De Trinitate, de San Hilario de Poitiers

De Trinitate, de San Hilario de Poitiers

Los doce libros De Trinitate[1] constituyen la obra principal y más original de san Hilario de Poitiers; algunas menciones antiguas la citan con el título De fide, que resulta asimismo apropiado, ya que su tema es la defensa de la fe de Nicea frente a los arrianos. Los tres primeros libros fueron escritos con cierta anterioridad a los restantes; en ellos trata de la naturaleza de Dios, de la generación del Hijo y de la existencia del Espíritu Santo. En los otros nueve no hay tanto doctrina nueva, cuanto desarrollo y justificación de la doctrina trinitaria ya expuesta: se extiende en el recurso al A. T. para mostrar que el Hijo estaba ya presente en las manifestaciones de Dios a patriarcas y profetas, comenta ampliamente las palabras en que Cristo -sobre todo según el evangelio de S. Juan- proclama su igualdad y unidad con el Padre, desmonta las objeciones arrianas que, apoyadas en la unicidad de Dios, querían eliminar la divinidad del Hijo, y completa una rica cristología tanto del Cristo mortal que vivió en Palestina, como del Cristo glorioso, resucitado[2].

San Hilario no menciona específicamente el término técnico gratia, pero explica la acción de Dios en el hombre.

Así, cuando habla de la fe, dice que ésta hace trascender al hombre sus propios límites (I, 12), da capacidad de comprender (I, 8; I, 12-13), justifica ((V, 15; X, 68-70), hace hijos de Dios (I, 10,11), da la vida eterna e inmortal (VI, 17; VI, 24; VI, 28)…

Mi mente recibió con alegría esta enseñanza del misterio de Dios al elevarse a Dios por medio de la carne; por la fe había sido llamado a un nuevo nacimiento y se le había concedido la posibilidad de obtener la regeneración celeste; y al conocer el cuidado que por él tiene su Padre y Creador, pensaba que no había de ser reducido a la nada por aquel mismo por el cual había venido a ser de la nada lo que es. Juzgaba que estas cosas están más allá de la capacidad de la inteligencia humana, porque el modo común de razonar es incapaz de entender los designios divinos, y piensa que sólo tiene existencia lo que por sí mismo puede entender o lo que por sí puede probar. Pero las acciones de Dios, en la magnificencia de su poder eterno, no las hacía depender de la propia experiencia, sino de la infinitud de la fe; de modo que no porque no lo entendiese dejaba de creer que Dios estaba en el principio junto a Dios y que la Palabra hecha carne había habitado entre nosotros; más bien se daba cuenta de que podría entenderlo si tenía fe (De Trinitate I, 12).

Cristo, al atraernos a su naturaleza divina, no nos encerró en la observancia de los preceptos carnales ni nos instruyó mediante la sombra que es la ley para el ritual de la circuncisión corporal, sino que quiso que nuestro espíritu, circuncidado de los vicios por la purificación de los pecados, nos liberase de los impulsos propios de nuestro cuerpo. Desea que seamos sepultados con él en su muerte en el bautismo para que volvamos a la vida de la eternidad; y puesto que la regeneración para la vida eterna es la muerte a esta vida y muriendo a los vicios renacemos a la inmortalidad, él mismo murió por nosotros, siendo inmortal, para que a partir de la muerte fuéramos levantados, juntamente con él, a la inmortalidad. Asumió la carne de pecado para perdonarnos los pecados en la asunción de nuestra carne, ya que se hizo partícipe de ella al asumirla, no por el pecado. Destruyó con su muerte la sentencia de muerte para abolir, con la nueva creación del género humano realizada en sí mismo, el anterior decreto de condena. Permitió que lo crucificaran para crucificar con la maldición de la cruz y dejar olvidadas las maldiciones de nuestra condenación terrena. Padeció, por último, en su humanidad para humillar a las potestades enemigas; pues, según las Escrituras, tenía que morir como Dios para que también sobre estas potestades triunfase la confianza en sí mismo del vencedor; pues él, al ser inmortal y no poder ser derrotado por la muerte, murió por dar la vida eterna a los mortales.

Todas estas cosas que Dios ha hecho, que sobrepasan la inteligencia de la naturaleza humana (…). (De Trinitate I, 13).

 

Por otra parte, en su encarnación, Cristo ha asumido, de algún modo, toda la humanidad; por ello comunica a todos su vida (II, 24-25).

En las cosas restantes se muestra ya la economía de la salvación querida por el Padre. La virgen, el parto, el cuerpo, y después la cruz, la muerte, el descenso a los infiernos, todo esto es nuestra salvación. Pues, por el bien del género humano, el Hijo de Dios ha nacido de la Virgen y del Espíritu Santo; él mismo fue su propio servidor en esta acción; con su fuerza, es decir, la de Dios, cubrió a María, sembró en ésta el comienzo de su cuerpo y estableció el principio de su vida en la carne; de tal manera que, hecho hombre, recibió en sí de María la naturaleza carnal, y, mediante la unión que se deriva de esta mezcla, fue santificado en él el cuerpo de todo el género humano; y así como todos los hombres fueron incorporados a él por el cuerpo que quiso asumir, del mismo modo él, a su vez, se dio a todos por medio de aquello que en él es invisible.

