Respuesta a un joven evangélico sobre la Virgen María

Respuesta a un joven evangélico sobre la Virgen María

 

El Padre George responde

Para Iglesia y Sectas julio-agosto-septiembre de 2012.

 

A través de mi blog (zarazua.wordpress.com) me llegó esta pregunta. He respondido en línea, pero deseo ofrecer una respuesta más amplia en Iglesia y Sectas.

 

«Y si a través de María se llega a Jesús y fue santa como dicen, ¿por qué no murió ella por nosotros en la cruz?» (David777).

 

Estimado David: entiendo perfectamente tu postura. Quieres salvar la honra y la gloria para Dios. Te desagrada todo lo que pueda quitársela.  

Pero no te engañes. Hay muchas personas, acciones y cosas que nos llevan a Jesús. Por ejemplo, tú confías en tu pastor o tus pastores, que te explican la Sagrada Escritura; tú confías en esa acción humana que consiste en proclamar con tus labios y creer en tu corazón que Jesús es el único Salvador y el único Señor y aceptarlo plenamente en tu vida; amas la Biblia como instrumento privilegiado que te conduce al corazón de Dios y por eso la lees frecuentemente y la tratas con mucho respeto.

Seguramente respetas a San Pablo por la forma en que nos comunica la voluntad de Dios y la belleza de nuestra fe cristiana como lo hace con su vida, narrada en los Hechos de los Apóstoles, y en cada una de sus cartas. A través de sus escritos, san Pablo, indudablemente nos conduce a nuestro Señor Jesucristo. Y no por esto es necesaria su muerte en la Cruz.

El problema es que no ves así a la Madre del Señor. Por ejemplo, dudas de su santidad, cuando María cumplió siempre la palabra de Dios y su voluntad. Por eso aceptó ser la Madre de Jesús y escuchó devotamente la Palabra de Dios y la conservó en su corazón para meditarla y hacerla vida:

 

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 38).

 

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2, 19).

 

Te invito a aprender de la Sagrada Escritura a mirar a María siempre junto a Jesús y no en competencia con él, como tú estás al lado de tus seres queridos; como tú estás al lado de tu mamá, que no está en competencia contigo, sino a tu lado, amándote y cuidándote.

Tú deseas, como hijo bien nacido, que los que te aprecian a ti, también respeten a tu madre. Te desagradaría mucho si alguien que tiene un cariño especial por ti (una novia, una esposa, un amigo) rechazara a tu mamá o no la considerara importante o pensara que ella es sólo un vaso desechable para que tú nacieras y vinieras al mundo.

Mira a María junto a Jesús, amándolo, acompañándolo en cada etapa de su vida. Déjate guiar por la Sagrada Escritura a la que tanto amas y respetas:

 

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19, 25a).

 

Al entrar a la casa (los magos) vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron (Mt 2, 11).

 

(Los pastores) fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre (Lc 2, 16).

 

Por otra parte, María no sólo está junto a Jesús, sino junto a Jesús y sus discípulos:

 

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. (Jn 2, 1-2).

 

Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 14).

 

¿Él, que cumplió perfectamente la palabra de Dios, no cumpliría este mandamiento que dice: “Honra a tu padre y a tu madre”?  ¿Por qué no amas y  honras a María, la madre del Señor, como la amó y la honró él?

¿Si quieres imitarlo bautizándote de adulto y en un río, porque no lo imitas en su amor personal por María, su madre? Recuerda estas palabras de san Pedro:

 

Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (1Pe 2, 21).

 

Estimado David, te invito a tomar las actitudes básicas de un discípulo de Jesús en la relación con su Madre santísima.

 

Escucha a María, la madre del Señor que nos dice a ti y a mí y a todos los que creen en él:

 

Hagan todo lo que él les diga (Jn 2, 5).

 

Dile a María estas palabras que el Espíritu Santo puso en labios de santa Isabel:

 

Feliz tú que has creído, porque de cualquier manera se cumplirán las promesas del Señor (Lc 1,45).

 

Cumple en tu vida este anuncio profético que el Señor puso en labios de María, la Madre del Señor:

 

De hoy en adelante todas las generaciones me llamarán bienaventurada (Lc 1,48).

 

Sigue el ejemplo del discípulo amado:

 

Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó con él (Jn 19, 26-27).

 

Si, llévate a María a tu casa y a tu corazón, con un cariño similar al que tienes por la Biblia. María siempre te conducirá a Jesús, de la misma forma en que lo hace la Biblia. Cuando amamos este Libro Sagrado no estamos amando menos al Señor Jesús, porque Jesús y la Biblia no estén en competencia. Jesús y María no están compitiendo entre sí.

Déjame compartirte la letra de este canto, que podrás escuchar en esta dirección electrónica: http://www.youtube.com/watch?v=-NvgEodZKYs. Disfrútalo. Es uno de mis cantos favoritos. Espero que también lo sea para ti.

 

ALGO DE TI EN DIOS HABIA

 

            E      A          E

Dios tuvo un día, carne de tu carne

                               B

y por sus venas tu sangre circuló

             A                  E   C#m

había en su mirada, un algo de tus ojos

         F#m          B          E

y con tu amor también amó su corazón.

 

       E        A     E

Algo de ti, en Dios había,

              B7

tu mirada el heredó

           A                            E

heredó tu sonrisa, tu semblante y tus gestos

      F#m           B      E

de tu piel tuvo el mismo color.

 

           E           A       E

Tú le enseñaste los primeros pasos

                                B

al que fue senda para la humanidad

               A                   E   C#m

las primeras palabras, aprendió de tu boca

             F#m          B          E

aquel que al mundo dio palabras de verdad.

 

 

El Padre George responde

El Padre George responde

 

A través de mi blog (zarazua.wordpress.com) me llegó esta pregunta. He respondido en línea, pero deseo ofrecer una respuesta más amplia en Iglesia y Sectas y para este blog.

 

«Y si a través de María se llega a Jesús y fue santa como dicen, ¿por qué no murió ella por nosotros en la cruz?» (David777).

 

Estimado David: entiendo perfectamente tu postura. Quieres salvar la honra y la gloria para Dios. Te desagrada todo lo que pueda quitársela.  

Pero no te engañes. Hay muchas personas, acciones y cosas que nos llevan a Jesús. Por ejemplo, tú confías en tu pastor o tus pastores, que te explican la Sagrada Escritura; tú confías en esa acción humana que consiste en aceptar a Jesús como Salvador y Señor; amas la Biblia como instrumento privilegiado para la relación con Dios y por eso la lees frecuentemente y la tratas con mucho respeto.

