Instantáneas para conocer y renovar la Iglesia

Instantáneas para conocer
y renovar la Iglesia

Presentación al libro Fotografías de la realidad eclesial,
escrito por el P. Flaviano Amatulli Valente, fmap.

Como en la Sagrada Escritura
Nos encontramos frente a un libro singular. No es un tratado de teología al estilo clásico, pero es tan valioso como una biblioteca de teología pastoral, compuesta por múltiples volúmenes.
Se parece mucho a la Sagrada Escritura (especialmente a los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles), que está tejida de relatos significativos y relevantes, que tienen mucho que ver con nosotros, con nuestra realidad personal y comunitaria, aquí y ahora.
En realidad, la Sagrada Escritura contiene pocos tratados teológicos (en este momento sólo recuerdo la carta a los romanos y la carta a los hebreos), pero abunda en numerosos relatos y narraciones muy sugerentes.
De hecho, la Sagrada Escritura está formada por muchas fotografías donde se ha retratado la vida del pueblo de Dios y sus dirigentes: los problemas que enfrentaron, sus pruebas e infidelidades, sus éxitos y fracasos, sus alegrías y sinsabores, las caídas en el pecado y su proceso de conversión, tejidas de una manera sorprendente mediante la magia de la narración y la poesía.
Algo semejante hace el padre Amatulli en este libro, titulado precisamente “FOTOGRAFÍAS DE LA REALIDAD ECLESIAL”.
Alguien podría pensar: “¿Por qué el padre Amatulli escribe sobre estos temas y asuntos? ¿Apoco no sabe que la ropa sucia se lava en casa?”. De hecho, no falta quienes interpretan estos escritos como ataques a la Iglesia y a los obispos y presbíteros.
Se ve que estas personas conocen poco la Biblia o la han leído sólo superficialmente. Si la leemos de una forma más frecuente y de una manera más reflexiva descubriremos que la Biblia presenta, en cada una de sus páginas, fotografías muy claras del comportamiento de los dirigentes y los miembros del pueblo de Dios. Si piensan de esta forma sobre los escritos del padre Amatulli, deberían también interrogar al Espíritu Santo y a la mayoría de los autores sagrados.
Leyendo el libro de los Jueces, por ejemplo, nos encontramos con un estribillo que se repite incesantemente:

Los israelitas hicieron lo que es malo a los ojos de Yahvé y sirvieron a los Baales. Abandonaron a Yahvé, el Dios de sus padres que los había sacado del país de Egipto y siguieron a otros dioses. (Jue 2, 11; 3, 7.12; 4, 1 y un largo etcétera que recorre todo el libro de los Jueces)

Veamos también el primer libro de los Reyes, que presenta este ritornelo:

El rey Nadab ofendió al Señor, imitando la conducta de su padre y los pecados que éste hizo cometer a Israel (…) Omrí ofendió al Señor, y se portó peor que sus predecesores. Imitó en todo la conducta de Jeroboán, hijo de Nabat, y los pecados que éste había hecho cometer a Israel, irritando al Señor, Dios de Israel, con sus ídolos. (…) Ajab ofendió con su conducta al Señor más que todos sus predecesores. (1Re 15, 26; 16, 25-26.30 y un largo etcétera que recorre el primer y segundo libro de los Reyes)

