“Dios no ha creado el universo”, márketing para el libro de Hawking

“Dios no ha creado el universo”, márketing para el libro de Hawking
Una sana provocación, considera un decano de Filosofía

ROMA, jueves, 9 septiembre 2010 (El Observador).- Dios no ha creado el universo. Esta afirmación del libro del famoso físico Stephen Hawking, se ha convertido en un debate mundial de esta semana, dando una publicidad enorme a su libro “The Grand Design” (se espera que esté en las librerías a partir de hoy, 9 de septiembre).

Por tal motivo hemos entrevistado al padre Rafael Pascual L.C., decano de Filosofía del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma) y director de un máster en Ciencia y Fe sobre esta obra que está para ser conocida por el público.

— ¿Cuáles son las primeras impresiones que le produce el anticipo que se ha filtrado a la prensa sobre la reciente obra de Hawking?

–P. Rafael Pascual: Sinceramente, me parecen un recurso publicitario antes del lanzamiento de un nuevo producto. Me parece que hay mucha retórica. Si siguiéramos el mismo tono, se podría responder como hizo un famoso político en otro contexto: ¿y quién es  Stephen Hawking?

Pero creo que, más allá de la retórica, hay que aceptar la nueva provocación de Hawking e incluso agradecérsela, pues como dijo hace mucho Aristóteles, tenemos que ser agradecidos no sólo con los que dicen la verdad, sino también con los que yerran, pues nos estimulan a buscar con más esfuerzo la verdad. Obviamente habrá que esperar a la lectura del libro para saber lo que realmente dice y cuáles son sus argumentos.

— ¿Es posible que la astronomía, la física y las demás ciencias empíricas lleguen un día a desvelar lo que hasta hoy ha sido considerado como el “secreto” de los inicios?

–P. Rafael Pascual: Creo que habría que comenzar diciendo que una cosa es hablar del inicio del universo, en sentido científico, y otra del origen del universo, que va más allá de lo que puede decir la ciencia. En el fondo es la famosa cuestión que el mismo Hawking recordaba en el libro que lo lanzó al gran público: ¿por qué existe algo y no más bien nada?, o dicho más poéticamente, ¿por qué el mundo se toma la fatiga de existir? No creo que la ciencia sea capaz de dar una respuesta a esta pregunta.

–Si la ciencia consigue explicar cómo empezó todo, ¿ya no tendría sentido hablar de Dios?

–P. Rafael Pascual: No creo, por lo mismo que acabo de decir. Quizá no es del todo cierto lo que suele decirse de que la ciencia explica el cómo, mientras que la filosofía y la religión dan el porqué. También la ciencia busca los porqués de los fenómenos, sólo que lo hace en su propio ámbito, que es el estrictamente físico.

Pero no es competente, por su propia índole, de lo que va más allá de dicho campo y de lo que sobrepasa el horizonte de lo experimental, lo cual no quiere decir que no exista nada más allá. Dios no entra propiamente en el horizonte de las ciencias, y por eso las ciencias simplemente no pueden pronunciarse al respecto.

–Entonces, ¿dónde queda Dios?

–P. Rafael Pascual: Dios queda donde siempre. En el fondo creo que Hawking cae en el mismo error que Newton, o mejor, lleva la posición de Newton a su consecuencia lógica. El problema es que inicia de un falso punto de partida. En efecto, ya lo decía Laplace, la ciencia no tiene necesidad de la hipótesis de Dios, en contra de la introducción de Dios por parte de Newton en la explicación de la mecánica del universo, pero eso no quiere decir que Dios no exista, sino que se encuentra en otro orden, en otro nivel más allá del científico, al que puede llegar sólo la filosofía y la teología.

— Por lo tanto, ¿qué podemos pensar de quienes creen que la ciencia puede llegar a excluir un lugar para Dios en la comprensión del mundo?

–P. Rafael Pascual: Yo diría que debería pedirse que respeten el ámbito de la propia competencia. Es como si un teólogo que no fuera experto en la materia comenzara a pontificar sobre física cuántica, y dijera que el dualismo onda-partícula demuestra que Dios existe, o cosas por el estilo.

Por Jaime Septién

 

El drama del humanismo ateo

El drama del humanismo ateo

DOSTOIEVSKI, EL PROFETA DE LA OTRA VIDA

Un imponente testimonio a favor de la fe

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

El P. Henri de Lubac nos presenta en El drama del humanismo ateo una radiografía del ateísmo, de los humanismos que ha suscitado y el drama que constituye para el espíritu humano, con la intención de llevarnos a una toma de conciencia de la situación espiritual del mundo en que vivimos.

A lo largo de la obra nos presenta las características del ateísmo contemporáneo, particularmente del humanismo positivista (Comte), el humanismo marxista y el humanismo nietzscheano, las tres formas más difundidas e influyentes del humanismo a lo largo de los siglos XIX y XX, pero con repercusiones palpables en nuestro siglo XXI.

De Lubac señala que el ateísmo contemporáneo es más bien un antiteísmo, un profundo anticristianismo, cuyo fundamento común es la negación de Dios y cuyo objetivo principal sería la aniquilación de la persona humana.

Pues bien, en la tercera parte de esta obra De Lubac nos presenta una figura excepcional: Dostoievski, considerado como un genio inquieto, un psicólogo que arroja luz sobre nuestra naturaleza y sondea intensamente las regiones más profundas del espíritu humano, y un profeta que anuncia el triunfo de Dios en el corazón humano y anticipa nuevas formas de pensamiento y de vida interior.

De hecho, esta tercera parte se intitula Dostoievski profeta. Así habla De Lubac de Dostoievski en el prólogo a su obra: “No había muerto aún Marx, ni Nietzsche había escrito el más brillantes de sus libros, cuando otro hombre, genio inquieto también, pero más profeta, anunciaba, con fulgores extraños, la victoria de Dios en el alma humana, su eterna resurrección”.