Seguramente respetas a San Pablo por la forma en que nos comunica la voluntad de Dios y la belleza de nuestra fe cristiana como lo hace con su vida, narrada en los Hechos de los Apóstoles y en cada una de sus cartas. A través de sus escritos, san Pablo, indudablemente nos conduce a Jesús. Y no por esto es necesaria su muerte en la Cruz.

El problema es que no ves así a la Madre del Señor. Por ejemplo, dudas de su santidad, cuando María cumplió siempre la palabra de Dios y su voluntad. Por eso aceptó ser la Madre de Jesús y escuchó devotamente la Palabra de Dios y la conservó en su corazón para meditarla y hacerla vida:

 

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 38).

 

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2, 19).

 

Te invito a aprender de la Sagrada Escritura a mirar a María siempre junto a Jesús y no en competencia con él, como tú estás al lado de tus seres queridos; como tú estás al lado de tu mamá, que no está en competencia contigo, sino a tu lado, amándote y cuidándote.

Tú deseas, como hijo bien nacido, que los que te aprecian a ti, también respeten a tu madre. Te desagradaría mucho si alguien que tiene un cariño especial por ti (una novia, una esposa, un amigo) rechazara a tu mamá o no la considerara importante o pensara que ella es sólo un vaso desechable para que tú nacieras.

Mira a María junto a Jesús, amándolo, acompañándolo en cada etapa de su vida. ¿Él, que cumplió perfectamente la palabra de Dios, no cumpliría este mandamiento que dice: “Honra a tu padre y a tu madre”?  ¿Por qué no amas y  honras a María, la madre del Señor, como la amó y la honró él?

¿Si quieres imitarlo, bautizándote de adulto y en un río, porque no lo imitas en su amor personal por María, su madre? Recuerda estas palabras de san Pedro:

 

Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (1Pe 2, 21).

 

Déjate guiar por la Sagrada Escritura a la que tanto amas y respetas:

 

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19, 25a).

 

Al entrar a la casa (los magos) vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron (Mt 2, 11).

 

(Los pastores) fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre (Lc 2, 16).

 

Por otra parte, María no sólo está junto a Jesús, sino junto a Jesús y sus discípulos:

 

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. (Jn 2, 1-2).

 

Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 14).

 

David: te invito a tomar las actitudes básicas de un discípulo de Jesús.

 

Escucha a María, la madre del Señor que nos dice a ti y a mí y a todos los que creen en él:

 

Hagan todo lo que él les diga (Jn 2, 5).

 

Dile a María estas palabras que el Espíritu Santo puso en labios de santa Isabel:

 

Feliz tú que has creído, porque de cualquier manera se cumplirán las promesas del Señor (Lc 1,45).

 

Sigue el ejemplo del discípulo amado:

 

Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó con él (Jn 19, 26-27).

LA JERARQUÍA EN LA IGLESIA

LA JERARQUÍA EN LA IGLESIA

 

El hecho que todos seamos hermanos, no quiere decir que todos somos iguales en la Iglesia. Claramente Cristo quiso que algunos tuvieran autoridad sobre otros, como guías de los demás e instrumentos de unidad.

En la Iglesia pasa lo mismo que en una familia. Todos se consideran hermanos con relación a Dios, el padre común. Pero entre los miembros de la misma familia, algunos son padres y otros son hijos. Así en la Iglesia todos somos hermanos frente a Dios, pero entre nosotros mismos algunos representan a Cristo como cabeza y por eso gozan de una autoridad especial para el bien de todos los demás miembros de la Iglesia.

Esto está muy claro en la Biblia. Por lo tanto, no podemos seguir a Cristo, rechazando lo que él estableció. La fe exige la obediencia a la voluntad de Dios. Por esta razón, es un error decir: «Yo creo en Cristo y basta». Si crees en Cristo, tienes que aceptar SU Iglesia como él la quiso y la estableció, y no forjarte otra idea de Iglesia, ajena a la Biblia, como algo puramente espiritual e indefinible, para después sentirte con el derecho de fundar tu propia iglesia.

 

LOS DOCE APÓSTOLES

Mientras por un lado Jesús hablaba a las muchedumbres (Lc 5,1) e instruía a los discípulos (Mc 3,33-34), por el otro escogió a doce hombres, a quienes llamó apóstoles (enviados), a cuya formación dedicó muchos cuidados.

 

Entonces Jesús subió al cerro y llamó a los que él quiso, y vinieron a él. Así constituyó a los Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, dándoles poder para echar a los demonios (Mc 3,13-15).

 

El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí (Jn 13,20).

 

El que a ustedes oye, a mí me oye (Lc 10,16).

 

A estos Doce les dio poderes especiales para:

 

Anunciar su Evangelio

Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Por eso vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo (Mt 28,18-20).

 

Aquí vemos claramente como solamente algunos tienen el poder de predicar oficialmente la Palabra de Dios, contando con su asistencia y garantía. Cristo no dio el poder y la misión de predicar a todos los que quisieran.

En esto hay una gran divergencia entre la enseñanza de Cristo, completamente aceptada y vivida por la Iglesia Católica, y la manera de pensar y actuar de los hermanos separados. Según éstos, lo importante es predicar la Palabra de Dios y por lo tanto todos tienen derecho de enseñar lo que piensan sobre tal o cual parte de la Biblia. Precisamente esta idea equivocada los ha llevado hacia la división y la confusión en la doctrina.

La Iglesia Católica, al contrario, fiel a la voluntad de su fundador, siempre ha reconocido a los sucesores de los apóstoles el derecho de enseñar con autoridad, estableciendo la verdadera interpretación del dato revelado. En realidad, Jesús asegura acompañar «hasta el fin del mundo» la predicación de los apóstoles, que se iba a realizar precisamente mediante sus sucesores.

 

Celebrar el culto de la Nueva Alianza

Después tomó el pan, y dando gracias lo partió y se lo dio, diciendo: «Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía». Después de la Cena, hizo lo mismo con la copa. Dijo: «Esta copa es la Alianza Nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes» (Lc 22,19-20).

 

Celebrar la Cena del Señor representa el centro del culto para el Nuevo Pueblo de Dios, «hasta que Cristo vuelva» (1 Cor 11,26). Y esto se va a realizar mediante los apóstoles y sus sucesores. En realidad, Jesús no dio el poder a todos los que creyeran en él, para realizarla.

