DE LA BELLEZA A DIOS

CONVERTIDOS DEL SIGLO XX.

Wilibrordo Verkade

(1863-1946)

 

Por Juan Pedro de Ry.

Juan Verkade, transformado en Dom Wilibrordo Verkade, ha escrito su autobiografía en un libro titulado Die Unruhe zu Gott (El Tormento de Dios). Su drama interior no eclipsó su buen humor; pero no halló la paz más que después de haber encontrado a Dios.

Después su infancia se sintió fascinado por la belleza; una multitud de «señales» le orientaron hacia la Iglesia Católica, y ya en ella, hacia la vocación religiosa.

Como su alma era capaz de silencio y desprendimiento, pudo interpretar esas señales y reconocer a Aquel que le llamaba. Tuvo también el valor de seguirle.

 

¿Hombre de negocios o artista?

El 18 de septiembre de 1863, en casa de los Verkade, en Zaandam, venían al mundo dos gemelos, Juan y Enrique. Esta familia, que constara de tres hijas y cinco hijos, era una de aquellas viejas familias protestantes holandesas enraizadas en una «santa y solida tradición burguesa, en la que el sentido del deber, cortesía, honradez y rectitud son cosas naturales».

Miembro de la «Doopsgezinde Kerk», Verkade el padre no admite el bautismo de los niños, y los dos bebes se quedaron sin ser bautizados.

Como suele suceder, los dos gemelos no se separaron nunca, sobre todo cuando se trataba de hacer alguna travesura. Juan revela ya sus facultades imaginativas. Siempre es él que compone el escenario de la broma, y los dos la ejecutaran.

En casa se habla a veces de Dios y de Jesucristo. Pero es de una manera fría e imprecisa. Antes de la comida, los niños oran en común; es la única oración en familia. Durante la semana viene a casa una modista católica. Atraído Juan por su talento narrativo, charla a gusto con ella. A veces sucede que ella le habla  «del párroco, de la familia Cuypens, tan profundamente católica, en cuya casa iba a coser cada semana», de la confesión y de la oración.

No lejos del hogar hay una iglesia católica. Juan entra en ella algunas veces por curiosidad. Concibe entonces la idea de un altar con un santo ante el cual intenta orar. Pero no sabiendo qué decir, destruye su obra.

En la escuela, los dos gemelos explotan su parecido sin empacho ninguno para armarle jugarretas al maestro. El señor Kerkard decide enviar a sus hijos a un internado; allí un pastor hace la catequesis.  Juan escucha o… escribe su correspondencia.

Un día se habla del misterio de Pentecostés. El reverendo pastor explica que el milagro de las lenguas del fuego no es más que una piadosa alegría. Una tal exégesis desconcierta el cerebro de Juan. «Pero –piensa- hay que admitir lo que dice este sabio. El lo sabe mejor que nosotros, ya que ha estudiado mucho: no importa que en el texto esté la cosa tan evidente.»

El internado no consigue calmar la exuberancia de los dos muchachos, y los padres los vuelven otras vez al hogar, en Amsterdam, en donde vive ahora la familia. Los dos inseparables son enviados a una escuela de comercio. Juan se acomoda a ella; pero más que a los cursos de contabilidad, está interesado por las tiendas de antigüedad y las galerías del «Trippenhuis», el «Rijksmuseum» de entonces, por donde vagabundea las tardes de los días de vacaciones.

Un día Juan hablo de estudios artísticos. Su padre le puso varias objeciones; cuando tuvo de que no se trataba de un capricho, el autentico liberal tuvo bastante amplitud de espíritu para no oponerse ya a los planes de su hijo. Más aún: le confió un pintor de fama, el pintor Haverman, bajo cuya dirección Juan preparó el examen de entrada en la Academía de Bellas Artes.

A los dieciocho años, poco convencido de la verdad de la religión de la familia, se negó a recibir el bautismo.

Otra elección iba a ser decisiva para su porvenir. Después de varios meses en la Academia, comprobó lo aleatorio de la vida del artista. Los negocios de su padre le abrían sus brazos. Dudó. Finalmente, dejando las comodidades, escogió la Belleza.

 

Carrusel de sensaciones…

«En agosto de 1884, mi hermano y yo pasamos parte de nuestras vacaciones a orillas del Mosa. Llegamos a Colonia un sábado. Después de haber estado en el hotel, fuimos a la catedral. La espléndida nave estaba casi a oscuras. En el crucero de la izquierda ardían varias luces. De la tribuna de cantores se elevaba un canto a cuatro veces; no se veía más que la batuta del director marcando lentamente el compás.

