¿Qué hacer con los embriones humanos congelados?

¿Qué hacer con los embriones humanos congelados?

 

Estimada Angélica:

Me quedé pensando mucho en lo que te escribí en mi carta anterior. Por eso decidí escribirte, sin esperar tu respuesta. Lo que más ha rondado en mi cabeza es el destino de los embriones humanos congelados.

Como sabes, cuando se va a realizar la fecundación in vitro se fecundan más óvulos de los que van a ser implantados. Esto significa que por cada embrión implantado, hay 5 o más que quedan en “lista de espera” (me parece que suelen llamarles embriones supernumerarios) y el único modo de conservarlos es mediante su congelación.

Pues bien, ¿cuál es el destino de estos embriones? ¿Cuál es la mejor manera de comportarse ante ellos? Es una pregunta que toda pareja y cada médico debe plantearse con seriedad.

Por lo general se congelan, por si la madre o pareja quieren en el futuro volver a tener un hijo mediante fecundación in vitro. ¿Te parece que es el congelador el mejor lugar para alguien que es “carne de tu carne y hueso de tus huesos” y a quien cariñosamente dirías “hijo mío”, si pudiera continuar su desarrollo dentro del útero?

Por lo que sé, la ciencia médica no sabe hasta el momento cuánto tiempo puede vivir un embrión en estado de congelamiento. Técnicamente se sabe que el congelamiento puede matar al embrión humano. A veces el hecho de descongelarlo tiene el mismo resultado. El congelamiento representa, pues, una agresión muy fuerte a este nuevo ser, aunque haya sido producido en un laboratorio.

¿Qué hacer, pues, con los embriones supernumerarios? Lo que yo sugiero es lo siguiente:

a)   Recomiendo que los embriones humanos por congelar o congelados sean considerados con los mismos derechos de las personas por nacer o que están en el seno materno. Esto llevará a respetar su vida, en la etapa inicial de su desarrollo.

b)   Por tanto, no es apropiado destruirlos ni mucho menos utilizarlos para experimentar con ellos en aras del conocimiento científico.

c)    No es conveniente tampoco lucrar con ellos de ninguna forma posible.

d)   El médico, por tanto, debe considerarlos como otro paciente, con la deferencia especial que se tiene a alguien tan vulnerable.

e)   Por otra parte, veo conveniente que los embriones supernumerarios sean liberados del estilo de vida suspendido y darlos en adopción (adopción prenatal).

 

Quiero aclarar que, como lo expresé en mi carta anterior, no veo conveniente la fecundación in vitro. El hecho de que haya embriones supernumerarios es algo que nunca debió haber ocurrido. Sin embargo, para remediar esta situación, evitando la destrucción sistemática o la experimentación médica de estos embriones humanos, sugiero la adopción pre-natal.

Esto significa darle a estos embriones humanos la posibilidad de continuar su desarrollo cuando un matrimonio decide asumirlos como propios. Para esto hay que descongelarlos y, si están vivos y son viables, transferirlos al útero de aquella mujer que haya decidido realizar este acto de amor, a favor de alguien tan especial, y que de otra forma moriría irremediablemente.

Evidentemente, esto supone un cambio de mentalidad entre los científicos, que deben entender que los embriones deben ser considerados plenamente como seres humanos. Implica también la necesidad de tomar medidas preventivas, que miren a evitar la producción de múltiples embriones en la fecundación in vitro. Al mismo tiempo, se debe habilitar, para los embriones humanos congelados o por congelar que ya han sido generados, un sistema de adopción pre-natal.

Como ves, no se trata de iniciar la práctica de la adopción pre-natal sustituyendo la adopción tal como la conocemos. Se trata sólo de resolver este acuciante problema.

Finalmente, Angélica, quiero agradecerte una vez más tu confianza. Tus consultas me han ayudado a pensar seriamente en la necesidad de capacitarme más en estos temas, relacionados con la bioética.

Hasta pronto.

 

 

Atentamente,

 

 

Jorge Luis Zarazúa Campa.

Encuentro de catequesis y de oración del Santo Padre Benedicto XVI con los niños de primera Comunión

Encuentro de catequesis y de oración del Santo Padre Benedicto XVI con los niños de primera Comunión

Plaza de San Pedro, sábado 15 de octubre de 2005.

 

Andrés: Querido Papa, ¿qué recuerdo tienes del día de tu primera Comunión?