También aquí notamos una gran diferencia entre la enseñanza de Cristo, que es vivida al pie de la letra por la Iglesia Católica, y la práctica de muchos grupos separados. Entre estos, algunos de plano ni mencionan la Cena del Señor, como si se tratara de algo insignificante; otros aceptan y celebran la Cena del Señor, pero le dan un sentido diferente, como si se tratara de un puro recuerdo y nada más. De todos modos, no tiene validez, puesto que no cuentan con los sucesores de los apóstoles para realizarla.

 

Guiar al Pueblo de Dios

Yo les digo: todo lo que aten en la tierra, será considerado atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, será considerado desatado en el cielo (Mt 18,18).

 

¿En qué consiste este poder? En declarar lo que está permitido y lo que no está permitido; admitir a la comunidad cristiana (comunión) o separar de ella (excomunión). Abarca también el poder de perdonar los pecados cometidos después del bautismo.

 

Jesús les volvió a decir: «La paz esté con ustedes. Así como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes». Dicho esto, sopló sobre ellos: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen, queden perdonados, y a quienes no libren de sus pecados, queden atados» (Jn 20,21-23).

 

Los hermanos separados prefieren no mencionar estos textos bíblicos, que según ellos confieren demasiado poder a los hombres. Ni modo. Son Palabra de Dios y la Iglesia Católica desde un principio las ha aceptado así como suenan.

Puesto que se refieren al bien de la Iglesia de todos los tiempos y no solamente al bien de la Iglesia primitiva, es lógico que se hayan trasmitido a los colaboradores y sucesores de los apóstoles, como vemos en el caso de la excomunión y sucesiva reintegración a la comunidad cristiana que encontramos en 1 Cor 5 y 2 Cor 2,1-11.

 

PEDRO

Como jefe de los apóstoles y de toda la Iglesia, Jesús puso a Pedro.

 

Cambio de nombre

Se llamaba Simón y Jesús le cambia el nombre en Cefas =Pedro.

 

De hoy en adelante te llamaras Cefas,

es decir Pedro (Jn 1,42).

 

¿Y por qué Jesús le cambia el nombre a Simón? Para indicar su nueva identidad o misión, como por ejemplo: Yahvé = yo soy (Ex 3 14); Abraham = Padre de muchas naciones (Gen 17,5); Israel = Fuerza de Dios (Gen 32,28); Jesús = Salvador (Mt 1,21), etc.

 

Roca

¿Y cuál será la misión de Pedro? Ser la roca visible sobre la cual Jesús fundará su Iglesia. De hecho Cefas quiere decir piedra, roca, peña.

 

Tú eres Pedro (= Cefas)

y sobre esta piedra (= Cefas)

edificaré mi Iglesia (Mt 16,18).

 

¿Y por qué Jesús le pone este nombre a Simón y no le pone otro? Porque Jesús es la roca (1Pe 2,8; Rom 9,33) o piedra angular (Ef 2,20), que está a la base de la Iglesia. Pues bien, cuando Jesús se vaya de este mundo, quiere que Pedro tome su lugar, como piedra que tenga unida toda la Iglesia, empezando por los mismos apóstoles, que también son fundamento de la Iglesia.

 

Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la principal piedra angular (Ef 2,20).

 

El muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos había los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero (Ap 21,14).

 

Aunque cada uno de los doce apóstoles es cimiento de la Iglesia, entre ellos destaca Pedro, que tiene el lugar de Cristo, la roca o piedra angular. Además, siendo Pedro el jefe del Nuevo Pueblo de Dios, recibe el nombre de roca, como Abraham (Is 51,1-2), el jefe del Antiguo Pueblo de Dios.

 

Toda autoridad

El mismo Jesús le entregó a Pedro toda autoridad.

 

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en los cielos (Mt 16,19).

 

Pastor supremo

Y lo hizo también pastor supremo del rebaño, con la misión de guiar y fortalecer a los hermanos en la fe.

 

Después que comieron, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Este contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús dijo: Apacienta mis corderos.

Y le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro volvió a contestar: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida mis ovejas.

Insistió Jesús por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería. Le contestó: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Jn 21,15-17).

 

Simón, mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como se hace con el trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo.

Tú, entonces, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos (Lc 22,31-32).

 

De hecho San Pedro actuó siempre como jefe de los apóstoles y de toda la Iglesia (Hech 2,14; 15,1-29; Gál 1,18; 2,2. 9-10, etc.).

A este propósito, véase también: «Pedro», p. 347.

 

 

 

En resumen, Cristo es «piedra», «pastor supremo del rebaño» y cuenta con «todo el poder» que le da el Padre.

Al subir al cielo, quiere que otro tome su lugar para dirigir la Iglesia. Este es Simón, a quien hace «piedra» (= Pedro), «pastor supremo del rebaño» y guía que actúa con «toda autoridad».

 

COLABORADORES

Y SUCESORES DE LOS APOSTOLES

Los poderes de los apóstoles no tenían que desaparecer con su muerte, puesto que se trataba de un regalo que Cristo quiso hacer a su Iglesia para siempre (Mt 18,18; Lc 22,19; 1 Cor 11,26; etc.).

Por eso los apóstoles empezaron a establecer a sus colaboradores, mediante la imposición de las manos (2Tim 1,6-7). Son los presbíteros y los obispos encargados de cuidar las comunidades cristianas, que se iban formando a raíz de su predicación (Hech 14,23; 20,17; 1 Pe 5,1-11).

Notamos como al principio se usaban indistintamente las palabras «presbítero» u «obispo» (Hech 20,17-28; Tit 1,5-7). Notamos al mismo tiempo cómo los apóstoles se reservaban la autoridad suprema que trasmitían solamente a algunos colaboradores de mayor confianza (1Tim 3,1-15; 5,22; Tit 1,5; 3,10-11). Con el tiempo a estos se les dio el nombre de obispos y contaron con los mismos poderes de los apóstoles para anunciar la Palabra de Dios con autoridad, gozando de la asistencia del Espíritu Santo, realizar el culto, especialmente la Cena del Señor, y apacentar al Pueblo de Dios.

 

El Espíritu Santo los ha puesto como obispos

para apacentar la Iglesia (Hech 20,28).

 

Después de los obispos y presbíteros, los apóstoles establecieron como colaboradores a los diáconos, encargándolos más bien de las cosas materiales, sin excluir la predicación (Hech 6,1-6; 7,3-47; 8,4-8; Filip 1,1; 1Tim 3,8-13).

