LA RELIGIOSIDAD POPULAR. –Un verdadero enredo–

LA RELIGIOSIDAD POPULAR

–Un verdadero enredo–

Por el P. Flaviano Amatulli Valente, fmap

En el fondo, ¿qué es la religiosidad popular? Una mezcla entre creencias y prácticas ancestrales y conceptos, valores y ritos cristianos, más todo lo que el amplio mercado religioso ofrece continuamente a todo tipo de creyente. Tiene mucho que ver con la brujería, la astrología, la Nueva Era, las religiones orientales, etc. Todo cabe en la religiosidad popular.

¿Qué hacer en este caso? ¿Tratar de eliminarla? ¿Para qué? ¿Para que la gente se quede sin apoyo alguno ante la adversidad, las normales dificultades de la vida o el más allá? En el fondo, la religiosidad popular representa el sentir más profundo de cada ser humano y una muleta más para enfrentar con cierta tranquilidad los problemas de la vida y el mundo de lo sobrenatural. Por lo tanto, hasta que no se sustituya con algo mejor, es preferible dejar las cosas como están.

Lo malo es cuando gente de Iglesia, encargada de la formación cristiana del pueblo católico, vive sin más ni más de la religiosidad popular y se encarga de transmitirla a los demás así como es, sin ninguna preocupación por purificarla y así ayudar al creyente a dar un paso en adelante en su relación con Dios. Y lamentablemente no se trata de casos aislados, sino de una praxis muy generalizada entre nosotros. Tanto que los mismos textos de teología y los catecismos muchas veces eluden toda la problemática relacionada con la religiosidad popular, dejando a cada quien la responsabilidad de enfrentar bajo su propia responsabilidad una problemática demasiado complicada con el resultado que todos conocemos, de un catolicismo demasiado débil, inseguro y expuesto a sucumbir ante la mínima dificultad, como ampliamente nos está demostrando la presencia entre nosotros del proselitismo religioso, que precisamente por esta situación está haciendo estragos en nuestras filas.

¿Se han preguntado alguna vez porqué la Misión Continental aún no logra despegar? Porque nuestra gente, incluyendo a los curas, las religiosas y el laicado comprometido, tiene que ver demasiado con la religiosidad popular y por lo tanto se siente totalmente incapaz de realizar algo tan serio como una verdadera Misión Continental. En realidad, dada la presencia de los grupos proselitistas, ésta necesita la participación de gente conocedora de su fe y practicante. Y es donde los seguidores de la religiosidad popular no la hacen. Por eso todos los intentos por realizar la Misión Continental, contando con la participación de este tipo de católicos, han fallado y seguirán fallando.

¿Hasta cuándo? Hasta que no surja un nuevo tipo de catolicismo con clero, vida consagrada y laicado comprometido, que salgan de los movimientos apostólicos y estén acostumbrados a vivir y manejar debidamente los temas de la conversión y el discipulado. Solamente entonces se darán las condiciones necesarias para poder organizar una verdadera Misión Continental, que logre hacer despertar a las masas católicas en orden a una vida realmente cristiana. Mientras tanto seguiremos con nuestras fiestas, estatuas, ritos y devociones particulares, que constituyen lo propio de la religiosidad popular, aparentemente católica pero al mismo tiempo imbuida de elementos que no tienen nada que ver con el auténtico espíritu cristiano.

A veces me pregunto: ¿Qué haría hoy en día el profeta Isaías si volviera entre nosotros? Sus palabras, llenas de fuego sagrado, vuelven a resonar en mi mente y tiemblo:

“Detesto sus solemnidades y fiestas. (…)

Aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho.

Sus manos están llenas de sangre”. (Is 1, 14–15)

¡Cuántas veces he oído decir: “Yo me llevo muy bien con todos. Hasta los narcotraficantes me respetan”! Les contesto: “Para ti lo único que vale, es tu interés personal. Lo demás no te importa. No te importa que uno sea catequista o narcotraficante. Si paga, tiene derecho a lo que sea. Y visto que el narcotraficante cuenta con más dinero…”.

Pues bien, en esto consiste precisamente la religiosidad popular: en manejar las cosas de Dios con la mentalidad del mundo, sin fijarse en la profunda contradicción que existe entre la manera de pensar de Dios y la manera de pensar del mundo, la manera de ver las cosas con los ojos de Dios y la manera de verlas con los ojos del mundo. ¿Recuerdan lo que dice al respecto la Palabra de Dios? “Quien ama al mundo, no posee el amor del Padre” (1Jn 2, 15).

Conclusión: es tiempo de poner manos al arado, antes que sea demasiado tarde y nuestras masas católicas, completamente defraudadas, nos den la espalda y opten por otras propuestas religiosas en busca de agua más limpia y aire más puro.

PREGUNTAS

1. ¿Cómo ves a las masas católicas, sumidas en la así llamada Religiosidad Popular?

2. ¿Cómo se siente el católico ante el acoso sistemático de los grupos proselitistas?

3. Sugiere alguna iniciativa práctica que pueda ayudar al católico a pasar de una fe de tradición a una fe de convicción.

Obediencia callada y crítica profética

PRESENTACIÓN

Obediencia callada y crítica profética

Dos actitudes posibles
ante situaciones de pecado en la Iglesia

Considero que uno de los libros más significativos de la vasta bibliografía de Joseph Ratzinger es «El nuevo pueblo de Dios. Esquemas para una eclesiología», un volumen que recoge diversos trabajos suyos sobre temas eclesiológicos, que siguen teniendo una sorprendente actualidad. Pues bien, algunas reflexiones vertidas de este libro nos servirán de guía para comprender porqué, hoy más que nunca, son necesarios libros como los que ha escrito el padre Amatulli a propósito de la realidad eclesial.

