El origen de la piñata mexicana

El origen de la piñata mexicana

De origen chino

Estimados amigos: Hoy quiero contarles la sorprendente historia del origen de la piñata mexicana. Seguramente has quebrado una piñata en las posadas o en tu fiesta de cumpleaños, pero te apuesto que no sabes el origen y el significado de las piñatas. Es algo sumamente interesante.

Fíjate que la piñata mexicana tiene sus antecedentes en China, donde romper la piñata era parte de una ceremonia propio de las celebraciones del año nuevo chino y generalmente representaban a animales como vacas, bueyes y búfalos. Como el año nuevo chino se celebra al inicio de la primavera, la fiesta está muy relacionada con la agricultura.

¿Quieres saber cómo era esta ceremonia? Se hacía la piñata con papel de diferentes colores y se le colgaban herramientas agrícolas; además, se rellenaba con cinco clases de semillas. La piñata era golpeada con varas de distintos colores por los mandarines, que eran funcionarios del gran Imperio chino. Al romper la piñata, las semillas caían y las piñatas quedaban vacías. Entonces se quemaba el papel y la gente se llevaba las cenizas a sus casas, pues pensaban que esto traería fertilidad y buenas cosechas a sus campos. ¿Te imaginas a todo mundo queriendo agarrar las cenizas? Seguramente era algo muy divertido.

La conexión italiana y española

Marco Polo, el gran viajero veneciano, llevó la idea de la piñata a Italia, donde se utilizó para la celebración de la Cuaresma. Aquí se le dio un sentido cristiano. El primer domingo de cuaresma se rompía la piñata, que se elaboraba de brillantes colores. Con ello se quería representar al Demonio, que presenta siempre la tentación de forma llamativa y sumamente atractiva. Pues bien, romper la piñata era una manera de decir que se estaba dispuesto a romper con el Demonio y a decirle no a las tentaciones.

Esta forma de celebrar la Cuaresma pasó a España, el país de donde vinieron los misioneros que evangelizaron a nuestro país. En España se celebraba también el primer domingo de Cuaresma en el que se hacía una representación a la que se le llamaba “El baile de la piñata”, donde se escenificaba, al romper las piñatas, el deseo de acabar con el mal, convertir el corazón para que se volviera a Dios y así poder recibir los bienes eternos.

La piñata mexicana:

un recurso didáctico para la evangelización

El mes de mayo de 1533 fue la llegada de los misioneros agustinos a nuestro país. Ya antes habían llegado los franciscanos, en 1524, y los dominicos, en 1526. Fueron los agustinos quienes introdujeron la celebración de las tradicionales posadas, que incluían las piñatas y lo hicieron en el Convento de Acolman, en el actual Estado de México.

Las piñatas se hacen de una olla de barro, que se reviste de papeles multicolores y sumamente llamativos. Se le da la forma de una estrella de siete picos, que representan a los siete pecados capitales y, por tanto, al Demonio, el seductor por excelencia.

¿Sabes cuáles son los siete pecados capitales? Seguramente recuerdas solamente algunos, por eso voy a decírtelos completos. Y te los diré de una forma muy fácil de recordarlos. Yo les llamo PEGASIL a los siete pecados capitales, porque son muy pegajosos. Acuérdate de PEGASIL y recordarás fácilmente los siete pecados capitales, que son Pereza, Envidia, Gula, Avaricia, Soberbia, Ira y Lujuria. Te los repito para que te fijes en la primera letra de cada pecado y descubrirás porque les llamo PEGASIL: Pereza, Envidia, Gula, Avaricia, Soberbia, Ira y Lujuria.

¿Por qué se les llama pecados capitales? Fíjate que la palabra capital viene del latín y significa lo que se refiere a la cabeza. Se les llama así porque son cabeza de otros pecados, puesto que generan y dan origen a otros vicios y pecados.

Pues bien, la piñata era y es un medio de evangelización. Romperla es romper con el demonio y con el pecado, especialmente con los pecados capitales. Se trata de no caer en la tentación.

El que va a romperla, tiene los ojos vendados. Esto representa la necesidad que tenemos del discernimiento que nos viene de la fe. Discernir es distinguir. Y vaya que es necesario, pues cuando queremos romper la piñata hay muchas voces y gritos a nuestro alrededor. Y nosotros necesitamos distinguir entre los que nos orientan adecuadamente y los que quieren distraernos para que no le peguemos a la piñata.

