Hacia el IV Centenario de la muerte del Padre Ricci

Hacia el IV Centenario

de la muerte del Padre Ricci

 
Ciudad del Vaticano, 10 // Nov. 09 (AICA)
 

Padre Matteo Ricci, apóstol de China.Padre Matteo Ricci, apóstol de China.
El 11 de mayo de 2010 se cumplirán 400 años de la muerte del padre Matteo Ricci, apóstol de China. Con la inauguración, realizada en el Vaticano el pasado 30 de octubre, comenzaron los actos para recordar el IV centenario de la muerte del gran jesuita italiano.
 
     La muestra, titulada “En las cumbres de la historia. Padre Mateo Ricci (1552–1610) entre Roma y Pekín”, se realiza en colaboración con los Museos Vaticanos, la Curia General de la Compañía de Jesús y la Universidad Pontificia Gregoriana.
 
     Ubicada en el Centro de Exposiciones en el Brazo de Carlomagno, al final de la columnata de Bernini, sobre el lado izquierdo de la plaza de San Pedro, estará abierta al público hasta el 24 de enero de 2010.
 
     Los asistentes podrán apreciar obras como los retratos de los pontífices que impulsaron la evangelización en Oriente durante el siglo XVI, pinturas que representan a San Ignacio de Loyola escribiendo las constituciones de los jesuitas o a San Francisco Javier conquistando las tierras del Oriente.
 
     También podrán ver los manuscritos del padre Ricci en italiano y chino, mapas trazados por él, figuras religiosas cuyos rostros presentan rasgos orientales. Están expuestas decenas de piezas que representan la unión entre Oriente y Occidente, que dejan ver que el padre Ricci entendió que era posible proclamar el Evangelio en todas las culturas, que su mensaje es universal.
 
     “Considerando su intensa actividad científica y espiritual es imposible no quedar sorprendidos positivamente ante la innovadora y peculiar capacidad que tuvo en acercarse, con pleno respeto, a las tradiciones culturales y espirituales chinas en su totalidad”, dijo Benedicto XVI en un mensaje enviado a la diócesis de Macerata, lugar de nacimiento del padre Ricci.
 
En pos de las huellas de San Francisco Javier
     Nacido en 1522 en la localidad italiana de Macerata, el padre Ricci, junto con 14 compañeros y con la bendición del papa Gregorio XIII, cuando aún no había sido ordenado sacerdote, el 18 de mayo de 1577 partió para el Oriente en un viaje de misiones con el anhelo de llegar a China, en cuya entrada había muerto San Francisco Javier, también jesuita, dos meses después del nacimiento del padre Ricci.
 
     Fue ordenado sacerdote en 1580 en Goa, ciudad situada en el extremo meridional de la costa del Océano Índico.
 
     En 1583 se instaló en la ciudad de Zhaoqing, provincia de Guangdong, después de haber soportado seis años de peripecias y dificultades. Allí se dedicó a un estudio intenso del idioma.
 
     En Zhaoqing, Ricci confeccionó un mapa del mundo basado en los conocimientos cartográficos europeos, e hizo conocer a los habitantes del lugar que había un mundo más allá de su muralla. Por primera vez en la historia, China veía un mapa que incluía los territorios de Europa, África y América, algo absolutamente nuevo para los chinos que al no ser un pueblo navegante su mundo estaba reducido a su territorio continental, que aunque inmenso, era reducido en comparación con el resto del mundo.
 
     Poco a poco fue ganando la estima del pueblo chino, y logró entrar en esta cultura milenaria. También tradujo al chino libros de filosofía y matemáticas.
 
     “Pienso acabar aquí mi vida (…). Muchos se han hecho cristianos, muchos vienen a la misa, se confiesan y comulgan en las fiestas principales y escuchan con gran gusto la Palabra de Dios”, escribía el padre Ricci en una carta a su hermano Antonio.
 
     Valorando sus características propias y entrando en su lenguaje, el padre Ricci trabajó hasta el cansancio por la evangelización y el diálogo cultural en China. Escribió el catecismo en esta lengua y publicó su obra “Tratado sobre la amistad” (De amicitia–Jiaoyoulun). También tradujo los primeros libros de geometría de Euclides en colaboración con su amigo Xu Guangqi.
 
     Varios de sus discípulos lo llamaban “el hombre extraño”, debido a sus rasgos físicos europeos, a su distinta cultura y al hecho de que vivía el voto del celibato.
 
     El padre Ricci murió en Pekín, el 11 de mayo de 1610. Allí yace todavía en su tumba. Su causa de beatificación está abierta desde 1983.
 
     Al morir el padre Matteo Ricci en 1610, por primera vez en la historia china, un emperador concedía un terreno para que un extranjero pudiera ser sepultado en este territorio.
 
     La figura del padre Ricci cobra actualidad en este tiempo de globalización y diálogo cultural, como dijo Benedicto XVI: “Fue a partir de estas convicciones que él, como habían hecho los Padres de la Iglesia en el encuentro del Evangelio con la cultura greco–romana, instauró su visión de futuro, su labor de inculturación del cristianismo en China, buscando un diálogo constante con las dotes de este país”. (Carmen Elena Villa-Zenit).+

Décimo Aniversario de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación

Décimo Aniversario

de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación

Han pasado exactamente diez años desde que, el 31 de octubre de 1999, en Augsburgo, altos representantes de la Federación luterana mundial y de la Iglesia católica firmaron la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación. Más tarde, en 2006, también se adhirió a ella el Consejo metodista mundial. Ese documento confirmó que existía un consenso entre luteranos y católicos sobre algunas verdades fundamentales de la doctrina de la justificación, verdades que nos llevan al corazón mismo del Evangelio y a cuestiones esenciales de nuestra vida. Dios nos acoge y nos redime; nuestra existencia se inscribe en el horizonte de la gracia, es dirigida por un Dios misericordioso, que perdona nuestro pecado y nos llama a una nueva vida en el seguimiento de su Hijo; vivimos de la gracia de Dios y estamos llamados a responder a su don; todo esto nos libera del miedo y nos infunde esperanza y valentía en un mundo lleno de incertidumbre, inquietud y sufrimiento. El día de la firma de la Declaración conjunta, el siervo de Dios Juan Pablo II la definió “una piedra miliar en el arduo camino del restablecimiento de la unidad plena entre los cristianos” (Ángelus, 31 de octubre de 1999: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de noviembre de 1999, p. 1). Este aniversario es una ocasión para recordar la verdad sobre la justificación del hombre, testimoniada juntos, para reunirnos en celebraciones ecuménicas y para seguir profundizando en esta temática y otras que son objeto del diálogo ecuménico. Espero de corazón que este importante aniversario contribuya a hacernos avanzar por el camino de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo.