Cómo no recordar en este contexto la caída de nuestros primeros padres (Gn 3), la muerte de Abel en manos de su hermano Caín (Gn 4), el incesto de Cam (Gn 9, 18-27), la penosa historia de Abraham en Egipto (Gn 12, 10-20), el antagonismo entre Esaú y Jacob (Gn 25, 19 – 36, 43), la compra-venta de José realizada por sus hermanos (Gn 37, 12-36), la apostasía del pueblo de Israel a causa del becerro de oro (Ex 32, 1-35), los pecados de adulterio y asesinato cometidos por el rey David (2Sam 11, 1 – 12, 25), la intransigencia de los discípulos (Lc 9, 51-56), la actitud egoísta de los apóstoles (Mt 20, 20-28; Mc 10, 35-45), la crisis en Cafarnaúm (Jn 6, 66), la traición de Judas (Mt 26, 47-56; Mc 14, 43-50; Lc 22, 47-53; Jn 18, 3-11), la triple negación de Pedro (Mt 26, 69-75; Mc 14, 53-54.66.72; Lc 22, 56-62; Jn 18, 15-18.25-27), el abandono de Jesús por parte de los discípulos (Mt 26, 56b), la historia de Ananías y su esposa Safira (Hch 5, 1-11), las acaloradas disputas que motivaron el así llamado Concilio de Jerusalén (Hch 15, 1-29), la ruptura entre Saulo y Bernabé (Hch 15, 36-41), el enfrentamiento de Pedro y Pablo en Antioquía (Gal 2, 11-14), los desórdenes en la comunidad de Corinto (1Cor 5, 1-13; 6, 1-11), las situaciones poco edificantes de las siete iglesias de Asia menor (Ap 2–3) y un largo etcétera que recorre el Antiguo y el Nuevo Testamento, recogidos sin respetos humanos y con un profundo amor a la verdad y la transparencia.

Para ejemplo nuestro
San Pablo, hablando de lo que “ocurrió a nuestros antepasados” (1Cor 10, 1), señala que “todo esto sucedió para ejemplo nuestro, pues debemos guardarnos de los malos deseos que ellos tuvieron” (1Cor 10, 6).
Pues bien, no falta quienes dicen que lo que el padre Amatulli describe es muy duro. Comparémoslo, pues, con estas palabras de san Pablo:

No adoren a falsos dioses, como hicieron algunos de ellos, según leemos en la Escritura: El pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantó para divertirse (Ex 32, 6). No forniquemos, como algunos de ellos, y por eso, en castigo, murieron veintitrés mil en un solo día. No provoquemos al Señor, como hicieron algunos de ellos, y perecieron víctimas de las serpientes. Tampoco se quejen contra Dios como se quejaron muchos de ellos y fueron eliminados por el ángel exterminador. (1Cor 10, 7-10)

Podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿Por qué san Pablo ha creído pertinente recordar y poner por escrito estos acontecimientos tan poco edificantes? Escuchemos sus propias palabras:

Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer! (1Cor 10, 11-12)

El padre Amatulli ha escrito este libro con la misma intención, consciente, como san Pablo, de que habla y escribe a personas sensatas, capaces de juzgar por sí mismas (cfr. 1Cor 10, 15).
En este sentido, podemos decir que la Sagrada Escritura es un espejo en el que podemos contemplarnos. Pues bien, los relatos del padre Amatulli presentados en este libro son fotografías que muestran situaciones concretas que el pueblo de Dios está viviendo y padeciendo en nuestros días.
He aquí unas palabras significativas del Cardenal Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI) en el Coliseo Romano el Viernes Santo de 2005, meditando la tercera estación el Vía Crucis:

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

En la oración, el Cardenal Ratzinger continuó con estas palabras:

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

Ustedes no pueden servir al mismo tiempo
a Dios y al Dinero
El libro está estructurado en tres partes, cada una de ellas con un rico contenido. La primera parte se titula “Dios y el dinero” y nos recuerda las siguientes palabras de Jesús:

Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero. (Mt 6, 24)

Al ser un problema constante en la Iglesia, ya desde sus inicios, es útil recordar estas palabras de san Pablo, que señala que para algunos “la religión es un puro negocio” (1Tim 6, 5) y que nos presenta estas palabras tan contundentes al respecto:

Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y al dejarse llevar por él, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos. (1Tim 6, 10)

Teniendo presente esto, no extraña leer estas importantes recomendaciones que el apóstol san Pedro da a los presbíteros de la Iglesia:

Ahora me dirijo a sus presbíteros, dado que yo también soy presbítero, y testigo de los sufrimientos de Cristo, y espero ser partícipe de la gloria que ha de manifestarse. Apacienten el rebaño de Dios, cada cual en su lugar; cuídenlo no de mala gana, sino con gusto, a la manera de Dios; no piensen en ganancias, sino háganlo con entrega generosa; no actúen como si pudieran disponer de los que están a su cargo, sino más bien traten de ser un modelo para su rebaño. Así, cuando aparezca el Jefe de los Pastores, recibirán en la Gloria una corona que no se marchita. (1Pe 5, 1-4)

Pueden sernos también de mucha utilidad y edificación estas palabras de san Pablo dirigidas a los presbíteros de Éfeso en Mileto (Hch 20, 17-38):

De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos: con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros, como ustedes bien saben. Con este ejemplo les he enseñado claramente que deben trabajar duro para ayudar a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Jesús: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir.» Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró (Hch 20, 33-36).

Pues bien, las fotografías que el padre Amatulli presenta en este libro nos ayudan a descubrir que muchos de los problemas pastorales que enfrentamos en la actualidad se deben precisamente a que muchos pastores de la Iglesia miran primordialmente el ministerio sacerdotal como fuente de recursos económicos, sea en pro de la construcción de los templos y las más variadas instalaciones parroquiales o en beneficio personal.
De ahí que el tiempo disponible para el ministerio sacerdotal se emplee generalmente en el culto (munus santificandi), descuidando la enseñanza (munus docendi) y el pastoreo (munus regendi), los tria munera encomendados por Jesús a sus apóstoles (Mc 3, 13-15; Mc 16, 15; Mt 28, 18-19).
Como puede verse, los problemas que describe el padre Amatulli no son cosa de otro mundo; han acompañado a la Iglesia desde sus orígenes y la han acompañado a lo largo de sus dos mil años de historia. El mérito del padre Amatulli, consiste, entre otras cosas, en ponerlos sobre la mesa de discusión, ayudándonos a tomar conciencia de lo que sucede, sugiriendo, al mismo tiempo, importantes iniciativas concretas y propuestas eficaces para enfrentar y resolver el aspecto económico desde las exigencias y criterios del Evangelio.

La Iglesia existe para evangelizar
Si el amor al dinero está a la base de los múltiples problemas pastorales que enfrentamos actualmente, la raíz de donde puede brotar un estilo nuevo de vivir y anunciar el Evangelio sólo puede ser la tarea evangelizadora y la atención personalizada de cada uno de los bautizados. Es lo que nos explica el padre Amatulli en la segunda parte, titulada “Evangelización y pastoreo”.
La Iglesia existe para predicar el Evangelio. Es la tarea más necesaria y urgente de la Iglesia. Por eso es importante recordar estas palabras del Evangelio:

Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso, y se reunieron con él. Así instituyó a los Doce (a los que llamó también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (…). (Mc 3, 13-14).

Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 18-20)

Jesús les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. (Mc 16, 15)

Estas palabras de Jesús quedaron grabadas en la mente y el corazón de los Apóstoles. Por eso no extraña escuchar estas palabras de san Pablo:

¿Cómo podría alardear de que anuncio el Evangelio? Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio! (1Cor 9, 16)

Incluso san Pablo considera que la predicación del Evangelio es la tarea más importante que él está llamado a realizar:

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. (1Cor 1, 17)

Los Doce están conscientes que se trata de una labor tan importante que no se puede descuidar por ningún motivo, ni siquiera a causa de la persecución.

Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: «No es correcto que nosotros descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.» (Hch 6, 2-4)

«Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído». (Hch 4, 20)

Junto con la predicación, el pastoreo es una labor importantísima, pues implica un cuidado especial de los fieles, a quienes se conoce personalmente, estando dispuestos a dar la vida por ellos.