 

Ante todo, quisiera dar las gracias por esta fiesta de fe que me ofrecéis, por vuestra presencia y vuestra alegría. Saludo y agradezco el abrazo que algunos de vosotros me han dado, un abrazo que simbólicamente vale para todos vosotros, naturalmente. En cuanto a la pregunta, recuerdo bien el día de mi primera Comunión. Fue un hermoso domingo de marzo de 1936; o sea, hace 69 años. Era un día de sol; era muy bella la iglesia y la música; eran muchas las cosas hermosas y aún las recuerdo. Éramos unos treinta niños y niñas de nuestra pequeña localidad, que apenas tenía 500 habitantes. Pero en el centro de mis recuerdos alegres y hermosos, está este pensamiento –el mismo que ha dicho ya vuestro portavoz–: comprendí que Jesús entraba en mi corazón, que me visitaba precisamente a mí. Y, junto con Jesús, Dios mismo estaba conmigo. Y que era un don de amor que realmente valía mucho más que todo lo que se podía recibir en la vida; así me sentí realmente feliz, porque Jesús había venido a mí. Y comprendí que entonces comenzaba una nueva etapa de mi vida –tenía 9 años– y que era importante permanecer fiel a ese encuentro, a esa Comunión. Prometí al Señor: “Quisiera estar siempre contigo” en la medida de lo posible, y le pedí: “Pero, sobre todo, está tú siempre conmigo”. Y así he ido adelante por la vida. Gracias a Dios, el Señor me ha llevado siempre de la mano y me ha guiado incluso en situaciones difíciles. Así, esa alegría de la primera Comunión fue el inicio de un camino recorrido juntos. Espero que, también para todos vosotros, la primera Comunión, que habéis recibido en este Año de la Eucaristía, sea el inicio de una amistad con Jesús para toda la vida. El inicio de un camino juntos, porque yendo con Jesús vamos bien, y nuestra vida es buena.

 

Livia: Santo Padre, el día anterior a mi primera Comunión me confesé. Luego, me he confesado otras veces. Pero quisiera preguntarte: ¿debo confesarme todas las veces que recibo la Comunión? ¿Incluso cuando he cometido los mismos pecados? Porque me doy cuenta de que son siempre los mismos.

 

Diría dos cosas: la primera, naturalmente, es que no debes confesarte siempre antes de la Comunión, si no has cometido pecados tan graves que necesiten confesión. Por tanto, no es necesario confesarse antes de cada Comunión eucarística. Este es el primer punto. Sólo es necesario en el caso de que hayas cometido un pecado realmente grave, cuando hayas ofendido profundamente a Jesús, de modo que la amistad se haya roto y debas comenzar de nuevo. Sólo en este caso, cuando se está en pecado “mortal”, es decir, grave, es necesario confesarse antes de la Comunión. Este es el primer punto. El segundo: aunque, como he dicho, no sea necesario confesarse antes de cada Comunión, es muy útil confesarse con cierta frecuencia. Es verdad que nuestros pecados son casi siempre los mismos, pero limpiamos nuestras casas, nuestras habitaciones, al menos una vez por semana, aunque la suciedad sea siempre la misma, para vivir en un lugar limpio, para recomenzar; de lo contrario, tal vez la suciedad no se vea, pero se acumula. Algo semejante vale también para el alma, para mí mismo; si no me confieso nunca, el alma se descuida y, al final, estoy siempre satisfecho de mí mismo y ya no comprendo que debo esforzarme también por ser mejor, que debo avanzar. Y esta limpieza del alma, que Jesús nos da en el sacramento de la Confesión, nos ayuda a tener una conciencia más despierta, más abierta, y así también a madurar espiritualmente y como persona humana. Resumiendo, dos cosas: sólo es necesario confesarse en caso de pecado grave, pero es muy útil confesarse regularmente para mantener la limpieza, la belleza del alma, y madurar poco a poco en la vida.

 

Andrés: Mi catequista, al prepararme para el día de mi primera Comunión, me dijo que Jesús está presente en la Eucaristía. Pero ¿cómo? Yo no lo veo.

 

Sí, no lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que existen y son esenciales. Por ejemplo, no vemos nuestra razón; y, sin embargo, tenemos la razón. No vemos nuestra inteligencia, y la tenemos. En una palabra, no vemos nuestra alma y, sin embargo, existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir, etc. Así tampoco vemos, por ejemplo, la corriente eléctrica y, sin embargo, vemos que existe, vemos cómo funciona este micrófono; vemos las luces. En una palabra, precisamente las cosas más profundas, que sostienen realmente la vida y el mundo, no las vemos, pero podemos ver, sentir sus efectos. No vemos la electricidad, la corriente, pero vemos la luz. Y así sucesivamente. Del mismo modo, tampoco vemos con nuestros ojos al Señor resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores. Se crea mayor capacidad de paz, de reconciliación, etc. Por consiguiente, no vemos al Señor mismo, pero vemos sus efectos: así podemos comprender que Jesús está presente. Como he dicho, precisamente las cosas invisibles son las más profundas e importantes. Por eso, vayamos al encuentro de este Señor invisible, pero fuerte, que nos ayuda a vivir bien.

 

Julia: Santidad, todos nos dicen que es importante ir a misa el domingo. Nosotros iríamos con mucho gusto, pero, a menudo, nuestros padres no nos acompañan porque el domingo duermen. El papá y la mamá de un amigo mío trabajan en un comercio, y nosotros vamos con frecuencia fuera de la ciudad a visitar a nuestros abuelos. ¿Puedes decirles una palabra para que entiendan que es importante que vayamos juntos a misa todos los domingos?