Así es la vida cristiana. El cristiano tiene que distinguir a quienes desean llevarlo por el buen camino y a quienes buscan su perdición, evitando que rompa con el pecado.

Para lograr romper con el pecado, es necesario imitar a Cristo. Por eso, antes de romper la piñata y estando ya con los ojos vendados y con el palo en mano, al cristiano se le hacía dar 33 vueltas, que representan los 33 años que vivió nuestro Señor Jesucristo, pues nosotros, los que creemos en él debemos seguir su ejemplo, como lo dice la primera carta de san Pedro, capítulo 2 versículo 21: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”. Si te parecen excesivas, también pueden ser sólo siete vueltas, que representan las siete virtudes que necesitamos practicar para vencer a los siete pecados capitales: Diligencia, Amor fraterno, Templanza, Generosidad, Humildad, Mansedumbre y Castidad.

El palo con que se rompe la piñata representa la gracia santificante que nos da el bautismo y que recuperamos por el sacramento de la confesión. Esta ayuda de Dios es la que hace posible que podamos romper con el Demonio y sus seducciones.

Al romper la piñata y decirle no a la tentación y al pecado, el cristiano obtiene los dones y las gracias que Dios promete a sus hijos y que anuncian la salvación definitiva a la que hemos sido llamados.

Estos dones no son sólo para nosotros, pues cuando vencemos al Demonio, la gracia se derrama sobre nosotros y nuestros familiares y amigos, sobre toda la Iglesia. Todos recibimos los beneficios.

Acuérdate: Si no vencemos a la tentación y caemos en el pecado, nuestros seres queridos no se beneficiarán de nuestra victoria.

Por eso el estribillo que se entona mientras alguien intenta romper la piñata es muy cierto:

Dale, dale, dale,

no pierdas el tino

porque si lo pierdes

pierdes el camino.

Esta pequeña estrofa es una invitación a afinar la puntería, a no perder el tino, es decir, a no perder la destreza necesaria para dar en el blanco.

Se trata de no perder el camino, que es nuestro Señor Jesucristo. Acuérdate que él es el camino, la verdad y la vida y que creer en él y romper con el pecado son cosas necesarias para alcanzar la salvación.

Por eso, cada vez que te inviten a romper la piñata recuerda que no es sólo un juego. Es toda una catequesis que nos invita a decirle no al pecado y si a nuestro Señor, que tanto nos ama. Es una profesión de fe.


¿Por qué se aparece la Virgen?

¿Por qué se aparece la Virgen?

Presentado en Roma el “Diccionario de las Apariciones de María”

ROMA, lunes 13 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Las apariciones de María, los mensajes, la interpretación de los videntes, son acontecimientos que atraviesan toda la historia del cristianismo.

Especialmente en el campo del discernimiento y del significado de las apariciones, la Iglesia católica se interroga desde hace tiempo. Las preguntas a las que encontrar respuesta son muchas y complejas.

¿Por qué María se aparece a los hombres? ¿Cuál es el sentido y el motivo de estas apariciones? ¿Cómo se hace para distinguir las verdaderas apariciones de las sugestiones? ¿Por qué los reconocimientos de la Iglesia son tan pocos respecto al elevado número de apariciones? ¿Cómo se explica la gran popularidad de estos fenómenos?

Para responder a éstas y a otras mil preguntas, monseñor René Laurentin, considerado uno de los principales expertos mundiales sobre el tema, junto con reconocidos colaboradores, ha escrito y publicado el Dizionario delle Apparizioni della Vergine Maria [Diccionario de las Apariciones de la Virgen María, n.d.t.] (ediciones Art – http://www.edizioniart.it/).

La edición italiana del Diccionario ha sido enriquecida y actualizada con más de cien voces respecto a la edición original francesa publicada en 2007.

Se trata de una obra única y extraordinaria, en la que se recogen y analizan en todas sus partes 2.567 apariciones.

Durante la presentación celebrada este lunes en Roma, cerca de la plaza de San Pedro, monseñor Laurentin afirmó: “No soy yo quien he escogido las apariciones”, “son las apariciones que me han escogido a través de la voz de los obispos”.

