Los grupos proselitistas: Empresas religiosas

Lo que importa es aumentar el grupo y hacer más rentable el “business” (negocio). No interesa la fidelidad a Cristo, a su Evangelio y a su Iglesia. Por eso hay tantos grupos proselitistas. Es la ley de la demanda y la oferta.

La religión como asunto público
Antiguamente cada pueblo tenía “su” religión. Esta representaba el alma del pueblo y expresaba sus valores más profundos, sus enigmas y aspiraciones. Cualquier atentado contra la religión era considerado como un atentado contra el mismo pueblo y, por lo tanto, el culpable se hacía merecedor de los más grandes castigos.
En Grecia por ejemplo, el grande filósofo Sócrates (470-399 a.C) fue condenado a muerte por un motivo religioso. Al enseñar a los jóvenes a razonar, los empujaba a “dudar” de ciertas creencias religiosas, lo que le mereció la muerte.

Persecución
Roma de por sí se consideraba tolerante en campo religioso hacia todos los pueblos sometidos. Les permitía seguir con sus “dioses”, a condición de que aceptaran la superioridad de la religión romana, en la que la misma Roma era considerada como divinidad suprema.
Cuando el general Pompeyo (63 a.C.) anexó a Roma la provincia de Judea, se presentó el problema religioso, puesto que los judíos se rehusaban a reconocer a otro dios que no fuera Yavé. Sin embargo pronto se solucionó el problema, puesto que de por sí los judíos no eran proselitistas, sintiéndose satisfechos por ser solamente ellos el “pueblo elegido”. Por eso Roma con facilidad les permitió que siguieran con sus creencias religiosas, puesto que no representaban ningún peligro para los demás.
El problema se hizo grande, cuando apareció el cristianismo, con un ansia misionera incontenible. A Roma le pareció que esto podía representar un serio peligro para el futuro del imperio, puesto que la nueva religión miraba a socavar los mismos cimientos del estado, representados por su religión. Por eso respondió con una feroz persecución, que duró casi trescientos años con continuos altibajos.

Religión oficial
Por fin, el año 313 d.C. el emperador Constantino decretó la libertad de culto, al constatar la inutilidad de la persecución, puesto que de todos modos la nueva religión prosperaba cada día más y al darse cuenta de que lograba formar a ciudadanos honestos y laboriosos, amantes de la patria y el progreso.
Fue tanto el entusiasmo por hacerse cristiano, que en poco tiempo casi todos los ciudadanos romanos se integraron a la Iglesia, quedando pocos seguidores del antiguo culto. Estos normalmente habitaban en los pueblitos alejados de la civilización. Desde entonces se empezó a utilizar la palabra “pagano” (pagus = aldea) en el sentido de no cristiano.
Teniendo presente esta nueva realidad, pronto el catolicismo fue considerado como religión oficial del imperio. Al caer este (476 d.C.) y surgir los nuevos reinos, que tomaron su lugar, se siguió considerando el catolicismo como religión oficial.
Basándose en la antigua costumbre de considerar la religión como un asunto público y no privado, poco a poco se llegó a formular el siguiente principio jurídico: “Cuius regio, eius et religio” (= de quien es la región, del mismo es la religión), según el cual, el súbdito estaba obligado a tener la religión del rey. Donde el rey era católico, todos estaban obligados a ser católicos; donde el rey era luterano, todos estaban obligados a ser luteranos; donde el rey era anglicano, todos estaban obligados a ser anglicanos, etc. Para los que no querían obedecer se aplicaba pena de muerte.

Libertad religiosa
En las regiones católicas, normalmente no hubo grandes problemas al respecto. Donde sí hubo grandes problemas, fue en los países gobernados por reyes protestantes o anglicanos. Siguiendo el principio luterano de la libre interpretación de la Biblia pronto empezaron a surgir grupos de creyentes inconformes con la religión oficial, provocando una fuerte represión de parte de los gobierno.
Para escapar de la persecución y poder vivir su fe en paz, muchos huyeron a las colonias inglesas de Norteamérica. Estando allí gente que por lo general estaba huyendo de la persecución a causa de su fe, establecieron el principio de la libertad religiosa, que, al independizarse Estados Unidos de Inglaterra, se volvió en ley.
Ya de por sí en Europa muchos pensadores estaban luchando en la misma dirección. De esta manera, poco a poco el principio de la libertad religiosa se fue abriendo paso hasta volverse en un principio universal, con raras excepciones, especialmente en campo musulmán.

Explosión de los grupos proselitistas
Hasta aquí todo parece lógico y positivo. El problema surgió cuando se empezó a considerar la religión como un “negocio” cualquiera, una empresa de tipo comercial, hecha de demanda y oferta, mercadotecnia y búsqueda del “lucro” como elemento determinante.
Ya no importa el sentido de la fidelidad a Cristo, su Evangelio y su Iglesia. Lo que importa es aumentar la membresía, conquistar a la gente a como dé lugar y recaudar bienes lo más posible.
Evidentemente en todo el asunto no faltan personas serias, que buscan a Dios sinceramente; sin embargo, la impresión general es que los fundadores y dirigentes de los grupos proselitistas parecen más empresarios que profetas, más expertos en sicología y en oratoria que en Biblia y ascética.

Regreso a lo sagrado
Después del fracaso de las ideologías y el aburrimiento causado por la búsqueda insaciable del placer, estamos asistiendo a un fenómeno general de regreso a lo sagrado y lo espiritual. Sin embargo, dicho regreso no se está realizando por el camino de las iglesias históricas en el apego a lo racional y revelado, sino como respuesta del mismo hombre a su anhelo de seguridad y búsqueda de sentido a la vida, incursionando en todo, desde la Biblia hasta las religiones orientales, el paganismo, el esoterismo, el ocultismo, la gnosis, la sicología, etc.
Por eso, hoy en día el católico tiene que hacerse más crítico hacia el fenómeno religioso, tomando conciencia de los riesgos que implican un acercamiento a dicho fenómeno sin una preparación específica al respecto. El hecho es que muchos, que al principio parecían muy tolerantes en campo religioso, después de haber adherido ingenuamente a uno de estos nuevos grupos, se volvieron extremadamente sectarios, fanáticos y ferozmente anticatólicos.
¿Qué hubiera pasado si, antes de meterse “a ciegas” en alguno de estos nuevos sistemas religiosos, hubieran conocido algo acerca de la propia Iglesia? Sin duda, no se hubieran dejado convencer tan fácilmente.

