OBJETOS SAGRADOS Y FIESTAS RELIGIOSAS

objetosImágenes
“Tratándose de imágenes nos encontramos frente a un verdadero problema: una cosa es la doctrina oficial de la Iglesia (II Concilio Ecuménico de Nicea: año 787; Concilio de Trento: año 1563) y otra cosa es el sentir del pueblo en general, muy distante de la doctrina oficial.
Lo peor del caso es que, a nivel de la Jerarquía no existe una clara conciencia acerca de la gravedad del problema. Se resuelve todo con recordar que se trata de “religiosidad popular”, como si la religiosidad popular fuera algo intocable, un conjunto de tabúes o dogmas que estuvieran al margen de la acción evangelizadora de la Iglesia.
Y no es así. Con la Nueva Evangelización se tiene que enfrentar también el problema de las imágenes a nivel popular. En realidad, es un error extender la Nueva Evangelización como algo reservado exclusivamente a una pequeña élite de católicos comprometidos, dejando al pueblo en general (el vulgus) en su irreparable ignorancia. Y esta labor se hace siempre más urgente, cuanto más se intensifica el acoso de las sectas, que precisamente utilizan el tema de las imágenes como su caballo de batalla (Ex 20, 4; Sal 135, 15-18; Dt 7, 25).

Santos e imágenes de los santos
Para enfrentar el problema con seriedad, no basta citar algunos textos bíblicos, donde se ve que se puede tener imágenes (Ex 25, 18; Núm 21, 8; Jue 17, 4-5.18, 30-31; 1Re 6, 23-35.35-51). Hay que ver qué piensa realmente la gente acerca de las imágenes y tratar de corregir ciertas desviaciones. Hay que ir aclarando que existe una enorme diferencia entre la Virgen y la imagen de la Virgen, San Antonio y la imagen de San Antonio, el Niño Dios y la imagen del Niño Dios. Nada de que: “La Virgen va a venir a mi casa”. Es necesario ir aclarando las cosas.
Normalmente el pueblo, cuando habla de imágenes o las estatuas religiosas, utiliza palabra “santos”. Se oye decir: “En mi casa tengo a muchos santitos”. Pues bien, hay que aclarar que los santos somos nosotros, los seguidores de Cristo (Ef 1, 1), mientras lo que tenemos en las casas o en los templos no son los “santos”, sino “las imágenes o estatuas de los santos”. Es necesario enseñar a utilizar un lenguaje correcto para ir formando ideas correctas al respecto. Cuando el mismo lenguaje de pos sí es ambiguo o equivocado, ¿qué podemos esperar a nivel doctrinal?

¿Poderes especiales?
“Es que las imágenes están benditas”, dicen algunos. Pues bien, hay que aclarar el sentido de bendición de las imágenes, para evitar que por este hecho se les atribuyan “poderes especiales”. Hay que aclarar que no solamente se bendicen las imágenes de los santos, sino también los carros, las casas, los niños los enfermos y no por eso adquieren algún poder especial.
Pues bien, ¿qué se le pide a Dios, cuando se bendice a una imagen o estatua? Se le pide que tal o cual imagen o estatua sirva para recordar a tal o cual santo, con miras a pedir su intercesión (del santo y no de la imagen o estatua del santo) e imitar sus ejemplos.
Lo peor del caso es cuando alguien, en lugar de aclarar las cosas, se aprovecha de la confusión que existe en la mente de la gente para hacer su “negocio”, explotando la credulidad popular. Por eso abundan las estatuas de San Judas Tadeo, San Martín de Porres, San Antonio de Padua, con sus oraciones especiales para conseguir tal o cual gracia o “milagro”. Por lo mismo, también no se hace nada para aclarar ciertas leyendas a santuarios famosos, donde se llega a creer que el «Cristo está vivo, es de carne y hueso, come, se baña y hace milagros a los devotos».

