Del enojo legítimo a la compasión y la ofrenda de sí mismo

Del enojo legítimo a la compasión y la ofrenda de sí mismo

UN ITINERARIO ESPIRITUAL

PARA EL APÓSTOL DE LA PALABRA

 

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

 

De sorpresa en sorpresa

Los escritos del padre Amatulli no dejan de sorprenderme: su estilo personal, que atrapa al lector desde las primeras líneas, motivándolo a seguir leyendo; la trama del relato, tejida de experiencias vividas y enriquecida con su imaginación privilegiada, que añade elementos y crea situaciones sumamente interesantes; las ideas que vierte con una claridad particular, con esa brevedad suya, que le hace decir mucho en unas cuantas frases; los planteamientos pastorales que expone, con una sabiduría acumulada por la praxis y la reflexión creyente; las soluciones que sugiere para enfrentar los desafíos que vivimos como Iglesia y como sociedad; y la perspicacia que despliega al examinar la compleja realidad eclesial desde la perspectiva del Evangelio y sus exigencias, particularmente a la luz del Gran Mandamiento del Crucificado-Resucitado, que expresa justo cuando está a punto de volver al seno del Padre: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28, 18-19) y “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la Creación (Mc 16, 15).

He sido testigo privilegiado de la génesis de sus escritos más recientes, en los que pretende fotografiar escenas de la realidad eclesial y proponer los cambios pastorales más pertinentes a la época en que vivimos y a los desafíos que enfrentamos.

He podido escucharlos antes de que se materialicen en signos gráficos, mientras el padre Amatulli imagina y esboza en voz alta lo que piensa escribir… y no sé decidirme por cuál es mi estilo predilecto: la forma oral, tan atractiva por el timbre de voz tan especial que lo caracteriza, o la forma escrita, que me transporta a imaginar vivamente las escenas, con los matices tan peculiares de su prosa. Obviamente, para provecho nuestro, agradezco a Dios infinitamente el que nuestro padre fundador los ponga, finalmente, por escrito.

De hecho, ambas formas son realmente estimulantes, porque me permiten ver la situación de la Iglesia católica en nuestros días, elevar una acción de gracias a Dios por muchos aspectos positivos que encuentro en mi Iglesia, imaginar soluciones a los problemas que tenemos como comunidad eclesial y descubrir que Dios sigue acompañando e iluminando a su pueblo.

En suma, sus escritos me llevan a tener una clara conciencia del momento presente, con sus luces y sombras, sus alegrías y sinsabores, sus retos y perspectivas. Una cosa es cierta: el padre Amatulli va llevándome de sorpresa en sorpresa.

 

Una trilogía singular

Los más recientes escritos del P. Amatulli están destinados a conformar una trilogía muy particular. El primero de la serie se titula “¡Alerta! La Iglesia se desmorona”, donde se presenta con toda la crudeza del diagnóstico la desoladora realidad eclesial contemporánea, caracterizada por el éxodo masivo de católicos a los más diversos grupos proselitistas, el abandono pastoral de nuestro pueblo, la profunda ignorancia religiosa de amplios sectores del catolicismo y el crecimiento exponencial del indiferentismo religioso.

El segundo volumen de la trilogía es “¡Ánimo! Yo estoy con ustedes” y quiere presentar la otra cara de la medalla y nos revela que Dios escribe derecho en renglones torcidos, por lo que, a pesar de un panorama tan desolador, la Iglesia sigue avanzando en muchos ámbitos. De tantas experiencias fallidas quedan pepitas de oro, que nos hacen recordar que Dios nunca abandona a la Iglesia y a la humanidad redimida por Cristo.

Los escritos más recientes (“Nacho, el Soñador”, “Laura, la víctima inocente”) conformarán el tercer tomo de esta singular trilogía, cuyo título es altamente significativo: “¡Adelante! Les enviaré mi Espíritu”, que expresa la fe en Aquel que es el Protagonista e impulsor de la evangelización y el que conduce los destinos de la Iglesia, suscitando los carismas más diversos y cuya acción se percibe en cada hombre y en cada acontecimiento y que sigue actuando en la comunidad eclesial, a pesar de nuestras resistencias al proyecto salvífico del Padre celestial.

