LA MISIÓN DE CRISTO REDENTOR

LA MISIÓN DE CRISTO REDENTOR

Sobre la permanente validez del mandato misionero

 

Se trata de un documento que trata de responder a algunas preguntas sobre la validez de la misión en el mundo contemporáneo, motivadas por dudas y ambigüedades que han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, a pesar de que el número de los que no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia crece exponencialmente.

La presente encíclica trata de recordar a todos los discípulos de Cristo la urgencia de la actividad misionera. Y es que, señala Juan Pablo II, el impulso misionero pertenece a la naturaleza íntima de la vida cristiana, por lo que es necesario un renovado impulso misionero en el que debemos involucrarnos todos los cristianos. Que es una preocupación creciente se observa en documentos que han emanado del Magisterio reciente de la Iglesia, como puede verse en la exhortación apostólica Evangelio nuntiandi y en múltiples intervenciones del Obispo de Roma y de los demás obispos, que han llegado a iniciativas concretas en orden a la Misión.

 

El documento es sumamente completo, pues presenta a lo largo de sus páginas una visión monográfica de la situación de la Misión de la Iglesia. En efecto, presenta a Jesucristo como el único salvador (Hch 4,12) y a la Iglesia como signo e instrumento de salvación y nos recuerda la posibilidad de salvación para todos los hombres, No obstante, la Iglesia debe anunciar el Evangelio.

Nos presenta también el Reino de Dios, sus características y exigencias, y nos recuerda que en Cristo se hace presente el Reino. Este Reino es inseparable de la Iglesia, pero la Iglesia está al servicio del Reino.

Además, el Papa nos recuerda el papel protagónico que tiene el Espíritu Santo en orden a la Misión, pues actúa en cada evangelizador y en el oyente. Además de que es Él quien envía a la Iglesia, trabaja ya y actúa en cada hombre y en cada cultura. Esta acción del Espíritu debe ser acogida y discernida por la Iglesia, sacramento universal de la salvación. Esta Iglesia es misionera por la acción del Espíritu, que la impulsa a anunciar el Evangelio a todas las gentes.

 

El Papa subraya que el primer servicio que la Iglesia puede prestar al hombre es precisamente la evangelización misionera, especialmente ahora cuando el hombre parece haber perdido el sentido de las realidades últimas.

El Capítulo I presenta a Jesucristo como el único Salvador y recuerda la centralidad de Cristo, pues precisamente de la fe en Cristo nace la misión universal de la Iglesia, pues la salvación no puede venir más que de Jesucristo, pues la revelación de Dios se hace definitiva y completa sólo en Él. Precisamente por ésta auto revelación definitiva de Dios la Iglesia es misionera y por eso tiene que predicar el Evangelio.

El documento pontificio también nos presenta a Cristo como el único mediador entre Dios y los hombres y señala que no se puede entrar en comunión con Dios si no es por medio de Jesucristo; aunque no se excluyen otras mediaciones a las que se les da el adjetivo de parciales, pues éstas, dice el Papa, sólo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo, por lo que no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias.

Al mismo tiempo subraya la vida nueva que Cristo ofrece a sus discípulos, en un clima de máxima libertad, subrayando la importancia de la libertad religiosa, por lo que no debe haber ningún tipo de coacción en materia religiosa. Eso es sumamente importante tenerlo claro, pues vivimos en una sociedad plural en campo religioso y cultural. Por lo demás, el Evangelio no se impone, se propone.

El empeño misionero nace del derecho que tienen las multitudes a conocer las riquezas del misterio de Cristo. En este anuncio, la Iglesia tiene un lugar fundamental, pues ella ha sido instituida como signo e instrumento de salvación. Es más, dice el Papa, por medio de la Iglesia Cristo cumple su misión. Al mismo tiempo que se reconoce la posibilidad de salvarse para todos los hombres, recuerda que la Iglesia ha sido constituida como sacramento universal de salvación. Es decir: hay que tener en cuenta estas dos premisas:

a)     la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres

b)     y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación.

