Viviendo el Adviento con Benedicto XVI

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Primer domingo de Adviento

27 de noviembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo comienza el Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero está siempre bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: “Nacido de mujer, nacido bajo la ley”, como escribe el apóstol san Pablo (Ga 4, 4).

El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: “Velad -dice Jesús-: pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa” (Mc 13, 35. 37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su “manifestación”, y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren “irreprensibles” (cf. 1 Co 1, 7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84, 8).

Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado “Tierra nueva y cielo nuevo”. En él se lee: “La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5, 2; 2 P 3, 13). (…) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra”. En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Domingo 4 de diciembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

En este tiempo de Adviento la comunidad eclesial, mientras se prepara para celebrar el gran misterio de la Encarnación, está invitada a redescubrir y profundizar su relación personal con Dios.

La palabra latina “adventus” se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción.

La Virgen, que permaneció a la escucha, siempre dispuesta a cumplir la voluntad del Señor, es ejemplo para el creyente que vive buscando a Dios. A este tema, así como a la relación entre verdad y libertad, el concilio Vaticano II dedicó una reflexión atenta. En particular, los padres conciliares aprobaron, hace exactamente cuarenta años, una Declaración concerniente a la cuestión de la libertad religiosa, es decir, al derecho de las personas y de las comunidades a poder buscar la verdad y profesar libremente su fe. Las primeras palabras, que dan el título a este documento, son “Dignitatis humanae”: la libertad religiosa deriva de la singular dignidad del hombre que, entre todas las criaturas de esta tierra, es la única capaz de entablar una relación libre y consciente con su Creador. “Todos los hombres —dice el Concilio—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y voluntad libre, (…) se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa” (Dignitatis humanae, 2).

El Vaticano II reafirma así la doctrina católica tradicional, según la cual el hombre, en cuanto criatura espiritual, puede conocer la verdad y, por tanto, tiene el deber y el derecho de buscarla (cf. ib., 3). Puesto este fundamento, el Concilio insiste ampliamente en la libertad religiosa, que debe garantizarse tanto a las personas como a las comunidades, respetando las legítimas exigencias del orden público. Y esta enseñanza conciliar, después de cuarenta años, sigue siendo de gran actualidad. En efecto, la libertad religiosa está lejos de ser asegurada efectivamente por doquier: en algunos casos se la niega por motivos religiosos o ideológicos; otras veces, aunque se la reconoce teóricamente, es obstaculizada de hecho por el poder político o, de manera más solapada, por el predominio cultural del agnosticismo y del relativismo.

Oremos para que todos los hombres puedan realizar plenamente la vocación religiosa que llevan inscrita en su ser. Que María nos ayude a reconocer en el rostro del Niño de Belén, concebido en su seno virginal, al divino Redentor, que vino al mundo para revelarnos el rostro auténtico de Dios.

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Jueves 8 de diciembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Es un día de intenso gozo espiritual, en el que contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el sumo poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito y, en previsión de la muerte de él, la preservó de toda mancha de pecado (cf. Oración colecta).

Así, en la Madre de Cristo y Madre nuestra se realizó perfectamente la vocación de todo ser humano. Como recuerda el Apóstol, todos los hombres están llamados a ser santos e inmaculados ante Dios por el amor (cf. Ef 1, 4). Al mirar a la Virgen, se aviva en nosotros, sus hijos, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, que es fuente de alegría.

Hoy mi pensamiento va al 8 de diciembre de 1965, cuando el siervo de Dios Pablo VI clausuró solemnemente el concilio ecuménico Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, que el beato Juan XXIII había iniciado tres años antes. En medio del júbilo de numerosos fieles reunidos en la plaza de San Pedro, Pablo VI encomendó la aplicación de los documentos conciliares a la Virgen María, invocándola con el dulce título de Madre de la Iglesia.

Al presidir esta mañana una solemne celebración eucarística en la basílica vaticana, he querido dar gracias a Dios por el don del concilio Vaticano II. Asimismo, he querido rendir homenaje a María santísima por haber acompañado estos cuarenta años de vida eclesial, llenos de tantos acontecimientos. De modo especial María ha velado con maternal solicitud sobre el pontificado de mis venerados predecesores, cada uno de los cuales, con gran prudencia pastoral, ha guiado la barca de Pedro por la ruta de la auténtica renovación conciliar, trabajando sin cesar por la fiel interpretación y aplicación del concilio Vaticano II.

