¿Es verdad que el P. Amatulli está siendo investigado por el Vaticano?

¿Es verdad que el P. Amatulli está siendo investigado por el Vaticano?

Padre, quiero comentarle la siguiente inquietud. La verdad estimo mucho a la comunidad misionera Apóstoles de la Palabra. Fíjese que me comentaron recientemente que al Padre Amatulli lo está investigando el Vaticano por unas ideas acerca de permitir el orden sacerdotal a mujeres.

Por lo que he escuchado de personas cercanas a la Iglesia, algunos eclesiásticos han comentado en algunas de sus reuniones que el Padre Amatulli ¡se está desviando de la sana doctrina! ¿Qué tanto hay de cierto? Se lo pregunto ya que usted es un colaborador muy cercano del Padre Amatulli.

Pedro Miguel Silva

Estimado Pedro Miguel: no te preocupes. Te puedo decir que no hay ninguna investigación de la Santa Sede en curso a propósito de los libros del P. Amatulli. Como tú seguramente sabes, el P. Amatulli nunca ha sugerido la ordenación sacerdotal de las mujeres.

Te comparto, por ejemplo, lo que ha escrito el P. Amatulli en uno de nuestros libros más difundidos. Me refiero a la nueva edición del libro «La respuesta está en las Escrituras. Preguntas y respuestas», pp. 90-91.

¿Pueden las mujeres recibir la ordenación sacerdotal?

No, según el Magisterio de la Iglesia, el hecho de que Jesús no haya escogido a mujeres como apóstoles, se interpreta como enseñanza en el sentido de que Jesús no quiere que las mujeres reciban la ordenación sacerdotal.

Muchos piensan que algún día el Papa permitirá la ordenación sacerdotal de las mujeres. ¿Tienen razón?

No tienen razón. Veamos lo que escribió Juan Pablo II.

Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia. (Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, del Papa Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres, 22 de mayo de 1994).

Quién si está revisando los escritos del P. Amatulli es la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia del Episcopado Mexicano, cuyo presidente es Mons. José Guadalupe Martín Rábago, arzobispo emérito de León. Sin embargo, puedo decirte que todavía no hay un dictamen al respecto, o por lo menos nosotros no lo conocemos. Me parece que en este caso, como siempre, todo mundo es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Te lo digo porque en ciertas diócesis y parroquias estamos encontrando obstáculos y reticencias hacia nuestro apostolado, precisamente invocando eventuales errores doctrinales.

Por parte de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, agradecemos a Dios que los Señores Obispos estén leyendo con detenimiento los escritos de nuestro Padre fundador, pues esto permitirá que se aclaren estos malentendidos que comentas y otros que seguramente circulan en los ambientes eclesiásticos. Como tú lo sabes de primera mano, en diferentes lugares corre el rumor de que hay errores doctrinales en los escritos del P. Amatulli, pero estos rumores son sólo eso, simples rumores que carecen de todo fundamento.

Por lo demás, te comento que los Apóstoles de la Palabra ponemos inmediatamente a disposición de los Señores Obispos cualquier nuevo libro del P. Amatulli. Incluso, muchas veces he ido a entregarlos personalmente a la sede del Episcopado en Lago de Guadalupe.

Estimado Pedro Miguel, te agradezco tus comentarios y me alegra tu sincera preocupación. Sólo me resta pedir tus oraciones en favor del P. Amatulli y de los Misioneros Apóstoles de la Palabra, pero especialmente por quienes están realizando la agotadora tarea de revisar la extensa producción bibliográfica del P. Amatulli.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

¿Por qué mayo es el mes de María? ¿Dónde comienza esta antigua tradición?

