Razones para amar y venerar a la Virgen María Una reflexión apologética-pastoral.

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La Santísima Virgen María tiene un lugar único en la Historia de la Salvación, por su íntima unión a la vida y la misión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

 

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

 

El amor y la veneración a la Virgen María y a sus imágenes son aspectos que caracterizan a los cristianos católicos, en plena consonancia con lo que dice la Sagrada Escritura y la praxis dos veces milenaria de la Iglesia. En las denominaciones protestantes no siempre se cultiva este amor y esta devoción por la Virgen María y los Santos. ¿A qué se deben estas diferencias tan notables?

 

  1. “Yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso”

Para los hermanos separados el concepto dominante de Dios es que es un Dios celoso. Ellos tienen en cuenta este pasaje bíblico: “Yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso” (Ex 20, 5). Pues bien, este texto permea toda su visión sobre la relación del cristiano con la Virgen María, los Ángeles y los Santos.

Según los grupos proselitistas, no se debe venerar a la Virgen María, ni a los ángeles ni a los santos, para no provocar los celos en Dios. Consideran también la veneración a las imágenes como idolatría. Sin embargo, una lectura más atenta de este texto y su contexto (Ex 20, 1-5) nos ayudan a tener una visión más objetiva de él.

En efecto, Ex 20, 1-5 se refiere a los dioses de los pueblos circundantes de Israel, a sus representaciones idolátricas (imágenes y estatuas), y al culto idolátrico que se da, tanto a los diversos dioses como a sus representaciones:

 

Dios pronunció estas palabras: «Yo soy Yahvé, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, del lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso (Ex 20, 1-5a).

 

Analizando Ex 20, 1-5 nos damos cuenta de que Yahvéh se presenta como el único Dios de Israel, a quien ha liberado de la opresión en Egipto por medio de Moisés (vv. 1-2). En este contexto, Yahvé le dice a su pueblo lo siguiente:

  1. No tendrás otros dioses (v. 3).
  2. No construirás imágenes ni estatuas idolátricas de esos dioses (v. 4).
  3. No darás culto a otros dioses ni a sus representaciones idolátricas (v. 5).

 

Pues bien, esto nos muestra que Dios prohíbe los ídolos, es decir, los falsos dioses (Ex 20, 4; Sal 115, Sal 135, etc.), pero permite usar en el culto sagrado las imágenes (Ex 25, 18; Nm 21, 8; 1Re 6, 19-38) y los objetos sagrados, como el Arca de la Alianza (2Sam 6). De hecho, en hebreo hay tres términos que nos ayudan a comprender mejor el tema de los ídolos y las imágenes: a) Pesel (פֶסֶל); b) Tselem (צֶ֫לֶם) y c) Pituach (פִּתּ֫וּחַ).

 

  1. Pesel (פֶסֶל) es el término bíblico para designar un ídolo; es decir, un falso dios. Pesel se refiere a un ídolo, a una imagen idolátrica, hecha con la finalidad específica de adorarla, como sucedió en el caso del becerro de oro (Ex 32; Cfr. también Ex 20, 1-5; Dt 4, 15; Is 44, 17).
  2. Tselem (צֶ֫לֶם) es el término hebreo para imagen. Aparece, por ejemplo, en Génesis 1, 26, donde Yahvé dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Se refiere a imágenes hechas por la mano del hombre, pero que no se hacen con finalidad idolátrica, como se puede ver en Ex 26, 1; Ex 37, 7; Nm 21, 6-9; Ex 25, 18).
  3. Pituach (פִּתּ֫וּחַ) es el término para designar una imagen decorativa, como las que se presentan en 1Re, 23-38 6 y 1Re 7, 25-51, entre otros pasajes de la Escritura.

 

En efecto, tanto tselem como pituach se refieren a imágenes representativas no idolátricas; es decir, no se las fabrica para adorarlas. Es lícito tener estas imágenes, como se ve en Éx 25, 18 a propósito de los querubines de oro, en Núm 21, 6-9, a propósito de la serpiente de bronce y en 2Sam 6, a propósito del Arca de la Alianza.