Así pues, la imagen del Dios invisible no rechazó la vergüenza del nacimiento humano y pasó a través de todas las humillaciones de nuestra naturaleza: por la concepción, el parto, el llanto, la cuna. (De Trinitate II, 24).

¿Qué podremos dar nosotros a cambio que sea digno del amor manifestado en una benevolencia tan grande? El único Dios unigénito, cuyo nacimiento de Dios es inefable, crece en forma de cuerpecillo humano introducido en el seno de la santa Virgen. El que todo lo contiene y dentro del cual y por medio del cual todo existe, es dado a luz según la ley común de todo parto humano. Y se escucha en el llanto de un niño a aquel a cuya voz tiemblan los ángeles y los arcángeles y son destruidos el cielo, la tierra y todos los elementos de este mundo. El que es invisible e incomprensible, que no puede ser abarcado por los sentidos, por la vista, por el tacto, está envuelto en pañales en una cuna. Y si alguien estima que esto es indigno de Dios, se deberá reconocer deudor de un beneficio tanto más grande cuanto menos se acomodan estas cosas a la majestad divina. No tuvo necesidad de hacerse hombre aquel por medio del cual el hombre fue hecho, pero nosotros teníamos necesidad de que Dios se hiciera carne y habitara en nosotros, es decir, que por la asunción de un solo cuerpo habitase en toda carne. Su humillación es nuestra nobleza, su afrenta es nuestro honor. Porque él, que es Dios, existe en la carne, nosotros por nuestra parte seremos renovados hasta llegar a Dios a partir de nuestra carne. (De Trinitate II, 25).


[1] Hilario de Poitiers, San, La Trinidad, Edición bilingüe, BAC Madrid, 1986.

[2] Gran Enciclopedia Rialp, 1991, voz: Hilario de Poitiers, san.

San Cipriano: La Unidad de la Iglesia

San Cipriano: La Unidad de la Iglesia

 

En De Unitate, san Cipriano se nos presenta como un apasionado de la unidad eclesial y nos ofrece una eclesiología muy rica por sus implicaciones, especialmente en el ámbito de la colegialidad episcopal y el primado pontificio (ministerio petrino) del Obispo de Roma.

Además de la persecución que se da en el Imperio Romano, san Cipriano ve otra clase de peligros más insidiosos, porque no se hacen abiertamente: se trata de las herejías y los cismas. Son peligros furtivos y llevan a alejarse de las huellas de Cristo Salvador. Solución: hay que mantenerse en el verdadero camino para avanzar en la salvación. Hay herejías, dice san Cipriano, por no volver a las Escrituras, que él llama el origen de la verdad, por no acudir a la cabeza ni observar la doctrina del maestro celestial.

Nos habla del episcopado uno e indiviso y del primado de Pedro, es decir, de que existe un solo rebaño que ha de ser apacentado de común acuerdo por todos los apóstoles, que tienen la misma potestad y añade que quien se separa de la cátedra de Pedro se aparta de la unidad. Afirma que una sola es la cabeza, uno solo el origen y una sola la madre (…) De su seno naemos, con su leche nos alimentamos y por su espíritu somos vivificados.

Para san Cipriano, en la Iglesia está la salvación. El que abandona a la Iglesia, afirma, no alcanzará los premios de Cristo. Acuña incluso esta frase lapidaria, rica por su contenido eclesiológico: No puede ya tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre.

Para descubrir la unidad originaria y fundamental de la Iglesia nos presenta reflexiones sobre diversos símbolos del Antiguo y Nuevo Testamento. Destaca la aplicación que hace a la túnica inconsútil de Cristo, símbolo de la unidad de la Iglesia y llama a no desgarrarla ni dividirla. Insiste en la existencia de un solo rebaño bajo un solo pastor. La figura de Rahab y su familia y la fiesta de la pascua le sirven para insistir en que nadie debe apartarse de la Iglesia, so pena de perecer. El ejemplo de la paloma y de los corderos y ovejas le sirve para ilustrar las actitudes básicas del cristiano: sencillez, caridad, amor fraterno, mansedumbre y dulzura.

Descubre la utilidad de las herejías para cribar la fe de los creyentes y descubre falsas interpretaciones a la afirmación del Señor en Mt 18, 19-20. Invita a la unanimidad. Dice que aquellos que no son unánimes con la Iglesia no pueden tener unanimidad entre si. No se puede aludir a este texto para justificar la existencia de grupitos, de herejías y cismas. Un principio importante: no pueden permanecer en comunión con Dios los que no quisieron permanecer unánimes en la Iglesia de Dios ni pueden estos considerarse cristianos, pues no permanecen en la verdad ni en el Evangelio de Cristo.

El deber de los cristianos es apartarse de los cismáticos y los disidentes, es decir, de todo el que se ha apartado de la Iglesia. Insiste en el castigo que recibieron Coré, Datán y Abirón y otros personajes del Antiguo Testamento e insiste en la gravedad del pecado contra la unidad. Insiste en que aquel que se separa del tronco vital (la Iglesia) no podrá vivir ni respirar por su cuenta, porque le falta el soporte de la vida y propone en ideal de la paz y de la concordia, que representan la herencia del Señor, invita a mantener la unanimidad que se vivió en la época apostólica.