¿Por qué mayo es el mes de María?  ¿Dónde comienza esta antigua tradición?
Veamos un poco, y hagamos nuestra esta hermosa tradición.
  El mes de Maria es una antigua y muy bella tradición, que tiene sus inicios en Europa, continente que se caracteriza precisamente, por sus profundas raíces cristianas, como lo testifica su historia, su cultura y su religión.
  El Mes de María se reza en Mayo, en el llamado “mes de las flores”, que se llama así, porque con la llegada del buen tiempo y tras las lluvias invernales, el campo y los jardines comienzan a cubrirse de un verde intenso y de los colores y aromas de las flores. Es el apogeo de la primavera.
  Y así, desde la edad media se consagró el “mes de las flores” a la Virgen María para rendir culto a las virtudes y bellezas de la Madre de Dios.  La primera noticia clara que se tiene de la consagración del mes de mayo a la Virgen, viene de Alfonso X, “el Sabio”, rey de España, en el siglo XIII. Este rey – Juglar cantaba en sus “Cantigas de Santa María” los loores de mayo en honor de la Virgen Santísima.
  Con el florecimiento espiritual del siglo XVI se dio gran impulso a esta hermosa práctica, con especiales ejercicios de piedad durante todos los días, en los que se van considerando diversos misterios, títulos y excelencias de la Madre del Señor. La universalización de esta práctica vino a verificarse en el siglo XIX, cuando fue favorecida y enriquecida con indulgencias por los sumos Pontífices Pío VII y Pío VIII.
  Ya en el siglo XIII, el Rey Alfonso X, el Sabio invitaba a alabar e invocar a María, ante su altar, en el mes de las flores. Y él mismo escribió las Cantigas de Santa María, porque quería “trovar en honor de la Rosa de las Rosas y de la Flor de las flores”.
  En Italia fue San Felipe Neri, en el siglo XVI, el iniciador del Mes de Mayo dedicado a María, con la costumbre de invitar a los jóvenes a cantar, llevar flores y ofrecer sacrificios a la Virgen.
  En el continente de América, fueron los misioneros españoles los que difundieron y promovieron la tradición de dedicar el mes de mayo al mes de Maria. Por este motivo, existe una gran devoción popular y afecto hacia la Madre de Dios, como así lo testimonian los innumerables santuarios marianos bajo diversas advocaciones.
 ¿ Qué podemos hacer y practicar en el mes de Maria, en honor de la Santísima Virgen?
  En la Iglesia, durante la adoración, en la visitas al Santísimo Sacramento del Altar (donde María está realmente presente), o en mi casa en los momentos libres, solo o en familia, podemos y seria muy beneficioso para el crecimiento de nuestra vida espiritual:
Reflexionar en los principales misterios de la vida de María.
  Reflexionar implica hacer un esfuerzo con la mente, la imaginación y, también, con el corazón, para profundizar en las virtudes que la Virgen vivió a lo largo de su vida. Podemos meditar en cómo María se comportó, por ejemplo, durante:
-la Anunciación (Lc 1, 26)
-la Visita a su prima Isabel (Lc 1, 39)
-el Nacimiento de Cristo (Lc 2, 1)
-la Presentación del Niño Jesús en el Templo (Lc 2, 22)
-el Niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lc 2, 40)
-las Bodas de Caná (Jn 2, 1)
-María al pie de la cruz. (Jn 19, 25)
Recordar las apariciones de la Virgen.
  En Fátima, Portugal; en Lourdes, Francia y en el Tepeyac, México Guadalupe, la Virgen entrega diversos mensajes, todos relacionados con el amor que Ella nos tiene a nosotros, sus hijos.
Meditar en los cuatro dogmas acerca de la Virgen María que son:
Su inmaculada concepción: A la única mujer que Dios le permitió ser concebida y nacer sin pecado original fue a la Virgen María porque iba a ser madre de Cristo.
Su maternidad divina: La Virgen María es verdadera madre humana de Jesucristo, el hijo de Dios.
Su perpetua virginidad: María concibió por obra del Espíritu Santo, por lo que siempre permaneció virgen.
Su asunción a los cielos: La Virgen María, al final de su vida, fue subida en cuerpo y alma al Cielo.
Recordar y honrar a María como Madre de todos los hombres.
  María nos cuida siempre y nos ayuda en todo lo que necesitemos. Ella nos ayuda a vencer la tentación y conservar el estado de gracia y la amistad con Dios para poder llegar al Cielo. María es la Madre de la Iglesia.
Reflexionar en las principales virtudes de la Virgen María.
  María era una mujer de profunda vida de oración, vivía siempre cerca de Dios. Era una mujer humilde, es decir, sencilla; era generosa, se olvidaba de sí misma para darse a los demás; tenía gran caridad, amaba y ayudaba a todos por igual; era servicial, atendía a José y a Jesús con amor; vivía con alegría; era paciente con su familia; sabía aceptar la voluntad de Dios en su vida.
Vivir una devoción real y verdadera a María.
Se trata de que nos esforcemos por vivir como hijos suyos. Esto significa:
Mirar a María como a una madre: Platicarle todo lo que nos pasa: lo bueno y lo malo. Saber acudir a ella en todo momento.
Demostrarle nuestro cariño: Hacer lo que ella espera de nosotros y recordarla a lo largo del día.
Confiar plenamente en ella: Todas las gracias que Jesús nos da, pasan por las manos de María, y es ella quien intercede ante su Hijo por nuestras dificultades
Imitar sus virtudes: Esta es la mejor manera de demostrarle nuestro amor.
Tratar de no pecar, porque siendo corredentora paga supratemporalmente con dolor por cada pecado nuestro
Rezar en familia las oraciones especialmente dedicadas a María.
  La Iglesia nos ofrece bellas oraciones como la del Ángelus (que se acostumbra a rezar a mediodía), el Regina Caeli, la consagración a Maria y el Santo Rosario ante la imagen de la Virgen.
  Y para finalizar, terminamos con las palabras que pronuncio el Papa Benedicto XVI, el 30 de abril, en el Regina Caelis, haciendo alusión al mes de mayo, mes de Maria:
  “ En los días que siguieron a la resurrección del Señor, los apóstoles permanecieron reunidos, confortados por la presencia de María, y después de la Ascensión, perseveraron junto a ella en oración esperando Pentecostés. La Virgen fue para ellos madre y maestra, papel que sigue desempeñando con los cristianos de todos los tiempos. Cada año, en el tiempo pascual, vivimos más intensamente esta experiencia y quizá precisamente por este motivo la tradición popular ha consagrado a María el mes de mayo, que normalmente cae entre Pascua y Pentecostés.
  Por tanto, este mes que comenzamos mañana, nos ayuda a redescubrir el papel maternal que ella desempeña en nuestra vida para que seamos siempre discípulos dóciles y testigos valientes del Señor resucitado.

Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa

Luz del Mundo: El libro más reciente del Papa
Monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España
MADRID, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Pubicamos un artículo que ha compartido con ZENIT monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España, sobre el último libro de Benedicto XVI, “Luz del mundo”.
* * *
Sucedió que nos encontrábamos en Roma con motivo del cardenalato del arzobispo emérito castrense monseñor José Manuel Estepa, cuando estalló la bomba informativa sobre la publicación en L´Osservatore Romano de un extracto del histórico libro La luz del mundo, una larga conversación de Benedicto XVI con el periodista alemán Peter Seewald, que ya lo había entrevistado siendo cardenal y que había dado como frutos dos recomendables libros como fueron La sal de la tierraDios y el mundo.
Este affaire disparó las alarmas de aquellos que veían en ese adelanto de publicación, un incumplimiento del embargo del libro. También, el hecho de que sólo se publicase, entre otras, una pequeña sección donde el Papa habla de la sexualidad y de paso toca el tema del preservativo, motivó que gran parte de la opinión pública se centrará en el discutido uso del profiláctico, relegando a segundo plano los demás puntos de un libro que es una joya para creyentes y no creyentes. A ello respondió Seewald con gran carga de ironía: “el periodismo pasa por una crisis…, el mundo se hunde, y la mitad del mundo periodístico está discutiendo de preservativos. ¿No es ridículo? Aquello era un comentario sobre el viaje de África, y se ha vuelto a comprobar que nadie se interesa por los problemas de los africanos”. El portavoz de la Santa Sede, el jesuita P. Federico Lombardi, tuvo que salir a la “palestra” con una nota revisada por el mismo Benedicto XVI sobre la interpretación correcta de lo que se dice en el libro del Papa (página 131), el cual: “no reforma o cambia la enseñanza de la Iglesia sino que la reafirma en la perspectiva del valor y la dignidad de la sexualidad humana como expresión de amor y responsabilidad”.
¿Qué ha sucedido en todo esto? Algunos opinan que fue una falta de cálculo en la repercusión mediática acerca de la publicación adelantada de ese extracto. Sin embargo, conociendo la altura profesional del director del L´Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, y de cómo se toma estas decisiones  en el Vaticano, nos hacen dudar de que eso y otros elementos no se hubiesen tenido presente. Lo curioso de esta polémica es que ya sabíamos de la existencia de aquellos que creen que todo en la sexualidad se resuelve con el preservativo y que no quieren oír hablar de abstinencia y fidelidad frente al sida y otros males. En cambio de pronto, han surgido “unos exégetas papales” que son más “papistas que el Papa” y que se resisten a aceptar el sentido común que muestra el Santo Padre  cuando afirma que: “podrá haber casos fundados de carácter aislado” donde el uso del preservativo sea “el primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia del hecho de que no todo está permitido y que no se puede hacer todo lo que se quiere”. Frente “a la mera fijación del preservativo que significa una banalización de la sexualidad”, Benedicto XVI propone algo tan hermoso como el camino de la humanización, de la responsabilidad y de la valoración positiva de la sexualidad. Esto lo entiende todo el mundo. Lo que verdaderamente enreda son precisiones academicistas que confunden al gran público y da una mala imagen de la Iglesia.
Reducir toda la entrevista a una frase sacada del conjunto de la obra, constituye una ofensa al pensamiento y a la inteligencia del Papa Ratzinger y una instrumentalización gratuita de sus palabras tanto por unos como por otros. En cambio, el panorama general que nos encontramos en sus 227 páginas es la visión personalísima, apasionante y esperanzadora de una Iglesia que está llamada a serLuz del mundo.
El texto está dividido en tres partes, que coinciden con los tres términos del subtitulo de la obra: El Papa, la Iglesia, y los signos de los tiempos. Se divide en 18 capítulos, a lo largo de los cuales se distribuyen las 90 preguntas formuladas por el periodista y referidas a temas que van desde el escándalo de los abusos sexuales al ecumenismo, desde el diálogo con el judaísmo y el islam al caso Williamson, sin faltar los desafíos de la  modernidad, así como las notas más personales de la vida cotidiana de Benedicto XVI.
Ello nos revela un sucesor de Pedro que es sabio y piadoso, que destila mansedumbre y a la vez valentía, que no tiene miedo a ninguna pregunta y desea aclararlo todo, con un lenguaje sencillo, sin complicaciones y lleno de optimismo cristiano. Él tiene muy claro que “ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación a Él” (pág. 22).
Ciertamente que este libro no es una encíclica, una constitución apostólica, una bula, ni nada por el estilo. No lleva fuerza dogmática ni canónica. No hay precedentes en esta forma nueva de comunicarse el Papa con la Iglesia y el mundo. Pero está en consonancia con la teología de los “nuevos areópagos” y el Magisterio eclesial sobre los medios de comunicación social. Además, en las actuales circunstancias tan adversas por la que atraviesa la Iglesia católica, es de una gran audacia evangélica salir ante la opinión pública con este tipo de libro-entrevista.
Tenemos que congratularnos por el contenido y la forma de esta obra que enriquece el pensamiento cristiano e ilumina la problemática de la sociedad actual. Recomendamos vivamente su lectura y a través de ella, podremos conocer mejor la mente y el corazón de este “nuevo Padre de la Iglesia” que es Benedicto XVI.

