EL MONJE REBELDE

EL MONJE REBELDE

 

Prólogo

De improviso apareció en una ladera del volcán, entre las ruinas de una antigua ermita, un hombre misterioso. Lo único que hacía era pasear, meditar y orar, a veces de rodillas, a veces acostado sobre la nuda tierra mirando al cielo y a veces sentado sobre el tronco de algún árbol y con los ojos cerrados. Siempre con un libro entre manos (después descubrieron que se trataba de la Biblia).

Al principio nadie le hacía caso. Sin embargo, con el pasar del tiempo, su presencia empezó a intrigar a muchos. La gente se preguntaba: “¿Quién será el anciano de la ermita? ¿Será un brujo, un curandero, un adivino o de plano un mendigo, que no tiene donde pasar los últimos días de su vida? ¿Cómo hace para vivir en un lugar totalmente despoblado y con el continuo riesgo de quedar atrapado por una eventual erupción del “monstruo sagrado”? (Así entre la gente se le llamaba al volcán).

Por fin alguien, urgido por algún tipo de problema, empezó a frecuentarlo pidiendo su ayuda. Y él lo único que hacía era orar y orar. A veces lo hacía con los ojos cerrados, a veces mirando al cielo y a veces llorando. Casi nunca la gente entendía lo que decía, pero siempre se alejaba de él satisfecha, con el alma en paz. Por eso se empezó a llamarlo “el monje”, “el monje de la ermita” o “el monje de la montaña”.

Cuando había algún problema, la gente, en lugar de seguir con la antigua costumbre de pedir al cura una misa al “Santo Cristo de los Milagros” (un crucifijo muy venerado en el santuario que se encontraba a los pies del volcán) o ir en peregrinación a “la Virgen de los Espantos” (el santuario más famoso de la región), se dirigía hacia la cumbre del volcán, en busca del monje de la ermita. Y se sentía mejor. Según lo que decía la gente, a raíz de algún encuentro que tenían con el monje, muchos se quedaban inquietos, con unas inexplicables ganas de orar, llorar o hablar con algún cura y sacar todo lo que tenían adentro.

Otro hecho que empezó a impactar a todos los que de una manera u otra llegaban a tener algún contacto con él, fue su rechazo total hacia el dinero. Aceptaba fruta, quesos, verdura…, pero nunca dinero. A veces, para que pudiera alimentarse mejor, la gente dejaba en los alrededores de la ermita algún conejo, alguna gallina o algún guajolote, amarrados a un palo con un poco de arroz o maíz. Y el monje sistemáticamente los soltaba, por lo cual en los alrededores de la ermita no era difícil encontrar conejos, gallinas o guajolotes, que tranquilamente se movían por allá sin tenerles miedo ni a la gente de paso que se dirigía a la cumbre del volcán ni a los que llegaban muy seguido para consultar al monje.

Cuando alguien, por descuido, mal hábito o simplemente por ignorancia, le ofrecía algún dinero, era como si se le apareciera el diablo en persona: como que se espantaba, se volvía histérico, lo agarraba y lo tiraba lejos, como algo extremadamente peligroso. Y se retiraba de inmediato. Se veía claramente que con el dinero no quería tener nada que ver. En alguna ocasión alguien lo escuchó decir: “O Dios o el dinero. No se puede servir a dos amos”

Pues bien, ¿no te gustaría conocer los pormenores de una vida tan azarosa como la del monje de la montaña, un hombre tan querido y admirado por unos y al mismo tiempo tan aborrecido y despreciado por otros, cuyo recuerdo no deja de inquietar a tanta gente, que aún se dirige a la ermita del volcán en busca de aires más puros y con el secreto deseo de volver a saborear aquel encuentro dichoso que cambió su vida?

Sígueme y te aseguro que no te arrepentirás. Con una condición: que no pretendas ahondar demasiado en el misterio que encierra el hombre de la montaña, corriendo el riesgo de quedar totalmente atrapado por su hechizo y perder el sentido de todo lo demás.

Y con esta advertencia me despido, deseándote una sabrosa lectura, que sin duda va a marcar profundamente tu vida.

 

Oaxaca, Oax., 29/05/2010.

 

Capítulo 1

 

QUE NO SE ENOJE

EL SANTO CRISTO DE LOS MILAGROS

 

Un día me mandó llamar el obispo con carácter de urgencia (en aquel tiempo un servidor le hacía de secretario particular, mandadero, chofer y a veces hasta de cocinero):

–Fíjese, padre, que el asunto del volcán se está volviendo muy serio. Parece que los devotos del Santo Cristo de los Milagros quieren acabar de una vez con el monje de la montaña y sus seguidores. Según ellos, el Santo Cristo ya se enojó por el notable calo de peregrinaciones a su santuario, desde cuando llegó el mentado monje. No me extrañaría que, al reanudarse las erupciones, según pronostican los expertos, la situación precipitara y se nos escapara de las manos, quedando nosotros, como Iglesia, envueltos en un lío de dimensiones imprevisibles.

–Estoy seguro de que en todo este asunto tiene mucho que ver el cura del santuario, un hombre sin escrúpulos y muy apegado al dinero.

–Puede ser. En este caso, es mucho mejor que de una vez se aclare la identidad del monje y se defina la línea a seguir, antes de que sea demasiado tarde y tengamos que lamentar sucesos irreparables. Usted ya sabe cómo es la gente, cuando se les tocan sus santitos.

–De acuerdo.

Y me comuniqué de inmediato con el rector del santuario, que por cierto noté extremadamente disgustado por lo que estaba pasando desde la aparición del monje en la ermita del volcán:

–No solamente están disminuyendo de manera drástica las limosnas, sino que contemporáneamente está aumentando de manera considerable mi trabajo, sin recibir a cambio ni un centavo. Fíjese que, desde que llegó aquel brujo desgraciado (no sé cómo llamarlo de otra manera), no falta día en que no se me presente alguien con un deseo inmenso de hablar conmigo y contarme un montón de cosas que no vienen al caso, entre lágrimas y suspiros, como si yo no tuviera otra cosa que hacer. ¿Y las misas al Santo Cristo de los Milagros? ¿Y los responsos? ¿Y las imágenes? Casi nada. Llegan, se confiesan, oran y lloran delante del sagrario… y se retiran en santa paz, como si ya no existiera el Santo Cristo de los Milagros. Y todo esto por culpa de aquel maldito monje, que se está encargando de lavar el coco a cualquier ignorante que se le presente.