Queridos hermanos y hermanas, para coronar esta jornada, dedicada totalmente a la Virgen santísima, siguiendo una antigua tradición, esta tarde acudiré a la plaza de España, al pie de la estatua de la Inmaculada. Os pido que os unáis espiritualmente a mí en esta peregrinación, que quiere ser un acto de devoción filial a María, para consagrarle la amada ciudad de Roma, la Iglesia y la humanidad entera.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Domingo 11 de diciembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

Después de celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, entramos en estos días en el sugestivo clima de la preparación próxima para la santa Navidad, y aquí ya vemos erigido el árbol. En la actual sociedad de consumo, este período sufre, por desgracia, una especie de “contaminación” comercial, que corre el peligro de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad y una alegría no exterior sino íntima.

Por tanto, es providencial que la fiesta de la Madre de Jesús se encuentre casi como puerta de entrada a la Navidad, puesto que ella mejor que nadie puede guiarnos a conocer, amar y adorar al Hijo de Dios hecho hombre. Así pues, dejemos que ella nos acompañe; que sus sentimientos nos animen, para que nos preparemos con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en el Niño de Belén al Hijo de Dios que vino a la tierra para nuestra redención. Caminemos juntamente con ella en la oración, y acojamos la repetida invitación que la liturgia de Adviento nos dirige a permanecer a la espera, una espera vigilante y alegre, porque el Señor no tardará: viene a librar a su pueblo del pecado.

En muchas familias, siguiendo una hermosa y consolidada tradición, inmediatamente después de la fiesta de la Inmaculada se comienza a montar el belén, para revivir juntamente con María los días llenos de conmoción que precedieron al nacimiento de Jesús. Construir el belén en casa puede ser un modo sencillo, pero eficaz, de presentar la fe para transmitirla a los hijos.

El belén nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios, que se reveló en la pobreza y en la sencillez de la cueva de Belén. San Francisco de Asís quedó tan prendado del misterio de la Encarnación, que quiso reproducirlo en Greccio con un belén viviente; de este modo inició una larga tradición popular que aún hoy conserva su valor para la evangelización.

En efecto, el belén puede ayudarnos a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, el cual “siendo rico, se hizo pobre” (2 Co 8, 9) por nosotros. Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a los que, como los pastores de Belén, acogen las palabras del ángel: “Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12). Esta sigue siendo la señal, también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad.

Como hacía el amado Juan Pablo II, dentro de poco también yo bendeciré las estatuillas del Niño Jesús que los muchachos de Roma colocarán en el belén de su casa. Con este gesto de bendición quisiera invocar la ayuda del Señor a fin de que todas las familias cristianas se preparen para celebrar con fe las próximas fiestas navideñas. Que María nos ayude a entrar en el verdadero espíritu de la Navidad.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Domingo 18 de diciembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

En estos últimos días del Adviento, la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José, que vivieron con intensidad única el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús. Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. En la página evangélica de hoy san Lucas presenta a la Virgen María como “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Sin embargo, es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como “hijo de David”.

Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre “justo” (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, “Custodio del Redentor”. Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su “padre” José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la “justicia superior”, que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20). Dejémonos “contagiar” por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior, para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.


 

El drama del humanismo ateo

El drama del humanismo ateo

DOSTOIEVSKI, EL PROFETA DE LA OTRA VIDA

Un imponente testimonio a favor de la fe

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

El P. Henri de Lubac nos presenta en El drama del humanismo ateo una radiografía del ateísmo, de los humanismos que ha suscitado y el drama que constituye para el espíritu humano, con la intención de llevarnos a una toma de conciencia de la situación espiritual del mundo en que vivimos.

A lo largo de la obra nos presenta las características del ateísmo contemporáneo, particularmente del humanismo positivista (Comte), el humanismo marxista y el humanismo nietzscheano, las tres formas más difundidas e influyentes del humanismo a lo largo de los siglos XIX y XX, pero con repercusiones palpables en nuestro siglo XXI.

