Reflexiones sobre el celibato sacerdotal

Reflexiones sobre el celibato sacerdotal

 

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

 

Estimado padre Amatulli:

He leído diversos estudios sobre el celibato sacerdotal. Sin embargo, su posición sobre este tema es muy distinta de las propuestas contestatarias que se ventilan constantemente en los medios y a las cuales ha respondido el Magisterio de la Iglesia en diversas intervenciones, pues parece que buscan la eliminación del celibato sacerdotal.

 

Pablo VI, en la Sacerdotalis caelibatus, recuerda que se ha manifestado

 

“la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica [el celibato], cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo” (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 1).

 

Además de esta objeción, las objeciones más recientes están claramente descritas por el Cardenal Piacenza, que señala lo siguiente:

 

“Residuo preconciliar y mera ley eclesiástica. Estas son, en definitiva, las principales y más dañinas objeciones que vuelven a aflorar al renovarse periódicamente el debate sobre el celibato sacerdotal” (Piacenza, Mauro, El celibato sacerdotal. Cuestión de radicalidad evangélica).

 

Ni imposibilidad de vivir el celibato…

Según mi opinión, Usted no considera que sea imposible vivir el celibato en nuestro tiempo, aunque está plenamente consciente de las dificultades que actualmente encuentra el presbítero, y aún el obispo, en la vivencia de este carisma. Pero su argumentación a propósito del celibato sacerdotal no parte de estos hechos de carácter sociológico y psicológico, aunque nunca llega a desestimarlos, como si fueran problemas irrelevantes, pues constantemente ha recordado el drama que viven numerosos sacerdotes que se sienten llamados al ministerio sacerdotal pero no necesariamente a una vida célibe.

 

… ni residuo preconciliar…

Usted tampoco lo considera un residuo preconciliar, pues no he notado en Usted la hermenéutica de la ruptura que hacen diversos teólogos entre el Concilio Vaticano II y las reformas que ha inspirado y la Iglesia antes del Concilio, particularmente en las doctrinas emanadas de Trento, Vaticano I y el Magisterio pontificio preconciliar y su relativa praxis eclesial. En este sentido, Usted se ubica en la hermenéutica de la continuidad, auspiciada por el Santo Padre Benedicto XVI, como dejan verlo sus numerosos escritos.

 

… ni mera ley eclesiástica.

Tampoco la considera una mera ley eclesiástica. En efecto, Usted reconoce perfectamente que en el Magisterio de la Iglesia reside la potestad de las llaves confiada por nuestro Señor Jesucristo a Pedro y sus sucesores, por lo que reconoce el carácter vinculante de sus leyes y disposiciones. Además, Usted no ha solicitado nunca la eliminación del celibato sacerdotal y aprecia notablemente los innumerables frutos de este carisma en la historia bimilenaria de la Iglesia.

 

Un carisma apreciado

Usted, que vivió de cerca los trabajos del Concilio Ecuménico vaticano II (1962-1965) cuando era un joven seminarista y estudiante de teología, coincide con esta rica doctrina conciliar:

 

La perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos, recomendada por nuestro Señor [Cf. Mt., 19, 12.], aceptada con gusto y observada plausiblemente en el decurso de los siglos e incluso en nuestros días por no pocos fieles cristianos, siempre ha sido tenida en gran aprecio por la Iglesia, especialmente para la vida sacerdotal. Porque es al mismo tiempo emblema y estímulo de la caridad pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo [Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 42: AAS 57 91965), pp. 47-49.] (Presbyterorum ordinis, 16).

 

Radicalidad evangélica

Su posición sobre el celibato sacerdotal opcional y, por tanto, su petición del acceso al sacerdocio ministerial por parte de viri probati casados (aunque no sólo casados), por lo que entiendo, viene de consideraciones muy distintas. Apunto algunas de ellas, que me parecen altamente significativas.

 

1. La excelencia de la Eucaristía como centro de la vida cristiana. La praxis actual del celibato obligatorio no favorece que haya el número suficiente de ministros ordenados e impide así el acceso a la Eucaristía a numerosas comunidades cristianas. En este sentido, Usted distingue que el celibato sacerdotal ha dado múltiples beneficios a la Iglesia, pero ahora parece representar un obstáculo para que haya el número suficiente de ministros ordenados que garantice la debida atención pastoral del Pueblo de Dios, especialmente en orden a la confección de la Eucaristía. Evidentemente, Usted no hace esta propuesta sólo para resolver el problema de la falta de ministros ordenados. Lo que Usted propone es un asunto de mayor trascendencia todavía. Es también cuestión de una auténtica radicalidad evangélica, pero en la línea de una adecuada atención pastoral según la doctrina de la Iglesia, pues la Iglesia nace y vive de la Eucaristía.