Benedicto XVI

¿Por qué el Vaticano se interesa de Astrobiología?

PONTIFICIA ACADEMIA CIENCIAS: SEMINARIO ASTROBIOLOGIA

 

CIUDAD DEL VATICANO, 10 NOV 2009 (VIS).-Esta mañana, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, se presentaron las conclusiones de “Astrobiology”, la Semana de Estudio organizada por la Pontificia Academia de las Ciencias y el Observatorio Astronómico Vaticano.

 

Intervinieron en el acto el padre José Funes, S.I., director de la Specola Vaticana (Observatorio astronómico), los profesores Jonathan Lunine, del Departamento de Física de la Universidad romana de Tor Vergata (Italia); Chris Impey, del Departamento de Astronomía y del Observatorio de Steward, de la Universidad de Tucson (Arizona, EE.UU.) y Athena Coustenis, del Observatorio de París-Meudon, LESIA/CNRS (Francia).

 

“¿Por qué el Vaticano se interesa de Astrobiología?”, se preguntó el Padre Funes en su intervención, y respondió que si bien esta ciencia  abarque “un ámbito nuevo y todavía en estudio, las cuestiones de los orígenes de la vida y de su existencia en otros lugares del universo son muy interesantes y merecen gran atención, además de presentar implicaciones filosóficas y teológicas”.

 

“La astrobiología es el estudio de las relaciones de la vida con el resto del cosmos: sus temas principales abarcan el origen de la vida, sus antecedentes, la evolución de la vida en la tierra, sus perspectivas futuras fuera y dentro de este planeta. (…) La Semana de Estudio brinda a los científicos de diferentes disciplinas básicas la oportunidad de comprender cómo el trabajo en sus especialidades particulares puede repercutir en otros ámbitos. Esto es evidente, más que en ningún otro sector, en el estudio de cómo se formó la vida en la Tierra y evolucionó con los diversos cambios de ambiente”, explicó el profesor Lunine.

 

El profesor Impey observó que “si la biología no es una exclusividad de la Tierra, o si la vida en otros lugares es distinta de la nuestra, o si incluso llegamos a entrar en contacto con especies inteligentes en la inmensidad del espacio, las implicaciones para la imagen que tenemos de nosotros mismos serán profundas. Es muy oportuno que la Pontificia Academia de las Ciencias dé cabida a un encuentro sobre este tema fronterizo. La metodología y los argumentos pueden diferir, pero la ciencia y la religión consideran la vida como un logro especial en un vasto y en su mayor parte inhóspito universo. Hay un terreno fértil para el diálogo entre los expertos de astrobiología y los que quieren entender el significado de nuestra existencia en un universo biológico”.

 

La conferencia sobre la Semana de Estudio (6-10 noviembre, Casina Pío IV, Vaticano), terminó con la intervención de Athena Coustenis, dedicada a la exploración de otros planetas y sus sistemas

ACLARACION SOBRE LA PIEDRA:

ACLARACION SOBRE  LA PIEDRA:

 

Algunos hermanos cristianos argumentan que el griego en Mt 16,18 presenta dos diferentes palabras: “Tú eres Pedro (Petros), y sobre esta piedra (petra) edificaré mi Iglesia”.  Dicen que petros es una piedra pequeña, distinta a petra que es una roca. Por lo tanto, cuando Jesús dice: “sobre esta «petra» edificaré mi Iglesia”, se está refiriendo a sí mismo, puesto que habla de «petra» y no de «petros».  ¿Qué decir al respecto?

 

R E S P U E S T A :

Ni la secuencia del discurso, ni el texto ni el contexto nos permiten aceptar eso:

 

1)Secuencia del discurso.   Después de que Simón ha dicho lo que es Jesús (“Tú eres el Cristo” v. 16), ahora es Jesús quien responde diciendo quién es Simón (vv. 17-19): “ eres bienaventurado”…, “ eres Pedro”…, “A ti te daré”…  refiriendo a Pedro todo lo que está diciendo.   Resultaría extraño que a medio discurso Jesús hiciera referencia a sí mismo.  Si después de “Tú eres Pedro” Jesús dijera: sobre mí edificaré mi Iglesia, se rompería el ritmo y la secuencia lógica, pues aparecería un tema nuevo desconectado de las frases aledañas.   

 

2)En el contexto de Mt 16,18, es decir los vv. 17 a 19, vemos que Jesús dice tres cosas, y todas están dirigidas a Pedro.  La primera comienza con “Bienaventurado eres”, la segunda: “Tú eres Pedro”, y la tercera con “A ti te daré las llaves del reino”.  La primera y la tercera son honores que Jesús le otorga a Pedro.  En este contexto, la segunda frase ubicada entre estas dos va a ser un honor también: Tú eres la Piedra.  Note usted que la segunda parte de cada una de estas frases tiene que ver con la primera mitad, y la explica: Pedro es bienaventurado (v. 17) ¿por qué?, porque el Padre le reveló que Jesús era el Mesías.  La tercera frase: te daré las llaves del reino, ¿por qué? porque lo que ate en la tierra quedará atado en el cielo.  Entonces, la segunda frase tiene que seguir el mismo patrón: Jesús le llama Piedro (=Pétros), ¿por qué? porque… sobre esa piedra edificará Cristo su Iglesia.          

 

 3)El texto griego emplea para sobre esta piedra el adjetivo demostrativo, caso dativo TAUTEE (ταύτη) con el artículo dativo TEE (τη) para mostrar la fuerza implicada en la cualidad demostrativa.  Por eso esta frase puede traducirse como ESTA MISMA.  Entonces Mt 16,18 en realidad dice: “Tú eres Pedro y sobre ESTA MISMA PIEDRA edificaré mi Iglesia”.  El uso del TAUTEE TEE nos aclara que Jesús está hablando de la misma piedra que acaba de mencionar.   ¿Hay otros casos en el NT en que se repita ese uso del Tautee tee? Sí, Véase el uso del Tautee tee en Mc 14,30: “esta misma noche… me negarás”; y en Hch 27,23: “esta noche se me ha presentado un ángel… [1][1] ¿cuál noche? Esta misma, no la de ayer o de otro día.   Entonces, basándonos en el texto griego no podemos pensar que Jesús haya movido el dedo diciendo: Tú eres Pedro… y luego señalándose a sí mismo dijera… y sobre esta piedra…”.  