» El canto no era en tono fuerte, sino dulce y ligero, y pasaba entre las altas bóvedas como un viento entre los árboles. Fue ése un momento verdaderamente solemne. Estábamos los dos profundamente emocionados.

» Me acuerdo de que dejé escapar estas palabras: « ¡Verdaderamente, hay para hacerse católico!»

» Se oyó el sonido de una campanilla desde el coro. Se adelantó un sacerdote, llevando alguna cosa. Iba precedido de un muchacho que balanceaba un incensario. Otros dos llevaban cirilos.

» La campanilla se acercaba más y más hacia nosotros…

» Ahora larguemos –dije-, y emprendimos la huida ante el Santísimo Sacramento.

» ¡Ay! ¡Cuántas cosas nos hemos dejado escapar en la vida por no haber querido esperar!»

El tono de esta narración y el hecho de que Verkade, muchos años más tarde, recuerdo que este episodio con todos su detalles, prueban hasta que punto, aun desde su más tierna edad, era sensible al aspecto estético de las ceremonias de la Iglesia.

Verkade tiene ahora veinte años. No es más que juventud e ímpetu hacia lo Bello. Pasión sencilla y feroz que se cree capaz de las mayores empresas.

Pronto se da cuenta del abismo que media entre la realidad y el sueño. Este sentimiento de impotencia le abrasa y le irrita. Le parece que la solución es lanzarse a una vida de sensaciones y de impresiones fuertes.

Lo que en otros hubiera sido un cambio de perdición, en Karkade no es ni siquiera una tentación de vulgaridad. En esta búsqueda de la emoción, el sentimiento de los limites y hasta donde puede llegar, no le abandona nuca. Más aún: de la fuente envenenada consigue filtrar el agua pura. El veneno en Balzac, Flaubert, Zola, Turguenev, Dostoievski, esos seductores cuyo veneno naturalista y antirreligioso se disimula bajo la caricia del estilo.

Y el agua pura es:

«Hombres y cosas de Francia y Rusia han sido hasta tal punto impregnados de catolicismo, que una descripción objetiva de aquellos, como se encuentra algunas veces bajo la pluma de estos autores, evoca infaliblemente el Cristianismo que las ha modelado.»

Solicito por todos los atractivos del Universo, Verkade comienza a sentirse incómodo en los estrechos límites del techo paterno. Más de una vez prefiere la alegría bulliciosa de las tabernas.

«A veces reía de todo corazón y me divertía en grande; pero raramente podía dejar de pensar: Has sido creado para algo mejor que para todas esas estupideces.»

En determinados días se siente hundido en una mar de tristeza de tedio. Un instinto de conservación le instiga a huir de la ciudad:

«Siempre la grande naturaleza de Dios ha ejercido sobre mi una influencia pacificadora y purificadora y purificante. En la sociedad y en el silencio, en el resplandor maravilloso de la belleza que me rodea por todas partes y que yo quería expresar en líneas y en colores, me sentía otro hombre.»

Va a vivir en una pequeña ciudad del valle de Ijssel, en Hattem. Cuando hace mal tiempo, pinta en su taller; cuando aparece el primer rayo de sol, sale a la calle. Un día le sorprende la lluvia; abre encima del caballete el gran paraguas que habitualmente le hace el oficio de sombrilla. Pasa por allí un tipo, al que invita a compartir su refugio. El hombre le cuenta que al volver de un cabaret, lleno de cólera, ha hecho añicos el mobiliario del dueño y ha huido; quizá la Policía está ya sobre su pista.

«Ya vereís, señor; Dios castiga el mal ya en este mundo. ¿No lo cree  usted?» Verkede responde: «¿De verdad que hay un Dios?» El otro replico: «Cuando tenia diecisiete años dude alguna ves de ello: ahora estoy cierto de que hay un Dios. Puede usted contar con eso. Créame, es completamente cierto…»

Aún resuena en mí las palabras de aquel hombre. ¡Y es que fueron dichas con tal sencillez y con una convicción tan absoluta! Además, era toda la naturaleza que me rodeaba la que me gritaba con este pecador desconocido y arrepentido: «¡Hay Dios!»

