Presentación a EXODO: Hacia una nueva tierra. La Iglesia en momentos de crisis, del padre Flaviano Amatulli Valente, fmap
Obediencia callada
y crítica profética
Dos actitudes posibles
ante situaciones de pecado en la Iglesia
Considero que uno de los libros más significativos de la vasta bibliografía de Joseph Ratzinger es «El nuevo pueblo de Dios. Esquemas para una eclesiología», un volumen que recoge diversos trabajos suyos sobre temas eclesiológicos, que siguen teniendo una sorprendente actualidad. Pues bien, algunas reflexiones vertidas de este libro nos servirán de guía para comprender por qué, hoy más que nunca, son necesarios libros como los que ha escrito el padre Amatulli a propósito de la realidad eclesial, particularmente este que ahora presentamos.
Santidad y pecado en la Iglesia
Es uno de los temas que trata este interesante libro. Joseph Ratzinger señala que los Padres de la Iglesia han reflexionado oportunamente y con mucha profundidad sobre la santidad y el pecado en la vida de la Iglesia.
Para los Padres estaba claro que, en su origen histórico, la Iglesia procede de Babilonia, la ramera de este mundo, pero también estaba claro para ellos que el Señor Jesús la lavó con su preciosa sangre en el Calvario y la convirtió de «ramera» en esposa. Este proceso no es algo que sólo se haya dado en un pasado remoto, en los inicios de la Iglesia. La Iglesia, al estar formada por pecadores, vive constantemente en tensión y es llamada constantemente a salir de Babilonia.
Una de las expresiones que más les ayudó a los Padres reflexionar sobre este aspecto es una expresión del Cantar de los Cantares: «Soy negra, pero hermosa» (Cant 1, 5).
San Gregorio Magno afirma lo siguiente, reflexionando este pasaje bíblico:
«Diga la Iglesia: soy “negra”, soy pecadora, porque el sol me ha tostado, pues en el tiempo en que mi Creador se alejó de mí, caí en el error» (In Cant. c.1,5).
Esta reflexión sobre la historia de Israel les ayudó a mirar con profundidad la figura misma de Pedro que es, al mismo tiempo, «la roca de la Iglesia» y «la roca de tropiezo (skandalon)». Pedro es la «roca de la Iglesia» cuando el Padre celestial lo toma a su servicio y él se deja convertir en instrumento de Dios y es «skandalon» cuando hablan por él la carne y la sangre, convirtiéndolo en «Satanás» y en «piedra de tropiezo» (cfr. Mt 16, 13-23).
Así, Joseph Ratzinger se pregunta:
«¿Y no ha sido fenómeno constante a través de toda la historia de la Iglesia que el Papa, el sucesor de Pedro, haya sido a la par petra y skandalon, roca de Dios y piedra de tropiezo?».
San Agustín de Hipona escribió lo siguiente:
«Los santos mismos no están libres de pecados diarios. La Iglesia entera dice: Perdónanos nuestros pecados. Tiene, pues, manchas y arrugas (Ef 5, 27). Pero por la confesión se alisan las arrugas, por la confesión se lavan las manchas. La Iglesia está en oración para ser purificada por la confesión, y estará así mientras vivieren hombres sobre la tierra» (Sermo 181, 5, 7 en PL 38, 982).
Por su parte, el Concilio Vaticano II nos dice que «la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (Lumen Gentium, 8) y que «Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (Unitatis Redintegratio, 6).
Obediencia
y crítica profética
Una pregunta que podemos plantearnos es la siguiente: ¿Cuál debe ser la actitud del cristiano ante la Iglesia que vive históricamente y se encuentra constantemente entre la santidad y el pecado?
Joseph Ratzinger, en «El nuevo pueblo de Dios. Esquemas para una eclesiología» nos ayuda a responder este cuestionamiento. Hay dos respuestas posibles, ambas motivadas por el amor: la obediencia callada, por privilegiar la misión divina de la Iglesia, y la crítica profética, por amor a la pureza de la Iglesia. Se trata, por tanto, de dos polaridades fundamentales: la libertad del testimonio y la obediencia de la aceptación.
Una cosa es cierta: la Iglesia ha recibido la herencia de los profetas, que sufrieron por causa de la verdad. Esta herencia toma la forma de protesta profética contra la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y la autosuficiencia de las instituciones, que cambian la moral por el rito y la ceremonia por la conversión (cfr. Is 58), como ocurre en nuestros días con la religiosidad popular y la administración indiscriminada de los sacramentos.