 

JEFES ACTUALES DE LA IGLESIA

Actualmente, el Papa tiene el lugar de San Pedro; los obispos tienen el lugar de los apóstoles (viviendo los mismos apóstoles, vemos cómo Tito y Timoteo mandaban sobre los demás presbíteros); los presbíteros o sacerdotes son los colaboradores de los obispos, como al principio de la Iglesia los presbíteros (u obispos) eran colaboradores de los apóstoles; y los diáconos siguen desempeñando las mismas funciones de los antiguos diáconos.

 

FALSOS PASTORES

Todos los demás, por haberse separado de la Iglesia Católica, la única fundada por Cristo y que por lo tanto goza de toda la autoridad y asistencia del Espíritu Santo aseguradas por Cristo, no cuentan con los auténticos pastores que Cristo estableció para «su» Iglesia.

Una vez apartados del tronco, cada grupo «inventó» su organización hasta hacerse bola, sin que sus pastores cuenten con aquellos poderes que Cristo entregó a los apóstoles y estos a sus colaboradores y sucesores.

La misma Biblia habla de falsos apóstoles:

 

Yo conozco tus obras y tus trabajos y sé que sufres pacientemente. No puedes tolerar a los malos, sometiste a prueba a los que se llaman a sí mismos apóstoles y los hallaste mentirosos (Ap 2,2).

 

Algunos judíos ambulantes que echaban los demonios, trataron de invocar el Nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos y decían: «Te mando salir en el Nombre de Jesús, a quien Pablo predica».

 

Entre ellos estaban los hijos de un sacerdote judío llamado Escevas. Pero, un día que entraron y se atrevieron a hacerlo, el espíritu malo les contestó: «Conozco a Jesús y sé quien es Pablo; pero ustedes, ¿quiénes son?» Y el hombre que tenía el espíritu malo se lanzó sobre ellos, los sujetó a ambos y los maltrató, de manera que tuvieron que huir desnudos y heridos (Hech 19,13-16).

 

SALVACIÓN PERSONAL

SALVACIÓN PERSONAL

 

Según los evangélicos en general, «la salvación personal se consigue por gracia, mediante la fe en Cristo Jesús».

La Iglesia Católica tiene una visión un poco diferente acerca de la salvación.

 

Voluntad salvífica universal de Dios

Antes que nada subraya la voluntad salvífica universal de Dios, que consiste en dos aspectos:

 

– Dios ama a todos los hombres.

¿Cómo no voy a tener lástima de Nínive, la gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas, que no saben distinguir el bien y el mal, y gran cantidad de animales? (Jon 4,11).

 

Él permitió a las generaciones pasadas que cada nación siguiera su propio camino; aunque nunca ha dejado de manifestarse ni de derramar sus beneficios. Desde el cielo manda la lluvia y las cosechas a su tiempo, dando el alimento y llenando de alegría los corazones (Hech 14,16-17).

 

– Dios quiere que todos los hombres se salven.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad (1 Tim 2,4).

 

La fe en Cristo es condición para salvarse solamente para los que tienen la oportunidad de conocer suficientemente a Cristo, no para los demás que no tienen esta oportunidad y que son la mayoría de los hombres.

En este sentido, la visión que tienen los evangélicos acerca de la salvación es muy reducida, llena de fanatismo, no teniendo en cuenta otras partes de la Biblia y la situación real de la humanidad, que no tiene la oportunidad de un conocimiento adecuado de Cristo. Basta pensar en Japón, la India y todos los países comunistas, donde el ejercicio de cualquier religión está prohibido. Toda esta gente que de hecho no conoce y no cree en Cristo ¿está destinada a condenarse? Todos los indios de México y América que vivieron y murieron antes de la llegada de los misioneros, ¿se habrán condenado, por no creer en Cristo? Claro que no.

La Biblia afirma que en cada hombre Dios ha puesto algo de sabiduría, para poderlo encontrar y amar, aunque se trate de una búsqueda difícil.

 

Si bien no se puede ver a Dios, podemos sin embargo, desde que él hizo el mundo, contemplarlo a través de sus obras y entender por ellas que él es eterno, poderoso, y que él es Dios (Rom 1,19-20).

 

Cuando los paganos que no tienen Ley, cumplen naturalmente con lo que manda la Ley, se están dando a sí mismos una Ley; pues muestran con su actitud que tienen la Ley en su corazón. Lo demuestra también la conciencia que habla en ellos, cuando se condenan o se aprueban entre sí mismos (Rom 2,14-15).

 

Les dejó que buscaran por sí mismos a Dios, para ver si lo descubrían aunque fuera a tientas y lo encontraran, porque no está lejos de cada uno de nosotros (Hech 17,27-28b).

 

Así que la Iglesia Católica, teniendo un conocimiento más profundo de la Biblia, tiene una visión más amplia de la Salvación, abierta a todos los hombres de todos los tiempos, a condición de que actúen según su conciencia. La fe en Cristo es condición para salvarse en la medida en que uno tenga la oportunidad de conocerlo en una forma adecuada. Si uno no tiene esta oportunidad, puede salvarse tratando de vivir según su conciencia.

 

Fe y obediencia

Acerca de la salvación personal, existe otra divergencia entre la manera de ver las cosas de muchos grupos evangélicos y la doctrina católica. Para ellos es suficiente la fe en Cristo; para nosotros no basta la fe en Cristo para salvarse. Se necesita una vida en conformidad con la enseñanza de Cristo (Lc 6,46).

 

No basta con que me digan: Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos, sino que hay que hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo (Mt 7, 21).

 

En realidad, creer en Cristo significa aceptar su mensaje y vivirlo, sin añadir o quitar nada. No basta decir: «Yo creo en Cristo», para salvarse. Es necesario conocer su voluntad y aceptarla así como es.

 

Jesús dijo: El que come mi carne y bebe mi sangre, tendrá vida eterna y yo lo resucitaré el último día (Jn 6,54).

 

¿Cómo es posible que muchos piensan salvarse, sin aceptar esta orden de Jesús? En efecto, actualizar la Cena del Señor es una orden.

 

Hagan esto en memoria mía (Lc 22,19).

 

Lo mismo por lo que se refiere al perdón de los pecados. «¿Cómo es posible que un hombre perdone los pecados?», repiten ellos. Bueno, pregúntenselo a Jesús. El que creó el cielo y la tierra ¿tiene el poder de encargar a unos hombres para que perdonen los pecados en su nombre?

 

Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, queden perdonados, y a quienes ustedes no libren de sus pecados, queden atados (Jn 20,22-23).

