Los vicios más comunes en la Pastoral

Desde hace varios años la Pastoral de la Iglesia ha intentado superar viejos vicios heredados de épocas pasadas. Ha buscado tenazmente un nuevo estilo.
La batalla parece, sin embargo, más lenta de lo deseado. Innumerables laicos y pastores han alimentado un sueño que no acaba de llegar. Han luchado por una pastoral más acorde con los tiempos actuales, con las aspiraciones de la gente y con los retos de una realidad vertiginosamente cambiante.
Existen todavía prácticas tan arraigadas que parecen indestructibles. Forman parte del paisaje pastoral habitual. Son como inercias irrefrenables, ligaduras que encadenan, padecimientos incurables.
Pues bien, ¿cuáles son los vicios más comunes en la Pastoral?

1. La improvisación. Se manifiesta en la actitud y la práctica del que se guía por los criterios de la pura intuición, de la espontaneidad o de las corazonadas. Hay una total ausencia de análisis, de reflexión seria y de organización que aseguran una Pastoral entendida como un proceso continuo y no sólo como un conjunto de sucesos ocasionales y desconectados entre sí.

2. El centralismo. Es una práctica pastoral que concentra las decisiones y las responsabilidades en manos de una persona o de unas cuantas. Se ignoran los carismas ajenos. Se asfixian o se reprimen los talentos. Se desconoce el derecho fundamental a decir la propia palabra. Se elimina a los otros como protagonistas de la obra común. El centralismo en pastoral impide el crecimiento y la maduración de las personas por la avidez del control Los demás no son colaboradores, sino simples objetos manipulables y buenos sólo para ejecutar consignas.

3. El individualismo. Es la pura coexistencia y la yuxtaposición que nunca llega a ser convivencia profunda. Allí la vida avanza paralelamente sin jamás producir el encuentro. En la convivencia hay circulación de vida que acerca y vincula para realizar proyectos comunes. El individualismo es la conciencia distorsionada del propio valer personal. Es la incapacidad para reconocer que la vida sólo llega a plenitud en la madura interdependencia de unos y otros.

4. La dispersión. Es el derroche de los recursos, de los medios, el tiempo, el dinero y el personal de que se dispone en un trabajo. Los resultados suelen ser la ineficacia y el desgaste. Cuando se desconocen las urgencias, las necesidades y las prioridades del campo de trabajo, entonces aparece la dispersión como algo inevitable. No se sabe qué se quiere ni a donde se desea llegar. Se invierten y se gastan recursos, pero sin trazarse objetivos y sin verificar si se están dando avances sustanciales y significativos. Hay derroche.

5. La discontinuidad. Es frecuente realizar la pastoral como si ésta sólo fuera un conjunto de trozos de historia sin conexión ni continuidad entre ellos. Se olvida que la historia tiene un antes de nosotros, un hoy y un después. Hay una miopía que rechaza el pasado, absolutiza el presente y se cierra al porvenir. Hay quienes viven como si la historia comenzara con ellos, negándose tercamente a reconocer la obra de los predecesores. Y lo que ocurre es que se esterilizan a sí mismos, pues sienten como una humillación apoyarse en lo que otros hicieron. ¿Quién hay que pueda demostrar que lo suyo no está de algún modo fundado en lo que otros han hecho antes? Cada uno tiene su tiempo y su palabra en la historia. Desconocer esta sencilla verdad es renunciar a una dimensión muy importante de la sabiduría pastoral.

Por el P. Francisco Merlos Arroyo,
Del folleto La Pastoral en camino
y el camino de  la Pastoral
Universidad Pontificia de México, 1995.

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