PARA PARTICIPAR MÁS DIGNAMENTE EN LA LITURGIA

PARA PARTICIPAR MÁS DIGNAMENTE EN LA LITURGIA

 

Las maneras de pronunciar los diversos textos

 

38. En los textos que han de pronunciarse en voz alta y clara, sea por el sacerdote o por el diácono, o por el lector, o por todos, la voz debe responder a la índole del respectivo texto, según éste sea una lectura, oración, monición, aclamación o canto; como también a la forma de la celebración y de la solemnidad de la asamblea. Además, téngase en cuenta la índole de las diversas lenguas y la naturaleza de los pueblos.

En las rúbricas y en las normas que siguen, los verbos “decir” o “pronunciar”, deben entenderse, entonces, sea del canto, sea de la lectura en voz alta, observándose los principios arriba expuestos.

 

Importancia del canto

 

39. Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando unidos la venida de su Señor, que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos inspirados (cfr. Col 3,16). Pues el canto es signo de la exultación del corazón (cfr. Hch 2, 46). De ahí que San Agustín dice con razón: “Cantar es propio del que ama”,[48] mientras que ya de tiempos muy antiguos viene el proverbio: “Quien canta bien, ora dos veces”.

 

40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa, atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas fériales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.[49]

 

41. En igualdad de circunstancias, dése el primer lugar al canto gregoriano, ya que es propio de la Liturgia romana. De ninguna manera se excluyan otros géneros de música sacra, especialmente la polifonía, con tal que sean conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles.[50]

Como cada día es más frecuente que se reúnan fieles de diversas naciones, conviene que esos mismos fieles sepan cantar juntos en lengua latina, por lo menos algunas partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la Oración del Señor, usando las melodías más fáciles.[51]

 

 

Gestos y posturas corporales

 

42. Los gestos y posturas corporales, tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben tender a que toda la celebración resplandezca por el noble decoro y por la sencillez, a que se comprenda el significado verdadero y pleno de cada una se sus diversas partes y a que se favorezca la participación de todos.[52] Así, pues, se tendrá que prestar atención a aquellas cosas que se establecen por esta Instrucción general y por la praxis tradicional del Rito romano, y a aquellas que contribuyan al bien común espiritual del pueblo de Dios, más que al deseo o a las inclinaciones privadas.

 

La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve, en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes.

 

43. Los fieles están de pie desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive; al canto del Aleluya antes del Evangelio; durante la proclamación del Evangelio; mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal; además desde la invitación Oren, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa, excepto lo que se dice más abajo.

 

En cambio, estarán sentados mientras se proclaman las lecturas antes del Evangelio y el salmo responsorial; durante la homilía y mientras se hace la preparación de los dones para el ofertorio; también, según las circunstancias, mientras se guarda el sagrado silencio después de la Comunión.

 

Por otra parte, estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración.

 

Sin embargo, pertenece a la Conferencia Episcopal adaptar los gestos y las posturas descritos en el Ordinario de la Misa a la índole y a las tradiciones razonables de los pueblos, según la norma del derecho.[53] Pero préstese atención a que respondan al sentido y la índole de cada una de las partes de la celebración. Donde existe la costumbre de que el pueblo permanezca de rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo” hasta el final de la Plegaria Eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice “Éste es el Cordero de Dios”, es laudable que se conserve.

 

Para conseguir esta uniformidad en los gestos y en las posturas en una misma celebración, obedezcan los fieles a las moniciones que hagan el diácono o el ministro laico, o el sacerdote, de acuerdo con lo que se establece en el Misal.

 

44. Entre los gestos se cuentan también las acciones y las procesiones, con las que el sacerdote con el diácono y los ministros se acercan al altar; cuando el diácono, antes de la proclamación del Evangelio, lleva al ambón el Evangeliario o libro de los Evangelios; cuando los fieles llevan los dones y cuando se acercan a la Comunión. Conviene que tales acciones y procesiones se cumplan decorosamente, mientras se cantan los correspondientes cantos, según las normas establecidas para cada caso.