Conclusión
Los grupos proselitistas no son tan buenos como parecen a primera vista o nos quieren dar a entender. En ellas hay de todo: buena fe, búsqueda de sentido a la vida, espiritualidad, superación de ciertas actitudes negativas…, pero al mismo tiempo hay también engaño, explotación, alienación y búsqueda de poder.
Por lo tanto, si de veras estamos comprometidos con el hombre concreto, no podemos prescindir de un atento análisis de este fenómeno, que bajo el manto de una profunda religiosidad esconde los intereses más variados, a veces totalmente contrarios a los ideales que se proclaman con las palabras.

¿Es verdad que el P. Amatulli está siendo investigado por el Vaticano?

¿Es verdad que el P. Amatulli está siendo investigado por el Vaticano?

Padre, quiero comentarle la siguiente inquietud. La verdad estimo mucho a la comunidad misionera Apóstoles de la Palabra. Fíjese que me comentaron recientemente que al Padre Amatulli lo está investigando el Vaticano por unas ideas acerca de permitir el orden sacerdotal a mujeres.

Por lo que he escuchado de personas cercanas a la Iglesia, algunos eclesiásticos han comentado en algunas de sus reuniones que el Padre Amatulli ¡se está desviando de la sana doctrina! ¿Qué tanto hay de cierto? Se lo pregunto ya que usted es un colaborador muy cercano del Padre Amatulli.

Pedro Miguel Silva

Estimado Pedro Miguel: no te preocupes. Te puedo decir que no hay ninguna investigación de la Santa Sede en curso a propósito de los libros del P. Amatulli. Como tú seguramente sabes, el P. Amatulli nunca ha sugerido la ordenación sacerdotal de las mujeres.

Te comparto, por ejemplo, lo que ha escrito el P. Amatulli en uno de nuestros libros más difundidos. Me refiero a la nueva edición del libro «La respuesta está en las Escrituras. Preguntas y respuestas», pp. 90-91.

¿Pueden las mujeres recibir la ordenación sacerdotal?

No, según el Magisterio de la Iglesia, el hecho de que Jesús no haya escogido a mujeres como apóstoles, se interpreta como enseñanza en el sentido de que Jesús no quiere que las mujeres reciban la ordenación sacerdotal.

Muchos piensan que algún día el Papa permitirá la ordenación sacerdotal de las mujeres. ¿Tienen razón?

No tienen razón. Veamos lo que escribió Juan Pablo II.

Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia. (Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, del Papa Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres, 22 de mayo de 1994).

Quién si está revisando los escritos del P. Amatulli es la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia del Episcopado Mexicano, cuyo presidente es Mons. José Guadalupe Martín Rábago, arzobispo emérito de León. Sin embargo, puedo decirte que todavía no hay un dictamen al respecto, o por lo menos nosotros no lo conocemos. Me parece que en este caso, como siempre, todo mundo es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Te lo digo porque en ciertas diócesis y parroquias estamos encontrando obstáculos y reticencias hacia nuestro apostolado, precisamente invocando eventuales errores doctrinales.

Por parte de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, agradecemos a Dios que los Señores Obispos estén leyendo con detenimiento los escritos de nuestro Padre fundador, pues esto permitirá que se aclaren estos malentendidos que comentas y otros que seguramente circulan en los ambientes eclesiásticos. Como tú lo sabes de primera mano, en diferentes lugares corre el rumor de que hay errores doctrinales en los escritos del P. Amatulli, pero estos rumores son sólo eso, simples rumores que carecen de todo fundamento.

Por lo demás, te comento que los Apóstoles de la Palabra ponemos inmediatamente a disposición de los Señores Obispos cualquier nuevo libro del P. Amatulli. Incluso, muchas veces he ido a entregarlos personalmente a la sede del Episcopado en Lago de Guadalupe.

Estimado Pedro Miguel, te agradezco tus comentarios y me alegra tu sincera preocupación. Sólo me resta pedir tus oraciones en favor del P. Amatulli y de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, pero especialmente por quienes están realizando la agotadora tarea de revisar la extensa producción bibliográfica del P. Amatulli.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa

Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa
Monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España
MADRID, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Pubicamos un artículo que ha compartido con ZENIT monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España, sobre el último libro de Benedicto XVI, “Luz del mundo”.
* * *
Sucedió que nos encontrábamos en Roma con motivo del cardenalato del arzobispo emérito castrense monseñor José Manuel Estepa, cuando estalló la bomba informativa sobre la publicación en L´Osservatore Romano de un extracto del histórico libro La luz del mundo, una larga conversación de Benedicto XVI con el periodista alemán Peter Seewald, que ya lo había entrevistado siendo cardenal y que había dado como frutos dos recomendables libros como fueron La sal de la tierraDios y el mundo.
Este affaire disparó las alarmas de aquellos que veían en ese adelanto de publicación, un incumplimiento del embargo del libro. También, el hecho de que sólo se publicase, entre otras, una pequeña sección donde el Papa habla de la sexualidad y de paso toca el tema del preservativo, motivó que gran parte de la opinión pública se centrará en el discutido uso del profiláctico, relegando a segundo plano los demás puntos de un libro que es una joya para creyentes y no creyentes. A ello respondió Seewald con gran carga de ironía: “el periodismo pasa por una crisis…, el mundo se hunde, y la mitad del mundo periodístico está discutiendo de preservativos. ¿No es ridículo? Aquello era un comentario sobre el viaje de África, y se ha vuelto a comprobar que nadie se interesa por los problemas de los africanos”. El portavoz de la Santa Sede, el jesuita P. Federico Lombardi, tuvo que salir a la “palestra” con una nota revisada por el mismo Benedicto XVI sobre la interpretación correcta de lo que se dice en el libro del Papa (página 131), el cual: “no reforma o cambia la enseñanza de la Iglesia sino que la reafirma en la perspectiva del valor y la dignidad de la sexualidad humana como expresión de amor y responsabilidad”.
¿Qué ha sucedido en todo esto? Algunos opinan que fue una falta de cálculo en la repercusión mediática acerca de la publicación adelantada de ese extracto. Sin embargo, conociendo la altura profesional del director del L´Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, y de cómo se toma estas decisiones  en el Vaticano, nos hacen dudar de que eso y otros elementos no se hubiesen tenido presente. Lo curioso de esta polémica es que ya sabíamos de la existencia de aquellos que creen que todo en la sexualidad se resuelve con el preservativo y que no quieren oír hablar de abstinencia y fidelidad frente al sida y otros males. En cambio de pronto, han surgido “unos exégetas papales” que son más “papistas que el Papa” y que se resisten a aceptar el sentido común que muestra el Santo Padre  cuando afirma que: “podrá haber casos fundados de carácter aislado” donde el uso del preservativo sea “el primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia del hecho de que no todo está permitido y que no se puede hacer todo lo que se quiere”. Frente “a la mera fijación del preservativo que significa una banalización de la sexualidad”, Benedicto XVI propone algo tan hermoso como el camino de la humanización, de la responsabilidad y de la valoración positiva de la sexualidad. Esto lo entiende todo el mundo. Lo que verdaderamente enreda son precisiones academicistas que confunden al gran público y da una mala imagen de la Iglesia.
Reducir toda la entrevista a una frase sacada del conjunto de la obra, constituye una ofensa al pensamiento y a la inteligencia del Papa Ratzinger y una instrumentalización gratuita de sus palabras tanto por unos como por otros. En cambio, el panorama general que nos encontramos en sus 227 páginas es la visión personalísima, apasionante y esperanzadora de una Iglesia que está llamada a serLuz del mundo.
El texto está dividido en tres partes, que coinciden con los tres términos del subtitulo de la obra: El Papa, la Iglesia, y los signos de los tiempos. Se divide en 18 capítulos, a lo largo de los cuales se distribuyen las 90 preguntas formuladas por el periodista y referidas a temas que van desde el escándalo de los abusos sexuales al ecumenismo, desde el diálogo con el judaísmo y el islam al caso Williamson, sin faltar los desafíos de la  modernidad, así como las notas más personales de la vida cotidiana de Benedicto XVI.
Ello nos revela un sucesor de Pedro que es sabio y piadoso, que destila mansedumbre y a la vez valentía, que no tiene miedo a ninguna pregunta y desea aclararlo todo, con un lenguaje sencillo, sin complicaciones y lleno de optimismo cristiano. Él tiene muy claro que “ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación a Él” (pág. 22).
Ciertamente que este libro no es una encíclica, una constitución apostólica, una bula, ni nada por el estilo. No lleva fuerza dogmática ni canónica. No hay precedentes en esta forma nueva de comunicarse el Papa con la Iglesia y el mundo. Pero está en consonancia con la teología de los “nuevos areópagos” y el Magisterio eclesial sobre los medios de comunicación social. Además, en las actuales circunstancias tan adversas por la que atraviesa la Iglesia católica, es de una gran audacia evangélica salir ante la opinión pública con este tipo de libro-entrevista.
Tenemos que congratularnos por el contenido y la forma de esta obra que enriquece el pensamiento cristiano e ilumina la problemática de la sociedad actual. Recomendamos vivamente su lectura y a través de ella, podremos conocer mejor la mente y el corazón de este “nuevo Padre de la Iglesia” que es Benedicto XVI.

Los católicos y los nazis El papel de la religión en el Tercer Reich

Los católicos y los nazis

El papel de la religión en el Tercer Reich

ROMA, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-  Se suele criticar a la Iglesia por no haber hecho lo suficiente para oponerse a Hitler. En su reciente viaje a Inglaterra y Escocia, Benedicto XVI tuvo la oportunidad de presentar la otra cara de la moneda, recordando la naturaleza antirreligiosa del régimen nazi.

“Recuerdo también la actitud del régimen hacia los pastores cristianos o los religiosos que proclamaron la verdad en el amor, se opusieron a los nazis y pagaron con sus vidas esta oposición”, decía en la audiencia con su Majestad la Reina en Edimburgo, Escocia.

La imagen que presentó el Papa de los nazis como ateos que quieren erradicar a Dios de la sociedad no fue fácilmente aceptada En una nota de prensa el 16 de septiembre, Andrew Copson, presidente de la British Humanist Society, negaba que el ateísmo de los nazis les llevara a ese comportamiento extremo.

Un libro publicado a principios de año vierte algo de luz sobre la cuestión de la religión y los nazis. En “Catholicism and the Roots of Nazism” (El Catolicismo y las Raíces del Nazismo) (Oxford University Press), Derek Hastings muestra cómo en los primeros años hubo de hecho un fuerte componente católico en el movimiento nazi. Afirma también que hubo grandes discrepancias entre la naturaleza del régimen nazi en el poder en los años treinta y cuarenta y el movimiento originario en Múnich en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

“A pesar de mantener una oportuna fachada conciliadora, hay pocas dudas de que el partido nazi exhibiera una gran antipatía hacia la Iglesia católica – y, en gran medida, hacia el cristianismo en general – durante la mayor parte del tiempo que duró el Tercer Reich”, comentaba Hastings.

Observaba que numerosos historiadores han sostenido que, después de que los nazis asumieran el poder en 1933, el partido pasó a convertirse en una especie de religión política y como una forma rival de devoción laica que se esforzó por suplantar la identidad católica y cristiana.

Remontándonos a Múnich

El partido nazi se fundó en 1919, en Múnich. En el periodo que va de 1919 hasta el fallido Putsch (golpe) de la Cervecería en Múnich en 1923, los nazis cortejaron abiertamente a los católicos. Su apertura al catolicismo permitió a los nazis ganar seguidores y destacar sobre otros movimientos populares. Como consecuencia del fracaso de 1923, que llevó a Hitler a prisión durante un breve periodo, el movimiento nazi se refundó en 1925 de un modo que dejó poco espacio para su orientación católica anterior.

Hastings explicaba que este nexo católico con los nazis durante los primeros años se debió a algunos factores locales no extensibles al resto de Alemania. El apoyo al Partido del Pueblo Bávaro (BVP) fue menor en Múnich y en la zona circundante de la alta Baviera que en cualquier otra zona católica del país. En su lugar se tendió a apoyar a movimientos populares con un sesgo más nacionalista.