 

2. La distinción entre la vocación sacerdotal y el carisma del celibato. En esto coincide Usted plenamente con el Santo Padre Pablo VI que a este propósito dice:

 

Ciertamente, el carisma de la vocación sacerdotal, enderezado al culto divino y al servicio religioso y pastoral del Pueblo de Dios, es distinto del carisma que induce a la elección del celibato como estado de vida consagrada (cf. n. 5, 7) (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 15).

 

A este propósito me parece oportuno apuntar también lo que dice el Concilio Vaticano II:

 

La perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos (…) [n]o es exigida ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva [Cf. 1 Tim., 3, 2-5; Tit., 1, 6.] y por la tradición de las Iglesias orientales, en donde, además de aquellos que con todos los obispos eligen el celibato como un don de la gracia, hay también presbíteros beneméritos casados; pero al tiempo que recomienda el celibato eclesiástico, este Santo Concilio no intenta en modo alguno cambiar la distinta disciplina que rige legítimamente en las Iglesias orientales, y exhorta amabilísimamente a todos los que recibieron el presbiterado en el matrimonio a que, perseverando en la santa vocación, sigan consagrando su vida plena y generosamente al rebaño que se les ha confiado [Cf. Pío XI, Encícl. Ad catholici sacerdocii, del 20 de diciembre de 1935: AAS 28 (1936), p. 28.].

 

En este sentido, Usted tiene en cuenta, como también lo hace Pablo VI en su Sacerdotalis caelibatus, los datos contenidos en el Nuevo Testamento,

 

“en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, [y] no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más bien lo propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6)” (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 5).

 

3. Obediencia a las disposiciones de la Iglesia. Sé que Usted no pretende irse “por la libre”. Su finalidad es “mover las aguas estancadas” y motivar a la reflexión de un tema del que depende la supervivencia del catolicismo y evitar su creciente protestantización en lo que respecta a la multiplicación de celebraciones dominicales en ausencia del sacerdote. Algo que era excepción parece que va en vías de convertirse en la norma, contraviniendo la praxis bimilenaria de la Iglesia.

Por otra parte, sé que Usted está perfectamente de acuerdo con Pablo VI en que “la vocación sacerdotal, aunque divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante sin la prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma” (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 15).

 

Creo que es en este contexto que Usted invita a reflexionar a la Iglesia toda sobre este importante tema. Es en esta misma línea que Usted solicita a las autoridades competentes que se considere la ordenación sacerdotal de hombres casados (viri probati) y la posibilidad el celibato opcional, pues, valga la repetición, “toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma” (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 15).

 

Harina de otro costal

Su posición es notablemente distinta de las voces en boga. Su estilo es también muy distinto. No es el estilo contestatario a que nos tienen acostumbrados los teólogos del disenso. Pero precisamente por eso, se pierde en el concierto de tantas voces discordantes, pues numerosas personas, incluidos muchos Pastores de la Iglesia, al leer, escuchar o aproximarse a su propuesta la meten en el mismo recipiente, cuando, para decirlo en términos populares, su posición al respecto “es harina de otro costal” y “se cuece aparte”.

Por eso es tarea nuestra comprender su posición y exponerla adecuadamente, especialmente en la predicación oral y en las charlas y reflexiones donde meditamos sus escritos. Es tarea nuestra también exponerla debidamente a nuestros “hermanos menores”, resaltando la distancia abismal entre su posición teológica-pastoral y otras posturas difundidas profusamente en los medios de comunicación masiva, convertidos en megáfonos y cajas de resonancia de numerosos teólogos del disenso.

 

A modo de conclusión

Un argumento que debemos considerar es el que expresa el Cardenal Piacenza: “el celibato es una ley sólo porque es una exigencia intrínseca del sacerdocio y de la configuración con Cristo que el sacramento del Orden determina”.

Por eso le envié el escrito del Cardenal Piacenza, pues en el debate con el P. Luis René Lozano sobre este mismo tema, el padre Luis René suscribió opiniones parecidas. Parece que esta es la tendencia actual de la teología emanada de teólogos cercanos a la Santa Sede, particularmente a la teología sobre el sacerdocio de Juan Pablo II y que parece centrarse en algo que no sé si se le pueda llamar sin más la “dignidad sacerdotal”, pues el Cardenal Piacenza señala a continuación que

 

 “[l]a raíz teológica del celibato, por consiguiente, ha de buscarse en la nueva identidad que se da a quien recibe el sacramento del Orden. La centralidad de la dimensión ontológica y sacramental, y la consiguiente dimensión eucarística estructural del sacerdocio, representan los ámbitos de comprensión, desarrollo y fidelidad existencial al celibato” (Piacenza, Mauro, El celibato sacerdotal. Cuestión de radicalidad evangélica).