Dostoievski es un novelista, pero descubre que el hombre no puede organizar la tierra sin Dios; cuando lo intenta, no hace más que organizarla contra el hombre, como se ha visto especialmente a lo largo del convulso siglo XX, pero que él anticipó de manera sorprendente.

La comparación con Nietzsche

Una comparación parece obligada: la comparación con Nietzsche, a quien Lou Salomé ha descrito no sólo como el profeta de la muerte de Dios, el enemigo de Dios, sino también como el profeta de la humanidad sin prójimo. Ambos son actores privilegiados de este drama que se juega en la conciencia humana: a favor de Dios o contra Dios.

De Lubac nos informa que Nietzsche conoce la obra de Dostoievski en 1887 y el impacto tan profundo que representó para él este encuentro por la afinidad y la alegría que experimentó al leerlo por primera vez; sin embargo, el entusiasmo original se fue enfriando con el tiempo y se transformó en repulsión violenta.

De Lubac los describe como “hermanos enemigos”. Son hermanos porque Dostoievski ha entrado primero en el universo solitario en el que Nietzsche se introducirá más tarde.

Dostoievski presintió la más terrible de las crisis, que Nietzsche se encarga no sólo de anunciar sino de la que es el gran artífice: la “muerte de Dios”. Dostoievski anticipa y prevé el ateísmo y el superhombre nietzscheano. Sin embargo, Dostoievski supera la tentación a la cual sucumbe Nietzsche. Conviene apuntar que Dostoievski se sumerge en la grandeza del universo nietzscheano, lo anticipa, experimenta su vértigo, pero descubre su veneno y no se deja deslumbrar por sus fulgores.

Dostoievski y Nietzsche han hecho un análisis despiadado de nuestro tiempo. Han criticado el racionalismo y el humanismo occidental; han denunciado la idea de progreso, tan querida al hombre occidental; han experimentado un malestar muy parecido ante el reino científico y sus sueños idílicos; han menospreciado igualmente la civilización superficial de nuestro tiempo y han puesto al descubierto su barniz y han hecho lo posible por hacerlo evidente, previendo su inminente catástrofe.

Ambos han experimentado la angustia de Dios pero la han resuelto de forma muy diferente. Nietzsche ha apostado por el ateísmo. Dostoievski ha experimentado la fuerza del ateísmo, especialmente por el problema de la existencia de Dios y el problema del mal, para los cuales considera que no hay respuesta en el plano de la razón, pero ha resistido su vértigo.

Ante el problema del mal, Dostoievski cree firmemente que Cristo no ha venido a explicar el sufrimiento ni a resolver el problema del mal; Jesús ha tomado el mal sobre sus hombros para librarnos de él.

Dostoievski ve con claridad que la pregunta del ateo es la siguiente: “¿Qué puede el hombre?, ¿Qué puede un hombre?”. Pues bien, Nietzsche piensa que el hombre hubiera podido ser otra cosa, hubiera podido ser más, pero permanece en esta etapa tan indigna, por eso Nietzsche anuncia al “superhombre”, el hombre convertido en Dios, liberado por completo del espectro divino.

Dostoievski, por el contrario, emprende un camino en cuyo final está el Dios hecho hombre, el misterio de la Encarnación. En esta ruta, Dostoievski ha experimentado el abatimiento del sufrimiento universal, la fascinación del mal y el vértigo del ateísmo. Llegó a considerar a este último como el antepenúltimo escalón que lleva a la fe, a la que, sin embargo, no todos llegan. De hecho, llega a expresar que a través del tornillo de la duda es como ha llegado a la fe, a la alabanza del Dios vivo, lo que él llama su “Hossanna”, así, con mayúscula.

Por la actitud que toman frente a la figura de Jesús, las diferencias entre ambos son muy marcadas. El Dios que triunfa en el alma de Dostoievski es el Dios de Jesús. El Dios negado por Nietzsche es también el mismo Dios. Ambos se han sentido atraídos fuertemente por la figura de Jesús, pero sus reacciones han sido opuestas: uno, a favor de Cristo; él otro, contra él.

De Lubac nos presenta la opinión de André Gide, que descubre en Nietzsche el sentimiento de envidia, queriendo hacerle competencia al Evangelio. De hecho, una de sus obras cumbres, su Así hablaba Zaratustra, es una réplica a los evangelios, incluso una parodia. Hay en Nietzsche una rivalidad con Jesús, queriendo presentarse como una antítesis formal de Jesús.

Dostoievski, deportado en Siberia, vuelve a encontrar a Cristo. Lee, relee y medita el Evangelio y se impregna de él, no sólo en la Escritura, sino también en las obras de los Padres de la Iglesia. Dostoievski es alguien que experimenta la fuerza del pecado, que conoce la agonía de la duda, pero en este combate prefiere quedarse con Cristo. Para él, no hay nada más bello, más profundo, más sintomático, más razonable, más valeroso ni más perfecto que Cristo. Así, en un mundo donde el mal se hace cada vez más fuerte, Dostoievski accede a una cuarta dimensión, el reino del Espíritu, donde es posible ver la luz de Cristo.

Dostoievski descubre con mucha lucidez qué pasa si rechazamos a Cristo: “¿Qué pondremos en su lugar? ¿A nosotros mismos?”. Para él es sumamente importante la divinidad de Jesús, consciente de que si lo consideramos sólo como hombre no es el Salvador y la fuente de la vida.