LOS AÑOS PERDIDOS DE JESÚS

LOS AÑOS PERDIDOS DE JESÚS

 

Hay distintos autores que afirman que Jesús aprendió su doctrina y a realizar milagros en los más diversos lugares: Egipto, India, Nepal, el Tíbet, Cachemira, las Islas Británicas, con los esenios… Incluso hay quien afirma que estuvo con eventuales extraterrestres.

El origen de todas estas afirmaciones está en las especulaciones que se dan en torno a los llamados años ocultos de Jesús, que van desde los doce a los treinta años.

En efecto, hay un libro que afirma que Jesús no murió en la cruz y que después de recuperarse de la flagelación y la crucifixión se fue a vivir a Cachemira con María y Santo Tomás. Allá vivió, se casó, engendró varios hijos y, finalmente, murió allá y fue sepultado. Allá, dicen, está su tumba y viven hasta el día de hoy algunos descendientes suyos.

¿Qué decir al respecto?

 

1) Durante su vida oculta (12-30 años), Jesús no fue a Egipto, ni a la India, ni a las Islas Británicas.

Veamos el siguiente pasaje bíblico:

 

1 Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. 2 Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿DE DÓNDE LE VIENE TODO ESTO? y ¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? (Mc 6, 1-2).

 

Sus paisanos se sorprenden y se preguntan: “¿De dónde le viene todo esto?”. No dicen: “Seguramente lo aprendió en Egipto” o “Tal vez lo aprendió en la India”. No. Sus paisanos saben que él no ha viajado tan lejos, y que no ha tomado cursos especiales para hacer lo que hace. Saben que él es un artesano, el hijo de María y de José el carpintero:

 

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María (…)? (Mt 13,55).

 

Es más, los habitantes de Jerusalén saben muy bien que Jesús no ha realizado estudios en el extranjero ni había ingresado en las escuelas rabínicas de Israel. Jesús no había hecho los estudios formales en el Beth a-Midrash, que hacían los fariseos y los miembros de otros grupos religiosos de su tiempo. Precisamente por eso se sorprenden de su sabiduría, sus conocimientos, sus acciones y su manera de enseñar:

 

14 Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. 15 Los judíos, asombrados, decían: “¿Cómo entiende de letras SIN HABER ESTUDIADO?” (Jn 7, 14-15).

 

Era pues algo conocido que Jesús no había asistido a las escuelas superiores, ni tenía doctorados. Es verdad que lo llamaban Rabbí (Maestro), pero este título no tenía entonces una significación netamente académica. De hecho, el que había hecho estudios superiores de teología recibía el título de escriba

 

2) Jesús vivió y creció en Nazaret.

Es algo que se deduce de una lectura atenta de la Sagrada Escritura, que nos informa que la Sagrada Familia fue a vivir en esta cuidad de Galilea después de la muerte de Herodes, hacia el año 4 d.C:

 

22 Al enterarse José de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, 23 y FUE A VIVIR EN UNA CIUDAD LLAMADA NAZARET (Mt 2, 22-23).

 

Este aspecto es confirmado por san Lucas en su evangelio, quien dice específicamente que Nazaret es “su” ciudad:

 

39 Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, A SU CIUDAD DE NAZARET. 40 El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él (Lc 2, 39-40).

 

Palabras parecidas pone san Lucas después de narrar lo ocurrido cuando Jesús subió a Jerusalén a la edad de doce años:

 

51 Jesús bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujetos a ellos (Lc 2, 51).

 

La Biblia señala que Nazaret es el lugar dónde Jesús vivió y creció, y que asistía con regularidad a la sinagoga de su ciudad:

 

16Vino a Nazaret, DONDE SE HABÍA CRIADO, entró, SEGÚN SU COSTUMBRE, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura (Lc 4,16).

 

Conclusión

¿Qué hizo Jesús durante los años de su llamada vida oculta?

Siguiendo al Padre Ignacio Larrañaga en su libro “El Pobre de Nazaret”, podemos decir lo siguiente:

 

a) Trabajar con sus manos:

Jesús era carpintero; mejor aún, artesano. Un hombre que trabaja con sus manos en la madera, y probablemente también en el hierro y en la piedra. Dicen los historiadores que la mayoría de los carpinteros de Galilea, en aquellos tiempos, eran asalariados itinerantes, que no realizaban sus tareas mayormente en su propio taller, sino que deambulaban por los pueblos y sus alrededores, atendiendo a las necesidades de cada momento: arreglar una ventana, reforzar una puerta…

 

b) Convivir estrechamente con su pueblo:

En su trabajo itinerante Jesús convivió con tejedores, curtidores, herreros, alfareros, labradores, pescadores… Muchas de sus parábolas y de la manera de transmitir sus enseñanzas nos transmiten esta etapa de la vida de Jesús:

Durante su vida pública, para explicar el misterio del Reino de Dios, utilizará la sabiduría adquirida a través de la realidad cotidiana: siempre hay peligro de que una brizna de viruta se incruste en el ojo (Lc 6,41); antes de levantar una torre hay que calcular bien la hondura de los cimientos (Lc 14,28); cuando la cosecha supera todas las expectativas, hay que ver la manera de ampliar los graneros (Lc 12,18); sabe bien lo que sucede cuando se construye sobre arena (Lc 6,48).