 

Esto quiere decir creer de veras en Cristo: aceptar TODO su mensaje y tratar de vivirlo. De otra manera se trata de una fe vacía, que no lleva a la salvación. Decir: «Yo creo en Cristo y ya» es un error, una vana ilusión, que no lleva a la salvación. Hay que aceptar y obedecer a Cristo, para salvarse. No hay que escoger una que otra enseñanza, según el propio gusto, sino que hay que aceptar todo lo que dice Jesús. Esto es creer de veras en Cristo.

¿POR QUÉ SOY CATÓLICO?

¿POR QUÉ SOY CATÓLICO?

 

Nací en una familia católica practicante

Desde que me acuerdo, siempre he rezado antes y después de tomar los alimentos. En mi familia era ley. Siempre he rezado, al levantarme en la mañana y al acostarme en la noche. Nunca en mi familia hemos faltado a la misa del domingo.

Desde los cuatro años aprendí a conocer la Biblia sentado sobre las rodillas de mi abuelo, que me contaba las historias maravillosas de la creación, de Abraham, Isaac, Moisés, David, y especialmente las parábolas, los milagros, las principales enseñanzas de Jesús y el relato de su Pasión, Muerte y Resurrección gloriosa.

Nunca vi a un familiar mío borracho. En mi pueblo (Conversano, al sur de Italia) de unos 20 mil habitantes conocí a un solo borracho. Nunca vi a uno llevar pistola o cuchillo. Mi pueblo era y sigue siendo, un pueblo católico de hueso colorado (aunque también allá últimamente ya empezaron a trabajar las sectas).

Desde los seis años empecé a ir a la doctrina cristiana todos los domingos. A los doce años era «aspirante» en la Acción Católica y al mismo tiempo «delegado» de los niños de seis años (unos treinta), que se llamaban «flamas blancas», el primer paso en la Acción Católica.

A los trece años entré al Seminario y empecé a tener «mi» Biblia. Mi grande ilusión era llegar a aprendérmela toda de memoria, tanto me fascinaba. Logré aprenderme de memoria solamente unos capítulos de San Juan (del 13 al 17), mi libro preferido. Pero después me di cuenta de que se trataba de una tarea imposible y empecé a estudiarla con más detenimiento y la ayuda de algún buen comentario.

A los 21 años entré en un Instituto Misionero, para poder dedicar toda mi vida a la enseñanza de la Palabra de Dios en los lugares más necesitados. A los 29 años llegué a México y me entregué en cuerpo y alma a esta ardua tarea de la evangelización, «la más bella aventura». Me siento plenamente satisfecho de mi trabajo, aunque sea entre lágrimas, malentendidos e incomprensiones.

Por todo esto, me siento sumamente ofendido y molesto, cuando alguien dice: «La religión católica es mala; los católicos son borrachos, ladrones, peleoneros…; los católicos no conocen la Palabra de Dios; a los católicos les está prohibido estudiar la Biblia…», y cosas por el estilo.

A estas personas quisiera preguntarles: «¿Conocen de veras la Iglesia Católica? ¿Conocen a los verdaderos católicos?» Fíjense que en todas partes hay verdaderos católicos, que conocen y viven su fe en profundidad y tienen una vida honesta, según las enseñanzas de Cristo.

Y si no conocen la Iglesia Católica en sus enseñanzas y en sus mejores exponentes, ¿por qué hablan mal de ella? Juzgan sin conocer, y esto no es correcto. Es claramente ofensivo y seguramente no responde a la enseñanza de Cristo.

Aparte de haber nacido en una familia católica y haber conocido a Cristo en la Iglesia Católica, tengo otras razones para permanecer fiel a la Iglesia Católica, después de un atento estudio de la Biblia.

 

Cristo fundó una sola Iglesia

Antes que nada, es un hecho indiscutible que Jesús fundó una sola Iglesia. El pasaje de San Mateo es muy claro al respecto:

 

Y ahora yo te digo:

Tú eres Pedro,

o sea Piedra,

y sobre esta piedra

edificaré MI IGLESIA (Mt 16,18a).

 

Así que Jesús ya fundó SU Iglesia hace casi dos mil años. Esto no quiere decir que a otro algún día no se le pueda ocurrir la idea de fundar OTRA Iglesia. Este será su problema.

Para mí, lo importante es saber que Jesús hace casi dos mil años ya fundó «Su Iglesia» y que por mi parte yo quiero pertenecer a ella hasta la muerte. Lo demás no me interesa. Todos están libres de hacer lo que les dé la gana.

 

La Iglesia que fundó Cristo

llegará hasta el fin del mundo

Algunos dicen: «Es cierto que Jesús fundó una sola Iglesia. Pero esta se acabó pronto por la mala conducta de sus miembros. Ahora la única Iglesia verdadera es la mía, porque el fundador de mi iglesia fue enviado por Dios mediante sueños y visiones.»

Respuesta: Esto es falso. En realidad, Jesús no dijo que su Iglesia pronto se acabaría, sino que llegaría hasta el fin del mundo, superando todos los obstáculos. Escuchemos lo que dijo Jesús:

 

Los poderes del infierno

no prevalecerán contra ella (Mt 16,18b).

 

Es decir, habrá problemas, dificultades, traiciones, pero nadie ni nada logrará destruir esta Iglesia fundada por Cristo: ni el judaísmo, ni el paganismo del imperio romano, ni los falsos discípulos de Cristo, ni los gobiernos, ni los ateos, ni la masonería, ni las sectas, ni Satanás en persona. La Iglesia que fundó Cristo, llegará hasta el fin del mundo.

 

Yo estaré con ustedes,

TODOS LOS DÍAS,

hasta que termine este mundo (Mt 28,20).

 

No dijo Jesús: «Si se portan bien, estaré con ustedes; pero si se portan mal, los voy a abandonar y fundaré otra Iglesia mejor, mediante sueños y visiones». Nada de esto. Jesús fundó una sola Iglesia y esta llegará hasta el fin del mundo.

Si otro quiere fundar otra Iglesia, que lo haga; pero no vaya diciendo que es la Iglesia de Cristo. Tenga el valor para decir: «Esta es mi iglesia».

 

La Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Jesús

y llegará hasta el fin del mundo

En el momento actual, frente a una gran cantidad de grupos que se consideran «Iglesia de Cristo», la pregunta es: «¿Cuál es la verdadera Iglesia de Cristo, es decir la que fundó Jesús personalmente, cuando vivió en este mundo, y que cuenta con todos los poderes que Cristo entregó a Pedro y a los apóstoles, como pastores de su Iglesia?».

