Querido/a amigo/a:

Querido/a amigo/a:

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¿De qué quiero hablarte hoy? De la importancia de las palabras, de las que decimos y de las que no decimos, del cómo las decimos y a quién se las decimos. Aunque no lo parezca, las palabras que usamos revelan mucho de lo que somos, de lo que anhelamos, de la manera en que vemos el mundo. Alguien dijo por allí que el límite de nuestro mundo es el límite de nuestro lenguaje, es decir de nuestras palabras y de todo lo que hacemos con ellas.

(…)

 

¿Te das cuenta de lo maravillosas que son las palabras y de lo que podemos hacer con ellas? Por eso me gusta la magia de leer y el milagro de escribir lo que pienso.

 

Bueno, pero de lo que quiero hablarte es de algunos verbos sobre los que he estado meditando: ver, mirar, observar y contemplar. Los cuatro se refieren a algo muy parecido, pero varían en intensidad, en la fuerza y en el para qué se ve. Ver es más amplio; significa captar las cosas que tienes ante tus ojos, pero de manera muy general. Mirar implica una mirada más atenta. A veces “ves” un libro, pero lo haces medio distraído. Aprecias que es un libro, que tiene letras, etc. Cuando lo “miras”, pones tus ojos más atentos. Como cuando “miras” una película que te gusta. Como que le pones más atención. Hasta puedes contármela con muchos detalles. Si sólo la ves, sólo me darías una idea muy vaga. Observar es una mirada todavía más cuidadosa. Ves atentamente cada una de las partes, cada una de las escenas, te das cuenta más de los detalles. Implica “mirar”, pero se va más allá. El otro verbo es contemplar; es una mirada más profunda, que abarca todo, pero miras no sólo con los ojos, “miras” con todo tu ser, todo tú te concentras y captas muchas más cosas.

 

“Ver” es lo que hacemos la mayoría de los seres humanos; “mirar” requiere la capacidad de prestar atención, de enfocar más nuestra atención. No todos somos capaces de mirar. O “miramos” sólo lo que nos gusta. Es la mirada de alguien que dedica tiempo a pensar. “Observar” es la mirada del científico, que descompone lo que estudia, que lo analiza…

 

“Contemplar” es la manera de mirar del enamorado, del que se queda “contemplando”, saboreando, disfrutando… Así miramos lo que es bello. Así contemplamos una puesta de sol, un cielo estrellado, una flor, a alguien que nos gusta… Contemplar es algo más profundo, porque ves con todo tu ser. Es la mirada que debe tener el cristiano, el que se sabe hijo de Dios, el que se descubre amado por Dios.

¿Sabes por qué? Porque el que mira de esta forma sabe que está ante lo sagrado, que está ante un templo (con-templar; con-templo). Ah, si supiéramos mirar de esta forma, ¡qué diferente sería el mundo! Descubriríamos que todo lo que nos rodea y todos los que nos rodean son sagrados.

El que sólo “ve”, profana lo que está ante sus ojos. No le da la debida importancia. No sabe reconocer lo sagrado que hay en todas y cada una de las personas y en las cosas que nos rodean. Pasa de largo, no se detiene.

El que “mira”, puede también profanar lo que se ofrece ante su mirada, porque puede verlo equivocadamente. Por eso notamos más los defectos de quienes conviven con nosotros, que las muchas cualidades con que Dios ha adornado a cada ser humano y a cada ser de la creación. Es una forma peligrosa, porque puede ser que así nos vemos a nosotros mismos. A veces es una mirada de curiosidad, como cuando hay un accidente y se acerca un montón de curiosos. En este caso se le llama “morbo”, “morbosidad”. Puede ser una mirada enfermiza. Los que miran así, pueden decirte lo que vieron en el accidente: cuántos muertos, cuántos heridos… Es la mirada del periodista, como esos que salen en la televisión cuando hay un desastre. Miran, pero lo hacen sin respeto… Parecen muy conmovidos por el accidente, por la muerte y el sufrimiento de los seres humanos, pero en seguida dan otra noticia con una gran sonrisa en la boca, como si nada hubiera pasado.

