Experiencia humana y comunicación de la fe

Experiencia humana y comunicación de la fe

«Un Dieu défini, c’est un Dieu fini».

«El Dios que puede señalarse con el dedo es un ídolo».

«Dios es aquel que siempre calla desde el principio del mundo;

este es el fondo de la tragedia».

Miguel de Unamuno.

Estas palabras de Miguel de Unamuno (1864-1936), vertidas en diversos escritos suyos, quieren servir de pórtico a este ensayo, en el que tengo la pretensión de apuntar algunos aspectos sobre Dios, la experiencia humana y la comunicación de la fe; algo sumamente pertinente en esta hora de gracia que hemos llamado “secularización” y que se nos presenta con enormes desafíos y oportunidades.

Contra el pesimismo de algunas voces frente a este fenómeno, el P. Ignacio Larrañaga sugiere lo siguiente:

“La secularización podría equipararse a la noche oscura de los sentidos. Es la purificación más radical de la imagen de Dios. Como consecuencia, el creyente de la era secularizada podrá vivir – ¡por fin! – la fe pura y desnuda, sin falsos apoyos”.[1]

Sin embargo, a pesar del necesario optimismo, conviene destacar un signo de nuestros tiempos[2], expresado magistralmente por los Padres conciliares del más reciente Concilio ecuménico:

“Unos niegan expresamente la existencia de Dios; otros se contentan con decir que el hombre no puede afirmar nada absolutamente sobre El; otros someten a examen el problema de Dios con tal método, que concluyen que es inútil el planteamiento mismo del problema”.[3]

Gelabert Ballester resume estas actitudes en unas cuantas líneas, presentando las corrientes principales: “el materialismo niega la existencia de Dios y el existencialismo ateo proclama su sin sentido, su inutilidad y su inoperancia, aun en el caso de que existiera”.[4]

Pues bien, ¿a qué se deben estas actitudes?

Los Padres conciliares se atreven a señalar algunas de ellas. He aquí lo que escriben:

“(…) pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye de su llamada”.[5]

Pretensiones probativas

Hay ante Dios, pues, dos actitudes básicas: los que niegan su existencia y los que la afirman. Ambas posturas tienen la pretensión de probar sus conclusiones. Sin embargo, como apunta Gelabert, “cuando se trata de Dios, para afirmarlo o para negarlo, el lenguaje de las pruebas es inadecuado”.

¿Dónde está la limitación de las así llamadas “pruebas de la existencia de Dios”? En que se pretende deducir a Dios del mundo y del hombre. Es más, la sola pretensión de probar a Dios lo empequeñece, pues Dios está más allá del terreno empírico-racional. Por lo demás, querer demostrar la no existencia de Dios en este mismo terreno es olvidar los límites de la razón, señalados oportunamente por Kant, pues ésta sólo puede acceder a la certeza fenoménica y no a lo nouménico.

Más allá del terreno empírico-racional

Hay que ir más allá, buscando en nuestra basta experiencia humana, otro camino en el que el habla sobre Dios tenga sentido, buscando en ella la posibilidad de experimentar a Dios (experiencia interpretativa) y descubriremos que a Dios no lo podemos probar, pero que si podemos justificar humanamente la fe en El. Pues bien, a este ir más allá Gelabert le denomina camino “existencial”, diverso del camino racional o directo. Cierto, reconoce Gelabert, “perderemos la exactitud del álgebra; pero si ganamos la profundidad de lo humano quedaremos compensados”.

No es que se trata de rechazar plenamente el camino racional, pues el haberlo recorrido primero nos ha ayudado a darnos cuenta de sus limitaciones y de la necesidad de buscar un camino diverso, que abarque la existencia total y que nos de la certeza de la existencia de un Dios personal, es decir, sólidas y objetivas razones para creer en El.

Evidentemente este camino, que debe mostrarnos la validez y coherencia de nuestra fe, parte desde la experiencia, pues ésta es el único camino de acceso a la realidad. Haremos, pues, un análisis “existencial” del dinamismo de la realidad contingente, que apunta a un horizonte infinito, gracias a nuestra capacidad de abstracción. Gracias a esta capacidad, los seres humanos apreciamos la limitación de las cosas que nos ayuda y nos motiva a abrirnos al Absoluto, hacia un horizonte de totalidad.

Un lenguaje indirecto y simbólico

Esta insatisfacción de lo contingente, que hace que nos abramos al Absoluto, es decir, al origen omnisustentador de todas las cosas, no se satisface con realidades meramente físicas, ni se explican sólo por ellas, pues no todas las dimensiones pueden reducirse a las ideas claras y distintas propuestas por Descartes. Santo Tomás de Aquino nos descubre que hay un tipo de conocimiento “que mira la cosa como es en sí”, que no es un tipo de conocimiento irracional.