Es decir, Jesús estuvo bien metido en la vida real de su pueblo, no en lejanas tierras: por eso entiende perfectamente de las faenas de la siembra (Lc 8,5); de la recolección de los frutos y de la vendimia (Mt 21,34); sabe de las redes barrederas, y que los peces gordos van al canasto y los chicos se devuelven al mar (Mt 13,47), y cómo y cuándo se paga a los jornaleros en la plaza al final del día (Mt 20,8).

LA MISIÓN DE CRISTO REDENTOR

LA MISIÓN DE CRISTO REDENTOR

Sobre la permanente validez del mandato misionero

 

Se trata de un documento que trata de responder a algunas preguntas sobre la validez de la misión en el mundo contemporáneo, motivadas por dudas y ambigüedades que han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, a pesar de que el número de los que no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia crece exponencialmente.

La presente encíclica trata de recordar a todos los discípulos de Cristo la urgencia de la actividad misionera. Y es que, señala Juan Pablo II, el impulso misionero pertenece a la naturaleza íntima de la vida cristiana, por lo que es necesario un renovado impulso misionero en el que debemos involucrarnos todos los cristianos. Que es una preocupación creciente se observa en documentos que han emanado del Magisterio reciente de la Iglesia, como puede verse en la exhortación apostólica Evangelio nuntiandi y en múltiples intervenciones del Obispo de Roma y de los demás obispos, que han llegado a iniciativas concretas en orden a la Misión.

 

El documento es sumamente completo, pues presenta a lo largo de sus páginas una visión monográfica de la situación de la Misión de la Iglesia. En efecto, presenta a Jesucristo como el único salvador (Hch 4,12) y a la Iglesia como signo e instrumento de salvación y nos recuerda la posibilidad de salvación para todos los hombres, No obstante, la Iglesia debe anunciar el Evangelio.

Nos presenta también el Reino de Dios, sus características y exigencias, y nos recuerda que en Cristo se hace presente el Reino. Este Reino es inseparable de la Iglesia, pero la Iglesia está al servicio del Reino.

Además, el Papa nos recuerda el papel protagónico que tiene el Espíritu Santo en orden a la Misión, pues actúa en cada evangelizador y en el oyente. Además de que es Él quien envía a la Iglesia, trabaja ya y actúa en cada hombre y en cada cultura. Esta acción del Espíritu debe ser acogida y discernida por la Iglesia, sacramento universal de la salvación. Esta Iglesia es misionera por la acción del Espíritu, que la impulsa a anunciar el Evangelio a todas las gentes.

 

El Papa subraya que el primer servicio que la Iglesia puede prestar al hombre es precisamente la evangelización misionera, especialmente ahora cuando el hombre parece haber perdido el sentido de las realidades últimas.

El Capítulo I presenta a Jesucristo como el único Salvador y recuerda la centralidad de Cristo, pues precisamente de la fe en Cristo nace la misión universal de la Iglesia, pues la salvación no puede venir más que de Jesucristo, pues la revelación de Dios se hace definitiva y completa sólo en Él. Precisamente por ésta auto revelación definitiva de Dios la Iglesia es misionera y por eso tiene que predicar el Evangelio.

El documento pontificio también nos presenta a Cristo como el único mediador entre Dios y los hombres y señala que no se puede entrar en comunión con Dios si no es por medio de Jesucristo; aunque no se excluyen otras mediaciones a las que se les da el adjetivo de parciales, pues éstas, dice el Papa, sólo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo, por lo que no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias.

Al mismo tiempo subraya la vida nueva que Cristo ofrece a sus discípulos, en un clima de máxima libertad, subrayando la importancia de la libertad religiosa, por lo que no debe haber ningún tipo de coacción en materia religiosa. Eso es sumamente importante tenerlo claro, pues vivimos en una sociedad plural en campo religioso y cultural. Por lo demás, el Evangelio no se impone, se propone.

El empeño misionero nace del derecho que tienen las multitudes a conocer las riquezas del misterio de Cristo. En este anuncio, la Iglesia tiene un lugar fundamental, pues ella ha sido instituida como signo e instrumento de salvación. Es más, dice el Papa, por medio de la Iglesia Cristo cumple su misión. Al mismo tiempo que se reconoce la posibilidad de salvarse para todos los hombres, recuerda que la Iglesia ha sido constituida como sacramento universal de salvación. Es decir: hay que tener en cuenta estas dos premisas:

a)     la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres

b)     y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación.

 

En efecto, puesto que esta salvación es ofrecida a todos los hombres, esta debe estar a disposición de todos en formas que sólo Dios conoce.

El papa responde a algunas preguntas fundamentales: ¿para qué la misión?, ¿por qué la misión? Y responde a ellas señalando que abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación que tanto anhela el hombre, reducido a una mera dimensión horizontal. La Misión es importante puesto que Dios nos concedió la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo.