Los católicos y los nazis El papel de la religión en el Tercer Reich

Los católicos y los nazis

El papel de la religión en el Tercer Reich

ROMA, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-  Se suele criticar a la Iglesia por no haber hecho lo suficiente para oponerse a Hitler. En su reciente viaje a Inglaterra y Escocia, Benedicto XVI tuvo la oportunidad de presentar la otra cara de la moneda, recordando la naturaleza antirreligiosa del régimen nazi.

“Recuerdo también la actitud del régimen hacia los pastores cristianos o los religiosos que proclamaron la verdad en el amor, se opusieron a los nazis y pagaron con sus vidas esta oposición”, decía en la audiencia con su Majestad la Reina en Edimburgo, Escocia.

La imagen que presentó el Papa de los nazis como ateos que quieren erradicar a Dios de la sociedad no fue fácilmente aceptada En una nota de prensa el 16 de septiembre, Andrew Copson, presidente de la British Humanist Society, negaba que el ateísmo de los nazis les llevara a ese comportamiento extremo.

Un libro publicado a principios de año vierte algo de luz sobre la cuestión de la religión y los nazis. En “Catholicism and the Roots of Nazism” (El Catolicismo y las Raíces del Nazismo) (Oxford University Press), Derek Hastings muestra cómo en los primeros años hubo de hecho un fuerte componente católico en el movimiento nazi. Afirma también que hubo grandes discrepancias entre la naturaleza del régimen nazi en el poder en los años treinta y cuarenta y el movimiento originario en Múnich en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

“A pesar de mantener una oportuna fachada conciliadora, hay pocas dudas de que el partido nazi exhibiera una gran antipatía hacia la Iglesia católica – y, en gran medida, hacia el cristianismo en general – durante la mayor parte del tiempo que duró el Tercer Reich”, comentaba Hastings.

Observaba que numerosos historiadores han sostenido que, después de que los nazis asumieran el poder en 1933, el partido pasó a convertirse en una especie de religión política y como una forma rival de devoción laica que se esforzó por suplantar la identidad católica y cristiana.

Remontándonos a Múnich

El partido nazi se fundó en 1919, en Múnich. En el periodo que va de 1919 hasta el fallido Putsch (golpe) de la Cervecería en Múnich en 1923, los nazis cortejaron abiertamente a los católicos. Su apertura al catolicismo permitió a los nazis ganar seguidores y destacar sobre otros movimientos populares. Como consecuencia del fracaso de 1923, que llevó a Hitler a prisión durante un breve periodo, el movimiento nazi se refundó en 1925 de un modo que dejó poco espacio para su orientación católica anterior.

Hastings explicaba que este nexo católico con los nazis durante los primeros años se debió a algunos factores locales no extensibles al resto de Alemania. El apoyo al Partido del Pueblo Bávaro (BVP) fue menor en Múnich y en la zona circundante de la alta Baviera que en cualquier otra zona católica del país. En su lugar se tendió a apoyar a movimientos populares con un sesgo más nacionalista.

Otro rasgo distintivo de los católicos de Múnich y de las zonas de los alrededores fue su hostilidad hacia lo que ellos veían como un excesivo ultramontanismo del BVP y de los obispos de la Iglesia. El movimiento ultramontano, explicaba Hastings, surgió en los siglos XVIII y XIX cuando los católicos de Europa cada vez miraban más hacia el Papa que residía “más allá de las montañas” (ultra montes).

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, hubo un movimiento reformista católico en la zona de los alrededores de Múnich que consistió en un impulso por una nueva forma de identidad religiosa que fuera leal a la Iglesia católica en el sentido espiritual, pero más abierta al curso político y cultural radicalmente nacionalista, observaba Hastings. Los nazis fueron capaces de aprovecharse de estas tendencias locales, combinadas con la desilusión general que siguió a la Primera Guerra Mundial, para convocar a los católicos en las etapas iniciales de su desarrollo.

Antes de 1923, los nazis habían logrado el apoyo de muchos miles de católicos en y cerca de Múnich, observaba Hastings. Al principio, el BVP ignoró al nuevo partido, probablemente con el deseo de evitar una mayor publicidad. A finales de 1922, viendo el creciente número de seguidores del partido nazi, el BVP decidió embarcarse en una campaña para hacer que los bávaros fueran conscientes de la peligrosa naturaleza de los nazis.

Esto no disuadió a los nazis a dejar de cortejar a los católicos y, según Hastings, en 1923 sus esfuerzos llegaron a su punto álgido. Aquel año pusieron en marcha una campaña de reclutamiento para atraer a los católicos a su partido. Sus esfuerzos tuvieron éxito, hasta el punto de que incluso numerosos sacerdotes católicos se implicaron.

En sus discursos de aquel entonces, Hitler se refería abiertamente a su fe católica y a la influencia que había tenido en su activismo político. En 1923, el periódico nazi, el Beobachter, comenzó a publicar incluso los horarios de las misas dominicales y a exhortar a sus lectores a cumplir con sus obligaciones religiosas.

Refundación

Sin embargo, esta cercanía entre los católicos y el partido nazi acabo de forma repentina, con el Putsch de la Cervecería de noviembre de aquel año. El intento de Hitler de hacerse con el control del estado bávaro acabó en rápido fracaso y el movimiento nazi entró en un periodo de división y declive, explicaba Hastings.