 

El silencio

 

45. Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio.[54] Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran.

 

Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada.

 

[48] San Agustín de Hipona, Sermón 336, 1: PL 38, 1472.

 

[49] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núms. 7. 16: A.A.S. 59 (1967) págs. 302, 305.

 

[50] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 116; cfr. también allí mismo, núm. 30

 

[51] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 54; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de 1964, núm. 59: A.A.S. 56 (1964) pág. 891; Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 47: A.A.S. 59 (1967) pág. 314.

 

[52] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núms. 30. 34; cfr. también allí el núm. 21.

 

[53] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 40; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994,núm. 41: A.A.S. 87 (1995) pág. 304.

 

[54] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 30; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 17: A.A.S. 59 (1967) pág. 305.

 

La Santa Madre Iglesia, por tanto, nos pide tener en cuenta algunas cuestiones:

  1. Pronunciación clara y fuerte, respetando la entonación y los signos de puntuación, si se trata de un escrito en prosa o en verso.
  2. La importancia del canto en las Celebraciones litúrgicas, prefiriendo el canto gregoriano y la polifonía, pero sin descuidar otro tipo de canto.
  3. La posibilidad de cantar juntos en lengua latina.
  4. La uniformidad en las posturas 

 

 

Renovarse o morir. He ahí el dilema.

Renovarse o morir. He ahí el dilema.

 

El primer paso para resolver cualquier problema es el reconocimiento de su naturaleza específica y hacer los cambios pertinentes.

 

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

jorgeluiszarazua@hotmail.com * https://zarazua.wordpress.com

 

 

El más reciente libro del P. Flaviano Amatulli Valente, titulado “Cambiar o Morir. La Iglesia ante el Futuro” es una aplicación muy interesante del método ver, juzgar y actuar, empleado en diversos documentos eclesiásticos.

“Este método —dice el Documento de Aparecida, n. 19— nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con sentido crítico; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo”.

El P. Amatulli lo resume en estas interrogantes: ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos? ¿Por cuáles caminos queremos llegar?, que señalan el itinerario de este folleto, dividido en tres partes.

 

Ver

 

Un modelo eclesial agotado

Echando un vistazo al índice podemos tener una idea clara de la lectura de la realidad que hace el P. Amatulli. Como sabemos, lo que privilegia el P. Amatulli es la realidad eclesial, pero sin infravalorar la realidad en sus aspectos socio-económicos y políticos.

Es la mirada del pastor, siempre dispuesto a dar la vida por las ovejas (Jn 10, 11); es el examen minucioso del misionero llamado a anunciar las insondables riquezas de Cristo (Ef 3,8); es la exploración que realiza el presbítero, llamado a cuidar el rebaño que el Espíritu Santo le encomendó (Hch 20, 28).

¿Qué es lo que observa al analizar la compleja realidad eclesial desde la perspectiva de quien está consciente de haber sido llamado a anunciar la Buena Noticia (1Cor 1, 17)?

El abandono pastoral en que se encuentran amplios sectores del Pueblo de Dios; la profunda ignorancia religiosa de las masas católicas, el autoritarismo que se niega a desaparecer en una institución con una estructura piramidal, donde la autoridad se ejerce de modo discrecional; la corrupción, la explotación, el poco respeto a los derechos humanos y a la dignidad de la persona, que también están presentes en la relaciones entre los miembros de la Iglesia, puesto que el pensamiento autoritario se cristaliza en formas autoritarias de gobierno.

He aquí un párrafo revelador:

De hecho, en la Iglesia se habla más de obediencia que de búsqueda o concertación, de unidad que de diversidad, de monopolio que de libre competencia. Basta ver el asunto de la catequesis. Texto único, sin importar las diferencias existentes entre los distintos destinatarios, que viven en ambientes muy diferentes o cuentan con diferente tipo de compromiso cristiano (católicos de la masa y católicos integrados a los grupos apostólicos). Yo mando y ya. Lo que vale es la ley, no la persona (Cambiar o Morir. La Iglesia ante el Futuro, p. 9).