La misma vida de Dios en nosotros nos debe impulsar a la Misión, para testimoniar esta fe y la radical novedad de vida que nos ofrece Cristo a los que hemos sido incorporados a la Iglesia por el bautismo.

Con relación al Reino de Dios, el Papa subraya el papel preponderante que tiene la Iglesia para su realización en el mundo. En Cristo se hace presente este Reino de Dios, pues nos revela el rostro del Padre, no sólo con lo que dice o hace, sino con lo que es.

¿Qué significa trabajar por el Reino? Construir el reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas, pues el Reino de Dios es la manifestación y la realización del designio de salvación en toda su plenitud.

Al hablar de este Reino debemos hacerlo en sintonía con la Iglesia y no mediante concepciones reductivas de este Reino, centrado solamente en las necesidades terrenas del hombre, sin apertura a lo trascendente. Tampoco son adecuadas algunas visiones “reinocéntricas”, en las que la Iglesia se olvida de sí misma para dedicarse a testimoniar y servir al Reino.

El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen de Dios invisible. Este Reino no puede separarse, sin más, de Cristo y de la Iglesia, pues Cristo la ha dotado de la plenitud de los bienes y medios de salvación. ¿Cómo la Iglesia está al servicio del reino? Mediante el anuncio que llama a la conversión. En efecto, afirma el Papa, éste es el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las personas y en la sociedad humana. Además, la Iglesia sirve al Reino fundando comunidades e instituyendo iglesias particulares, difundiendo lo valores evangélicos que son expresión del Reino, y con su intercesión. En efecto, al Reino debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de nosotros. Al mismo tiempo, debemos cooperar para que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres.

 

El protagonista de la Misión es el Espíritu Santo, pues actúa en los Apóstoles y en los oyentes. Es Él el que hace el envío de los discípulos de Cristo “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Este envío tiene una dimensión universal, pues han sido enviados a todas las gentes, y la certeza de que el Señor resucitado los acompañará y asistirá en esta tarea. Además, en la misión estará operante en todo momento el Espíritu Santo, que guía la misión, como se observa a lo largo del Nuevo Testamento, especialmente en los Hechos de los Apóstoles. Es Él que hace que toda la Iglesia sea misionera. Por eso no hay que separar la acción del Espíritu de la acción peculiar que realiza la Iglesia, Cuerpo de Cristo. A ella compete discernir la presencia del Espíritu.

 

En un mundo religioso sumamente complejo y en constante movimiento, señala Juan Pablo II, la misión ad gentes conserva todo su valor. En efecto, se trata de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida. Esto es particularmente urgente en una sociedad en constante cambio, con fenómenos tales como la urbanización creciente, las migraciones masivas, la descristianización de países otrora cristianos, etc.

En este contexto, la misión de la Iglesia se desarrolla en tres situaciones:

Misión ad gentes. Es la que se realiza en pueblos, grupos humanos y contextos socioculturales donde Cristo y el Evangelio no son conocidos.

Actividad o atención pastoral de la Iglesia. Se da en comunidades con estructuras eclesiales adecuadas, en las que existe un gran fervor de fe y de vida.

Nueva evangelización. Se da en comunidades y ambientes donde muchos bautizados han perdido el sentido vivo de la fe y no se reconocen como miembros de la Iglesia.

En este contexto, se señala que no debe considerarse la misión ad gentes como una tarea al margen de la Iglesia, sino que esta actividad está inserta en el centro de la vida de la Iglesia. Explica que el subrayar que toda la Iglesia es misionera no excluye la misión específica ad gentes; el hecho de señalar que todo católico debe ser misionero, no excluye la existencia de una vocación misionera específica, es decir, misioneros ad gentes y de por vida.

El iluminador capítulo 5 nos señalas los caminos de la misión, y considera que la primera forma de evangelización es el testimonio. Existen, además, diversas maneras de anunciar el Evangelio. Pues bien, ¿en qué consiste en testimonio? En la vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. Esto es necesario tenerlo presente, pues en muchos católicos la alusión al testimonio como medio privilegiado de evangelizar, excluye el anuncio explícito. Detrás de la palabra testimonio, se esconde pereza y falta de empeño en la misión.

En efecto, el Papa subraya que el anuncio tiene prioridad permanente en la misión, puesto que la Iglesia no puede sustraerse al anuncio explícito de Cristo: una clara proclamación de que en Jesús se ofrece la salvación a todos los hombres. Este anuncio tiende a la conversión, es decir a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su evangelio. En este capítulo, el Papa señala una visión reductiva de la conversión, que se reduciría a mero proselitismo. De hecho, se silencia o se pone en tela de juicio la conversión. Se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión. Se olvida que todas las personas tienen el derecho de escuchar la Buena Nueva. Igualmente no de be separarse la misión ad gentes de la administración del bautismo, mediante el cual se recibe la vida plena en Cristo.

