La Santa Muerte

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Una de las características más sobresalientes del siglo XX ha sido la de promover los valores humanos a expensas de los valores estrictamente espirituales y religiosos. Se insistió demasiado sobre la importancia de la educación, la salud, los derechos humanos, la participación política, etc., a expensas de la formación religiosa y, en general, el desarrollo de la dimensión espiritual y trascendente del hombre. Se pensó que la misma superación humana podría ser considerada como sinónimo de superación espiritual y religiosa o por lo menos como un coeficiente muy valioso.
En esta línea se enalteció demasiado lo positivo ya presente en el hombre, en sus costumbres, creencias y prácticas religiosas, dejando en la penumbra la importancia de profundizar la propia relación con Dios a la luz del Evangelio. Se miró con ojos demasiado complacientes al hombre en su realidad concreta, con sus conquistas, luchas y deficiencias, en lugar de cuestionarlo y empujarlo hacia un compromiso serio en el campo propiamente espiritual y religioso.
Se confundieron las «Semillas del Verbo» con el Verbo Encarnado, presente y actuante en su Iglesia, las migajas con el pan de los hijos, el río con los riachuelos, el camino real con las veredas.
¿Consecuencias? Una tremenda asfixia espiritual, seguida por una desbandada general, buscando cada quien la manera de dar sentido a la propia vida, por los caminos más inseguros y tortuosos, al canto de las sirenas más atractivas y seductoras.
En esta confusión general, los que más sufrieron el embate, fueron los que se encontraban más metidos en la así llamada «religiosidad popular», una religiosidad muy rica en sentimiento, pero al mismo tiempo muy pobre en conocimiento y vivencia de la auténtica fe cristiana, entremezclada con las más variadas supersticiones.
Estando así las cosas, felicito al Hno. Jorge Luis Zarazúa Campa por su preocupación en querer ayudar a los hermanos más débiles en la fe a separar el trigo de la paja y lo que brilla de lo que vale, una tarea de nunca acabar.
Ojalá que este trabajo sirva de ejemplo y estímulo para otros, para que no dejen de profundizar el amplio fenómeno de las supersticiones con el afán de ayudar al católico a ser más cuidadoso en su fe, sabiendo distinguir el oro de la escoria.
México, D.F. a 27 de noviembre de 2004.
P. Flaviano Amatulli Valente, fmap.
La Santa Muerte
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