Esto coincidió con un aumento del anti catolicismo en otros movimientos populares en Múnich que también afectó a parte del partido nazi. Según Hastings, en este periodo muchos católicos abandonaron el partido nazi, y quienes se quedaron lo hicieron sacrificando su identidad católica. Los sacerdotes católicos que se habían unido al partido también lo abandonaron. De hecho, al finalizar 1923, la archidiócesis de Múnich-Freising les había prohibido asistir a las reuniones del partido nazi.

Una vez refundada, se invirtió la anterior orientación católica y en gran parte reemplazó el cristianismo con su propia serie de figuras de mártires sacadas del Putsch fallido. A partir de ese momento Hitler tampoco se volvió a presentar a sí mismo como un católico creyente o como un defensor del cristianismo, afirmaba Hastings.

Con el tiempo, el movimiento nazi llegó a ser cada vez más abiertamente anti católico hasta el punto en que los nazis se opusieron con fuerza al establecimiento de un concordato entre Baviera y el Vaticano. Se mostraron también abiertamente críticos con el nuncio papal, Mons. Eugenio Pacelli, el futuro Papa Pío XII. En las publicaciones nazis se atacaba con frecuencia a los obispos alemanes, especialmente al cardenal Michael von Faulhaber, que poco antes del Putsch de 1923 había hablado en defensa de los judíos.

Sobre el tema del antisemitismo nazi y la influencia de los católicos, Hastings observaba que en los primeros años el movimiento nazi se centró en las imágenes del Nuevo Testamento – como la expulsión de los cambistas del Templo por Cristo – en su propaganda. En esta etapa, no obstante, la ideología nazi no estaba todavía plenamente definida, y cuando adoptó una forma más definida en los años posteriores se convirtió en una forma más pura y abiertamente laica de antisemitismo.

En los primeros años treinta, tras las condenas eclesiásticas oficiales, Hastings sostenía que quedó más clara la mutua oposición de las visiones del mundo católicas y nazis.

En conclusión, Hastings afirmaba que, aunque es necesario reconocer el papel muy real jugado por el clero y el laicado católico en las primeras etapas del movimiento nazi, al mismo tiempo, no hay base para acusar al catolicismo, sea como institución o como sistema de ideas.

Además, la cohabitación entre las identidades nazi y católica despareció en lo que Hastings denominaba “el flujo de invectivas anticatólicas que lavó al fracturado movimiento como consecuencia del fallido golpe”.

Esta cohabitación fue una de las primeras víctimas de la ambición política cada vez más mesiánica de Hitler, señalaba Hastings. Lo que queda claro, tanto en Hastings como en otros, es que los horribles excesos del régimen nazi tuvieron lugar a pesar de, y no por motivo de, cualquier influencia católica.

Por John Flynn, traducción de Justo Amado

Un anuncio profético del Padre Amatulli

El Consejo Pontificio

para la Promoción de la Nueva Evangelización

UN ANUNCIO PROFÉTICO DEL PADRE AMATULLI

Lee con atención este relato:

Un reto:

La evangelización de los católicos

Un grupo de sacerdotes y seminaristas nos encontramos frente al televisor a la hora del noticiero. No se habla más que del huracán Emily, un acontecimiento que acapara todas las preocupaciones de las autoridades y del pueblo en general. Nosotros estamos particularmente preocupados por contar con apóstoles de la Palabra en los estados de Yucatán y Quintana Roo, los más afectados por el tremendo siniestro natural.

A un cierto momento aparece el Papa Benedicto XVI leyendo un documento. Se trata de unos cuantos segundos. El locutor explica que el Papa acaba de confiar al cardenal prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Católicos la encomienda de procurar con todos los medios posibles la evangelización de todo el pueblo católico.

La noticia cae como un rayo a cielo sereno.

–¿Evangelización de los católicos? –comenta un seminarista –. Sin duda, se tratará de un error. Seguramente se tratará de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, es decir de los paganos.

–Así son los locutores – añade otro –: cuando no entienden, componen.

–No es cierto. – intervengo –. Yo escuché muy bien. El Papa habló de la evangelización de los católicos.

–Imposible. Es que no existe esta Congregación – insiste el seminarista que tomó la palabra primero.

–Y ¿cuál es el problema? – replico –. Se ve que este Papa la acaba de instituir.

El día siguiente los periódicos aclaran que efectivamente se trata de la Congregación para la Evangelización de los Católicos, «una iniciativa del nuevo Papa que mira a ubicar la Iglesia Católica en el nuevo contexto histórico, que se ha ido perfilando a raíz de los cambios trascendentales que se han ido dando en los últimos decenios» (comentario de un analista de la sección religiosa).

En el fondo se trata de instrumentar una serie de estrategias que den consistencia a la iniciativa del Papa Juan Pablo II acerca de la Nueva Evangelización, «un grande proyecto que quedó en puras generalidades, sin nunca aterrizar en acciones concretas» (comentario de un profesor del seminario). Algunos no están de acuerdo con esta manera de ver las cosas. Es como si se quisiera rebajar la grande figura del Papa recién fallecido. Para otros la iniciativa de Benedicto XVI está totalmente en sintonía con la línea marcada por su predecesor, «al querer dar seguimiento a una de sus más grandes intuiciones» (comentario del Sr. Arzobispo).

Algo que me llama la atención en el documento pontificio es su extrema brevedad (apenas tres cuartillas) y la insistencia en la necesidad de poner como base del nuevo plan de pastoral «un exhaustivo análisis de nuestra realidad eclesial». Muchos ni se percatan de estos detalles. No faltan seminaristas y sacerdotes que se sienten totalmente decepcionados frente a un documento tan fuera de lo común, sea por el contenido que por la forma. Sin duda, se esperaban algo más acorde a su fama de grande teólogo.

¿Por qué decimos que se trata de un anuncio profético? Porque esto que acabamos de leer se escribió en julio-agosto de 2005 (como puede verse en la referencia que se hace al Huracán Emily) y se publicó en agosto de 2006 en el libro “Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia”, escrito por el P. Flaviano Amatulli Valente.

Pues bien, el 21 de septiembre de 2010 se publicó una carta apostólica de vital importancia.

Se trata del Motu Proprio Ubicumque et semper del Papa Benedicto XVI con el cual instituye el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. El presidente del nuevo dicasterio es el Arzobispo Rino Fisichella, mientras se espera ahora el nombramiento del secretario y el sub-secretario, así como también de los oficiales, miembros y consultores.

En el documento pontificio el Pontífice realiza un breve análisis del mundo actual en el cual identifica “el fenómeno del alejamiento de la fe, que se ha manifestado progresivamente en sociedades y culturas que desde hacía siglos parecían impregnadas por el Evangelio”. Continuando con sus observaciones, el Papa señala que “se ha verificado una preocupante pérdida del sentido de lo sagrado, llegando incluso a poner en cuestión esos fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador, y la común comprensión de las experiencias fundamentales del hombre como el nacer, el morir, el vivir en una familia, la referencia a una ley moral natural. Aunque todo ello ha sido saludado por algunos como una liberación, bien pronto se ha advertido el desierto interior que nace allí donde el hombre, queriendo ser el único artífice de su propia naturaleza y de su propio destino, se encuentra privado de lo que constituye el fundamento de todas las cosas”.