Santidad y pecado en la Iglesia
Es uno de los temas que trata este interesante libro. Joseph Ratzinger señala que los Padres de la Iglesia han reflexionado oportunamente y con mucha profundidad sobre la santidad y el pecado en la vida de la Iglesia.
Para los Padres estaba claro que, en su origen histórico, la Iglesia procede de Babilonia, la ramera de este mundo, pero también estaba claro para ellos que el Señor Jesús la lavó con su preciosa sangre en el Calvario y la convirtió de «ramera» en esposa. Este proceso no es algo que sólo se haya dado en un pasado remoto, en los inicios de la Iglesia. La Iglesia, al estar formada por pecadores, vive constantemente en tensión y es llamada constantemente a salir de Babilonia.
Una de las expresiones que más les ayudó a los Padres reflexionar sobre este aspecto es una expresión del Cantar de los Cantares: «Soy negra, pero hermosa» (Cant 1, 5).
San Gregorio Magno afirma lo siguiente reflexionando este pasaje bíblico: «Diga la Iglesia: soy “negra”, soy pecadora, porque el sol me ha tostado, pues en el tiempo en que mi Creador se alejó de mí, caí en el error» (In Cant. c.1,5).
Estas reflexiones sobre la historia de Israel les ayudaron a mirar con profundidad la figura misma de Pedro que es, al mismo tiempo, «la roca de la Iglesia» y «la roca de tropiezo (skandalon)». Pedro es la «roca de la Iglesia» cuando el Padre celestial lo toma a su servicio y él se deja convertir en instrumento de Dios y es «skandalon» cuando hablan por él la carne y la sangre, convirtiéndolo en «Satanás» y en «piedra de tropiezo» (cfr. Mt 16, 13-23).
San Agustín de Hipona escribió lo siguiente: «Los santos mismos no están libres de pecados diarios. La Iglesia entera dice: Perdónanos nuestros pecados. Tiene, pues, manchas y arrugas (Ef 5, 27). Pero por la confesión se alisan las arrugas, por la confesión se lavan las manchas. La Iglesia está en oración para ser purificada por la confesión, y estará así mientras vivieren hombres sobre la tierra» (Sermo 181, 5, 7 en PL 38, 982).
Por su parte, el Concilio Vaticano II nos habla de una Iglesia «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante» (Lumen Gentium, 8).

Obediencia
y crítica profética
Una pregunta que podemos plantearnos es la siguiente: ¿Cuál debe ser la actitud del cristiano ante la Iglesia que vive históricamente y se encuentra constantemente entre la santidad y el pecado?
Joseph Ratzinger, en «El nuevo pueblo de Dios. Esquemas para una eclesiología» nos ayuda a responder este cuestionamiento. Hay dos respuestas posibles, ambas motivadas por el amor: la obediencia callada, por privilegiar la misión divina de la Iglesia, y la crítica profética, por amor a la pureza de la Iglesia. Se trata, por tanto, de dos polaridades fundamentales: la libertad del testimonio y la obediencia de la aceptación.
Una cosa es cierta: la Iglesia ha recibido la herencia de los profetas, que sufrieron por causa de la verdad. Esta herencia toma la forma de protesta profética contra la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y la autosuficiencia de las instituciones, que cambian la moral por el rito y la ceremonia por la conversión (cfr. Is 58), como ocurre en nuestros días con la religiosidad popular y la administración indiscriminada de los sacramentos.
Al asumir esta herencia profética hasta sus últimas consecuencias, la Iglesia se transformó desde el principio en la Iglesia de los mártires, que dan testimonio en medio de las persecuciones, como lo hicieron los Apóstoles (Hch 4, 15-20), llegando incluso hasta el derramamiento de la propia sangre, como en el caso de san Esteban (Hch 7, 54-60).
Por eso, junto a la obediencia filial, se impone otro deber irrenunciable: el deber del testimonio profético, el deber de luchar por la pureza de la Iglesia. Este testimonio es frecuentemente un testimonio que se ofrece en medio del dolor, que encierra frecuentemente el desconocimiento, las sospechas y hasta la condenación lapidaria por parte de la autoridad eclesiástica.

Como el profeta Jeremías
Joseph Ratzinger dice que la palabra de los profetas es una palabra que Dios se reservó en medio de Israel. Es una palabra libre en medio de las instituciones como el templo y el sacerdocio oficial. Por eso el Antiguo Testamento muestra que Dios elige libremente a los profetas.
Una figura paradigmática de la actividad profética, que anuncia la suerte de los profetas a lo largo de la historia, es la figura trágica del profeta Jeremías.
Su itinerario es significativo: fue encarcelado como hereje, atormentado como rebelde contra la palabra y la ley de Dios, perseguido y condenado a muerte, aunque concluyó en el anonimato como deportado. Al final, Jeremías fue reconocido como profeta auténtico, como portador de la verdadera voz de Dios.
Para decirlo en palabras de Joseph Ratzinger: «El profeta es testigo de Dios. Frente a la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y frente a la tergiversación clandestina y pública de las señales divinas, el profeta pone a salvo la autoridad de Dios y defiende Su palabra del egoísmo de los hombres. Y así, en el Antiguo Testamento existe -combatida y oprimida por la autoridad, pero cada vez más reconocida como voz de Dios- una crítica que crece en mordacidad hasta la descripción del destructor del Templo como siervo de Dios (Jer 25, 9)».

La obediencia que fecunda a la Iglesia
Conviene decirlo con claridad: la verdadera obediencia no es la de los aduladores, la de los falsos profetas que evitan cualquier confrontación y que prefieren seguir el camino de la propia comodidad y la ruta de preservar los propios intereses.
La obediencia de los profetas auténticos es la que ha fecundado a la Iglesia a lo largo de su historia y que la ha sacado constantemente de la tentación babilónica. Esta obediencia procede de la verdad y conduce a la verdad. Lo que la Iglesia de hoy y de siempre necesita no son los panegiristas de lo existente, sino hombres experimenten una pasión por la verdad.
Cuando se acalla la voz profética ante las infidelidades de los pastores de la Iglesia no es señal de mejores tiempos. Es, más bien, un signo evidente de que ha disminuido el amor a la Iglesia, de que el corazón no arde ya en el celo por la causa de Dios en este mundo (cfr. 2Cor 11, 2).
No es casual, por tanto, que los santos no sólo tuvieron que luchar con el mundo, sino también con la Iglesia. Ellos, los auténticos intérpretes de las Sagradas Escrituras, han amado profundamente a la Iglesia; por ello podemos decir que han luchado constantemente contra la tentación de la Iglesia a hacerse mundo, sufriendo bajo la Iglesia y en la Iglesia, sin caer en la tentación de abandonarla, pero afirmándose en Aquel que quiere presentarse a su esposa sin mancha ni arruga (Ef 5, 27), elevando su voz crítica en el momento necesario.
Escuchemos una vez más a Joseph Ratzinger:
¿Quién no recordará aquí el relato de san Pablo sobre su choque con Pedro?: «Empero, cuando vino Cefas a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era reprensible… Pero, cuando vi que no andaban derechos conforme a la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: si tú, que eres judío, vives a lo gentil y no a lo judío, ¿cómo compeles a las gentes a judaizar?» (Gál 2,11-14). Si fue flaqueza de Pedro negar la libertad del Evangelio por miedo a los adeptos de Santiago, su grandeza estuvo en aceptar la libertad de san Pablo que le «resistió cara a cara». La Iglesia vive hoy todavía de esta libertad, que le conquistó el camino hacia el mundo de la gentilidad.