 

¿Qué más se observa cuando se mira con los ojos del pastor, para quien la salus animarum es la ley suprema de todo el quehacer eclesial (Código de Derecho Canónico, c. 1752)? Un panorama bastante desolador con respecto a la religiosidad popular, a contracorriente de lo que dicen los documentos eclesiales.

“La piedad popular —dice el Documento de Aparecida, n. 264— es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia y una forma de ser misioneros, donde se recogen las más hondas vibraciones de la América profunda”.

De acuerdo, pero la religiosidad popular no representa el non plus ultra del catolicismo, la forma más acabada de vivir la fe católica. Como lo reconocen diversos documentos eclesiales: “hay que evangelizarla o purificarla”. Es que se trata, en muchos casos, de un auténtico paganismo con pantalla cristiana, pero que es intocable en vistas a su utilidad para llenar las arcas de la Iglesia y acrecentar las finanzas del clero.

También salta a la vista el éxodo masivo de católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, la vocación de suicidio de algunos sectores de la Iglesia, que están volcados en una forma ingenua de vivir el ecumenismo y el diálogo interreligioso, mientras dejan al pueblo católico en el más absoluto desamparo.

En suma, se observa un catolicismo en bancarrota. ¿La causa? El problema es multicausal, pero una cosa es cierta: existe actualmente un modelo eclesial agotado.

Es inútil que nos hagamos ilusiones: nos encontramos en caída libre y nadie sabe cuándo nos vamos a parar. Templos que se cierran, parroquias que se juntan, seminarios vacíos, órdenes y congregaciones religiosas de puros ancianos, gente que cada día más se va alejando de nosotros sin despedirse siquiera. Hay que estar ciegos para seguir pensando que todo anda bien en nuestra casa, mientras tratamos de apuntalar un andamio que ya se nos está cayendo encima a la vista de todos.

Es inútil tratar de maquillar, camuflar o esconder una realidad eclesial, extremadamente precaria. Lo mejor es tomar conciencia de ella y tratar de intervenir con sentido de responsabilidad y audacia cristiana. De otra manera, me temo que, de seguir así, nuestro changarrito poco a poco se va a reducir a los mínimos términos (Cambiar o Morir. La Iglesia ante el Futuro, p. 19-20).

 

Juzgar

 

El plan de Dios

El proyecto salvífico de Dios es la medida para calificar la realidad eclesial, para descubrir qué tanto nos falta para llegar a la meta que Dios nos propone. Pues bien, ¿cuál es el proyecto de Dios para su pueblo? Vida abundante en Cristo y su Iglesia (Jn 10, 10b; 1Tim 3, 15).

Por eso, en esta segunda parte, el P. Amatulli nos presenta a Cristo y a la Iglesia católica como lo que realmente son: a Cristo como el único salvador del mundo (Hch 4, 12; Jn 14, 6) y a la Iglesia como un camino privilegiado de salvación.

Por lo tanto, ser discípulo de Cristo en la Iglesia fundada por Él, representa lo máximo para el ser humano, un enorme privilegio, que hay que agradecer a Dios constantemente. Es otra manera, muy diferente, de pensar, vivir y situarse en el mundo. Es otra manera de ver el más allá y prepararse al encuentro definitivo con Dios. Es otra manera de establecer, vivir y sentir la propia relación con la divinidad: “Miren qué amor tan grande nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3, 1) (Cambiar o Morir. La Iglesia ante el Futuro, p. 27).

 

Además, en este contexto, el P. Amatulli nos ayuda a descubrir con nuevos ojos la excelencia de la fe católica, que no es una invención humana, sino algo que viene de Dios. Al mismo tiempo, a la luz de la Sagrada Escritura, nos lleva a examinar diversas imágenes de la Iglesia que presentan lo que Dios quiere para su pueblo, el sueño que debe hacerse realidad en la historia de la salvación.