Al asumir esta herencia profética hasta sus últimas consecuencias, la Iglesia se transformó desde el principio en la Iglesia de los mártires, que dan testimonio en medio de las persecuciones, como lo hicieron los Apóstoles (Hch 4, 15-20), llegando incluso hasta el derramamiento de la propia sangre, como en el caso de san Esteban (Hch 7, 54-60).
Por eso, junto a la obediencia filial, se impone otro deber irrenunciable: el deber del testimonio profético, el deber de luchar por la pureza de la Iglesia. Este testimonio es frecuentemente un testimonio que se ofrece en medio del dolor, que encierra frecuentemente el desconocimiento, las sospechas y hasta la condenación lapidaria por parte de la autoridad eclesiástica.
Como el profeta Jeremías
Joseph Ratzinger dice que la palabra de los profetas es una palabra que Dios se reservó en medio de Israel. Es una palabra libre en medio de las instituciones como el templo y el sacerdocio oficial. Por eso el Antiguo Testamento muestra que Dios elige libremente a los profetas.
Una figura paradigmática de la actividad profética, que anuncia la suerte de los profetas a lo largo de la historia, es la figura trágica del profeta Jeremías.
Su itinerario es significativo: fue encarcelado como hereje, atormentado como rebelde contra la palabra y la ley de Dios, perseguido y condenado a muerte, aunque concluyó en el anonimato como deportado. Al final, Jeremías fue reconocido como profeta auténtico, como portador de la verdadera voz de Dios.
Para decirlo en palabras de Joseph Ratzinger: «El profeta es testigo de Dios. Frente a la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y frente a la tergiversación clandestina y pública de las señales divinas, el profeta pone a salvo la autoridad de Dios y defiende Su palabra del egoísmo de los hombres. Y así, en el Antiguo Testamento existe -combatida y oprimida por la autoridad, pero cada vez más reconocida como voz de Dios- una crítica que crece en mordacidad hasta la descripción del destructor del Templo como siervo de Dios (Jer 25, 9)».
La obediencia que fecunda a la Iglesia
Conviene decirlo con claridad: la verdadera obediencia no es la de los aduladores, la de los falsos profetas que evitan cualquier confrontación y que prefieren seguir el camino de la propia comodidad y la ruta de preservar los propios intereses.
La obediencia de los profetas auténticos es la que ha fecundado a la Iglesia a lo largo de su historia y que la ha sacado constantemente de la tentación babilónica. Esta obediencia procede de la verdad y conduce a la verdad. Lo que la Iglesia de hoy y de siempre necesita no son los panegiristas de lo existente, sino hombres que experimenten una pasión por la verdad.
Cuando se acalla la voz profética ante las infidelidades de los pastores de la Iglesia no es señal de mejores tiempos. Es, más bien, un signo evidente de que ha disminuido el amor a la Iglesia, de que el corazón no arde ya en el celo por la causa de Dios en este mundo (cfr. 2Cor 11, 2).
No es casual, por tanto, que los santos no sólo tuvieron que luchar con el mundo, sino también con la Iglesia. Ellos, los auténticos intérpretes de las Sagradas Escrituras, han amado profundamente a la Iglesia; por ello podemos decir que han luchado constantemente contra la tentación de la Iglesia a hacerse mundo, sufriendo bajo la Iglesia y en la Iglesia, sin caer en la tentación de abandonarla, pero afirmándose en Aquel que quiere presentarse a su esposa sin mancha ni arruga (Ef 5, 27), elevando su voz crítica en el momento necesario.
Escuchemos una vez más a Joseph Ratzinger:
¿Quién no recordará aquí el relato de san Pablo sobre su choque con Pedro?: «Empero, cuando vino Cefas a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era reprensible… Pero, cuando vi que no andaban derechos conforme a la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: si tú, que eres judío, vives a lo gentil y no a lo judío, ¿cómo compeles a las gentes a judaizar?» (Gál 2,11-14). Si fue flaqueza de Pedro negar la libertad del Evangelio por miedo a los adeptos de Santiago, su grandeza estuvo en aceptar la libertad de san Pablo que le «resistió cara a cara». La Iglesia vive hoy todavía de esta libertad, que le conquistó el camino hacia el mundo de la gentilidad.