Imágenes y Eucaristía
¿Cómo se puede pretender que el pueblo vaya formándose ideas claras acerca de las imágenes, si se ponen las imágenes en el lugar más importante y se les proporcionan los honores más grandes? Muchas veces el mismo sagrario está puesto bajo el niño que contiene la estatua de la Virgen o del santo patrono.
En este caso, ¿cómo se puede saber si la gente está rezando al Santísimo o a la estatua que se encuentra encima del sagrario? Es necesario que a simple vista uno se dé cuenta de que es más importante Jesús Sacramentado que la estatua de la Virgen o del santo patrono. Por eso es conveniente que, donde sea posible, haya una capilla especial para el Santísimo, sin ningún tipo de imágenes que llamen la atención. Que todo sirva para crear un clima de recogimiento, sin distraer la atención del sagrario.
Hay que reconocer que el pueblo tiene muchas ideas equivocadas con relación a las imágenes, pero al mismo tiempo hay que reconocer que de parte del clero ha habido poca preocupación por aclarar las ideas. Al contrario, su manera de llevar las cosas en muchos casos ha contribuido a aumentar la confusión” (Amatulli Valente, Flaviano, o. c., p. 52-54)

¿Para qué las imágenes?
“El objeto que la Iglesia persigue al fomentar las representaciones religiosas es:
1. El establecimiento de la Casa de Dios.
2. La enseñanza y edificación de los fieles.
En efecto, una representación gráfica tiene mucho que decirnos. Debe instruirnos, conmovernos y mejorarnos.
Además, es importante recordar a los fieles que la veneración que tributamos a las imágenes, no va dirigida a las ellas en sí, sino a las personas representadas.

“Imagen milagrosa”
“Esta expresión significa solamente que Dios en el lugar respectivo y por intercesión de las personas representadas ha obrado milagros, pero no que la misma imagen obre maravillas” (Ma. Havers, Guillermo; Torres, Bricio, Directorio Católico de términos y doctrinas religiosas, Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C., México, 1987).

Escapulario
La palabra escapulario proviene del latín scápula, que significa hombro y espalda.
Se trata de un vestido largo de tela que cae por el pecho y por la espalda. Originalmente era vestimenta de trabajo. Luego se fue transformando en una franja sobrepuesta a la túnica y pasó a ser distintivo del hábito de algunas órdenes religiosas (Benedictinos: negro; Carmelitas: café; Dominicos; blanco).
En forma reducida a dos pequeños trozos de tela unidos por cintas, que quedan sobre el pecho y la espalda, vino a ser como la adhesión de los laicos a la espiritualidad de una orden religiosa en sentido más independiente.
El más empleado ha sido el escapulario del Carmen (Cf. De Pedro Aquilino, Diccionario de Términos religiosas y afines, Editorial Verbo Divino, Ediciones Paulinas, p. 77).
Con respecto a los escapularios y medallas, hay que aclarar su sentido, “purificando ciertas ideas populares, que rayan en la superstición”. En realidad, no es raro escuchar a una persona piadosa decir: “a mí no me pasa nada malo, porque llevo puesta esta medalla de la Virgen”, como si la medalla tuvieran ciertos poderes especiales para ahuyentar el mal o atraer el bien en la línea de los amuletos y los talismanes.
Otro error: “El que lleva este escapulario, ciertamente se salvará por promesas de la Virgen”. Hay que explicar bien como están las cosas y no hacer de una determinada devoción una “ganga religiosa”, asegurando cosas que a nadie puede asegurar. Es necesario explicar todo el contexto que dio origen a una determinada devoción, con sus compromisos específicos, de los cuales el escapulario queda sencillamente como símbolo de la propia fe como católico” (Amatulli, V. Flaviano; o.c., p. 53).

Novena
“Es el tiempo de preparación de una fiesta religiosa, aunque las fiestas más chicas o las menos importantes se preparan con un triduo; y en algunos lugares las más importantes se p reparan con un docenario.
Junto con esto se observa que las fiestas se prolongan durante tres, ocho, nueve y hasta quince días.
En el México antiguo todas las fiestas, que eran muchas, tenían su preparación de un número variable de días, según consta por sus padres Sahagún, Clavijero y Durn, historiadores del México antiguo.
Cuando llegó la fe católica a estas tierras, las fiestas católicas eran precedidas por su novena o triduo, la cual embonaba perfectamente con la cultura mexicana. Un ejemplo es la novena de Navidad, que se conoce como “las posadas”. Los misioneros que vinieron a América Latina y en especial a México, tomaron de las costumbres religiosas aquellos aspectos fundamentales para transformarlas en alabanzas a Jesucristo.
Las posadas nacen en Acolman (área de Teotihuacán, México). Era una tradición prehispánica de nueve días de danzas, y se transformaron en el “Novenario de Posadas” (Bravo, Benjamín, o.c., pp. 96-97).