Estando en Hattem no le abandono su sed de literatura moderna. Embebido en las Confesiones, de Tolstoi, choca con la afirmación de que, a la larga, sólo Dios puede satisfacer nuestro deseo de felicidad. Fijaos: únicamente Dios. ¡Ni el arte! Y esto, escroto por la pluma de Tolstoi. Que lo era todo menos un santo. Verkade no volvió de nuevo sobre ello.

«El arte lo había sido todo para mí. Ocupaba el puesto que hubiesen ocupado la esposa, los hijos, la riqueza, la alegría, en una palabra: todo. Ahora comprendo mi locura.

»He de aclarar con todo que la entrega incondicional de mi persona a la Belleza ha sido para mi una fuente de bendiciones. Pues así se desarrolló muy pronto en mí un espíritu de decisión que me empujaba  sin duda hacia un bien más elevado desde que éste se me había revelado como tal.»

La obra A rebours, de J.K. Huysmans; ciertas estrofas de Bauderaire y de Varlaine, leídas en esta época, maduraron en el la inquietud de Dios. El problema que, desde que rehusó bautizarse, se había prometido examinar más tarde, le atenazaba más y más.

En febrero de 1891, Verkade deja Hatteb y Holanda y sale para parís. ¡Zola y Daudet habían hecho brillar tantas veces ante él los encantos dela ciudad inspirada!

En aquellos finales de siglo. París fermentaba bajo un cúmulo inusitado de ideas y tendencias. El café Voltaire, frente al Odeón, era el lugar de reunión de los simbolistas. Juan Verkade se sintió enseguida en comunión de ideas con la nueva escuela. Como Mallarmé, como Retté, futuro convertido también, y otros, ¿no andaba igualmente él el busca de ese «complemento del alma», ausente de un mundo que no buscaba más que el progreso científico?

Una parecida corriente espiritual se esbozaba en ciertos medios artísticos. La escuela de los «Nabis» agrupaba a los más fervientes partidarios de esta nueva tendencia.

Gauguin, sobre todo, daba el sello a la escuela con su fuerte personalidad. Decía: «Una obra de arte es no sólo un negocio de habilidad, sino también del alma. Es un doble nacimiento: un nacimiento en el espíritu y en la tela.»

Sérusier pensaba lo mismo: aunque teósofo, en el fondo de su corazón había permanecido pegado a la fe de sus antepasados. De todos los «Nabsi»,  él «el Nabi de la barba rutilante», fue el que tuvo más influencia en Verkade, su amigo íntimo.

«Bien que al principio las teorías de mi amigo me dejasen indiferente – más tarde la adopté casi todas-, no tardaron, sin embargo, de obrar en mi un retorno. Ya, al cabo de un mes, admitía una más alta realidad que la de los sentidos, y poco a poco reconocía la existencia del alma y su inmortalidad.»

Un solo en el grupo había permanecido católico convencido; un alma transparente y luminosa: Mauricio Denis, «el Nabi de los hermosos iconos». Tenía veinte años cuando le encontró Verkade:

«Al tratarle experimente con agudeza todo lo que mi educación tenía de unilateral y de deficiente. Instintivamente comprendí las riquezas que la fe había aportado a este joven artista…»

Un día Gauguin anunció su partida para Tahití. Alma generosa, el primero de los Navis lo abandonaron todo, incluso el éxito, para marchar hacia esas islas lejanas y magnificas en donde pensaban que le llamaba el ideal de belleza. En la comida de despedida, Verkade fue presentado al último de ellos, Mosens Ballin. Era un danés, lleno también de inquietud y en busca de algo mejor.

A los pocos días, Verkade y él se encontraron una tarde en un dancing del barrio latino. Las parejas rodaban sin parar. A los pocos momentos, Ballin tuvo ya bastantes. Verkade se le juntó y simpatizaron. De común acuerdo decidieron no permanecer por más tiempo en París, en donde no hacían nada bueno, y trasladarse a Bretaña. Sérusier había hablado ya de ello a Verkade. Allí estaba el gran arsenal de trabajo de los Nabis. Lejos de la disipacíon de la capital podrían  trabajar juntos.

 

 

Bretaña, tierra de fe…

 

Los dos amigos se instalaron en Pont-Aven; después en Huelgoat. En seguida experimentaron el encanto bucólico de la campiña bretona. Pero lo que les cautivaba por encima de todo era, mezclado a este paisaje idílico, la atmósfera de fe profunda y sencilla que se respira en toda Bretaña, en su cuadro de capillas, calvarios y procesiones, entre una población robustamente creyente y tan hospitalaria.