Pues bien, en esta libertad evangélica y en esta tradición profética, en este profetismo que se da en el seno de la obediencia, está plenamente insertado el padre Amatulli, como lo ha demostrado en tantos libros y en sus múltiples intervenciones, que atestiguan su solicitud por todas las Iglesias (2Cor 11, 28) y su amor entrañable al Evangelio (1Cor 9, 16).
Un ejemplo elocuente de este amor sin medida a la Iglesia y un ejercicio de la actividad profética lo constituye su libro más reciente, Éxodo: Hacia una nueva tierra. La Iglesia en momentos de crisis, donde manifiesta su fidelidad al profetismo, que denuncia el pecado, pero mantiene abierta la perspectiva de la conversión y anuncia la intervención salvífica de Dios.
Este libro me ha fascinado por la capacidad que tiene el padre Amatulli para sintetizar en este libro la situación de la Iglesia en esta hora de gracia. Me ha llamado la atención que, según su costumbre, el padre Amatulli presenta sin cortapisas su diagnóstico sobre la realidad eclesial, en franca bancarrota en amplios sectores del catolicismo, particularmente latinoamericano.
Me ha parecido impactante que, a medida que avanza la narración, el padre Amatulli presenta en el momento preciso y de la manera más oportuna las iniciativas concretas que sugiere para hacer frente a la crisis que enfrentamos en el catolicismo, que aparecen con mucha naturalidad y en el contexto que les corresponde.
Hoja de ruta
La primera impresión que tuve es que, antes que nada, el padre Amatulli nos presenta a los Apóstoles de la Palabra un plan de vuelo, una hoja de ruta que debemos recorrer para hacer realidad un Nuevo Modelo de Iglesia.
Me parece muy atinado el estilo de presentar el itinerario pastoral que debemos asimilar en nuestro proceso formativo y poner en práctica en nuestro apostolado cotidiano, especialmente en las parroquias y comunidades bajo nuestro cuidado pastoral, para ser verdaderamente levadura en la masa. Ya nos lo ha presentado de forma oral en el diálogo personal, homilías, retiros, reuniones y ejercicios espirituales; lo ha hecho en forma de ensayos y artículos periodísticos, pero ahora nos lo presenta con cierta brevedad y con la magia de la narración, que los hace asequibles y despierta la imaginación y la creatividad pastoral.
Éxodo: Hacia una nueva tierra
El título de su libro me llevó a revisar la experiencia del Éxodo, de manera particular en el libro de los Números, especialmente el momento tan dramático en que los exploradores fueron enviados por Moisés a echar un vistazo a la Tierra prometida, antes de emprender la conquista de Canaán.
Siempre me había llamado la atención esa prolongada permanencia de los israelitas en el desierto durante largos cuarenta años, cuando estaban ya a las puertas de la Tierra prometida, al alcance de la mano. He aquí la razón.
No entrarán en la tierra que juré darles. Sólo habrá una excepción para Caleb, hijo de Jefoné y para Josué, hijo de Nun. Quienes entrarán serán sus nietos, de los que decían que serían reducidos a la esclavitud; ellos conocerán la tierra que ustedes menospreciaron. (…) sus hijos serán nómadas en el desierto durante cuarenta años. Ustedes emplearon cuarenta días en recorrer el país; pues bien, cada día equivaldrá a un año. Cargarán con el peso de su pecado durante cuarenta años y sabrán lo que es mi cólera (Nm 14, 30-34).
Pues bien, no todos los israelitas que salieron de Egipto entraron a la Tierra prometida (cfr. Nm 14, 20-35), ni todos nuestros contemporáneos están listos para dar inicio y formar parte del Nuevo Modelo de Iglesia que se necesita y que el padre Amatulli perfila en este y otros libros suyos. Muchos están atados a sus prejuicios y amarrados a los privilegios. Los ata la fuerza de la costumbre. La comodidad de la rutina les impide soñar nuevas formas de vivir la fe, más adecuadas a los tiempos que vivimos, en plena fidelidad al Evangelio, pero también al hombre concreto.
Sólo Caleb y Josué con los suyos conquistaron y saborearon esa tierra que mana leche y miel (Nm 14, 30; Jos 14, 13-15). Sólo los decididos y los valientes podrán vivir y hacer realidad el Nuevo Modelo de Iglesia que el padre Amatulli nos presenta en este interesante libro. Sólo ingresaran aquellos que estén dispuestos a conformar la propia vida y el ministerio a la voluntad de Dios, manifestada en la Sagrada Escritura y en los acontecimientos.
