La independencia de México no se entiende sin el cristianismo

La independencia de México no se entiende sin el cristianismo

Según el más grande historiador vivo del México colonial

QUERÉTARO, jueves, 15 de octubre de 2009 (ZENIT.org- El Observador).- No es posible entender el proceso de independencia de México sin el cristianismo, considera despejando muchos equívocos el historiador David A. Brading, británico, considerado como el más grande historiador vivo del México colonial.

El profesor de la Universidad de Cambridge, así como de la Universidad de Berkeley, ha sostenido una conferencia magistral en la ciudad de Querétaro, en el nuevo Areópago Juan Pablo II, sobre el papel de la Virgen de Guadalupe en el proceso de Independencia de México, cuyo segundo centenario se celebrará en el próximo año.

Su intervención llega a conclusiones que replantean algunos de los lugares comunes de la historiografía, en particular, redimensionan la influencia de los ideólogos de la revolución francesa en este proceso, que resulta ser menos importante de lo que parecía.

México, sede del Papa y de los reyes de España

El profesor Brading, tras una larga exposición sobre los orígenes del movimiento de Independencia, señaló que “en México las noticias de Europa, de la Revolución Francesa, sí causaron horror: se oían ataques contra la Iglesia.  Pero, también, había un sentido de expectación. Si Europa estaba desecha por las guerras y por la destrucción que provocaban, era entonces la oportunidad para el Nuevo Mundo, para América, de encontrar su propia perspectiva”.

“En un tratado guadalupano –dijo Brading– escrito en el siglo XVIII por un canónigo de Puebla, Francisco Javier Conde, tratado que no fue publicado sino hasta mediados del siglo XIX, se cita el capítulo 60 del profeta Miqueas que dice que una pequeña nación se volvió grande y reconstruyó Sión.  El propio canónigo dice que había escuchado a muchas personas en la Nueva España y varios sermones en los cuales los predicadores citaban la profecía del jesuita mexicano Francisco Javier Carranza sobre la posibilidad de la transmigración de la silla apostólica y residencia de los papas en este continente”.

Ante la expectación del auditorio mexicano que apenas si conocía esta vertiente de la historia, el profesor Brading, autor de una obra enciclopédica sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe, señaló que “Carranza, precisamente predicando aquel sermón en Querétaro, en 1748, fue aplicando el capítulo 12 del libro del Apocalipsis sobre la última época del mundo, en la que, presumiblemente, va a aparecer el anticristo. Fue desarrollando su tema diciendo que el anticristo fue destinado a dominar al Viejo Mundo, cerrando las Iglesia, e instalando en Europa misma los viejos dioses del paganismo”.

“En aquel momento, la Virgen María, en su advocación de Guadalupe, ayudada por el arcángel san Miguel, para defender a la Iglesia, haría su aparición para defender a las dos Américas y tanto el Papa como el Rey de España iban a huir a México bajo la protección de ‘nuestra mexicana Reina, Madre y Señora’.  O sea que, para Carranza y para muchos otros, en los días del fin del mundo, México estaría compitiendo por ser la sede de la Iglesia universal y la de los reyes de España”, agregó el también autor de Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810).

Esta visión de los últimos días fue aplicada, transformándola, a la situación de fines del siglo XVIII en México.  Los predicadores iban haciendo profecía de algo que estaba sucediendo, pues los dos papas de aquella época, Pío VI y Pío VII, tuvieron que salir de Roma ante el asedio de las tropas francesas.  Y eso era aplicado a México. 

Incluso, un ilustrado y muy patriota criollo, José Mariano de Beristain y Souza, escribió en su gran libro Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, que fue publicada en tres tomos alrededor de 1817, sobre Carranza y su sermón: “Cuando escribo, a la vista de la persecución que hace al Pontífice Romano el tirano Napoleón, y a los reyes católicos, protectores de la Iglesia de Roma, contemplo que México puede ser el más seguro asilo del Papa y de los monarcas españoles contra la voracidad de aquel monstruo, me parece que no está muy lejos de verificarse la profecía del padre Carranza”.

Y agregó: “Así pensaba yo en el año de 1809.  Entonces la insurrección de Miguel Hidalgo hizo empantanar estas esperanzas”. 

Él quería –y así lo dijo después– que todos fuésemos llamados españoles, no americanos o indios o mestizos, sin distinción, pues todos eran súbditos de un mismo rey, el de España.

Esperanzas fundadas

Ciertamente, las “esperanzas” del padre Carranza no eran profecías locas.  Justamente, a fines de 1808, la Corte portuguesa transfirió su sede a Río de Janeiro, con todos sus archivos y todas las personas que la componían.  Y se quedaron en Brasil hasta 1822.  En esos años Portugal fue una “colonia” de su “ex colonia”, Brasil, explicó el profesor Brading.