 

En efecto, puesto que esta salvación es ofrecida a todos los hombres, esta debe estar a disposición de todos en formas que sólo Dios conoce.

El papa responde a algunas preguntas fundamentales: ¿para qué la misión?, ¿por qué la misión? Y responde a ellas señalando que abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación que tanto anhela el hombre, reducido a una mera dimensión horizontal. La Misión es importante puesto que Dios nos concedió la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo.

La misma vida de Dios en nosotros nos debe impulsar a la Misión, para testimoniar esta fe y la radical novedad de vida que nos ofrece Cristo a los que hemos sido incorporados a la Iglesia por el bautismo.

Con relación al Reino de Dios, el Papa subraya el papel preponderante que tiene la Iglesia para su realización en el mundo. En Cristo se hace presente este Reino de Dios, pues nos revela el rostro del Padre, no sólo con lo que dice o hace, sino con lo que es.

¿Qué significa trabajar por el Reino? Construir el reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas, pues el Reino de Dios es la manifestación y la realización del designio de salvación en toda su plenitud.

Al hablar de este Reino debemos hacerlo en sintonía con la Iglesia y no mediante concepciones reductivas de este Reino, centrado solamente en las necesidades terrenas del hombre, sin apertura a lo trascendente. Tampoco son adecuadas algunas visiones “reinocéntricas”, en las que la Iglesia se olvida de sí misma para dedicarse a testimoniar y servir al Reino.

El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen de Dios invisible. Este Reino no puede separarse, sin más, de Cristo y de la Iglesia, pues Cristo la ha dotado de la plenitud de los bienes y medios de salvación. ¿Cómo la Iglesia está al servicio del reino? Mediante el anuncio que llama a la conversión. En efecto, afirma el Papa, éste es el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las personas y en la sociedad humana. Además, la Iglesia sirve al Reino fundando comunidades e instituyendo iglesias particulares, difundiendo lo valores evangélicos que son expresión del Reino, y con su intercesión. En efecto, al Reino debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de nosotros. Al mismo tiempo, debemos cooperar para que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres.

 

El protagonista de la Misión es el Espíritu Santo, pues actúa en los Apóstoles y en los oyentes. Es Él el que hace el envío de los discípulos de Cristo “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Este envío tiene una dimensión universal, pues han sido enviados a todas las gentes, y la certeza de que el Señor resucitado los acompañará y asistirá en esta tarea. Además, en la misión estará operante en todo momento el Espíritu Santo, que guía la misión, como se observa a lo largo del Nuevo Testamento, especialmente en los Hechos de los Apóstoles. Es Él que hace que toda la Iglesia sea misionera. Por eso no hay que separar la acción del Espíritu de la acción peculiar que realiza la Iglesia, Cuerpo de Cristo. A ella compete discernir la presencia del Espíritu.

 

En un mundo religioso sumamente complejo y en constante movimiento, señala Juan Pablo II, la misión ad gentes conserva todo su valor. En efecto, se trata de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida. Esto es particularmente urgente en una sociedad en constante cambio, con fenómenos tales como la urbanización creciente, las migraciones masivas, la descristianización de países otrora cristianos, etc.

En este contexto, la misión de la Iglesia se desarrolla en tres situaciones:

Misión ad gentes. Es la que se realiza en pueblos, grupos humanos y contextos socioculturales donde Cristo y el Evangelio no son conocidos.

Actividad o atención pastoral de la Iglesia. Se da en comunidades con estructuras eclesiales adecuadas, en las que existe un gran fervor de fe y de vida.

Nueva evangelización. Se da en comunidades y ambientes donde muchos bautizados han perdido el sentido vivo de la fe y no se reconocen como miembros de la Iglesia.