Luego de mencionar al Concilio Vaticano II, que “asumió entre las temáticas centrales la cuestión de la relación entre la Iglesia y este mundo contemporáneo”, Benedicto XVI recuerda también las intervenciones del Papa Pablo VI sobre la cuestión de la evangelización y, finalmente, al Venerable Juan Pablo II, que “hizo de esta comprometida tarea uno de los puntos cardinales de su vasto Magisterio, sintetizando en el concepto de «nueva evangelización» la tarea que espera a la Iglesia hoy, en particular en las regiones de antigua cristianización”. Llegado a ese punto, el Papa Ratzinger afirma que, haciéndose cargo de las preocupaciones de sus Predecesores, considera oportuno “ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un empuje misionero capaz de promover una nueva evangelización”.

¿A quién debe dirigirse esta «nueva evangelización»? El Papa distingue tres diferentes realidades presentes en las Iglesias de antiguas fundación: algunas, en efecto, aún cuando el proceso de secularización avanza, mantienen una práctica cristiana de buena vitalidad y un profundo arraigo en el alma de poblaciones enteras; otras, en cambio, experimentan una clara toma de distancia de la sociedad entera hacia la fe, con un tejido eclesial más débil, aunque con elementos de vivacidad; otras, finalmente, son zonas que parecen completamente descristianizadas, en las que la luz de la fe se confía al testimonio de comunidades pequeñas en tierra que parecen ser particularmente refractarias a muchos aspectos del mensaje cristiano.

Es a la luz de estas reflexiones, presentes desde hace mucho tiempo en Joseph Ratzinger, que el Papa decide instituir este nuevo Pontificio Consejo, el cual “persigue su propia finalidad tanto estimulando la reflexión sobre los temas de la nueva evangelización, como individuando y promoviendo las formas y los instrumentos adecuados para realizarla”.

Las tareas señaladas por Benedicto XVI al nuevo dicasterio son:

1. profundizar el significado teológico y pastoral de la nueva evangelización;

2. promover y favorecer, en estrecha colaboración con las Conferencias episcopales interesadas, que podrán tener un organismo ad hoc, el estudio, la difusión y la puesta en práctica del Magisterio pontificio relativo a las temáticas relacionadas con la nueva evangelización;

3. dar a conocer y sostener iniciativas relacionadas con la nueva evangelización organizadas en las diversas Iglesias particulares y promover la realización de otras nuevas, involucrando también activamente las fuerzas presentes en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica, así como en las agregaciones de fieles y en las nuevas comunidades;

4. estudiar y favorecer el uso de las formas modernas de comunicación, como instrumentos para la nueva evangelización;

5. promover el uso del Catecismo de la Iglesia católica, como formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo.

El Arzobispo Fisichella, en la conferencia de prensa en la que presentó el documento pontificio, explicó que “debemos evitar que «nueva evangelización» resuene como una fórmula abstracta. Debemos llenarla de contenidos teológicos y pastorales y lo haremos basándonos en el magisterio de estas últimas décadas”. Además, recordó que “en el 2012 se celebrará el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica”, “uno de los frutos más maduros de las indicaciones conciliares”. El Catecismo, explicó Mons. Fisichella, “recoge de modo orgánico el entero patrimonio del desarrollo del dogma y representa el instrumento más completo para transmitir la fe de siempre frente a los constantes cambios e interrogantes que el mundo plantea a los creyentes”.

“En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”, decía el Papa en su Carta a los obispos sobre el levantamiento de las excomuniones a los obispos ordenados por Mons. Lefebvre y también durante su visita al Santuario de  Fátima en mayo de este año. Y todo parece indicar que, también con esta nueva medida, Benedicto XVI busca ofrecer otro elemento que ayude a ocuparse de esta prioridad.

He aquí el documento completo.

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE «MOTU PROPRIO»

UBICUMQUE ET SEMPER

DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI

CON LA CUAL SE INSTITUYE EL CONSEJO PONTIFICIO

PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

La Iglesia tiene el deber de anunciar siempre y en todas partes el Evangelio de Jesucristo. Él, el primer y supremo evangelizador, en el día de su ascensión al Padre, ordenó a los Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20). Fiel a este mandamiento, la Iglesia, pueblo adquirido por Dios para que proclame sus obras admirables (cf. 1 P 2, 9), desde el día de Pentecostés, en el que recibió como don el Espíritu Santo (cf. Hch 2, 1-4), nunca se ha cansado de dar a conocer a todo el mundo la belleza del Evangelio, anunciando a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el mismo «ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8), que con su muerte y resurrección realizó la salvación, cumpliendo la antigua promesa. Por tanto, para la Iglesia la misión evangelizadora, continuación de la obra que quiso Jesús nuestro Señor, es necesaria e insustituible, expresión de su misma naturaleza.

Esta misión ha asumido en la historia formas y modalidades siempre nuevas según los lugares, las situaciones y los momentos históricos. En nuestro tiempo, uno de sus rasgos singulares ha sido afrontar el fenómeno del alejamiento de la fe, que se ha ido manifestando progresivamente en sociedades y culturas que desde hace siglos estaban impregnadas del Evangelio. Las transformaciones sociales a las que hemos asistido en las últimas décadas tienen causas complejas, que hunden sus raíces en tiempos lejanos, y han modificado profundamente la percepción de nuestro mundo. Pensemos en los gigantescos avances de la ciencia y de la técnica, en la ampliación de las posibilidades de vida y de los espacios de libertad individual, en los profundos cambios en campo económico, en el proceso de mezcla de etnias y culturas causado por fenómenos migratorios de masas, y en la creciente interdependencia entre los pueblos. Todo esto ha tenido consecuencias también para la dimensión religiosa de la vida del hombre. Y si, por un lado, la humanidad ha conocido beneficios innegables de esas transformaciones y la Iglesia ha recibido ulteriores estímulos para dar razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), por otro, se ha verificado una pérdida preocupante del sentido de lo sagrado, que incluso ha llegado a poner en tela de juicio los fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador y la comprensión común de las experiencias fundamentales del hombre como nacer, morir, vivir en una familia, y la referencia a una ley moral natural.

Aunque algunos hayan acogido todo ello como una liberación, muy pronto nos hemos dado cuenta del desierto interior que nace donde el hombre, al querer ser el único artífice de su naturaleza y de su destino, se ve privado de lo que constituye el fundamento de todas las cosas.

Ya el concilio ecuménico Vaticano II incluyó entre sus temas centrales la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. Siguiendo las enseñanzas conciliares, mis predecesores reflexionaron ulteriormente sobre la necesidad de encontrar formas adecuadas para que nuestros contemporáneos sigan escuchando la Palabra viva y eterna del Señor.

