Amo a mi madre

Amo a mi madre

taide

Hace dos meses, el 19 de marzo de 2016, mi madre, María Taide Campa Silva (19 de octubre de 1950- 19 de marzo de 2016), fue llamada a la presencia de Dios. Hoy, en la Solemnidad de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, he celebrado la Eucaristía por su eterno descanso. Descanse en paz.

 

Los primeros años de mi vida los pasé a tu lado,

con la sencillez del niño, que crece poco a poco,

casi sin darse cuenta.

Te recuerdo a mi lado,

amándome sin estridencias, como lo hace una madre;

con esa sonrisa tuya, que extrañaré mientras viva,

con ese brillo especial que resplandecía en tus ojos.

Tu cabello fue para mí un misterio,

donde podía enredar mis dedos y acariciar el pelo.

 

Los primeros años de mi vida los pasé a tu lado,

saboreando la sazón de tu comida y la melodía de tu risa.

Te recuerdo junto a mi padre, amándonos,

paseando a nuestro lado en familia, a la orilla del río.

 

Te recuerdo junto al río Nazas, que tan bellas evocaciones trae a mi memoria.

Las acequias y los campos de trigo, los nogales y las nueces benditas,

las flores de cempaxúchitl (¡Ay, esas flores, que adornan tantas tumbas!),

la frescura del agua, el inabarcable azul del cielo y el gris de las montañas lejanas,

el sabor de las tortillas de harina, la calidez de tu abrazo,

el sonido de tu voz en mis oídos,

la cadencia del agua mientras recorre la línea serpenteante de su curso en el río

y su mansedumbre en las acequias;

la misteriosa silueta de las tapias,

los muros silenciosos de la iglesia,

las coplas infantiles a Santa Ana.

Tu rostro preocupado cuando sangraba mi nariz,

cuando me encontrabas con mi rostro trocado en escarlata por la hemorragia nocturna.

La calidez de tus manos, que gustaba tener entre las mías,

manos que sanan, que acompañan, que tejieron mi vida,

manos que prodigaban la primera caricia matutina.

 

¡Cómo no amarte, si tu voz me acompaña en cada etapa de mi vida,

desde que era tejido en tus entrañas,

en la calidez de tu vientre!

Era fácil amarte. Se estaba bien a tu lado, por esa calidez tan tuya,

por esa risa franca.

Siempre admiré tu facilidad para relacionarte,

para entablar conversaciones con desconocidos,

para conformar amistades perdurables…

 

¡Cómo no amarte, si me diste la vida,

el primero de los dones,

el don de la existencia, del que brotan todos los otros dones!

Era fácil amarte, porque tu voz arrulló y acompañó mis sueños

tejió la sustancia de mi vida y dio rumbo y norte a mi existencia.

 

Aprendí a escribir evocándote…

mi interioridad se expresaba en la incipiente prosa

y la rudimentaria cadencia de la poesía

para expresar mi cariño hacia ti,

para decirte lo mucho que extrañaba tu rostro.

 

“Amo a mi madre” fue el tema de mis primeras composiciones,

allá, en Valle Hermoso, donde añoraba tu presencia

y te escribía, aunque nunca leíste ni una línea.

“Amo a mi madre” … una frase que evoca tantas cosas:

tu lejanía, que yo sentía cercana;

tu ausencia, que era más fuerte que la presencia más estrecha,

la orfandad doble que acompañó mis primeros años.

Me hacía falta tu abrazo y la calidez de tu voz.

Me hace falta ahora, pues te has ido.

 

No está aquí la calidez de tu piel para acariciarte;

no están los rizos de tus cabellos, para enredar mis dedos;

no está tu voz, para escuchar tu acento;

no está tu espalda ni tus hombros, para posar mi brazo sobre ellos.

No está el sonido de tus pasos ni se escucha el eco de tu risa.

No estás aquí para decirte que te amo.

No estás aquí para abrazarte y sentir la fuerza de tu abrazo.

No estás aquí para recargarme en tu hombro

ni para recostarme en tu regazo.

No estás aquí para caminar a tu lado

y tomar tus manos entre las mías.

No estás aquí para mostrarte lo mucho que te quiero.

 

Y, sin embargo, sé que estás aquí, más presente que nunca.

Ahora ya no hay distancia que me separe de ti,

no hay ya lejanía; no hay un antes ni un después.

El tiempo se ha desdibujado y la distancia ha perdido sus contornos.

Ahora estás más cerca de mí y aún me duele tu ausencia…

Estás en el ámbito de Dios, estás entre Sus manos…

Allí está su calidez sin límite, su amor eterno, su ternura infinita.

Le he pedido al Padre celestial

que te admita en su presencia para que contemples la belleza de Su rostro

y saborees su presencia y la calidez de su amor.

Allí, junto al Señor, espérame, hasta que llegue el Día sin ocaso.

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