Ofrendas
Consiste en ofrecer dones a Dios y a los santos. «Cuando vamos a pedir un favor a otra persona, si podemos, le llevamos algún regalito. También lo hacemos cuando queremos agradecerle un favor recibido.
Tratándose de Dios, cuando lo buscamos o para que nos perdone o para que nos ayude en nuestras necesidades en nuestras necesidades, y sobre todo cuando vamos a agradecerle sus favores, es natural que, si podemos, le llevemos una ofrenda.
Así nos lo sugiere Dios mismo en la Sagrada Biblia: hay todo un libro santo, el Levítico, dedicado a enseñar al pueblo de Israel cómo y con qué sentimientos, ya en conjunto, ya individualmente, llevar ofrendas al Señor. Y el Evangelio nos dice que cuando vayamos al templo a ofrecer algo, pero tengamos resentimientos contra alguien, primero vayamos a arreglarnos con el prójimo y después vengamos al altar a presentar la ofrenda.
Llevar una ofrenda es tanto como reconocernos nosotros mismos representados en esos dones; si ofrecemos dinero, es porque él es símbolo de los esfuerzos y sudores con que lo ganamos; si lo que ofrecemos son objetos, ellos representan nuestro trabajo, como un signo de ofrenda de nuestras vidas. Si ofrecemos flores, ellas son el símbolo de la belleza y el aroma de nuestro propio ambiente. Si ofrecemos luces (cirios, velas, veladoras), ellas simbolizan nuestra fe.
Tan es significativo traer ofrendas a Dios de los que Él mismo da, que en la celebración de la Santa Eucaristía, la Iglesia entera se ofrece con Cristo en los símbolos del pan y del vino, para que convertidos en el cuerpo y la sangre de Jesús, toda la Iglesia junto con Él, tributemos la alabanza perfecta al Padre Celestial
El riesgo de llevar ofrendas al Señor, señalado tantas veces en la Sagrada Biblia, es que la ofrenda no nos represente a nosotros, sino que la representemos con un valor a cambio del cual queremos obtener algo. Esta actitud es muy duramente reprobada por Dios en la Sagrada Biblia; Dios no quiere nuestras cosas: quiere nuestro corazón contrito, quiere nuestro propio ser agradecido.
Por eso, al ir a visitar un Santuario, al dar ofrendas en el templo al que vamos a Misa, debemos hacer un acto de entrega a Dios, simbolizando nuestro ser en la ofrenda que presentamos, y siempre conscientes de nuestra ofrenda junto a Cristo, el único Mediador entre nosotros y el Padre.
La expresión de ofrenda nuestra que más agrada a Dios es cuando ayudamos con nuestro dinero, ropa, comida, hospedaje, etc., a los más necesitados: damos lo nuestro a los demás no sólo por simple compasión (muchas veces por ostentación), sino porque vemos en el prójimo necesitado la imagen de Jesús necesitado, por aquello de que “lo que hicieron a unos de estos que creen en mí, a mí me lo hicieron” (cfr. Mt 25, 31-44). Por lo tanto, es bueno, por ejemplo, llevar un “cuerpecito” (milagrito) al Santuario, por agradecimiento por el favor recibido, pero es mejor si con el equivalente del precio ayudamos al prójimo necesitado. Es bueno llevar veladoras a cirios al Señor, como expresión de nuestra súplica, pero es mejor dar el equivalente a alguien que tiene hambre o está enfermo. Así nuestro agradecimiento se vuelve acto de caridad fraterna.
Nuestra ofrenda es acto de caridad fraternal sólo si, por un lado, expresa nuestro agradecimiento a Dios, de quien recibimos todo lo que tenemos, y, además, si la hacemos por amor a ese Padre bueno, y en su nombre hacemos el bien al prójimo.»