La quiebra del ateísmo

Dostoievski describe en sus obras, de manera muy plástica, los distintos tipos de ateísmo, desde el ateísmo más vulgar hasta el ateísmo místico, pero De Lubac se centra en tres tipos de ateísmo: a) el ideal espiritual del individuo que se alza por encima de toda ley (el ideal del “hombre-Dios”), b) el ideal social del revolucionario que quiere asegurar, sin Dios, la felicidad de todos los hombres (el ideal de la “torre de Babel”), y c) el ideal racional del filósofo que rechaza todo misterio (el ideal del “palacio de cristal”).

a) El “hombre-Dios”. Es el ideal del hombre superior (contrapuesto al hombre vulgar que no debe hacer nada más que obedecer), llamado a proferir en su medio una palabra nueva, a transgredir la ley, a la destrucción del presente en nombre de algo mejor. A ellos les está permitido todo, incluso el crimen. Sin embargo, no es un callejón sin salida, hay vías de escape de esta feroz cárcel del ateísmo: el arrepentimiento, el deseo de vivir y el examen de conciencia, que llevan al reconocimiento de la verdad sobre el hombre, reconociendo la propia impotencia, y a renunciar a hacerse Dios. Es sintomático que el ateísmo lleve a algunos al suicidio (Stavroguin y Nietzsche), pues este fatal desenlace indica el espiritual suicidio del ser que ha rechazado al Ser y que ha pretendido soberbiamente ocupar su lugar. Es significativo este párrafo, que resume este tipo de ateísmo: “Como ni Dios ni la inmortalidad existen, está permitido al hombre hacerse ‘hombre-dios y vino al mundo sólo para vivir así. Podrá, en adelante, con corazón ligero, liberarse de las reglas de la moral tradicional, a la que el hombre estaba sometido como un esclavo. Para Dios no existe ley. Dondequiera que Dios se encuentre, allí está su sitio”.

b) La torre de Babel. Con esta imagen, Dostoievski presenta la aventura socialista, que no es sólo la cuestión obrera; más bien, es la cuestión del ateísmo, su encarnación contemporánea. Es la cuestión de la torre de Babel que se construye sin Dios, no para alcanzar los cielos desde la tierra, sino para bajar el cielo a la tierra. Dostoievski anuncia que la aventura socialista puede llegar a convertirse en sistemas de esclavitud y violencia, pues es una sociedad sin Dios, donde los hombres se han quedado solos y huérfanos. Y por si fuera poco, juntamente con Dios los ha dejado la inmortalidad. Son locos enfurecidos, que se creen poseídos de la verdad y creen con fuerza en la infalibilidad de sus juicios. En suma, se trata de un proyecto destinado al fracaso, pues si se construye sin Dios, se tiene que recurrir a Satanás para construirlo, de ahí que sea un sistema que se construya contra el hombre.

c) El palacio de cristal. El ateísmo pretende haber construido un palacio de cristal donde todo es luz, habiendo decidido que fuera de él no hay nada. Se considera a sí mismo como el universo de la razón. Dostoievski pone de manifiesto que estos sistemas (como el kantismo y el positivismo) han olvidado un elemento: el hombre. Este palacio de cristal es, en realidad, una cárcel oscura. No extraña que Dostoievski quiera escapar de esta cárcel, que se caracteriza por las verdades impuestas por la ciencia, por una vida racionalizada hasta el extremo. Uno de sus personajes dice lo siguiente: “¡Qué cosa más bella es la ciencia! (…) Sin embargo, echo de menos a Dios”. Una cosa es cierta: la fe es indestructible en el corazón del hombre. Pueden los ateos alinear argumentos impecables: el verdadero creyente no se confunde, aunque no sepa qué responder…

La experiencia de la eternidad

El ateísmo falla en sus diversas formas, disgrega el ser y engendra servidumbre, termina en el suicidio colectivo e individual. Sin embargo, pervive el sentimiento religioso, invencible ante toda dialéctica. Dostoievski trata de abrir el misterio de las cosas divinas, que no existen para el ateo. A los que no ven más que sólo palabras en la afirmación de la fe, Dostoievski les hablará en nombre de la experiencia. A la experiencia de la tierra, opondrá la experiencia de la eternidad. Dirá –como pueda– lo que ha visto desde el punto de la vista de la muerte, es decir, desde el punto de vista de la eternidad, leído a la luz de su fe en Cristo y en la meditación del Evangelio. Así nos comunica la esperanza de liberarnos algún día de estos límites. No olvidemos que Dostoievski es el profeta de la otra vida, el profeta de la eternidad próxima, que cree en la inmortalidad y espera la resurrección.

“(…) resucitaremos, nos volveremos a ver, nos volveremos a contar alegremente todo lo sucedido (…)”.

Para profundizar

1. Dostoievski y Nietzsche han hecho un análisis despiadado de nuestro tiempo. Menciona los aspectos más relevantes de este análisis.

2. ¿Cuál es la pregunta fundamental del ateo y cómo la responden Nietzsche y Dostoievski?

3. ¿Cuáles son los tres tipos de ateísmo que describe Dostoievski y qué imágenes los representan?

Descubrir al Creador a través de la creación

Descubrir al Creador a través de la creación

Discurso que Benedicto XVI dirigió a un grupo de astrónomos de todo el mundo, que participan en un encuentro promovido por el Observatorio Astronómico Vaticano con motivo del Año Internacional de la Astronomía. 
 
Ciudad del Vaticano, viernes 30 de octubre de 2009.
 
 
 
 Eminencia,
Señoras y Señores,

        Me complace saludar a esta asamblea de astrónomos distinguidos de todo el mundo, reunidos en el Vaticano para la celebración del Año Internacional de la Astronomía, y doy las gracias al cardenal Giovanni Lajolo por sus amables palabras de introducción. Esta celebración, que conmemora el cuarto centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei del cielo con telescopio, nos invita a considerar los grandes progresos del conocimiento científico en la edad moderna y, de modo particular, a dirigir la mirada nuevamente a los cielos con un espíritu de asombro, contemplación y compromiso con la búsqueda de la verdad, dondequiera que se encuentre.