Pues bien, en esta libertad evangélica y en esta tradición profética, en este profetismo que se da en el seno de la obediencia, está plenamente insertado el padre Amatulli, como lo ha demostrado en tantos libros y en sus múltiples intervenciones, que atestiguan su solicitud por todas las Iglesias (2Cor 11, 28) y su amor entrañable al Evangelio (1Cor 9, 16).
Un ejemplo elocuente de este amor sin medida a la Iglesia y un ejercicio de la actividad profética lo constituye su libro más reciente, Éxodo: Hacia una nueva tierra. La Iglesia en momentos de crisis, donde manifiesta su fidelidad al profetismo, que denuncia el pecado, pero mantiene abierta la perspectiva de la conversión y anuncia la intervención salvífica de Dios.
Este libro me ha fascinado por la capacidad que tiene el padre Amatulli para sintetizar en este libro la situación de la Iglesia en esta hora de gracia. Me ha llamado la atención que, según su costumbre, el padre Amatulli presenta sin cortapisas su diagnóstico sobre la realidad eclesial, en franca bancarrota en amplios sectores del catolicismo, particularmente latinoamericano.
Me ha parecido impactante que, a medida que avanza la narración, el padre Amatulli presenta en el momento preciso y de la manera más oportuna las iniciativas concretas que sugiere para hacer frente a la crisis que enfrentamos en el catolicismo, que aparecen con mucha naturalidad y en el contexto que les corresponden.

Hoja de ruta
La primera impresión que tuve es que, antes que nada, el padre Amatulli nos presenta a los Apóstoles de la Palabra un plan de vuelo, una hoja de ruta que debemos recorrer para hacer realidad un Nuevo Modelo de Iglesia.
Me parece muy atinado el estilo de presentar el itinerario pastoral que debemos asimilar en nuestro proceso formativo y poner en práctica en nuestro apostolado cotidiano, especialmente en las parroquias y comunidades bajo nuestro cuidado pastoral, para ser verdaderamente levadura en la masa. Ya nos lo ha presentado de forma oral en el diálogo personal, homilías, retiros, reuniones y ejercicios espirituales; lo ha hecho en forma de ensayos y artículos periodísticos, pero ahora nos lo presenta con cierta brevedad y con la magia de la narración, que los hace asequibles y despierta la imaginación y la creatividad pastoral.

Éxodo: Hacia una nueva tierra
El título de su libro me llevó a revisar la experiencia del Éxodo, de manera particular en el libro de los Números, especialmente el momento tan dramático en que los exploradores fueron enviados por Moisés a echar un vistazo a la Tierra prometida, antes de emprender la conquista de Canaán.
Siempre me había llamado la atención esa prolongada permanencia de los israelitas en el desierto durante largos cuarenta años, cuando estaban ya a las puertas de la Tierra prometida, al alcance de la mano. He aquí la razón.
No entrarán en la tierra que juré darles. Sólo habrá una excepción para Caleb, hijo de Jefoné y para Josué, hijo de Nun. Quienes entrarán serán sus nietos, de los que decían que serían reducidos a la esclavitud; ellos conocerán la tierra que ustedes menospreciaron. (…) sus hijos serán nómadas en el desierto durante cuarenta años. Ustedes emplearon cuarenta días en recorrer el país; pues bien, cada día equivaldrá a un año. Cargarán con el peso de su pecado durante cuarenta años y sabrán lo que es mi cólera (Nm 14, 30-34).

Pues bien, no todos los israelitas que salieron de Egipto entraron a la Tierra prometida (cfr. Nm 14, 20-35), ni todos nuestros contemporáneos están listos para dar inicio y formar parte del Nuevo Modelo de Iglesia que se necesita y que el padre Amatulli perfila en este y otros libros suyos. Muchos están atados a sus prejuicios y amarrados a los privilegios. Los ata la fuerza de la costumbre. La comodidad de la rutina les impide soñar nuevas formas de vivir la fe, más adecuadas a los tiempos que vivimos, en plena fidelidad al Evangelio, pero también al hombre concreto.
Sólo Caleb y Josué con los suyos conquistaron y saborearon esa tierra que mana leche y miel (Nm 14, 30; Jos 14, 13-15). Sólo los decididos y los valientes podrán vivir y hacer realidad el Nuevo Modelo de Iglesia que el padre Amatulli nos presenta en este interesante libro. Sólo ingresaran aquellos que estén dispuestos a conformar la propia vida y el ministerio a la voluntad de Dios, manifestada en la Sagrada Escritura y en los acontecimientos.
Una cosa es cierta: llegará el día en que esto que el padre Amatulli propone se hará una hermosa realidad, como se hizo realidad la conquista de la Tierra prometida, a pesar del pesimismo y las murmuraciones de los israelitas, a pesar de la rebelión y la incomprensión del pueblo de Dios en Cadés en contra de Yahvéh y Moisés.

Un catolicismo sui generis
En la figura de Don Juan, el padre Amatulli nos presenta de cuerpo entero la situación del catolicismo latinoamericano, cuyas notas distintivas son la religiosidad popular con marcados tintes supersticiosos, con un bajo nivel espiritual del pueblo católico, familias divididas por el cambio religioso de algunos de sus miembros, un catolicismo de costumbre, con borracheras frecuentes a la menor provocación (bautismos, primeras comuniones, bodas y fiestas patronales, por mencionar sólo algunos ejemplos en el ámbito de la vida sacramental), asistencia irregular a los actos de culto y la visita esporádica a los santuarios de renombre.
Pues bien, este forma de vivir el catolicismo se reproduce y conserva por una catequesis superficial, que no insiste en la importancia de conocer la fe para vivirla cada día, y que no subraya la importancia de la oración personal y comunitaria y la lectura y meditación cotidiana de la Biblia, hasta llegar a considerarla como la principal fuente de inspiración en todos los ámbitos de la vida.
Al mismo tiempo, este tipo de catolicismo insiste en perpetuar la religiosidad popular, vista como un camino paralelo de salvación para las masas católicas y como una fuente segura de ingresos económicos. Por eso se desvirtúa la doctrina del ex opere operato, administrando los sacramentos y los sacramentales de manera indiscriminada, sin proporcionar la debida preparación y entrenamiento para una vida de fe, aunque si se insiste en el estipendio correspondiente.
De este tipo de catolicismo surgen muchos laicos comprometidos y gran parte de nuestro clero y la vida religiosa.
Don Juan, por ejemplo, refleja el perfil de muchos laicos comprometidos, que han dejado su viejo estilo de vida, hecho de parrandas consuetudinarias con todas sus secuelas (infidelidad matrimonial, familias desintegradas, peleas maritales constantes, violencia doméstica, etc.), al participar en un retiro espiritual, organizado generalmente por los movimientos y asociaciones laicales, cuyo liderazgo y membresía han hecho el mismo recorrido. De ahí su sensibilidad e insistencia en impartir este tipo de eventos, que propician cierto cambio de vida y el inicio incipiente de la vida cristiana, muchas veces sin el apoyo decidido de la jerarquía.
Al mismo tiempo, amplios sectores del clero religioso y diocesano y de la vida consagrada femenina se han formado en este tipo de catolicismo. No extraña que lleguen a reproducirlo de manera acrítica, sin contrastarlo con las exigencias del Evangelio en la línea de la conversión. Por eso insisten en celebrar las fiestas patronales, las reuniones de presbiterio, los onomásticos y aniversarios y las convivencias familiares según el estilo que han asimilado desde la infancia.