El conocido teólogo explicó que ya en 1952, el obispo de Lourdes, monseñor Pierre Marie Théas, le pidió que estudiara las apariciones.

La misma petición se la hicieron poco después monseñor Ghillem para las apariciones de Pontmain, el rector de Fátima para las apariciones en Portugal, así como para las apariciones de Rue de Bac.

En estrecho contacto con el cardenal croata Franjo Šeper y con el cardenal Joseph Ratzinger, monseñor Laurentin continuó trabajando para poder profundizar en la naturaleza y las razones de las diversas apariciones hasta decidir publicar un verdadero diccionario.

En su trabajo, el destacado teólogo francés tuvo en cuenta las precisas indicaciones del entonces cardenal Ratzinger, quien en la obra De Servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione formuló los principios que rigen las apariciones, es decir: “las apariciones bíblicas son de fe divina, según la inspiración que hace de la Biblia la palabra de Dios” y “las apariciones posteriores a la muerte del último apóstol son de fe humana en cuanto su discernimiento se realiza por convergencia de criterios humanos”.

Sin embargo, Laurentin explica la importancia de las apariciones, sobre todo de las reconocidas por la Iglesia -que son 15- en lugares donde han surgido los santuarios más visitados: Guadalupe (México), Aparecida (Brasil), Lourdes (Francia), Fátima (Portugal).

Monseñor Laurentin aclara los criterios de discernimiento y el significado de las apariciones, teniendo en cuenta tanto los fervientes devotos según los cuales todas las apariciones son auténticas como los académicos y los eclesiásticos según los cuales las apariciones serían más o menos subjetivas.

En el prefacio, el cardenal Roger Etchegaray ha escrito que el Diccionario de las Apariciones de la Virgen María es “una obra memorable” y “única en su género”.

Según el purpurado, Laurentin es “un guía” seguro porque “dispone del método para moverse en el laberinto de un fenómeno religioso en sí muy complejo”, un tema de riesgo, “el menos estudiado científicamente, el más oculto, el más controvertido”.

Entrevistado por ZENIT, monseñor Laurentin destaca: “las apariciones han contribuido a ilustrar la personalidad radiante de María, Madre del Señor, mujer célebre y la más celebrada de todas a lo largo de los siglos”.

“Ninguna otra persona humana -añade- ha sido honrada con un número tan elevado de santuarios, de estatuas, de imágenes difundidas cada año en centenares de millones de copias. Ella sigue siendo un símbolo (discutido pero influyente) de la mujer perfecta, al más alto nivel, es decir, en Dios mismo”.

El volumen, de 1.200 páginas, está dividido en tres partes: la primera es una introducción general que explica el fenómeno de las apariciones bajo un perfil interdisciplinario; la segunda recoge unas 1.900 voces sobre lugares y personas objeto de las apariciones de la Virgen María hasta el 1966.

“Esta fecha -explica monseñor René Laurentin- es un hito en la historia relacionada con el fenómeno de las apariciones. Ese año, de hecho, fue eliminado el veto impuesto por el Derecho Católico de tratar el tema. Una mole imponente de documentos e informaciones se ha acumulado desde entonces y hasta hoy nadie había recogido datos ni informaciones sobre este fenómeno vivo en la Iglesia desde siempre”.

La tercera parte del volumen contiene más de 600 voces de lugares y personas objeto de apariciones (reconocidas o presuntas) desde 1966 hasta nuestros días.

Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa

Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa
Monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España
MADRID, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Pubicamos un artículo que ha compartido con ZENIT monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España, sobre el último libro de Benedicto XVI, “Luz del mundo”.
* * *
Sucedió que nos encontrábamos en Roma con motivo del cardenalato del arzobispo emérito castrense monseñor José Manuel Estepa, cuando estalló la bomba informativa sobre la publicación en L´Osservatore Romano de un extracto del histórico libro La luz del mundo, una larga conversación de Benedicto XVI con el periodista alemán Peter Seewald, que ya lo había entrevistado siendo cardenal y que había dado como frutos dos recomendables libros como fueron La sal de la tierraDios y el mundo.
Este affaire disparó las alarmas de aquellos que veían en ese adelanto de publicación, un incumplimiento del embargo del libro. También, el hecho de que sólo se publicase, entre otras, una pequeña sección donde el Papa habla de la sexualidad y de paso toca el tema del preservativo, motivó que gran parte de la opinión pública se centrará en el discutido uso del profiláctico, relegando a segundo plano los demás puntos de un libro que es una joya para creyentes y no creyentes. A ello respondió Seewald con gran carga de ironía: “el periodismo pasa por una crisis…, el mundo se hunde, y la mitad del mundo periodístico está discutiendo de preservativos. ¿No es ridículo? Aquello era un comentario sobre el viaje de África, y se ha vuelto a comprobar que nadie se interesa por los problemas de los africanos”. El portavoz de la Santa Sede, el jesuita P. Federico Lombardi, tuvo que salir a la “palestra” con una nota revisada por el mismo Benedicto XVI sobre la interpretación correcta de lo que se dice en el libro del Papa (página 131), el cual: “no reforma o cambia la enseñanza de la Iglesia sino que la reafirma en la perspectiva del valor y la dignidad de la sexualidad humana como expresión de amor y responsabilidad”.
¿Qué ha sucedido en todo esto? Algunos opinan que fue una falta de cálculo en la repercusión mediática acerca de la publicación adelantada de ese extracto. Sin embargo, conociendo la altura profesional del director del L´Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, y de cómo se toma estas decisiones  en el Vaticano, nos hacen dudar de que eso y otros elementos no se hubiesen tenido presente. Lo curioso de esta polémica es que ya sabíamos de la existencia de aquellos que creen que todo en la sexualidad se resuelve con el preservativo y que no quieren oír hablar de abstinencia y fidelidad frente al sida y otros males. En cambio de pronto, han surgido “unos exégetas papales” que son más “papistas que el Papa” y que se resisten a aceptar el sentido común que muestra el Santo Padre  cuando afirma que: “podrá haber casos fundados de carácter aislado” donde el uso del preservativo sea “el primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia del hecho de que no todo está permitido y que no se puede hacer todo lo que se quiere”. Frente “a la mera fijación del preservativo que significa una banalización de la sexualidad”, Benedicto XVI propone algo tan hermoso como el camino de la humanización, de la responsabilidad y de la valoración positiva de la sexualidad. Esto lo entiende todo el mundo. Lo que verdaderamente enreda son precisiones academicistas que confunden al gran público y da una mala imagen de la Iglesia.
Reducir toda la entrevista a una frase sacada del conjunto de la obra, constituye una ofensa al pensamiento y a la inteligencia del Papa Ratzinger y una instrumentalización gratuita de sus palabras tanto por unos como por otros. En cambio, el panorama general que nos encontramos en sus 227 páginas es la visión personalísima, apasionante y esperanzadora de una Iglesia que está llamada a serLuz del mundo.
El texto está dividido en tres partes, que coinciden con los tres términos del subtitulo de la obra: El Papa, la Iglesia, y los signos de los tiempos. Se divide en 18 capítulos, a lo largo de los cuales se distribuyen las 90 preguntas formuladas por el periodista y referidas a temas que van desde el escándalo de los abusos sexuales al ecumenismo, desde el diálogo con el judaísmo y el islam al caso Williamson, sin faltar los desafíos de la  modernidad, así como las notas más personales de la vida cotidiana de Benedicto XVI.
Ello nos revela un sucesor de Pedro que es sabio y piadoso, que destila mansedumbre y a la vez valentía, que no tiene miedo a ninguna pregunta y desea aclararlo todo, con un lenguaje sencillo, sin complicaciones y lleno de optimismo cristiano. Él tiene muy claro que “ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación a Él” (pág. 22).
Ciertamente que este libro no es una encíclica, una constitución apostólica, una bula, ni nada por el estilo. No lleva fuerza dogmática ni canónica. No hay precedentes en esta forma nueva de comunicarse el Papa con la Iglesia y el mundo. Pero está en consonancia con la teología de los “nuevos areópagos” y el Magisterio eclesial sobre los medios de comunicación social. Además, en las actuales circunstancias tan adversas por la que atraviesa la Iglesia católica, es de una gran audacia evangélica salir ante la opinión pública con este tipo de libro-entrevista.
Tenemos que congratularnos por el contenido y la forma de esta obra que enriquece el pensamiento cristiano e ilumina la problemática de la sociedad actual. Recomendamos vivamente su lectura y a través de ella, podremos conocer mejor la mente y el corazón de este “nuevo Padre de la Iglesia” que es Benedicto XVI.

