NAVIDAD: Dios se ha hecho hombre

NAVIDAD:

Dios se ha hecho hombre

Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, el Hijo único de Dios bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre.

Por los Misioneros “Apóstoles de la Palabra”

http://www.padreamatulli.net

Estimados hermanos: en este mes de diciembre queremos hablarles acerca de la Navidad, esa solemnidad en la que celebramos el Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo. Primero vamos a echar un vistazo al aspecto bíblico y luego examinaremos el significado que tiene para nosotros este gran acontecimiento.

El Verbo se hizo carne

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), dice el apóstol San Juan en el evangelio que lleva su nombre. Este acontecimiento es, precisamente, lo que celebramos cada 25 de diciembre, aunque a veces parece que nos celebramos a nosotros mismos.

San Lucas y San Mateo nos narran cómo fue que se dio este acontecimiento, desde la Anunciación hasta el nacimiento de Jesús, su presentación en el Templo y la visita de los Magos.

La Liturgia de las Horas lo expresa con estas bellas palabras en un himno encantador:

Hoy nace el sol divinal

de la Virgen sin mancilla;

hoy el Eterno se humilla

y se hace hombre mortal.

A este gran acontecimiento le llamamos la Encarnación del Verbo y consiste en que el Hijo único de Dios se ha hecho verdaderamente hombre sin dejar de ser Dios. Creer en este gran misterio es lo que distingue a los cristianos. Por eso la Iglesia del siglo I ya cantaba este magno evento, hablando de Jesús con estas palabras: “Él ha sido manifestado en la carne” (1Tm 3,16).

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 470), citando las palabras del Concilio Vaticano II, dice lo siguiente:

“El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22,2).

Nubes, derramen al Justo

Navidad es, por tanto, la fiesta que nos revela de una manera maravillosa el amor que Dios tiene por nosotros. Un amor tan grande que le hizo atender la súplica que escuchamos insistentemente en el Antiguo Testamento:

“Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen al Justo; que se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia” (Is 45,8).

“Señor, inclina tus cielos y desciende” (Sal 144,5).


Dios con nosotros

Tal como nos narra san Mateo, Jesús es el Emmanuel, es decir “Dios con nosotros” (Vea Mt 1,22-23). Esto es lo que celebramos en la Navidad: Dios está con nosotros y viene de una manera inesperada: como un bebé que nace en situaciones poco cómodas. ¿Qué sentido tiene, entonces, esta gran fiesta, en la que adornamos nuestras casas y nuestras calles, en la que intercambiamos regalos con los familiares, amigos y compañeros de trabajo o de clases, en la que algunos de nosotros “le damos vuelo a la hilacha”?

Es la fiesta en la que conmemoramos el amor de Dios. Por eso conviene que recordemos su significado más profundo. Esta Navidad Jesús debe nacer en nuestros corazones. No es suficiente que haya nacido hace más de dos mil años, si no nace en tu corazón y el mío en esta Navidad que se aproxima.

Mi pueblo no me conoce

El tradicional nacimiento, costumbre iniciada por San Francisco de Asís, tiene entre sus figuras, acompañando al Niño Jesús, a un buey y a un asno. ¿De dónde viene esta costumbre?

De un reproche que Dios presentó en el libro del profeta Isaías. Dice así:

“El buey conoce a su dueño y el asno conoce el pesebre de su señor; pero Israel no me conoce, mi pueblo no discierne” (Is 1,3).

Así pasa con nosotros. Nos preocupamos por tantas cosas en los días de Navidad, pero nos olvidamos del más importante: de Jesús.

Que esta Navidad sea distinta. Que Jesús sea el centro de nuestra celebración, de nuestras vacaciones, de nuestro descanso.

Que esta Navidad sea una oportunidad especial para reconciliarnos con Dios, de tal manera que podamos recibir a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía.

Que esta Navidad sea diferente. En lugar de “ponernos hasta las chanclas”, hagamos caso a estas recomendaciones de san Pablo:

No os emborrachen con vino, que es causa de libertinaje; llénense más bien del Espíritu Santo (Ef 5,18).

No andemos en comilonas y borracheras, ni en deshonestidad ni lujuria, ni en peleas ni envidias. Revístanse, más bien de Jesucristo, el Señor (Rom 13,13-14).

Conclusión

No hagamos de la Navidad un pretexto para alejarnos de Dios. Que la Navidad sea realmente para celebrar a Jesús, que ha decidido “hacerse en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado”.

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Un comentario

  1. preciosa refrlexion que nos recuerda lo mas importante de esta fecha el nacimiento de Jesus.que Dios derrame vendiciones en todos aquellos hermanos en la fe de nuestra Iglesia que es erencias de nuestro señor Jesucristo. Dios los vendiga mis hermanos en sus familias y en sus comunidades.

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