Teniendo presente su estado de ánimo, creí prudente encomendarle que guardara una cierta compostura en el encuentro que pronto tendríamos con el dichoso monje (en fin de cuenta, nadie sabía a ciencia cierta quién era en realidad). Una advertencia inútil, ¡tantas eran las ganas que le traía de destrozarlo de una vez, máxime por el hecho que, al vernos, se me acercó a mí, me besó la mano y me pidió la bendición, mientras a él no lo dignó ni de una sola mirada.

Así que, de inmediato lo invistió:

–¿Con qué autoridad estás aquí, haciendo todo este desastre? ¿No sabes que yo soy el rector del santuario y aquí nadie ni nada se mueve sin que yo lo autorice? ¿O quieres que de una vez te saque de aquí a patadas?

Pronto me di cuenta de que por este camino no íbamos a llegar a nada. Por eso me apresuré a intervenir, pidiendo disculpas al supuesto monje por una actitud tan agresiva de parte del rector del santuario y aclarando que estábamos allá por una encomienda del señor obispo.

–El obispo quiere saber quién es usted y cuáles son sus planes al establecerse en la ermita.

Ninguna respuesta. El monje sencillamente escuchaba y oraba en silencio con la mirada fija en el suelo. Lo que contribuyó a exasperar a mi amigo, que por poco se le aventaba encima con ganas de pulverizarlo de una vez.

Al darme cuenta de lo difícil que se había puesto la situación, opté por invitar a mi amigo a retirarnos, en espera de otra oportunidad para aclarar las cosas con calma, como se acostumbra entre gente civilizada. Mientras bajábamos, después de haber caminado un buen rato en silencio los dos, el rector del santuario, ya calmado, me presentó su plan de acción: azuzar a su gente para que de una vez pusieran punto final al asunto, destruyendo por completo la ermita y propinando al monje una santa paliza, para que se alejara definitivamente del volcán y no se le ocurriera regresar por ninguna razón, bajo serias amenazas de muerte.

Ante mi muestra de desaprobación, volvió a enojarse:

–¿En qué mundo viven ustedes de la curia? ¿No se dan cuenta de que ésta es la única manera de evitar lo peor? Imagínese qué pasaría el día en que se reventara el volcán y se pusiera en peligro la seguridad del santuario. ¿Qué pensaría la gente? Que fue un castigo del Santo Cristo de los Milagros por el abandono en que lo han dejado sus antiguos devotos por seguir al maldito monje, que con su cara de menso está echando a perder las mejores tradiciones de nuestro pueblo.

Traté de hacerle entender la importancia de educar al pueblo en la verdadera fe, dejando a un lado creencias que, en lugar de ayudarlo, lo atoran en su caminar hacia Dios. Al escuchar mi sugerencia, más se enojó:

–Para ustedes de la curia, todo es sencillo. Cuentan con un buen sueldo. ¿Qué más quieren? El problema es para nosotros, pobres curas del campo, que, si no contamos con misas y responsos suficientes, nos morimos de hambre. ¿O prefiere que cobremos por las confesiones? Sería una buena idea meter una tarifa por cada tipo de pecado. Entonces, si que le entro, como se hace por las confirmaciones, las primeras comuniones y los matrimonios.

–Usted está loco – le contesté y concluyó el intento de conversación.

Evidentemente, cuando el obispo se enteró de cómo iban las cosas, no tuvo más remedio que cambiar de lugar al rector del santuario, enviándolo de vicario en una rica parroquia del centro de la ciudad y sustituyéndolo con un sacerdote ya jubilado, que recibió la noticia con sumo agrado. Y con eso se abrió el camino para una solución pacífica del caso, evitando el peligro de enfrentamientos peligrosos a nivel popular.

Nadie se imaginaba, ni remotamente, qué rumbo iban a tomar los acontecimientos con este nombramiento y qué tamaño alboroto le iban a crear a la Iglesia diocesana el supuesto monje con el anciano recién nombrado rector del santuario, involucrando directamente al mismo obispo.

 

Capítulo 2

LA VOZ DEL VOLCÁN

 

Al llegar el nuevo rector del santuario, lo primero que hice fue averiguar la real actitud de la gente con relación al asunto del monje.

–Nada en especial –me contestó el nuevo rector del santuario–. En realidad, los verdaderos devotos del Santo Cristo de los Milagros no son de aquí. Por lo general vienen de lejos, de vez en cuando, para pedir algún milagro en caso de una enfermedad u otra necesidad particular. Los de aquí normalmente son vendedores de artículos religiosos. No les importa qué es lo que venden: para ellos es lo mismo vender estatuas y estampitas del Santo Cristo de los Milagros o cualquier otra cosa. Una vez que se dan cuenta de que un artículo ya no tiene salida, buscan otro. Fíjese que ahora uno de los artículos más vendidos, es una estampa del monje de la montaña, que todos consideran muy milagrosa, por tratarse de algo que tiene que ver con un santo (un brujo o un curandero) muy poderoso. Por eso ya lo están explotando para su negocio, sin negar que entre los mismos vendedores no faltan algunos de sus fans más fanáticos a causa de algún favor que recibieron de él.

–Ni modo. Así es nuestra gente. Quiere vivir de milagros, vengan de donde vengan.

–Estando las cosas como están, nuestra gente no tiene otra salida que confiar en los milagros. Ojalá que después no queden decepcionados y manden todo por un tubo, incluso a nosotros que, en lugar de educarlos en la fe auténtica, casi siempre nos vamos por las ramas.

–Por eso tenemos que apresurarnos a definir la situación del dichoso monje de la montaña. No vaya a pasar que también él resulte ser un embustero cualquiera y después nos toque a nosotros pagar la factura.

Con este propósito, un día subimos a la ermita del volcán, un servidor y el nuevo rector del santuario, decididos a desentrañar el misterio del supuesto monje. Y, gracias a Dios, todo nos resultó más fácil de lo previsto. Al llegar, encontramos al monje sentado sobre el tronco de un árbol, en actitud de espera. Apenas se dio cuenta de nuestra presencia, se levantó, se nos acercó y nos besó la mano a los dos con mucha reverencia. Después nos invitó a sentarnos sobre el mismo tronco y se puso a nuestra completa disposición, listo para satisfacer cualquier curiosidad de parte nuestra.