 

4)Con todo lo anterior, entendemos que no se está hablando de dos piedras, sino solamente de una…de Pedro.  Al ser las cosas así, el alegato anunciado al principio sobre los significados de “Petros” y “petra” carece de sentido, ya que es al mismo sujeto al que se aplican ambas palabras…   Con Petros no se está queriendo decir “piedrecita”, sino que sencillamente se quiere evitar poner a un hombre/masculino el nombre de Petra que es femenino.   Aquí Petros funciona como nombre personal.  Si se hubiera escrito en francés, no hubiera habido ningún problema, ya que «Pedro» y «piedra» se escriben exactamente igual: “pierre”.  Y en el idioma de Jesús, el arameo, sucedía exactamente lo mismo: Jesús le dijo… “Tú eres Kéfa y sobre esta misma kéfa edificaré mi Iglesia”.   Subrayemos además que la palabra “kéfa” significa tanto “piedra” como “roca”; pues en arameo no existe distinción entre «piedra» y «roca», como a veces lo hacemos en español.   

 

5)Pedro es la Piedra, ese es su nombre, no un simple apodo.  Y el nombre de las personas en la Biblia es muy importante: Dios se llama “Yo Soy”, porque es el que existe por sí mismo; Cristo se llamó “Jesús”, porque es el Salvador, el Ángel defensor de Dios es “Micuel” (=quien como Dios), etc. Si Jesús le cambió el nombre a Simón y le puso Piedra, es precisamente porque va a tener una nueva misión o identidad, tal como lo hizo Dios con Abraham (Gn 17,5).

Veamos el texto, Jn 1,42:

Tú eres Simón, hijo de Jonás;

tu serás llamado Cefas (que quiere decir Pedro)[2][2]

 

Fíjese que hasta se pone en boca de Jesús la pronunciación aramea Kefas (=Piedra, roca, peña) trasliterada en griego como Cefas, señalando así la importancia que dieron los primeros cristianos a esa palabra de Jesús[3][3].   San Pablo mismo se dirigirá al hijo de Jonás  llamándolo casi siempre “Cefas” (=Petros).  

 

CONCLUSION: Mt 16,18 sólo está hablando de Pedro.  Estamos de acuerdo con los hermanos “esperados” de que Cristo es la piedra angular de la Iglesia, pero Pedro es piedra fundamental de la Iglesia; no como los demás Apóstoles (que también son fundamento[4][4]), sino de un modo muy especial, ya que solamente Pedro es Pedro, es decir: La Piedra.

 

Esta información esta basada casi en su totalidad en el libro del P. Daniel Gagnon, OMI, “No todo el que dice: Señor. Señor”.   Yo sólo le di un nuevo orden y algunas anotaciones personales. 

Atte. P. Miguel A. Vega León, de Mexicali, B.C. 

miguelvegaleon@hotmail.com

Si lo consideraran conveniente quizás podría publicarse en el Boletin.  Gracias por hacer tanto bien a la Iglesia.


[1][1] Estos textos son de la Biblia de Jerusalén, nótese como en Mc 14,30 al traducir sí se pone la palabra “misma”, mientras que en Hech 27,23 se omite, tal como sucede en Mt 16,18.   Por eso es muy importante revisar lo que dice el texto griego, ya que las traducciones difícilmente pueden reflejar con exactitud la idea original.

[2][2] La Biblia protestante Reina-Valera pone en esta cita bíblica una nota al pie diciendo que “Cefas” y “Petros” significa piedra en arameo y griego, respectivamente.

[3][3] Tal como sucede con la palabra Abbá: Mc 14,36; Gal 4,6

[4][4] Ef 2,20 y Ap 21,14

Sepa lo que debe y no debe hacerse en la celebración de la Misa

Sepa lo que debe y no debe hacerse

en la celebración de la Misa

La instrucción Redemptionis Sacramentum, describe detalladamente cómo debe celebrarse la Eucaristía y lo que puede considerarse como “abuso grave” durante la ceremonia. Aquí les ofrecemos un resumen de las normas que el documento recuerda a toda la Iglesia.

En el Capítulo I sobre la “ordenación de la Sagrada Liturgia” se señala que:

  • Compete a la Sede Apostólica ordenar la sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas se cumplan fielmente.

  • Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia como propiedad privada de alguien.

  • El Obispo diocesano es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica. A él le corresponde dar normas obligatorias para todos sobre materia litúrgica, regular, dirigir, estimular y algunas veces también reprender.

  • Compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados en su territorio, también aquellos que sean fundados o dirigidos por los citados institutos religiosos, si los fieles acuden a ellos de forma habitual.

  • Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de Obispos determine para su territorio, conforme a las normas del derecho, se deben someter a la recognitio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal.

En el Capítulo II sobre la “participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía”, se establece que:

  • La participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe valorar como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.

  • Se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica no está en el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra.

  • Sin embargo, no se deduce necesariamente que todos deban realizar otras cosas, en sentido material, además de los gestos y posturas corporales, como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una tarea litúrgica específica; aunque  conviene que se distribuyan y realicen entre varios las tareas o las diversas partes de una misma tarea.

  • Se alienta la participación de lectores y acólitos que estén debidamente preparados y sean recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia.

  • Se alienta la presencia de niños o jóvenes monaguillos que realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y reciban una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta tarea. A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas.

En el Capítulo 3, sobre la “celebración correcta de la Santa Misa” se especifica sobre:

La materia de la Santísima Eucaristía

  • El pan a consagrar debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente. No se pueden usar cereales, sustancias diversas del trigo. Es un abuso grave introducir en su fabricación frutas, azúcar o miel.

  • Las hostias deben ser preparadas por personas honestas, expertas en la elaboración y que dispongan de los instrumentos adecuados.

  • Las fracciones del pan eucarístico deben ser repartidas entre los fieles, pero cuando el número de estos excede las fracciones se deben usar sobre todo hostias pequeñas.

  • El vino del Sacrificio debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. En la celebración se le debe mezclar un poco de agua. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género.