A las tres semanas de estar allí, se les juntó su amigo Sérusier.

«Una tarde, Sérusier, dirigiéndose a mi, me dice a quema ropa: ¿Has notado que las creaturas no son igualmente perfectas, bien que cada especie lo sea en su género? La planta tiene una vida superior a la de la roca, y el animal, una vida superior a la de la planta. El hombre, ser a la vez corporal y espiritual, está a su vez por encima del animal. ¿No hay nada más por encima del hombre y no parece más lógico que haya otras criaturas que no tenga cuerpo, sino que sean espíritus puros, criaturas que llamamos ángeles?

» Ciertamente –le dije- esto me parece verosímil.

» Pues bien –continuó Sérusier-: ¿no nos lleva esto a admitir la existencia de un Ser que esté, por así decir, en lo más alto de la escala que nosotros podemos levantar, dada la perfección gradual de las criaturas hacia Él, hacia Dios?

» Hay que decir que Sérusier, consciente o inconscientemente, no establecía una diferencia muy precisa entre «ser absoluto». Pero a partir de este momento, he creído en Dios como un Ser un quien está lo mejor y lo más perfecto.»

En Paris, Verkade había entrado varias veces en la iglesia, pero como diletante. En Huelgoat asiste por vez primera a la misa. No sabía sillas en la iglesia; al Sanctus, todos los hombres se arrodillaron.

«¿Cómo? ¿Yo arrodillarme? Mi orgullo protestaba con todas sus fuerzas contra semejante humillación. Pero yo estaba allí en pie, sobresaliendo de entre todos; no podía hacer otra cosa y me arrodillé como los demás. Cuando los hombres se levantaron, también me levanté. Pero al levantarme algo había cambiado en mí. Era ya católico a medias, pues mi orgullo se había quebrantado. Me había arrodillado.»

A la alegría del primer acto de adoración sucede un periodo de inquietud vacío, de abandono. «Pero Dios no me dejaba.»

Se pone entonce a maldecir «aquellas ganas satánicas de hacerse católico». En Bretaña, estas ideas van tomando cuerpo: ¿las disiparía quizá unas vuelta a Holanda?

De hecho, las calles de Amsterdam le hunden en aquel clima materialista y humanamente limitado de otro tiempo; pero venida la noche, lo que ha vislumbrado en Bretaña, no descansé hasta haber aclarado esas cuestiones de la fe.»

Al cabo de algunos meses, vuelve, efectivamente, a Bretaña. Se instala en Saint-Noff, pueblecito con hermosa iglesia gótica le une Ballin. Juan se siente contrariado: «¡Estaba tan bien en mi soledad y me sentía tan feliz en el camino de la fe católica!»  Y cuando Ballin ataca a la Iglesia católica, él la defiende de la mejor manera que sabe. «Yo la amaba antes de poder creer todo lo que ella enseña.» Pues tiene todavía varias objeciones, aunque, a decir verdad, sólo sobro puntos secundarios.

«Decidí apagar mi sed en la fuente de la misma Verdad. Lei y relei el Nuevo Testamento. Para mi era claro; los evangelistas amaban la verdad y querían decir la verdad. Cuando comparé después lo que había leído con lo que se encuentra en el catecismo romano, tuve que confesar entonces que concordaba el uno con el otro…»

Pero ¿no seria también él un calvinista como los miembros de su familia?

«¡Nunca jamás! –responde-. He encontrado demasiadas divisiones fuera de la Iglesia católica, para buscar mi salvación por este lado. Yo estaba también asombrado del liberalismo religioso de mi familia y de la frialdad de la liturgia protestante, y me decía: si me haga cristiano, entonces lo seré de verdad, y de verdad para mí, quería decir católico.»

Sin embargo, duda aún. Desgarrado por impulso contradictorio, ora. El socorro le viene en forma de un guía que va a ayudarle a franquear los últimos obstáculos: el Padre Le Texier, uno de los dos jesuitas encargados de predicar la misión en Saint-Nolff.