En este contexto, nos recuerda el objetivo de la misión ad gentes, que es precisamente fundar comunidades cristianas y hacer crecer las Iglesias hasta su completa madurez. Para esto, es importante establecer y formar Iglesias locales. Una señal alentadora es la existencia de múltiples comunidades eclesiales de base, es decir, de grupos cristianos que se reúnen para la oración, la lectura de la Escritura, la catequesis, para compartir problemas humanos y eclesiales de cara a un compromiso común. Estas comunidades permiten una experiencia comunitaria y son instrumentos de evangelización y fuentes de nuevos ministerios.

Otro aspecto que trata este capítulo es el de la inculturación, que consiste en una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas. Este proceso no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

En la misión ad gentes es importante el diálogo con los hermanos de otras religiones. En efecto, el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. ¿En qué consiste? En un método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco. Esta actividad no se opone a la misión ad gentes. El diálogo interreligioso no debe oscurecer la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación. Por ello, la Iglesia debe testimoniar la integridad de la revelación y profundizar la propia identidad. Es importante que no haya ningún tipo de abdicación e irenismo.

El capítulo VI nos habla de los responsables y los agentes de la pastoral misionera, puesto que no se da testimonio sin testigos, como no existe misión sin misioneros. Los primeros responsables de la misión son los miembros del Colegio episcopal, encabezado por el Sucesor de Pedro. Además, un puesto de fundamental importancia lo constituyen los misioneros y los Institutos ad gentes, que cuentan con una vocación especial, que implica una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero.

Uno de los más grandes méritos de esta encíclica lo constituye el recordar la fecundidad misionera de la Vida consagrada y el hecho de que todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo, cuyo campo propio es el mundo vasto y complejo de la política, lo social, de la economía, a nivel local, nacional e internacional.

El capítulo VII nos recuerda que todos podemos cooperar en la actividad misionera de la Iglesia, que inicia con la santidad de vida, continua con la oración y los sacrificios a favor de los misioneros, la promoción de las vocaciones misioneras y responder con generosidad si hemos sido llamados a la misión ad gentes. Hay que estar abiertos, nos dice el Papa, a nuevas formas de cooperación misionera.

El último capítulo es sumamente pertinente, pues habla de que la actividad misionera exige una espiritualidad específica, que se vive con plena docilidad al Espíritu, implica una adhesión total a Cristo y un amor a la Iglesia y a todos los hombres: el celo por las almas. En efecto, el misionero es el hombre de la caridad.

 

NAVIDAD: Dios se ha hecho hombre

NAVIDAD:

Dios se ha hecho hombre

Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, el Hijo único de Dios bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre.

Por los Misioneros “Apóstoles de la Palabra”

http://www.padreamatulli.net

Estimados hermanos: en este mes de diciembre queremos hablarles acerca de la Navidad, esa solemnidad en la que celebramos el Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo. Primero vamos a echar un vistazo al aspecto bíblico y luego examinaremos el significado que tiene para nosotros este gran acontecimiento.

El Verbo se hizo carne

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), dice el apóstol San Juan en el evangelio que lleva su nombre. Este acontecimiento es, precisamente, lo que celebramos cada 25 de diciembre, aunque a veces parece que nos celebramos a nosotros mismos.

San Lucas y San Mateo nos narran cómo fue que se dio este acontecimiento, desde la Anunciación hasta el nacimiento de Jesús, su presentación en el Templo y la visita de los Magos.

La Liturgia de las Horas lo expresa con estas bellas palabras en un himno encantador:

Hoy nace el sol divinal

de la Virgen sin mancilla;

hoy el Eterno se humilla

y se hace hombre mortal.

A este gran acontecimiento le llamamos la Encarnación del Verbo y consiste en que el Hijo único de Dios se ha hecho verdaderamente hombre sin dejar de ser Dios. Creer en este gran misterio es lo que distingue a los cristianos. Por eso la Iglesia del siglo I ya cantaba este magno evento, hablando de Jesús con estas palabras: “Él ha sido manifestado en la carne” (1Tm 3,16).

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 470), citando las palabras del Concilio Vaticano II, dice lo siguiente:

“El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22,2).

Nubes, derramen al Justo

Navidad es, por tanto, la fiesta que nos revela de una manera maravillosa el amor que Dios tiene por nosotros. Un amor tan grande que le hizo atender la súplica que escuchamos insistentemente en el Antiguo Testamento:

“Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen al Justo; que se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia” (Is 45,8).

“Señor, inclina tus cielos y desciende” (Sal 144,5).


Dios con nosotros

Tal como nos narra san Mateo, Jesús es el Emmanuel, es decir “Dios con nosotros” (Vea Mt 1,22-23). Esto es lo que celebramos en la Navidad: Dios está con nosotros y viene de una manera inesperada: como un bebé que nace en situaciones poco cómodas. ¿Qué sentido tiene, entonces, esta gran fiesta, en la que adornamos nuestras casas y nuestras calles, en la que intercambiamos regalos con los familiares, amigos y compañeros de trabajo o de clases, en la que algunos de nosotros “le damos vuelo a la hilacha”?

Es la fiesta en la que conmemoramos el amor de Dios. Por eso conviene que recordemos su significado más profundo. Esta Navidad Jesús debe nacer en nuestros corazones. No es suficiente que haya nacido hace más de dos mil años, si no nace en tu corazón y el mío en esta Navidad que se aproxima.