 

Creo que sí, naturalmente con gran amor, con gran respeto por los padres que, ciertamente, tienen muchas cosas que hacer. Sin embargo, con el respeto y el amor de una hija, se puede decir: querida mamá, querido papá, sería muy importante para todos nosotros, también para ti, encontrarnos con Jesús. Esto nos enriquece, trae un elemento importante a nuestra vida. Juntos podemos encontrar un poco de tiempo, podemos encontrar una posibilidad. Quizá también donde vive la abuela se pueda encontrar esta posibilidad. En una palabra, con gran amor y respeto, a los padres les diría: “Comprended que esto no sólo es importante para mí, que no lo dicen sólo los catequistas; es importante para todos nosotros; y será una luz del domingo para toda nuestra familia”.

 

Alejandro: ¿Para qué sirve, en la vida de todos los días, ir a la santa misa y recibir la Comunión?

 

 Sirve para hallar el centro de la vida. La vivimos en medio de muchas cosas. Y las personas que no van a la iglesia no saben que les falta precisamente Jesús. Pero sienten que les falta algo en su vida. Si Dios está ausente en mi vida, si Jesús está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también una alegría que es importante para la vida. Me falta también la fuerza para crecer como hombre, para superar mis vicios y madurar humanamente. Por consiguiente, no vemos enseguida el efecto de estar con Jesús cuando vamos a recibir la Comunión; se ve con el tiempo. Del mismo modo que a lo largo de las semanas, de los años, se siente cada vez más la ausencia de Dios, la ausencia de Jesús. Es una laguna fundamental y destructora. Ahora podría hablar fácilmente de los países donde el ateísmo ha gobernado durante muchos años; se han destruido las almas, y también la tierra; y así podemos ver que es importante, más aún, fundamental, alimentarse de Jesús en la Comunión. Es él quien nos da la luz, quien nos orienta en nuestra vida, quien nos da la orientación que necesitamos.

 

Ana: Querido Papa, ¿nos puedes explicar qué quería decir Jesús cuando dijo a la gente que lo seguía: “Yo soy el pan de vida”?

 

En este caso, quizá debemos aclarar ante todo qué es el pan. Hoy nuestra comida es refinada, con gran diversidad de alimentos, pero en las situaciones más simples el pan es el fundamento de la alimentación, y si Jesús se llama el pan de vida, el pan es, digamos, la sigla, un resumen de todo el alimento. Y como necesitamos alimentar nuestro cuerpo para vivir, así también nuestro espíritu, nuestra alma, nuestra voluntad necesita alimentarse. Nosotros, como personas humanas, no sólo tenemos un cuerpo sino también un alma; somos personas que pensamos, con una voluntad, una inteligencia, y debemos alimentar también el espíritu, el alma, para que pueda madurar, para que pueda llegar realmente a su plenitud. Así pues, si Jesús dice “yo soy el pan de vida”, quiere decir que Jesús mismo es este alimento de nuestra alma, del hombre interior, que necesitamos, porque también el alma debe alimentarse. Y no bastan las cosas técnicas, aunque sean importantes. Necesitamos precisamente esta amistad con Dios, que nos ayuda a tomar las decisiones correctas. Necesitamos madurar humanamente. En otras palabras, Jesús nos alimenta para llegar a ser realmente personas maduras y para que nuestra vida sea buena.

 

Adriano: Santo Padre, nos han dicho que hoy haremos adoración eucarística. ¿Qué es? ¿Cómo se hace? ¿Puedes explicárnoslo? Gracias.

 

Bueno, ¿qué es la adoración eucarística?, ¿cómo se hace? Lo veremos enseguida, porque todo está bien preparado: rezaremos oraciones, entonaremos cantos, nos pondremos de rodillas, y así estaremos delante de Jesús. Pero, naturalmente, tu pregunta exige una respuesta más profunda: no sólo cómo se hace, sino también qué es la adoración. Diría que la adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por él, sólo si sigo el camino que él me señala. Así pues, adorar es decir: “Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo”. También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: “Yo soy tuyo y te pido que tú también estés siempre conmigo”.

 

PALABRAS DEL SANTO PADRE

AL FINAL DEL ENCUENTRO

 

 

Queridos niños y niñas, hermanos y hermanas, al final de este hermosísimo encuentro, sólo quiero deciros una palabra:  ¡Gracias!

 

Gracias por esta fiesta de fe.

 

Gracias por este encuentro entre nosotros y con Jesús.

 

Y gracias, naturalmente, a todos los que han hecho posible esta fiesta:  a los catequistas, a los sacerdotes, a las religiosas; a todos vosotros.

 

Repito al final las palabras que decimos cada día al inicio de la liturgia:  “La paz esté con vosotros”, es decir, el Señor esté con vosotros; la alegría esté con vosotros; y que así la vida sea feliz.

 

¡Feliz domingo! ¡Buenas noches!; hasta la vista, todos juntos con el Señor.

 

¡Muchas gracias!