Marialis Cultus

 

 

Se trata de una exhortación apostólica en la que Pablo VI reflexiona, a la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, el culto bimilenario a la santísima Virgen María. El interés del documento pontificio es incrementar el culto mariano en el marco de la renovación litúrgica promovida por la Sacrosantum Concilium, una renovación que tiene a Cristo como punto de referencia. El documento nos presenta a María como Madre de Cristo y Madre de la Iglesia.

Pablo VI intuye admirablemente que el mejor espacio para el culto mariano es la liturgia, de ahí que se note en la reforma de la Liturgia romana el interés por incluir de manera más orgánica y con más estrecha cohesión la memoria de la Madre dentro del ciclo anual de los misterios del Hijo. Por eso en cada tiempo litúrgico se recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen. Destacan las festividades de la Maternidad divina de María, su Inmaculada Concepción, la Anunciación del Señor y la Asunción de María al cielo. Otras fiestas marianas conmemoran acontecimientos salvíficos en los que María estuvo estrechamente a su Hijo. El Leccionario de la Misa nos ofrece, después de una serena crítica de los textos mariológicos, lecturas relativas a la Santísima Virgen. Lo mismo ocurre en la Liturgia de las Horas, que contiene bellos testimonios de piedad hacia la Madre del Señor, y en los diversos libros litúrgicos sobre los diversos sacramentos. Pablo VI nos ayuda, en este contexto, a recordar que las más límpidas expresiones de la piedad hacia la Virgen María han florecido en el ámbito de la liturgia o han sido incorporadas a ella.

Por otra parte, descubrimos, guiados por Pablo VI, que María es nuestro modelo en la escucha del Señor y de su Palabra: ella es la Virgen orante, presente desde el inicio de la Iglesia, presente siempre; ella es la Virgen-Madre y la Virgen oferente, que se nos presenta como maestra de vida espiritual, pues nos enseña a hacer de nuestra propia vida una ofrenda a Dios. No extraña que los discípulos de Jesús tengamos hacia María las más variadas relaciones: a ella la veneramos de una manera especial (hiperdulía), experimentamos hacia ella un amor ardiente, queremos servirla con amor, deseamos imitarla, descubrimos en ella a una poderosa intercesora… cuando contemplamos a la Toda Hermosa, a la Toda Santa, cuando nos asomamos a su misterio, la única respuesta es el estupor, el asombro, que desemboca en el amor filial. Todas estas relaciones nos motivan a realizar un atento estudio sobre ella para conocerla mejor y amarla más intensamente.

No sorprende que Pablo VI nos ayude a descubrir la necesidad siempre vigente de promover el culto mariano, no sólo las formas de piedad tradicionales, que deben ser renovadas a la luz del Concilio, pero también descubriendo en nuestra época nuevas formas de piedad. Lo que importa es que unas y otras tengan tres características esenciales: ser de carácter trinitario, cristológico y eminentemente eclesial. Esto es, se debe subrayar en la devoción a María la íntima y especial relación de María con todas y cada una de las Tres Personas divinas (Pablo VI subraya la relación especial de María con la tercera persona de la Santísima Trinidad) y el papel especial y único que ella tiene en la Iglesia: el más alto y más próximo a nosotros después de Cristo, de manera tal que no se puede hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor.

Además, en la revisión o creación de ejercicios y prácticas de piedad mariana, deben tenerse cuatro orientaciones fundamentales: deben tener su inspiración en la Sagrada Escritura de manera tal que el culto mariano esté impregnado de los grandes temas del mensaje cristiano. Estas prácticas deben estar en armonía con la Sagrada Liturgia, de manera tal que se inspiren en ella y nos conduzcan a ella. Sin duda todo esto contribuirá a que el culto mariano no sea obstáculo para el diálogo ecuménico. El culto mariano debe ser un medio y un punto de encuentro para la unidad de los cristianos. Al mismo tiempo, el culto a María debe ser eminentemente antropológico, al tener en cuenta las adquisiciones seguras y comprobadas de las ciencias humanas y la sensibilidad de nuestros contemporáneos.

Entre los ejercicios de piedad mariana que el Santo Padre recomienda, destacan especialmente el rezo del Angelus y del Santo Rosario, que contribuyen a santificar diversos momentos de nuestra jornada y meditar sobre los misterios centrales de nuestra redención.

El culto a la Virgen tiene raíces profundas en la Palabra revelada y sólidos fundamentos en las verdades de la doctrina católica, tales como:

– la singular dignidad de María, Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo del Espíritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con mucho a todas las demás criaturas, celestiales y terrestres;

– su cooperación incondicional en momentos decisivos de la obra de la salvación llevada a cabo por su Hijo;

– su santidad, que ya era plena en el momento de su concepción inmaculada y que, no obstante, fue creciendo más y más a medida que se adhería a la voluntad del Padre y recorría el camino del sufrimiento, progresando constantemente en la fe, la esperanza y la caridad;

– su misión y el puesto que ocupa, único en el Pueblo de Dios, del que es al mismo tiempo miembro eminente, ejemplar acabado y Madre amorosísima;

– su incesante y eficaz intercesión, mediante la cual, aun habiendo sido asunta al cielo, sigue mostrándose cercana a los fieles.

 

Sin duda alguna, estas reflexiones de Pablo VI, convertidas en exhortación apostólica, reflejan la meditación del Romano Pontífice del capítulo VIII de la Lumen Gentium. Pero sobre todo, reflejan el amor personal del Papa del Concilio y del diálogo hacia la Madre de Nuestro Señor, un amor que se contagia, que comunica, que entusiasma.

Es una magnífica oportunidad para renovar la propia devoción a la Madre del Señor, siguiendo los pasos de tantos que nos han precedido. A nosotros toca pasar la estafeta a la próxima generación.

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