Una cosa es cierta: llegará el día en que esto que el padre Amatulli propone se hará una hermosa realidad, como se hizo realidad la conquista de la Tierra prometida, a pesar del pesimismo y las murmuraciones de los israelitas, a pesar de la rebelión y la incomprensión del pueblo de Dios en Cadés en contra de Yahvéh y Moisés.
Un catolicismo sui generis
En la figura de Don Juan, el padre Amatulli nos presenta de cuerpo entero la situación del catolicismo latinoamericano, cuyas notas distintivas son la religiosidad popular con marcados tintes supersticiosos, con un bajo nivel espiritual del pueblo católico, familias divididas por el cambio religioso de algunos de sus miembros, un catolicismo de costumbre, con borracheras frecuentes a la menor provocación (bautismos, primeras comuniones, bodas y fiestas patronales, por mencionar sólo algunos ejemplos en el ámbito de la vida sacramental), asistencia irregular a los actos de culto y la visita esporádica a los santuarios de renombre.
Pues bien, este forma de vivir el catolicismo se reproduce y conserva por una catequesis superficial, que no insiste en la importancia de conocer la fe para vivirla cada día, y que no subraya la importancia de la oración personal y comunitaria y la lectura y meditación cotidiana de la Biblia, hasta llegar a considerarla como la principal fuente de inspiración en todos los ámbitos de la vida.
Al mismo tiempo, este tipo de catolicismo insiste en perpetuar la religiosidad popular, vista como un camino paralelo de salvación para las masas católicas y como una fuente segura de ingresos económicos. Por eso se desvirtúa la doctrina del ex opere operato, administrando los sacramentos y los sacramentales de manera indiscriminada, sin proporcionar la debida preparación y entrenamiento para una vida de fe, aunque si se insiste en el estipendio correspondiente.
De este tipo de catolicismo surgen muchos laicos comprometidos y gran parte de nuestro clero y la vida religiosa.
Don Juan, por ejemplo, refleja el perfil de muchos laicos comprometidos, que han dejado su viejo estilo de vida, hecho de parrandas consuetudinarias con todas sus secuelas (infidelidad matrimonial, familias desintegradas, peleas maritales constantes, violencia doméstica, etc.), al participar en un retiro espiritual, organizado generalmente por los movimientos y asociaciones laicales, cuyo liderazgo y membresía han hecho el mismo recorrido. De ahí su sensibilidad e insistencia en impartir este tipo de eventos, que propician cierto cambio de vida y el inicio incipiente de la vida cristiana, muchas veces sin el apoyo decidido de la jerarquía.
Al mismo tiempo, amplios sectores del clero religioso y diocesano y de la vida consagrada femenina se han formado en este tipo de catolicismo. No extraña que lleguen a reproducirlo de manera acrítica, sin contrastarlo con las exigencias del Evangelio en la línea de la conversión. Por eso insisten en celebrar las fiestas patronales, las reuniones de presbiterio, los onomásticos y aniversarios y las convivencias familiares según el estilo que han asimilado desde la infancia.
Un nuevo estilo de catequesis
Ante esta situación, el padre Amatulli propone revisar globalmente nuestra catequesis y sugiere algunos elementos imprescindibles para formar adecuadamente al católico, estructurando un nuevo sistema de catequesis presacramental, bastante novedoso y eficaz, utilizando la Biblia como texto básico y dedicando en cada lección uno diez minutos a la oración, en el marco de una pequeña comunidad cristiana, donde se aprenda a orar y se entrene en la vivencia de la fe.
Me parece útil poner este párrafo, tomado de una conferencia del Cardenal Ratzinger sobre la catequesis:
La catequesis tiene por objetivo el conocimiento concreto de Jesús. Es introducción teórica y práctica a la voluntad de Dios, así como es revelada en Jesús y como la vive la comunidad de los discípulos del Señor, la familia de Dios. Por una parte, la necesidad de la catequesis deriva de la dimensión intelectual, que contiene el evangelio: el Evangelio interpela a la razón; esto responde al deseo profundo del ser humano de comprender el mundo, conocerse a sí mismo y aprender el modo justo para realizar su propia humanidad. En este sentido la catequesis es una enseñanza; los primeros enseñantes cristianos son el verdadero inicio de la condición de catequista en la Iglesia. Pero ya que no se puede separar de esta enseñanza su realización en la vida, puesto que la comprensión humana ve correctamente sólo si también el corazón está integrado en ella, esta enseñanza debe ir unida necesariamente a la comunidad de camino, a la costumbre de vivir el nuevo estilo de vida de los cristianos (“Evangelización, catequesis y catecismo”, conferencia pronunciada por el cardenal Ratzinger en la Comisión Pontificia para América Latina).