De Lubac señala que el ateísmo contemporáneo es más bien un antiteísmo, un profundo anticristianismo, cuyo fundamento común es la negación de Dios y cuyo objetivo principal sería la aniquilación de la persona humana.

Pues bien, en la tercera parte de esta obra De Lubac nos presenta una figura excepcional: Dostoievski, considerado como un genio inquieto, un psicólogo que arroja luz sobre nuestra naturaleza y sondea intensamente las regiones más profundas del espíritu humano, y un profeta que anuncia el triunfo de Dios en el corazón humano y anticipa nuevas formas de pensamiento y de vida interior.

De hecho, esta tercera parte se intitula Dostoievski profeta. Así habla De Lubac de Dostoievski en el prólogo a su obra: “No había muerto aún Marx, ni Nietzsche había escrito el más brillantes de sus libros, cuando otro hombre, genio inquieto también, pero más profeta, anunciaba, con fulgores extraños, la victoria de Dios en el alma humana, su eterna resurrección”.

Dostoievski es un novelista, pero descubre que el hombre no puede organizar la tierra sin Dios; cuando lo intenta, no hace más que organizarla contra el hombre, como se ha visto especialmente a lo largo del convulso siglo XX, pero que él anticipó de manera sorprendente.

La comparación con Nietzsche

Una comparación parece obligada: la comparación con Nietzsche, a quien Lou Salomé ha descrito no sólo como el profeta de la muerte de Dios, el enemigo de Dios, sino también como el profeta de la humanidad sin prójimo. Ambos son actores privilegiados de este drama que se juega en la conciencia humana: a favor de Dios o contra Dios.

De Lubac nos informa que Nietzsche conoce la obra de Dostoievski en 1887 y el impacto tan profundo que representó para él este encuentro por la afinidad y la alegría que experimentó al leerlo por primera vez; sin embargo, el entusiasmo original se fue enfriando con el tiempo y se transformó en repulsión violenta.

De Lubac los describe como “hermanos enemigos”. Son hermanos porque Dostoievski ha entrado primero en el universo solitario en el que Nietzsche se introducirá más tarde.

Dostoievski presintió la más terrible de las crisis, que Nietzsche se encarga no sólo de anunciar sino de la que es el gran artífice: la “muerte de Dios”. Dostoievski anticipa y prevé el ateísmo y el superhombre nietzscheano. Sin embargo, Dostoievski supera la tentación a la cual sucumbe Nietzsche. Conviene apuntar que Dostoievski se sumerge en la grandeza del universo nietzscheano, lo anticipa, experimenta su vértigo, pero descubre su veneno y no se deja deslumbrar por sus fulgores.

Dostoievski y Nietzsche han hecho un análisis despiadado de nuestro tiempo. Han criticado el racionalismo y el humanismo occidental; han denunciado la idea de progreso, tan querida al hombre occidental; han experimentado un malestar muy parecido ante el reino científico y sus sueños idílicos; han menospreciado igualmente la civilización superficial de nuestro tiempo y han puesto al descubierto su barniz y han hecho lo posible por hacerlo evidente, previendo su inminente catástrofe.

Ambos han experimentado la angustia de Dios pero la han resuelto de forma muy diferente. Nietzsche ha apostado por el ateísmo. Dostoievski ha experimentado la fuerza del ateísmo, especialmente por el problema de la existencia de Dios y el problema del mal, para los cuales considera que no hay respuesta en el plano de la razón, pero ha resistido su vértigo.

Ante el problema del mal, Dostoievski cree firmemente que Cristo no ha venido a explicar el sufrimiento ni a resolver el problema del mal; Jesús ha tomado el mal sobre sus hombros para librarnos de él.

Dostoievski ve con claridad que la pregunta del ateo es la siguiente: “¿Qué puede el hombre?, ¿Qué puede un hombre?”. Pues bien, Nietzsche piensa que el hombre hubiera podido ser otra cosa, hubiera podido ser más, pero permanece en esta etapa tan indigna, por eso Nietzsche anuncia al “superhombre”, el hombre convertido en Dios, liberado por completo del espectro divino.