 

Parece que este es un aspecto sobre el que tenemos que reflexionar para conocerlo más ampliamente y ver sus límites y sus alcances.

En efecto, este es por ahora el principal “escollo” que debe franquearse en la reflexión teológica para poder contar en la Iglesia con la Eucaristía celebrada en todas y cada una de las comunidades católicas, como fue el deseo de Cristo al instituir tan admirable Sacramento, como ha sido el sentir de los Padres y como se desprende del Magisterio reciente sobre la Eucaristía:

 

La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, «misterio de luz». (Cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002), 21: AAS 95 (2003), 19.). Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24, 31) (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 6).

 

Esta es también su motivación y su preocupación constante al solicitar un Nuevo Modelo de Iglesia, que nos permita contar con las estructuras necesarias para atender debidamente al Pueblo de Dios. Se trata, por tanto, de una asignatura pendiente.

¿Promueve el Padre Amatulli la ordenación sacerdotal de las mujeres?

¿Promueve el Padre Amatulli la ordenación sacerdotal de las mujeres?

¿Pueden las mujeres recibir la ordenación sacerdotal?

No, según el Magisterio de la Iglesia, el hecho de que Jesús no haya escogido a mujeres como apóstoles, se interpreta como enseñanza en el sentido de que Jesús no quiere que las mujeres reciban la ordenación sacerdotal.

Muchos piensan que algún día el Papa permitirá la ordenación sacerdotal de las mujeres. ¿Tienen razón?

No tienen razón. Veamos lo que escribió Juan Pablo II.

«Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia». (Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, del Papa Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres, 22 de mayo de 1994).
(Amatulli Valente, Flaviano, «La respuesta está en las Escrituras. Preguntas y respuestas», Ediciones Apóstoles de la Palabra, México 2013, pp. 90-91).

¿Es verdad que el P. Amatulli está siendo investigado por el Vaticano?

¿Es verdad que el P. Amatulli está siendo investigado por el Vaticano?

Padre, quiero comentarle la siguiente inquietud. La verdad estimo mucho a la comunidad misionera Apóstoles de la Palabra. Fíjese que me comentaron recientemente que al Padre Amatulli lo está investigando el Vaticano por unas ideas acerca de permitir el orden sacerdotal a mujeres.

Por lo que he escuchado de personas cercanas a la Iglesia, algunos eclesiásticos han comentado en algunas de sus reuniones que el Padre Amatulli ¡se está desviando de la sana doctrina! ¿Qué tanto hay de cierto? Se lo pregunto ya que usted es un colaborador muy cercano del Padre Amatulli.

Pedro Miguel Silva

Estimado Pedro Miguel: no te preocupes. Te puedo decir que no hay ninguna investigación de la Santa Sede en curso a propósito de los libros del P. Amatulli. Como tú seguramente sabes, el P. Amatulli nunca ha sugerido la ordenación sacerdotal de las mujeres.

Te comparto, por ejemplo, lo que ha escrito el P. Amatulli en uno de nuestros libros más difundidos. Me refiero a la nueva edición del libro «La respuesta está en las Escrituras. Preguntas y respuestas», pp. 90-91.

¿Pueden las mujeres recibir la ordenación sacerdotal?

No, según el Magisterio de la Iglesia, el hecho de que Jesús no haya escogido a mujeres como apóstoles, se interpreta como enseñanza en el sentido de que Jesús no quiere que las mujeres reciban la ordenación sacerdotal.

Muchos piensan que algún día el Papa permitirá la ordenación sacerdotal de las mujeres. ¿Tienen razón?

No tienen razón. Veamos lo que escribió Juan Pablo II.

Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia. (Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, del Papa Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres, 22 de mayo de 1994).

Quién si está revisando los escritos del P. Amatulli es la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia del Episcopado Mexicano, cuyo presidente es Mons. José Guadalupe Martín Rábago, arzobispo emérito de León. Sin embargo, puedo decirte que todavía no hay un dictamen al respecto, o por lo menos nosotros no lo conocemos. Me parece que en este caso, como siempre, todo mundo es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Te lo digo porque en ciertas diócesis y parroquias estamos encontrando obstáculos y reticencias hacia nuestro apostolado, precisamente invocando eventuales errores doctrinales.