El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. (Jn 10, 10-16)

Si una de las ovejas se extravía, el pastor la busca hasta encontrarla:

«Si alguno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en el desierto y se va en busca de la que se le perdió, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra se la carga muy feliz sobre los hombros, y al llegar a su casa reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido.” (Lc 15, 2-4)

Una presentación magistral del pastoreo lo encontramos en el profeta Ezequiel:

Se me comunicó esta palabra de Yahvé: “Hijo de hombre, habla de parte mía contra los pastores de Israel, profetiza! Les dirás a los pastores: Esta es una palabra de Yahvé: ¡Ay de ustedes, pastores de Israel: pastores que sólo se preocupan de ustedes mismos! ¿Acaso el pastor no tiene que preocuparse del rebaño? Se alimentan de leche, se visten con lana, sacrifican los animales gordos, pero no se preocupan de sus ovejas. No han reanimado a la oveja agotada, no se han preocupado de la que estaba enferma, ni curado a la que estaba herida, ni han traído de vuelta a la que estaba extraviada ni buscado a la que estaba perdida. Y a las que eran fuertes, las han conducido en base al terror. Sin pastores, mis ovejas se han dispersado: siendo así presa fácil de las fieras salvajes. Mi rebaño se dispersó por las montañas y colinas; el resto está disperso por todo el país, y nadie se preocupa o sale en su búsqueda. Por eso, pastores, escuchen la palabra de Yavé: Tan cierto como que yo vivo, dice Yavé, que si mis ovejas quedaron expuestas a los ladrones, si se convirtieron en presa de las fieras salvajes, la culpa es de los pastores. Mis pastores no se preocuparon de mis ovejas, se preocuparon de sí mismos pero no del rebaño. (Ez 34, 1-8)

En las Sagradas Escrituras está bien delineada la importancia de la proclamación del Evangelio, que implica y requiere una atención personalizada de los creyentes. El alejamiento de las Sagradas Escrituras ha propiciado un profundo desequilibrio que corre el riesgo de ser considerado como la norma. Por eso es tan importante el retorno a la Escritura, como fuente privilegiada del ser y quehacer de la Iglesia.

Creación de las estructuras adecuadas
Al mismo tiempo, las Sagradas Escrituras nos presentan algunos momentos relevantes donde se ve necesario crear nuevas estructuras, que ayuden a cumplir con la misión encomendada. Es lo que se presenta en la tercera parte, titulada “Los cambios en la Iglesia”, donde propone volver a la praxis de las primeros cristianos, aprendiendo de ellos a enfrentar los problemas pastorales.
Asomémonos, por ejemplo, a la experiencia de Moisés, que debe crear las estructuras adecuadas para guiar al pueblo de Israel. Veamos aquí la institución de los jueces, eligiendo a hombres sabios, perspicaces y experimentados:

Miren: ésta es la tierra que les he reservado; vayan y tomen posesión de la tierra que Yavé juró dar a sus padres, Abrahán, Isaac y Jacob y a todos sus descendientes. Fue entonces cuando les dije: ‘No puedo hacerme cargo yo solo de todos ustedes. Yavé, el Dios de ustedes, los ha multiplicado y son ahora tan numerosos como las estrellas del cielo. ¡Yavé, Dios de sus padres, los haga crecer mil veces más y los bendiga como se lo prometió! Pero ¿cómo los atenderé yo solo y me haré cargo de sus pleitos? Busquen, pues, entre ustedes hombres sabios, perspicaces y experimentados de cada una de sus tribus, y yo los pondré al frente del pueblo. Ustedes me respondieron: Está bien lo que tú nos propones hacer. Tomé entonces de entre los jefes de sus tribus hombres sabios y experimentados y los puse al frente de ustedes como jefes de millar, de cien, de cincuenta y de diez, así como también secretarios para cada una de las tribus. (Dt 1, 8-15)

Moisés tomó esta importante decisión al constatar que no puede hacerse cargo él solo de todos los israelitas, que eran ya un pueblo numeroso. Así surgió una nueva estructura, adecuada para una atención personalizada del pueblo de Israel.
Algo semejante hicieron los Apóstoles cuando aumentó el número de los discípulos y no les era posible atenderlos adecuadamente:

Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: «No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.» Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos. La Palabra de Dios se difundía; el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente, e incluso un buen grupo de sacerdotes había aceptado la fe. (Hch 6, 1-7)

En el llamado Concilio de Jerusalén vemos la forma en que los Apóstoles y los primeros cristianos enfrentan y resuelven los problemas, leyendo la voluntad de Dios en los acontecimientos y en la Escritura, encontrando respuestas llenas de sensibilidad y sentido común:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés.» Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. La Iglesia los encaminó, y atravesaron Fenicia y Samaría. Al pasar contaban con todo lujo de detalles la conversión de los paganos, lo que produjo gran alegría en todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros, y les expusieron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos. Pero se levantaron algunos del grupo de los fariseos que habían abrazado la fe, y dijeron: «Es necesario circuncidar a los no judíos y pedirles que observen la ley de Moisés.» Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo: «Hermanos: ustedes saben cómo Dios intervino en medio de ustedes ya en los primeros días, cuando quiso que los paganos escucharan de mi boca el anuncio del Evangelio y abrazaran la fe. Y Dios, que conoce los corazones, se declaró a favor de ellos, al comunicarles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No ha hecho ninguna distinción entre nosotros y ellos, sino que purificó sus corazones por medio de la fe. ¿Quieren ustedes mandar a Dios ahora? ¿Por qué quieren poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que nuestros padres no fueron capaces de soportar, ni tampoco nosotros? Según nuestra fe, la gracia del Señor Jesús es la que nos salva, del mismo modo que a ellos.» Toda la asamblea guardó silencio y escucharon a Bernabé y a Pablo, que contaron las señales milagrosas y prodigios que Dios había realizado entre los paganos a través de ellos. Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo: «Hermanos, escúchenme: Simeón acaba de recordar cómo Dios, desde el primer momento, intervino para formarse con gentes paganas un pueblo a su nombre. Los profetas hablan el mismo lenguaje, pues está escrito: Después de esto volveré y construiré de nuevo la choza caída de David. Reconstruiré sus ruinas y la volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, todas las naciones sobre las cuales ha sido invocado mi Nombre. Así lo dice el Señor, que hoy realiza lo que tenía preparado desde siempre. Por esto pienso que no debemos complicar la vida a los paganos que se convierten a Dios. (Hch 15, 1-19)

Como es fácil notar, la forma en que el padre Amatulli descubre, enfrenta y propone soluciones está arraigada en los acontecimientos que ocurren entre nosotros y tiene como fuente de inspiración la Sagrada Escritura.
Teniendo presente esto, les invito a acercarse a este libro con simpatía crítica.

Un libro imprescindible
En realidad, se trata de una lectura imprescindible para conocer la realidad eclesial de una manera a la que no estamos acostumbrados, pues el estilo de los documentos eclesiales es totalmente distinto.
Será, sin duda, una aventura maravillosa donde podremos vernos retratados nosotros mismos. Será como contemplar una postal de lugares y situaciones que hemos conocido personalmente. Muchos creerán que están en presencia de un déjà vu. Una cosa es cierta: nadie va a quedar indiferente.
Adelante, pues. Inicia la lectura de este libro que, seguramente será de ahora en adelante uno de tus favoritos. Ojalá se vuelva para ti en un fiel compañero de camino.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap.

Puebla, Pue.; a 2 de julio de 2012,
en el 34 aniversario de la fundación
del Movimiento Eclesial “Apóstoles de la Palabra”

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Un comentario

  1. Excelente presentación!!! Ojalá todos fuéramos capaces de comprender y dar a conocer de una manera tan clara el propósito de esta Familia Misionera, el pensar y sentir de nuestro Fundador, que late al mismo ritmo de los apóstoles y las enamoradas primeras comunidades cristianas. Gracias Padre George, porque me ha ayudado mucho con sus escritos y con su testimonio para amar más a esta familia y a mi Iglesia Católica. Saludos al Padre Amatulli

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