Dostoievski, por el contrario, emprende un camino en cuyo final está el Dios hecho hombre, el misterio de la Encarnación. En esta ruta, Dostoievski ha experimentado el abatimiento del sufrimiento universal, la fascinación del mal y el vértigo del ateísmo. Llegó a considerar a este último como el antepenúltimo escalón que lleva a la fe, a la que, sin embargo, no todos llegan. De hecho, llega a expresar que a través del tornillo de la duda es como ha llegado a la fe, a la alabanza del Dios vivo, lo que él llama su “Hossanna”, así, con mayúscula.

Por la actitud que toman frente a la figura de Jesús, las diferencias entre ambos son muy marcadas. El Dios que triunfa en el alma de Dostoievski es el Dios de Jesús. El Dios negado por Nietzsche es también el mismo Dios. Ambos se han sentido atraídos fuertemente por la figura de Jesús, pero sus reacciones han sido opuestas: uno, a favor de Cristo; él otro, contra él.

De Lubac nos presenta la opinión de André Gide, que descubre en Nietzsche el sentimiento de envidia, queriendo hacerle competencia al Evangelio. De hecho, una de sus obras cumbres, su Así hablaba Zaratustra, es una réplica a los evangelios, incluso una parodia. Hay en Nietzsche una rivalidad con Jesús, queriendo presentarse como una antítesis formal de Jesús.

Dostoievski, deportado en Siberia, vuelve a encontrar a Cristo. Lee, relee y medita el Evangelio y se impregna de él, no sólo en la Escritura, sino también en las obras de los Padres de la Iglesia. Dostoievski es alguien que experimenta la fuerza del pecado, que conoce la agonía de la duda, pero en este combate prefiere quedarse con Cristo. Para él, no hay nada más bello, más profundo, más sintomático, más razonable, más valeroso ni más perfecto que Cristo. Así, en un mundo donde el mal se hace cada vez más fuerte, Dostoievski accede a una cuarta dimensión, el reino del Espíritu, donde es posible ver la luz de Cristo.

Dostoievski descubre con mucha lucidez qué pasa si rechazamos a Cristo: “¿Qué pondremos en su lugar? ¿A nosotros mismos?”. Para él es sumamente importante la divinidad de Jesús, consciente de que si lo consideramos sólo como hombre no es el Salvador y la fuente de la vida.

La quiebra del ateísmo

Dostoievski describe en sus obras, de manera muy plástica, los distintos tipos de ateísmo, desde el ateísmo más vulgar hasta el ateísmo místico, pero De Lubac se centra en tres tipos de ateísmo: a) el ideal espiritual del individuo que se alza por encima de toda ley (el ideal del “hombre-Dios”), b) el ideal social del revolucionario que quiere asegurar, sin Dios, la felicidad de todos los hombres (el ideal de la “torre de Babel”), y c) el ideal racional del filósofo que rechaza todo misterio (el ideal del “palacio de cristal”).

a) El “hombre-Dios”. Es el ideal del hombre superior (contrapuesto al hombre vulgar que no debe hacer nada más que obedecer), llamado a proferir en su medio una palabra nueva, a transgredir la ley, a la destrucción del presente en nombre de algo mejor. A ellos les está permitido todo, incluso el crimen. Sin embargo, no es un callejón sin salida, hay vías de escape de esta feroz cárcel del ateísmo: el arrepentimiento, el deseo de vivir y el examen de conciencia, que llevan al reconocimiento de la verdad sobre el hombre, reconociendo la propia impotencia, y a renunciar a hacerse Dios. Es sintomático que el ateísmo lleve a algunos al suicidio (Stavroguin y Nietzsche), pues este fatal desenlace indica el espiritual suicidio del ser que ha rechazado al Ser y que ha pretendido soberbiamente ocupar su lugar. Es significativo este párrafo, que resume este tipo de ateísmo: “Como ni Dios ni la inmortalidad existen, está permitido al hombre hacerse ‘hombre-dios y vino al mundo sólo para vivir así. Podrá, en adelante, con corazón ligero, liberarse de las reglas de la moral tradicional, a la que el hombre estaba sometido como un esclavo. Para Dios no existe ley. Dondequiera que Dios se encuentre, allí está su sitio”.