Sin duda tiene que tratarse de una sola Iglesia y no de muchas, como hay actualmente. Entre todos los grupos que se consideran cristianos, solamente uno podrá decir: «Yo soy la verdadera Iglesia que fundó Cristo personalmente y llegará hasta el fin del mundo; solamente en mí se encuentran todos los medios de salvación que Cristo estableció para sus discípulos; solamente mis pastores cuentan con todos los poderes que Cristo entregó a sus apóstoles; solamente yo tengo la garantía de llevar intacto y sin errores el Evangelio de Cristo hasta los últimos confines de la tierra».

Pues bien, ¿cuál es esta Iglesia? La Iglesia Católica.

¿Por qué? Porque es la única que arranca desde Jesús, la única que puede demostrar su antigüedad hasta llegar a los apóstoles y al mismo San Pedro, el jefe de ellos. Sobre este punto no existe ninguna duda. Tenemos millares y millares de documentos que lo comprueban. Véase: «Papa», pp. 339-344.

Al contrario, todos los demás grupos de hermanos separados tendrán a lo sumo cien, doscientos, trescientos o poco más años de existencia. ¿Cómo podrán afirmar que son la Iglesia que fundó Cristo?

Hermano, ¿permites que te haga una pregunta? ¿Has pensado alguna vez en los orígenes y los actuales jefes de tu iglesia? Estoy seguro de que, los que te hicieron cambiar de religión, te hablaron muy bonito sobre Cristo, pero no te dijeron nada acerca de los orígenes, la historia y los jefes actuales de su religión, mientras te hablaron mal de la Iglesia Católica. ¿Te has preguntado el por qué? Sencillamente quisieron aumentar su grupo, sin manifestar ninguna preocupación por la verdad de las cosas. Y esto está mal. Antes que nada, Jesús nos invita a ser sinceros y a no tratar de engañar a nadie.

Tú me dirás: «Una vez que cambié de religión, me arrepentí, me entregué a Cristo… y sentí muy bonito».

«De acuerdo —te contesto—. Siempre que uno se arrepiente de sus pecados sinceramente, según sus conocimientos y su capacidad, Dios le perdona y le da su paz. Pero no es este el problema. Lo que Jesús vino a traer a este mundo es mucho más amplio. Es como comparar la comida de un pobrecito, que con dos taquitos se siente satisfecho, con otra que cuenta con una gran variedad de platillos sabrosos. En esto consiste la diferencia entre la Iglesia Católica y los demás grupos cristianos. El problema no está en lo que tienen de bueno, sino en lo que les falta».

En realidad solamente la Iglesia Católica posee la plenitud de la verdad y de los medios de santificación. Basta echar un vistazo a los distintos grupos cristianos, para que uno fácilmente se dé cuenta que a un grupo le falta una cosa, a otro le falta otra cosa; uno afirma algo y otro afirma todo lo contrario. Ni modo. Así es cuando cada cual quiere buscar la verdad por su cuenta y no acude a la Única Iglesia, que fundó Jesús y está encargada de llevar el Evangelio a todo el mundo.

 

Una Iglesia visible

Para la mayoría de los evangélicos, «la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, no se puede identificar con ninguna entidad eclesiástica en particular, sino que se compone de todos los que hayan puesto su fe en nuestro Señor Jesucristo».

Para nosotros católicos, la Iglesia que funda Jesús es precisamente la Iglesia Católica. En realidad, entre todas las iglesias que existen actualmente, es la única que llega hasta Cristo. Las demás tuvieron otros fundadores.

La Iglesia es inseparable de Cristo, porque Él mismo la fundó sobre los Doce apóstoles, poniendo a Pedro como cabeza (Jn 21,15-17). No se puede aceptar a Cristo y rechazar la Iglesia. Dijo Jesús:

 

El que recibe a ustedes, a mí me recibe,

y el que me recibe a mí,

recibe al que me envió (Mt 10,40).

 

Como el Padre me envió a mí,

así yo los envío a ustedes (Jn 20,22).

 

Si no oyere a la Iglesia,

tenle por gentil y publicano (Mt 18,17).

 

La Iglesia es la continuación de Cristo en el mundo. En ella se da la plenitud de los medios de salvación, entregados por Jesucristo a los hombres mediante los apóstoles. La Iglesia es «la base y el pilar de la verdad» (1Tim 3,15), es el lugar donde más se manifiesta la acción de Dios, el instrumento principal para la llegada de su Reino a este mundo.

Así que es un error ponerse a fundar nuevas iglesias o querer escoger la iglesia que más le agrade a uno. La verdadera Iglesia ya la fundó Cristo y no existe otra igual. Por lo tanto, aceptar a Cristo significa aceptar su Iglesia.

 

La Iglesia y el Reino de Dios

El mensaje de Jesús tiene como centro la proclamación del Reino de Dios. ¿Qué es el Reino de Dios? Es un mundo nuevo, en el cual Dios es el Rey, que actúa con justicia:

 

Ya llega a regir la tierra;

regirá el orbe con justicia

y a los pueblos con fidelidad (Sal 96,13).

 

Por lo tanto es un mundo sin opresión (Is 65,17-25; Is 11,69), donde se vive la fraternidad.

Ahora bien, la Iglesia representa el germen y el principio de este Reino, que va más allá de sus límites visibles, puesto que la elección de Dios se desarrolla también en el corazón de los hombres que viven fuera del ámbito visible de la Iglesia.

Bajo este aspecto, pertenecen al Reino de Dios también personas de buena fe que por ignorancia están metidos en alguna secta o personas de buena voluntad que ni aceptan a Cristo como Salvador, por no conocerlo suficientemente. Estas personas de hecho pertenecen al Reino de Dios, luchan para que éste se consolide siempre más en el mundo y ciertamente Dios los va a salvar.

También sobre este punto hay divergencia entre los católicos y ciertos grupos de hermanos separados que confunden el Reino de Dios con su secta o con su iglesia entendida como la reunión de todos los que aceptan a Cristo como Salvador. Para ellos, los que no creen en Cristo, aunque sea sin culpa, no pueden salvarse ni pertenecer al Reino de Dios. Y esto representa un verdadero absurdo, fundado sobre una actitud completamente fanática, que no tiene en cuenta el amor de Dios y su grande libertad en la manera de intervenir en la historia humana.

 

Una Iglesia de santos y pecadores

En la misma Biblia se habla de la Iglesia como de un campo, donde crece trigo y hierba mala (Mt 13,24-30). En la primitiva comunidad cristiana, guiada por los mismos apóstoles, había muchos problemas e infidelidades, con casos de mentira (Ananías y Safira: Hech 5,1-11), de inmoralidad sexual (1Cor 5), de inconformidades y chismes, por lo cual los apóstoles tuvieron que establecer los diáconos (Hech 6, 1-7), de envidias (1Cor 3, 1-4), etc.