Los católicos no tenemos Pesel (פֶסֶל), es decir, no tenemos ídolos. La Iglesia nunca nos ha enseñado que debemos adorar a las imágenes. Nunca nos ha enseñado que las imágenes de la Virgen María y los santos sean dioses a los que debemos darles culto idolátrico. Si nos arrodillamos para orar delante de ellas no es con fines idolátricos, sino una señal de veneración, de respeto, como hizo Josué delante del Arca de la Alianza:

 

Josué desgarró sus vestidos, se postró rostro en tierra delante del Arca de Yahvé hasta la tarde, junto con los ancianos de Israel (Jos 7, 6).

 

Los católicos tenemos Tselem (צֶ֫לֶם) y Pituach (פִּתּ֫וּחַ), es decir, imágenes representativas, no idolátricas, a las que veneramos por las personas que están representadas en ellas: Nuestro Señor Jesucristo, la santísima Virgen María, los ángeles y los santos.

 

  1. La Virgen María, los ángeles y los santos son amigos de Dios

La Sagrada Escritura nos presenta distintos dioses y el culto a ellos y sus imágenes, especialmente los dioses cananeos, como Asera (Ex 34, 13; Dt 16, 21), Baal (Núm 22, 41; 1Re 18), Dagón (Jue 16, 23), Quemós (Nm 21, 29), etc. De este tipo de dioses es que Dios se pone celoso (Ex 20, 4-5), por eso le prohíbe a su pueblo Israel el culto a estas divinidades y a sus imágenes (Sal 115; Sal 135). Se trata de dioses falsos.

Al mismo tiempo, la Biblia nos presenta a muchos personajes bíblicos como amigos de Dios: Abel, Henoc, Set, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Pedro, Pablo, la Virgen María, san José, Simeón, Ana, San Juan Bautista… Dios no se pone celoso si amamos a sus amigos y los honramos. Él los ha amado entrañablemente (Is 43, 1-4) y los ha elegido desde el vientre materno (Jr 1, 5; Is 49, 1; Gál 1, 15).

La amistad de estos personajes bíblicos con Dios está notablemente atestiguada en la Biblia, en el Antiguo y Nuevo Testamento.

 

Yahvé hablaba con Moisés cara a cara,

como habla un hombre con su amigo (Ex 33, 11).

 

Y tú, Israel, siervo mío,

Jacob, a quien yo elegí,

linaje de mi amigo Abrahán (Is 41, 8).

 

Creyó Abrahán en Dios y se le consideró como

justicia, y fue llamado amigo de Dios (St 2, 23b).

 

En el Nuevo Testamento así se expresa Jesús de sus discípulos:

 

No los llamo ya siervos,

porque el siervo nunca sabe

lo que suele hacer su amo;

a ustedes los he llamado amigos,

porque todo lo que he oído a mi Padre

se lo he dado a conocer (Jn 15, 15).

 

Ellos son amigos entrañables de Jesús, por eso Jesús ora así por ellos al Padre celestial:

 

Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos. (…)

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté, estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo (Jn 17, 11a-12a.22-24).

 

Dios no se pone celoso si los honramos y solicitamos su intercesión.

Además, la Carta a los Hebreos, en el capítulo 11, nos presenta una lista no exhaustiva de los héroes de la fe de la Antigua Alianza y señala que, a causa de su profunda fe, fueron alabados (Cfr. Hb 11, 2). Esta alabanza a ellos es veneración, afecto, cariño entrañable, devoción. En estas citas bíblicas se fundamenta nuestra devoción y veneración a la santísima Virgen María, los Ángeles y los Santos.

 

III. La familia de los hijos de Dios

La Sagrada Escritura nos presenta la historia de la salvación, una historia de amor entre Dios y su pueblo, y lo hace en clave de familia. Dios se nos presenta como un Padre bueno (Dt 32, 6b; Mt 6, 9), que nos ama entrañablemente (Is 43, 1-5; Jn 3, 16; 1Jn 3, 1), que nos ha creado a su imagen y semejanza (Gn 1, 26) y que nos ha llamado a ser sus hijos en Jesucristo (Cfr. Jn 1, 12; Ef 1, 3-8; 1Jn 3, 1-2).

La Iglesia es la familia de Dios (Ef 2, 19-20) y en ella hay una multitud de hermanos (Hb 2, 10). El primero de ellos es Jesucristo, que no se avergüenza de llamarnos hermanos (Hb 2, 11) y que quiso hacerse semejante en todo a sus hermanos (Hb 2, 17).

