Abundancia de sauces

Blog del P. Jorge Luis Zarazúa

El Cuerpo

El Cuerpo

S. Spinsanti nos ofrece, en este magnífico artículo, un análisis de la aproximación sin precedentes al cuerpo que se da en nuestra sociedad, que tiene mucho de exaltación pagana y poco de ascética cristiana, pues se trata de un movimiento que intenta superar el dualismo alma-cuerpo, en busca de un nuevo punto de partida: las formas de malestar.

Se trata de movimientos de reapropiación del cuerpo, a los que adhieren nuestros contemporáneos, que buscan una consideración positiva de la corporeidad, en una sociedad en la que se vive la negación del cuerpo, pues al parecer la civilización occidental está fundada sobre esta negación. Se busca, por tanto, tener y vivir la experiencia del propio cuerpo y el cuerpo del otro, se reivindican los derechos del cuerpo (vivir mejor), se destierra el espiritualismo y el ascetismo, que implica la represión de la libido, y se va tras un misticismo mundano y el éxtasis corporal. Sin duda alguna, esto tiene aspectos sumamente positivos, pues redescubrimos que el cuerpo constituye la epifanía de la persona y hay un creciente interés para que no se niegue ni se instrumentalice el cuerpo; en suma, se trata de descubrir el cuerpo como casa propia e iniciar una relación consciente con el propio cuerpo que lleve a una relación armónica con él.

Sin duda alguna, los movimientos feministas han contribuido mucho a esta discusión ayudándonos a descubrir que la feminidad es un fenómeno social. En efecto, las mujeres han sido confeccionadas artificialmente por el hombre a través del condicionamiento cultural de la asignación de roles. De hecho, el cuerpo de la mujer ha sido visto como un instrumento de procreación por el hombre, definiendo a la mujer desde el aspecto biológico, o como instrumento de placer: la mujer para complacer al hombre. Las mismas mujeres han ido más allá de la mera inserción a la producción, como propugnó el marxismo, para liberarla de la esclavitud doméstica, y ha avanzado mucho en la reconquista de su cuerpo. Esto ha contribuido a la creación de nuevos modelos culturales para los roles femeninos y masculinos. Aún falta mucho por hacer.

La psicoterapia, por su parte, nos ha ayudado a descubrir que no sólo tenemos un cuerpo, sino que somos nuestro cuerpo y nos ha ayudado a ver que el stress permanente al que nos somete la sociedad actual es a consecuencia de que hay una interrelación entre los procesos físicos, emocionales y ambientales. El boom de las técnicas de relajación expresa la búsqueda del hombre contemporáneo busca superar el stress psicofísico.

Un rubro que merece muchísima atención es el de la expropiación de nuestro cuerpo que ejerce la moderna ciencia médica y que hace necesaria la perspectiva de autogestión del cuerpo ante tal reducción antropológica y una reducción del concepto de salud, vista como producto industrial. Se necesita redescubrir que la salud es una tarea, que implica la capacidad personal de hacer frente a la vida de un modo autónomo y responsable. Ante el sistema médico, que expropia a la persona, considerando el cuerpo humano como una máquina estropeada y que recurre a una jerga científica, se requiere la autorregulación del organismo y la desprofesionalización de las curas y una farmacopea simplificada.

Un elemento fundamental de este artículo lo constituye recuperación de la dimensión corporal en la vida espiritual, buscando experiencias de oración donde el cuerpo ocupe un puesto central. Esto es palpable en los pentecostales católicos y protestantes, con importantes diferencias entre ambos: en los pentecostales católicos se vive más la dimensión comunitaria, mientras en los pentecostales protestantes se vive más la dimensión individual. Por otra parte, la meditación corpórea involucra mucho el control de la respiración, en la línea del zen, pero con una fuerte impronta cristiana.

En fin, la reapropiación del cuerpo es un hecho. Los cristianos hemos redescubierto al cuerpo como vía privilegiada para relacionarnos con Dios, con los otros y con nosotros mismos.

Comentario personal: Ha sido una aventura muy estimulante estudiar este artículo, puesto que me abre a nuevas perspectivas. Sobre todo el redescubrir el valor del cuerpo, no como opuesto al espíritu, pues no somos, sin más, un dualismo. Recuerdo las palabras de san Pablo que rezamos en Completas de los jueves: Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo (1Ts 5, 23).

Personalmente, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura me había abierto innumerables perspectivas sobre la importancia de la dimensión corporal en mi vida espiritual y, por tanto, en mis relaciones interpersonales. Sin embargo, no era plenamente consciente de toda esta búsqueda de reapropiación del propio cuerpo. Parece una paradoja.

Al reflexionar, por ejemplo, en la religiosidad popular, he visto lo importante que es la dimensión corpórea para nuestro cuerpo, que necesita tocar y ser tocado, involucrándose completo, no sólo con la oración mental y la lectura a la que estamos acostumbrados los hombres y mujeres de Iglesia. Sus peregrinaciones y procesiones, sus “limpias”, sus manifestaciones devocionales… hablan de lo importante que es para ellos su dimensión corporal, que se involucra extraordinariamente en su culto a Dios, a María y a los santos.

Pienso que es una magnífica oportunidad, aún desperdiciada, para conducirlos a la experiencia sacramental, donde el Deus absconditus se revela y se hace presente bajo signos sensibles y visibles. A este propósito vienen a mi mente las palabras que resuenan en el Nuevo Testamente con relación a Jesús: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida -¡pues la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto!- (1Jn 1, 1-2a). Y estas otras: Nosotros (…) comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos (Hch 10, 41).

Los cristianos de hoy y de siempre queremos ser como Santo Tomás, que no se conformaba con escuchar que el Crucificado-Resucitado se había hecho presente. Él quería palparlo con sus propias manos, con el realismo que Caravaggio imprimió a su magnífica obra “La Incredulidad de Santo Tomás” (Cfr. Jn 20, 24-29).

Caravaggio

La incredulidad de Santo Tomás, de Caravaggio

Con ese realismo que vivió hasta sus últimas consecuencias Aquél que “se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Jn 1, 14). ¿No es esto lo que pide San Juan de la Cruz en su Cántico?:

¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?

Acaba de entregarte ya de veras;

no quieras enviarme

de hoy más mensajero

que no saben decirme lo que quiero.

 


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diciembre 24, 2008 - Publicado por | Historia, Historia Eclesiástica, Teología

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