En efecto, la Iglesia está llamada a ser el rebaño de Dios, donde las ovejas estén seguras y tranquilas, bajo el cuidado de un pastor dispuesto a dar la vida para protegerlas; la viña, donde Dios es el viñador, que la cuida de la mejor manera posible para que dé frutos; la familia y el templo de Dios.

Este es el ideal. Pero, ¿cuál es la realidad concreta? Ovejas dispersas y errantes (Ez 34, 5-6); viña que, en lugar de dar uvas, da racimos amargos (Is 5, 2); y templo en que se honra a Dios solamente con los labios (Is 29, 13).

¿La culpa? De todos, pero de una manera especial de:

·         los encargados, que se adueñan de la viña (Lc 20, 9-19);

·         los malos pastores, que se apacientan a sí mismos y descuidan a las ovejas (Ez 34, 2), volviéndose mercenarios (Jn 10, 12; Os 4, 6);

·         los mayordomos, que, en lugar de proporcionar a la servidumbre el alimento a su debido tiempo, se aprovechan de su cargo para tener una vida disoluta, descuidando gravemente su deber (Mt 24, 49; Lc 12, 45) (Cambiar o Morir. La Iglesia ante el Futuro, p. 33).

 

Y todo esto se debe a que existe en la Iglesia una verdadera casta sacerdotal, poco sensible a las necesidades espirituales del pueblo, y que dedica mucho tiempo a buscar y conservar privilegios.

 

Actuar

 

Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia

¿Qué hacer para acortar las distancias entre el plan de Dios y la situación actual de la Iglesia? Una restructuración general de la vida de la Iglesia. La idea-fuerza que sugerirá las estrategias a seguir es muy sencilla, pero desafiante: luchar para garantizar la atención personalizada de todos y cada uno de los bautizados.

·         Estructurar la comunidad cristiana, haciendo de ella una comunidad de servidores, en la que todos están llamados a dar y recibir, y donde esté garantizado el pastoreo y la evangelización, donde se viva la autoridad como un servicio y no como poder y privilegio y se pueda garantizar la celebración eucarística a todas y cada una de las comunidades, resolviendo la falta de ministros ordenados para confeccionar la Eucaristía. Esto implica también la presencia de ministros no ordenados, para quienes es necesario un marco jurídico que les dé un mínimo de garantías y salvaguarde su dignidad como agentes de pastoral, al mismo tiempo que contemple recompensarlos económicamente.

·         Descentralizar el culto, delegando funciones y haciendo realidad en la praxis el concepto de Iglesia doméstica, al mismo tiempo que la capilla se vuelve en lugar de encuentro y celebración cultual a nivel de pueblo en general y de los diversos grupos humanos (asociaciones, gremios, etc.), favoreciendo que la celebración de la fe se haga más cercana al pueblo y, por lo tanto, más participativa, mientras se da una mayor intervención a los laicos comprometidos.

·         Reorganizar el proceso formativo, superando el desfase cultural y utilizando los moldes culturales contemporáneos (psicología, oratoria, comunicación, literatura, etc.), equilibrando el aspecto intelectual y el aspecto práctico, viendo la formación como un camino de fe y no como un medio para transmitir meros conocimientos. Por otra parte, teniendo presente la realidad latinoamericana, es importante implementar cursos de Biblia y apologética para enfrentar el proselitismo religiosos y formar auténticos discípulos y misioneros de Cristo.

·         Organizar la misión, haciendo realidad la evangelización de nuestro pueblo, mediante un anuncio acompañado siempre del testimonio y la oración, dirigido a todos, sin excepción. Para lograrlo, es necesario favorecer el surgimiento de un carisma especial, el carisma misionero, cuya tarea es ensanchar los confines de la comunidad cristiana y cuyos destinatarios son los católicos alejados o no practicantes y los no católicos, sean ateos, indiferentes religiosamente, ex católicos o miembros de otra religión. Evidentemente, es algo que supone el don de Dios, ciertas dotes naturales, una debida preparación teórica y muchos ensayos con entrenamiento práctico. Sólo así será posible que la Misión Continental no se quede en el papel y en uno más de múltiples intentos fallidos.