Un nuevo estilo de catequesis
Ante esta situación, el padre Amatulli propone revisar globalmente nuestra catequesis y sugiere algunos elementos imprescindibles para formar adecuadamente al católico, estructurando un nuevo sistema de catequesis presacramental, bastante novedoso y eficaz, utilizando la Biblia como texto básico y dedicando en cada lección uno diez minutos a la oración, en el marco de una pequeña comunidad cristiana, donde se aprenda a orar y se entrene en la vivencia de la fe.
Me parece útil poner este párrafo, tomado de una conferencia del Cardenal Ratzinger sobre la catequesis:
La catequesis tiene por objetivo el conocimiento concreto de Jesús. Es introducción teórica y práctica a la voluntad de Dios, así como es revelada en Jesús y como la vive la comunidad de los discípulos del Señor, la familia de Dios. Por una parte, la necesidad de la catequesis deriva de la dimensión intelectual, que contiene el evangelio: el Evangelio interpela a la razón; esto responde al deseo profundo del ser humano de comprender el mundo, conocerse a sí mismo y aprender el modo justo para realizar su propia humanidad. En este sentido la catequesis es una enseñanza; los primeros enseñantes cristianos son el verdadero inicio de la condición de catequista en la Iglesia. Pero ya que no se puede separar de esta enseñanza su realización en la vida, puesto que la comprensión humana ve correctamente sólo si también el corazón está integrado en ella, esta enseñanza debe ir unida necesariamente a la comunidad de camino, a la costumbre de vivir el nuevo estilo de vida de los cristianos (“Evangelización, catequesis y catecismo”, conferencia pronunciada por el cardenal Ratzinger en la Comisión Pontificia para América Latina).

Mucho ojo
Hay muchas cosas que decir, pero me gustaría resaltar algunos aspectos que el lector está llamado a mirar con atención.
Para empezar, diré que este libro me parece fundamental porque redefine el papel del obispo y de la catedral, pidiendo «regresar a los primeros siglos de la Iglesia, cuando se vivía en un contexto plural (a veces hasta de persecución) y el obispo era el alma de la Iglesia particular y su sede, que con el tiempo se llamó catedral (cátedra=sede del maestro), el centro propulsor de la vida cristiana».
Otro aspecto relevante es que, además de presentarnos las obligaciones de los fieles cristianos y de los fieles cristianos laicos, también nos presenta sus derechos fundamentales, tomándolos del Código de Derecho Canónico y presentándolos al gran público en un contexto vivencial que nos ayuda a descubrir la importancia de conocerlos y dejar que regulen las relaciones entre el clero y el laicado.
Otra de las aportaciones significativas es el «Decálogo del Evangelizador» y la formación de la comisión de Pastoral Experimental, cuya tarea consiste en «dar un contenido preciso al tema de la Nueva Evangelización, con miras a proponer algo concreto a la comunidad diocesana, avalado por un cierto proceso de experimentación».
De hecho, el «Decálogo del Evangelizador» está compuesto de algunas normas básicas para orientar el comportamiento de los miembros de la nueva comisión, destinada a ensayar nuevas formas de vivir la misión y al mismo tiempo ser estímulo para toda la Iglesia diocesana.

Conclusión
La actividad profética tiene aún mucho que aportar a la vida de la Iglesia, en medio de incomprensiones, prejuicios y sufrimientos.
Concluyamos poniendo estas palabras de Karl Rahner y Bernhard Häring, dos de los teólogos más importantes del siglo XX:
“La Iglesia a la que servimos, a la que hemos consagrado nuestra vida, por la que nos consumimos personalmente, es la Iglesia peregrinante, la Iglesia de los pecadores, la Iglesia que para mantenerse y conservarse en la verdad, en el amor y en la gracia de Dios, necesita el milagro cotidiano y extraordinario de esta misma gracia. Sólo viéndola así podremos amarla en la forma adecuada” (K. Rahner, El sacerdocio cristiano en su realización existencial, Barcelona, 1974, p. 258).

“Amo a la Iglesia porque Cristo la ama hasta en sus elementos más externos. La amo incluso allí donde descubro, con dolor, actitudes y estructuras que juzgo no están en armonía con el evangelio. La amo tal cual es, porque también Cristo me ama con toda mi imperfección, con todas mis sombras, y me dan el empuje constante para llegar a ser lo que corresponde a su plan salvador. (…) Caminemos en esta línea y pensemos, agradecidos, en todo el bien que ha brotado y continúa brotando en la Iglesia” (B. Häring, Mi experiencia de Iglesia, Madrid 1989, p. 167-168).

De este amor a la Iglesia brota un profetismo que crece en el seno de la obediencia a la voluntad de Dios y en adhesión al Magisterio de la Iglesia.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap;
Ciudad Juárez, Chih.; a 21 de noviembre de 2012,
memoria de la presentación
de la Santísima Virgen María.

Instantáneas para conocer y renovar la Iglesia

Instantáneas para conocer
y renovar la Iglesia

Presentación al libro Fotografías de la realidad eclesial,
escrito por el P. Flaviano Amatulli Valente, fmap.