Penitencia
Es a partir de nuestra fidelidad que debemos hacer penitencia; es decir, el hombre debe ser fiel a Dios y esta fidelidad nos va a exigir penitencias, mortificaciones, pues si diéramos gusto a nuestros sentidos, no podríamos ser fieles al Señor.
Por la ley divina todos los fieles estamos obligados a hacer penitencia.
Así nos lo enseña Jesús, tanto con su doctrina como con su ejemplo. Más aún, nos impone la penitencia como signo de pertenencia al reino de Dios. Con los actos de penitencia hechos con espíritu sincero, testificando que somos forasteros y peregrinos, que esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva. Y puesto que estamos también con actos externos. Más aún, no llegaremos aún dominio de nuestras pasiones y a la templanza en el uso de cosas, si no nos imponemos ciertas restricciones o penitencias.
Estas son las llamadas obras de penitencia.
La iglesia nos enseña que la principal obra de penitencia es cumplir con responsabilidad nuestros propios deberes, lo que siempre implicará sacrificio. Además, nos señala ciertos días (los viernes del año) y tiempos (cuaresma), para manifestar nuestro espíritu de penitencia con ciertas obras comunes (el ayuno y la abstinencia), agregando, además, las obras que cada uno podamos hacer como mortificación, según nuestro estado y condición de vida.
Con este mismo espíritu de penitencia muchos cristianos suelen hacer u ofrecer penitencias especiales, con motivo de su visita al Santuario, o cumpliendo una manda por un favor recibido, o como medio de intercesión para alcanzar las gracias. Es de alabar este espíritu de penitencia, sólo que debemos tener muy en cuenta que las penitencias que hagamos o prometemos no vayan nunca más allá de nuestra posibilidad o fuerzas.
Desde luego, no es recomendable hacer promesas de penitencias que incluyan a otras personas; a no ser que dichas personas estén de acuerdo desde antes de hacer la promesa o manda. De otro modo, no les obligaría a ellos a cumplir con lo prometido.
No conviene tampoco ofrecer o hacer penitencias que puedan perjudicar seriamente la salud; porque la salud es un don de Dios que debemos cuidar y no arriesgar.
Y, por supuesto, al hacer nuestras penitencias, debemos huir de todo espíritu de ostentación o vanidad, porque expondríamos con eso el valor de nuestro sacrificio.
Finalmente, no olvidemos lo que nos enseña la Iglesia: la mejor penitencia es siempre el cumplimiento fiel de nuestros deberes en la familia y en la comunidad; y que el sentido profundo de nuestra penitencia, como cristianos, es unirnos a Jesús, quién quiso sufrir por nosotros cargando nuestros pecados y pagando por ellos con su sacrificio en el Calvario.

Peregrinación
Muchos de nosotros hemos ido en peregrinación a visitar algún santuario o alguna imagen famosa.
¿Alguien ha ido a algún santuario en peregrinación? ¿Qué hace ahí? ¿Cómo organiza la peregrinación? ¿Cómo entra la gente al Santuario? ¿Qué hace después? ¿Por qué hace todas estas cosas?
A veces pensamos que re zar es sólo hablar con Dios con la boda. Sin embargo, Dios quiere que nosotros recemos con todo lo que somos: cuerpo, trabajo, comportamiento, palabra.
Escuchemos como Dios acepta la danza:
“Iban a buscar el arca de Dios, sobre la cual se invoca el Nombre de Yavé de los ejércitos quien se sienta en ella sobre querubines.
Pusieron el Arca de Dios en una carretera nueva y la llevaron de la casa de Abinadab, que está en la loma de Uzzá y Ajyó, hijos de Abinadab, conducían la carreta con el Arca de Dios, Uzzá caminaba al lado del Arca y Ajyó iba delante de ella.
David y todo el pueblo de Israel bailaban delante de Yavé con todas sus fuerzas, cantando y tocando cítaras, arpas, panderos, sistros y címbalos” (2Sam 6, 3-5).

¿Cómo alababan el Arca de Dios?, ¿Cómo alabamos hoy a Dios?