Me tocó a mí empezar:

–Señor, como le expresé la otra vez, estamos aquí para cumplir con una encomienda del señor obispo. Todos estamos ansiosos de saber quién es usted en realidad, puesto que sobre su personalidad circulan muchas voces (que es un brujo, un curandero o un santo) y nosotros no sabemos qué pensar al respecto, por carecer de una información fidedigna. Por eso estamos aquí, para escuchar de sus mismos labios qué dice usted acerca de sí mismo, para informar al obispo y dar una respuesta precisa cuando alguien nos pide alguna opinión acerca de su persona.

El monje se levantó y dio unos pasos, meditando en silencio. Volvió a plantarse delante de nosotros, nos miró en los ojos por unos breves instantes y, a toda prisa y como avergonzado, soltó estas palabras:

–Soy sacerdote. – Y volvió a encerrarse en su mutismo.

Quedamos petrificados, sin saber qué pensar. Por fin, después de unos minutos eternos, el rector del santuario rompió el silencio:

–Me lo imaginaba. – Y corrió hacia él abrazándolo efusivamente. No supe qué hacer, si quedarme contemplando una escena que no comprendía en absoluto o retirarme en santa paz, imaginándome cualquier cosa. Por fin, el monje (empecé a sospechar que tal vez en realidad se trataba de un verdadero monje) se liberó de los brazos del rector del santuario y empezó a contar su historia, mientras éste pendía literalmente de sus labios y no se cansaba de asentir continuamente con la cabeza. A leguas se veía que los dos tenían mucho en común.

–Acabo de cumplir cincuenta años de ministerio en tierra de misión –siguió el monje, paseando delante de nosotros y con la mirada fija en el suelo–, sin regresar ni una vez a mi tierra, disque por celo misionero, es decir, para no perder tiempo. Y a mi regreso, ¿qué encuentro? Un desastre. Más de la mitad de la población ya se cambió de religión, sin que los señores curas se den por enterados. Para ellos, todo es normal. Nadie tiene la culpa. Ven todo esto como algo natural. Digan ustedes si, ante un cinismo tan evidente, no tengo derecho a perder los estribos. Cuando salí de mi pueblo, todos éramos católicos; regreso después de cincuenta años y ¿qué veo? Cuarenta mil habitantes, más de la mitad, evangélicos y treinta mil católicos. Los cuarenta mil evangélicos cuentan con unos cuatrocientos pastores y casi otros tantos templos, algunos bastante grandes y otros muy chiquitos, mientras los católicos cuentan con un solo sacerdote, un templo grande y tres o cuatro capillas. Otro detalle: mientras los templos evangélicos rebosan entusiasmo y optimismo, los templos católicos dan pena al solo verlos: casi siempre cerrados, llenos de estatuas (parecen museos o tiendas de antigüedades) y frecuentados casi siempre por ancianos. ¿Qué pasó? Que durante muchos años mi pueblo fue atendido por misioneros extranjeros, que lo único que hicieron fue repartir a la gente ropa y comida, sin preocuparse de su formación espiritual. “¡Pobre gente! –Pensaban– No se les puede hablar de Dios, mientras tengan el estómago vacío. Y pasaron los años, sin un interés real por su superación espiritual. Pura religiosidad popular: fiestas, imágenes y diversión. Hasta que también en su país arreció la crisis vocacional y tuvieron que retirarse, dejando al clero local un paquete superior a su capacidad, un clero sin dinero y sin verdadera experiencia pastoral. Y llegaron los gringos, que supieron conjugar oportunamente el aspecto material con el aspecto espiritual: comida y Palabra de Dios. Además, pronto enseñaron a su gente a colaborar económicamente para sostener las actividades de sus iglesias mediante los diezmos, las primicias y las ofrendas. Con esto se llegó a la situación actual, dando origen a un catolicismo totalmente en picada y una competencia en claro ascenso. ¿Y el clero? Totalmente quitado de la pena, tranquilo, ecuménicamente abierto y mendigando algún gesto de aprobación de parte de la competencia, que lo mira con desprecio y, si alguna vez da la impresión de hacerle caso, es solamente por tratar de enturbiar más las aguas y pescar mejor, quitándole a más gente bajo sus mismas narices. Fíjense que en una ocasión los curas, al darse cuenta de la situación y tratar de aportar algún remedio, organizaron un congreso “ecuménico”, dando a la competencia la oportunidad de explicar a los católicos el secreto de su éxito, y más se complicaron las cosas. ¿Dónde está el problema? En el clero, que no está preparado para enfrentar la problemática actual, puesto que quiere seguir viviendo de la administración de los sacramentos y por ninguna razón está dispuesto a compartir con otros, por ejemplo, los diáconos permanentes y otras personas a tiemplo completo, los recursos económicos que logra captar. Su lema es: “Yo, todo yo, siempre yo; yo o nadie”. Está dispuesto a perderlo todo, con tal de no ceder ni un palmo de terreno en el campo económico o del poder. Que los laicos evangelicen, trabajen, hagan lo que puedan; lo importante es que, al momento de la cosecha, desaparezcan y todo caiga en su bolsa. Como dice un refrán: “Cuando se tocan las bolsas, hasta los chivos respingan”.

Un servidor y el rector del santuario nos miramos en la cara y no nos quedó que asentir: “Ni modo –pensamos los dos–. Es la pura realidad. ¿Para qué hacerse tontos?”. Así que el monje (o ex misionero) siguió adelante:

–Pues bien, al toparme con esta tremenda realidad, caí en una profunda depresión, de la cual aún no logro salir completamente. Empecé a ver todo negro, todo inútil, una vida sin sentido… Y decidí dejar el ministerio para dedicarme solamente a lo mío. Le devolví al obispo las licencias ministeriales y me vine aquí para prepararme al gran paso. “En fin de cuentas –pensé–, ya rebasé abundantemente los setenta y cinco años, ya estoy jubilado… Tengo derecho a dedicar los últimos años de mi vida a prepararme al encuentro definitivo con el Jefe. No me vaya a pasar que, mientras me preocupe tanto por los demás, al final yo mismo quede fuera de la jugada”.

