EVANGELII NUNTIANDI

Exhortación apostólica

EVANGELII NUNTIANDI

Acerca de la evangelización del mundo contemporáneo

 

 

 

 

 

Pablo VI, el Papa del Concilio Vaticano II, el Papa del Diálogo y el Papa de la Evangelli nuntiandi
Pablo VI, el Papa del Concilio Vaticano II, el Papa del Diálogo y el Papa de la Evangelli nuntiandi

 

Es una exhortación apostólica, que recoge los trabajos de la III Asamblea General del Sínodo de los Obispos. Inaugura un género en los documentos pontificios y, por tanto, del Magisterio, que se llamará después no sólo exhortación apostólica, como es este caso, sino exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, durante la III Asamblea los Padres sinodales entregaron al Sucesor de Pedro “el fruto de sus trabajos, declarando que esperaban del Papa un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización” (EN 2). 1

El documento ha querido celebrar el décimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, que ha querido hacer a la Iglesia del siglo XX más apta todavía para anunciar el Evangelio a la humanidad de este siglo.

No extraña, pues, que el documento tenga el espíritu conciliar, especialmente inspirado en tres documentos del Concilio: Lumen Gentium, Gaudium et spes y Ad gentes.

El lenguaje del documento es positivo. Intenta responder a diversos interrogantes:

¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva?

¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdadera mente al hombre de hoy?

¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?

Más aún: La Iglesia, ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?

Estas preguntas tratan de ser resueltas en siete capítulos y una conclusión.

El capítulo I, cuyo título es Del Cristo Evangelizador a la Iglesia Evangelizadora, nos recuerda las palabras de Jesús acerca de sí mismo y su misión: “Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades, porque para esto he sido enviado” (Lc 4,43). Así pues, Jesús es el primer evangelizador. Para Cristo, la palabra evangelizar tenía un rico contenido, que el documento presenta en forma sucinta: Cristo evangelizador anuncia un reino, el reino de Dios. El núcleo central de su Buena Nueva es la salvación, gran don de Dios que es liberación de todo cuanto oprime al hombre. Reino y salvación son palabras claves en la evangelización de Jesucristo. Son recibidos como gracias, pero se consiguen con la fatiga y el sufrimiento. La salvación y el Reino son anunciados con signos que provocan estupor: enfermos curados, agua convertida en vino, muertos que vuelven a la vida, la propia resurrección de Jesús, etc.

Los que acogen la Buena Nueva se reúnen para buscar juntos el reino, construirlo y vivirlo. Se trata de una comunidad evangelizada y evangelizadora. La vocación propia de la Iglesia es la Evangelización.

Evangelizar constituye en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia (EN 14).

Existe por tanto un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la Evangelización.

El capítulo II se pregunta ¿Qué es evangelizar? Es una realidad rica, compleja y dinámica que no se agota en nuestras definiciones parciales. El Papa Pablo VI nos presenta aquí los elementos fundamentales, reflexionados a la luz del Concilio Vaticano II por los Padres sinodales:

Evangelizar significa llevar la Buena Nueva a todos los ambientes y sectores de la humanidad para renovarla, transformando con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida. Se trata, pues, de evangelizar la cultura y las culturas.

Para lograrlo es fundamental el testimonio de vida. Se trata de una proclamación silenciosa al que se une la necesidad de un anuncio explícito.

En efecto, dice el Papa: No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesa, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios (EN 22).

Este anuncio adquiere toda su dimensión cuando es escuchado, aceptado, asimilado y suscita una adhesión, no sólo adhesión  a las verdades, sino al programa de vida, al reino de Dios, que se revela en la adhesión vital a la comunidad de fieles, la Iglesia.

El que es evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la piedra de toque.

El capítulo III, que habla del contenido de la Evangelización nos ayuda a entender los contenidos esenciales de los secundarios. Estos últimos dependen de las circunstancias. Evangelizar es dar testimonio de Dios revelado por Jesucristo en el Espíritu Santo. El centro del mensaje es la salvación en Jesucristo. Por eso la Evangelización debe contener siempre una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios.