Sentido de la peregrinación
La peregrinación es siempre un hecho religioso que expresa el carácter social de todo hombre; por la peregrinación expresamos que vagamos juntos como hermanos, caminando hacia la “Casa del Padre”.
La misma vida de la Iglesia es una peregrinación, un peregrinar hacia la patria del cielo; es el nuevo Israel que, caminando en el tiempo presente; busca la ciudad futura perenne. La Iglesia peregrina, tanto tomada toda junta, como en cada uno de sus miembros.
Dios nos ha recordado a todos sus hijos esta condición de peregrinos en la Santa Escritura. Por ejemplo, cuando llamaba a Abraham, le dice: “sal de tu casa y serás peregrino” (cfr. Gén 12). Lo mismo a todo el pueblo hebreo: “Nunca olvides que fuiste peregrino en tierra extranjera”. La misma salvación que Jesús de Nazaret nos trae con su Muerte y Resurrección es una pascua, un pasar como peregrino de este mundo a la Patria del Cielo. Dice el Señor Jesús: Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”.
Instintivamente sabemos esto todos los hombres, buscamos expresarlo y celebrarlo de diversas maneras. Ésta es la razón de porqué peregrinamos: para vivir nuestro traslado del lugar de sufrimiento y de trabajo en que vivimos, al lugar donde percibimos que se realizan nuestras esperanzas, visitando una imagen de nuestra devoción, donde nos asociamos a Cristo, el gran peregrinante, en su paso de la vida a la muerte.
Por eso no hay creyente que no haya hecho o vaya a realizar peregrinaciones en su vida. Nuestra Santa Madre la Iglesia además, nos ayuda a darle cauce a esta necesidad de nuestra vida religiosa: en toda celebración litúrgica realizamos el símbolo de nuestra condición de peregrinos, por ejemplo al “entrar” a la Misa, al “peregrinar” para comulgar; por otra parte, movidos por nuestra devoción popular “llevamos” nuestras imágenes en procesión, expresando nuestra actitud de caminantes en búsqueda del cielo.
Toda peregrinación incluye siempre estos tres motivos:

a) La devoción.
Para ir en peregrinación, nos mueve ante todo la devoción. Nada nos obliga. Vamos libremente, porque sentimos necesidad de la ayuda divina. Y buscamos en la visita al lugar (santuario) donde se venera la imagen del santo de nuestra devoción. Poe eso toda peregrinación alimenta nuestra fe y nuestra esperanza.

b) La penitencia
Cada peregrinación, en mayor o menor grado, incluye y expresa sacrificio, sufrimiento, dolor. Y todos comprendemos fácilmente que ese dolor, ese sufrimiento es una forma de lenguaje para alcanzar de Dios, por la intercesión del Santo cuya imagen veneramos en el Santuario, el perdón de nuestros pecados; o también expresa nuestra actitud de sacrificio como forma de oración para alcanzar la gracia que buscamos.

c) La peregrinación
Expresa también la unidad de la Iglesia.
Dentro de la pluralidad de la vida, en este sentido; el contenido de la fe católica es el mismo de todos los tiempos; esa fe única nos congrega en un mismo lugar, el Santuario, a gentes de muy diversos lugares y ambientes que profesamos una misma fe. Y, lo más interesante, no obstante nuestra reunión, no perdemos nuestra identidad ni personal ni cultura. Y vale tanto para los individuas como par a los grupos sociales. Al terminar la reflexión sobre lo que es “peregrinar”, examínate, peregrino, como se realizan en ti esas ideas, ahora que te dispones a una peregrinación.

Salida a la peregrinación
La forma más recomendable de comenzar la peregrinación a un Santuario es reuniéndose en su propia iglesia parroquial los peregrinos que van a salir juntos.
Allí podrán realizar la celebración indicada, presidida por un sacerdote o por el guía de la peregrinación.
Si se trata de uno o pocos peregrinos, podrán rezar la oración que se indica más adelante.
Es bueno que al ir al Santuario, allá se reciba el Sacramento de la Reconciliación en el propio lugar de origen, antes de salir a la Peregrinación.