Se trata, por tanto, de una profesión de fe en Dios, uno y trino, que quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2, 4) y una profesión de fe en los destinos de la Iglesia, pues los designios de Dios son de paz y salvación (cfr. Jr 29, 11-12).

Por eso considero importante releerlos desde la perspectiva de que constituyen una trilogía, examinando no sólo los detalles sino atendiendo al conjunto. Será una aventura espiritual e intelectual apasionante.

 

Un itinerario espiritual

Un escrito que me ha impactado notablemente es “Nacho, el soñador”, porque me ayuda a darme cuenta del itinerario que hemos recorrido como familia misionera en el ejercicio del profetismo y la meta a la que debemos llegar, no sólo a nivel general, sino también a nivel estrictamente personal.

 

 

 

  • Enojo legítimo

Pues bien, ¿cuál es el itinerario? En un primer momento, Nacho, el soñador, tiene un don especial: percibe de forma clara cuando alguien se encuentra mal en el área espiritual y doctrinal. Sin embargo, la forma en que llega a utilizar el don no siempre es la más adecuada pues generalmente reacciona con un enojo que a muchos parece desproporcionado. Por eso se le recomienda tener mucho cuidado “en la manera de poner este don al servicio de la comunidad cristiana, evitando el peligro de perjudicarla”.

La manera de utilizar el don recibido es eminentemente bíblica, pues se basa en aplicar lo que dice Jesús en Mt 18, 15-18. En concreto, se trata de un consejo muy oportuno: Al darse cuenta de que alguien anda mal, lo primero que se tiene que hacer es hablar personalmente con él, invitándolo a la conversión.

Si no hace caso, se pide la ayuda de otras personas, que comprendan el problema y entiendan la situación particular para hablar con el interesado, invitándolo a tomar conciencia de la propia situación con miras a realizar un cambio significativo.

Si se resiste, se presenta el caso a la autoridad correspondiente, que tomará la decisión más oportuna, teniendo presente que la “salus animarum” es la ley suprema de Dios y de su Iglesia y que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cfr. Ez 18, 23).

Como puede verse, todo esto sirve para encauzar el legítimo enojo de tal manera que contribuya a edificar la comunidad eclesial y no a destruirla. Va en la línea de la recomendación que nos hace san Pablo: “Enójense, pero sin pecar” (Ef 4, 26).

 

  • Reconocimiento de la propia fragilidad

En un segundo momento, Nacho, el soñador, se da cuenta de la propia miseria y debilidad, que lo lleva a un fuerte deseo de purificación con miras a alcanzar la santidad. Se trata de un antídoto eficaz contra el orgullo, que se puede experimentar ante la conciencia de los dones recibidos y el propio esfuerzo que se realiza por vivir el Evangelio y el conocimiento seguro de que otros andan por mal camino.

Esto contribuye a un sano equilibrio que proviene de Dios y suscita el espíritu de comprensión ante las debilidades de los demás, pues uno mismo se descubre pecador y toma conciencia de que todos llevamos el tesoro que Dios nos ha encomendado en frágiles vasijas de barro (cfr. 2Cor 4, 7).

Se llega así a la actitud del profeta, llamado no sólo a denunciar el pecado sino a anunciar la salvación como fruto del arrepentimiento y la conversión. Se llega así a la actitud del publicano, que reconoce el propio pecado y pide la compasión de Dios, y se evita el riesgo de transformarse en fariseo, cuya actitud básica es tenerse por justo, mientras desprecia a los demás por considerarlos pecadores (Lc 18, 9. 11-12).

 

  • Descubriendo la acción de Dios más allá de las propias fronteras

En el tercer momento, además de percibir la presencia de Dios en la Eucaristía y en la Sagrada Escritura, Nacho, el soñador, empieza a descubrir la luz y la acción de Dios en cada persona, aunque sigue percibiendo cuando alguien anda mal espiritualmente. Sin embargo, es un avance significativo, pues no sólo se percibe la acción de Dios en uno mismo, sino también en todos aquellos que nos rodean, aún en las personas más insospechadas y más allá de los límites visibles de la Iglesia. Esto hace ver las cosas en una perspectiva más apropiada, pues puede suscitar un clima de simpatía y colaboración con las personas y las instituciones más variadas.