La Plegaria Eucarística

  • Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano o las aprobadas por la Sede Apostólica. Los sacerdotes no tienen el derecho de componer plegarias eucarísticas, cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

  • Es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el sacerdote.

  • El sacerdote no puede partir la hostia en el momento de la consagración.

  • En la Plegaria Eucarística no se puede omitir la mención del Sumo Pontífice y del Obispo diocesano.

Las otras partes de la Misa

  • Los fieles tienen el derecho de tener una música sacra adecuada e idónea y que el altar, los paramentos y los paños sagrados, según las normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza.

  • No se pueden cambiar los textos de la sagrada Liturgia.

  • No se pueden separar la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, ni celebrarlas en lugares y tiempos diversos.

  • La elección de las lecturas bíblicas debe seguir las normas litúrgicas. No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni cambiar las lecturas y el salmo responsorial con otros textos no bíblicos.

  • La lectura evangélica se reserva al ministro ordenado. Un laico, aunque sea religioso, no debe proclamar la lectura evangélica en la celebración de la Misa.

  • La homilía nunca la hará un laico. Tampoco los seminaristas, estudiantes de teología, asistentes pastorales ni cualquier miembro de alguna asociación de laicos.

  • La homilía debe iluminar desde Cristo los acontecimientos de la vida, sin vaciar el sentido auténtico y genuino de la Palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos pseudo-religiosos.

  • No se puede admitir un “Credo” o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados.

  • Las ofrendas, además del pan y el vino, sí pueden comprender otros dones. Estos últimos se pondrán en un lugar oportuno, fuera de la mesa eucarística.

  • La paz se debe dar antes de distribuir la sagrada Comunión, y se recuerda que esta práctica no tiene un sentido de reconciliación ni de perdón de los pecados.

  • Se sugiere que el gesto de la paz sea sobrio y se dé a sólo a los más cercanos. El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo en el presbiterio, para no alterar la celebración y del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles. El gesto de paz lo establece la Conferencia de Obispos, con el reconocimiento de la Sede Apostólica, “según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos”.

  • La fracción del pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por un laico. Ésta comienza después de dar la paz, mientras se dice el “Cordero de Dios”.

  • Es preferible que las instrucciones o testimonios expuestos por un laico se hagan fuera de la celebración de la Misa. Su sentido no debe confundirse con la homilía, ni suprimirla.

Unión de varios ritos con la celebración de la misa

  • No se permite la unión de la celebración eucarística con otros ritos cuando lo que se añadiría tiene un carácter superficial y sin importancia.

  • No es lícito unir el Sacramento de la Penitencia con la Misa y hacer una única acción litúrgica. Sin embargo, los sacerdotes, independientemente de los que celebran la Misa, sí pueden escuchar confesiones, incluso mientras en el mismo lugar se celebra la Misa. Esto debe hacerse de manera adecuada.

  • La celebración de la Misa no puede ser intercalada como añadido a una cena común, ni unirse con cualquier tipo de banquete. No se debe celebrar la Misa, a no ser por grave necesidad, sobre una mesa de comedor, o en el comedor, o en el lugar que será utilizado para un convite, ni en cualquier sala donde haya alimentos. Los participantes en la Misa tampoco se sentarán en la mesa, durante la celebración.

  • No está permitido relacionar la celebración de la Misa con acontecimientos políticos o mundanos, o con otros elementos que no concuerden plenamente con el Magisterio.

  • No se debe celebrar la Misa por el simple deseo de ostentación o celebrarla según el estilo de otras ceremonias, especialmente profanas.

  • No se debe introducir ritos tomados de otras religiones en la celebración de la Misa.

En el capítulo 4, sobre la “Sagrada Comunión”, se ofrecen disposiciones como:

  • Si se tiene conciencia de estar en pecado grave, no se debe celebrar ni comulgar sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse.

  • Debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los no cristianos.

  • La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental. La primera Comunión siempre debe ser administrada por un sacerdote y nunca fuera de la celebración de la Misa.

  • El sacerdote no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles.

  • Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante.

  • Se puede comulgar de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos, con la confirmación de la Sede Apostólica.

  • Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

  • Los fieles tienen siempre derecho a elegir si desean recibir la Comunión en la boca, pero si el que va a comulgar quiere recibir el Sacramento en la mano, se le debe dar la Comunión.

  • Si existe peligro de profanación, el sacerdote no debe distribuir a los fieles la Comunión en la mano.

  • Los fieles no deben tomar la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por uno mismo, ni mucho menos pasarlos entre sí de mano en mano.

  • Los esposos, en la Misa nupcial, no deben administrarse de modo recíproco la sagrada Comunión.

  • No debe distribuirse a manera de Comunión, durante la Misa o antes de ella, hostias no consagradas, otros comestibles o no comestibles.

  • Para comulgar, el sacerdote celebrante o los concelebrantes no deben esperar que termine la comunión del pueblo.

  • Si un sacerdote o diácono entrega a los concelebrantes la hostia sagrada o el cáliz, no debe decir nada, es decir, no pronuncia las palabras “el Cuerpo de Cristo” o “la Sangre de Cristo”.

  • Para administrar a los laicos Comunión bajo las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente, las circunstancias, sobre las que deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos.

  • Se debe excluir totalmente la administración de la Comunión bajo las dos especies cuando exista peligro, incluso pequeño, de profanación.

  • No debe administrarse la Comunión con el cáliz a los laicos donde: 1) sea tan grande el número de los que van a comulgar que resulte difícil calcular la cantidad de vino para la Eucaristía y exista el peligro de que sobre demasiada cantidad de Sangre de Cristo, que deba sumirse al final de la celebración»; 2) el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible con dificultad; 3) sea necesaria tal cantidad de vino que sea difícil poder conocer su calidad y proveniencia; 4) cuando no esté disponible un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros extraordinarios de la sagrada Comunión que tengan la formación adecuada; 5) donde una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz por diversos motivos.

  • No se permite que el comulgante moje por sí mismo la hostia en el cáliz, ni reciba en la mano la hostia mojada. La hostia que se debe mojar debe hacerse de materia válida y estar consagrada. Está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

En el capítulo 5, sobre “otros aspectos que se refieren a la Eucaristía”, se aclara que:

  • La celebración eucarística se ha de hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa.

  • Nunca es lícito a un sacerdote celebrar la Eucaristía en un templo o lugar sagrado de cualquier religión no cristiana.

  • Siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.