        Esta reunión coincide también con la inauguración de las nuevas instalaciones del Observatorio Vaticano en Castel Gandolfo. Como ustedes saben, la historia del Observatorio está vinculada de una forma muy real a la figura de Galileo, a las controversias que rodearon su investigación, y al intento de la Iglesia por lograr una comprensión correcta y fructífera de la relación entre ciencia y religión. Aprovecho esta ocasión para expresar mi gratitud no sólo por los cuidadosos estudios que han aclarado el contexto histórico preciso de la condena de Galileo, sino también por los esfuerzos de todos aquellos comprometidos con el diálogo permanente y la reflexión sobre la complementariedad de la fe y la razón, al servicio de la una comprensión integral del hombre y de su lugar en el universo. Estoy especialmente agradecido al personal del Observatorio, y al Grupo de Amigos y Benefactores de la Fundación Observatorio del Vaticano, por sus esfuerzos para promover la investigación, las oportunidades de educación y el diálogo entre la Iglesia y el mundo de la ciencia.

        El Año Internacional de la Astronomía pretende nada menos que recuperar para las personas en todo el mundo la maravilla y el asombro extraordinario que caracterizaron la gran época de los descubrimientos, en el siglo XVI. Pienso, por ejemplo, en la alegría que sintieron los científicos del Colegio Romano, que a pocos pasos de aquí desarrolló las observaciones y los cálculos que llevaron a la adopción a nivel mundial del calendario gregoriano. Nuestra propia época, situada en el umbral descubrimientos científicos que quizá tienen un alcance aún mayor, podría beneficiarse de la misma sensación de admiración y el deseo de alcanzar una síntesis verdaderamente humanista del conocimiento, que inspiró a los padres de la ciencia moderna. ¿Quién puede negar que la responsabilidad del futuro de la humanidad, e incluso el respeto por la naturaleza y el mundo que nos rodea, demanda – hoy más que nunca – la observación cuidadosa, el juicio crítico, la paciencia que son esenciales al método científico moderno? Al mismo tiempo, los grandes científicos de la era de los descubrimientos también nos recuerdan que el verdadero conocimiento se dirige siempre a la sabiduría, y, en lugar de restringir los ojos de la mente, nos invita a levantar nuestra mirada hacia el reino superior del espíritu .

        El conocimiento, en una palabra, debe ser entendido y aplicado en toda su amplitud liberadora. Ciertamente puede reducirse al cálculo y la experimentación, pero si aspira a ser sabiduría, capaz de dirigir al hombre a la luz de sus primeros inicios y sus fines últimos, debe estar comprometida con la búsqueda de esa verdad última que, aunque esté más allá de nuestro completo alcance, sin embargo, es nada menos que la clave de nuestra auténtica felicidad y libertad (cf. Jn 8,32), la medida de nuestra verdadera humanidad, y el criterio para una relación justa con el mundo físico y con nuestros hermanos y hermanas en la gran familia humana.

        Queridos amigos, la cosmología moderna nos ha demostrado que ni nosotros, ni la tierra que pisamos, es el centro de nuestro universo, compuesto por miles de millones de galaxias, cada una de ellas con miríadas de estrellas y planetas. Sin embargo, al tratar de responder al reto de este año -el de levantar los ojos al cielo para redescubrir nuestro lugar en el universo – ¿cómo no podemos quedar atrapados en la maravilla expresada por el salmista hace tanto tiempo? Contemplando el cielo estrellado, exclamó con admiración al Señor: “Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que fijaste tú, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides? ” (Salmo 8,4-5). Mi esperanza es que el asombro y exaltación que están destinados a ser los frutos de este Año Internacional de la Astronomía lleve más allá de la contemplación de las maravillas de la creación a la contemplación del Creador, y del amor, que es el motivo subyacente de la creación – el amor que, en las palabras de Dante Alighieri, “mueve el sol y las estrellas” (Paraíso XXXIII, 145). El Apocalipsis nos dice que, en la plenitud de los tiempos, la Palabra por quien todo fue hecho vino a habitar entre nosotros. En Cristo, el nuevo Adán, reconocemos el verdadero centro del universo y de toda la historia, y en él, el Logos encarnado, podemos ver la mayor medida de nuestra grandeza como seres humanos, dotados de razón y llamados a un destino eterno.

        Con estas reflexiones, queridos amigos, les saludo a todos ustedes con respeto y estima, y les ofrezco mis oraciones de buenos deseos por su investigación y enseñanza. Sobre ustedes, sus familias y sus seres queridos, invoco de corazón las bendiciones del Dios Todopoderoso de sabiduría, el gozo y la paz.
 

Albert Einstein contra el ateísmo arrogante

Albert Einstein contra el ateísmo arrogante

El genial físico y matemático reconocía su fascinación por “la figura luminosa del Nazareno” y criticaba el fanatismo de ciertos ateos. Einstein siempre criticó la arrogancia de muchos ateos y se mostró respetuoso con la Iglesia y la figura de Jesús.
 
 
 
         El siglo XXI ha empezado con una moda literaria: los libros groseros de ateos arrogantes. Cuanto más groseros son y más tonterías históricas acumulan, más libros venden. En estos libros, la religión –especialmente la cristiana- es culpable del SIDA, la pobreza, la estupidez, el nazismo, el terrorismo mundial, el fracaso de tu matrimonio y que tus tostadas salgan siempre quemadas.

        Michel Onfray en Francia con su Tratado de Ateología, Sam Harris con Carta a una nación cristiana, el biólogo Richard Dawkins con El Espejismo de Dios (The God Delusion), Steven Weinberg, Daniel Dennett… En España se ha apuntado al mini-boom del género Fernando Savater con un libro rutinario, poco pensado y menos trabajado, con el que sacarse un dinerito extra atizándole a la fe.

Grandes mentes

        La fe cristiana, o al menos la deísta, puede que sea verdadera. O puede que no. Que muchos hombres inteligentes hayan militado a favor o en contra del deísmo puede hacer pensar en nuestra capacidad de buscar la verdad usando la inteligencia.

        “¿Si el cristianismo es tan razonable por qué Celso, Plotino, Hobbes, Maquiavelo, Voltaire, Rousseau, Goethe, Melville, Jefferson, Shaw, Russell, Franklin, Sartre, Camus, Nietzsche, Marx, Freud y Skinner lo rechazaron?”, pregunta el Handbook of Christian Apologetics de Peter Kreeft y Ronald K. Tacelli.