Se trata de una constante en el pensamiento teológico-pastoral del padre Amatulli, para quien la doctrina de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo (1Cor 12) es uno de los ejes fundamentales para resolver los múltiples problemas pastorales que tenemos como Iglesia. Esta perspectiva nos lleva a descubrir la acción del Espíritu Santo en los demás movimientos eclesiales y, ¿por qué no?, más allá de las fronteras de la Iglesia.

 

  • Llamados a la compasión

El cuarto momento representa el culmen en este proceso al que todos estamos llamados. Nacho, el soñador, lo describe magníficamente con estas palabras: “Cuando me doy cuenta de que alguien anda mal, en lugar de enojarme, siento compasión por él y hago todo lo posible por ayudarlo”.

Se trata de un itinerario que debemos recorrer poco a poco, pidiéndole a Dios la gracia de llegar a experimentar este cuarto momento, hecho de compasión y misericordia, comprensión y respeto por el proceso que va viviendo cada cual y una sincera preocupación por el destino temporal y eterno de nuestro prójimo, haciendo todo lo que esté a nuestro alcance por ayudarlo a escalar la cima de la santidad, en plena fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

En este proceso, la oración de intercesión es fundamental, sin olvidar el diálogo personal y la corrección fraterna cuando se considere conveniente.

 

  • De la compasión a la ofrenda de sí mismo

En este itinerario, hay un quinto momento al que no sé si todos estamos llamados. Se describe en la historia de “Laura, la víctima inocente” y nos lleva a descubrir que no bastan las declaraciones oficiales ni las innovaciones pastorales más oportunas para crear un nuevo rostro de Iglesia, que responda a los enormes desafíos de nuestra época.

Para renovar la Iglesia se requiere la valentía del martirio, que consiste en ofrecer la propia vida en sacrificio por la salvación de nuestro pueblo. Se requiere un ansia incontenible de santidad, que impulse a uno mismo a ofrecerse a Dios como víctima de expiación por la salvación de las almas y, especialmente, por la salvación de los pastores de la Iglesia.

Es la actitud de Jesús, el Siervo doliente de Yahvé, “que soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores” (Is 53, 4), que fue “traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestros crímenes” (Is 53, 5). En efecto, “todos errábamos como ovejas, cada uno por su lado, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes” (Is 53, 6), de manera tal que “sobre él descargó el castigo que nos sana y con sus cicatrices nos hemos sanado” (Is 53, 5b).

Es la actitud de san Pablo, que nos dice en su magnífica carta a los romanos:

Les voy a hablar sinceramente, como cristiano, sin mentir; y el Espíritu Santo confirma el testimonio de mi conciencia. Siento una pena muy grande, un dolor incesante en el alma: hasta desearía ser aborrecido de Dios y separado de Cristo si así pudiera favorecer a mis hermanos (Rm 9, 1-3).

 

Se trata, por tanto, de la solidaridad más radical que manifiesta siempre su eficacia salvífica. En efecto, como bien señala el director espiritual de Laura:

“Para que la Iglesia se levante, necesitamos mártires. ¿Qué dice la Escritura? “Sine sanguinis effusione, non fit remissio” (Heb 9, 22 [Sin derramamiento de sangre no hay perdón de los pecados]). Y desgraciadamente hoy en día en la Iglesia nos faltan mártires”.

 

Quiera el Señor concedernos esta gracia, pues, como lo dice el padre Amatulli en este folleto, es algo que Dios reserva a almas privilegiadas, como en el caso de san Esteban, cuya ofrenda de sí mismo a Dios en favor de sus perseguidores obtuvo, a su debido tiempo, la conversión de Saulo de Tarso (Hch 6, 8 – 8, 3).

 

Distintos niveles de lectura

Como habrán notado, el acercamiento a los escritos del padre Amatulli ofrece distintos niveles de lectura, por lo que no es suficiente leerlos una o dos veces. Sus escritos te enriquecen en la medida en que te vas enriqueciendo con otras experiencias y reflexiones; por eso releerlos es una tarea imprescindible e inaplazable.

Parodiando a un filósofo antiguo, podemos decir que nadie lee dos veces un mismo libro. Enriquécete y déjate enriquecer, acercándote nuevamente al libro con una mirada nueva y un corazón renovado.

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