Otro rasgo distintivo de los católicos de Múnich y de las zonas de los alrededores fue su hostilidad hacia lo que ellos veían como un excesivo ultramontanismo del BVP y de los obispos de la Iglesia. El movimiento ultramontano, explicaba Hastings, surgió en los siglos XVIII y XIX cuando los católicos de Europa cada vez miraban más hacia el Papa que residía “más allá de las montañas” (ultra montes).

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, hubo un movimiento reformista católico en la zona de los alrededores de Múnich que consistió en un impulso por una nueva forma de identidad religiosa que fuera leal a la Iglesia católica en el sentido espiritual, pero más abierta al curso político y cultural radicalmente nacionalista, observaba Hastings. Los nazis fueron capaces de aprovecharse de estas tendencias locales, combinadas con la desilusión general que siguió a la Primera Guerra Mundial, para convocar a los católicos en las etapas iniciales de su desarrollo.

Antes de 1923, los nazis habían logrado el apoyo de muchos miles de católicos en y cerca de Múnich, observaba Hastings. Al principio, el BVP ignoró al nuevo partido, probablemente con el deseo de evitar una mayor publicidad. A finales de 1922, viendo el creciente número de seguidores del partido nazi, el BVP decidió embarcarse en una campaña para hacer que los bávaros fueran conscientes de la peligrosa naturaleza de los nazis.

Esto no disuadió a los nazis a dejar de cortejar a los católicos y, según Hastings, en 1923 sus esfuerzos llegaron a su punto álgido. Aquel año pusieron en marcha una campaña de reclutamiento para atraer a los católicos a su partido. Sus esfuerzos tuvieron éxito, hasta el punto de que incluso numerosos sacerdotes católicos se implicaron.

En sus discursos de aquel entonces, Hitler se refería abiertamente a su fe católica y a la influencia que había tenido en su activismo político. En 1923, el periódico nazi, el Beobachter, comenzó a publicar incluso los horarios de las misas dominicales y a exhortar a sus lectores a cumplir con sus obligaciones religiosas.

Refundación

Sin embargo, esta cercanía entre los católicos y el partido nazi acabo de forma repentina, con el Putsch de la Cervecería de noviembre de aquel año. El intento de Hitler de hacerse con el control del estado bávaro acabó en rápido fracaso y el movimiento nazi entró en un periodo de división y declive, explicaba Hastings.

Esto coincidió con un aumento del anti catolicismo en otros movimientos populares en Múnich que también afectó a parte del partido nazi. Según Hastings, en este periodo muchos católicos abandonaron el partido nazi, y quienes se quedaron lo hicieron sacrificando su identidad católica. Los sacerdotes católicos que se habían unido al partido también lo abandonaron. De hecho, al finalizar 1923, la archidiócesis de Múnich-Freising les había prohibido asistir a las reuniones del partido nazi.

Una vez refundada, se invirtió la anterior orientación católica y en gran parte reemplazó el cristianismo con su propia serie de figuras de mártires sacadas del Putsch fallido. A partir de ese momento Hitler tampoco se volvió a presentar a sí mismo como un católico creyente o como un defensor del cristianismo, afirmaba Hastings.

Con el tiempo, el movimiento nazi llegó a ser cada vez más abiertamente anti católico hasta el punto en que los nazis se opusieron con fuerza al establecimiento de un concordato entre Baviera y el Vaticano. Se mostraron también abiertamente críticos con el nuncio papal, Mons. Eugenio Pacelli, el futuro Papa Pío XII. En las publicaciones nazis se atacaba con frecuencia a los obispos alemanes, especialmente al cardenal Michael von Faulhaber, que poco antes del Putsch de 1923 había hablado en defensa de los judíos.

Sobre el tema del antisemitismo nazi y la influencia de los católicos, Hastings observaba que en los primeros años el movimiento nazi se centró en las imágenes del Nuevo Testamento – como la expulsión de los cambistas del Templo por Cristo – en su propaganda. En esta etapa, no obstante, la ideología nazi no estaba todavía plenamente definida, y cuando adoptó una forma más definida en los años posteriores se convirtió en una forma más pura y abiertamente laica de antisemitismo.

En los primeros años treinta, tras las condenas eclesiásticas oficiales, Hastings sostenía que quedó más clara la mutua oposición de las visiones del mundo católicas y nazis.

En conclusión, Hastings afirmaba que, aunque es necesario reconocer el papel muy real jugado por el clero y el laicado católico en las primeras etapas del movimiento nazi, al mismo tiempo, no hay base para acusar al catolicismo, sea como institución o como sistema de ideas.

Además, la cohabitación entre las identidades nazi y católica despareció en lo que Hastings denominaba “el flujo de invectivas anticatólicas que lavó al fracturado movimiento como consecuencia del fallido golpe”.

Esta cohabitación fue una de las primeras víctimas de la ambición política cada vez más mesiánica de Hitler, señalaba Hastings. Lo que queda claro, tanto en Hastings como en otros, es que los horribles excesos del régimen nazi tuvieron lugar a pesar de, y no por motivo de, cualquier influencia católica.

Por John Flynn, traducción de Justo Amado

Un anuncio profético del Padre Amatulli

El Consejo Pontificio

para la Promoción de la Nueva Evangelización

UN ANUNCIO PROFÉTICO DEL PADRE AMATULLI

Lee con atención este relato:

Un reto:

La evangelización de los católicos

Un grupo de sacerdotes y seminaristas nos encontramos frente al televisor a la hora del noticiero. No se habla más que del huracán Emily, un acontecimiento que acapara todas las preocupaciones de las autoridades y del pueblo en general. Nosotros estamos particularmente preocupados por contar con apóstoles de la Palabra en los estados de Yucatán y Quintana Roo, los más afectados por el tremendo siniestro natural.

A un cierto momento aparece el Papa Benedicto XVI leyendo un documento. Se trata de unos cuantos segundos. El locutor explica que el Papa acaba de confiar al cardenal prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Católicos la encomienda de procurar con todos los medios posibles la evangelización de todo el pueblo católico.

La noticia cae como un rayo a cielo sereno.

–¿Evangelización de los católicos? –comenta un seminarista –. Sin duda, se tratará de un error. Seguramente se tratará de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, es decir de los paganos.