·         Impulsar los carismas, evitando el clericalismo, que consiste en acaparamiento de funciones de parte del clero. Es tiempo de volver al estilo que vivieron las primeras comunidades cristianas, impulsando, como ocurrió en la Iglesia primitiva, los más variados carismas. Para hacerlo realidad es insustituible la labor de las asociaciones y movimientos apostólicos, en un clima de sana competencia y espíritu de colaboración.

·         Crear una cultura católica, aprendiendo a manejar el lenguaje cultural actual (novela, cuento, telenovela, película, teatro, etc.) y haciendo realidad una organización al estilo empresarial y utilizando los innumerables recursos de la tecnología moderna.

·         Informes oficiales. Se requiere un formato más adecuado, con los indicadores que permitan conocer la situación real en que se encuentra la parroquia, el decanato, la diócesis, etc., y favorezca una adecuada organización pastoral.

 

Concientizar la Iglesia

Es la tarea de este folleto y de los recientes libros publicados por el P. Amatulli: La Iglesia y las Sectas, México 1993; La Iglesia ante la Historia, México 2004; Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia, México 2006; Documento de Aparecida. Extracto operativo, México 2007; Charlas de Sobremesa entre Curas, México 2007; Inculturar la Iglesia, México 2008; ¡Alerta! La Iglesia se desmorona, México 2008; Vino nuevo en odres nuevos, de próxima aparición.

 

Es algo realmente triste: por lo general, el clero y la vida consagrada, que tendrían que representar la vanguardia en la acción evangelizadora de la Iglesia, se han vuelto en el principal factor de resistencia ante el cambio. Es que representan los más favorecidos en el actual modelo eclesial. Por eso su visión de la realidad es muy diferente, se niegan a reconocer su fracaso pastoral y se cierran ante la perspectiva del cambio.

El laicado, al contrario, por lo general ve con buenos ojos el esfuerzo que se está haciendo por profundizar la realidad eclesial y anhela el cambio. Pues bien, para alentar esta esperanza, no dejo de pensar, escribir y correr por todos lados, luchando para que no se apague la llama que aún humea (Is 42, 3).

Estampas de la Realidad Eclesial

Ad perpetuam rei memoriam

Estampas de la Realidad Eclesial

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

jorgeluiszarazua@hotmail.com * https://zarazua.wordpress.com

Cronista de la realidad eclesial

He leído con mucho interés cada uno de los escritos que componen este nuevo libro, el más reciente escrito por el P. Flaviano Amatulli Valente, titulado ¡Alerta! La Iglesia se Desmorona. Examinando el contenido con detenimiento me parece que cada una de las historias retrata algunos aspectos de la compleja realidad eclesial vivida desde principios del convulso siglo XX, dibujando de una manera muy particular, con el realismo del drama y la crudeza de la tragedia, algunas tendencias que han contribuido al actual estado de cosas en la vida de la Iglesia.

El autor, el P. Flaviano Amatulli Valente, es un testigo privilegiado. Cuarenta años de misión ininterrumpida en México (1968-2008), giras apostólicas periódicas por todos los países de América Latina y visitas frecuentes a los Estados Unidos de América, con un diálogo constante con el pueblo católico y los más variados agentes de pastoral, le han permitido al P. Amatulli conocer de primera mano «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» (GS 1) de muchos hermanos en la fe. Por eso ha decidido tomar el papel del cronista, conservando para la posteridad algunas historias significativas que retratan los dramas y las tragedias vividas por los pastores de la Iglesia, los religiosos y religiosas y los fieles cristianos laicos de nuestro vasto continente.