b) La torre de Babel. Con esta imagen, Dostoievski presenta la aventura socialista, que no es sólo la cuestión obrera; más bien, es la cuestión del ateísmo, su encarnación contemporánea. Es la cuestión de la torre de Babel que se construye sin Dios, no para alcanzar los cielos desde la tierra, sino para bajar el cielo a la tierra. Dostoievski anuncia que la aventura socialista puede llegar a convertirse en sistemas de esclavitud y violencia, pues es una sociedad sin Dios, donde los hombres se han quedado solos y huérfanos. Y por si fuera poco, juntamente con Dios los ha dejado la inmortalidad. Son locos enfurecidos, que se creen poseídos de la verdad y creen con fuerza en la infalibilidad de sus juicios. En suma, se trata de un proyecto destinado al fracaso, pues si se construye sin Dios, se tiene que recurrir a Satanás para construirlo, de ahí que sea un sistema que se construya contra el hombre.

c) El palacio de cristal. El ateísmo pretende haber construido un palacio de cristal donde todo es luz, habiendo decidido que fuera de él no hay nada. Se considera a sí mismo como el universo de la razón. Dostoievski pone de manifiesto que estos sistemas (como el kantismo y el positivismo) han olvidado un elemento: el hombre. Este palacio de cristal es, en realidad, una cárcel oscura. No extraña que Dostoievski quiera escapar de esta cárcel, que se caracteriza por las verdades impuestas por la ciencia, por una vida racionalizada hasta el extremo. Uno de sus personajes dice lo siguiente: “¡Qué cosa más bella es la ciencia! (…) Sin embargo, echo de menos a Dios”. Una cosa es cierta: la fe es indestructible en el corazón del hombre. Pueden los ateos alinear argumentos impecables: el verdadero creyente no se confunde, aunque no sepa qué responder…

La experiencia de la eternidad

El ateísmo falla en sus diversas formas, disgrega el ser y engendra servidumbre, termina en el suicidio colectivo e individual. Sin embargo, pervive el sentimiento religioso, invencible ante toda dialéctica. Dostoievski trata de abrir el misterio de las cosas divinas, que no existen para el ateo. A los que no ven más que sólo palabras en la afirmación de la fe, Dostoievski les hablará en nombre de la experiencia. A la experiencia de la tierra, opondrá la experiencia de la eternidad. Dirá –como pueda– lo que ha visto desde el punto de la vista de la muerte, es decir, desde el punto de vista de la eternidad, leído a la luz de su fe en Cristo y en la meditación del Evangelio. Así nos comunica la esperanza de liberarnos algún día de estos límites. No olvidemos que Dostoievski es el profeta de la otra vida, el profeta de la eternidad próxima, que cree en la inmortalidad y espera la resurrección.

“(…) resucitaremos, nos volveremos a ver, nos volveremos a contar alegremente todo lo sucedido (…)”.

Para profundizar

1. Dostoievski y Nietzsche han hecho un análisis despiadado de nuestro tiempo. Menciona los aspectos más relevantes de este análisis.

2. ¿Cuál es la pregunta fundamental del ateo y cómo la responden Nietzsche y Dostoievski?

3. ¿Cuáles son los tres tipos de ateísmo que describe Dostoievski y qué imágenes los representan?