        Dejando aparte que parece que Voltaire sí murió católico y reconciliado y que Camus en sus últimos años redescubrió la fe cristiana, una respuesta rápida –aunque un poco anglocéntrica- puede ser que “el listado de no creyentes es fácil de superar con Pablo, Juan, Agustín, Tomás de Aquino, Anselmo, Buenaventura, Scoto, Lutero, Calvino, Descartes, Pascal, Leibniz, Berkeley, Galileo, Copérnico, Kepler, Newton, Newman, Lincoln, Pasteur, Kierkegaard, Shakespeare, Dante, Chesterton, Lewis, Solzhenitsin, Tolstoy, Dostoyevsky, Tolkien, Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, T.S. Eliot, Dickens, Milton, Spenser y Bach, por no mencionar un tal Jesús de Nazaret”.

        Y continua el manual de Kreeft y Tacelli:

        “las mentes brillantes a menudo rechazan el cristianismo porque no quieren que sea verdad, porque no está de moda o simplemente porque el cristianismo pide obediencia, arrepentimiento y humildad”.

Einstein y los ateos

        Es curioso que en ninguna de estas listas de mentes brillantes salga el genial físico y matemático Albert Einstein. Y es que Einstein era deísta. Creía en un Dios que daba orden y armonía al Universo. Siempre rechazó ser ateo, incluso rechazó ser panteísta. Dios no estaba en el Universo, sino detrás del Universo. Sin embargo nunca aceptó que fuese un Ser Personal. Y mucho menos que interviniese alterando las leyes naturales. Einstein no creía que Dios tuviese libre voluntad, pero es que tampoco creía que los hombres la tuviesen.

        En EEUU se acaba de publicar una nueva biografía de Einstein a cargo de Walter Isaacson, que además ha publicado algunas líneas en TIME (www.time.com) sobre la fe de Einstein.

        “A lo largo de su vida, Einstein fue constante al rechazar la acusación de ser ateo. ‘Hay gente que dice que no hay Dios, pero lo que realmente me enfada es que me citan para apoyar su punto de vista’, dijo a un amigo.

        Al contrario que Sigmund Freud o Bertrand Russell o George Bernard Shaw, Einstein nunca sintió la necesidad de denigrar a los que creían en Dios. Al contrario, tendía a denigrar a los ateos: ‘lo que me separa de la mayoría de esos que se llaman ateos es un sentimiento de radical humildad hacia los secretos inalcanzables de la armonía del cosmos’, explicaba.

        ‘Los ateos fanáticos’, escribió en una carta, ‘son como esclavos que aún sienten el peso de las cadenas que arrojaron tras un duro esfuerzo. Son criaturas que en su pleito contra la religión tradicional como opio de las masas, no pueden escuchar la música de las esferas”.

        Otra de las cosas que distinguen a Einstein de los ateos modernos y groseros es que reconoce los logros históricos de la Iglesia, especialmente los que vivió en carne propia. Así, el 23 de diciembre de 1940 declaraba en la revista TIME sobre la facilidad con que Alemania adoptó la cultura nazi:

        “Cuando tuvo lugar la revolución en Alemania, miré con confianza a las universidades, pues sabía que siempre se habían enorgullecido de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron amordazadas. Entonces confié en los grandes editores de los diarios que proclamaban su amor por la libertad. Pero, al igual que las universidades, también ellos tuvieron que callar, sofocados en pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció firme, en pie, para cerrar el camino a las campañas de Hitler que pretendían suprimir la verdad. Antes nunca había experimentado un interés particular por la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque la Iglesia fue la única que tuvo la valentía y la constancia para defender la verdad intelectual de la libertad moral.”

 

La juventud del genio

        Einstein nació en una familia judía sin fe ni práctica religiosa. El único pariente que iba a la sinagoga era agnóstico y decía al joven Albert que acudía porque “nunca se sabe”.

        A los 6 años, sus padres metieron al niño en una gran escuela católica. Era el único judío entre los 70 alumnos de su clase. Como todos ellos, hizo la asignatura de religión católica y según Walter Isaacson la disfrutó.

        Un poco antes de los 10 el joven Albert decidió ser un judío devoto en oposición a sus padres: no comer cerdo, mantener el Sabbath, la pureza kosher, incluso componía sus propios himnos y los cantaba camino del colegio.

        A los 10 años, un estudiante de medicina de 21 años llamado Max Talmud que cada semana comía en su casa le dejó unos libros de divulgación de ciencias naturales escritos por Aaron Bernstein, que insistían en la relación entre la biología y la física. Ahí despegó el intelecto de Einstein hacia la física y la matemática, un intelecto hasta entonces adormecido.

        A los 12 años abandonó el judaísmo. “Leyendo libros de divulgación científica pronto alcancé la convicción de que muchas de las historias de la Biblia no podían ser ciertas. La consecuencia fue una orgía decididamente fanática de librepensamiento con la impresión de que los jóvenes eran intencionadamente engañados por el estado con mentiras; un impresión aplastante”, cita Isaacson.

        Uno no puede evitar pensar que los Onfray, Harris, Dawkins y Weinberg que hoy se presentan como pensadores maduros y adultos están en la fase radical que Einstein atravesó a sus 12 años.

        Hay que dejar claro que los libros de Aaron Berstein no fueron culpables de esta falta de fe: sus libros de divulgación no veían incompatibilidad entre ciencia y fe. “la inclinación religiosa yace en la tenue conciencia que mora en los hombres de que toda la naturaleza, incluidos los humanos, no es un juego accidental sino un resultado de la ley de que hay una causa fundamental a toda la existencia.”