  • Es un abuso suspender de forma arbitraria la celebración de la santa Misa en favor del pueblo, bajo el pretexto de promover el “ayuno de la Eucaristía”.

  • Se reprueba el uso de vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente.

  • La vestidura propia del sacerdote celebrante es la casulla revestida sobre el alba y la estola. El sacerdote que se reviste con la casulla debe ponerse la estola.

  • Se reprueba no llevar las vestiduras sagradas, o vestir solo la estola sobre la cogulla monástica, o el hábito común de los religiosos, o la vestidura ordinaria.

En el capítulo 6, el documento trata sobre “la reserva de la Santísima Eucaristía y su culto fuera de la Misa”. Se recuerda que:

  • El Santísimo Sacramento debe reservarse en un sagrario, en la parte más noble, insigne y destacada de la iglesia, y en el lugar más apropiado para la oración.

  • Está prohibido reservar el Santísimo Sacramento en lugares que no están bajo la segura autoridad del Obispo o donde exista peligro de profanación.

  • Nadie puede llevarse la Sagrada Eucaristía a casa o a otro lugar.

  • No se excluye el rezo del rosario delante de la reserva eucarística o del santísimo Sacramento expuesto.

  • El Santísimo Sacramento nunca debe permanecer expuesto sin suficiente vigilancia, ni siquiera por un tiempo muy breve.

  • Es un derecho de los fieles visitar frecuentemente el Santísimo Sacramento.

  • Es conveniente no perder la tradición de realizar procesiones eucarísticas.

El capítulo 7 versa sobre “los ministerios extraordinarios de los fieles laicos”. Allí el documento especifica que:

  • Las tareas pastorales de los laicos no deben asimilarse demasiado a la forma del ministerio pastoral de los clérigos. Los asistentes pastorales no deben asumir lo que propiamente pertenece al servicio de los ministros sagrados.

  • Solo por verdadera necesidad se puede recurrir al auxilio de ministros extraordinarios en la celebración de la Liturgia.

  • Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

  • Si habitualmente hay un número suficiente de ministros sagrados, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no deben ejercerlo.

  • Se reprueba la costumbre sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

  • Al ministro extraordinario de la sagrada Comunión nunca le está permitido delegar en ningún otro para administrar la Eucaristía.

  • Los laicos tienen derecho a que ningún sacerdote, a no ser que exista verdadera imposibilidad, rechace nunca celebrar la Misa en favor del pueblo, o que ésta sea celebrada por otro sacerdote, si de diverso modo no se puede cumplir el precepto de participar en la Misa, el domingo y los otros días establecidos.

  • Cuando falta el ministro sagrado, el pueblo cristiano tiene derecho a que el Obispo, en lo posible, procure que se realice alguna celebración dominical para esa comunidad.

  • Es necesario evitar cualquier confusión entre este tipo de reuniones y la celebración eucarística.

  • El clérigo que ha sido apartado del estado clerical está prohibido de ejercer la potestad de orden. No le está permitido celebrar los sacramentos. Los fieles no pueden recurrir a él para la celebración.

El capítulo 8 está dedicados a los Remedios:

  • Cualquier católico tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico, ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente que se le equipara en derecho, o ante la Sede Apostólica, en virtud del primado del Romano Pontífice.

Para leer el texto completo puede visitar: http://www.aciprensa.com/Docum/redemptoris04.htm

Fenómeno en España: convento de clausura atrae a decenas de jóvenes profesionales

Fenómeno en España:

convento de clausura atrae a decenas de jóvenes profesionales

 

Una religiosa de 43 años, convertida en una de las prioras más jóvenes de su orden religiosa, ha revolucionado un antiguo convento de contemplativas Clarisas en España, convirtiéndolo en un imán para decenas de jóvenes mujeres profesionales.

Sor Verónica ingresó al convento de monjas Clarisas de clausura de la Ascensión fundado en Lerma (España) en 1604, cuando éste se encontraba en una crisis vocacional.

Era el 22 de enero de 1984 y Marijose Berzosa –el nombre de Sor Verónica en el mundo- decidió, a los 18 años, dejar atrás la carrera de medicina, los amigos, las discotecas de los 80 y el baloncesto.

“Nadie me entendió. Hubo apuestas de que no iba a durar nada. Pero ellos no sentían la fuerza del huracán que me arrastraba”, cuenta Sor Verónica. “Era la clásica adolescente en busca de una salida… y tomé la decisión en apenas quince días”.

Sor Verónica ingresó así a un convento donde hacía 23 años no entraba una novicia.

Sor Pureza de María Lubián, de 70 años, hoy abadesa del convento en Burgos, fue su formadora, y la recuerda como “una chiquilla encantadora. Muy noble y muy buena. Tenía 18 años y un porvenir. Todo lo abandonó. Siguió la llamada de Dios. Tenía una personalidad muy rica. Siempre fue líder. Y, espiritualmente, con una gran vocación. Tuvo luchas y dificultades. Hizo un gran esfuerzo. Pero actuó la gracia del Espíritu. Y ella se dejó hacer”.

El diario español El País, uno de los más favorables a la actual campaña socialista contra la Iglesia Católica en España, no pudo resistir publicar un extenso reportaje a Sor Verónica, quien según el diario, “se ha convertido en el mayor fenómeno de la Iglesia desde Teresa de Calcuta“; pues “ha hecho de aquel vetusto convento de Lerma un atractivo banderín de enganche para vocaciones femeninas que cuenta con 135 monjas con carrera y una media de edad de 35 años y un centenar más en lista de espera. Y ya ha abierto una sucursal en la localidad de La Aguilera, a 40 kilómetros de Lerma, en un enorme monasterio cedido por sus hermanos franciscanos.”

“Un boom insospechado de vocaciones cuando los jesuitas tienen apenas 20 novicios en toda España; los franciscanos, cinco, y los paúles, dos. En un momento en que se importan monjas de la India, Kenia o Paraguay para evitar el cierre de conventos habitados por ancianitas, y que la mayoría de nuestros sacerdotes superan los 60 años”, dice el reportaje.

El convento, durante los fines de semana, se ha convertido en un punto de acogida de centenares de peregrinos: familias numerosas, jóvenes miembros de movimientos eclesiales y grupos parroquiales llegan en autobuses para participar de las oraciones, las obras teatrales y las exhortaciones a una vida cristiana plena.