–Así son los locutores – añade otro –: cuando no entienden, componen.

–No es cierto. – intervengo –. Yo escuché muy bien. El Papa habló de la evangelización de los católicos.

–Imposible. Es que no existe esta Congregación – insiste el seminarista que tomó la palabra primero.

–Y ¿cuál es el problema? – replico –. Se ve que este Papa la acaba de instituir.

El día siguiente los periódicos aclaran que efectivamente se trata de la Congregación para la Evangelización de los Católicos, «una iniciativa del nuevo Papa que mira a ubicar la Iglesia Católica en el nuevo contexto histórico, que se ha ido perfilando a raíz de los cambios trascendentales que se han ido dando en los últimos decenios» (comentario de un analista de la sección religiosa).

En el fondo se trata de instrumentar una serie de estrategias que den consistencia a la iniciativa del Papa Juan Pablo II acerca de la Nueva Evangelización, «un grande proyecto que quedó en puras generalidades, sin nunca aterrizar en acciones concretas» (comentario de un profesor del seminario). Algunos no están de acuerdo con esta manera de ver las cosas. Es como si se quisiera rebajar la grande figura del Papa recién fallecido. Para otros la iniciativa de Benedicto XVI está totalmente en sintonía con la línea marcada por su predecesor, «al querer dar seguimiento a una de sus más grandes intuiciones» (comentario del Sr. Arzobispo).

Algo que me llama la atención en el documento pontificio es su extrema brevedad (apenas tres cuartillas) y la insistencia en la necesidad de poner como base del nuevo plan de pastoral «un exhaustivo análisis de nuestra realidad eclesial». Muchos ni se percatan de estos detalles. No faltan seminaristas y sacerdotes que se sienten totalmente decepcionados frente a un documento tan fuera de lo común, sea por el contenido que por la forma. Sin duda, se esperaban algo más acorde a su fama de grande teólogo.

¿Por qué decimos que se trata de un anuncio profético? Porque esto que acabamos de leer se escribió en julio-agosto de 2005 (como puede verse en la referencia que se hace al Huracán Emily) y se publicó en agosto de 2006 en el libro “Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia”, escrito por el P. Flaviano Amatulli Valente.

Pues bien, el 21 de septiembre de 2010 se publicó una carta apostólica de vital importancia.

Se trata del Motu Proprio Ubicumque et semper del Papa Benedicto XVI con el cual instituye el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. El presidente del nuevo dicasterio es el Arzobispo Rino Fisichella, mientras se espera ahora el nombramiento del secretario y el sub-secretario, así como también de los oficiales, miembros y consultores.

En el documento pontificio el Pontífice realiza un breve análisis del mundo actual en el cual identifica “el fenómeno del alejamiento de la fe, que se ha manifestado progresivamente en sociedades y culturas que desde hacía siglos parecían impregnadas por el Evangelio”. Continuando con sus observaciones, el Papa señala que “se ha verificado una preocupante pérdida del sentido de lo sagrado, llegando incluso a poner en cuestión esos fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador, y la común comprensión de las experiencias fundamentales del hombre como el nacer, el morir, el vivir en una familia, la referencia a una ley moral natural. Aunque todo ello ha sido saludado por algunos como una liberación, bien pronto se ha advertido el desierto interior que nace allí donde el hombre, queriendo ser el único artífice de su propia naturaleza y de su propio destino, se encuentra privado de lo que constituye el fundamento de todas las cosas”.

Luego de mencionar al Concilio Vaticano II, que “asumió entre las temáticas centrales la cuestión de la relación entre la Iglesia y este mundo contemporáneo”, Benedicto XVI recuerda también las intervenciones del Papa Pablo VI sobre la cuestión de la evangelización y, finalmente, al Venerable Juan Pablo II, que “hizo de esta comprometida tarea uno de los puntos cardinales de su vasto Magisterio, sintetizando en el concepto de «nueva evangelización» la tarea que espera a la Iglesia hoy, en particular en las regiones de antigua cristianización”. Llegado a ese punto, el Papa Ratzinger afirma que, haciéndose cargo de las preocupaciones de sus Predecesores, considera oportuno “ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un empuje misionero capaz de promover una nueva evangelización”.

¿A quién debe dirigirse esta «nueva evangelización»? El Papa distingue tres diferentes realidades presentes en las Iglesias de antiguas fundación: algunas, en efecto, aún cuando el proceso de secularización avanza, mantienen una práctica cristiana de buena vitalidad y un profundo arraigo en el alma de poblaciones enteras; otras, en cambio, experimentan una clara toma de distancia de la sociedad entera hacia la fe, con un tejido eclesial más débil, aunque con elementos de vivacidad; otras, finalmente, son zonas que parecen completamente descristianizadas, en las que la luz de la fe se confía al testimonio de comunidades pequeñas en tierra que parecen ser particularmente refractarias a muchos aspectos del mensaje cristiano.

Es a la luz de estas reflexiones, presentes desde hace mucho tiempo en Joseph Ratzinger, que el Papa decide instituir este nuevo Pontificio Consejo, el cual “persigue su propia finalidad tanto estimulando la reflexión sobre los temas de la nueva evangelización, como individuando y promoviendo las formas y los instrumentos adecuados para realizarla”.

Las tareas señaladas por Benedicto XVI al nuevo dicasterio son:

1. profundizar el significado teológico y pastoral de la nueva evangelización;

2. promover y favorecer, en estrecha colaboración con las Conferencias episcopales interesadas, que podrán tener un organismo ad hoc, el estudio, la difusión y la puesta en práctica del Magisterio pontificio relativo a las temáticas relacionadas con la nueva evangelización;

3. dar a conocer y sostener iniciativas relacionadas con la nueva evangelización organizadas en las diversas Iglesias particulares y promover la realización de otras nuevas, involucrando también activamente las fuerzas presentes en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica, así como en las agregaciones de fieles y en las nuevas comunidades;

4. estudiar y favorecer el uso de las formas modernas de comunicación, como instrumentos para la nueva evangelización;

5. promover el uso del Catecismo de la Iglesia católica, como formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo.