–Es lo mismo que me ha pasado a mí – intervino el rector del santuario –.Después de tantos años de ministerio incansable, al final me encuentro con las manos vacías. Lo que más me molesta, es constatar como mucha gente que yo bauticé, confesé y casé por la Iglesia, se pasaron con la competencia, aseguran que ahora se sienten mejor y se han vuelto en mis peores enemigos. Esto me pone los pelos de punta. “Entonces, – pienso – ¿para qué sirvieron tantos años de sacrificio, dedicados incansablemente al ministerio sacerdotal?” Lo peor del caso es darme cuenta de que se trata de la pura realidad.

Mientras aún estaba hablando, se sintió un leve temblor de la tierra, que poco a poco fue aumentando hasta causar un cierto desplazamiento del tronco del árbol, que provocó un tremendo susto a los dos (un servidor y el rector de santuario), que nos apresuramos a levantarnos sin saber qué hacer. El monje nos miró con cierta complacencia y nos preguntó en tono burlón:

–¿Qué tal la voz del volcán? Algo dura, ¿verdad? Les confieso que desde cuando estoy en la escuela del volcán, muchas cosas empezaron a cambiar en mi vida.

Con esto dio por terminada la entrevista y se retiró. Lo alcanzó el rector del santuario, que le agradeció su testimonio y le habló acerca de su experiencia como rector del santuario:

–Fíjese, padre, que desde que llegué al santuario, mi vida recobró el entusiasmo de mis años mozos, cuando acababa de recibir la ordenación sacerdotal. No pasa día que algún pez gordo no se me presente para descargar su costal y lo que me urge decirle es que todos me platican del encuentro que tuvieron con usted, en la ermita del volcán.

Al escuchar esto, el monje se perturbó, pensó unos instantes y concluyó:

–Eso les pasa a todos los que escuchan la voz del volcán, como la escucharon hoy ustedes mismos. –Y se retiró definitivamente.

No nos quedó que tomar el camino del regreso, un servidor callado y pensativo, mientras el rector del santuario no se cansaba de comentar algún detalle de lo que había dicho el monje. Se le veía eufórico, haciendo planes como un recién casado. Lo preocupante para mí era que no me parecían tan descabellados, como me hubieran parecido unas horas antes. Evidentemente la voz del volcán estaba surtiendo su efecto.

 

Capítulo 3

 

CUANDO LOS GRANDES PIERDEN LA BRÚJULA

 

Al escuchar nuestro relato, el señor obispo se salió con el mismo comentario del rector del santuario: “Me lo imaginaba”. De inmediato se transformó su rostro y le entraron unas profundas ansias de correr hacia la montaña, para entrevistarse con el dichoso monje. Así que, a menos de dos días de distancia, tuve que cimentarme otra vez con el volcán, en un recorrido bastante fatigoso.

Apenas el monje vio al obispo, se asustó, se le puso de rodillas y le pidió perdón por encontrarse en su jurisdicción sin ni siquiera avisarle. Se imaginaba lo peor. Pero no fue así. Pronto el obispo nos hizo señas a mí y al rector del santuario de quedarnos a cierta distancia, pidió al monje el favor de sentarse sobre el tronco del árbol, se le puso de rodillas y dio inicio a su confesión, no obstante el esfuerzo que éste hiciera por rehusarse a cumplir con un ministerio que creía haber abandonado para siempre. Se trató de una larga confesión, que duró casi dos horas, el señor obispo hablando y el monje escuchando (sin duda se trataba de una confesión general). Al final, el monje le puso las manos sobre la cabeza y duró un buen rato orando por él.

Como dice el refrán: “Cuando ves a tu vecino rasurar, pon tu barba a remojar”. Fue lo que nos pasó a mí y al rector del santuario. Cuando vimos al señor obispo hacer su confesión con tanta devoción, no nos quedó que hacer un buen examen de conciencia en espera de nuestro turno. Así que se nos pasó el día entre la confesión y la oración, en un ambiente cargado de misticismo, al contacto directo con Dios y la naturaleza. Al final, casi automáticamente tomamos el camino del regreso, sin haber tratado nada de lo que nos habíamos propuesto al principio. El único comentario, que hizo el señor obispo durante el camino, fue el siguiente:

–¡Cómo se ven diferentes las cosas desde la montaña y desde el valle!

Una semana después ya estábamos de regreso a la ermita del monje, el señor obispo, el rector del santuario y un servidor. Todos estábamos ansiosos de conocer su punto de vista acerca de la situación actual de la Iglesia, teniendo en cuenta su larga experiencia como misionero.

–¿Qué les voy a decir? –Empezó el monje, después de unos minutos de reflexión.– Tengo la impresión de que, dentro de la Iglesia, los que llevan la batuta hayan perdido la brújula. Aún siguen pensando y actuando como si viviéramos en la edad media, es decir, en un régimen de cristiandad, siendo todos católicos. Y les pasa lo mismo que le pasó al perro de las dos tortas, que a la mera hora se quedó sin nada. En lugar de enfocarse en la actual problemática eclesial, tratando de garantizar a todos los creyentes una auténtica vivencia de la fe, teniendo en cuenta los cambios culturales que se han dado, y se siguen dando, desde hace algunos siglos, descuidan lo propio y se meten en asuntos que no le corresponden, como si viviéramos en épocas pasadas. Y a la mera hora quedan mal con la Iglesia y la sociedad. Lo peor del caso es que, para no perder gente, manejan los asuntos de la fe con extrema superficialidad, dándoles a todos por su lado con el pretexto de la religiosidad popular, y a la mera hora la gente más sensible a los valores espirituales se aleja de nosotros en busca de aires más puros, atraída por otras propuestas religiosas. No me explico por qué esos señores, que parecen tan inteligentes y preparados, no logran entender que nos encontramos en las postrimerías de un modelo eclesial ya agotado, caduco e ineficiente y por lo tanto es tiempo de pensar en un nuevo modelo de Iglesia, dejando de mirar con simpatía hacia la Iglesia de la edad media y buscando inspiración en la Iglesia de los inicios del cristianismo, preocupándose antes que nada por formar a verdaderos discípulos de Cristo. Solamente así será posible volver a soñar en una Iglesia que sea realmente “Sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5, 13. 16), como sucedió durante los primeros siglos de nuestra era, antes que el emperador Constantino empezara a revolverlo todo. Fijémonos en la competencia. ¿Por qué avanza? Porque está enfocada esencialmente al aspecto religioso y al cuidado de su gente, lo que le permite desplegar como consecuencia una intensa actividad misionera, precisamente por contar con gente convencida y entregada a la causa. Mientras nosotros, por querer abarcarlo todo y quedar bien con todos, quemamos etapas y descuidamos la formación y el pastoreo de nuestra gente, brincando inmediatamente al ámbito social y quedando a la mera hora con católicos a medias, incapaces de desarrollar su verdadero papel dentro y fuera de la Iglesia. De ahí nuestro fracaso pastoral, con las consecuencias que todos conocemos.

