La nota dominante en América Latina

Para poder enfrentar con sano realismo el fenómeno del proselitismo religioso, se necesitan cambios profundos al interior de la Iglesia, que lleven a un nuevo tipo de pastoral.
Aunque el fenómeno de la globalización trate de suavizar las tintas, es un hecho que en América Latina la nota dominante no es el diálogo ni la comprensión, sino el proselitismo religioso más descarado. Proselitismo religioso de parte de los grupos proselitistas, los nuevos movimientos religiosos, los nuevaerianos (New Age), las religiones no cristianas y las mismas iglesias históricas, cuya membresía en gran parte está compuesta por excatólicos.
Desfase cultural
Pues bien, teniendo presente todo esto, me pregunto: “¿dónde está la causa más profunda del derrumbe de la Iglesia Católica en muchos lugares de América Latina y al mismo tiempo la razón más profunda del avance de los grupos proselitistas?”. La respuesta me parece muy clara: “Todo esto se debe a una cierta desubicación o un desfase cultural presente en la Iglesia Católica, especialmente en su jerarquía.
En efecto, existe una enorme diferencia entre la manera de ser y actuar del pueblo católico y la manera de ser y actuar de los grupos proselitistas. Mientras en la Iglesia Católica se privilegian el ser, la mente y el conocimiento, en los grupos proselitistas se privilegian el quehacer (la acción), el corazón y la experiencia. Mientras en la Iglesia Católica se aprecian de una manera especial los valores de la verdad y la fidelidad, en los grupos proselitistas se ponen en el primer lugar los valores de la eficacia y el éxito. Mientras nuestro estilo es esencialmente profético, el estilo de los grupos proselitistas es esencialmente empresarial. Mientras para nosotros el mejor católico es el teólogo, el que conoce más profundamente el misterio de Dios y su plan de salvación (casi todos los obispos salen de los teólogos), para los grupos proselitistas el auténtico discipulo de Cristo es el apóstol, el que anuncia a Cristo y conquista almas para Él, utilizando todos los medios posibles, lícitos o ilícitos.
Es suficiente comparar los documentos de la Iglesia Católica con los documentos de los grupos proselitistas para darnos cuenta de que nos encontramos frente a dos mundos profundamente diferentes. En efecto, los documentos de la Iglesia Católica son esencialmente doctrinales y exhortativos, mientras los documentos de los grupos proselitistas son esencialmente operativos, con planes concretos de acción para poder avanzar más. Según mi manera de ver las cosas, aquí está el secreto de sus éxitos y al mismo tiempo la causa de nuestro retroceso. De seguir así las cosas, no será difícil pronosticar el futuro religioso de América Latina.
Por lo tanto, lo que se necesita en la Iglesia Católica es un cambio cultural profundo en la línea de la modernidad o post-modernidad, buscando un equilibrio entre el pensar y el actuar, exhortar y planear, conocer y experimentar. Es lo que están intentando hacer los Movimientos Eclesiales, cuya membresía está compuesta esencialmente por laicos comprometidos, que por su misma condición humana y eclesial representan un puente entre la sociedad, totalmente metida en el presente, y la jerarquía católica, culturalmente ligada al pasado por su misma formación teológico-filosófica.
Actores y espectadores
Cuando la Conferencia Episcopal Mexicana me confió el Departamento de la Fe frente al Proselitismo Sectario (1986), los encargados del Ecumenismo así quisieron definir mi papel: «Su tarea será la de tener informado al Episcopado acerca del avance de los grupos proselitistas».
¡Qué bonita tarea, la de ser el testigo oficial de la derrota católica! Ser espectador y nada más, tratando de no influir en el curso de los acontecimientos, como si el avance de los grupos proselitistas obedeciera a un proceso histórico ineludible. Lo que naturalmente rechacé por completo, abocándome a la ardua tarea de buscar las estrategias más oportunas en orden a fortalecer la fe de los católicos ante la embestida de los grupos proselitistas.
Nos preguntamos: “¿A qué se debe una actitud tan pasiva y generalizada de parte del clero católico ante el fenómeno del proselitismo sectario con una acción tan organizada, capilar y arrolladora?” Sencillamente se trata de una lógica consecuencia del desfase cultural del que hemos hablado anteriormente. Al tener la conciencia clara de la propia incapacidad a reaccionar adecuadamente ante un fenómeno tan hondo y global, opta por ignorarlo (la política del avestruz) o no atribuirle la debida importancia, dando muestra de una enorme insensibilidad ante el sufrimiento del pueblo católico, que se siente abandonado a sí mismo en una lucha sin cuartel, desatada por los grupos proselitistas.
En realidad, para poder enfrentar con sano realismo el fenómeno del proselitismo religioso, se necesitan cambios profundos al interior de la Iglesia, que lleven a un nuevo tipo de pastoral, hecha ya no de simpatías personales, humores del momento o improvisación, sino de investigación, planeación y un adecuado manejo de los recursos humanos y económicos.
Pretextos
Ahora bien, al no sentirse capacitado ni dispuesto a un cambio tan radical y al mismo tiempo queriendo dar la apariencia de una actitud abierta y progresista, el clero se refugió en su terreno propio, que es la reflexión teológica, tratando de justificar su decisión de no intervención mediante pretextos sin ningún fundamento en la realidad:
• Cristo no necesita a nadie que lo defienda; sabe defenderse solo.
• La fe no se defiende, se vive.
• Si muchos dejan la Iglesia Católica, es porque su fe ya no les satisface. Por lo tanto, si en otro lugar encuentran algo mejor, ¿por qué molestarlos?
• La apologética es cosa de otros tiempos. Ahora ya no sirve.
• Hay que evitar la apologética, puesto que puede entorpecer el proceso ecuménico.
Evidentemente, se trata de puros pretextos. Es desconocer la realidad del proselitismo religioso, que se sirve de todo para “conquistar” al católico: la calumnia, la dádiva, el testimonio falso, la manipulación bíblica, la presión psicológica, etc. No es que uno, al no sentirse satisfecho por las respuestas que le ofrece su fe católica, se pone a incursionar por otro lado, buscando algo que dé sentido a su vida. Más bien, se trata de otros que utilizan cualquier medio para hacerlo dudar y así llevárselo a sus grupos.
Además, no se trata de defender a Cristo o defender la fe en abstracto. Cuando hablamos de defensa de la fe, nos estamos refiriendo a la fe del católico en carne y hueso, que se encuentra desprotegido frente a los ataques del proselitismo religioso, vengan de donde vengan. Se trata, entonces, de ayudar a ese católico concreto a defender su fe con relación a los que la quieren perturbar, en la línea del buen pastor que no huye frente al peligro, como hace el mercenario (Jn 10, 12-13), sino que está dispuesto a dar la vida por las ovejas (Jn 10, 15).
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