Oraciones por los fieles difuntos

Oraciones por los fieles difuntos
 

         La Iglesia Católica, que quiere ser Madre de todos los hombres, anima en este día a sus hijos a rezar por los difuntos. Los fieles difuntos son asimismo miembros del Cuerpo Místico de Cristo y forman parte de la Iglesia. Constituyen la Iglesia Purgante y viven en solidaridad con los demás miembros –los de la Iglesia Militante en la tierra y los de la Iglesia Triunfante en el Paraíso– y en comunión con Dios, aunque de diverso modo. Así como las almas de los fieles que alcanzaron ya su meta definitiva en el Cielo, viven en una perfecta intimidad con la Trinidad Beatísima, y los que aún vivimos en el mundo nos sentimos y somos hijos de Dios y batallamos contra nuestras pasiones por ser fieles al Creador mientras nos dura el tiempo de merecer, las almas de los fieles difuntos en el Purgatorio, pasaron ya por el mundo, pero todavía no gozan de Dios.
        Nos enseña la Iglesia, por el Catecismo de la Iglesia Católica, que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. Estos son los fieles difuntos y forman parte de la misma Iglesia de Jesucristo, como los santos del cielo y como los hijos de Dios todavía en la tierra, que anhelamos la misma salvación que los santos ya tienen garantizada. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados, continúa el Catecismo.
        Afirmó Jesús, según recoge san Mateo en su Evangelio, que a quien comete cierto tipo pecados –el rechazo expreso del perdón o pecado contra el Espíritu Santo– no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero. Algunos Padres de la Iglesia, como san Gregorio, han entendido, a partir de esa frase del Señor, que otros pecados pueden ser personados mientras vivimos en la tierra, o bien después, en un momento posterior. Con razón aparece, ya en el Antiguo Testamento, la práctica de ofrecer oraciones y sacrificios en expiación por los pecados de los muertos. En el segundo libro de los Macabeos se recuerda la colecta recaudada entre los fieles para ofrecer un sacrificio expiatorio en favor de los muertos para que quedaran liberados del pecado.
        En el día de hoy se nos recuerda la práctica multisecular de los sufragios. Ese modo de vivir la caridad con los que nos han precedido en el camino hacia la santidad, tal vez sea una de las manifestaciones más delicadas de amor entre nosotros. En efecto, quienes ofrecen esos sufragios –oraciones y sacrificios por los difuntos– ejercitan de modo admirable, no solamente la fe en la eficacia de la oración, sino que hacen asimismo actos espléndidos de amor generoso y desprendido, para ayudar a quienes sufren viéndose aún detenidos en su tránsito a la Bienaventuranza Eterna de intimidad con Dios. También son los sufragios actos de esperanza, pues conocemos que nada de esa plegaria se pierde, que redunda en eternidad gozosa para los que han muerto encaminados hacia Dios. Y ¿acaso podrán olvidarnos, estando tan cerca de Dios y con tanta fuerza intercesora, a quienes desde aquí les impulsamos al Cielo? ¿Acaso no serán nuestros entusiastas valedores cuando finalmente alcancen la morada celestial?
        Es admirable con cuánta vehemencia hablaba san Juan Crisóstomo a sus fieles, de los que murieron leales a Jesucristo, pero necesitados todavía de alguna purificación: llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre, ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos. La Santa Misa, sacrificio de Jesucristo en el Calvario, el sacrificio por antonomasia, es sin duda el mejor de los sufragios ofrecido por los fieles difuntos. Desde los primeros tiempos, nos recuerda en Catecismo de la Iglesia Católica, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sufragio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios.
        Tendríamos que incorporar a nuestra piedad habitual la oración por los fieles del Purgatorio. Así lo recomienda san Josemaría: Las ánimas benditas del purgatorio. —Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable —¡pueden tanto delante de Dios!— tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu oración.
        Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: “Mis buenas amigas las almas del purgatorio…”
        Por lo demás, como venimos diciendo, el Purgatorio es lugar de padecimiento tras esta vida, si quedan en nuestra alma impurezas del pecado que todavía desdicen de la limpieza absoluta del Paraíso. Por eso, ante el dolor y la persecución, decía un alma con sentido sobrenatural: “¡prefiero que me peguen aquí, a que me peguen en el purgatorio!” Esta consideración, también del Fundador del Opus Dei, puede servirnos para soportar de buena gana algunos momentos –inevitables muchas veces– de cansancio, de dolor, de injusticia, de adversidad en general, con el íntimo pensamiento de que merecemos limpiarnos más profundamente de nuestras faltas y pecados.
        Nuestra Madre del Cielo, que no conoció pecado, nos puede aficionar a esa limpieza completa del alma, que podemos conseguir también, con oración y sacrificios, para las almas del Purgatorio.

PARA PARTICIPAR MÁS DIGNAMENTE EN LA LITURGIA

PARA PARTICIPAR MÁS DIGNAMENTE EN LA LITURGIA

 

Las maneras de pronunciar los diversos textos

 

38. En los textos que han de pronunciarse en voz alta y clara, sea por el sacerdote o por el diácono, o por el lector, o por todos, la voz debe responder a la índole del respectivo texto, según éste sea una lectura, oración, monición, aclamación o canto; como también a la forma de la celebración y de la solemnidad de la asamblea. Además, téngase en cuenta la índole de las diversas lenguas y la naturaleza de los pueblos.

