La Trinidad en la historia teológica

La Trinidad en la historia teológica

 

Auer[1] nos pone en la línea adecuada para acercarnos al misterio trinitario, señalándonos que éste es el resultado de la acción de Dios que se revela y del ser y quehacer del hombre que se pone a disposición. Este encuentro entre Dios y el hombre es importante en orden a la salvación; además, porque la madurez de la existencia cristiana exige un progreso en el conocimiento del misterio divino.

Con estas premisas, nos descubre cómo en el judaísmo y, por tanto, en las Escrituras veterotestamentarias encontramos verdaderas fórmulas triádicas, que han sido puntos de partida muy importantes para la posterior reflexión teológica. En efecto, la reflexión teológica, que busca aproximarse al misterio divino, se expresa en el desarrollo del dogma cristiano, en un esfuerzo constante por mantener la fe en la Palabra revelada, profundizarla sin equívocos, manteniéndose fieles al depósito de la fe.

Pues bien, las fórmulas triádicas que encontramos a lo largo del Antiguo Testamento nos revelan una arquitectura triádica de la doctrina de la salvación humana. En efecto, una lectura atenta del AT nos descubre que Dios aparece a lo largo de la historia en una forma triádica, a saber: Dios como salvador de Israel, como señor de la Historia y como creador del mundo; también como Palabra de Dios, Sabiduría de Dios y Espíritu de Dios.

En Filón de Alejandría aparece también una fórmula triádica: Dios como Padre del universo, la Sabiduría como madre del universo y el Logos como alma del mundo corpóreo.

Estas fórmulas triádicas influyeron, a su vez, en las fórmulas trinitarias que elaboró la Iglesia primitiva, entre las que destaca la fórmula bautismal que aparece en Mt 28, 19, la doxología que encontramos en Martyrium Polycarpi y, finalmente, el símbolo bautismal.

Las fórmulas triádicas aparecen también en los Padres, desde san Clemente Romano y san Justino Mártir. En estos y en los Padres Apologetas aún no se han visto estas fórmulas con ojo crítico. Esto acontece hacia el 180 d. C., especialmente con Teófilo y Atenágoras, los primeros en utilizar la expresión trías = trinidad, para referirse a Dios, su Logos y su Sofía.

Esta reflexión continua con Clemente de Alejandría y Orígenes, en Hipólito de Roma, Ireneo de Lyon, hasta que en el 240 inicia la auténtica doctrina trinitaria, expuesta notablemente por Gregorio Taumaturgo. En la así llamada doctrina trinitaria prenicena hay algunos errores y deficiencias, pero muestran una búsqueda positiva del misterio de Dios.

Es con los errores y las discusiones que se dieron en el siglo IV, que el dogma trinitario se fue consolidando, ante el arrianismo y los macedonianos.

Auer, pues, nos acerca de una manera muy interesante a la manera en que fue gestándose el dogma trinitario.

 

AUER, J. – RATZINGER, J. Curso de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 1974, 182-205.

L.F. MATEO – SECO, Dios Uno y Trino, Eunsa, Pamplona 2005 (2ª ed. corregida).


[1] Auer, J. – Ratzinger, J. Curso de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 1974, 182-205.

 

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