Cuando Verkade y Ballin supieron que los jesuitas llegaban al pueblo, se marcharon a la ciudad vecina. Pero… las pulgas le echaron de ella, y creyendo ya terminada la misión, volvieron a Saint-Nolff…»

El viejo misionero le pareció a Verkade tan inofensivo y tan bueno, que le hizo todas sus confidencias. Como director experimentado, el Padre Le Texier alabó todo lo que encontró de bueno en Verkade y dejó libre curso a la evolución de su vida espiritual. Otro Padre del colegio de Vannes puso en sus manos un ejemplar de La explicación de la fe católica, de Giroden.

«A fin de cuentas, es aún más fácil creer todo lo que dice la Iglesia católica. Todo lo que has oído y leído hasta el presente exige más fe que la despiadada lógica de la doctrina católica.»

El 26 de agosto de 1893, en la capilla del colegio de los jesuitas de Vennes, recibía el bautismo y hacia su primera comunión. Provisionalmente, sólo fue informado de ello su  amigo Ballin.

 

 

Fervor de neófito.

En las semanas siguientes, su alma abundaba en la felicidad de la posesión sentida de Dios. Era el momento adecuado para visitar la Italia soleada y católica.

Florencia, Fiésole, Siena, Roma, Asis, las maravillas acumuladas del arte cristiano y, por encima de todo, los primitivos italianos, le arrebataban y alimentan su joven entusiasmo de convertido. Para  colmo de felicidad, puede ahora compartir todas sus emociones con Ballin, quien en Florencia ha recibido el bautismo.

Las simpatías de los dos amigos van dirigidas a los conventos y a la espiritualidad franciscana, que se armoniza muy bien con sus temperamentos de artistas. No contentos con inscribirse en la Tercera Orden de San Francisco, quisieran llevar el hábito e ir a predicar por el mundo. La Cuaresma de este año la pasan en un ayuno riguroso. En Roma, Verkade pide y obtiene del Superior General de los Franciscanos el permiso para pasar varios meses en el convento de Fiésole. Es una maravilla de convento, como lo que vemos en los cuadros de Fray Angélicos.

«En la atmósfera religiosa del convento, mi alma prosperada maravillosamente. Era para mi la aurora de una nueva vida.»

En la medida en que se lo permiten, comparte la misma vida de los monjes. A la hora del recreo se junta a los jóvenes religiosos, cuya frescura de alma y delicada caridad le encantan.

La lectura de la Historia de un alma, de Santa Teresita de Lisieux, y, sobre todo, los libros de San Agustín, profundizan su vida interior.

«A menudo interrumpía mi lectura y reflexionaba sobre lo que acababa de leer. Entonces, insensiblemente, los pensamientos palidecían; después, se extinguían; pero yo no me quedaba solo. No era sólo el silencio con sus ruidos y sus suspiros lo que me rodeaba. No. Alguien esta presente. Me envolvía. Estaba en mí. Y cuando me levantaba y me iba. Él me acompañaba. Y si yo me paraba, Él me esperaba.

»Como resultaba fácil el orar, era feliz.»

Cuando pensaba en el porvenir, se veía ir de convento en convento, pagando la hospitalidad de los religiosos con la composición del tal o cual fresco. Le vino entonces la idea de establecerse fijamente en uno de estos oasis de paz; pero entonces pensaba en la Orden de los Cartujos.

 

 

Últimos pasos en el mundo.

Entre tanto, en Amsterdam, la familia deseaba volver a ver al vagabundo: imposible diferir por más tiempo el anuncio de su conversión. Menos aún podía hacerlo, ya que su padre reclamaba de él precisase sus proyectos para el porvenir.

Poco ante de su vuelta, Juan anuncio por carta el gran cambio que se había operado en él.

Su padre y su madre hablaron de ingratitud y de traición. Ante la firmeza de Juan, acabaron por inclinarse, y cuando comprobaron que podía contar siempre a ser cordiales.

Para volver a Holanda, Juan dio una vuelta por Alemania. Deseaba ver la famosa abadía benedictina de Beuron, de la que había oído hablar en Italia. Además del esplendor litúrgico de un coro de ciento cincuenta monjes, dando a la interpretación del canto gregoriano acentos de Paraíso, encontró allí un equipo de monjes pintores, que bajo la dirección del Padre Desiderio Lenz, trabajaban desde hacia varios meses en el decorado de la abadía. Todo estuvo muy lejos de dejarle indiferente, pues al despedirse de los monjes les prometió volver.

En Amsterdam  encontró la atmósfera de la casa exactamente como la había dejado: ¡cómo contrastaba con la trasformación que se había operado en él durante ese tiempo!