En las rúbricas y en las normas que siguen, los verbos “decir” o “pronunciar”, deben entenderse, entonces, sea del canto, sea de la lectura en voz alta, observándose los principios arriba expuestos.

 

Importancia del canto

 

39. Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando unidos la venida de su Señor, que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos inspirados (cfr. Col 3,16). Pues el canto es signo de la exultación del corazón (cfr. Hch 2, 46). De ahí que San Agustín dice con razón: “Cantar es propio del que ama”,[48] mientras que ya de tiempos muy antiguos viene el proverbio: “Quien canta bien, ora dos veces”.

 

40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa, atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas fériales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.[49]

 

41. En igualdad de circunstancias, dése el primer lugar al canto gregoriano, ya que es propio de la Liturgia romana. De ninguna manera se excluyan otros géneros de música sacra, especialmente la polifonía, con tal que sean conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles.[50]

Como cada día es más frecuente que se reúnan fieles de diversas naciones, conviene que esos mismos fieles sepan cantar juntos en lengua latina, por lo menos algunas partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la Oración del Señor, usando las melodías más fáciles.[51]

 

 

Gestos y posturas corporales

 

42. Los gestos y posturas corporales, tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben tender a que toda la celebración resplandezca por el noble decoro y por la sencillez, a que se comprenda el significado verdadero y pleno de cada una se sus diversas partes y a que se favorezca la participación de todos.[52] Así, pues, se tendrá que prestar atención a aquellas cosas que se establecen por esta Instrucción general y por la praxis tradicional del Rito romano, y a aquellas que contribuyan al bien común espiritual del pueblo de Dios, más que al deseo o a las inclinaciones privadas.

 

La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve, en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes.

 

43. Los fieles están de pie desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive; al canto del Aleluya antes del Evangelio; durante la proclamación del Evangelio; mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal; además desde la invitación Oren, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa, excepto lo que se dice más abajo.

 

En cambio, estarán sentados mientras se proclaman las lecturas antes del Evangelio y el salmo responsorial; durante la homilía y mientras se hace la preparación de los dones para el ofertorio; también, según las circunstancias, mientras se guarda el sagrado silencio después de la Comunión.

 

Por otra parte, estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración.

 

Sin embargo, pertenece a la Conferencia Episcopal adaptar los gestos y las posturas descritos en el Ordinario de la Misa a la índole y a las tradiciones razonables de los pueblos, según la norma del derecho.[53] Pero préstese atención a que respondan al sentido y la índole de cada una de las partes de la celebración. Donde existe la costumbre de que el pueblo permanezca de rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo” hasta el final de la Plegaria Eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice “Éste es el Cordero de Dios”, es laudable que se conserve.

 

Para conseguir esta uniformidad en los gestos y en las posturas en una misma celebración, obedezcan los fieles a las moniciones que hagan el diácono o el ministro laico, o el sacerdote, de acuerdo con lo que se establece en el Misal.

 

44. Entre los gestos se cuentan también las acciones y las procesiones, con las que el sacerdote con el diácono y los ministros se acercan al altar; cuando el diácono, antes de la proclamación del Evangelio, lleva al ambón el Evangeliario o libro de los Evangelios; cuando los fieles llevan los dones y cuando se acercan a la Comunión. Conviene que tales acciones y procesiones se cumplan decorosamente, mientras se cantan los correspondientes cantos, según las normas establecidas para cada caso.

 

El silencio

 

45. Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio.[54] Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran.

 

Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada.

 

[48] San Agustín de Hipona, Sermón 336, 1: PL 38, 1472.

 

[49] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núms. 7. 16: A.A.S. 59 (1967) págs. 302, 305.

 

[50] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 116; cfr. también allí mismo, núm. 30

 

[51] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 54; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de 1964, núm. 59: A.A.S. 56 (1964) pág. 891; Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 47: A.A.S. 59 (1967) pág. 314.

 

[52] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núms. 30. 34; cfr. también allí el núm. 21.

 

[53] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 40; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994,núm. 41: A.A.S. 87 (1995) pág. 304.

 

[54] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 30; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 17: A.A.S. 59 (1967) pág. 305.