“Cuando Miguel Hidalgo entregó a sus seguidores una copia de la imagen guadalupana, al salir del pueblo de Dolores y la convirtió en su estandarte, no fue un accidente.  Utilizaba a la patrona ya aclamada ‘principal y universal’ de la Nueva España.  Así convirtió a la imagen ya no en un emblema de una nación criolla sino en un símbolo de una nación insurgente”, afirmó el autor del texto fundamental sobre los tres siglos de presencia española en América llamado Orbe indiano

Más adelante, Brading explicó que al acercarse a la ciudad de Guanajuato, Hidalgo informó al intendente de la plaza que el propósito de su rebelión era recuperar los derechos de la nación mexicana, una nación que existía antes de la conquista española, y expulsar a los europeos, recuperando “derechos santos, concedidos por Dios a los mexicanos, usurpados por unos conquistadores crueles”.  

“Aquí encontramos, exactamente, una de las principales afirmaciones del patriotismo criollo, ya transformado en forma política y aplicado a todos los habitantes de la Nueva España.  Hay una continuidad que pasan los criollos a los insurgentes de la existencia de una nación mexicana anterior a la llegada de los españoles.  Esta tesis fue aplicada y mejorada en la declaración de Independencia de 1821”, dijo el historiador inglés.

Un nuevo principio

De otra parte, Hidalgo anunció la abolición de la esclavitud y, mucho más importante, la abolición del tributo.  Con ello decretaba la destrucción formal de la sociedad de castas que fue algo de muy lenta evolución durante los tres siglos de la Colonia, empezando con las dos comunidades de españoles e indios y transformado, en pleno siglo XVIII en todo un sistema de castas.  Hidalgo afirmó, entonces, un nuevo principio: el principio de la igualdad de todos los habitantes de la Nueva España, continuó explicando el profesor Brading

Frente a los temas fundamentales de la Independencia de México, Brading dijo que la línea del padre Hidalgo fue seguida por el padre José María Morelos quien declaró: “A excepción de los europeos, todos los demás habitantes no se nombrarán en calidad de indios, mulatos y otras castas, sino todos, generalmente, americanos.  Nadie pagará tributos ni habrán esclavos”. 

“Obviamente –dijo Brading– aquí no encontramos una declaración de derechos humanos universales.  Lo que sí encontramos es una afirmación concreta y cristiana sobre la igualdad de todos los mexicanos y la abolición del sistema de castas que fue mantenido por el tributo y también incluso por los párrocos en sus registros de nacimientos, matrimonios y entierros”.

Morelos concluyó por afirmar que los americanos eran hermanos en Cristo y formaban una nueva Israel, luchando para librarse de sus opresores.  E insistió que esta igualdad, calidad de libertades, es consiguiente al poder divino y natural que ha de distinguir en la virtud al hombre y lo ha de hacer útil a la Iglesia. 

Cuando abrió el Congreso de Chilpancingo de 1813, Morelos leyó un discurso–preparado por Carlos María Bustamante y corregido por él mismo– en el que empezó declarando que la soberanía reside, esencialmente, en los pueblos y no en los monarcas, “y después de tres siglos este pueblo oprimido, semejante por mucho al de Israel, trabajado por el faraón y cansado de sufrir, elevó sus manos al cielo y Dios mismo ya ha decretado que el Anáhuac fuese libre”, explicó el profesor del University College de Londres

Después de elogiar las heroicas luchas de los caudillos insurgentes, Morelos insistió: “vamos a restablecer el Imperio mexicano, mejorando el gobierno”, subrayó Brading.

Una nación con pasado

“En lo que sí tenemos que insistir es sobre la presencia de los primeros elementos del patriotismo criollo: que Anáhuac es el pasado mexicano y en la Independencia se encuentra una continuidad”.

El segundo elemento del patriotismo criollo, dijo, es la “independencia o que los españoles tengan que ser expulsados”.

Y en tercer lugar, “el guadalupanismo.  Morelos, en sus Sentimientos de la Nación daba a la Virgen de Guadalupe el patronazgo de la nueva realidad histórica que surgía de su propio pasado y se independizaba de sus conquistadores”, afirmó.

En resumen, señaló que en el proceso de Independencia de México hay dos cosas distintas y nuevas.

La primera es la existencia de una nación mexicana, de una nación soberana; una nación similar a la de Israel, un pueblo elegido, pero en este caso por la Virgen de Guadalupe, o sea que no debe tanto a la Revolución francesa, como los liberales, después, estuvieron insistiendo.

La segunda es la igualdad que no está dada en términos universales, sino en términos de hermandad, con los mismos derechos (destruyendo la vieja sociedad de castas).