        En 1929, en una cena en Berlín, teniendo casi 50 años, Einstein ya empezaba a establecerse en su postura deísta y se negó a comparar la religión con la superstición astrológica. “No puede ser, ¿no será usted religioso?”, le preguntaron. Y él respondió:

        “Intente penetrar con nuestros medios limitados en los secretos de la naturaleza y encontrará que más allá de todas las leyes discernibles y sus conexiones, permanece algo sutil, intangible, inexplicable. Venerar esta fuerza que está más allá de todo lo que podemos comprender es mi religión. En ese sentido soy, de hecho, religioso.”

        Es curioso que Sócrates y Platón consideraran que hasta los 50 años no se puede ser filósofo, que se necesita toda una vida de entrenamiento en las ciencias y en la vida misma para alcanzar la sabiduría básica, que el joven no puede ser sabio. Contagiaron de esta idea al pensamiento filosófico antiguo y medieval, en contraste con la vivencia cristiana de que jóvenes y niños pueden ser santos, es decir, sabios a la manera de Dios. Escándalos para griegos: Jesús niño enseñando en el templo, o el “te doy gracias Padre porque has enseñado a los pequeños lo que ocultaste a los sabios”.

        Pero es en 1929, a los 50 años, cuando Einstein formula su veneración por el misterio, que es algo más que una X en una ecuación o un enigma por resolver.

La figura luminosa del Nazareno

        A esa edad concede una entrevista a George Sylvester Viereck, un alemán que vivía en EEUU desde niño. Einstein pensaba que Viereck era judío. En realidad, Viereck presumía de ser pariente del Kaiser y durante la Segunda Guerra Mundial le detendrían por ser propagandista de la causa alemana. En la época que entrevistó a Einstein se ganaba la vida entrevistando grandes hombres… y escribiendo poesía erótica.

        – ¿Hasta qué punto está usted influido por el cristianismo?

        – De niño recibí instrucción tanto en la Biblia como en el Talmud. Soy judío, pero estoy embelesado por la figura luminosa del Nazareno.

        – ¿Acepta la existencia histórica de Jesús?

        – Incuestionablemente. Nadie puede leer los evangelios sin sentir la presencia real de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está lleno de tal vida.

        – ¿Cree usted en Dios?

        – No soy un ateo. No creo que pueda llamarme panteísta. El problema implicado es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas. Estamos en la posición de un niño pequeño entrando en una gran biblioteca llena de libros en muchos idiomas. El niño sabe que alguien debe haber escrito esos libros. No sabe cómo. No entiende los idiomas en que están escritos. El niño tenuemente sospecha que hay un orden misterioso en la ordenación de los libros pero no sabe cuál será. Esta es, me parece, la actitud de incluso el humano más inteligente hacia Dios. Vemos el universo maravillosamente ordenado y obedeciendo ciertas leyes, pero sólo tenuemente entendemos estas leyes.

        – ¿Es este un concepto judío de Dios?

        – Soy un determinista, no creo en el libre albedrío. Los judíos sí creen en el libre albedrío. Creen que un hombre modela su propia vida. Yo rechazo esa doctrina. En ese tema, no soy judío.

        – ¿Es ése el Dios de Espinoza?

        – Me fascina el panteísmo de Espinoza, pero admiro aún más su contribución al pensamiento moderno porque fue el primer filósofo que trató del cuerpo y el alma como un todo, no como dos cosas separadas.

        – ¿Cree usted en la inmortalidad?

        – No. Y una vida es bastante para mí.

        Einstein y el poeta bengalí Rabindranath Tagore se encontraron en 1930 y hablaron de música, arte y pensamiento.

La emoción del misterio

        Einstein pronto vio que sus opiniones sobre estos y otros temas interesaban a muchos, así que en 1930 publicó un credo, “En qué creo”, apoyando a un grupo de derechos humanos. En él defendía la noción de misterio.

        “La emoción más hermosa que podemos experimentar es lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la cuna de todo verdadero arte y ciencia. Aquel a quien esta emoción le es ajena, que ya no puede maravillarse y extasiarse en reverencia, es como si estuviera muerto, un candil apagado. Sentir que detrás de lo que puede experimentarse hay algo que nuestras mentes no pueden asir, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente: esto es la religiosidad. En esto sentido, y sólo en este, soy un hombre devotamente religioso.”

        Posteriormente dio una charla en el Seminario de la Union Teológica de Nueva York, del que salieron frases en los periódicos que se hicieron famosas. Allí es donde dijo que “la ciencia puede ser creada sólo por quienes están profundamente imbuidos por la aspiración hacia la verdad y el entendimiento”. Y que “la fuente de este sentimiento, sin embargo, brota de la esfera de la religión”. Su frase más famosa de ese día se cita a menudo: “la ciencia sin la religión es coja; la religión sin la ciencia es ciega”.

El Einstein determinista

        Einstein aceptaba un Dios detrás de las leyes inmutables del cosmos. Lo que no aceptaba es un Dios con poder o voluntad de cambiar estas leyes. Para él, las leyes físicas estaban predeterminadas… y las acciones de los hombres también.

        En su credo se adhirió a la frase de Schopenhauer: “un hombre puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que quiera”. Los deseos, ilusiones, maldades y bondades de un hombre vienen dados, determinados, por leyes inmutables.

        Eso no quiere decir que por razones prácticas no debamos encerrar a los asesinos, aunque filosóficamente creamos que, en realidad, no son responsables, que estaban “obligados” a asesinar.

        “Sé que filosóficamente un asesino no es responsable de su crimen, pero prefiero no tomar el té con él”, declaró.

        Vivir “como si fuésemos libres y éticos” (aunque no lo seamos) era la propuesta de Einstein para una sociedad más civilizada. Una especie de vivir una ficción… que funcione. Apoyó que EEUU desarrollara la bomba atómica para frenar el nazismo, pero luego luchó por el control de la energía nuclear. Ayudó a refugiados judíos, habló en defensa de la justicia racial, plantó cara al McCarthismo, intentó trabajar en defensa de la paz.