Los tres estábamos pendientes de sus labios, como en espera de un oráculo.

–Tenemos que entender – siguió impertérrito el monje, después de unos minutos de pausa – que existe una enorme diferencia entre el Evangelio y la Cultura, la manera de pensar de Dios (sabiduría divina) y la manera de pensar del hombre (sabiduría humana), el discurso evangélicamente correcto y el discurso políticamente correcto. En realidad, se trata de dos mundos bastante diferentes: el mundo de Dios y el mundo del hombre. Pues bien, ¿en qué consiste el error de estos “sabios y entendidos”? Consiste precisamente en querer reconciliarlo todo con el pretexto de las “semillas del Verbo”, como si no hubiera diferencia entre las “semillas del Verbo” y el “Verbo encarnado”. Y para lograr su intento, se vuelven en verdaderos malabaristas, dándole vueltas por todos lados con tal de justificarlo todo, volviendo a la gente insensible a los auténticos valores del espíritu. A veces tengo la impresión de que todo el esfuerzo que estén realizando esos señores, cuyo máximo objetico es estar a la moda, consista en querer adormecer las conciencias de los creyentes, proporcionándoles todo tipo de somníferos, para que no se fijen en los auténticos reclamos de la fe y se vuelvan totalmente mundanos con una simple pantalla cristiana. Me parece tan rara su manera de manejar los asuntos de la fe, que a veces me viene la sospecha de que, mientras por un lado se trata de gente intelectualmente preparada, por el otro sean personas espiritualmente anestesiadas, de manera tal que ya no perciban ninguna diferencia entre el ser creyentes, religiosamente indiferentes o ateos. Para ellos, lo único que tiene sentido en la vida, es lo que pueda servir para estar más cómodos en este mundo. Todo lo demás, según ellos, no sirve para nada y por lo tanto hacen todo lo posible por desecharlo, borrando de su diccionario las palabras “temor de Dios”, “castigo”, “purgatorio”, “infierno”, “purificación”, “espiritualidad”, “mística”, etc.

Ante este bombardeo de ideas, el obispo reaccionó con cierta preocupación, solicitando al monje alguna sugerencia para hacer frente a una situación, que le pareció realmente alarmante:

–¿Qué podemos hacer? –Contestó el monje.– Regresar a las Escrituras, haciendo de la Biblia el libro de la Iglesia y de todo creyente, su fuente principal de inspiración. Evidentemente no se trata de algo fácil, puesto que en la práctica estamos acostumbrados a tomar como base de nuestra fe los documentos de la Iglesia, sin fijarnos en las circunstancias que les dieron origen y su relación concreta con el dato bíblico. De ahí cierta dificultad en su aplicación, puesto que en muchas ocasiones chocan sea con la realidad que estamos viviendo sea con el sentido original que emana del texto sagrado. Tomemos el ejemplo del ecumenismo, que desde el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962 – 1965) se volvió en ley para toda la Iglesia. Pues bien, ¿qué tiene que ver el ecumenismo con nuestra realidad concreta, puesto que la nota dominante de nuestra sociedad no es la comprensión y el diálogo, sino es el proselitismo más descarado a todos los niveles? Nada. Y sin embargo, estando a los documentos oficiales de la Iglesia, aquí no habría ningún problema con relación a los que tengan otras creencias religiosas, aunque veamos con nuestros propios ojos como nuestras masas católicas se estén desmoronando bajo el pico demoledor de la competencia, precisamente por no contar con ninguna orientación precisa al respecto, haciendo caso omiso del dato bíblico que nos habla del máximo cuidado que hay que tener por no dejarse desviar de la recta doctrina. Veamos el caso del celibato sacerdotal. En la práctica se está siguiendo una praxis que dio buenos frutos en otros tiempos, en circunstancias diferentes, mientras hoy en día está dejando sin pastores a enteras comunidades cristianas. ¿Por qué, entonces, no dejarnos guiar por el dato bíblico y regresar a la experiencia de los primeros siglos de la Iglesia?

–Es que sin duda alguna el celibato es superior al matrimonio –intervino el obispo.

–Claro que el celibato es superior al matrimonio. Pero aquí no se trata de saber qué es lo que vale más, sino de garantizar a todo el pueblo católico la necesaria atención pastoral mediante un adecuado desempeño del ministerio ordenado (Hech 20, 28). Ahora bien, si hubiera suficientes pastores con el don del celibato, no habría problema. El problema está en el hecho que no todos los que son llamados al ministerio sacerdotal cuentan con el correspondiente don del celibato. Y aquí empiezan los problemas. ¿Por qué entonces no inspirarnos en el dato bíblico y la experiencia de las primeras comunidades cristianas, admitiendo pastores célibes y pastores casados, de manera tal que nadie quede abandonado por falta de pastor, por no contar con el don del celibato? ¿O acaso queremos perfeccionar el dato bíblico, buscando algo supuestamente mejor para garantizar un mejor servicio al Pueblo de Dios?

–Es que el candidato se compromete libremente a guardar la ley del celibato, antes de acceder a la ordenación diaconal –insistió el obispo.

–Una cosa es el compromiso y otra cosa es el carisma o don. Es como si a uno, que quisiera servir a la patria en las fuerzas armadas, lo obligaran a entrar en la Fuerza Aérea, sin tener en cuenta su miedo a las alturas. Claro que su desempeño sería deficiente, no obstante todo el esfuerzo que hiciera. Estando así las cosas, ¿no sería mejor incorporarlo al Ejército, hacia el cual se siente más inclinado? En nuestro caso concreto, en lugar de desechar las vocaciones al ministerio sacerdotal por no contar con el don del celibato (con el riesgo de dejar enteras comunidades cristianas sin atención pastoral, como está pasando en la actualidad) u obligarlas a un compromiso, que de antemano se sabe de tan difícil cumplimiento, ¿no sería mejor que cada quien pudiera servir al pueblo de Dios según sus reales posibilidades, sin exigir a nadie un compromiso que en muchos casos rebasa sus reales capacidades? ¿O, en lugar de presbíteros casados, se prefieren presbíteros oficialmente célibes, a sabiendas de que en la práctica difícilmente podrán cumplir con su compromiso, por carecer del don correspondiente? No nos olvidemos del dicho según el cual a veces lo mejor se vuelve en el enemigo del bien.