Hay otro aspecto interesante, dijo Brading, aunque Morelos fue designado “generalísimo” por el Congreso insurgente, él mismo tomo para sí el nombre de “siervo de la nación”.  “¿De dónde viene ese título, tan extraño para un caudillo insurgente?  Obviamente, del texto del Evangelio de San Marcos, capítulo nueve, donde Jesús oye a sus discípulos que disputan el liderazgo del grupo y le dice: si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos, que sea el siervo de todos”. 

“También el decir ‘siervo de Dios’ era designar a los santos en aquella época.  También emana del Viejo Testamento.  Ahí encontramos una figura famosa que es designada siervo de Dios”: Moisés”, señaló Brading.

Si los insurgentes mexicanos se compararon con el pueblo israelita saliendo de la esclavitud de Egipto, entonces su caudillo, sea Hidalgo, sea Morelos, era tomado como un “Moisés mexicano”. 

Donde se encuentra la mayor aplicación a Moisés del título  de “siervo de Dios” en el Antiguo Testamento es en el libro de Josué, dedicado a la conquista de la tierra prometida.  Y en su conclusión, Josué mismo está descrito, igualmente, como siervo de Dios, explicó.

Esta es una hipótesis que parecería extravagante, pero hay que recordar que en la Monarquía Indiana de Juan de Torquemada, el gran historiador franciscano, exaltó a Hernán Cortés como un “nuevo Moisés”, encargado por Dios de llevar a los pueblos indígenas de Anáhuac del Egipto del paganismo a la tierra prometida de la religión católica. 

Y por otra parte, la tradición republicana en el siglo XIX sacó en sus textos elogios a Moisés como legislador  y padre fundador de su nación y podemos decir que el culto de Miguel Hidalgo como padre de la Patria fue la traducción de un culto a un Moisés legislador y fundador de la nación mexicana, continuó diciendo el historiador, autor entre otros títulos de El ocaso novohispano.

El centro del Tepeyac

El 22 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide se proclamó como Emperador constitucional del Imperio Mexicano.  Posteriormente, en una circular emitida por el Ministro de Justicia, Iturbide fue identificado como Primer Emperador Constitucional y Gran Maestro de la Orden Imperial de Guadalupe, Agustín por la Divina Providencia y por el Congreso de la Nación, explicó el historiador y mexicanista David Brading.

En diciembre de 1822, el arcediano de la Catedral de Valladolid (Morelia), predicó la primera función solemne de aquel orden imperial.  Tras lamentar el triste estado de paganismo en México-Tenochtitlan, celebró la aparición en el Tepeyac como una nueva aurora que anunciaba la conversión de Anáhuac a la fe católica, conversión que compensaba a la Iglesia “por la herejía de Lutero y Calvino”, dijo Brading. 

“Ahora, enfatizo, si el país de Anáhuac respira libertad todo se lo debemos a la Virgen de Guadalupe, ahora somos nación soberana, de modo que el águila mexicana se apareció de nuevo triunfante en su nopal”. 

Aunque ambos partidos, insurgentes y realistas, durante la guerra civil de la Independencia habían invocado a la guadalupana, ella ahora aparece como “madre de la unión; especialmente porque México es el país más católico del mundo, un baluarte en una época en Europa donde la religión ha sido afligida por la impiedad y el ateísmo”.  Concluyó: “la santa religión católica es el alma de este Imperio.  Si la fe de Jesucristo es inseparable de la nación de Anáhuac, no ser cristiano es no ser mexicano”.

Tras la Independencia se renueva la profecía de fin del siglo XIX  del surgimiento de México como baluarte en el mundo de la fe católica, dijo Brading.

Baluarte del catolicismo

“Para entender mejor el fondo político e ideológico del movimiento imperial de México, explicó el historiador, podemos recurrir al sermón predicado por el doctor Julio García de Torres en el santuario del Tepeyac en octubre de 1821, función a la que asistió Agustín de Iturbide para dar gracias a la patrona de México por la Independencia de la América Septentrional”. 

Más adelante subrayó que en el sermón se decía que la Independencia había sido necesaria “pues España ya fue corrompida por las pestilentes miasmas del contagio francés, es decir, mediante las execrables obras de Voltaire y de Rousseau” ya traducidos y publicados en España.  Y que las nuevas Cortes, establecidas en 1820,  “dedicaron sus esfuerzos a destruir a todos los pueblos y los privilegios de la Iglesia”, aboliendo la Inquisición, expulsando a la Compañía de Jesús, etcétera.

Finalmente terminó diciendo que “con esa visión, la creación del Imperio de Iturbide revivía, una vez más, la noción de que México podía ser el baluarte de la Iglesia católica en un mundo en el que el liberalismo llegaba al poder en España y en otros países y quería destruir a la religión”. 

Por Jaime Septién

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