 

El que “observa”, si no lo hace de la manera adecuada, puede profanar lo que está a su vista, porque puede cerrarse a su misterio. Es lo que hacen algunos que se consideran “científicos”, que quieren descomponer lo sagrado, que no descubren la presencia de Dios en toda la creación. Creen que observan, aunque sus ojos están cerrados. Ven las partes, pero no el todo. Ven el mecanismo, pero no ven al Creador. Ven la lógica, pero no ven al que diseñó todo cuanto existe. El que observa, Querido/a amigo/a, generalmente lo hace con violencia. Es la imagen del científico descuartizando un animalito para “observar” lo que esconde en su interior. Hasta llega a ocupar un microscopio. Con esa mirada “observamos” a los demás y juzgamos sus intenciones. Los catalogamos según etiquetas que cargamos en nuestro “microscopio” o nuestro “telescopio”. Lo que es grande, las cualidades, lo vemos chiquito. Lo que es pequeño o de tamaño normal, como los defectos, lo vemos grande. Es también la mirada del psicólogo, que puede ayudarnos mucho a conocernos, porque ve cosas que nosotros no vemos. Pero con frecuencia, el que “observa”, Querido/a amigo/a, no ve con simpatía, no se acerca con las actitudes básicas en la convivencia humana: comprensión, respeto, aprecio, confianza.

 

Ah, pero el que “contempla”, Querido/a amigo/a, aprecia todo lo que hay en toda la Creación. Trata de mirar a todos y a todo con una profunda simpatía, con agrado, sin prejuicios de ningún tipo, inspirado por el amor. No trata de profanar si no que respeta el misterio de las personas y las cosas.

En este sentido, puedo decirte, Querido/a amigo/a, que Dios no te “ve”, ni te “mira”, ni te “observa”. Dios te contempla. Te mira y sabe que tú eres un templo, sabe que eres alguien muy sagrado, muy especial. Te ve como lo hace un enamorado. Mejor aún, Querido/a amigo/a: Dios está enamorado de ti, te ama profundamente. No hace una suma cuidadosa de tus faltas, pero sí de tus victorias. No ve tus fracasos, pero sí todo el esfuerzo que realizaste.

 

¡Querido/a amigo/a, si aprendiéramos a mirar de esa forma! ¡Si nos dejáramos enseñar por Quien mira todo de esa forma, por Aquel que puede enseñarnos a con-templar! Te aseguro, Querido/a amigo/a, que el mundo sería muy distinto. Miraríamos a cada una de las cosas de la Creación y las respetaríamos como se respeta lo que es sagrado. Saborearías el agua de una manera nueva. Te sorprenderías ante el misterio de la fruta o de la comida… Verías la flor y no rasgarías sus pétalos. Apreciarías el vuelo de las aves y no su cadáver abatido por una resortera. Verías los ríos y no te atreverías a contaminarlos… Nuestro planeta seguiría siendo un paraíso, como salió de las manos de nuestro Padre celestial.

 

Si aprendiéramos a “contemplar” a los seres humanos, ¡qué distinta sería la manera de relacionarnos entre nosotros! Los veríamos con simpatía, porque descubriríamos, emocionados, que cada ser humano es un templo vivo de Dios. Recordaríamos que Dios nos creó a todos a su imagen y semejanza. Y nos amaríamos los unos a los otros. Nuestro mundo no tendría toda esta violencia que tanto daño hace, a todos, pero especialmente a los más pobres, a los pequeños.

 

Querido/a amigo/a, le pido a Dios un regalo muy especial: que nos enseñe a ti y a mí a con-templar. Que nos dé la capacidad de dejarnos enseñar a “con-templar”. Sólo de Él viene esto, porque estaríamos viendo con sus ojos y con su corazón.

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