Según El País, la mayoría de las religiosas jóvenes que se han visto atraídas por la vocación de Sor Verónica “ha tenido pareja y empleo… No son monjitas de escasa teología… han sido educadas en la Iglesia de resistencia de Juan Pablo II. Son militantes… Son urbanas y con estudios. Ninguna es inmigrante. Hay cinco hermanas de la misma familia; 11 parejas de hermanas de sangre y unas gemelas. Abunda la clase media. Y los títulos universitarios. Esta comunidad ofrece un completo catálogo de abogadas, economistas, físicas y químicas; ingenieras de caminos, industriales, agrícolas y aeronáuticas; arquitectas, médicas, farmacéuticas, biólogas y fisioterapeutas; bibliotecarias, filólogas, pedagogas y fotógrafas”.

Una de las hermanas de la comunidad entrevistada por El País define su clausura como “una casa abierta a los que llaman a nuestra puerta. Queremos compartir nuestra fe, dar a conocer lo que nos está pasando. Y si ven a Jesús en nosotras, adelante. España está tan pagana que hace falta que compartamos nuestra fe, no que la vivamos a solas. Es el momento de actuar”.

El crecimiento del convento desde la llegada de Sor Verónica ha sido explosivo: en 1994, cuando fue nombrada maestra de novicias con sólo 28 años, ingresaron 27 hermanas. En 2002 eran 72; en 2004, 92; en 2005, 105. Y 134 a finales del pasado mes de septiembre. Todas viviendo en un convento del siglo XVI construido para albergar a 32 religiosas.

Pero las religiosas cuentan ahora con un lugar dónde seguir creciendo: los Franciscanos de Lerma han prestado por 30 años el monasterio de La Aguilera, contiguo al santuario y a la tumba de San Pedro Regalado.

El monasterio se encuentra en un acelerado proceso de construcción para proporcionar un espacio moderno, funcional y bien iluminado, con energía obtenida mediante paneles solares.

El nuevo convento cuenta con 100 celdas

Poco tiempo atrás, el P. Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, predicó a las 140 monjas clarisas de Lerma. La visita del Capuchino italiano fue ocasión para un emotivo reportaje emitido por la RAI (Radio y Televisión Italiana) en hora de máxima audiencia, en Italia.

de 10 metros cuadrados, con cama, mesa y reclinatorio; mientras se construye un locutorio con capacidad para 400 personas, una hospedería, aseos para los visitantes, y una nueva capilla.

Una religiosa de 43 años, convertida en una de las prioras más jóvenes de su orden religiosa, ha revolucionado un antiguo convento de contemplativas Clarisas en España, convirtiéndolo en un imán para decenas de jóvenes mujeres profesionales.

Sor Verónica ingresó al convento de monjas Clarisas de clausura de la Ascensión fundado en Lerma (España) en 1604, cuando éste se encontraba en una crisis vocacional.

Era el 22 de enero de 1984 y Marijose Berzosa –el nombre de Sor Verónica en el mundo- decidió, a los 18 años, dejar atrás la carrera de medicina, los amigos, las discotecas de los 80 y el baloncesto.

“Nadie me entendió. Hubo apuestas de que no iba a durar nada. Pero ellos no sentían la fuerza del huracán que me arrastraba”, cuenta Sor Verónica. “Era la clásica adolescente en busca de una salida… y tomé la decisión en apenas quince días”.

Sor Verónica ingresó así a un convento donde hacía 23 años no entraba una novicia.

Sor Pureza de María Lubián, de 70 años, hoy abadesa del convento en Burgos, fue su formadora, y la recuerda como “una chiquilla encantadora. Muy noble y muy buena. Tenía 18 años y un porvenir. Todo lo abandonó. Siguió la llamada de Dios. Tenía una personalidad muy rica. Siempre fue líder. Y, espiritualmente, con una gran vocación. Tuvo luchas y dificultades. Hizo un gran esfuerzo. Pero actuó la gracia del Espíritu. Y ella se dejó hacer”.

El diario español El País, uno de los más favorables a la actual campaña socialista contra la Iglesia Católica en España, no pudo resistir publicar un extenso reportaje a Sor Verónica, quien según el diario, “se ha convertido en el mayor fenómeno de la Iglesia desde Teresa de Calcuta“; pues “ha hecho de aquel vetusto convento de Lerma un atractivo banderín de enganche para vocaciones femeninas que cuenta con 135 monjas con carrera y una media de edad de 35 años y un centenar más en lista de espera. Y ya ha abierto una sucursal en la localidad de La Aguilera, a 40 kilómetros de Lerma, en un enorme monasterio cedido por sus hermanos franciscanos.”

“Un boom insospechado de vocaciones cuando los jesuitas tienen apenas 20 novicios en toda España; los franciscanos, cinco, y los paúles, dos. En un momento en que se importan monjas de la India, Kenia o Paraguay para evitar el cierre de conventos habitados por ancianitas, y que la mayoría de nuestros sacerdotes superan los 60 años”, dice el reportaje.

El convento, durante los fines de semana, se ha convertido en un punto de acogida de centenares de peregrinos: familias numerosas, jóvenes miembros de movimientos eclesiales y grupos parroquiales llegan en autobuses para participar de las oraciones, las obras teatrales y las exhortaciones a una vida cristiana plena.

Según El País, la mayoría de las religiosas jóvenes que se han visto atraídas por la vocación de Sor Verónica “ha tenido pareja y empleo… No son monjitas de escasa teología… han sido educadas en la Iglesia de resistencia de Juan Pablo II. Son militantes… Son urbanas y con estudios. Ninguna es inmigrante. Hay cinco hermanas de la misma familia; 11 parejas de hermanas de sangre y unas gemelas. Abunda la clase media. Y los títulos universitarios. Esta comunidad ofrece un completo catálogo de abogadas, economistas, físicas y químicas; ingenieras de caminos, industriales, agrícolas y aeronáuticas; arquitectas, médicas, farmacéuticas, biólogas y fisioterapeutas; bibliotecarias, filólogas, pedagogas y fotógrafas”.

Una de las hermanas de la comunidad entrevistada por El País define su clausura como “una casa abierta a los que llaman a nuestra puerta. Queremos compartir nuestra fe, dar a conocer lo que nos está pasando. Y si ven a Jesús en nosotras, adelante. España está tan pagana que hace falta que compartamos nuestra fe, no que la vivamos a solas. Es el momento de actuar”.