Mi pueblo no me conoce

El tradicional nacimiento, costumbre iniciada por San Francisco de Asís, tiene entre sus figuras, acompañando al Niño Jesús, a un buey y a un asno. ¿De dónde viene esta costumbre?

De un reproche que Dios presentó en el libro del profeta Isaías. Dice así:

“El buey conoce a su dueño y el asno conoce el pesebre de su señor; pero Israel no me conoce, mi pueblo no discierne” (Is 1,3).

Así pasa con nosotros. Nos preocupamos por tantas cosas en los días de Navidad, pero nos olvidamos del más importante: de Jesús.

Que esta Navidad sea distinta. Que Jesús sea el centro de nuestra celebración, de nuestras vacaciones, de nuestro descanso.

Que esta Navidad sea una oportunidad especial para reconciliarnos con Dios, de tal manera que podamos recibir a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía.

Que esta Navidad sea diferente. En lugar de “ponernos hasta las chanclas”, hagamos caso a estas recomendaciones de san Pablo:

No os emborrachen con vino, que es causa de libertinaje; llénense más bien del Espíritu Santo (Ef 5,18).

No andemos en comilonas y borracheras, ni en deshonestidad ni lujuria, ni en peleas ni envidias. Revístanse, más bien de Jesucristo, el Señor (Rom 13,13-14).

Conclusión

No hagamos de la Navidad un pretexto para alejarnos de Dios. Que la Navidad sea realmente para celebrar a Jesús, que ha decidido “hacerse en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado”.

El Cuerpo

El Cuerpo

S. Spinsanti nos ofrece, en este magnífico artículo, un análisis de la aproximación sin precedentes al cuerpo que se da en nuestra sociedad, que tiene mucho de exaltación pagana y poco de ascética cristiana, pues se trata de un movimiento que intenta superar el dualismo alma-cuerpo, en busca de un nuevo punto de partida: las formas de malestar.

Se trata de movimientos de reapropiación del cuerpo, a los que adhieren nuestros contemporáneos, que buscan una consideración positiva de la corporeidad, en una sociedad en la que se vive la negación del cuerpo, pues al parecer la civilización occidental está fundada sobre esta negación. Se busca, por tanto, tener y vivir la experiencia del propio cuerpo y el cuerpo del otro, se reivindican los derechos del cuerpo (vivir mejor), se destierra el espiritualismo y el ascetismo, que implica la represión de la libido, y se va tras un misticismo mundano y el éxtasis corporal. Sin duda alguna, esto tiene aspectos sumamente positivos, pues redescubrimos que el cuerpo constituye la epifanía de la persona y hay un creciente interés para que no se niegue ni se instrumentalice el cuerpo; en suma, se trata de descubrir el cuerpo como casa propia e iniciar una relación consciente con el propio cuerpo que lleve a una relación armónica con él.

Sin duda alguna, los movimientos feministas han contribuido mucho a esta discusión ayudándonos a descubrir que la feminidad es un fenómeno social. En efecto, las mujeres han sido confeccionadas artificialmente por el hombre a través del condicionamiento cultural de la asignación de roles. De hecho, el cuerpo de la mujer ha sido visto como un instrumento de procreación por el hombre, definiendo a la mujer desde el aspecto biológico, o como instrumento de placer: la mujer para complacer al hombre. Las mismas mujeres han ido más allá de la mera inserción a la producción, como propugnó el marxismo, para liberarla de la esclavitud doméstica, y ha avanzado mucho en la reconquista de su cuerpo. Esto ha contribuido a la creación de nuevos modelos culturales para los roles femeninos y masculinos. Aún falta mucho por hacer.

La psicoterapia, por su parte, nos ha ayudado a descubrir que no sólo tenemos un cuerpo, sino que somos nuestro cuerpo y nos ha ayudado a ver que el stress permanente al que nos somete la sociedad actual es a consecuencia de que hay una interrelación entre los procesos físicos, emocionales y ambientales. El boom de las técnicas de relajación expresa la búsqueda del hombre contemporáneo busca superar el stress psicofísico.

Un rubro que merece muchísima atención es el de la expropiación de nuestro cuerpo que ejerce la moderna ciencia médica y que hace necesaria la perspectiva de autogestión del cuerpo ante tal reducción antropológica y una reducción del concepto de salud, vista como producto industrial. Se necesita redescubrir que la salud es una tarea, que implica la capacidad personal de hacer frente a la vida de un modo autónomo y responsable. Ante el sistema médico, que expropia a la persona, considerando el cuerpo humano como una máquina estropeada y que recurre a una jerga científica, se requiere la autorregulación del organismo y la desprofesionalización de las curas y una farmacopea simplificada.

Un elemento fundamental de este artículo lo constituye recuperación de la dimensión corporal en la vida espiritual, buscando experiencias de oración donde el cuerpo ocupe un puesto central. Esto es palpable en los pentecostales católicos y protestantes, con importantes diferencias entre ambos: en los pentecostales católicos se vive más la dimensión comunitaria, mientras en los pentecostales protestantes se vive más la dimensión individual. Por otra parte, la meditación corpórea involucra mucho el control de la respiración, en la línea del zen, pero con una fuerte impronta cristiana.