        “Para Einstein fue la ausencia de milagros lo que reflejaba una providencia divina, el hecho de que el mundo fuese comprensible, que siguiese leyes… eso era digno de reverencia”, concluye su biógrafo Walter Isaacson.
 

Del ADN a Dios: la conversión intelectual de Antony Flew

Del ADN a Dios:

la conversión intelectual de Antony Flew

Autor: Antony Flew

Fecha de publicación: Abril 26, 2009 por Revista Per Se

El debate sobre la existencia de Dios constituye una de las disputas más ásperas y duraderas de la historia de la filosofía. Pero seguramente uno de los hitos más significativos en esa larga historia ha sido el brusco y reciente cambio de postura del filósofo inglés Antony Flew que fue, durante más de medio siglo, uno de los más vehementes ateos del mundo.

Durante más de cinco décadas escribió libros y debatió con conocidos pensadores creyentes, entre otros con el célebre apologista cristiano C. S. Lewis. Algunos de sus debates tuvieron audiencias multitudinarias. Pero en el último, celebrado en la Universidad de Nueva York en 2004, Flew anunció, ante la sorpresa de todos, que ahora aceptaba la existencia de Dios. Aunque se considera deísta –sin haber abrazado ninguna religión en particular– dice sentirse especialmente impresionado por el testimonio del cristianismo.

En su libro There is a God. How the world’s most notorious atheist changes his mind (Nueva York: Harper One, 2007), Flew no sólo desarrolla sus propios argumentos sobre la existencia de Dios, sino que argumenta frente a los puntos de vista de importantes científicos y filósofos acerca de la cuestión de Dios. En su investigación, examina el auge y la caída de la escuela filosófica del positivismo lógico, la crítica de David Hume al principio de causalidad y los argumentos de importantes científicos como Richard Dawkins, Paul Davies y Stephen Hawking. También se fija en el pensamiento de
Einstein sobre Dios, pues Albert Einstein, frente a lo que afirman ateos como Dawkins, fue claramente creyente.

De la mano de la ciencia

Para valorar el significado de la conversión intelectual de Flew, resulta útil considerar la amplitud de sus escritos como uno de los grandes sacerdotes del ateísmo filosófico. Comenzó con la publicación de God and Philosophy en 1966, considerada un clásico de la filosofía de la religión. En 1976 publicó The Presumption of Atheism, que fue reeditada como God, Freedom and Immortality en 1984 en EE. UU. Entre otras publicaciones posteriores, destacan obras como Hume’s Philosophy of Belief, Darwinian Evolution o The Logic of Mortality.

¿Por qué ha cambiado Flew su parecer? La principal razón, dice, nace de las recientes investigaciones científicas sobre el origen de la vida que, según explica Flew, muestran la existencia de una “inteligencia creadora”. Como dijo en el simposio de 2004, su cambio de postura fue debido “casi enteramente a las investigaciones sobre el ADN”: “Lo que creo que el ADN ha demostrado, debido a la increíble complejidad de los mecanismos que son necesarios para generar vida,es que tiene que haber participado una inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos extraordinariamente diferentes entre sí. Es la enorme complejidad del gran número de elementos que participan en este proceso y la enorme sutileza de los modos que hacen posible que trabajen juntos. Esa gran complejidad de los mecanismos que se dan en el origen de la vida es lo que me llevó a pensar en la participación de una inteligencia”.

Atención a la naturaleza

Flew rechaza la teoría de Richard Dawkins de que el llamado “gen egoísta” es el responsable de la vida humana, algo que califica de “ejercicio supremo de mixtificación popular”. “Los genes, por supuesto, ni pueden ser egoístas ni no egoístas, de igual modo que cualquier otra entidad no consciente no puede ni entrar en competencia con otra ni hacer elecciones”.

Volviendo sobre su itinerario intelectual, señala: “Ahora creo que el universo fue fundado por una Inteligencia infinita y que las intrincadas leyes del universo ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción se originaron en una fuente divina.

¿Por qué sostengo esto, después de haber defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La sencilla respuesta es que esa es la imagen del mundo, tal como yo la veo, que emerge de la ciencia moderna. La ciencia destaca tres dimensiones de la naturaleza que apuntan a Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza obedece leyes. La segunda, la existencia de la vida, organizada de manera inteligente y dotada de propósito, que se originó a partir de la materia. La tercera es la mera existencia de la naturaleza. Pero en este recorrido no me ha guiado solamente la ciencia. También me ayudó el estudio renovado de los argumentos filosóficos clásicos. “Mi salida del ateísmo no fue provocada por ningún fenómeno nuevo ni por un argumento particular. En realidad, en las dos últimas décadas todo el marco de mi pensamiento se ha trastocado. Esto fue consecuencia de mi permanente valoración de las pruebas de la naturaleza. Cuando finalmente reconocí la existencia de Dios no fue por un cambio de paradigma, porque mi paradigma permanece”.

Flew señala que es, sobre todo, un filósofo que aplica el razonamiento filosófico a los hallazgos científicos. Como Einstein, lamenta que muchos científicos (como Dawkins) resulten malos filósofos. Al tiempo, subraya que sus puntos de vista se sustentan en la razón, no en la fe. Sin embargo ahora se muestra más abierto a los argumentos en favor de Dios de las religiones reveladas.

AGORA El fraude de Amenábar

 

AGORA
El fraude de Amenábar
 
Director:  Alejandro Amenábar
Intérpretes:  Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac y Rupert Evans
Nacionalidad:  España-Malta, 2009
Fecha estreno:  09/10/2009
Duración: 
 
El fraude de Amenábar

Como hiciera con Mar adentro, Alejandro Amenábar se reinventa y cuenta una historia real a su manera, sin preocuparse de transmitir la verdad. Ahora la persona mitificada es Hipatia, una astrónoma y filósofa del siglo IV asesinada en Alejandría por una multitud violenta.