La Biblia nos presenta también a la Madre (Jn 19, 25-27; Ap 12, 17), la santísima Virgen María, la Nueva Eva, es decir, la Madre de todos los vivientes (Cfr. Gn 3, 20), por su especial participación en el misterio de nuestra redención.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 487, señala el papel único de la Virgen María con estas palabras: «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo».

 

  1. La maternidad divina de María: Ella verdaderamente es Madre de Dios

La constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium del Concilio Ecuménico Vaticano II nos introduce en el misterio de la Virgen María, unida estrechamente al misterio de Cristo y de la Iglesia, subrayando el papel único de la Virgen María en la obra de la Redención.

El punto de partida es Gálatas 4, 4, que nos introduce en el misterio de su maternidad: Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención del mundo, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer (Cfr. Lumen gentium, 52).

Es decir, la Virgen María ha colaborado de una manera única en la redención del género humano por su participación en la Encarnación del Verbo, convirtiéndose así en la Madre de nuestro Redentor, verdadero Dios y verdadero hombre. El misterio de la Encarnación significa que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser Dios.

Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

 

“Dios envió a su Hijo” (Ga 4, 4), pero para “formarle un cuerpo” (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27) [Catecismo de la Iglesia Católica, n. 488].

 

Un canto que nos permite asomarnos a este misterio se titula «Algo de ti en Dios había», que transcribimos a continuación:

 

Dios tuvo un día carne de tu carne

y por sus venas tu sangre circuló;

había en su mirada, un algo de tus ojos

y con tu amor también amó su corazón.

 

Algo de ti, en Dios había,

tu mirada Él heredó;

heredó tu sonrisa, tu semblante y tus gestos;

de tu piel tuvo el mismo color.

 

Tú le enseñaste los primeros pasos

al que fue senda para la humanidad

las primeras palabras, aprendió de tu boca

aquel que al mundo dio palabras de verdad.

 

  1. La Inmaculada Concepción: Ella fue preservada del pecado original

La Iglesia proclama como verdad de fe que la santísima Virgen María ha sido redimida desde el primer instante de su concepción, siendo preservada del pecado original. Este singular regalo se le concedió porque fue elegida desde la eternidad para ser la Madre del Salvador y por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo por su muerte y resurrección. Ella ha recibido como nombre propio el título “Llena de gracia”, que implica que ella estuvo siempre conducida por la gracia de Dios y hecha inmune a toda mancha de pecado (Lumen Gentium, 56).

 

  1. La Virginidad perpetua de María. Virgen antes del parto, en el parto y después del parto

Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto, como lo definió el Concilio de Letrán en el año 649. Esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 496).

La Iglesia llama a Nuestra Señora la Siempre Virgen María, pues la profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María, incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo, como señala el Concilio, “lejos de disminuir consagró la integridad virginal” de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la Aeiparthénon, la “siempre-virgen” (cf. LG 52).

La Iglesia proclama la perpetua virginidad de María no porque rechace el ejercicio de la sexualidad ni porque considere de manera negativa el matrimonio, sino para ser fiel a lo que enseña la Sagrada Escritura sobre ella. Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”, dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por Dios a través del profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is 7, 14) según la versión griega de Mt 1, 23.

 

  1. La Virgen María fue llevada a la gloria celestial en cuerpo y alma

La Iglesia proclama que la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte. La Asunción de la Santísima Virgen al Cielo constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos. Por eso la Iglesia, en su liturgia, reza lo siguiente: «En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Alcanzaste la fuente de la Vida porque concebiste al Dios viviente, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas (Tropario en el día de la Dormición de la Bienaventurada Virgen María).

 

Conclusión

Los católicos amamos a la Santísima Virgen María porque ha colaborado de una manera muy especial en nuestra salvación. Su «sí» hizo posible la Encarnación del Verbo y su intercesión nos acompaña siempre. Ella es nuestra Madre en el orden de la gracia.

Concluimos esta reflexión con estas palabras del Beato Pablo VI: «Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo».

Como Jesús, ella nos ama entrañablemente. Nosotros correspondemos a su amor con nuestra devoción y veneración hacia ella, que nos ha precedido en la Gloria futura que nos espera.

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