Como en la Sagrada Escritura
Nos encontramos frente a un libro singular. No es un tratado de teología al estilo clásico, pero es tan valioso como una biblioteca de teología pastoral, compuesta por múltiples volúmenes.
Se parece mucho a la Sagrada Escritura (especialmente a los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles), que está tejida de relatos significativos y relevantes, que tienen mucho que ver con nosotros, con nuestra realidad personal y comunitaria, aquí y ahora.
En realidad, la Sagrada Escritura contiene pocos tratados teológicos (en este momento sólo recuerdo la carta a los romanos y la carta a los hebreos), pero abunda en numerosos relatos y narraciones muy sugerentes.
De hecho, la Sagrada Escritura está formada por muchas fotografías donde se ha retratado la vida del pueblo de Dios y sus dirigentes: los problemas que enfrentaron, sus pruebas e infidelidades, sus éxitos y fracasos, sus alegrías y sinsabores, las caídas en el pecado y su proceso de conversión, tejidas de una manera sorprendente mediante la magia de la narración y la poesía.
Algo semejante hace el padre Amatulli en este libro, titulado precisamente “FOTOGRAFÍAS DE LA REALIDAD ECLESIAL”.
Alguien podría pensar: “¿Por qué el padre Amatulli escribe sobre estos temas y asuntos? ¿Apoco no sabe que la ropa sucia se lava en casa?”. De hecho, no falta quienes interpretan estos escritos como ataques a la Iglesia y a los obispos y presbíteros.
Se ve que estas personas conocen poco la Biblia o la han leído sólo superficialmente. Si la leemos de una forma más frecuente y de una manera más reflexiva descubriremos que la Biblia presenta, en cada una de sus páginas, fotografías muy claras del comportamiento de los dirigentes y los miembros del pueblo de Dios. Si piensan de esta forma sobre los escritos del padre Amatulli, deberían también interrogar al Espíritu Santo y a la mayoría de los autores sagrados.
Leyendo el libro de los Jueces, por ejemplo, nos encontramos con un estribillo que se repite incesantemente:

Los israelitas hicieron lo que es malo a los ojos de Yahvé y sirvieron a los Baales. Abandonaron a Yahvé, el Dios de sus padres que los había sacado del país de Egipto y siguieron a otros dioses. (Jue 2, 11; 3, 7.12; 4, 1 y un largo etcétera que recorre todo el libro de los Jueces)

Veamos también el primer libro de los Reyes, que presenta este ritornelo:

El rey Nadab ofendió al Señor, imitando la conducta de su padre y los pecados que éste hizo cometer a Israel (…) Omrí ofendió al Señor, y se portó peor que sus predecesores. Imitó en todo la conducta de Jeroboán, hijo de Nabat, y los pecados que éste había hecho cometer a Israel, irritando al Señor, Dios de Israel, con sus ídolos. (…) Ajab ofendió con su conducta al Señor más que todos sus predecesores. (1Re 15, 26; 16, 25-26.30 y un largo etcétera que recorre el primer y segundo libro de los Reyes)

Cómo no recordar en este contexto la caída de nuestros primeros padres (Gn 3), la muerte de Abel en manos de su hermano Caín (Gn 4), el incesto de Cam (Gn 9, 18-27), la penosa historia de Abraham en Egipto (Gn 12, 10-20), el antagonismo entre Esaú y Jacob (Gn 25, 19 – 36, 43), la compra-venta de José realizada por sus hermanos (Gn 37, 12-36), la apostasía del pueblo de Israel a causa del becerro de oro (Ex 32, 1-35), los pecados de adulterio y asesinato cometidos por el rey David (2Sam 11, 1 – 12, 25), la intransigencia de los discípulos (Lc 9, 51-56), la actitud egoísta de los apóstoles (Mt 20, 20-28; Mc 10, 35-45), la crisis en Cafarnaúm (Jn 6, 66), la traición de Judas (Mt 26, 47-56; Mc 14, 43-50; Lc 22, 47-53; Jn 18, 3-11), la triple negación de Pedro (Mt 26, 69-75; Mc 14, 53-54.66.72; Lc 22, 56-62; Jn 18, 15-18.25-27), el abandono de Jesús por parte de los discípulos (Mt 26, 56b), la historia de Ananías y su esposa Safira (Hch 5, 1-11), las acaloradas disputas que motivaron el así llamado Concilio de Jerusalén (Hch 15, 1-29), la ruptura entre Saulo y Bernabé (Hch 15, 36-41), el enfrentamiento de Pedro y Pablo en Antioquía (Gal 2, 11-14), los desórdenes en la comunidad de Corinto (1Cor 5, 1-13; 6, 1-11), las situaciones poco edificantes de las siete iglesias de Asia menor (Ap 2–3) y un largo etcétera que recorre el Antiguo y el Nuevo Testamento, recogidos sin respetos humanos y con un profundo amor a la verdad y la transparencia.

Para ejemplo nuestro
San Pablo, hablando de lo que “ocurrió a nuestros antepasados” (1Cor 10, 1), señala que “todo esto sucedió para ejemplo nuestro, pues debemos guardarnos de los malos deseos que ellos tuvieron” (1Cor 10, 6).
Pues bien, no falta quienes dicen que lo que el padre Amatulli describe es muy duro. Comparémoslo, pues, con estas palabras de san Pablo:

No adoren a falsos dioses, como hicieron algunos de ellos, según leemos en la Escritura: El pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantó para divertirse (Ex 32, 6). No forniquemos, como algunos de ellos, y por eso, en castigo, murieron veintitrés mil en un solo día. No provoquemos al Señor, como hicieron algunos de ellos, y perecieron víctimas de las serpientes. Tampoco se quejen contra Dios como se quejaron muchos de ellos y fueron eliminados por el ángel exterminador. (1Cor 10, 7-10)

Podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿Por qué san Pablo ha creído pertinente recordar y poner por escrito estos acontecimientos tan poco edificantes? Escuchemos sus propias palabras:

Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer! (1Cor 10, 11-12)

El padre Amatulli ha escrito este libro con la misma intención, consciente, como san Pablo, de que habla y escribe a personas sensatas, capaces de juzgar por sí mismas (cfr. 1Cor 10, 15).
En este sentido, podemos decir que la Sagrada Escritura es un espejo en el que podemos contemplarnos. Pues bien, los relatos del padre Amatulli presentados en este libro son fotografías que muestran situaciones concretas que el pueblo de Dios está viviendo y padeciendo en nuestros días.
He aquí unas palabras significativas del Cardenal Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI) en el Coliseo Romano el Viernes Santo de 2005, meditando la tercera estación el Vía Crucis:

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

En la oración, el Cardenal Ratzinger continuó con estas palabras:

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

Ustedes no pueden servir al mismo tiempo
a Dios y al Dinero
El libro está estructurado en tres partes, cada una de ellas con un rico contenido. La primera parte se titula “Dios y el dinero” y nos recuerda las siguientes palabras de Jesús:

Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero. (Mt 6, 24)

Al ser un problema constante en la Iglesia, ya desde sus inicios, es útil recordar estas palabras de san Pablo, que señala que para algunos “la religión es un puro negocio” (1Tim 6, 5) y que nos presenta estas palabras tan contundentes al respecto:

Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y al dejarse llevar por él, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos. (1Tim 6, 10)

Teniendo presente esto, no extraña leer estas importantes recomendaciones que el apóstol san Pedro da a los presbíteros de la Iglesia:

Ahora me dirijo a sus presbíteros, dado que yo también soy presbítero, y testigo de los sufrimientos de Cristo, y espero ser partícipe de la gloria que ha de manifestarse. Apacienten el rebaño de Dios, cada cual en su lugar; cuídenlo no de mala gana, sino con gusto, a la manera de Dios; no piensen en ganancias, sino háganlo con entrega generosa; no actúen como si pudieran disponer de los que están a su cargo, sino más bien traten de ser un modelo para su rebaño. Así, cuando aparezca el Jefe de los Pastores, recibirán en la Gloria una corona que no se marchita. (1Pe 5, 1-4)

Pueden sernos también de mucha utilidad y edificación estas palabras de san Pablo dirigidas a los presbíteros de Éfeso en Mileto (Hch 20, 17-38):

De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos: con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros, como ustedes bien saben. Con este ejemplo les he enseñado claramente que deben trabajar duro para ayudar a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Jesús: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir.» Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró (Hch 20, 33-36).

Pues bien, las fotografías que el padre Amatulli presenta en este libro nos ayudan a descubrir que muchos de los problemas pastorales que enfrentamos en la actualidad se deben precisamente a que muchos pastores de la Iglesia miran primordialmente el ministerio sacerdotal como fuente de recursos económicos, sea en pro de la construcción de los templos y las más variadas instalaciones parroquiales o en beneficio personal.
De ahí que el tiempo disponible para el ministerio sacerdotal se emplee generalmente en el culto (munus santificandi), descuidando la enseñanza (munus docendi) y el pastoreo (munus regendi), los tria munera encomendados por Jesús a sus apóstoles (Mc 3, 13-15; Mc 16, 15; Mt 28, 18-19).
Como puede verse, los problemas que describe el padre Amatulli no son cosa de otro mundo; han acompañado a la Iglesia desde sus orígenes y la han acompañado a lo largo de sus dos mil años de historia. El mérito del padre Amatulli, consiste, entre otras cosas, en ponerlos sobre la mesa de discusión, ayudándonos a tomar conciencia de lo que sucede, sugiriendo, al mismo tiempo, importantes iniciativas concretas y propuestas eficaces para enfrentar y resolver el aspecto económico desde las exigencias y criterios del Evangelio.

La Iglesia existe para evangelizar
Si el amor al dinero está a la base de los múltiples problemas pastorales que enfrentamos actualmente, la raíz de donde puede brotar un estilo nuevo de vivir y anunciar el Evangelio sólo puede ser la tarea evangelizadora y la atención personalizada de cada uno de los bautizados. Es lo que nos explica el padre Amatulli en la segunda parte, titulada “Evangelización y pastoreo”.
La Iglesia existe para predicar el Evangelio. Es la tarea más necesaria y urgente de la Iglesia. Por eso es importante recordar estas palabras del Evangelio:

Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso, y se reunieron con él. Así instituyó a los Doce (a los que llamó también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (…). (Mc 3, 13-14).

Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 18-20)

Jesús les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. (Mc 16, 15)

Estas palabras de Jesús quedaron grabadas en la mente y el corazón de los Apóstoles. Por eso no extraña escuchar estas palabras de san Pablo:

¿Cómo podría alardear de que anuncio el Evangelio? Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio! (1Cor 9, 16)

Incluso san Pablo considera que la predicación del Evangelio es la tarea más importante que él está llamado a realizar:

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. (1Cor 1, 17)

Los Doce están conscientes que se trata de una labor tan importante que no se puede descuidar por ningún motivo, ni siquiera a causa de la persecución.

Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: «No es correcto que nosotros descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.» (Hch 6, 2-4)

«Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído». (Hch 4, 20)

Junto con la predicación, el pastoreo es una labor importantísima, pues implica un cuidado especial de los fieles, a quienes se conoce personalmente, estando dispuestos a dar la vida por ellos.

El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. (Jn 10, 10-16)

Si una de las ovejas se extravía, el pastor la busca hasta encontrarla:

«Si alguno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en el desierto y se va en busca de la que se le perdió, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra se la carga muy feliz sobre los hombros, y al llegar a su casa reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido.” (Lc 15, 2-4)

Una presentación magistral del pastoreo lo encontramos en el profeta Ezequiel:

Se me comunicó esta palabra de Yahvé: “Hijo de hombre, habla de parte mía contra los pastores de Israel, profetiza! Les dirás a los pastores: Esta es una palabra de Yahvé: ¡Ay de ustedes, pastores de Israel: pastores que sólo se preocupan de ustedes mismos! ¿Acaso el pastor no tiene que preocuparse del rebaño? Se alimentan de leche, se visten con lana, sacrifican los animales gordos, pero no se preocupan de sus ovejas. No han reanimado a la oveja agotada, no se han preocupado de la que estaba enferma, ni curado a la que estaba herida, ni han traído de vuelta a la que estaba extraviada ni buscado a la que estaba perdida. Y a las que eran fuertes, las han conducido en base al terror. Sin pastores, mis ovejas se han dispersado: siendo así presa fácil de las fieras salvajes. Mi rebaño se dispersó por las montañas y colinas; el resto está disperso por todo el país, y nadie se preocupa o sale en su búsqueda. Por eso, pastores, escuchen la palabra de Yavé: Tan cierto como que yo vivo, dice Yavé, que si mis ovejas quedaron expuestas a los ladrones, si se convirtieron en presa de las fieras salvajes, la culpa es de los pastores. Mis pastores no se preocuparon de mis ovejas, se preocuparon de sí mismos pero no del rebaño. (Ez 34, 1-8)

En las Sagradas Escrituras está bien delineada la importancia de la proclamación del Evangelio, que implica y requiere una atención personalizada de los creyentes. El alejamiento de las Sagradas Escrituras ha propiciado un profundo desequilibrio que corre el riesgo de ser considerado como la norma. Por eso es tan importante el retorno a la Escritura, como fuente privilegiada del ser y quehacer de la Iglesia.