Cinematográficamente hablando, suponiendo que este apartado interese a alguien (dada la polémica suscitada por esta película), Agora es una película mal resuelta enmarcada  en unos impresionantes decorados creados en Malta que se han llevado la mitad del presupuesto de la película (50 millones de euros). Y ello se debe a que resulta una película fría, con diálogos pobres y secuencias científicas que caen en la pedantería en muchas ocasiones. Salvo la figura de Orestes, el resto de los personajes, incluido Hipatia, parece que tienen poco que decir para rebatir sus teorías por más que la protagonista principal (a la que describen tolerante, como no podía ser de otra manera) sea claramente un “alter ego” de Amenábar al declararse atea y creyente de la filosofía…

Pero, evidentemente, la pregunta del millón es si esta película es anticristiana. Claramente sí, desde el momento en  que los cristianos (llamados parabolanos en la película) son mostrados como los más violentos y peligrosos de la turbulenta Alejandría, a la par que machistas y  contrarios al progreso, la cultura  y  la razón; eso sin contar que lucen el aspecto físico e indumentaria de los talibanes actuales…Porque, aquí radica, el principal meollo de toda la película: Agora es un compendio de tópicos progres. A saber: Jesús era magnífico pero no sus seguidores y  la civilización  antigua era un prodigio de ilustración “de no haberse dado ese traspiés que fue la Edad media y la caída del Imperio Romano, y de no haberse paralizado el mundo durante 500 años”, dice Amenábar

Con estos prejuicios, era lógico que Amenábar haya ido a la yugular de lo que denomina  el fanatismo de la intolerancia religiosa. Lo curioso es que para ello tenga que volver la vista atrás y no refleje los integrismos actuales: ¿será por miedo?

Como bien recogía Hispanidad en el artículo de Pablo Ginés del pasado día 6 de octubre, la Hipatia que retrata el director español no es la real, otra cosa es que a los espectadores se les advierta de que se encuentran ante un peplum con tanta ausencia  de base histórica como el entretenido Gladiator. 

Para: Los que quieran ver una historia del mundo antiguo con mucha tergiversación y poca base real

Juana Samanes

¿Qué hacer con los embriones humanos congelados?

¿Qué hacer con los embriones humanos congelados?

 

Estimada Angélica:

Me quedé pensando mucho en lo que te escribí en mi carta anterior. Por eso decidí escribirte, sin esperar tu respuesta. Lo que más ha rondado en mi cabeza es el destino de los embriones humanos congelados.

Como sabes, cuando se va a realizar la fecundación in vitro se fecundan más óvulos de los que van a ser implantados. Esto significa que por cada embrión implantado, hay 5 o más que quedan en “lista de espera” (me parece que suelen llamarles embriones supernumerarios) y el único modo de conservarlos es mediante su congelación.

Pues bien, ¿cuál es el destino de estos embriones? ¿Cuál es la mejor manera de comportarse ante ellos? Es una pregunta que toda pareja y cada médico debe plantearse con seriedad.

Por lo general se congelan, por si la madre o pareja quieren en el futuro volver a tener un hijo mediante fecundación in vitro. ¿Te parece que es el congelador el mejor lugar para alguien que es “carne de tu carne y hueso de tus huesos” y a quien cariñosamente dirías “hijo mío”, si pudiera continuar su desarrollo dentro del útero?

Por lo que sé, la ciencia médica no sabe hasta el momento cuánto tiempo puede vivir un embrión en estado de congelamiento. Técnicamente se sabe que el congelamiento puede matar al embrión humano. A veces el hecho de descongelarlo tiene el mismo resultado. El congelamiento representa, pues, una agresión muy fuerte a este nuevo ser, aunque haya sido producido en un laboratorio.

¿Qué hacer, pues, con los embriones supernumerarios? Lo que yo sugiero es lo siguiente:

a)   Recomiendo que los embriones humanos por congelar o congelados sean considerados con los mismos derechos de las personas por nacer o que están en el seno materno. Esto llevará a respetar su vida, en la etapa inicial de su desarrollo.

b)   Por tanto, no es apropiado destruirlos ni mucho menos utilizarlos para experimentar con ellos en aras del conocimiento científico.

c)    No es conveniente tampoco lucrar con ellos de ninguna forma posible.

d)   El médico, por tanto, debe considerarlos como otro paciente, con la deferencia especial que se tiene a alguien tan vulnerable.

e)   Por otra parte, veo conveniente que los embriones supernumerarios sean liberados del estilo de vida suspendido y darlos en adopción (adopción prenatal).

 

Quiero aclarar que, como lo expresé en mi carta anterior, no veo conveniente la fecundación in vitro. El hecho de que haya embriones supernumerarios es algo que nunca debió haber ocurrido. Sin embargo, para remediar esta situación, evitando la destrucción sistemática o la experimentación médica de estos embriones humanos, sugiero la adopción pre-natal.

Esto significa darle a estos embriones humanos la posibilidad de continuar su desarrollo cuando un matrimonio decide asumirlos como propios. Para esto hay que descongelarlos y, si están vivos y son viables, transferirlos al útero de aquella mujer que haya decidido realizar este acto de amor, a favor de alguien tan especial, y que de otra forma moriría irremediablemente.

Evidentemente, esto supone un cambio de mentalidad entre los científicos, que deben entender que los embriones deben ser considerados plenamente como seres humanos. Implica también la necesidad de tomar medidas preventivas, que miren a evitar la producción de múltiples embriones en la fecundación in vitro. Al mismo tiempo, se debe habilitar, para los embriones humanos congelados o por congelar que ya han sido generados, un sistema de adopción pre-natal.

Como ves, no se trata de iniciar la práctica de la adopción pre-natal sustituyendo la adopción tal como la conocemos. Se trata sólo de resolver este acuciante problema.

Finalmente, Angélica, quiero agradecerte una vez más tu confianza. Tus consultas me han ayudado a pensar seriamente en la necesidad de capacitarme más en estos temas, relacionados con la bioética.

Hasta pronto.

 

 

Atentamente,

 

 

Jorge Luis Zarazúa Campa.