Los católicos y los nazis El papel de la religión en el Tercer Reich

Los católicos y los nazis

El papel de la religión en el Tercer Reich

ROMA, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-  Se suele criticar a la Iglesia por no haber hecho lo suficiente para oponerse a Hitler. En su reciente viaje a Inglaterra y Escocia, Benedicto XVI tuvo la oportunidad de presentar la otra cara de la moneda, recordando la naturaleza antirreligiosa del régimen nazi.

“Recuerdo también la actitud del régimen hacia los pastores cristianos o los religiosos que proclamaron la verdad en el amor, se opusieron a los nazis y pagaron con sus vidas esta oposición”, decía en la audiencia con su Majestad la Reina en Edimburgo, Escocia.

La imagen que presentó el Papa de los nazis como ateos que quieren erradicar a Dios de la sociedad no fue fácilmente aceptada En una nota de prensa el 16 de septiembre, Andrew Copson, presidente de la British Humanist Society, negaba que el ateísmo de los nazis les llevara a ese comportamiento extremo.

Un libro publicado a principios de año vierte algo de luz sobre la cuestión de la religión y los nazis. En “Catholicism and the Roots of Nazism” (El Catolicismo y las Raíces del Nazismo) (Oxford University Press), Derek Hastings muestra cómo en los primeros años hubo de hecho un fuerte componente católico en el movimiento nazi. Afirma también que hubo grandes discrepancias entre la naturaleza del régimen nazi en el poder en los años treinta y cuarenta y el movimiento originario en Múnich en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

“A pesar de mantener una oportuna fachada conciliadora, hay pocas dudas de que el partido nazi exhibiera una gran antipatía hacia la Iglesia católica – y, en gran medida, hacia el cristianismo en general – durante la mayor parte del tiempo que duró el Tercer Reich”, comentaba Hastings.

Observaba que numerosos historiadores han sostenido que, después de que los nazis asumieran el poder en 1933, el partido pasó a convertirse en una especie de religión política y como una forma rival de devoción laica que se esforzó por suplantar la identidad católica y cristiana.

Remontándonos a Múnich

El partido nazi se fundó en 1919, en Múnich. En el periodo que va de 1919 hasta el fallido Putsch (golpe) de la Cervecería en Múnich en 1923, los nazis cortejaron abiertamente a los católicos. Su apertura al catolicismo permitió a los nazis ganar seguidores y destacar sobre otros movimientos populares. Como consecuencia del fracaso de 1923, que llevó a Hitler a prisión durante un breve periodo, el movimiento nazi se refundó en 1925 de un modo que dejó poco espacio para su orientación católica anterior.

Hastings explicaba que este nexo católico con los nazis durante los primeros años se debió a algunos factores locales no extensibles al resto de Alemania. El apoyo al Partido del Pueblo Bávaro (BVP) fue menor en Múnich y en la zona circundante de la alta Baviera que en cualquier otra zona católica del país. En su lugar se tendió a apoyar a movimientos populares con un sesgo más nacionalista.

Otro rasgo distintivo de los católicos de Múnich y de las zonas de los alrededores fue su hostilidad hacia lo que ellos veían como un excesivo ultramontanismo del BVP y de los obispos de la Iglesia. El movimiento ultramontano, explicaba Hastings, surgió en los siglos XVIII y XIX cuando los católicos de Europa cada vez miraban más hacia el Papa que residía “más allá de las montañas” (ultra montes).

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, hubo un movimiento reformista católico en la zona de los alrededores de Múnich que consistió en un impulso por una nueva forma de identidad religiosa que fuera leal a la Iglesia católica en el sentido espiritual, pero más abierta al curso político y cultural radicalmente nacionalista, observaba Hastings. Los nazis fueron capaces de aprovecharse de estas tendencias locales, combinadas con la desilusión general que siguió a la Primera Guerra Mundial, para convocar a los católicos en las etapas iniciales de su desarrollo.