Con estos relatos se complementa lo que estudié sobre la historia reciente de la Iglesia, que no sólo consiste en los grandes acontecimientos eclesiales ni en los hechos realizados por los papas, los obispos y los teólogos de altura, sino también en la vida cotidiana de los católicos, con todas sus alegrías y sinsabores.

Por otra parte, cada uno de los relatos permite tomar conciencia de lo que implica en la vida concreta la toma de decisiones y las omisiones que hacen quienes tienen la autoridad pertinente. No sorprende que el P. Amatulli señale la conveniencia de ser muy cuidadosos cuando se toman decisiones que de hecho van a afectar la vida de los feligreses.

Se trata de historias que nos permitirán examinar los últimos decenios para buscar comprender cómo es que hemos llegado a la situación actual, caracterizada por el éxodo masivo de católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, con una significatividad igual o de mayores dimensiones a la vivida en la Reforma protestante, y la existencia de un catolicismo nominal de grandes proporciones.

Castigat ridendo mores

El primer relato, donde se nos presenta la simpática figura del obispo Jeremías, refleja la ineficacia de la praxis eclesial y el agotamiento de las actuales estructuras eclesiásticas, puesto que nacieron en una época que ya no existe más, a la que se ha dado en llamar régimen de cristiandad.

También presenta una imagen menos idílica y más realista acerca del clero, que vive y genera un ambiente en el que se dan cita las cualidades pero también los defectos propios de los seres humanos: envidias, celos, rivalidades, discordias, búsqueda de los propios intereses, lucha por el poder, deseo de hacer carrera en la actividad eclesiástica, simonía, falta de celo apostólico y creatividad pastoral, prejuicios e ideas preconcebidas…

El relato está hecho de pinceladas que presentan con humor la vida cotidiana de muchos católicos, el recurso frecuente a los brujos y curanderos, las características de la hagiografía más difundida, la devoción a las imágenes, la predilección por la excelencia académica en lugar de la excelencia pastoral en la formación de los futuros sacerdotes, las relaciones difíciles entre el párroco y el vicario…

También se describe el ambiente en que se forma y vive el católico, bajo el signo de la llamada religiosidad popular, que parece caracterizar al catolicismo latinoamericano, considerada una de sus más grandes virtudes, lo que impide que se reflexione y se trabaje para hacer realidad la multicitada purificación que requiere.

Sin embargo, el relato no sólo nos permite acercarnos a esa particularidad de nuestra Iglesia que se resiste a desaparecer y que va tomando formas muy diversas, incluso fuera del ámbito eclesial, como el caso de los “santos laicos” que se multiplican por doquier, pero notablemente emparentados con la religiosidad popular del catolicismo latinoamericano.

En este contexto se enmarca el culto a diversas personas “canonizadas” por el sentir popular. En efecto, además de la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y San Martín Caballero, cuyas imágenes encontramos en casi todas partes de México, hay personajes considerados por algunos investigadores como verdaderos “santos laicos”1. La mayoría de estos personajes se caracteriza por qué amplios sectores piensan que estos “santos laicos” intervienen en asuntos relacionados con la salud y la enfermedad, los problemas económicos y las relaciones interpersonales: El “Niño” Fidencio, Teresa Urrea (la “santa de Cabora”), don Pedrito Jaramillo, Jesús Malverde, Juan Soldado, Pancho Villa, Pedro Infante, entre otros. Destaca en todo esto el extendido culto a la así llamada “Santa Muerte” y el éxito del grupo “Pare de sufrir”.

Las peripecias del obispo Jeremías, presentado como «un volcán de iniciativas» pastorales, también nos permiten asomarnos a soluciones ingeniosas y pertinentes,  para enfrentar el tema de la evangelización y la atención y el acompañamiento pastoral de los fieles católicos. Algo que requiere, precisamente, una conversión pastoral.

