¿Un cristiano debe creer en el horóscopo?

¿Un cristiano debe creer en el horóscopo?

No, un cristiano no debe creer en el horóscopo. Aunque se trata de una de las prácticas supersticiosas más difundidas en nuestra sociedad, los horóscopos de ningún modo pueden servir para predecir los actos futuros libres de los hombres, puesto que sólo puede predecirse el futuro a partir de un hecho concreto, siempre y cuando el evento futuro se encuentre en este hecho o realidad presente como el efecto en su causa
Por otra parte, los hechos futuros de los hombres no son efecto de los movimientos o posiciones de los astros.

¿El Catecismo de la Iglesia Católica dice algo sobre los horóscopos?
Si, el Catecismo de la Iglesia Católica señala que «todas las formas de adivinación deben rechazarse». Pues bien, entre las variadas formas de adivinación, el Catecismo enlista las siguientes: «el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums”».

¿Por qué este rechazo tan incisivo en el Catecismo de la Iglesia Católica?
El Catecismo continua explicando que todas estas acciones «encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos». Además, estas prácticas «están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios» (n. 2116).
Querer saber el futuro es querer ser iguales a Dios, pretensión tan soberbia como absurda. Debemos confiar a la Providencia divina nuestra vida, confiar en Dios como Padre que es.

¿Qué otro motivo tenemos para rechazar el recurso a los horóscopos?
Primero, digamos lo siguiente: la creencia en los horóscopos es peligrosa. Es casi es como creer en otra religión. Hay personas que intentan hacernos creer que no somos libres sino que estamos determinados en todo por nuestro signo zodiacal. No sería yo quien realiza su propia vida, sino que todo mi obrar estaría dirigido por una extraña fuerza proveniente de las estrellas. Pero nada de lo que dicen los horóscopos está científicamente fundado. Lo que afirman sobre Sagitario hoy, lo dirán mañana de Piscis y viceversa. Es un triste problema que los horóscopos sigan haciéndose y, peor aún, que haya quienes se creen todo lo que leen.

¿Qué se puede hacer en el campo de la educación, particularmente en la formación en la fe?
Primero instruir la inteligencia y la conciencia. El horóscopo es efecto de la antigua astrología, no de la astrología natural, que es madre de astronomía científica, sino de la astrología judiciaria, que se empeñaba en descubrir la influencia de los astros sobre el destino de los hombres y de las cosas. En este sentido, hay que colocarlo dentro del fenómeno más amplio de las «artes adivinatorias», entre las que la adivinación de lo que iba a pasar cada hora tenía mucho peso entre los persas y los egipcios (oros-scopeo, significa horas-mirar). Los antiguos astrólogos observaban cada hora, cada día, cada periodo el universo, esperando encontrar allí desde el pronóstico del tiempo climático hasta las causas o los avisos de los acontecimientos sociales, bélicos, religiosos o sanitarios.
En segundo lugar se debe analizar los rasgos históricos de la astrología y reconocer sus efectos históricos. La astrología judiciaria se ha dividido a veces en varios sectores: la mundial, que ver los procesos en la historia y en la política; la genética o individual para predecir los acontecimientos personales; la horaria o de consultorio, que pretende la respuesta, mediante consulta, a preguntas concretas de personas interesados.
Es evidente que la predicción prospectiva, el análisis de los resultados que dependen de variables observables, más que adivinación es predicción y previsión, con más o menos grado de probabilidad. Así acontece con el tiempo atmosférico o con la evolución de una enfermedad. Pero la predicción de lo que acontece de causas libres es evidentemente que no es más que un engaño, o lo que es lo mismo una predicción jugando al azar, es decir al cálculo de probabilidades, que es lo que acontece en las loterías y en la mayor parte de los pronósticos humanos.
Y en tercer lugar conviene también enseñar a cada persona inteligente a deshacer supersticiones y creencias que pueden perjudicar la convivencia. Tal puede ser el cultivos de actitudes deterministas o fatalistas sean teológicas, (Dios todo lo decide sin nosotros), biológicas (el cuerpo tiene mecanismos ciegos e irresistibles) o sociológicas (el hombre depende de sus circunstancias). Evitar eso es también ayudar a luchar por la libertad en la vida y, por lo tanto, trabajar por la conquista del amor don que los hombres pueden tener.
Por eso conviene ayudar a todos a defenderse de los horoscoperos, esos adivinos y astrólogos que pretenden vivir explotando la credulidad de de los ingenuos y buscando rentabilidades a cuenta de explotar de forma desaprensiva y astuta a débiles mentales, morales o afectivos.

¿Cuál ha sido la actitud de la Iglesia ante los horóscopos?
La Iglesia condenó y rechazó siempre todo lo relativo adivinación, al espiritismo, al cultivo de vanas creencias. Recordó siempre que el mundo ha sido creado por Dios y se rige por las leyes naturales y los cuidados especiales de la Providencia.
En tiempos antiguos ya hubo sínodos y concilios, como el de Toledo del año 400 o el Concilio de Braga del 561, que rechazaron frontalmente el culto o cultivo de la astrología.

Conclusión
Los hombres, para vivir, necesitan la esperanza, serenidad, algo en lo que apoyarse. Los que creen que Dios es Providente y admiten que todo lo que pasa o lo quiere o lo permite, no necesitan otros apoyos. Los que no tienen ese eje fundamental en su pensamiento buscan con más o menos afán, según su cultura y su sensibilidad, los caminas del azar, de la aventura, para esconder sus desventuras, sobre todo si tienen ante sí peligros o desconfianzas. «Mundus vult decipi», decían los antiguos. Es decir: «El mundo quiere ser engañado».

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