Antes de 1923, los nazis habían logrado el apoyo de muchos miles de católicos en y cerca de Múnich, observaba Hastings. Al principio, el BVP ignoró al nuevo partido, probablemente con el deseo de evitar una mayor publicidad. A finales de 1922, viendo el creciente número de seguidores del partido nazi, el BVP decidió embarcarse en una campaña para hacer que los bávaros fueran conscientes de la peligrosa naturaleza de los nazis.

Esto no disuadió a los nazis a dejar de cortejar a los católicos y, según Hastings, en 1923 sus esfuerzos llegaron a su punto álgido. Aquel año pusieron en marcha una campaña de reclutamiento para atraer a los católicos a su partido. Sus esfuerzos tuvieron éxito, hasta el punto de que incluso numerosos sacerdotes católicos se implicaron.

En sus discursos de aquel entonces, Hitler se refería abiertamente a su fe católica y a la influencia que había tenido en su activismo político. En 1923, el periódico nazi, el Beobachter, comenzó a publicar incluso los horarios de las misas dominicales y a exhortar a sus lectores a cumplir con sus obligaciones religiosas.

Refundación

Sin embargo, esta cercanía entre los católicos y el partido nazi acabo de forma repentina, con el Putsch de la Cervecería de noviembre de aquel año. El intento de Hitler de hacerse con el control del estado bávaro acabó en rápido fracaso y el movimiento nazi entró en un periodo de división y declive, explicaba Hastings.

Esto coincidió con un aumento del anti catolicismo en otros movimientos populares en Múnich que también afectó a parte del partido nazi. Según Hastings, en este periodo muchos católicos abandonaron el partido nazi, y quienes se quedaron lo hicieron sacrificando su identidad católica. Los sacerdotes católicos que se habían unido al partido también lo abandonaron. De hecho, al finalizar 1923, la archidiócesis de Múnich-Freising les había prohibido asistir a las reuniones del partido nazi.

Una vez refundada, se invirtió la anterior orientación católica y en gran parte reemplazó el cristianismo con su propia serie de figuras de mártires sacadas del Putsch fallido. A partir de ese momento Hitler tampoco se volvió a presentar a sí mismo como un católico creyente o como un defensor del cristianismo, afirmaba Hastings.

Con el tiempo, el movimiento nazi llegó a ser cada vez más abiertamente anti católico hasta el punto en que los nazis se opusieron con fuerza al establecimiento de un concordato entre Baviera y el Vaticano. Se mostraron también abiertamente críticos con el nuncio papal, Mons. Eugenio Pacelli, el futuro Papa Pío XII. En las publicaciones nazis se atacaba con frecuencia a los obispos alemanes, especialmente al cardenal Michael von Faulhaber, que poco antes del Putsch de 1923 había hablado en defensa de los judíos.

Sobre el tema del antisemitismo nazi y la influencia de los católicos, Hastings observaba que en los primeros años el movimiento nazi se centró en las imágenes del Nuevo Testamento – como la expulsión de los cambistas del Templo por Cristo – en su propaganda. En esta etapa, no obstante, la ideología nazi no estaba todavía plenamente definida, y cuando adoptó una forma más definida en los años posteriores se convirtió en una forma más pura y abiertamente laica de antisemitismo.

En los primeros años treinta, tras las condenas eclesiásticas oficiales, Hastings sostenía que quedó más clara la mutua oposición de las visiones del mundo católicas y nazis.

En conclusión, Hastings afirmaba que, aunque es necesario reconocer el papel muy real jugado por el clero y el laicado católico en las primeras etapas del movimiento nazi, al mismo tiempo, no hay base para acusar al catolicismo, sea como institución o como sistema de ideas.

Además, la cohabitación entre las identidades nazi y católica despareció en lo que Hastings denominaba “el flujo de invectivas anticatólicas que lavó al fracturado movimiento como consecuencia del fallido golpe”.

Esta cohabitación fue una de las primeras víctimas de la ambición política cada vez más mesiánica de Hitler, señalaba Hastings. Lo que queda claro, tanto en Hastings como en otros, es que los horribles excesos del régimen nazi tuvieron lugar a pesar de, y no por motivo de, cualquier influencia católica.

Por John Flynn, traducción de Justo Amado