Dicho esto, el monje desapareció en la montaña, sin ni siquiera despedirse. Se veía claramente que tenía demasiada prisa por volver a lo suyo, que era la meditación y la oración. Apenas logramos reaccionar, el señor obispo hizo el siguiente comentario:

–¿Es propio necesario tocar fondo antes de empezar a enderezar las cosas, haciendo caso omiso de la Palabra de Dios?

Y emprendimos el camino del regreso, comentando cada uno de nosotros algún aspecto mencionado por el monje, decididos a no echar en saco roto lo que acabábamos de escuchar. Lo que más me impactó, fue la manera tan práctica de enfrentar los problemas de parte del obispo. De hecho, antes de llegar al santuario, primera etapa para regresar a la cabecera diocesana, ya había localizado y citado para una reunión de emergencia a todos los consultores.

–Es que me urge echar a andar algo concreto – explicó –, antes que sea demasiado tarde. De hecho, me faltan apenas tres años para presentar mis dimisiones al Santo Padre. Y sinceramente no me siento a gusto después de lo que acabo de escuchar. Pero, lo que más me preocupa, es lo que voy a decirle al Jefe, cuando me llame a cuentas.

 

Capítulo 4

 

EL HECHIZO DE LA MONTAÑA

 

Se imaginaba el buen obispo que fácilmente los consultores iban a entender sus nuevos planteamientos, marcados por el encuentro con el monje. Pero desgraciadamente no fue así. Muchos de ellos estaban prevenidos contra el “hechizo de la montaña” (así se empezaba a llamar todo lo relacionado con el monje). Evidentemente la labor del antiguo rector del santuario estaba surtiendo su efecto.

–Señor obispo – confesó con toda claridad uno de los consultores más apreciado en la diócesis –, lo que pasa es que usted es fácilmente influenciable. Le habla uno y fácilmente se convence; escucha a otro o lee algo en algún libro o periódico y cambia de opinión. A esto se añade un cierto tinte de escrupulosidad, propio de su temperamento, y allí están las consecuencias de una conducción pastoral errática, sin líneas de acción precisas. Por favor, deje de ir buscándole por aquí y por allá; deje las cosas como están y verá que todo le resultará más sencillo.

–Por otro lado –aconsejó otro consultor–, le falta poco por retirarse. ¿Por qué no deja a su sucesor mano libre para implantar el método que más le guste?

Otros consultores pusieron en guardia contra el peligro de dejar a un lado las devociones populares y los santuarios tradicionales, como polos de atracción para la vivencia de la fe de parte de las masas católicas, para adherirse a “prácticas monacales, de difícil asimilación de parte del vulgo, esencialmente concreto e imaginativo”.

–Que no vaya a pasar que, por querer ser más espirituales –concluyó el líder de los consultores–, a la mera hora nos quedemos sin nada.

¡Pobre obispo! Se sintió perdido, al verse abandonado por los que hasta la fecha habían sido sus más fieles colaboradores. Ni modo. No le quedaba que recorrer a solas el último tramo de su gestión episcopal, sin contar con los sabios consejos de los que consideraba la crema y nata de su presbiterio. Pensó, meditó, oró y por fin decidió dejarse llevar por el “hechizo de la montaña”.

–Ni modo –pensó–. Si ellos se sienten satisfechos por lo que están haciendo, allá ellos. Yo no me siento satisfecho y quiero empezar a respirar un aire diferente. ¿Acaso no tengo derecho a intentar algo nuevo, aunque sea un minuto antes de estirar las patas?

 Apenas terminó el encuentro con los consultores, de inmediato volvió a ponerse en contacto conmigo y el rector del santuario:

–Quiero saber con toda claridad si ustedes quieren seguir juntos conmigo hasta el final o, como se suele decir, “aquí se rompió una taza y cada quien para su casa”.

Nuestra respuesta inmediata y decidida fue: “Queremos seguir con usted hasta el final” y emprendimos una vez más el camino de la montaña, un camino difícil y en cierta manera agotador, por no contar con suficiente experiencia al respecto, pero al mismo tiempo un camino lleno de enormes satisfacciones, descubriendo a cada rato nuevos horizontes y experimentando nuevas sensaciones, plenamente conscientes de estar empezando una nueva etapa de nuestra vida.

Fue grande nuestra decepción cuando, al llegar a la ermita, no encontramos al dichoso monje.

–Se encuentra arriba –nos contaron algunos escaladores profesionales–, cerca del cráter. Si sigue así, algún día va a pasar un mal rato, máxime ahora que se encuentra en una edad bastante avanzada.

¿Qué hacer? ¿Intentar alcanzarlo en la cumbre de la montaña? Ni pensarlo. Así que decidimos esperarlo en los anexos de la ermita, durmiendo en el suelo entre gallinas y conejos (¿Durmiendo? Yo por lo menos no alcancé a cerrar ojo durante toda la noche. Me pasé todo el tiempo sentado sobre una piedra y recargado en una pared) y meditando sobre la precariedad de la vida presente y la dicha de la vida futura. En plena noche tuvimos que correr fuera de los anexos, en una casi total oscuridad, a causa de un temblor, que sacudió tanto lo que quedaba del antiguo edificio, que parecía que de un momento a otro se nos iba a desplomar encima. Fue tanto el susto que tuvimos que el obispo nos dio la absolución in artículo mortis, como si nos encontráramos al borde de la muerte.

Al día siguiente, al rayar el mediodía, nos alcanzó el monje muy sonriente:

–¿Qué tal el temblor? Se asustaron, ¿verdad? Si quieren seguir viniendo por aquí, se tienen que ir acostumbrando a la voz del volcán, que a veces más bien se parece al rugido de un león.