El siervo de Dios Pablo VI observaba con clarividencia que el compromiso de la evangelización «se está volviendo cada vez más necesario, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en nuestros días, para gran número de personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida cristiana; para las gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la enseñanza que recibieron en su infancia, y para otros muchos» (Evangelii nuntiandi, 52). Y, con el pensamiento dirigido a los que se han alejado de la fe, añadía que la acción evangelizadora de la Iglesia «debe buscar constantemente los medios y el lenguaje adecuados para proponerles o volverles a proponer la revelación de Dios y la fe en Jesucristo» (ib., n. 56). El venerable siervo de Dios Juan Pablo II puso esta ardua tarea como uno de los ejes su vasto magisterio, sintetizando en el concepto de «nueva evangelización», que él profundizó sistemáticamente en numerosas intervenciones, la tarea que espera a la Iglesia hoy, especialmente en las regiones de antigua cristianización. Una tarea que, aunque concierne directamente a su modo de relacionarse con el exterior, presupone, primero de todo, una constante renovación en su seno, un continuo pasar, por decirlo así, de evangelizada a evangelizadora. Baste recordar lo que se afirmaba en la exhortación postsinodal Christifideles laici: «Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del laicismo y del ateísmo. Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado primer mundo, en el que el bienestar económico y el consumismo —si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria— inspiran y sostienen una existencia vivida “como si Dios no existiera”. Ahora bien, el indiferentismo religioso y la total irrelevancia práctica de Dios para resolver los problemas, incluso graves, de la vida, no son menos preocupantes y desoladores que el ateísmo declarado. Y también la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y rituales— tiende a ser erradicada de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir. (…) En cambio, en otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad. Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la trabazón cristiana de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones» (n. 34).

Por tanto, haciéndome cargo de la preocupación de mis venerados predecesores, considero oportuno dar respuestas adecuadas para que toda la Iglesia, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover una nueva evangelización. Esta se refiere sobre todo a las Iglesias de antigua fundación, que viven realidades bastante diferenciadas, a las que corresponden necesidades distintas, que esperan impulsos de evangelización diferentes: en algunos territorios, en efecto, aunque avanza el fenómeno de la secularización, la práctica cristiana manifiesta todavía una buena vitalidad y un profundo arraigo en el alma de poblaciones enteras; en otras regiones, en cambio, se nota un distanciamiento más claro de la sociedad en su conjunto respecto de la fe, con un entramado eclesial más débil, aunque no privado de elementos de vivacidad, que el Espíritu Santo no deja de suscitar; también existen, lamentablemente, zonas casi completamente descristianizadas, en las cuales la luz de la fe está confiada al testimonio de pequeñas comunidades: estas tierras, que necesitarían un renovado primer anuncio del Evangelio, parecen particularmente refractarias a muchos aspectos del mensaje cristiano.

La diversidad de las situaciones exige un atento discernimiento; hablar de «nueva evangelización» no significa tener que elaborar una única fórmula igual para todas las circunstancias. Y, sin embargo, no es difícil percatarse de que lo que necesitan todas las Iglesias que viven en territorios tradicionalmente cristianos es un renovado impulso misionero, expresión de una nueva y generosa apertura al don de la gracia. De hecho, no podemos olvidar que la primera tarea será siempre ser dóciles a la obra gratuita del Espíritu del Resucitado, que acompaña a cuantos son portadores del Evangelio y abre el corazón de quienes escuchan. Para proclamar de modo fecundo la Palabra del Evangelio se requiere ante todo hacer una experiencia profunda de Dios.

Como afirmé en mi primer encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1). De forma análoga, en la raíz de toda evangelización no hay un proyecto humano de expansión, sino el deseo de compartir el don inestimable que Dios ha querido darnos, haciéndonos partícipes de su propia vida.

Por tanto, a la luz de estas reflexiones, después de haber examinado con esmero cada aspecto y haber solicitado el parecer de personas expertas, establezco y decreto lo siguiente:

Art. 1

§ 1. Se constituye el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, como dicasterio de la Curia romana, de acuerdo con la constitución apostólica Pastor bonus.

§ 2. El Consejo persigue su finalidad tanto estimulando la reflexión sobre los temas de la nueva evangelización, como descubriendo y promoviendo las formas y los instrumentos adecuados para realizarla.

Art. 2

La actividad del Consejo, que se lleva a cabo en colaboración con los demás dicasterios y organismos de la Curia romana, respetando las relativas competencias, está al servicio de las Iglesias particulares, especialmente en los territorios de tradición cristiana donde se manifiesta con mayor evidencia el fenómeno de la secularización.

Art. 3

Entre las tareas específicas del Consejo se señalan:

1. profundizar el significado teológico y pastoral de la nueva evangelización;

2. promover y favorecer, en estrecha colaboración con las Conferencias episcopales interesadas, que podrán tener un organismo ad hoc, el estudio, la difusión y la puesta en práctica del Magisterio pontificio relativo a las temáticas relacionadas con la nueva evangelización;

3. dar a conocer y sostener iniciativas relacionadas con la nueva evangelización organizadas en las diversas Iglesias particulares y promover la realización de otras nuevas, involucrando también activamente las fuerzas presentes en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica, así como en las agregaciones de fieles y en las nuevas comunidades;

4. estudiar y favorecer el uso de las formas modernas de comunicación, como instrumentos para la nueva evangelización;

5. promover el uso del Catecismo de la Iglesia católica, como formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo.

Art. 4

§ 1. Dirige el Consejo un arzobispo presidente, con la ayuda de un secretario, un subsecretario y un número conveniente de oficiales, según las normas establecidas por la constitución apostólica Pastor bonus y el Reglamento general de la Curia romana.

§ 2. El Consejo tiene miembros propios y puede disponer de consultores propios.

Ordeno que todo lo que se ha deliberado con el presente Motu proprio tenga valor pleno y estable, a pesar de cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y establezco que se promulgue mediante la publicación en el periódico «L’Osservatore Romano» y que entre en vigor el día de la promulgación.

Castelgandolfo, 21 de septiembre de 2010, fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista, año sexto de mi pontificado.

BENEDICTUS PP. XVI


Reflexiones sobre Verbum Domini. I

La proliferación de sectas

en el nuevo documento del Papa Benedicto XVI

De forma breve, pero sustanciosa, Verbum Domini, el nuevo documento pontificio, aborda el problema pastoral de la proliferación de sectas.

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

La Biblia,

corazón de la actividad eclesial

El 11 de noviembre de 2010 la Santa Sede presentó un nuevo documento pontificio. Se trata de la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El documento es fruto de los trabajos del Sínodo sobre la Palabra de Dios, que se celebró en la Ciudad del Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008.

El objetivo de la exhortación, según el Santo Padre, es “indicar algunas líneas fundamentales para revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial” (Verbum Domini, 1).

Las sectas,

un problema pastoral

Pues bien, uno de los problemas pastorales puestos de relieve en la magna Asamblea sinodal fue el de la proliferación de sectas (Verbum Domini, 73).