El Arzobispo Fisichella, en la conferencia de prensa en la que presentó el documento pontificio, explicó que “debemos evitar que «nueva evangelización» resuene como una fórmula abstracta. Debemos llenarla de contenidos teológicos y pastorales y lo haremos basándonos en el magisterio de estas últimas décadas”. Además, recordó que “en el 2012 se celebrará el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica”, “uno de los frutos más maduros de las indicaciones conciliares”. El Catecismo, explicó Mons. Fisichella, “recoge de modo orgánico el entero patrimonio del desarrollo del dogma y representa el instrumento más completo para transmitir la fe de siempre frente a los constantes cambios e interrogantes que el mundo plantea a los creyentes”.

“En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”, decía el Papa en su Carta a los obispos sobre el levantamiento de las excomuniones a los obispos ordenados por Mons. Lefebvre y también durante su visita al Santuario de  Fátima en mayo de este año. Y todo parece indicar que, también con esta nueva medida, Benedicto XVI busca ofrecer otro elemento que ayude a ocuparse de esta prioridad.

He aquí el documento completo.

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE «MOTU PROPRIO»

UBICUMQUE ET SEMPER

DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI

CON LA CUAL SE INSTITUYE EL CONSEJO PONTIFICIO

PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

La Iglesia tiene el deber de anunciar siempre y en todas partes el Evangelio de Jesucristo. Él, el primer y supremo evangelizador, en el día de su ascensión al Padre, ordenó a los Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20). Fiel a este mandamiento, la Iglesia, pueblo adquirido por Dios para que proclame sus obras admirables (cf. 1 P 2, 9), desde el día de Pentecostés, en el que recibió como don el Espíritu Santo (cf. Hch 2, 1-4), nunca se ha cansado de dar a conocer a todo el mundo la belleza del Evangelio, anunciando a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el mismo «ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8), que con su muerte y resurrección realizó la salvación, cumpliendo la antigua promesa. Por tanto, para la Iglesia la misión evangelizadora, continuación de la obra que quiso Jesús nuestro Señor, es necesaria e insustituible, expresión de su misma naturaleza.

Esta misión ha asumido en la historia formas y modalidades siempre nuevas según los lugares, las situaciones y los momentos históricos. En nuestro tiempo, uno de sus rasgos singulares ha sido afrontar el fenómeno del alejamiento de la fe, que se ha ido manifestando progresivamente en sociedades y culturas que desde hace siglos estaban impregnadas del Evangelio. Las transformaciones sociales a las que hemos asistido en las últimas décadas tienen causas complejas, que hunden sus raíces en tiempos lejanos, y han modificado profundamente la percepción de nuestro mundo. Pensemos en los gigantescos avances de la ciencia y de la técnica, en la ampliación de las posibilidades de vida y de los espacios de libertad individual, en los profundos cambios en campo económico, en el proceso de mezcla de etnias y culturas causado por fenómenos migratorios de masas, y en la creciente interdependencia entre los pueblos. Todo esto ha tenido consecuencias también para la dimensión religiosa de la vida del hombre. Y si, por un lado, la humanidad ha conocido beneficios innegables de esas transformaciones y la Iglesia ha recibido ulteriores estímulos para dar razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), por otro, se ha verificado una pérdida preocupante del sentido de lo sagrado, que incluso ha llegado a poner en tela de juicio los fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador y la comprensión común de las experiencias fundamentales del hombre como nacer, morir, vivir en una familia, y la referencia a una ley moral natural.

Aunque algunos hayan acogido todo ello como una liberación, muy pronto nos hemos dado cuenta del desierto interior que nace donde el hombre, al querer ser el único artífice de su naturaleza y de su destino, se ve privado de lo que constituye el fundamento de todas las cosas.

Ya el concilio ecuménico Vaticano II incluyó entre sus temas centrales la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. Siguiendo las enseñanzas conciliares, mis predecesores reflexionaron ulteriormente sobre la necesidad de encontrar formas adecuadas para que nuestros contemporáneos sigan escuchando la Palabra viva y eterna del Señor.

El siervo de Dios Pablo VI observaba con clarividencia que el compromiso de la evangelización «se está volviendo cada vez más necesario, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en nuestros días, para gran número de personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida cristiana; para las gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la enseñanza que recibieron en su infancia, y para otros muchos» (Evangelii nuntiandi, 52). Y, con el pensamiento dirigido a los que se han alejado de la fe, añadía que la acción evangelizadora de la Iglesia «debe buscar constantemente los medios y el lenguaje adecuados para proponerles o volverles a proponer la revelación de Dios y la fe en Jesucristo» (ib., n. 56). El venerable siervo de Dios Juan Pablo II puso esta ardua tarea como uno de los ejes su vasto magisterio, sintetizando en el concepto de «nueva evangelización», que él profundizó sistemáticamente en numerosas intervenciones, la tarea que espera a la Iglesia hoy, especialmente en las regiones de antigua cristianización. Una tarea que, aunque concierne directamente a su modo de relacionarse con el exterior, presupone, primero de todo, una constante renovación en su seno, un continuo pasar, por decirlo así, de evangelizada a evangelizadora. Baste recordar lo que se afirmaba en la exhortación postsinodal Christifideles laici: «Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del laicismo y del ateísmo. Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado primer mundo, en el que el bienestar económico y el consumismo —si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria— inspiran y sostienen una existencia vivida “como si Dios no existiera”. Ahora bien, el indiferentismo religioso y la total irrelevancia práctica de Dios para resolver los problemas, incluso graves, de la vida, no son menos preocupantes y desoladores que el ateísmo declarado. Y también la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y rituales— tiende a ser erradicada de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir. (…) En cambio, en otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad. Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la trabazón cristiana de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones» (n. 34).

Por tanto, haciéndome cargo de la preocupación de mis venerados predecesores, considero oportuno dar respuestas adecuadas para que toda la Iglesia, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover una nueva evangelización. Esta se refiere sobre todo a las Iglesias de antigua fundación, que viven realidades bastante diferenciadas, a las que corresponden necesidades distintas, que esperan impulsos de evangelización diferentes: en algunos territorios, en efecto, aunque avanza el fenómeno de la secularización, la práctica cristiana manifiesta todavía una buena vitalidad y un profundo arraigo en el alma de poblaciones enteras; en otras regiones, en cambio, se nota un distanciamiento más claro de la sociedad en su conjunto respecto de la fe, con un entramado eclesial más débil, aunque no privado de elementos de vivacidad, que el Espíritu Santo no deja de suscitar; también existen, lamentablemente, zonas casi completamente descristianizadas, en las cuales la luz de la fe está confiada al testimonio de pequeñas comunidades: estas tierras, que necesitarían un renovado primer anuncio del Evangelio, parecen particularmente refractarias a muchos aspectos del mensaje cristiano.

