Omnes fontes mei in te

Todas mis fuentes están en ti

 Son las últimas palabras del Salmo 86 (87), y expresan nuestra relación con Dios y con su Iglesia, la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén.

La Iglesia nos ha engendrado para Dios en el Bautismo. Sin embargo, Dios es nuestro origen, es la fuente y la meta, el punto de partida y el punto de llegada. Pero, ¿es posible separar al Esposo de la esposa?

No, no podemos separarla. Es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 760:

“El mundo fue creado en orden a la Iglesia” decían los cristianos de los primeros tiempos (Hermas, vis.2, 4,1; cf. Arístides, apol. 16, 6; Justino, apol. 2, 7). Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina, “comunión” que se realiza mediante la “convocación” de los hombres en Cristo, y esta “convocación” es la Iglesia. La Iglesia es la finalidad de todas las cosas (cf. San Epifanio, haer. 1,1,5), e incluso las vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el pecado del hombre, no fueron permitidas por Dios más que como ocasión y medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida del amor que quería dar al mundo:

Así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia (Clemente de Alej. paed. 1, 6).

 

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