La Espiritualidad Mariana después del Vaticano II

La Espiritualidad Mariana después del Vaticano II

 

Se trata de un interesante artículo de fray Ildefonso de la Inmaculada, que nos presenta la crisis de la mariología en el post-concilio, sus causas y cómo se superó esta “desorientación momentánea”, como le llamó Pablo VI en su Marialis Cultus.

Nos recuerda fray Ildefonso de la Inmaculada el ámbito en que se desarrolló la mariología conciliar, con esa verdadera carta magna de la Mariología contemporánea que es el Capítulo VIII de la Lumen Gentium, donde los Padres conciliares lograron presentar magistralmente las aportaciones de las corrientes eclesiotípica y cristotípica, utilizando un método que partía de la Escritura y la Tradición patrística y no de una mera especulación o una fácil argumentación del Magisterio.

La crisis de la Mariología se evidenció ya en los debates conciliares, precisamente en el ámbito de la votación para ubicar el capítulo sobre María. Los Padres conciliares estaban divididos al respecto. Esto evidenciaba defectos y problemas en el ámbito mariológico y mariano.

En efecto, a la conclusión del Concilio Vaticano II, por muchos y variados motivos se originó una crisis profunda en el quehacer teológico y en especial en la mariología. Se puede afirmar que el periodo postconciliar presenta para la teología católica y en particular para la mariología el aspecto de un paso a través de una cruda prueba. Un simposio promovido por la revista Ephemerides Mariologicae en 1970, describe el fenómeno e indica que las causas no están sólo en las posibles exageraciones doctrinales y devocionales, sino en el mismo Concilio en cuanto renovador de estructuras y método . De hecho el decenio siguiente a la promulgación de la Constitución Lumen gentium (1964-1974 ) se ha denominado «el decenio sin María», por el evidente vacío de la Virgen tanto desde la perspectiva teológica como por la inquietante disminución de la devoción mariana que se dio en ese periodo.

He aquí algunos aspectos que conviene destacar: ley del péndulo, se pasó de la inflación a la devaluación; repercusión en la mariología del cuestionamiento de otros contenidos doctrinales de cristología, pecado original, escatología; la exégesis bíblica de los evangelios de la infancia; esfuerzo de acercamiento a María buscando el plano antropológico y ecuménico; el proceso de secularización, decadencia y desinterés por los temas religiosos; se dio mucho más en el nivel de los estudiosos, que en el del pueblo sencillo.

¿Cómo se superó esta etapa? Por un nuevo impulso a la Mariología por Pablo VI con la exhortación apostólica Marialis Cultus (1974); por el impulso de Juan Pablo II: Redemptoris Mater (1987) y las nuevas orientaciones de la Mariología: la perspectiva bíblica, María de Nazaret según la Escritura; la orientación patrística; la orientación neumatológica y eclesiológica; por la orientación de María en el contexto del misterio cristiano: éste se puede explicar desde ella, y en ella encuentra su mejor realización humana; por la orientación litúrgica, no se puede prescindir del valor testimonial de las fuentes litúrgicas y de las fiestas marianas.

Tuvieron gran importancia, además del Magisterio Pontificio, la promoción de la espiritualidad mariana de las Sociedades Mariológicas y los Congresos de Semanas. Además, conviene citar la obra renovadora de los Institutos Religiosos, como los Siervos de María y la Orden de Carmelitas Descalzos, entre otros.

En fin, se trata de un artículo que me ha ayudado a descubrir nuevos aspectos de la espiritualidad mariana, pues ésta está estrechamente vinculada a toda la teología, especialmente a la cristología y la eclesiología. Por eso no sorprende que se insista que la espiritualidad mariana debe estar integrada dentro de la espiritualidad cristiana. Se trata de vertientes de una misma espiritualidad, pues todo lo mariano es cristiano. La mariología y lo mariano no es ningún tumor que deba extirparse, como lo expresó Karl Barth. La vida cristiana es esencialmente mariana, por eso la espiritualidad mariana tiene su propia estructura, que implica una actitud interior, una convicción profunda de piedad.

 

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