«Me encontré de repente en un medio que se había hecho extraño, en una ciudad burguesa de Holanda, anclada en sus costumbres y tradiciones. Tenía la impresión de estar seguro en una pequeña ciudad rodeada de murallas y fosos, pero estrecho. Estaba a punto de ahogarme.»

Algunas semanas después de su regreso, recibió una carta de Ballin. Este le invitaba a su casa en Copenhague, para organizar allí una exposición «Juan Verkade».

Más por marcharse de la casa paterna que por la ilusión de conseguir éxitos, por otra parte hipotético, Verkade no dudó un momento y de nuevo abandonó Holanda para ya no volver nunca.

El «Salón Juan Varkade» fue un éxito. Casi todos los cuadros y esbozos encontraron comprador. Las crónicas artísticas de los periódicos consagraron al paisajista de Bretaña elogiosos artículos. Fueron dadas recepciones en su honor,  a la que se abandonó más de la cuenta… Estas concesiones hechas a los placeres mundanos disminuían su fervor religioso. A la vuelta de esas fiestas, oleadas de remordimientos le inundaban: «Es repugnante, ¡es la última vez que me pasa esto!», concluía Verkade después de un breve examen de conciencia hecho en común con Ballin, con el que compartía el aposento. Y al día siguiente, en la iglesia, las lágrimas de contrición le hacían entrar de nuevo en contacto con Dios.

Esas experiencias desgraciadas llevaban su espíritu a los puertos de paz de Fiésole y de Beuron. De esta manera, en medio dela gran ciudad, maduraba y se fortificaba su decisión de abandonar el mundo definitivamente.

Tal pensamiento le llenaba de alegría. En este momento preciso encontró a Jöergensen, el célebre escritor danés, que también buscaba la Verdad.

«Es precisamente mi alegría lo que impresionó tan fuertemente a Jöergensen. Pues no era feliz y tenía un gran deseo de serlo. Y había llegado a la convicción de que la Verdad nunca puede hacernos desgraciados, mientras que la insatisfacción de corazón es un criterio irrecusable de un extravío de la inteligencia.

»Por eso se preguntaba: Ballin y Verkade, ¿no estarán en la verdad? ¡Los dos son tan felices!

» El Domingo de Rames le di un ramo bendecido y le dije riendo: «Toma, es para ti, te traerá la felicidad.» Yo había dicho esto sin parar mientras en ellos. Pero más tarde Jöergensen me confió la impresión que le habían hecho estas palabras. Estaba precisamente buscando la felicidad.»

 

 

Beuron.

El 26  de abril de 1894, Verkade hacia una vez más sus maletas.

«Verdaderamente tenía prisa por volver a encontrar la católica y calidad atmosféricas de los países meridionales que el Norte honrado, pero frio, me hacia echar de menos.»

Decidió pasar por Berlín para dirigirse a Italia. Al cabo de un día, la vida tumultuosa y superficial de aquella capital tentacular le resultó insoportable.

«Ya no era yo aquel fogoso joven de hace dos años llegando a París con el corazón lleno de esperanza. Desde entonces había aprendido a conocer la alegría que no atrae en tanto no se la gusta, pero de la que uno siente verdaderamente hambre cuando la ha experimentado.»

Después, remontando el valle naciente del Danubio, llegó a Beron. Encontró al Padre Desiderio Lenz, quien le explicó largamente sus teorías estéticas de Números y Medidas y le hizo entrar en el espíritu de la escuela de Beuron. Vio al mismo tiempo en los numerosos frescos de la iglesia y de los claustros lo que podía la colaboración de un equipo de artistas animados por el mismo espíritu y guiados por el mismo maestro. Era la realización de lo que él mismo había soñado, pero muy imperfectamente realizado, con el grupo de los Nabis.

¿Qué cosa había mejor para él que juntarse a esta escuela? Un medio semejante, ¿no realizaba plenamente todas sus aspiraciones espirituales y artísticas?

«A fin de cuentas, ¿no era ya benedictino de corazón? Me gustaba la solemnidad de sus ejercicios de piedad, el ritmo de la oración en el coro, el esplendor del canto gregoriano. Me gustaba lo natural, la sencillez de su comportamiento, unido a la corrección y distinción de sus formas. Me gustaba su espíritu de disciplina y de trabajo, su vida de silencio y de oración.

»A la verdad, no había ninguna costumbre del monasterio por la cual yo no insistiese una alta estima.»