¿Por qué representan un problema pastoral? La Asamblea sinodal, de cuyos trabajos emanó la exhortación apostólica, parece señalar que se debe a su proselitismo sistemático “en diferentes continentes” y la instrumentalización que hacen de la Biblia.

En efecto, en el Instrumentum laboris se señalaba que se debe prestar una especial atención “a las numerosas sectas, que actúan en diferentes continentes y se sirven de la Biblia para alcanzar objetivos desviados con métodos extraños a la Iglesia” (Instrumentum laboris, 56).

Más aún, se menciona a los grupos proselitistas entre las “dificultades que impiden el camino en el anuncio del Evangelio”, puesto que “impiden una correcta interpretación de la Biblia” (Instrumentum laboris, 43).

Y es que, señala el Sucesor de Pedro, estos grupos “difunden una lectura distorsionada e instrumental de la Sagrada Escritura” (Verbum Domini, 73).

La pureza de la fe

Ante esta realidad, una pregunta que se planteó en el Sínodo fue la siguiente: “¿Qué procedimientos pueden ser usados para sostener a la comunidad cristiana frente a las sectas?” (Lineamenta, Preguntas: Capítulo III).

Nótese la finalidad de estos procedimientos: deben ayudar a “sostener” a la comunidad cristiana frente al embate de los grupos proselitistas.

La respuesta, breve, pero significativa, de los Lineamenta señala que se debe prestar mayor atención “a la pureza de la Palabra de Dios, auténticamente interpretada por el Magisterio, frente a las numerosas sectas que usan la Biblia para otras finalidades con métodos ajenos a la Iglesia” (Lineamenta, 31).

Esta es precisamente la finalidad de la Nueva Apologética: poner al alcance de todos los fieles católicos la interpretación auténtica que de la Biblia hace el Magisterio de la Iglesia, puesto que los primeros destinatarios de la Nueva Apologética son, precisamente los católicos, particularmente los más alejados. En un segundo momento, la Nueva Apologética busca dialogar con los hermanos separados, que en su mayoría son excatólicos, para presentarles la interpretación auténtica de los pasajes bíblicos que les llevaron a abandonar la Iglesia.

La animación bíblica

de toda la pastoral

Se trata de la respuesta adecuada a este problema eminentemente pastoral, puesto que “allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia, en el marco de su Tradición viva, se deja de hecho un vacío pastoral, en el que realidades como las sectas pueden encontrar terreno donde echar raíces” (Verbum Domini, 73).

De hecho el Santo Padre es enfático, puesto que añade el adverbio “toda”, llegando a pedir la animación bíblica de toda la pastoral (Cfr. Verbum Domini, 73).

Esta animación bíblica de toda la pastoral no implica solamente añadir “algún encuentro en la parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra” (Verbum Domini, 73).

Como puede verse, la propuesta del Sínodo está en plena consonancia con la propuesta del padre Amatulli, resumida en el lema “Biblia para todo y Biblia para todos; todo con la Biblia y nada sin la Biblia”. Pues bien, ¿cuáles son las “actividades habituales” de la vida eclesial? La santa Misa, la homilía, la catequesis, los encuentros de oración, los congresos, los retiros espirituales, las prácticas de piedad (rosario, vía crucis, hora santa, etc.), el pastoreo, la evangelización, las fiestas patronales, las reuniones de los movimientos apostólicos, etc.

¿Quiénes están llamados a ser los protagonistas y destinatarios de esta noble tarea? Toda la comunidad eclesial, de manera tal que “es necesario dotar de una preparación adecuada a los sacerdotes y laicos para que puedan instruir al Pueblo de Dios en el conocimiento auténtico de las Escrituras” (Verbum Domini, 73).

Vamos por buen camino

Como puede notarse, la labor que hacemos los Apóstoles de la Palabra y la propuesta que hacemos en el campo bíblico, apologético y catequético está en plena consonancia con lo que nos presentan el Santo Padre y los Padres sinodales. Adelante, pues, con mayor entusiasmo y una convicción más profunda.

Discurso del Papa a los participantes en el Simposio sobre Erik Peterson

Discurso del Papa a los participantes en el Simposio sobre Erik Peterson

Audiencia el pasado lunes 25 de octubre

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 27 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció el pasado lunes, al recibir a los participantes en el Simposio Internacional sobre Erik Peterson.
* * * * *
Eminencias,
queridos hermanos en el sacerdocio,
gentiles Señoras y Señores,
queridos amigos,

