autor se ha propuesto, como dice «presentar al Jesús de los evangelios como el Jesús real, como el ‘Jesús histórico’ en su sentido propio» Y prosigue: «Estoy persuadido, y espero que también los lectores puedan verlo, que tal figura de Jesús es mucho más lógica, y también desde el punto de vista de la historia mucho más comprensible que aquellas reconstruccio­nes con las cuales se nos ha confrontado en los pasados decenios. Pienso que precisamente este Jesús, el de los evangelios, es una figura con sentido y ajustada al dato histórico. Sólo en el caso de que haya sucedido algo extraordinario, de que la persona y las palabras de Jesús hayan sobrepasado radicalmente el término medio de todas las esperanzas y expectativas, se ex­plica su crucifixión, se esclarecen las repercusiones de su persona. Apenas a aproximadamente veinte años de la muerte de Jesús encontramos en el gran himno a Cristo de la carta a los Filipenses (2,6-11) una cristología plenamente desplegada, en la cual se dice de Jesús que era igual a Dios, pero que se despojó de su rango, se hizo hombre, se humilló hasta la muer­te, hasta la muerte en cruz y de que le corresponde el homenaje cósmico, la adoración, que Dios había anunciado en el profeta Isaías (45,23) y a la cual tan sólo él tenía derecho» (Prólogo, pp. 20-21).
Después de esta hábil contraposición de los motivos tanto de judíos como de los modernos exegetas protestantes para no admitir los ele­mentos divinos –digámoslo así– en la persona de Jesús, el Papa pasa en los diez capítulos de su libro a levantar los sillares de su «opción creyente». Después de una Introducción titulada «Primera mirada al secreto de Jesús» sigue con los capítulos: 1. El bautismo de Jesús; 2. Las tentaciones de Jesús; 3. El evangelio del reino de Dios; 4. El sermón de la montaña; 5. La oración del Señor; 6. Los discípulos; 7. El mensaje de las parábolas; 8. Las grandes imágenes de San Juan; 9. Dos hitos importantes en el camino de Jesús: La confesión de Pedro y la Transfiguración; 10. Autotestimonios de Jesús. En cada uno de estos temas, desarrollados en estilo de meditaciones, se prosigue al mismo tiempo la refutación de su anterior abordaje por la exégesis racionalis­ta, de modo que la fe tradicional sale en todo momento fortalecida. La «opción creyente», la actitud de confiar simplemente en lo que dicen los evangelios, no es irracional, recuerda Ratzinger, sino altamente racional y no sólo eso, sino simultáneamente «razonable». Para captar las vibraciones que contienen estas palabras de Benedicto XVI, conviene tomar nota de que en la lengua alemana el concepto de «razón» conlleva el de «razonabilidad», «sensatez». Para el Papa es «sensato» prestar credibilidad a los evangelios y partir de la base de que ellos no oscurecen la figura de Jesús, sino que la ponen al descubierto.
A la posible objeción de que la fe obraría como una especie de «prejuicio» que impediría reco­nocer la verdad del objeto, Ratzinger desenmas­cara a su vez los prejuicios de los racionalistas, que responden a la sentencia de que «no puede ser lo que no debe ser». Y este «no debe ser» en el caso de Jesús es su autoconciencia divina. La diferencia está en que la fe es una forma de conocimiento, es decir, un acto de la inteligencia, mientras que el principio de que «no puede ser lo que no debe ser» es un acto de la voluntad. Mejor se entiende así, por qué en su discurso de Ratisbona, Benedicto XVI apela a la ampliación de la razón, a dejar caer las autolimitaciones que excluyen de lo razonable el fenómeno religioso.
Magistral es también cómo en el capítulo 8, que trata de «Las grandes imágenes de San Juan», Ratzinger, por medio de una introducción so­bre la problemática joanea (pp.260-280), entra resueltamente en el terreno más sagrado de la exégesis racionalista. La obra cumbre de ésta la había constituido, sin duda, el comentario del evangelio de San Juan de Rudolf Bultmann, publicado en Gotinga en 1941. No es posible explayarse en este espacio sobre la argumenta­ción, normalmente serena, con que Ratzinger rebate los principales argumentos de la tesis bultmaniana. Pero, al concluir, no se cohíbe en las frases más «duras» de su libro: «En este punto Bultmann yerra» y, algo más adelante: «Cuando, partiendo del actual estado de las investigaciones (bí­blicas), volvemos la mirada a la interpretación joanea de Bultmann, se vuelve a hacer evidente cuán poco una alta calidad científica logra evitar abismantes errores»(p.262).
El libro concluye con el más apasionante de sus capítulos, titulado «Los autotestimonios de Jesús». En él el autor analiza tres títulos con que Jesús se refiere a sí mismo: Primero, el más frecuente en la boca de Jesús: «Hijo del hombre»; después, el más medular, «Hijo»; finalmente el más misterioso: «Yo soy». Todo en estos pasajes es a la vez tradicional y sorprendente, «nuevo». La Iglesia primitiva, nos dice Ratzinger, tuvo que comprender y aclarar estos títulos y delimitar­los contra interpretaciones tendenciosas en un largo proceso, que desembocó en el recurso del concilio de Nicea (325 d.C) al término griego «homoousios»: la Palabra es «consubstancial» con el Padre. «Esta palabra no ha helenizado la fe, ni la recargó con una filosofía extraña, sino que retuvo precisamente lo incomparablemente ‘nuevo’ y ‘diferente’ que se manifestó en las palabras de Jesús a su Padre. En el Credo de Nicea la Iglesia confiesa con Pedro siempre de nuevo a Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,16)» (p.407).

Con este libro Benedicto XVI incontestablemente ha lanzado una piedra al lago, que producirá muchos e imprevisibles círculos.

noviembre 4, 2009 Posted by | Zarazúa | , , , , , | Deja un comentario

   

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