Al vernos con pocas ganas de bromear (quién sabe cómo nos habrá visto de cansados, desvelados y hambrientos), nos invitó a seguirlo unos cien metros lejos de la ermita donde había un pozo, de donde sacó un balde lleno de agua, que disfrutamos como nunca en la vida. Después nos ofreció unas naranjas medio podridas, que sacó quien sabe de dónde y que disfrutamos con igual satisfacción. Hecho esto, trató de escabullirse como la vez anterior. Se lo impidió el obispo, que lo tomó de la mano y le rogó que esperara un rato para ver qué le parecía su proyecto de hacer de la ermita un centro de espiritualidad.

–Podemos restaurar estas ruinas, para establecer aquí una comunidad de sacerdotes, dedicados a la oración y a orientar a la gente deseosa de encontrarse con Dios. ¿Cómo la ve?

–Muy mal. Yo no quiero saber nada ni de restauros ni de comunidad ni de gente que orientar. A mí déjenme en paz y nada más.

–Bueno, pero no se olvide que es un feligrés de la Iglesia Católica y un sacerdote. Por lo tanto, aquí están sus licencias ministeriales. No se olvide que por lo menos todos los domingos está obligado a celebrar la Eucaristía y por lo menos en ciertos casos a escuchar las confesiones. En estos días le enviaré todo lo necesario para la celebración de la santa misa.

El monje agachó la cabeza en señal de obediencia, le hizo una profunda reverencia y se retiró. No nos quedaba que retirarnos también nosotros. Ni modo. Habría que buscarle por otro lado. Con el monje no se podía contar en absoluto.

 

Capítulo 5

 

EL CLUB DE LOS VIEJITOS

(¿O DE LOS LEONES?)

 

 

–No hay problema –comentó el obispo al llegar al santuario–. Que el monje siga con lo suyo. Tiene derecho. Ahora veamos nosotros qué podemos hacer para que sean debidamente atendidos todos los que, de una manera o de otra, sean contagiados (o más bien hechizados) por el espíritu de la montaña.

–Yo sugiero –tomó la palabra el rector del santuario– que establezcamos aquí, a los pies del volcán, nuestro cuartel general, puesto que, desde que llegué aquí, veo que continuamente va en aumento la demanda de atención pastoral para los que de alguna manera llegan a tener algún contacto con el monje, la ermita, el volcán o el simple aire de la montaña. En realidad, yo mismo ya me siento bastante confundido y ya no sé a ciencia cierta a quién o a qué atribuir este fenómeno, que cada día está cobrando siempre más fuerza y está rebasando por completo mis posibilidades de hacerle frente, por cierto bastante limitadas.

Y nos invitó a entrar en el santuario.

–Como se dan cuenta –continuó–, hay un grupo de gente delante de la imagen del Santo Cristo de los Milagros y un grupo de gente delante del sagrario. Los que están delante de la imagen del Santo Cristo, acaban de llegar de distintos lugares y hacen lo que están acostumbrados hacer desde hace siglos; los que están delante del sagrario, acaban de bajar de la montaña y esperan su turno para hablar conmigo. Así que los peregrinos primero visitan la imagen del Santo Cristo, después suben a la montaña y de regreso se quedan delante del sagrario, esperando su turno para hablar conmigo y tratar de meter en orden algún detalle de su vida. ¿Cómo la ven?

–¡Qué interesante! –Comentó el obispo como extasiado–. Es lo que siempre he soñado para los sacerdotes ancianos. En lugar de retirarse con algún familiar o en un asilo de ancianos, ¡qué bonito sería si pudieran pasar los últimos días de su vida cerca de un santuario como éste, para atender, hasta dónde fuera posible, a la gente que tuviera alguna inquietud espiritual! Así que, de una vez, te confío a ti el encargo de resolver este problema. A propósito, actualmente en los anexos del santuario ¿cuántos curas se pueden hospedar?

–Unos tres.

–Perfecto. Tú te encargas de buscarlos entre los jubilados, que no tienen ningún encargo específico.

–Conozco algunos. Así que de inmediato resuelvo este problema.

–Aparte de esto, te encargo que pienses en construir algún cuarto más para hospedar a más sacerdotes. Por lo del dinero, tú ya sabes cómo hacerle. Háblales del asunto a los devotos del Santo Cristo de los Milagros, o mejor, a los devotos del monje, o de la montaña, y verás como pronto todo se resolverá.

Dicho esto, noté que el obispo empezó a ponerse nervioso, como le pasa cuando le viene alguna intuición, que le parece genial. Le dio un tic nervioso en el ojo izquierdo, le empezaron a temblar los labios y las manos, corrió al teléfono y se comunicó con alguien, invitándolo a esperarlo en el obispado. Me ordenó sacar el carro del garaje y a toda prisa nos dirigimos hacia la cabecera diocesana, donde su amigo, ansioso, lo estaba esperando en el recibidor.

Éste, al escucharlo, me miró como para decirme: “Este cuate está loco de remate”. Al notar la insistencia del obispo, de una vez le aclaró que era imposible construir una casa arriba en la montaña:

–Es extremadamente peligroso por el asunto de los temblores y las posibles erupciones. La ley lo prohíbe terminantemente. Solamente un loco puede pensar vivir en un lugar como ése, teniendo en cuenta los peligros que encierra.

–Fíjese que en este planeta aún hay gente loca como yo, que, no obstante todas las incomodidades y los posibles riesgos, prefiere respirar el aire puro de las alturas en lugar del aire apestoso que se respira aquí.

–En este caso, más que pensar en construcciones de piedra o ladrillo, habría que pensar en casitas de madera prefabricadas.

–Perfecto.

–¿Y para llegar?

–Para eso lo llamé. Usted que trabaja en el gobierno, sabrá cómo arreglar las cosas. ¿O para qué están los disque laicos comprometidos?

Unos días después, ya todo estaba arreglado. Según el amigo del obispo, antes de llegar a la ermita, se podría crear una desviación para colocar las casitas a unos dos kilómetros de distancia en un lugar menos abrupto. Él mismo se comprometía a realizar todas las gestiones necesarias para que se pudiera componer la vereda de manera tal que se pudiera llegar hasta allá por lo menos con una motocicleta de cuatro ruedas.

–Oficialmente –explicó el amigo del obispo– sería para fomentar el alpinismo entre la juventud. En la práctica, nosotros sabemos que se trata de algo muy diferente.

Evidentemente, el obispo, ante una perspectiva tan halagadora, no se cansaba de dar gracias a Dios y comentar el asunto entre toda la gente de confianza.