Por parte de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, agradecemos a Dios que los Señores Obispos estén leyendo con detenimiento los escritos de nuestro Padre fundador, pues esto permitirá que se aclaren estos malentendidos que comentas y otros que seguramente circulan en los ambientes eclesiásticos. Como tú lo sabes de primera mano, en diferentes lugares corre el rumor de que hay errores doctrinales en los escritos del P. Amatulli, pero estos rumores son sólo eso, simples rumores que carecen de todo fundamento.

Por lo demás, te comento que los Apóstoles de la Palabra ponemos inmediatamente a disposición de los Señores Obispos cualquier nuevo libro del P. Amatulli. Incluso, muchas veces he ido a entregarlos personalmente a la sede del Episcopado en Lago de Guadalupe.

Estimado Pedro Miguel, te agradezco tus comentarios y me alegra tu sincera preocupación. Sólo me resta pedir tus oraciones en favor del P. Amatulli y de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, pero especialmente por quienes están realizando la agotadora tarea de revisar la extensa producción bibliográfica del P. Amatulli.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

La genealogía de Jesús y la lista de los Papas

La genealogía de Jesús

y la lista de los Papas

Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

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Las promesas mesiánicas

Hace unos días leía con atención las genealogías de Jesús que presentan los evangelios de san Mateo (Mt 1, 1-17 ) y san Lucas (Lc 3, 23-38), motivado por la lectura del libro «La infancia de Jesús», escrito por Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. De pronto las genealogías de Jesús me parecieron incompletas, como bruscamente interrumpidas, pues la historia de nuestra salvación no se detuvo con el nacimiento de Jesús. Su encarnación en el vientre purísimo de la Virgen María es la aurora de la Nueva Alianza y el inicio del cumplimiento de las promesas mesiánicas.

Estas promesas mesiánicas irrumpen en la historia de la humanidad hacia el año 1850 a.C. y el depositario de ellas es Abram (padre venerado, cfr. Gn 11, 27 ), que en virtud de estas promesas se transforma en Abraham (padre de una multitud de naciones, cfr. Gn 17, 4-5).

 

Yavé dijo a Abram: «Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación y te bendeciré; voy a engrandecer tu nombre, y tú serás una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. En ti serán bendecidas todas las razas de la tierra.» (Gn 12, 1-3).

 

Tenía Abram noventa y nueve años, cuando se le apareció Yavé y le dijo: «Yo soy el Dios de las Alturas. Camina en mi presencia y sé perfecto. Yo estableceré mi alianza contigo y te multiplicaré más y más.» Abram cayó rostro en tierra, y Dios le habló así: «Esta es mi alianza que voy a pactar contigo: tú serás el padre de una multitud de naciones. No te llamarás más Abram, sino Abraham, pues te tengo destinado a ser padre de una multitud de naciones. Te haré fecundo sin medida, de ti saldrán naciones y reyes, de generación en generación. Pacto mi alianza contigo y con tu descendencia después de ti: ésta es una alianza eterna. Yo seré tu Dios y, después de ti, de tu descendencia (Gn 17, 1-7).

 

Con Abraham —tras la dispersión de la humanidad después de la construcción de la torre de Babel— comienza la historia de la promesa. Abraham remite anticipadamente a lo que está por venir. Él es peregrino hacia la tierra prometida, no sólo desde el país de sus orígenes, sino que lo es también en su salir del presente para encaminarse hacia el futuro. Toda su vida apunta hacia adelante, es una dinámica del caminar por la senda de lo que ha de venir. Con razón, pues, la Carta a los Hebreos lo presenta como peregrino de la fe fundado en la promesa, porque «esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios» (Hb 11,10). Para Abraham, la promesa se refiere en primer término a su descendencia, pero va más allá: «Con su nombre se bendecirán todos los pueblos de la tierra» (Gn 18,18). Así, en toda la historia que comienza con Abraham y se dirige hacia Jesús, la mirada abarca el conjunto entero: a través de Abraham ha de venir una bendición para todos (La infancia de Jesús).

 

Los depositarios de las promesas

Estas promesas fueron transmitiéndose de generación en generación. Pues bien, la genealogía de Jesús nos va mostrando, en cada época, quién es el heredero de las promesas mesiánicas.

Así, aunque Abraham tuvo varios hijos (Ismael, cfr. Gn 16, 15-16, y los hijos de Queturá, cfr. Gn 25, 1-2), sólo Isaac es el heredero y portador de la promesa (cfr. Gn 21, 12; Gn 17, 19; Gn 26, 2-5).