La diversidad de las situaciones exige un atento discernimiento; hablar de «nueva evangelización» no significa tener que elaborar una única fórmula igual para todas las circunstancias. Y, sin embargo, no es difícil percatarse de que lo que necesitan todas las Iglesias que viven en territorios tradicionalmente cristianos es un renovado impulso misionero, expresión de una nueva y generosa apertura al don de la gracia. De hecho, no podemos olvidar que la primera tarea será siempre ser dóciles a la obra gratuita del Espíritu del Resucitado, que acompaña a cuantos son portadores del Evangelio y abre el corazón de quienes escuchan. Para proclamar de modo fecundo la Palabra del Evangelio se requiere ante todo hacer una experiencia profunda de Dios.

Como afirmé en mi primer encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1). De forma análoga, en la raíz de toda evangelización no hay un proyecto humano de expansión, sino el deseo de compartir el don inestimable que Dios ha querido darnos, haciéndonos partícipes de su propia vida.

Por tanto, a la luz de estas reflexiones, después de haber examinado con esmero cada aspecto y haber solicitado el parecer de personas expertas, establezco y decreto lo siguiente:

Art. 1

§ 1. Se constituye el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, como dicasterio de la Curia romana, de acuerdo con la constitución apostólica Pastor bonus.

§ 2. El Consejo persigue su finalidad tanto estimulando la reflexión sobre los temas de la nueva evangelización, como descubriendo y promoviendo las formas y los instrumentos adecuados para realizarla.

Art. 2

La actividad del Consejo, que se lleva a cabo en colaboración con los demás dicasterios y organismos de la Curia romana, respetando las relativas competencias, está al servicio de las Iglesias particulares, especialmente en los territorios de tradición cristiana donde se manifiesta con mayor evidencia el fenómeno de la secularización.

Art. 3

Entre las tareas específicas del Consejo se señalan:

1. profundizar el significado teológico y pastoral de la nueva evangelización;

2. promover y favorecer, en estrecha colaboración con las Conferencias episcopales interesadas, que podrán tener un organismo ad hoc, el estudio, la difusión y la puesta en práctica del Magisterio pontificio relativo a las temáticas relacionadas con la nueva evangelización;

3. dar a conocer y sostener iniciativas relacionadas con la nueva evangelización organizadas en las diversas Iglesias particulares y promover la realización de otras nuevas, involucrando también activamente las fuerzas presentes en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica, así como en las agregaciones de fieles y en las nuevas comunidades;

4. estudiar y favorecer el uso de las formas modernas de comunicación, como instrumentos para la nueva evangelización;

5. promover el uso del Catecismo de la Iglesia católica, como formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo.

Art. 4

§ 1. Dirige el Consejo un arzobispo presidente, con la ayuda de un secretario, un subsecretario y un número conveniente de oficiales, según las normas establecidas por la constitución apostólica Pastor bonus y el Reglamento general de la Curia romana.

§ 2. El Consejo tiene miembros propios y puede disponer de consultores propios.

Ordeno que todo lo que se ha deliberado con el presente Motu proprio tenga valor pleno y estable, a pesar de cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y establezco que se promulgue mediante la publicación en el periódico «L’Osservatore Romano» y que entre en vigor el día de la promulgación.

Castelgandolfo, 21 de septiembre de 2010, fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista, año sexto de mi pontificado.

BENEDICTUS PP. XVI


COMO LAS OLAS DEL MAR

COMO LAS OLAS DEL MAR

Una visión ingenua

del éxodo de católicos hacia las sectas

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

Como las olas

Hay sacerdotes y agentes de pastoral que tienen una visión sumamente ingenua del problema pastoral que representa el éxodo de católicos hacia los más variados grupos proselitistas. Lo comparan al fenómeno de las olas marinas, que van y vienen recurrentemente: “La apologética ya no está de moda. Es una pérdida de tiempo. Es cierto que muchos dejan la Iglesia, pero después de cuatro o cinco años se dan cuenta de su error y regresan. Se parecen a las olas del mar, que siempre vuelven a la playa”.

Tendencias dominantes

¿Por qué decimos que se trata de una visión ingenua? Porque parece ignorar las tendencias puestas de manifiesto por diversas investigaciones y confirmadas por los más variados censos de población y vivienda a lo largo y ancho del continente americano.

¿Cuáles son estas tendencias?

  1. a) Crecen exponencialmente los grupos proselitistas por el ingreso de nuevos integrantes procedentes del catolicismo.

  2. b) Crece el número de los que se dicen católicos, pero que ya no tienen sentido de pertenencia a la Iglesia y cultivan pocos vínculos con ella. Es fácil constatarlo en la asistencia a la misa dominical.

  3. c) Crece el número de los que se declaran ya sin religión.

  4. d) Decrece proporcionalmente el catolicismo.

¿Retorno espontáneo?

Es cierto que hay ex católicos que regresan a la Iglesia. Pero conviene apuntar que aquellos que regresan no lo hacen así porque sí. Regresan porque encontraron sitios en internet, libros, folletos y material didáctico impreso, audiovisual y multimedia que les ayudaron a aclarar las múltiples dudas sembradas en sus mentes y corazones por el proselitismo sistemático de los grupos no católicos.

Regresan porque conocieron a alguien con la capacitación oportuna para resolver sus interrogantes e inquietudes acerca de la Iglesia católica y la Sagrada Escritura. En muchos casos no se trata, por tanto, de un regreso espontáneo, al estilo del hijo pródigo (Lc 15, 11-31). Lo más común es que sea el resultado del esfuerzo continuo que diversas personas e instituciones hacen en campo bíblico y apologético y en una perspectiva evangelizadora.