Entre los mismos apóstoles, ¿no hubo un Judas que traicionó a Jesús y llegó a ahorcarse por soberbia? ¿No hubo un Pedro que negó a Jesús por miedo y después se arrepintió, siguiendo como jefe al frente del grupo de los apóstoles y de todo el rebaño de Cristo? (Jn 21, 15-17). ¿Por qué, entonces, tenemos que extrañarnos, si en la Iglesia de Cristo de ahora y de todos los tiempos encontramos buenos y malos, santos y pecadores, en todos los niveles? ¿Acaso en el Antiguo Pueblo de Dios hubo puros santos?

 

El fariseo y el publicano

El pretender una Iglesia de puros santos es una grave tentación que ha dado origen a muchas sectas, que después se llenaron de pecado y llegaron a desintegrarse. En efecto, ¿dónde están ahora las innumerables sectas que se formaron durante el primer milenio de la Iglesia? Todas desaparecieron.

A este propósito es oportuno recordar la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). Hay que desconfiar mucho de los que pretenden ser santos como el fariseo y desprecian la Iglesia Católica, porque en su seno hay pecadores. Acordémonos de que el pecado más grave no es la borrachera o la prostitución, sino el orgullo, el sentirse bueno y despreciar a los demás. Y éste fue el pecado de los fariseos, aferrados a su cumplimiento de la Ley y cerrados a la verdad, por lo cual no reconocieron al Mesías.

 

El ejemplo de la familia

Además la Iglesia es como una familia. Y como en cada familia, hay de todo: hermanos que se portan bien y hermanos que se portan mal. Hasta los mismos papás pueden tener defectos.

Pues bien ¿qué pensarías de un hermano que dijera:  «Puesto que en mi hogar hay muchos problemas, me voy a vivir en la casa del vecino, donde hay pura paz y tranquilidad»?

Sin duda no estarías de acuerdo con su actuación. En efecto, en lugar de ayudar a resolver los problemas de su familia, con su decisión los aumentaría más. Y es lo que está pasando con muchos católicos. En lugar de ayudar a resolver los problemas que existen dentro de la Iglesia, la abandonan y después hacen todo lo posible para seguir sacando a otros. Y esto está muy mal.

Así que nunca se te ocurra a ti hacer algo parecido, y si ya lo hiciste por ignorancia, orgullo o malos consejos que te dieron, arrepiéntete de una vez y regresa a la única Iglesia que fundó Cristo personalmente cuando vivió en este mundo y que nunca se acabará. Acuérdate: «Cometer errores es humano; perseverar en ellos es diabólico».

 

Confianza en Cristo

«Maldito el hombre que confía en otro hombre» (Jer 17,5), dice la Biblia. Yo, por mi parte, prefiero mil veces confiar en Cristo, que fundó la Iglesia Católica y le aseguró que iba a durar hasta el fin de los tiempos, que en otros hombres que fundaron otras iglesias. Según ellos, Jesús no tuvo el poder para cumplir con su promesa de que su Iglesia duraría para siempre, hasta el último día. Mientras ellos sí que tienen este poder. Ellos se consideran más poderosos que Cristo, puesto que sus iglesias nunca van a desaparecer. ¡Pobres ilusos!

Pasarán los siglos, surgirán y desaparecerán las sectas… pero la Iglesia Católica, la única Iglesia que fundó Jesús, seguirá siempre adelante, entre problemas, éxitos y fracasos, hasta el día en que Cristo regrese a juzgar a los vivos y a los muertos.

Por lo menos, esta es mi fe inquebrantable en Cristo y en la Iglesia que Él fundó y a la cual me siento orgulloso de pertenecer. Véase: «Iglesia Católica», pp. 316-318 y «Constantino», p. 294.

HERMANOS SEPARADOS

HERMANOS SEPARADOS

 

Eres mi hermano

Antes que nada, quiero que sepas claramente que te considero como un verdadero hermano mío, y que te quiero y te admiro por muchas cosas buenas que he visto en ti y en tu iglesia.

Admiro tu deseo de dar a conocer a Cristo, tu entrega… De veras que muchas veces he sentido en mi corazón una santa envidia por tu celo apostólico.

Naturalmente, hay también ciertas cosas que no me gustan en tu actuación. De esto quiero hablarte después, más detenidamente. De todos modos, ¿en qué familia, entre hermanos, no hay desavenencias, problemas, malentendidos?

Lo que quiero aclarar ahora es esto: «Te admiro y te quiero como un verdadero hermano en Cristo».

En realidad, lo que nos une es demasiado:

• Tú y yo creemos igualmente en el mismo Dios, creador providente y padre amoroso. Algún día este Dios será el juez para mí y para ti. Y esto, de por sí, ya es mucho en un mundo tan materialista y lleno de pesimismo.

• Tú y yo creemos igualmente en Jesucristo como el «Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), el único Salvador, Señor y Mediador entre nosotros y el Padre (Hech 4,11; 1 Tim 2,5).

• Los dos amamos igualmente y estudiamos la Biblia, tratando de descubrir en ella la voluntad de Dios.

 

Hay muchas otras cosas más que nos unen. Aquí quise subrayar solamente las más importantes, para que nos demos cuenta de que, en lugar de fijarnos en lo que nos divide, aprendamos a fijarnos también en lo que nos une, para tratar de vivir el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús, con sinceridad y sin exclusivismos:

 

Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros

como yo los he amado (Jn 15,12).

 

Estamos separados

Por desgracia, no estamos completamente unidos. El pecado nos ha dividido. Hemos desgarrado el Cuerpo de Cristo. Él está roto por nuestra culpa y la culpa de nuestros mayores. El adversario nos ha ganado.

En lugar de luchar juntos para mejorar la Iglesia, cada uno ha querido hacerlo a su modo, apartándose del hermano. El sueño de Cristo, expresado con tanta insistencia la vigilia de su pasión y muerte, se ha esfumado.

 

Que todos sean uno,

como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti.

Sean también ellos uno en nosotros:

así el mundo creerá

que Tú me has enviado (Jn 17, 21).

 

A causa de nuestras divisiones, muchos llegan a rechazar a Cristo y hasta odiar cualquier religión, privándose de una riqueza tan enorme. Y todo esto, ¡por nuestra culpa!