Creación de las estructuras adecuadas
Al mismo tiempo, las Sagradas Escrituras nos presentan algunos momentos relevantes donde se ve necesario crear nuevas estructuras, que ayuden a cumplir con la misión encomendada. Es lo que se presenta en la tercera parte, titulada “Los cambios en la Iglesia”, donde propone volver a la praxis de las primeros cristianos, aprendiendo de ellos a enfrentar los problemas pastorales.
Asomémonos, por ejemplo, a la experiencia de Moisés, que debe crear las estructuras adecuadas para guiar al pueblo de Israel. Veamos aquí la institución de los jueces, eligiendo a hombres sabios, perspicaces y experimentados:

Miren: ésta es la tierra que les he reservado; vayan y tomen posesión de la tierra que Yavé juró dar a sus padres, Abrahán, Isaac y Jacob y a todos sus descendientes. Fue entonces cuando les dije: ‘No puedo hacerme cargo yo solo de todos ustedes. Yavé, el Dios de ustedes, los ha multiplicado y son ahora tan numerosos como las estrellas del cielo. ¡Yavé, Dios de sus padres, los haga crecer mil veces más y los bendiga como se lo prometió! Pero ¿cómo los atenderé yo solo y me haré cargo de sus pleitos? Busquen, pues, entre ustedes hombres sabios, perspicaces y experimentados de cada una de sus tribus, y yo los pondré al frente del pueblo. Ustedes me respondieron: Está bien lo que tú nos propones hacer. Tomé entonces de entre los jefes de sus tribus hombres sabios y experimentados y los puse al frente de ustedes como jefes de millar, de cien, de cincuenta y de diez, así como también secretarios para cada una de las tribus. (Dt 1, 8-15)

Moisés tomó esta importante decisión al constatar que no puede hacerse cargo él solo de todos los israelitas, que eran ya un pueblo numeroso. Así surgió una nueva estructura, adecuada para una atención personalizada del pueblo de Israel.
Algo semejante hicieron los Apóstoles cuando aumentó el número de los discípulos y no les era posible atenderlos adecuadamente:

Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: «No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.» Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos. La Palabra de Dios se difundía; el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente, e incluso un buen grupo de sacerdotes había aceptado la fe. (Hch 6, 1-7)

En el llamado Concilio de Jerusalén vemos la forma en que los Apóstoles y los primeros cristianos enfrentan y resuelven los problemas, leyendo la voluntad de Dios en los acontecimientos y en la Escritura, encontrando respuestas llenas de sensibilidad y sentido común:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés.» Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. La Iglesia los encaminó, y atravesaron Fenicia y Samaría. Al pasar contaban con todo lujo de detalles la conversión de los paganos, lo que produjo gran alegría en todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros, y les expusieron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos. Pero se levantaron algunos del grupo de los fariseos que habían abrazado la fe, y dijeron: «Es necesario circuncidar a los no judíos y pedirles que observen la ley de Moisés.» Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo: «Hermanos: ustedes saben cómo Dios intervino en medio de ustedes ya en los primeros días, cuando quiso que los paganos escucharan de mi boca el anuncio del Evangelio y abrazaran la fe. Y Dios, que conoce los corazones, se declaró a favor de ellos, al comunicarles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No ha hecho ninguna distinción entre nosotros y ellos, sino que purificó sus corazones por medio de la fe. ¿Quieren ustedes mandar a Dios ahora? ¿Por qué quieren poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que nuestros padres no fueron capaces de soportar, ni tampoco nosotros? Según nuestra fe, la gracia del Señor Jesús es la que nos salva, del mismo modo que a ellos.» Toda la asamblea guardó silencio y escucharon a Bernabé y a Pablo, que contaron las señales milagrosas y prodigios que Dios había realizado entre los paganos a través de ellos. Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo: «Hermanos, escúchenme: Simeón acaba de recordar cómo Dios, desde el primer momento, intervino para formarse con gentes paganas un pueblo a su nombre. Los profetas hablan el mismo lenguaje, pues está escrito: Después de esto volveré y construiré de nuevo la choza caída de David. Reconstruiré sus ruinas y la volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, todas las naciones sobre las cuales ha sido invocado mi Nombre. Así lo dice el Señor, que hoy realiza lo que tenía preparado desde siempre. Por esto pienso que no debemos complicar la vida a los paganos que se convierten a Dios. (Hch 15, 1-19)

Como es fácil notar, la forma en que el padre Amatulli descubre, enfrenta y propone soluciones está arraigada en los acontecimientos que ocurren entre nosotros y tiene como fuente de inspiración la Sagrada Escritura.
Teniendo presente esto, les invito a acercarse a este libro con simpatía crítica.

Un libro imprescindible
En realidad, se trata de una lectura imprescindible para conocer la realidad eclesial de una manera a la que no estamos acostumbrados, pues el estilo de los documentos eclesiales es totalmente distinto.
Será, sin duda, una aventura maravillosa donde podremos vernos retratados nosotros mismos. Será como contemplar una postal de lugares y situaciones que hemos conocido personalmente. Muchos creerán que están en presencia de un déjà vu. Una cosa es cierta: nadie va a quedar indiferente.
Adelante, pues. Inicia la lectura de este libro que, seguramente será de ahora en adelante uno de tus favoritos. Ojalá se vuelva para ti en un fiel compañero de camino.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap.

Puebla, Pue.; a 2 de julio de 2012,
en el 34 aniversario de la fundación
del Movimiento Eclesial “Apóstoles de la Palabra”

¿Un cristiano debe creer en el horóscopo?

¿Un cristiano debe creer en el horóscopo?

No, un cristiano no debe creer en el horóscopo. Aunque se trata de una de las prácticas supersticiosas más difundidas en nuestra sociedad, los horóscopos de ningún modo pueden servir para predecir los actos futuros libres de los hombres, puesto que sólo puede predecirse el futuro a partir de un hecho concreto, siempre y cuando el evento futuro se encuentre en este hecho o realidad presente como el efecto en su causa
Por otra parte, los hechos futuros de los hombres no son efecto de los movimientos o posiciones de los astros.

¿El Catecismo de la Iglesia Católica dice algo sobre los horóscopos?
Si, el Catecismo de la Iglesia Católica señala que «todas las formas de adivinación deben rechazarse». Pues bien, entre las variadas formas de adivinación, el Catecismo enlista las siguientes: «el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums”».

¿Por qué este rechazo tan incisivo en el Catecismo de la Iglesia Católica?
El Catecismo continua explicando que todas estas acciones «encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos». Además, estas prácticas «están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios» (n. 2116).
Querer saber el futuro es querer ser iguales a Dios, pretensión tan soberbia como absurda. Debemos confiar a la Providencia divina nuestra vida, confiar en Dios como Padre que es.

¿Qué otro motivo tenemos para rechazar el recurso a los horóscopos?
Primero, digamos lo siguiente: la creencia en los horóscopos es peligrosa. Es casi es como creer en otra religión. Hay personas que intentan hacernos creer que no somos libres sino que estamos determinados en todo por nuestro signo zodiacal. No sería yo quien realiza su propia vida, sino que todo mi obrar estaría dirigido por una extraña fuerza proveniente de las estrellas. Pero nada de lo que dicen los horóscopos está científicamente fundado. Lo que afirman sobre Sagitario hoy, lo dirán mañana de Piscis y viceversa. Es un triste problema que los horóscopos sigan haciéndose y, peor aún, que haya quienes se creen todo lo que leen.