La evangelización no estaría completa si no se implanta la Iglesia, la cual no existe son ese respiro de la vida sacramental culminante en la Eucaristía, y con repercusiones en toda la vida concreta, personal y social del hombre. En efecto, la Iglesia es depositaria de un mensaje liberador. Por eso la importancia de la promoción humana y el esfuerzo por ayudar a que nazca la liberación. Es que el hombre no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Sin embargo, no hay que caer en reducciones ni ambigüedades. No se trata de un proyecto meramente temporal, por lo que no puede reducirse la salvación al bienestar material y a iniciativas de orden político. La evangelización tiene una finalidad específicamente religiosa, que llama a la conversión y excluye la violencia.

El capítulo IV nos presenta los medios de la evangelización. El papa nos recuerda que la Iglesia tiene el deber de descubrir con audacia las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangélico a los hombres de nuestro tiempo.

El medio más eficaz, nos recuerda el Sucesor de Pedro, es el testimonio de vida, aunado a una predicación viva, pues la fe nace de la predicación. Esta predicación toma formas muy diversas. La homilía en la liturgia de la Palabra es un medio privilegiado, no sólo en la Eucaristía sino en los demás sacramentos. Lo mismo por lo que se refiere a la catequesis. No puede descuidarse la enseñanza catequética, la utilización de medios de comunicación social, ni el contacto personal, que es indispensable.

Esta predicación debe conducir a la vida sacramental, es decir a la vida sobrenatural, que encuentra su expresión viva en los siete sacramentos.

Una atención especial merece la piedad popular, que puede ser orientada mediante una pedagogía de la evangelización.

El capítulo V se refiere a los destinatarios de la evangelización. ¿Quiénes son? Todos los hombres, pues la evangelización tiene un destino universal (Mc 16,15): A todo el mundo, a toda creatura.

El programa fundamental de la Iglesia es revelar a Jesucristo y su Evangelio a los que no lo conocen. Aspectos fundamentales de esta tarea son el arte, la investigación filosófica, etc.

Anuncio también a un mundo descristianizado. En el caso de las religiones no cristianas, he aquí un criterio de acción y de discernimiento: el respeto y la estima hacia las otras religiones no es una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo: Estas multitudes tienen el derecho de conocer la riqueza del misterio de Cristo.

Además, la Iglesia trata de profundizar, consolidar, alimentar, hacer más madura la fe de los creyentes, a fin de que lo sean cada vez más.

Una atención especial requiere el secularismo ateo, ampliamente difundido, los que no practican la fe, las muchedumbres. En efecto, la Iglesia debe dirigir su mensaje al corazón de las masas. Una atención especializada requieren las así llamadas comunidades eclesiales de base, que florecen en todas partes.

El capítulo VI nos recuerda que la Iglesia entera es misionera, citando el Concilio Vaticano II. Además, subraya que evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial. Si evangelizamos en nombre de la Iglesia, ningún evangelizador es el dueño absoluto de la acción evangelizadora. Además nos recuerda que la Iglesia universal se encarna en las Iglesias particulares (diócesis).

Después, nos presenta las tareas diferenciadas: el papel del Sucesor de Pedro, de los Obispos y Sacerdotes, de los religiosos, seglares. Subraya la importancia del apostolado evangelizador de la familia, el papel de los jóvenes y los distintos ministerios diversificados.

El capítulo VII y último nos presenta el Espíritu de la Evangelización, subrayando las actitudes interiores que deben animar a los obreros de la evangelización. En efecto, esta tarea nos obliga a ser auténticos testigos, bajo el aliento del Espíritu Santo, buscando la unidad entre todos los discípulos de Cristo, buscando la verdad, animados por el amor. Se trata de una auténtica espiritualidad del evangelizador.

 

El documento tiene muchos puntos de contacto con Ad gentes (del Concilio Ecuménico Vaticano II) y Redemptoris Missio (de Juan Pablo II). Creo que el esquema básico de Pablo VI es retomado por Juan Pablo II en Redemptoris Missio pues los elementos son similares. Ambos se han inspirado en Ad Gentes, que puede ser considerado la Carta Magna de la Evangelización.


1. La sugerencia, aplaudida y secundada por los Padres sinodales, fue hecha por un cardenal polaco, Karol Wojtyla.

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