Como sabemos bien, Isaac, a su vez, tuvo dos hijos. Pues bien, Esaú era el heredero y portador de la promesa mesiánica, pero vendió sus derechos de primogénito por un plato de lentejas (cfr. Gn 25, 29-34) y, finalmente, su hermano Jacob le robó la bendición paterna (cfr. Gn 27, 1-40).

De los hijos de Jacob, Judá es el depositario de la promesa:

A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, tu mano agarrará del cuello a tus enemigos, y tus hermanos se inclinarán ante ti. ¡Judá es cachorro de león! Vuelves, hijo mío, de la caza. Se agazapa o se abalanza cual león, o cual leona, ¿quién se atreve a desafiarlo? El cetro no será arrebatado de Judá ni el bastón de mando de entre sus piernas hasta que venga aquel a quien le pertenece y a quien obedecerán los pueblos (Gn 49, 8-10).

 

De la tribu de Judá es el rey David, quien se convierte en portador de las promesas mesiánicas de una manera muy especial.

Yavé te manda a decir esto: Yo te construiré una casa. Cuando tus días hayan concluido y te acuestes con tus padres, levantaré después de ti a tu descendiente, al que brota de tus entrañas, y afirmaré su realeza. El me construirá una casa y yo, por mi parte, afirmaré su trono real para siempre. Seré para él un padre y él será para mí un hijo; si hace el mal lo corregiré como lo hacen los hombres, lo castigaré a la manera humana. Pero no me apartaré de él así como me aparté de Saúl y lo eché de mi presencia. Tu casa y tu realeza estarán para siempre ante mí, tu trono será firme para siempre» (2Sam 7, 11b-16).

 

He aquí lo que dice, a propósito de David, Joseph Ratzinger-Benedicto XVI en su libro «La infancia de Jesús»:

(…) la estructura de la genealogía y de la historia que en ella se relata está determinada totalmente por la figura de David, el rey al que se le había prometido un reino eterno: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre» (2 S 7,16). La genealogía propuesta por Mateo está modelada según esta promesa. Y se articula en tres grupos de catorce generaciones: primero, ascendiendo desde Abraham hasta David; descendiendo después desde Salomón hasta el exilio en Babilonia, para ir subiendo de nuevo hasta Jesús, donde la promesa llega a su cumplimiento final. Muestra al rey que durará por siempre, aunque del todo diverso al que cabría pensar basándose en el modelo de David (La infancia de Jesús).

 

“Reinará sobre la casa de Jacob por siempre”

Por eso el evangelio según san Mateo inicia con estas palabras: «Documento de los orígenes de Jesucristo, hijo de David e hijo de Abraham» (Mt 1, 1).

Pues bien, la genealogía de Abraham, Jacob y David desemboca en Jesús de Nazaret, el rey davídico, a quien e El Señor Dios le dará el trono de David, su padre:

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 26-33).

 

El administrador de palacio

Sin embargo, la genealogía de Jesús no se interrumpe abruptamente. Jesús es el depositario de las promesas mesiánicas, pero como rey davídico, como rey de reyes y señor de señores, tiene junto a sí a su administrador de palacio, a su mayordomo (Is 22, 15-23), cuya característica principal es la tener a su cargo la llave de la Casa de David:

Pondré en sus manos la llave de la Casa de David; cuando él abra, nadie podrá cerrar, y cuando cierre, nadie podrá abrir (Is 22, 22).

 

Pues bien,¿quién es el administrador de palacio de Jesús? ¿Quién es su mayordomo? Es, precisamente, Simón Pedro y sus sucesores, los Obispos de Roma:

Jesús se fue a la región de Cesarea de Filipo. Estando allí, preguntó a sus discípulos: «Según el parecer de la gente, ¿quién es este Hijo del Hombre?» Respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que eres Elías o Jeremías, o alguno de los profetas.» Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro contestó: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.» Jesús le replicó: «Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.» (M7 16, 13-19).

 

San Pedro no recibe sólo las llaves de la Casa de David (cfr. Is 22, 22); recibe «las llaves del Reino de los Cielos» (Mt 16, 19). Es el administrador de palacio que gobierna juntamente con Jesús, como lo hizo José junto al Faraón en Egipto(Gn 41, 39-44).

 

La lista de los Papas

Como puede verse, la genealogía de Jesús no se interrumpe. Continua en la lista de los Papas, sucesores de san Pedro como administradores de la Casa de David, que es ahora «la casa de Dios, es decir, la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad» (cfr. 1Tim 3, 15).

Teniendo en cuenta esto, es fácil distinguir cuál es la Iglesia fundada por Cristo:

Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Jn 21,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18 ss), y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad (cf.1 Tm 3,15). Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica (Lumen gentium, 8).