El crecimiento del convento desde la llegada de Sor Verónica ha sido explosivo: en 1994, cuando fue nombrada maestra de novicias con sólo 28 años, ingresaron 27 hermanas. En 2002 eran 72; en 2004, 92; en 2005, 105. Y 134 a finales del pasado mes de septiembre. Todas viviendo en un convento del siglo XVI construido para albergar a 32 religiosas.

Pero las religiosas cuentan ahora con un lugar dónde seguir creciendo: los Franciscanos de Lerma han prestado por 30 años el monasterio de La Aguilera, contiguo al santuario y a la tumba de San Pedro Regalado.

El monasterio se encuentra en un acelerado proceso de construcción para proporcionar un espacio moderno, funcional y bien iluminado, con energía obtenida mediante paneles solares.

El nuevo convento cuenta con 100 celdas

de 10 metros cuadrados, con cama, mesa y reclinatorio; mientras se construye un locutorio con capacidad para 400 personas, una hospedería, aseos para los visitantes, y una nueva capilla.

Poco tiempo atrás, el P. Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, predicó a las 140 monjas clarisas de Lerma. La visita del Capuchino italiano fue ocasión para un emotivo reportaje emitido por la RAI (Radio y Televisión Italiana) en hora de máxima audiencia, en Italia.

«JESÚS DE NAZARETH» DE JOSEPH RATZINGER

«JESÚS DE NAZARETH» DE JOSEPH RATZINGER

Mauro Matthei

HUMANITAS NRO. 47

 