Verkade fue a ver al Padre Abad. Cuando llegó el momento de plantear la cuestión decisiva: «¿Puedo ser recibido en el monasterio?», Juan balbució las palabras, puedes acababa de comprobar bruscamente que al formar esta petición se entregaba a merced de otro y que allí estaba en juego su libertad.

El Padre Abad le contestó: «Tengo la impresión de que Dios os quiere aquí; así, pues, yo os recibo.» Y le dio su bendición.

Y Juan fue recibido entre los novicios.

 

Pintor, monje, sacerdote.

Convertido por su profesión religiosa en Dom Wilibrordo Verkade y elevado en 20 de Agosto de 1902 a la dignidad del sacerdocio católico, ha evocado en la segunda parte de su autobiografía su carrera de pintor-monje.

Nos habla de sus trabajos en la pequeña iglesia parroquial de Aichladen (Wurtemberg), a la cual consagró varios meses del año 1906. La decoración de aquella capilla dedicada a la popular «Virgen de la Cabeza inclinada», en el convento de los Padres Carmelitas de Viena, resultó una verdadera otra de arte; después trabajó con menos éxito en Monte Casino (1903-1904), y en Palestina (1909-1912).

Nos habla también sencillamente de su falta de carácter, de la vida más disipada cuando trabajaba fuera de la abadía, de una desgana para ciertos trabajos, de una especie de segunda adolescencia que «les dan ganas de ir a buscar flores al borde del precipicio».

De hecho no era cosa tan sencilla el mantener esta armonía perfecta entre el monje y el artista. ¿Quién se maravillará de los pasos dados en falso y de sus crisis? Su mérito está en no haber jamás disociado su doble ideal ni haber renunciado nunca a él.

En su retiro, Verkade no se olvidaba de sus numerosos amigos. En primer lugar, los Nabis vinieron con frecuencia a visitarle. Observaron con gusto que la vida del claustro no había hecho perder el humor de Verkade.

En cambio, su sacerdocio le confería un ascendiente al cual no intentaba sustraerse. Atrajo a más de uno hacia la Luz en la cual él se bañaba. Jöergensen había acabado también por fijar su mirada sobre Roma; pero había permanecido veleidoso y melancólico. Vino a Beuron, y allí se curó, y bajó a Italia, en donde hizo su profesión de fe católica.

Más convocadora aún es la historia de la reconciliación de Sérusier con la Iglesia. Numerosas decepciones le habían llevado a las puertas de la desesperación y de las peores locuras. Felizmente, Verkade habían mantenido siempre correspondencia con él y Mauricio Denis le veía de cuando en cuando. Este último acabó por decidirle a visitar Beuron durante la Semana Santa de 1903. Y entonces se produjo el milagro. Después de haberse confesado con el Padre Damman, benedictino belga  que se encontraba allí, Sérusier asistió el día de Pascua con Mauricio Denis a la misa de su amigo y comulgó de su mano.

«Fue un día espléndido este de la Resurrección. Nunca anteriormente habíamos estado tan íntimamente unidos los tres.»

Del mismo número de aquellos que fueron sus amigos o sus corresponsales citemos al apologista G. Papini, al pintor Toorop, al escritor H. Bahr, al filósofo Max Scheler, al director del alma P. Lippert. Valkade nos cuenta el enriquecimiento y la alegría que le valió el contacto con hombres de esta talla. Pero sabemos por el testimonio de aquéllos que la estima era mutua.

Después de la guerra de 1914, Dom Wilibrordo ocupó varios cargos importantes en el monasterio, particularmente el de recibir y encargarse de las personas seglares que se hospedaban en la abadía. Esto le obligó a colocar su zurrón y bastón de peregrino. Lo hizo sin pena, pues siempre se alejaba a desgana de su querido Beuron.

Pronto también las fuerzas le comenzaron a faltar y se despidió de la pintura. En sus últimos años tradujo y publicó en alemán las obras de Juan Ruysbrockio. Había escogido este autor porque no trataba más que de Dios, ya más y más cada día su único centro de interés.

«Hacerme viejo es deslizarme lentamente en la soledad conmigo mismo y con Dios. Y un «establecerse» en lo esencial, un «verse libre» de todas las iluminaciones y vanas  preocupaciones; un arribar a Dios después de una peligrosa travesía.»

Dom Wilibrordo Verkade abordó en la tierra de la Belleza infinita el 19 de julio de 1946.

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