El rabino que se rindió a Cristo

El rabino que se rindió a Cristo
 
 
Autor:  Judith Cabaud
Editorial:  Voz de papel
Número de páginas:  128
Fecha publicación:  25/04/2005
Duración: 
 
 
La conversión del rabino de Roma al finalizar la II Guerra Mundial, es uno de los signos más elocuentes de que la Iglesia no fue, como muchos pretenden ahora con un revisionismo absolutamente parcial, cómplice del régimen nazi. Si Pío XII no se explayó más en sus condenas del nazismo fue por una meditada prudencia y por la experiencia de que la palabra de la Iglesia, en lugar de constituir una ayuda eficaz para las víctimas, sólo conseguía recrudecer la persecución. Ejemplo elocuente de ello fue la intervención de los Obispos holandeses quienes al mostrar su pública solidaridad con el pueblo judío no apaciguaron al verdugo, sino que lo encendieron aún más en su odio salvaje contra los depositarios de la Antigua Alianza. Pero Pío XII habló de forma clara con el lenguaje de las obras. Pinchas Lapide, ex cónsul de Israel en Italia declaró: “La Santa Sede, los nuncio y la Iglesia Católica salvaron entre todos a casi 400.000 judíos de una muerte cierta”. Esa cifra sobrepasa con creces la suma de todos los que fueron salvados por las restantes organizaciones sociales y distintos países. De ahí que no sorprenda los elogios que Pío XII recibió de Golda Meir y de otras personalidades judías al acabar el conflicto europeo. El paso de los años ha llevado al olvido todo ello y la historiografía documental, que en este caso choca admirablemente con la experiencia vital, se empeña en hacer hablar la ausencia de documentos. Se olvida a menudo una sentencia que, en el caso que nos ocupa, se revela especialmente verdadera, y es que cuando el Papa calla, sencillamente no dice nada. Silencio que, por otra parte, no disonó en absoluto con la actitud de las restantes cancillerías y organizaciones mundiales. Pero si Pío XII dijo poco, más de lo que se nos quiere hacer creer, superó a todos en el ejercicio de la caridad.

 

Al finalizar la Guerra Israel Zoller se bautizó católico y, como homenaje al gran Papa, tomó el nombre de Eugenio. Su apellido ya había sido italianizado tiempo atrás pasando a ser Zolli. Judith Cabaud, también proveniente del judaísmo, y ahora miembro de la Iglesia Católica, nos ofrece en este libro el itinerario del Rabino de Roma desde su nacimiento hasta su bautizo. No es un libro para la polémica, sino más bien el testimonio de la relación entre judíos y cristianos. Zolli, gran estudioso de las escrituras fue descubriendo como el Nuevo Testamento no contradecía al Antiguo, sino que lo llevaba a su plenitud. Además vio su vida acompañada por algunas experiencias místicas que le fueron confirmando en la certeza de que Jesús era el Mesías esperado.

 

Vittorio Messori nos llama la atención en el prólogo de cómo la conversión de Zolli no debe verse como una ruptura, sino más bien como un cumplimiento y por eso testifica la continuidad que se da entre judaísmo y catolicismo.

 

La conversión de Zolli causó mucho impacto en su momento, pero después cayó en el olvido. No fueron ajenas a ese hecho las intenciones de muchos de silenciar un hito histórico e iniciar así la campaña de desprestigio contra la Iglesia. Ahora gracias a este escrito lleno de amor hacia el judaísmo y al catolicismo, podemos recuperar el itinerario espiritual de Zolli. Junto a sus vivencias interiores se nos ilumina sobre el drama de los judíos italianos, las discrepancias que existieron en el seno de la comunidad hebrea de cómo reaccionar ante las exigencias nazis, y también el ejercicio de la caridad que llevaron a cabo muchos católicos. Judith Cabaud, en pocas páginas que se leen de un tirón, ha recogido lo esencial de aquella historia que no ha perdido ninguna actualidad y que, al tiempo que nos reconforta con un signo de la gracia, ayuda a rehabilitar a dos grandes figuras, la de Eugenio Zolli y la de Pío XII.

 

Para quien desee saber más recientemente Palabra ha editado “Antes del Alba”, que es la autobiografía de Zolli. Es más completa aunque tiene en su contra que le falta la agilidad que ha conseguido Judith Cabaud en estas páginas.

 

David Amado
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