Por lo general se trata de iniciativas hechas a título personal, sin el apoyo concreto de las estructuras eclesiales y muchas veces nadando contracorriente, entre la indiferencia, el rechazo y la oposición.

¿Qué pasaría si se implementara una pastoral específica con estas características, con el apoyo decidido de las diócesis, decanatos, parroquias, seminarios, centros de formación para laicos y otras instituciones eclesiales?

¿Qué pasaría si además de esta necesaria pastoral de retorno, se implementara una pastoral preventiva que frenara desde ahora el éxodo masivo de católicos, aprovechando al máximo las estructuras eclesiales, especialmente la catequesis presacramental? Bien lo dice un refrán popular: “Más vale prevenir que lamentar”.

Pastoral de búsqueda y conquista

Por otra parte, es necesario pasar de una pastoral meramente cultual y de conservación a una pastoral de búsqueda y conquista, según el modelo que nos plantea Jesús en la parábola de la oveja perdida (Mt 18, 10-14; Lc 15, 1-7) y en el Gran Mandamiento de la Misión que nos dejó antes de volver al Padre (Mt 28, 18-20; Mc 16, 15).

Conclusión

El éxodo masivo de católicos a las más variadas propuestas religiosas no es un asunto sin importancia. De la respuesta que demos a esta problemática puede depender el futuro de la fe católica en nuestro Continente.

A trabajar, pues, conscientes de que lo que hacemos es algo trascendental para la vida de toda la Iglesia.

Reflexiones sobre Verbum Domini. I

La proliferación de sectas

en el nuevo documento del Papa Benedicto XVI

De forma breve, pero sustanciosa, Verbum Domini, el nuevo documento pontificio, aborda el problema pastoral de la proliferación de sectas.

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

La Biblia,

corazón de la actividad eclesial

El 11 de noviembre de 2010 la Santa Sede presentó un nuevo documento pontificio. Se trata de la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El documento es fruto de los trabajos del Sínodo sobre la Palabra de Dios, que se celebró en la Ciudad del Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008.

El objetivo de la exhortación, según el Santo Padre, es “indicar algunas líneas fundamentales para revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial” (Verbum Domini, 1).

Las sectas,

un problema pastoral

Pues bien, uno de los problemas pastorales puestos de relieve en la magna Asamblea sinodal fue el de la proliferación de sectas (Verbum Domini, 73).

¿Por qué representan un problema pastoral? La Asamblea sinodal, de cuyos trabajos emanó la exhortación apostólica, parece señalar que se debe a su proselitismo sistemático “en diferentes continentes” y la instrumentalización que hacen de la Biblia.

En efecto, en el Instrumentum laboris se señalaba que se debe prestar una especial atención “a las numerosas sectas, que actúan en diferentes continentes y se sirven de la Biblia para alcanzar objetivos desviados con métodos extraños a la Iglesia” (Instrumentum laboris, 56).

Más aún, se menciona a los grupos proselitistas entre las “dificultades que impiden el camino en el anuncio del Evangelio”, puesto que “impiden una correcta interpretación de la Biblia” (Instrumentum laboris, 43).

Y es que, señala el Sucesor de Pedro, estos grupos “difunden una lectura distorsionada e instrumental de la Sagrada Escritura” (Verbum Domini, 73).

La pureza de la fe

Ante esta realidad, una pregunta que se planteó en el Sínodo fue la siguiente: “¿Qué procedimientos pueden ser usados para sostener a la comunidad cristiana frente a las sectas?” (Lineamenta, Preguntas: Capítulo III).

Nótese la finalidad de estos procedimientos: deben ayudar a “sostener” a la comunidad cristiana frente al embate de los grupos proselitistas.

La respuesta, breve, pero significativa, de los Lineamenta señala que se debe prestar mayor atención “a la pureza de la Palabra de Dios, auténticamente interpretada por el Magisterio, frente a las numerosas sectas que usan la Biblia para otras finalidades con métodos ajenos a la Iglesia” (Lineamenta, 31).

Esta es precisamente la finalidad de la Nueva Apologética: poner al alcance de todos los fieles católicos la interpretación auténtica que de la Biblia hace el Magisterio de la Iglesia, puesto que los primeros destinatarios de la Nueva Apologética son, precisamente los católicos, particularmente los más alejados. En un segundo momento, la Nueva Apologética busca dialogar con los hermanos separados, que en su mayoría son excatólicos, para presentarles la interpretación auténtica de los pasajes bíblicos que les llevaron a abandonar la Iglesia.

La animación bíblica

de toda la pastoral

Se trata de la respuesta adecuada a este problema eminentemente pastoral, puesto que “allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia, en el marco de su Tradición viva, se deja de hecho un vacío pastoral, en el que realidades como las sectas pueden encontrar terreno donde echar raíces” (Verbum Domini, 73).

De hecho el Santo Padre es enfático, puesto que añade el adverbio “toda”, llegando a pedir la animación bíblica de toda la pastoral (Cfr. Verbum Domini, 73).

Esta animación bíblica de toda la pastoral no implica solamente añadir “algún encuentro en la parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra” (Verbum Domini, 73).

Como puede verse, la propuesta del Sínodo está en plena consonancia con la propuesta del padre Amatulli, resumida en el lema “Biblia para todo y Biblia para todos; todo con la Biblia y nada sin la Biblia”. Pues bien, ¿cuáles son las “actividades habituales” de la vida eclesial? La santa Misa, la homilía, la catequesis, los encuentros de oración, los congresos, los retiros espirituales, las prácticas de piedad (rosario, vía crucis, hora santa, etc.), el pastoreo, la evangelización, las fiestas patronales, las reuniones de los movimientos apostólicos, etc.

¿Quiénes están llamados a ser los protagonistas y destinatarios de esta noble tarea? Toda la comunidad eclesial, de manera tal que “es necesario dotar de una preparación adecuada a los sacerdotes y laicos para que puedan instruir al Pueblo de Dios en el conocimiento auténtico de las Escrituras” (Verbum Domini, 73).

Vamos por buen camino

Como puede notarse, la labor que hacemos los Apóstoles de la Palabra y la propuesta que hacemos en el campo bíblico, apologético y catequético está en plena consonancia con lo que nos presentan el Santo Padre y los Padres sinodales. Adelante, pues, con mayor entusiasmo y una convicción más profunda.