–¿Qué más quieres, mi querido secre? – un día me dijo, dirigiéndose a mí en tono misterioso.

 –Yo ¿qué tengo que ver yo en todo eso?

–Mucho, puesto que tú me vas a llevar en la motocicleta hasta las casitas, que se van a colocar en la montaña.

Mientras el obispo con sus curas jubilados (ya se empezó a hablar del club de los viejitos), estaba metido en cuerpo y alma en el proyecto de la montaña, los demás, para hacerle competencia o no quedar rezagados, se lanzaron a reavivar o descubrir nuevas devociones populares, amparadas por sendas revelaciones privadas, tratando cada uno de echar a andar su changarrito particular, a base de misas, novenas, folletos, imágenes, estatuitas y agua bendita.

¡Pobre pueblo de Dios, corriendo de un lado a otro en busca del camino más seguro para alcanzar algún favor del cielo, confundido por sus mismos guías espirituales, que, en lugar de enseñarle el camino real para llegar a Dios, se lo llevan por todo tipo de veredas y vericuetos, con tal de armar cada quien su propio changarrito! Ni modo. Así somos los hijos de nuestra Santa Madre Iglesia, muy expertos en hacer discursos elevados de entrega y santidad pero al mismo tiempo buscando cada quien su manera práctica de resolver el problema de los frijolitos (¿solamente los frijolitos?). A quienes le hacían notar este detalle, el obispo contestaba:

–No me importa si mis curitas se mueven por puro amor a Dios o por algún interés personal. Lo que me importa es que se muevan y la gracia de Dios fluya lo más posible por todos los rincones de mi diócesis.

De hecho, bajo el impulso del obispo y los viejitos del santuario (¿o leones del santuario?), poco a poco el aire nuevo de la montaña fue permeando todo el tejido eclesial. En poco tiempo por todas partes se empezaron a implantar los retiros espirituales para los devotos de la montaña (del monje o del Santo Cristo de los Milagros), los miembros de las distintas hermandades o asociaciones religiosas, los que se preparaban a recibir algún sacramento y el pueblo en general. Como por arte de magia, en toda la diócesis se fue creando una inexplicable ansia de espiritualidad, con una fuerte demanda de instrucción religiosa, relacionada casi siempre con la Biblia y los sacramentos de la penitencia y la Eucaristía.

Para cansarse menos y dar a todos la oportunidad de acercarse con mayor facilidad al sacramento de la penitencia, los curas del santuario inventaron un método realmente curioso. Prepararon un tríptico, en que se explicaba cuáles tienen que ser las actitudes esenciales del penitente y se presentaba el examen de conciencia de una forma muy detallada. Delante del sagrario, siempre había alguien listo para orientar a los penitentes, que continuamente bajaban de la montaña. Se formaban grupos, se les enseñaba cómo utilizar el tríptico, oraban, cantaban y, una vez preparados, llegaba un sacerdote que daba las últimas instrucciones y confesaba a cada uno leyendo el tríptico.

 En este clima de euforia espiritual, llegó para el obispo el momento de dejar la dirección de la diócesis. El día señalado, juntamente con el nuevo obispo, se trasladó a la cuesta del volcán para tomar la responsabilidad de las “casitas de la montaña”, donde ya empezaban a llegar los que querían pasar algún rato de silencio y oración, lejos del mundanal ruido. Durante la ceremonia de inauguración, en la que participó muchísima gente, llegó una triste noticia que ensombreció todo el evento: el monje había desaparecido. ¿Cómo? Nadie supo dar alguna razón plausible. Según algunos, podría haberse tratado de una imprudencia de su parte, al acercarse demasiado al cráter y quedar atrapado a causa de los gases venenosos que emanan de él. Otros opinaban que tal vez se fue a vivir en un lugar más solitario, para dedicarse mejor a la oración y la contemplación. Puras conjeturas. Lo único que quedó claro, fue que desde unos días antes nadie había visto al monje en ningún lugar de la montaña, como después nadie volvió a verlo en el futuro.

 

EPÍLOGO

 

Sin embargo, con el monje no desapareció el espíritu de la montaña. Al contrario, fue contagiando cada día a más gente, dentro y fuera de la diócesis. Pronto la ermita se volvió en un lugar de peregrinación, juntamente con el santuario del Santo Cristo de los Milagros. En sus anexos, sin ningún permiso de parte del gobierno, poco a poco fue surgiendo un monasterio para religiosos consagrados totalmente a la contemplación y al servicio de los peregrinos y los inquilinos de las “casitas”, que se alternaban continuamente.

Para perpetuar la memoria del “monje” y no echar a perder su herencia espiritual, no faltó alguien que se dedicó a recopilar algunas frases, que de vez en cuando soltaba por aquí y por allá y poco a poco se fueron volviendo proverbiales. Por lo general, se trataba de frases sueltas, a profundo sabor bíblico, útiles para orientar en el camino de la perfección cristiana. De todos modos, no faltaba alguna frase un poco más picosita, en que se expresaba con más claridad su manera muy peculiar de ver las cosas y reaccionar ante los acontecimientos.

Un solo ejemplo. En una ocasión, alguien, para ponerlo a prueba, le preguntó qué haría si, al final de su vida, se diera cuenta de que todo lo relacionado con la vida futura, fuera pura ilusión. Su respuesta fue inmediata y tajante: “Armaría un infierno en el cielo”. ¡Vaya qué humildad de monje! Por eso, después de algunos años de su desaparición, al conocerse ciertos detalles de su vida, se le empezó a llamar “el monje rebelde”, dispuesto a pelear ¡hasta con Dios!

 

Oklahoma, OK, USA, a 29 de junio de 2010.

Fiesta de San Pedro y San Pablo.

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2 comentarios

  1. Después de haber leído detenídamente me ha impresionado mucho la historia,pues contiene mucho de mi opinión sobre lo que está pasando en la iglesia de España,que en mi humilde opinión y según mis vivencias,se está acomodando la mayoría del clero.
    Hablo desde mi labor en la parroquia ya que he intetado de que se hablara de los temas que vosotros tratais y no hay manera, no quieren ni oir hablar de los temas a los que yo sufro mucho.
    Esto es para el padre Jorge ya que la hermana Cristy me recomendo escribirle a usted,pensando que podía serle útil por mi experiencia en la materia.
    Saludos en nuestro Señor Jesucristo.

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