Reconozcámoslo: los creyentes podemos llegar a una justificación coherente de nuestra fe en Dios, pero no podemos ofrecer pruebas absolutamente evidentes. Este reconocimiento nos debe ayudar a adoptar una actitud distinta con relación a los que no comparten nuestra fe y nuestras convicciones: Más que dueños de la verdad, nos sabemos poseídos por ella, eternos peregrinos en su búsqueda, hombro a hombro con otros buscadores, en una búsqueda constante.

En esta búsqueda y en nuestros hallazgos, necesitamos otro lenguaje, el lenguaje de los místicos y de los artistas. No en balde uno de los teólogos más influyentes de nuestro tiempo (me refiero a Kart Ranher), ha escrito lo siguiente:

“El cristiano del mañana será un místico, uno que ha experimentado algo, o ya no será nada”.[6]

De allí que se haga necesario el entrenamiento del teólogo, del pastor de almas, del agente de pastoral y del creyente en general en este tipo de lenguaje, más sugestivo, más dinámico y más entusiasmante que el lenguaje de los dogmas, de la Academia y de los documentos oficiales pontificios y episcopales, estableciendo así un diálogo auténtico, que debe tener estas características: espíritu de apertura y humildad de parte de los interlocutores.

No hay duda de que el místico y el artista serán los grandes misioneros del futuro. En un mundo pluralista, la mística y el arte representarán el lenguaje universal, capaz de asombrar, suscitar estupor, cuestionar… en fin crear las condiciones para que el hombre pueda rebasar los estrechos horizontes de lo contingente para vislumbrar otros mundos, más allá de toda experiencia tangible o esfuerzo intelectual.[7]

Oscureciendo el Rostro de Dios

Además de argumentos filosóficos y existenciales, lo que ha oscurecido la imagen de Dios y la posibilidad de descubrirlo y creerle, hay que reconocer que la imagen de Dios ha sido presentada de modo inadecuada y en su nombre, se han cometido graves injusticias, por las que recientemente el Obispo de Roma ha pedido perdón.

He aquí las palabras del P. Larrañaga:

La imagen de Dios había estado revestida frecuentemente de múltiples ropajes: nuestros miedos e inseguridades, nuestros intereses y sistemas, nuestras ambiciones, impotencias, ignorancias y limitaciones; para muchos, Dios era la solución mágica de todos los imposibles, la explicación de todo cuanto ignorábamos, el refugio para los derrotados e impotentes.

Sobre estas muletas se apoyaban la fe y la “religiosidad” de muchos cristianos.[8]

El silencio de Dios

Si añadimos a este proceso de oscurecimiento del Rostro de Dios, realizado por no pocos creyentes, el silencio de Dios, no hay que extrañarse si tantos seres humanos viven en situación de ateísmo en sus dos vertientes: ateísmo asumido como postura intelectual y filosófica y ateísmo vivido en la praxis diaria.

Y es que el Dios en el que creemos, es eminentemente paradójico, pues a la vez que se oculta, se revela, por esta opción suya de no apabullar al hombre, de no imponerse, que provoca que la fe no sea una evidencia inevitable, sino, más bien, un acto verdaderamente libre. Todo esto nos dice mucho más de Quien es El.

Por eso, a pesar de este silencio de Dios, que permite negarlo y afirmarlo, el creyente tiene una certeza moral de la existencia de Dios, no basada en experiencias medibles, propias de las ciencias empíricas, sino en el testimonio del Espíritu de Dios. Se trata, en definitiva, de una certeza de la fe.

Conclusión

Deseo concluir estas reflexiones, citando a A. Hortelano, espigadas por el P. Larrañaga:

“Hoy el mundo necesita más que nunca de una vuelta a la contemplación… El verdadero profeta de la Iglesia del futuro será aquel que venga del “desierto” como Moisés, Elías, el Bautista, Pablo y sobre todo Jesús, cargados de mística y con ese brillo especial que sólo tienen los hombres acostumbrados a hablar con Dios cara a cara.

[1] LARRAÑAGA, Ignacio, Muéstrame tu rostro, San Pablo, México 2000, p. 9. Énfasis del autor.

[2] El Concilio dice expresamente: “(…) el ateísmo se deb[e] considerar entre los más graves problemas de nuestro tiempo y deb[e] ser examinado con suma atención.” LG 19.

[3] LG 19.

[4] GELABERT BALLESTER, Martín, Experiencia humana y Comunicación de la fe. Ensayo de Teología Fundamental, Ed. Paulinas, Col. “Teología y pastoral”, Madrid 1983, p. 84.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica (en adelante, lo abreviaré de la siguiente manera: CEC), n. 29.

[6] LARRAÑAGA, Ignacio, op. cit., p. 9.

[7] Para una perspectiva más amplia de este planteamiento, cfr. AMATULLI VALENTE, Flaviano, Diálogo cultural, en A.A.V.V. La Iglesia ante la Historia. En el pasado y el presente, Ediciones Apóstoles de la Palabra, México, DF 2004.

[8] LARRAÑAGA, Ignacio, op. cit., p. 9-10.


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