con gran alegría os saludo a todos vosotros que habéis venid aquí a Roma con ocasión del Simposio internacional sobre Erik Peterson. En particular le doy las gracias a usted, querido cardenal Lehmann, por las cordiales palabras con que ha introducido nuestro encuentro.
Como Usted ha afirmado, esta año se celebran los 120 años del nacimiento en Hamburgo de este ilustre teólogo; y, casi en este mismo día, el 26 de octubre de 1960, Erik Peterson moría, siempre en su ciudad natal de Hamburgo. Él vivió aquí en Roma, con su familia, durante algunos periodos a partir de 1930 y después se estableció en ella desde 1933: primero en el Aventino, cerca de San Anselmo, y, sucesivamente, en las cercanías del Vaticano, en una casa frente a la Puerta de Santa Ana. Por esto, es para mí una alegría particular poder saludar a la familia Peterson presente entre nosotros, los estimados hijos e hijas con sus respectivas familias. En 1990, junto con el cardenal Lehmann, pude entregar a vuestra madre, en vuestro apartamento, con ocasión de su 80° cumpleaños, un autógrafo con la imagen del papa Juan Pablo II, y recuerdo de buen grado este encuentro con vosotros.
“No tenemos aquí una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura” (Hb 13,14). Esta cita de la Carta a los Hebreos se podría poner como lema de la vida de Erik Peterson. En realidad, él no encontró un verdadero lugar en toda su vida, donde poder obtener reconocimiento y morada estable. El inicio de su actividad científica cayó en un periodo de revueltas en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial. La monarquía había caído. El orden civil parecía estar en riesgo ante los disturbios políticos y sociales. Esto se reflejaba también en el ámbito religioso, y, de forma particular, en el protestantismo alemán. La teología liberal hasta ahora predominante, con el propio optimismo del progreso, había entrado en crisis y dejaba espacio a nuevas líneas teológicas enfrentadas entre sí. La situación contemporánea planteaba un problema existencial al joven Peterson. Con interés tanto histórico como teológico, él había ya elegido la materia de sus estudios, como afirma, según la perspectiva de que “cuando nos quedamos solos con la historia humana, nos encontramos ante un enigma sin sentido” (Eintrag in das Bonner „Album Professorum” 1926/27, Ausgewählte Schriften, Sonderband S. 111). Peterson, lo cito de nuevo, decidió “trabajar en el campo histórico y afrontar especialmente problemas de historia de las religiones”, porque en la teología evangélica de entonces, no conseguía “hacerse camino, entre el cúmulo de opiniones, hasta las cosas en sí mismas” (ibid.). En este camino llegó cada vez más a la certeza de que no hay ninguna historia separada de Dios y de que en esta historia la Iglesia tiene un lugar especial y encuentra su significado. Cito de nuevo: “Que la Iglesia existe y que está constituida de un modo del todo particular, depende estrechamente del hecho que (…) hay una determinada historia específicamente teológica” (Vorlesung „Geschichte der Alten Kirche” Bonn 1928, Ausgewählte Schriften, Sonderband S.88). La Iglesia recibe de Dios el mandato de conducir a los hombres desde su existencia limitada y aislada a una comunión universal, de lo natural a lo sobrenatural, de la fugacidad al final de los tiempos. En su obra sobre los ángeles afirma al respecto: “El camino de la Iglesia conduce de la Jerusalén terrestre a la celeste, (…) a la ciudad de los ángeles y de los santos” (Buch von den Engeln, Einleitung).
El punto de partida de este camino es el carácter vinculante de la Sagrada Escritura. Según Peterson, la Sagrada Escritura se convierte y es vinculante no en cuanto tal, ella no está solo en sí misma, sino en la hermenéutica de la Tradición apostólica, que, a su vez, se concreta en la sucesión apostólica y así la Iglesia mantiene la Escritura en una actualidad viva y al mismo tiempo la interpreta. A través de los obispos, que se encuentran en la sucesión apostólica, el testimonio de la Escritura permanece vivo en la Iglesia y constituye el fundamento para las convicciones de fe permanentemente válidas de la Iglesia, que encontramos ante todo en el credo y en el dogma. Estas convicciones se despliegan continuamente en la liturgia como espacio vivido de la Iglesia para la alabanza de Dios. El Oficio divino celebrado en la tierra se encuentra, por tanto, en una relación indisoluble con la Jerusalén celeste: allí se ofrece a Dios y al Cordero el verdadero y eterno sacrificio de alabanza, del que la celebración terrena es solo la imagen. Quien participa en la Santa Misa se detiene casi en el umbral de la esfera celeste, desde la cual contempla el culto que se realiza entre los Ángeles y los Santos. En cualquier lugar en el que la Iglesia terrestre entona su alabanza eucarística, esta se une a la festiva asamblea celeste, en la cual, en los santos, ya ha llegado una parte de sí misma, y da esperanza a cuantos están aún en camino en esta tierra hacia el cumplimiento eterno.
Quizás este es el punto, en el que debo insertar una reflexión personal. Descubrí por primera vez la figura de Erik Peterson en 1951. Entonces yo era capellán en Bogenhausen y el director de la casa editorial local Kösel, el señor Wild, me dio el volumen, apenas publicado, Theologische Traktate (Tratados teológicos). Lo leí con curiosidad creciente y me dejé verdaderamente apasionar por este libro, porque allí estaba la teología que buscaba: una teología, que emplea toda la seriedad histórica para comprender y estudiar los textos, analizándolos con toda la seriedad de la investigación histórica, y que no les deja quedarse en el pasado, sino que, en su investigación, participa en la autosuperación de la letra, entra en esta autosuperación y se deja conducir por ella y así entra en contacto con Aquel del que proviene la propia teología: con el Dios vivo. Y así el hiato entre el pasado, que la filología analiza, y el hoy, es superado es superado por sí mismo, porque la palabra conduce al encuentro con la realidad, y la actualidad entera de lo que está escrito, que se trasciende a sí misma hacia la realidad, se convierte en viva y operante. Así, de él aprendí, de la forma más esencial y profunda, qué es realmente la teología y llegué a sentir incluso admiración, porque aquí no dice sólo lo que piensa, sino que este libro es expresión de un camino que era la pasión de su vida.
Paradójicamente, precisamente el intercambio de cartas con Harnack expresa al máximo la imprevista atención que Peterson estaba recibiendo. Harnack confirmó, es más, había escrito ya con precedencia e independencia, que el principio formal católico según el cual “la Escritura vive en la Tradición y la Tradición viven en la forma viviente de la Sucesión”, es el principio originario y objetivo, y que el sola Scriptura no funciona. Peterson asumió esta afirmación del teólogo liberal en toda su seriedad y se dejó sacudir, turbar, doblar, transformar por ella, y así encontró el camino a la conversión. Y con ello realizó verdaderamente un paso como Abraham, según cuanto hemos escuchado al inicio de la Carta a los Hebreos: “No tenemos aquí una ciudad permanente”. Él pasó de la seguridad de una cátedra a la incertidumbre, sin morada, y se quedó durante toda su vida privado de una base segura y sin una patria cierta, verdaderamente en camino con la fe y por la fe, en la confianza de que en este estar en camino sin morada, estaba en casa de otra manera y se acercaba cada vez más a la liturgia celeste, que le había impresionado.
Por todo esto se comprende que muchos pensamientos y escritos de Peterson quedaron fragmentarios a causa de la situación precaria de su vida, tras la pérdida de la enseñanza, a raíz de su conversión. Pero aún debiendo vivir sin la seguridad de un sueldo fijo, se casó aquí en Roma y constituyó una familia. Con ello expresó de modo concreto su convicción interior de que nosotros, aunque extranjeros – y él lo era de modo particular – encontramos un apoyo en la comunión del amor, y que en el amor mismo hay algo que dura por la eternidad. Él vivió este ser extranjero del cristiano. Se había convertido en extranjero en la teología evangélica y permaneció extranjero también en la teología católica, como era entonces. Hoy sabemos que pertenece a ambas, que ambas deben aprender de él todo el drama, el realismo y la exigencia existencial y humana de la teología. Erik Peterson, como ha afirmado el cardenal Lehmann, fue ciertamente apreciado y amado por muchos, un autor recomendado en un círculo restringido, pero no recibió el reconocimiento científico que habría merecido; habría sido, de alguna forma, demasiado pronto. Como he dicho, él era aquí y allí [en la teología católica y en la evangélica] un extranjero. Por tanto, no se podrá alabar bastante al cardenal Lehmann por haber tomado la iniciativa de publicar las obras de Peterson en una magnífica edición completa, y a la señora Nichtweiß, a la que ha confiado esta tarea, que ella lleva a cabo con competencia admirable. Así la atención que se le dirige a través de esta edición es más que justa, considerando que ahora varias obras han sido traducidas en italiano, francés, español, inglés, húngaro e incluso en chino. Auguro que con esto se difunda ulteriormente el pensamiento de Peterson, que no se queda en los detalles, sino que tiene siempre una visión del conjunto de la teología.
Doy las gracias de corazón a todos los presentes por haber venido. Mi agradecimiento particular a los organizadores de este Simposio, sobre todo al cardenal Farina, el patrono de este acontecimiento, y al doctor Giancarlo Caronello. De corazón dirijo mis mejores augurios para una discusión interesante y estimulante en el espíritu de Erik Peterson. Espero abundantes frutos de este Congreso, e imparto a todos vosotros y a cuantos lleváis en el corazón la Bendición Apostólica.