Suum cuique tribuere

El Diccionario de la Lengua Española define el término calvario como la “serie o sucesión de adversidades y pesadumbres”. Pues bien, El Calvario de don Boni nos presenta las angustias que vive don Boni en la compleja realidad rural, donde se vive bajo la ley de las costumbres ancestrales y un catolicismo popular, liderado por los rezanderos, con la presencia esporádica del señor cura con ocasión de la fiesta patronal para administrar los sacramentos al mayor número posible de feligreses.

El relato nos presenta el drama vivido en innumerables comunidades por la presencia de los primeros grupos proselitistas y la ingenuidad de los pastores católicos que no encontraron la forma más adecuada de enfrentar el fenómeno de la división religiosa y el proselitismo sistemático, que rápidamente ha fragmentado a la otrora población mayoritariamente católica.

Además, podemos aproximarnos a los primeros acercamientos a la Biblia por parte del pueblo católico más sencillo, sin una preparación específica y utilizando versiones no católicas, generalmente guiados por algunos hermanos separados. Podemos, asimismo, constatar la amplia politización de la predicación evangélica y el acercamiento cientificista a la Sagrada Escritura por parte de agentes de pastoral católicos, sin un contacto más personal con ella con miras a crecer en la vivencia de la fe, con los resultados que están a la vista de todos.

Se describe de forma muy plástica la insensibilidad de muchos señores curas hacia la suerte de su feligresía y la situación de los mismos agentes de pastoral, que se manifiesta en unas relaciones difíciles e injustas entre el clero y el laicado, especialmente en el ejercicio de la autoridad y en el aspecto económico y en el abandono pastoral. En este contexto, me parece oportuno citar unas palabras que escuché recientemente de un sacerdote: “Muchas cosas cambiarían si los sacerdotes nos quitáramos de la cabeza el signo de pesos”.

Obviamente, el propósito no es lavar los trapos sucios en público, sino presentar por contraste la pertinencia de favorecer una relación más evangélica entre los Pastores de la Iglesia y la feligresía que el Señor ha puesto bajo su cuidado pastoral. Creo que ante lo aquí descrito, podemos afirmar aquella frase célebre que tanto escuché al estudiar el Derecho Canónico: “La realidad supera la imaginación”.

Timeo Danaos et dona ferentes

En “Las confesiones de doña Amalia”, el P. Amatulli nos ofrece un recorrido por el siglo XX vivido por la Iglesia mexicana, desde la Cristiada hasta nuestros días, desde los días de gloria del catolicismo mexicano, con feligreses dispuestos al martirio cruento, hasta el éxodo silencioso y constante de los católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, hacia el indiferentismo religioso y el abandono paulatino de la práctica religiosa, reservada a momentos específicos.

También se nos presenta el surgimiento de un grupo proselitista a causa de un malentendido ecumenismo, por el poder de seducción de un astuto pastor norteamericano, la ingenuidad de algunos Pastores de la Iglesia y la falta de un espíritu crítico y una malentendida obediencia de amplios sectores del laicado.

El relato nos deja ver, plásticamente, que en los grupos proselitistas no todo es miel sobre hojuelas. También hay trucos y trampas, aunque se presenten disfrazados de regalos sumamente atractivos como la colaboración en la tarea evangelizadora. No extraña que a lo largo y ancho del vasto continente americano se hayan multiplicado y formado diversos grupos proselitistas y se haya dado el crecimiento de las jerarquías del protestantismo y aún de grupos ortodoxos como el fruto no esperado de encuentros ecuménicos y la manera de entender el ecumenismo.

¡O sancta simplicitas!

En “Las confesiones de doña Amalia” se señala también que un malentendido ecumenismo es el elemento fontal de muchos de los problemas más acuciantes de la Iglesia católica, que llevó a la supresión de la Apologética, el debilitamiento de la identidad católica, la apertura indiscriminada hacia los hermanos separados y el coqueteo con los grupos proselitistas, que ha llevado al surgimiento de más grupos religiosos no católicos, como siempre, a costa de nuestra feligresía.