En fin, la reapropiación del cuerpo es un hecho. Los cristianos hemos redescubierto al cuerpo como vía privilegiada para relacionarnos con Dios, con los otros y con nosotros mismos.

Comentario personal: Ha sido una aventura muy estimulante estudiar este artículo, puesto que me abre a nuevas perspectivas. Sobre todo el redescubrir el valor del cuerpo, no como opuesto al espíritu, pues no somos, sin más, un dualismo. Recuerdo las palabras de san Pablo que rezamos en Completas de los jueves: Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo (1Ts 5, 23).

Personalmente, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura me había abierto innumerables perspectivas sobre la importancia de la dimensión corporal en mi vida espiritual y, por tanto, en mis relaciones interpersonales. Sin embargo, no era plenamente consciente de toda esta búsqueda de reapropiación del propio cuerpo. Parece una paradoja.

Al reflexionar, por ejemplo, en la religiosidad popular, he visto lo importante que es la dimensión corpórea para nuestro cuerpo, que necesita tocar y ser tocado, involucrándose completo, no sólo con la oración mental y la lectura a la que estamos acostumbrados los hombres y mujeres de Iglesia. Sus peregrinaciones y procesiones, sus “limpias”, sus manifestaciones devocionales… hablan de lo importante que es para ellos su dimensión corporal, que se involucra extraordinariamente en su culto a Dios, a María y a los santos.

Pienso que es una magnífica oportunidad, aún desperdiciada, para conducirlos a la experiencia sacramental, donde el Deus absconditus se revela y se hace presente bajo signos sensibles y visibles. A este propósito vienen a mi mente las palabras que resuenan en el Nuevo Testamente con relación a Jesús: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida -¡pues la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto!- (1Jn 1, 1-2a). Y estas otras: Nosotros (…) comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos (Hch 10, 41).

Los cristianos de hoy y de siempre queremos ser como Santo Tomás, que no se conformaba con escuchar que el Crucificado-Resucitado se había hecho presente. Él quería palparlo con sus propias manos, con el realismo que Caravaggio imprimió a su magnífica obra “La Incredulidad de Santo Tomás” (Cfr. Jn 20, 24-29).

Caravaggio

La incredulidad de Santo Tomás, de Caravaggio

Con ese realismo que vivió hasta sus últimas consecuencias Aquél que “se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Jn 1, 14). ¿No es esto lo que pide San Juan de la Cruz en su Cántico?:

¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?

Acaba de entregarte ya de veras;

no quieras enviarme

de hoy más mensajero

que no saben decirme lo que quiero.

 


VATICANO II: El fin de la Contrarreforma

VATICANO II: El fin de la Contrarreforma

 

La convocación de este magno acontecimiento eclesial tuvo distintas lecturas y reacciones. Lo favorecieron y anticiparon diversos movimientos de renovación y se opusieron a él los sectores más inmovilistas y conservadores del catolicismo. Lo que hay que subrayar es que marcó el fin de la Contrarreforma.

El contexto en que se convocó el Concilio fue muy particular, a diferencia de los otros veinte concilios ecuménicos: la Iglesia estaba en paz, no había herejías en su interior y había algunos movimientos de renovación. No obstante, existían tensiones entre conservadores y progresistas.

El mundo estaba en una época de cambio muy vertiginosa, propio de la posguerra y del fin del colonialismo y de una urbanización creciente en el Norte Occidental.

En este contexto, el Concilio se planteó algunos objetivos, no para rechazar o condenar herejías. Su objetivo era el aggiornamento de la Iglesia, es decir, renovación y adaptación. Con G. Gutiérrez, podemos distinguir tres grandes objetivos del Concilio: a) apertura de la Iglesia al mundo moderno; b) la unidad de los cristianos (ecumenismo) y c) Ser la Iglesia de los pobres.

Pablo VI definió así los objetivos del Concilio: profundización de la naturaleza de la Iglesia, renovación interna de la Iglesia, reunión de los cristianos separados y diálogo de la Iglesia con el mundo.

En este magno evento, convocado “por una repentina inspiración de Dios”, estuvieron presentes unos 2500 obispos y teólogos de capital importancia: Congar, Chenu, De Lubac, Daniélou, Ranher, Schillebeeckx, Philips, entre muchos otros, cuyo influjo fue decisivo para la orientación del Concilio.

Las tendencias presentes en el Concilio fueron muy claras. Desde el principio estuvo la idea de que la Curia Romana no impusiera la línea a seguir. También desde el principio se evidenciaron dos grupos: la mayoría (progresistas) y la minoría (tradicionalistas). La mayoría era sensible a las realidades del mundo y a las necesidades de adaptación y estaba abierta al diálogo ecuménico, era partidaria de una teología pastoral basada en la Escritura y no tenían mucho interés en formulaciones exactas de doctrina y desconfiaban de la excesiva centralización de la Iglesia.

Hubo 4 sesiones conciliares que concluyeron con la promulgación de 16 documentos: 4 constituciones, 9 decretos y 3 declaraciones. Un hecho relevante fue el levantamiento de la excomunión mutua entre Roma y Constantinopla (6 de diciembre de 1965).