¿Qué se puede hacer en el campo de la educación, particularmente en la formación en la fe?
Primero instruir la inteligencia y la conciencia. El horóscopo es efecto de la antigua astrología, no de la astrología natural, que es madre de astronomía científica, sino de la astrología judiciaria, que se empeñaba en descubrir la influencia de los astros sobre el destino de los hombres y de las cosas. En este sentido, hay que colocarlo dentro del fenómeno más amplio de las «artes adivinatorias», entre las que la adivinación de lo que iba a pasar cada hora tenía mucho peso entre los persas y los egipcios (oros-scopeo, significa horas-mirar). Los antiguos astrólogos observaban cada hora, cada día, cada periodo el universo, esperando encontrar allí desde el pronóstico del tiempo climático hasta las causas o los avisos de los acontecimientos sociales, bélicos, religiosos o sanitarios.
En segundo lugar se debe analizar los rasgos históricos de la astrología y reconocer sus efectos históricos. La astrología judiciaria se ha dividido a veces en varios sectores: la mundial, que ver los procesos en la historia y en la política; la genética o individual para predecir los acontecimientos personales; la horaria o de consultorio, que pretende la respuesta, mediante consulta, a preguntas concretas de personas interesados.
Es evidente que la predicción prospectiva, el análisis de los resultados que dependen de variables observables, más que adivinación es predicción y previsión, con más o menos grado de probabilidad. Así acontece con el tiempo atmosférico o con la evolución de una enfermedad. Pero la predicción de lo que acontece de causas libres es evidentemente que no es más que un engaño, o lo que es lo mismo una predicción jugando al azar, es decir al cálculo de probabilidades, que es lo que acontece en las loterías y en la mayor parte de los pronósticos humanos.
Y en tercer lugar conviene también enseñar a cada persona inteligente a deshacer supersticiones y creencias que pueden perjudicar la convivencia. Tal puede ser el cultivos de actitudes deterministas o fatalistas sean teológicas, (Dios todo lo decide sin nosotros), biológicas (el cuerpo tiene mecanismos ciegos e irresistibles) o sociológicas (el hombre depende de sus circunstancias). Evitar eso es también ayudar a luchar por la libertad en la vida y, por lo tanto, trabajar por la conquista del amor don que los hombres pueden tener.
Por eso conviene ayudar a todos a defenderse de los horoscoperos, esos adivinos y astrólogos que pretenden vivir explotando la credulidad de de los ingenuos y buscando rentabilidades a cuenta de explotar de forma desaprensiva y astuta a débiles mentales, morales o afectivos.

¿Cuál ha sido la actitud de la Iglesia ante los horóscopos?
La Iglesia condenó y rechazó siempre todo lo relativo adivinación, al espiritismo, al cultivo de vanas creencias. Recordó siempre que el mundo ha sido creado por Dios y se rige por las leyes naturales y los cuidados especiales de la Providencia.
En tiempos antiguos ya hubo sínodos y concilios, como el de Toledo del año 400 o el Concilio de Braga del 561, que rechazaron frontalmente el culto o cultivo de la astrología.

Conclusión
Los hombres, para vivir, necesitan la esperanza, serenidad, algo en lo que apoyarse. Los que creen que Dios es Providente y admiten que todo lo que pasa o lo quiere o lo permite, no necesitan otros apoyos. Los que no tienen ese eje fundamental en su pensamiento buscan con más o menos afán, según su cultura y su sensibilidad, los caminas del azar, de la aventura, para esconder sus desventuras, sobre todo si tienen ante sí peligros o desconfianzas. «Mundus vult decipi», decían los antiguos. Es decir: «El mundo quiere ser engañado».

Sueños que se hacen realidad

SUEÑOS QUE SE HACEN REALIDAD
Un nuevo estilo en el ejercicio del ministerio petrino

El inicio del pontificado del Papa Francisco me ha llamado particularmente la atención. Sus gestos tan significativos, sus palabras tan atinadas, su cálida sonrisa, su fraterna cercanía, su estilo tan particular, su deseo de una Iglesia pobre y para los pobres…
La presencia del Patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, en el solemne inicio de su ministerio petrino, junto al metropolita Hilarión, de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el metropolita Amfilohje, de la Iglesia ortodoxa serbia, el metropolita Siluan, y numerosos miembros de otras iglesias ortodoxas y de las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma luterana… la posibilidad de un viaje a Tierra Santa con el Patriarca de Constantinopla, siguiendo la ruta de Pablo VI y el Patriarca Atenágoras en 1964… todo esto me ha llevado a releer un libro del P. Flaviano Amatulli Valente, fmap, fundador de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, titulado «Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia. Propuesta-provocación», cuya primera edición se publicó en marzo de 2005, con relatos que datan desde 2002.
El libro está tejido de parábolas y “sueños” sobre la vida de la Iglesia donde se presentan, con la magia de la narración, los cambios que requiere la Iglesia para atender de manera personalizada a cada bautizado y avanzar en el anuncio del Evangelio. Después de releerlo, puedo decir que lo que está sucediendo en este Pontificado está ya anticipado en este libro tan especial.
En relación al ejercicio del ministerio petrino hay dos “sueños” muy especiales. El primero se titula «La Iglesia: ¿Hacia dónde vamos?», que presenta un Papa muy peculiar, un Papa misionero que desea poner en práctica la colegialidad episcopal hasta las últimas consecuencias, vivir la simplicidad evangélica y volver a los orígenes de la Iglesia, vistiendo de una manera sencilla, haciendo a un lado el fasto pontificio, inaugurando un nuevo estilo de ejercer el ministerio petrino.
Un dato importante: en este “sueño”, el Papa señala que su propósito es presentar puntualmente su renuncia al cumplir 75 años de edad, para regresar al lugar donde inició su aventura misionera, con el propósito de pasar allí sus últimos años.
El segundo relato se llama «La unidad entre los cristianos: ¿una utopía?», que presenta el ejercicio del primado petrino a lo largo del segundo milenio, como el principal obstáculo para la unidad entre los discípulos de Cristo y sugiere formas prácticas para que corresponda más a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo. Uno de los momentos más fuertes del relato lo constituye el anuncio de la visita del Papa a Moscú hecho por el mismo Patriarca.
Considero útil recomendar la lectura de este interesante libro para conocer, de manera anticipada, los cambios que pueden presentarse en la Iglesia en las próximas décadas, no sólo en el ejercicio del ministerio del Papa, sino en la vida cotidiana de la Iglesia.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap
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