Oración para antes de salir a la peregrinación.
«El Señor omnipotente y Misericordioso dirijan mis pasos por el camino de la paz y de la prosperidad; que el Arcángel Rafael me acompañe para que pueda volver a mi hogar con salud, paz y alegría.
Señor, dame un viaje feliz y un tiempo de paz, a fin de que en compañía de tu Santo Ángel, pueda llegar felizmente al Santuario donde voy, y que al final de mi peregrinación terrenal, llegue también a la vida eterna. Amén»

Recomendaciones
Mientras se va de camino al lugar de la peregrinación, solo o en grupo, hay que hacer oración y reflexión, para disponerse mejor a la gracia; así nuestra peregrinación será más fructosa. La mejor forma de orar individualmente, es hablando con el Señor oportunamente, según el Espíritu Santo no ilumine.
No hay que olvidar que la principal gracia ha de ser la de nuestra conversión. Por eso, todos los actos que realicemos mientras vamos en peregrinación, hay que ofrecerlos al Señor, para que nos dé la gracia de la conversión; así podremos celebrar la Reconciliación y participar plenamente en la Santa Eucaristía, en el Santuario, recibiendo la Comunión. Hay que tener en cuenta que el principal acto de toda nuestra peregrinación es la Eucaristía, donde junto con Cristo y la Iglesia, ofrecemos nuestra alabanza al Padre Celestial”.

Procesión
«Es la suplicación solemne hecha por el pueblo fiel bajo la dirección de los mismos ministros, yendo en orden de un lugar sagrado a otro, y destinada a excitar la piedad o a recordar las bendiciones de Dios, y darle las gracias por ellas, o para implorar el auxilio divino.
Hay procesiones de muchas clases:
Litúrgicas y no litúrgicas, festivas y penitenciales, conmemorativas de un misterio y simplemente funcionales.
Las más importantes son la del “Domingo de Ramos” en recuerdo de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén; la de “Corpus Christi”, en la que se honra públicamente a Cristo en la Eucaristía; las de rogativas; la de la fiesta de la presentación del Señor, llamada también “Candelaria”.
Tienen también repercusión popular las que se organizan en muchos sitios durante la Semana Santa, en la que se sacan a las calles grupos escultóricos representativos de los misterios de la Pasión del Señor.
Asimismo, las procesiones que acompañan a las imágenes de la Virgen María o de algún santo con motivo de las fiestas patronales.
El viacrucis es igualmente un tipo de procesión; y en el rito de exequias, tienen un papel especial las procesiones desde la casa mortuoria a la iglesia y el cementerio.

La procesión en el Antiguo Testamento.
Las procesiones expresan un aspecto fundamental del pueblo cristiano: no es un pueblo “instalado” en un lugar, sino peregrinante, un pueblo en marcha.
Esto era ya una característica del Pueblo de Dios del Antiguo Testamento; de Egipto a la Tierra prometida, Israel tuvo que caminar cuarenta años por el desierto; más tarde se vio obligado a recorrer el camino de retorno a Jerusalén desde el exilio de Babilonia. La subida anual a la Ciudad Santa recordaba a los israelitas su condición nómada.

La procesión en el Nuevo Testamento
El pueblo de Israel era imagen del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia de Cristo. También los cristianos son nómadas, porque saben que no tienen aquí su morada definitiva.
Jesús pasó del mundo al Padre. La Iglesia debe ir realizando progresivamente este mismo paso. En cada uno de sus miembros, en toda la comunidad, es la Iglesia entera la que avanza, por el desierto del mundo, hacia la verdadera tierra prometida.
Las procesiones manifiestan todas estas realidades, si son de verdad la marcha ordenada y piadosa de una comunidad y no únicamente una sucesión de individuos o un pretexto para el arte o folclore» (Floristán, C., o.c., p. 372-273).