¡Qué grande responsabilidad tenemos frente al mundo, a causa de nuestras divisiones! «Así el mundo creerá que Tú me has enviado» (Jn 17,21), dijo Jesús. Al estar nosotros divididos, muchos no creen en Cristo. Así que, en lugar de ser un signo de que Cristo es el enviado de Dios, mediante nuestra división representamos una piedra de tropiezo para los que quisieran acercarse a Él.

Muchos piensan: «Quiero buscar a Dios; tal vez el cristianismo me da la clave. Pero… si los mismos cristianos están divididos entre sí y se odian… Mejor que busque por otro lado». Y tal vez llegan a perderse para siempre, decepcionados de todo y de todos.

 

Un problema antiguo

Y este problema de la división empezó desde un principio, viviendo todavía los apóstoles. Así que no le podemos achacar la culpa a una determinada persona o institución. De por sí el hombre es pecador y tiende a apartarse de Dios y del hermano, por envidia, orgullo, intereses personales, para formar un grupo aparte y sentirse superior. Todo lo demás es puro pretexto.

En realidad la voluntad de Cristo es muy clara: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). El que se aparta, para formar otro grupo, tiene que saber claramente que se está portando mal, poniéndose en contra de la voluntad clara de Cristo. Jesús quiere la unidad de todos los que creen en su nombre. La división viene del pecado y del demonio.

 

Cada uno va proclamando:

«Yo soy de Pablo»,

«yo soy de Apolo»

«yo soy de Pedro»,

«yo soy de Cristo»,

¿Acaso está dividido Cristo? (1Cor 1,12-13).

 

Hijitos míos, es la última hora,

y se les dijo que tendría que llegar el Anticristo;

en realidad, ya han venido varios anticristos,

por donde comprobamos que ésta es la última hora.

 

Ellos salieron de entre nosotros mismos,

aunque realmente no eran de los nuestros.

Si hubieran sido de los nuestros,

se habrían quedado con nosotros.

 

Al salir ellos, vimos claramente que entre nosotros

no todos eran de los nuestros (1Jn 2,18-19).

 

A Dios el juicio

Hermano en Cristo, ¿me permites que te hable con toda franqueza? Fíjate que no quiero ofenderte. Quiero solamente que reflexiones más detenidamente sobre la cita anterior. Si te das cuenta de que no viene al caso para ti, no te preocupes. Tal vez esta reflexión podrá servir para otros.

Muchos dicen: «Cuando yo era católico, era malo, me emborrachaba, le pegaba a mi mujer. Desde que dejé la Iglesia Católica y entré en esta nueva iglesia, encontré a Cristo y cambié de vida».

Ahora mi pregunta es la siguiente y quisiera que me contestaras con toda sinceridad: «Antes de dejar la Iglesia, ¿conocías de veras el catolicismo? Y si lo conocías, ¿tratabas de vivirlo? ¿O tal vez abandonaste el catolicismo, antes de haberlo conocido y vivido?».

No quiero juzgarte ni culparte de nada. Para mí las palabras de Jesús: «No juzguen y no serán juzgados» (Lc 6,37), son ley. Quiero solamente decirte esto: Si antes de conocer y vivir el catolicismo, cambiaste de religión, tú no eras de los nuestros, de otra manera te habrías quedado con nosotros. Al salirte, vimos claramente que, entre nosotros, no todos eran de los nuestros (1Jn 2,19).

Y este problema sigue todavía. A causa de tantos malos ejemplos presentes en la Iglesia, de tan pocos evangelizadores y de la triste realidad de una masa que se llama católica, sin un mínimo de instrucción y de vivencia cristiana, muchos se aprovechan para desacreditarla y sacarle gente para sus distintos grupos.

¿Lo hacen con sinceridad? ¿por interés?, ¿por orgullo?, ¿por odio en contra de la Iglesia Católica?, ¿por motivos políticos, tratando de adormecer las conciencias y así detener la marcha de la Iglesia Católica en favor de los derechos humanos, la dignidad del hombre y la igualdad entre las naciones y los individuos?

Yo creo que hay de todo. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y sabe qué es lo que mueve a cada uno de nosotros. Mi intención es ponerte en guardia, para que no creas fácilmente en cualquier persona que te hable de Cristo muy bonito, persiguiendo otros fines, muchas veces encubiertos.

Tú obedece a tu conciencia. Si estás convencido de que andas bien, sigue adelante sin temor. Dios juzga el corazón. Si eres sincero contigo mismo y buscas la verdad, no tengas miedo. Dios te ayudará. Reza mucho y sigue buscando la voluntad de Dios. Tal vez este libro te podrá ayudar en algo.

 

Que Cristo sea conocido

No obstante todo, yo, por mi parte, sigo siendo optimista. Me doy cuenta perfectamente que para muchos «la religión es un puro negocio» (1Tim 6,5). «En realidad, el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1Tim 6,10).

Sin embargo, lo que más me importa es que Cristo sea conocido, aunque se trate de un Cristo roto o con verdades a medias. Algo es algo.

Claro que me gustaría que estuviéramos todos unidos y predicáramos al mismo Cristo con amor hacia todos, dando testimonio de aquel Reino de paz y justicia, que Cristo vino a anunciar y empezó a implantar en este mundo. Pero… ¿qué le podemos hacer? Es un hecho que somos pecadores y no logramos hacer las cosas a la perfección.

A este propósito recuerdo las palabras de San Pablo:

 

Algunos, es cierto, son llevados por la envidia y quieren hacerme competencia, pero otros predican a Cristo con buena intención.

Pero, al fin, ¿qué importa que unos sean sinceros y otros hipócritas?

De todas maneras, se anuncia a Cristo y eso me alegra,      y seguirá alegrándome (Filip 1,15.18).

 

Se llegará a la unidad

No obstante las fuerzas destructoras y los fanatismos que operan en este mundo, estoy convencido de que, a como dé lugar, el sueño de Cristo se va a realizar algún día. La verdad tiene que abrirse paso. Si somos dóciles a los impulsos del Espíritu, se llegará a la unidad.

 

Yo soy el buen pastor:

conozco las mías y las mías me conocen a mí.

 

Tengo otras ovejas,

que no son de este corral.

 

A ellas también las llamaré

y oirán mi voz:

habrá UN SOLO REBAÑO,

como hay un solo pastor (Jn 10,14-16).

 

Así que, adelante, hermano, con fe en estas palabras de Jesús. Un día llegaremos a formar una sola Iglesia todos los creyentes en Cristo. Y tratemos de luchar para que este día no sea muy lejano.