Mi versión del Padre nuestro

Padre bueno, tú estás aquí y ahora, envolviéndonos y amándonos, pues tú mismo eres el cielo. Que tu nombre sea santificado; que tú seas amado, deseado, querido, saboreado, anhelado…

 

Que tu presencia amorosa habite entre nosotros, en nuestros corazones y que se realice en las estructuras sociales, en la vida de la Iglesia y de nuestras familias. Que todos nos experimentemos como hijos tuyos. Que seamos capaces de saber, de gustar y de sentir, de saborear con todos los poros de la piel y con todas nuestras terminaciones nerviosas, que tú eres nuestro Padre, nuestro querido papá, nuestro papito. Que aprendamos, por tanto, a reconocernos, a mirarnos y a tratarnos como hermanos, como verdaderos hermanos.

 

Que lo que más anhelas sea realizado entre nosotros; que amemos lo que tú amas, que soñemos lo que tú sueñas, que vivamos como tú quieres que vivamos, tal como lo hacen tus amigos en el cielo y todos los que te aman en la tierra.

 

Danos hoy el Pan de cada día, danos el alimento necesario y la bebida que requerimos. Danos lo necesario para recuperar nuestras fuerzas y bendice abundantemente el fruto de nuestro trabajo.

 

Perdónanos por las veces que te hemos ofendido, cuando nos hemos distanciado de ti, cuando hemos dudado de tu amor, cuando vamos en busca de cisternas agrietadas y marchamos en busca de becerros de oro; cuando nos alejamos de ti, la única fuente de la vida, nuestra única Patria, el seno materno donde fuimos tejidos y formados.

 

Perdónanos y ayúdanos a perdonar a quienes nos han ofendido. Que sepamos comprender sus motivos, que disculpemos sus errores, que tratemos de entender sus intenciones. Destierra de nuestros corazones los prejuicios, arranca la cizaña de la envidia y la hierba mala de la discordia. Siembra en nuestros corazones el trigo de la comprensión, sánanos con el bálsamo de la paz y úngenos con el aceite del perdón, para que seamos capaces de ver a los otros como amigos y como aliados. Que los podamos amar y perdonar como tú nos amas y nos perdonas a nosotros.

 

Ayúdanos, Padre, en los momentos de tentación, pues tú sabes que somos barro; tú sabes de qué barro estamos hechos; tú sabes que somos frágiles y que llevamos nuestros tesoros en vasijas de barro, sumamente quebradizas si tú no estás a nuestro lado. Acuérdate que sin ti nada podemos hacer. Fortalécenos cuando estemos débiles; que en esos momentos podamos elevar nuestros ojos y nuestros corazones hacia ti, Padre bueno, para recibir de ti la fuerza que necesitamos.

 

Líbranos del Maligno y protégenos del mal… del mal que quieran realizar en contra nuestra y del mal que a veces queremos hacerle a nuestro prójimo. Que la maldad, Padre, no se instale en nuestros corazones ni sea huésped permanente en nuestras mentes.

 

Te lo pedimos a ti que vives y nos amas por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

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