Mucho ojo
Hay muchas cosas que decir, pero me gustaría resaltar algunos aspectos que el lector está llamado a mirar con atención.
Para empezar, diré que este libro me parece fundamental porque redefine el papel del obispo y de la catedral, pidiendo «regresar a los primeros siglos de la Iglesia, cuando se vivía en un contexto plural (a veces hasta de persecución) y el obispo era el alma de la Iglesia particular y su sede, que con el tiempo se llamó catedral (cátedra=sede del maestro), el centro propulsor de la vida cristiana».
Otro aspecto relevante es que, además de presentarnos las obligaciones de los fieles cristianos y de los fieles cristianos laicos, también nos presenta sus derechos fundamentales, tomándolos del Código de Derecho Canónico y presentándolos al gran público en un contexto vivencial que nos ayuda a descubrir la importancia de conocerlos y dejar que regulen las relaciones entre el clero y el laicado.
Otra de las aportaciones significativas es el «Decálogo del Evangelizador» y la formación de la comisión de Pastoral Experimental, cuya tarea consiste en «dar un contenido preciso al tema de la Nueva Evangelización, con miras a proponer algo concreto a la comunidad diocesana, avalado por un cierto proceso de experimentación».
De hecho, el «Decálogo del Evangelizador» está compuesto de  algunas normas básicas para orientar el comportamiento de los miembros de la nueva comisión, destinada a ensayar nuevas formas de vivir la misión y al mismo tiempo ser estímulo para toda la Iglesia diocesana.
Conclusión
La actividad profética tiene aún mucho que aportar a la vida de la Iglesia, en medio de incomprensiones, prejuicios y sufrimientos.
Concluyamos poniendo estas palabras de Karl Rahner, Henri de Lubac y Bernhard Häring, tres de los teólogos más importantes del siglo XX:
“La Iglesia a la que servimos, a la que hemos consagrado nuestra vida, por la que nos consumimos personalmente, es la Iglesia peregrinante, la Iglesia de los pecadores, la Iglesia que para mantenerse y conservarse en la verdad, en el amor y en la gracia de Dios, necesita el milagro cotidiano y extraordinario de esta misma gracia. Sólo viéndola así podremos amarla en la forma adecuada” (K. Rahner, El sacerdocio cristiano en su realización existencial, Barcelona, 1974, p. 258).
“¡Qué realidad tan paradójica es la Iglesia, en todos sus aspectos y contrastes! Durante los veinte siglos de su existencia, ¡cuántos cambios se han verificado en su actitud! Se me dice que la Iglesia es santa, pero yo la veo llena de pecadores. Sí, paradoja de la Iglesia. Paradoja de una Iglesia hecha para una humanidad paradójica […] Esa Iglesia es mi madre. La Iglesia es mi madre porque me ha dado la vida: en una palabra, es nuestra madre, porque nos da a Cristo” (H. de Lubac, Paradoja y misterio de la Iglesia (1967), Salamanca 32002, 11).
 
“Amo a la Iglesia porque Cristo la ama hasta en sus elementos más externos. La amo incluso allí donde descubro, con dolor, actitudes y estructuras que juzgo no están en armonía con el evangelio. La amo tal cual es, porque también Cristo me ama con toda mi imperfección, con todas mis sombras, y me dan el empuje constante para llegar a ser lo que corresponde a su plan salvador. (…) Caminemos en esta línea y pensemos, agradecidos, en todo el bien que ha brotado y continúa brotando en la Iglesia” (B. Häring, Mi experiencia de Iglesia, Madrid 1989, p. 167-168).
De este amor a la Iglesia brota un profetismo que crece en el seno de la obediencia a la voluntad de Dios y en adhesión al Magisterio de la Iglesia.
P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap;
Ciudad Juárez, Chih.; a 21 de noviembre de 2012,
memoria de la presentación
de la Santísima Virgen María.
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