En este contexto, se señala que no debe considerarse la misión ad gentes como una tarea al margen de la Iglesia, sino que esta actividad está inserta en el centro de la vida de la Iglesia. Explica que el subrayar que toda la Iglesia es misionera no excluye la misión específica ad gentes; el hecho de señalar que todo católico debe ser misionero, no excluye la existencia de una vocación misionera específica, es decir, misioneros ad gentes y de por vida.

El iluminador capítulo 5 nos señalas los caminos de la misión, y considera que la primera forma de evangelización es el testimonio. Existen, además, diversas maneras de anunciar el Evangelio. Pues bien, ¿en qué consiste en testimonio? En la vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. Esto es necesario tenerlo presente, pues en muchos católicos la alusión al testimonio como medio privilegiado de evangelizar, excluye el anuncio explícito. Detrás de la palabra testimonio, se esconde pereza y falta de empeño en la misión.

En efecto, el Papa subraya que el anuncio tiene prioridad permanente en la misión, puesto que la Iglesia no puede sustraerse al anuncio explícito de Cristo: una clara proclamación de que en Jesús se ofrece la salvación a todos los hombres. Este anuncio tiende a la conversión, es decir a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su evangelio. En este capítulo, el Papa señala una visión reductiva de la conversión, que se reduciría a mero proselitismo. De hecho, se silencia o se pone en tela de juicio la conversión. Se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión. Se olvida que todas las personas tienen el derecho de escuchar la Buena Nueva. Igualmente no de be separarse la misión ad gentes de la administración del bautismo, mediante el cual se recibe la vida plena en Cristo.

En este contexto, nos recuerda el objetivo de la misión ad gentes, que es precisamente fundar comunidades cristianas y hacer crecer las Iglesias hasta su completa madurez. Para esto, es importante establecer y formar Iglesias locales. Una señal alentadora es la existencia de múltiples comunidades eclesiales de base, es decir, de grupos cristianos que se reúnen para la oración, la lectura de la Escritura, la catequesis, para compartir problemas humanos y eclesiales de cara a un compromiso común. Estas comunidades permiten una experiencia comunitaria y son instrumentos de evangelización y fuentes de nuevos ministerios.

Otro aspecto que trata este capítulo es el de la inculturación, que consiste en una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas. Este proceso no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

En la misión ad gentes es importante el diálogo con los hermanos de otras religiones. En efecto, el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. ¿En qué consiste? En un método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco. Esta actividad no se opone a la misión ad gentes. El diálogo interreligioso no debe oscurecer la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación. Por ello, la Iglesia debe testimoniar la integridad de la revelación y profundizar la propia identidad. Es importante que no haya ningún tipo de abdicación e irenismo.

El capítulo VI nos habla de los responsables y los agentes de la pastoral misionera, puesto que no se da testimonio sin testigos, como no existe misión sin misioneros. Los primeros responsables de la misión son los miembros del Colegio episcopal, encabezado por el Sucesor de Pedro. Además, un puesto de fundamental importancia lo constituyen los misioneros y los Institutos ad gentes, que cuentan con una vocación especial, que implica una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero.

Uno de los más grandes méritos de esta encíclica lo constituye el recordar la fecundidad misionera de la Vida consagrada y el hecho de que todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo, cuyo campo propio es el mundo vasto y complejo de la política, lo social, de la economía, a nivel local, nacional e internacional.

El capítulo VII nos recuerda que todos podemos cooperar en la actividad misionera de la Iglesia, que inicia con la santidad de vida, continua con la oración y los sacrificios a favor de los misioneros, la promoción de las vocaciones misioneras y responder con generosidad si hemos sido llamados a la misión ad gentes. Hay que estar abiertos, nos dice el Papa, a nuevas formas de cooperación misionera.

El último capítulo es sumamente pertinente, pues habla de que la actividad misionera exige una espiritualidad específica, que se vive con plena docilidad al Espíritu, implica una adhesión total a Cristo y un amor a la Iglesia y a todos los hombres: el celo por las almas. En efecto, el misionero es el hombre de la caridad.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s