«Por cierto que no necesito decir que este libro no representa de manera alguna un pronunciamiento del magisterio de la Iglesia, sino únicamente una expresión de mi búsqueda personal del ‘rostro del Señor’ (Sal 27,8). Por ello quienquiera que opte por contradecirme, podrá hacerlo libremente. Tan sólo solicito de los lectores aquel anticipo de simpatía sin el cual no se logra comprensión alguna». Con este sorprendente y humilde gesto de bajar la guardia concluye Benedicto XVI su prólogo al primer tomo de su libro sobre Jesús de Nazaret, que en diez iluminados capítulos se aboca al tiempo desde el bautismo en el Jordán hasta la transfiguración en el Tabor. No obstante tal mo­destia, en la primera semana de su aparición se vendieron 50 mil ejemplares del libro y hasta la fecha las primeras ediciones en alemán, inglés e italiano van por el millón y medio de ejemplares. La edición griega mereció el público elogio del mismísimo patriarca de Constantinopla, Barto­lomé I, y no hace falta hablar de la avalancha de traducciones en las más diversas lenguas que se están preparando.
Es que en esta obra se comprueba una vez más el particular carisma de Benedicto XVI de discurrir sobre alta teología en el más simple y accesible de los lenguajes. Es de desear que todas las traducciones logren transmitir el lím­pido y hermoso alemán en que el Papa vertió su pensamiento, al mismo tiempo riguroso y documentadísimo. La edición de este fascinante retrato de la persona y vida de Jesús está exenta de notas al pie de página; pero en el apéndice se explicitan para cada capítulo los numerosos autores y títulos consultados. David se ha des­pojado de toda armadura al correr hacia Goliat. Y en esto de los autores el Papa procede con toda honestidad, sin hacer diferencia entre católicos, ortodoxos, protestantes y aun judíos. Entre estos últimos cita al rabino Jacob Neusner, de cuyo libro A Rabbi talks with Jesus. An Intermillenial Interfaith Exchange (Doubleday, New York 1993) confiesa que «le ha llegado a ser de una gran ayuda» (pg.134).
Vale la pena detenerse en esta observación. Re­vela Ratzinger: «Neusner, judío creyente y rabino, se educó en relaciones amistosas de cristianos cató­licos y evangélicos, dicta cátedra universitaria junto con teólogos cristianos, enfrenta la fe de sus colegas cristianos con profundo respeto, pero persevera en su honda convicción de la validez de la interpretación judía de las Sagradas Escrituras. Su respeto de la fe cristiana y su fidelidad al judaísmo lo han movido a buscar el diálogo con Jesús. Lo sigue en espíritu, se sienta a sus pies, escucha sus dichos y parábolas. Se siente tocado por la grandeza y pureza de sus palabras, pero al mismo tiempo lo inquieta la incom­patibilidad del sermón de la montaña con su propia fe. Finalmente se decide por no seguir a Jesús, para quedarse, como él lo expresa, ‘con el Israel eterno’». ¿Cuál es el motivo de su final alejamiento de Jesús? La centralidad de su «yo», su ponerse por encima de la ley divina, su pretensión de igualdad con Dios, que el rabino percibe como implícita en sus palabras. También la gente simple de Galilea había tenido esa impresión cuando «quedaron pasmados, de tal manera que se preguntaba unos a otros: ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con autoridad!» (Mc 1,27). Como se puede ver, el «escándalo» para Neusner no es otro que el de sus antepasados que le habían reprochado a Jesús: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn 10,33).
Ahora bien, es este el punto –el de las «preten­siones divinas» de Jesús de Nazaret, el de su «arrogancia» de hablar con «autoridad»– que inquieta igualmente a los exegetas cristianos que en seguimiento de Rudolf Bultmann han explorado las Escrituras aplicando el llamado método histórico-crítico. Según el famoso exe­geta protestante el Nuevo Testamento no nos revelaría a Jesús, sino solamente lo que la comu­nidad primitiva creía de él. Por lo tanto, habría que descubrir al «Jesús histórico», a través, o a contrapelo del «Cristo de la fe» elaborado por los seguidores del maestro. Todo lo que los evangelios ponen en boca de Jesús y suena a con­ciencia mesiánica, simplificando un poco, «no puede haberlo dicho él, o al menos no de este modo». Se imponía, pues, el examen o revisión de los distintos estratos de las tradiciones. Pero la cosecha de este intento de «reconstrucción» del Jesús histórico resultó magra y altamente contradictoria. Ratzinger, sin negar la utilidad de dicho método, analiza en el prólogo de su libro sus prejuicios y limitaciones.
Se detiene especialmente en el exegeta católico más importante de Alemania, Rudolf Schnac­kenburg, que se había dado perfecta cuenta del efecto demoledor para la fe que había causado tanto análisis crítico de los textos del Nuevo Testamento. En su último libro La persona de Jesucristo en el espejo de los cuatro evangelios (Herder, Friburgo 1993), había tratado de con­ciliar de algún modo dicho «método científico» con los datos tradicionales de la fe para llegar a conclusiones que Ratzinger encuentra am­biguas. Cita una de las conclusiones del libro de Schnackenburg: «Al misterioso hijo de Dios aparecido en la tierra los evangelios tratan como de revestirlo de carne» y comenta con suave burla: «Los evangelios no necesitaban ‘revestirlo’ de carne, ya que él realmente se había encarnado» (p.13).
Asimilando, con todo, lo positivo que ofrece la ciencia exegética moderna y las precisiones que la misma Iglesia, después de la Dei Verbum ha presentado en dos documentos a los que Ratzinger se refiere varias veces (La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1994 y El pueblo judío y su Escritura Sagrada en la Biblia cristiana, 2001), el autor se ha propuesto, como dice «presentar al Jesús de los evangelios como el Jesús real, como el ‘Jesús histórico’ en su sentido propio» Y prosigue: «Estoy persuadido, y espero que también los lectores puedan verlo, que tal figura de Jesús es mucho más lógica, y también desde el punto de vista de la historia mucho más comprensible que aquellas reconstruccio­nes con las cuales se nos ha confrontado en los pasados decenios. Pienso que precisamente este Jesús, el de los evangelios, es una figura con sentido y ajustada al dato histórico. Sólo en el caso de que haya sucedido algo extraordinario, de que la persona y las palabras de Jesús hayan sobrepasado radicalmente el término medio de todas las esperanzas y expectativas, se ex­plica su crucifixión, se esclarecen las repercusiones de su persona. Apenas a aproximadamente veinte años de la muerte de Jesús encontramos en el gran himno a Cristo de la carta a los Filipenses (2,6-11) una cristología plenamente desplegada, en la cual se dice de Jesús que era igual a Dios, pero que se despojó de su rango, se hizo hombre, se humilló hasta la muer­te, hasta la muerte en cruz y de que le corresponde el homenaje cósmico, la adoración, que Dios había anunciado en el profeta Isaías (45,23) y a la cual tan sólo él tenía derecho» (Prólogo, pp. 20-21).
Después de esta hábil contraposición de los motivos tanto de judíos como de los modernos exegetas protestantes para no admitir los ele­mentos divinos –digámoslo así– en la persona de Jesús, el Papa pasa en los diez capítulos de su libro a levantar los sillares de su «opción creyente». Después de una Introducción titulada «Primera mirada al secreto de Jesús» sigue con los capítulos: 1. El bautismo de Jesús; 2. Las tentaciones de Jesús; 3. El evangelio del reino de Dios; 4. El sermón de la montaña; 5. La oración del Señor; 6. Los discípulos; 7. El mensaje de las parábolas; 8. Las grandes imágenes de San Juan; 9. Dos hitos importantes en el camino de Jesús: La confesión de Pedro y la Transfiguración; 10. Autotestimonios de Jesús. En cada uno de estos temas, desarrollados en estilo de meditaciones, se prosigue al mismo tiempo la refutación de su anterior abordaje por la exégesis racionalis­ta, de modo que la fe tradicional sale en todo momento fortalecida. La «opción creyente», la actitud de confiar simplemente en lo que dicen los evangelios, no es irracional, recuerda Ratzinger, sino altamente racional y no sólo eso, sino simultáneamente «razonable». Para captar las vibraciones que contienen estas palabras de Benedicto XVI, conviene tomar nota de que en la lengua alemana el concepto de «razón» conlleva el de «razonabilidad», «sensatez». Para el Papa es «sensato» prestar credibilidad a los evangelios y partir de la base de que ellos no oscurecen la figura de Jesús, sino que la ponen al descubierto.
A la posible objeción de que la fe obraría como una especie de «prejuicio» que impediría reco­nocer la verdad del objeto, Ratzinger desenmas­cara a su vez los prejuicios de los racionalistas, que responden a la sentencia de que «no puede ser lo que no debe ser». Y este «no debe ser» en el caso de Jesús es su autoconciencia divina. La diferencia está en que la fe es una forma de conocimiento, es decir, un acto de la inteligencia, mientras que el principio de que «no puede ser lo que no debe ser» es un acto de la voluntad. Mejor se entiende así, por qué en su discurso de Ratisbona, Benedicto XVI apela a la ampliación de la razón, a dejar caer las autolimitaciones que excluyen de lo razonable el fenómeno religioso.
Magistral es también cómo en el capítulo 8, que trata de «Las grandes imágenes de San Juan», Ratzinger, por medio de una introducción so­bre la problemática joanea (pp.260-280), entra resueltamente en el terreno más sagrado de la exégesis racionalista. La obra cumbre de ésta la había constituido, sin duda, el comentario del evangelio de San Juan de Rudolf Bultmann, publicado en Gotinga en 1941. No es posible explayarse en este espacio sobre la argumenta­ción, normalmente serena, con que Ratzinger rebate los principales argumentos de la tesis bultmaniana. Pero, al concluir, no se cohíbe en las frases más «duras» de su libro: «En este punto Bultmann yerra» y, algo más adelante: «Cuando, partiendo del actual estado de las investigaciones (bí­blicas), volvemos la mirada a la interpretación joanea de Bultmann, se vuelve a hacer evidente cuán poco una alta calidad científica logra evitar abismantes errores»(p.262).
El libro concluye con el más apasionante de sus capítulos, titulado «Los autotestimonios de Jesús». En él el autor analiza tres títulos con que Jesús se refiere a sí mismo: Primero, el más frecuente en la boca de Jesús: «Hijo del hombre»; después, el más medular, «Hijo»; finalmente el más misterioso: «Yo soy». Todo en estos pasajes es a la vez tradicional y sorprendente, «nuevo». La Iglesia primitiva, nos dice Ratzinger, tuvo que comprender y aclarar estos títulos y delimitar­los contra interpretaciones tendenciosas en un largo proceso, que desembocó en el recurso del concilio de Nicea (325 d.C) al término griego «homoousios»: la Palabra es «consubstancial» con el Padre. «Esta palabra no ha helenizado la fe, ni la recargó con una filosofía extraña, sino que retuvo precisamente lo incomparablemente ‘nuevo’ y ‘diferente’ que se manifestó en las palabras de Jesús a su Padre. En el Credo de Nicea la Iglesia confiesa con Pedro siempre de nuevo a Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,16)» (p.407).

Con este libro Benedicto XVI incontestablemente ha lanzado una piedra al lago, que producirá muchos e imprevisibles círculos.