Que quede bien claro: el P. Amatulli no está en contra del Ecumenismo, sino de la manera en que se le ha interpretado y aplicado, especialmente en América Latina, como queda de manifiesto en el relato que nos ocupa. Máxime cuando se aplica de manera tan ingenua por parte de los Pastores de la Iglesia, equivaliendo a una verdadera capitulación en aras de mantener una imagen positiva, no intransigente, de la Iglesia en el posconcilio.

Ab imo pectore

El último relato del libro, “El padre Enrique ya no sabe qué hacer”, es el desahogo desgarrador de un sacerdote que vive la así llamada tercera edad y que hace un recuento pormenorizado de su existencia, con la conciencia lacerante de que ha sembrado en el mar, siguiendo un interesante itinerario: un periodo de fascinación por ciertos líderes ‘carismáticos’ y ciertas ideas ‘geniales’, que parecía iban a revolucionar el mundo y que después descubrió que eran ‘pura demagogia’.

La historia del P. Enrique es un magnifico pretexto para hacer un recuento de los últimos cincuenta años del catolicismo, especialmente en el ámbito latinoamericano.

El relato inicia, no sin nostalgia, a recordar la vida cristiana en un ambiente donde la vivencia religiosa era favorecida a la insignia del siguiente lema, que permeaba la vida de la Iglesia: «la gloria de Dios y la salvación de las almas».

El gran evento eclesial del siglo XX, el Concilio Ecuménico Vaticano II,  es recordado por todas las expectativas que generó y se afirma que representó para la Iglesia católica un gran paso adelante en muchos aspectos de su vida interna y en su manera de situarse ante el mundo exterior, favoreciendo un clima de mayor autenticidad evangélica que empezó a permear los distintos ambientes eclesiales: menos apariencias, menos honores y más fidelidad al Evangelio.

Al mismo tiempo que se señalan los excesos y situaciones que se dieron en el posconcilio: el espíritu iconoclasta, especialmente en campo litúrgico; la receta ecuménica, considerada la única adecuada para enfrentar el problema de la división religiosa y el proselitismo sectario; la disolución del espíritu misionero, la reducción de la Iglesia a una simple institución humanitaria, destinada esencialmente a favorecer el bienestar material de la sociedad, el surgimiento de la así llamada teología de la liberación, con la politización de la fe y seducida por la revolución  de corte marxista.

En fin, se trata de un examen minucioso de todos estos acontecimientos eclesiales y sus repercusiones en la vida de la Iglesia y de cada católico.

Por otra parte, además de hacer un recuento de la compleja realidad eclesial, el relato nos ofrece sugerencias concretas y plausibles para «rehacer el camino andado» a nivel teológico que permita recobrar el sentido de Iglesia y pertenencia a la misma, desechando todo intento de reducir y confundir su papel, con vistas a sentar las bases que posibiliten «recuperar el terreno perdido» en las décadas recientes.

Conclusión

No creo que extrañe a nadie el hecho de señalar que estos relatos tienen abundantes elementos autobiográficos. El género utilizado nos permite entrar más fácilmente en la realidad eclesial reciente para vislumbrar soluciones prácticas.

No es un catálogo de quejas ni un simple desahogo personal. Nos ofrece, más bien, una base vivencial que nos permite reflexionar críticamente sobre la vida de la Iglesia, mejor informados acerca de las vicisitudes que han vivido los más variados miembros de la Iglesia Católica, que muchos de nosotros conocemos con nombre y apellido.

Es, por tanto, una invitación a hacer el propio recuento. Seguramente muchos nos hemos dado cuenta de situaciones como las que se describen en este libro. Y tal vez las hemos propiciado o padecido.

_____________________

1 Saucedo, Carmen, Historias de Santos Mexicanos. Desde Juan Diego y San Felipe de Jesús hasta los recién canonizados por el Papa, Planeta, 2002.