Reliquias
«En varios días del año celebra la Iglesia fiestas de uno a más santos. Es muy hermoso y laudable, y constituye una prueba de que vivimos con la Iglesia, acordarnos del santo del día, aun cuando no se trate de un “día festivo”.
Las reliquias son restos o despojos mortales de santos, o también objetos que usaron durante su vida. No hay obligación de creer en la autenticidad de una reliquia. Mas, cuando conste históricamente de la autenticidad de una reliquia, no será razonable dudar de ella.
La veneración de reliquias es en la vida de la Iglesia y de todo cristiano, algo completamente secundario. Se trata aquí sencillamente de un impulso general del corazón humano ennoblecido por la Iglesia. De la misma manera que un hijo guarda respeto ante el sepulcro que encierra los restos mortales de sus padres, así también la piedad cristiana ha recogido los recuerdos de Cristo y de sus santos; pero nuestra salvación no depende ciertamente tan sólo de la veneración de las reliquias» (Ma. Havers, o. c., pps. 162-163).

Rezandero
Persona que acompaña las celebraciones de la religiosidad popular con sus rezos y cantos y su presencia. Muchas veces es quién mejor conoce las tradiciones religiosas y por lo tanto va diciendo como debe hacerse una ceremonia. El oficio del rezandero puede garantizar mayor continuidad a la tradición, pues ha participado muchas veces en una ceremonia.

Vocación y misión
Es un servicio que le cuesta, a veces tiene que desvelarse, pues los ritos son de noche, y al otro día tendrá que ir a trabajar.
Sería conveniente entrevistar a los rezanderos para conocer sus opiniones acerca del servicio que prestan a la comunidad cristiana.

Los rezanderos y lo oficial de la Iglesia
“Muchas veces se consideró a la religiosidad popular como deformación de la religiosidad oficial, y por tanto se vio con desprecio y hasta se desautorizó a quiénes fomentaban o mantenían la religiosidad popular, entre ellos a los rezanderos.
Afortunadamente en algunos lugares va habiendo más interés, acercamiento, respeto y apoyo a los rezanderos y a sus servicios religiosos.
Es necesario respetar el carisma propio del rezandero: ni desconocerlo, ni eliminarlo, ni absorberlo. Se le ha de reconocer como parte de la Iglesia y valorar su servicio ante la comunidad.
Es un gran servicio el facilitarles reuniones donde se alimenten mutuamente entre ellos, platicando de sus servicios, sus trabajos y dificultades, sus necesidades de crecimiento. Y se les pueda acercar algunas ayudas para el conocimiento de los símbolos, cuya memoria mantienen, pero cuya conciencia parece un poco dormida por tanto siglo de silencio.
No habrá que reemplazarlos ni a ellos ni a los ritos en que ellos encabezan. Evitar toda competencia (lo mío vale más que lo tuyo) y sectarismo (solo lo mío vale)” (Bravo, Benjamín, o.c., pp. 124-125).

Santuario
Designa un lugar natural, gruta, monte, fuente, sacralizado por una teofanía y que se construye por la erección de un altar, de una piedra, de una imagen, etc., y más tarde por la construcción de un templo, como el llamado “Santo de los Santos”, del templo de Jerusalén.
También en las Iglesias (templos) cristianas se acostumbra llamar santuario al presbiterio, sobre todo, como sucede entre los orientales, si está separado de la nave.
El Código de Derecho Canónico considera santuario “una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles, con la aprobación del Ordinario del lugar (c. 1230).

Origen
Puede ser muy variado, pero siempre tiene algo que ver con la devoción a un santo o a la Virgen, y, más raramente, a algún misterio de la vida de Cristo.
A menudo los santuarios están vinculados a apariciones de la Virgen o al hallazgo de imágenes que se consideran milagrosas.

¿Qué debe hacerse en los santuarios?
El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Se debe proporcionar abundantemente a los fieles los medios de salvación, predicando con diligencia la palabra de Dios y fomentando con esmero la vida litúrgica, principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y del sacramento de la penitencia, practicando otras formas aprobadas de piedad popular” (c. 1234).
La pastoral actual procura fomentar en los que acuden a los santuarios el sentido de pertenencia a la Iglesia Universal.
La peregrinación al santuario siempre expresa la unidad de la Iglesia, congregando en un mismo lugar a gente de muy diversos lugares y ambientes. En muchos santuarios se guardan verdaderos tesoros de arte religioso, que deben ser celosamente conservados.

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