 

La Santa Madre Iglesia, por tanto, nos pide tener en cuenta algunas cuestiones:

  1. Pronunciación clara y fuerte, respetando la entonación y los signos de puntuación, si se trata de un escrito en prosa o en verso.
  2. La importancia del canto en las Celebraciones litúrgicas, prefiriendo el canto gregoriano y la polifonía, pero sin descuidar otro tipo de canto.
  3. La posibilidad de cantar juntos en lengua latina.
  4. La uniformidad en las posturas 

 

 

II Domingo de Adviento

Los Cuatro Domingos de Adviento

1. Cada año, la elección de los evangelios nos hace seguir una progresión en los 4 domingos de Adviento:

– El primer domingo nos orienta hacia la Venida del Señor al final de la historia y el mensaje es el de la vigilancia;

– El segundo domingo está centrado en la figura de Juan Bautista y el mensaje es el de la paciencia y de la preparación activa para la Venida del Señor;

– El tercer domingo, también centrado en el Bautista, nos orienta con más fuerza hacia la persona de Aquél que viene; el mensaje es el de la alegría por la venida muy cercana;

– El cuarto domingo contempla el misterio de la Encarnación de Dios en María; el mensaje: una preparación profunda del misterio de la Navidad.

2. El Adviento no es, pues, una simple preparación de Navidad. Celebra a la vez la última Venida del Señor que dará todo su sentido a nuestra historia; pero también celebra al Señor que viene cada día a nosotros con una presencia muy real, pero que nos da la sed de Él, más fuerte y palpable.

He aquí el prefacio propio del II Domingo de Adviente y el resto de sus textos eucológicos. Creo que nos dan la tónica para reflexionar y crecer en nuestra vida espiritual, entrando a velas desplegadas en el espíritu y la espiritualidad del Adviento:

Prefacio II de Adviento
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. A quien los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Antífona de entrada

Pueblo de Sión, mira que el Señor va a venir para salvar a todos los hombres y dejará oír la majestad de su voz para alegría de su corazón.

Oración colecta
Que nuestras responsabilidades terrenas no nos impidan, Señor, prepararnos a la venida de tu Hijo, y que la sabiduría que viene del cielo, nos disponga a recibirlo y a participar de su propia vida. Por nuestro Señor Jesucristo…

Oración sobre las ofrendas
Que te sean agradables, Señor, nuestras humildes ofrendas y oraciones, y que tu misericordia supla la extrema pobreza de nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
 
Antífona de la comunión
Levántate, Jerusalén, sube a lo alto para que contemples  la alegría que te viene de Dios.
 
Oración después de la comunión
Como fruto de nuestra participación en este sacramento de vida eterna, enséñanos, Señor, a no sobrevalorar las cosas terrenales y a estimar las del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

ORACIÓN

ORACIÓN

 

G. Moioli nos ofrece en este artículo una presentación de la oración, sus características, clasificaciones, tipologías, etc. Esencialmente, Moioli nos dice que, se llega a contraponer dos formas de orar (Heiler): la oración mística y la oración profética. Estas dos formas representarían dos formas de religión: por un lado, la aspiración a la unión, propia de la oración mística, y el recurso a Dios como salvador o revelador, que se manifiesta en la vida y la historia. Esta tipología se corresponde con una que nos viene desde la Patrística (Evagrio y Clemente de Alejandría), que hablan de la oración como homilía (conversación) y como ascensión del entendimiento a Dios. Se llega a oponer también la oración vocal y la mental, y se llega a hablar de la oración vocal como propedéutica a la oración real, que sería la mental o contemplativa.

Moioli señala que no hay nada en el NT que pueda parecerse a esta contraposición entre formas inferiores y superiores de la oración y señala que la tensión estaría más bien entre la existencia que conoce al Señor y la que no lo conoce. La oración cristiana, de la que trata el artículo más propiamente, se caracteriza por ser filial, pneumática y cristológica. En el NT aparecen dos formas fundamentales de la oración: la eucaristía y la petición. La oración de petición no es una forma inferior de oración, que quedaría superada al alcanzar el nivel de contemplación o unión con Dios. Por otra parte, la acción de gracias y la petición se entrecruzan naturalmente. Se trata, por tanto, de dos funciones diversas de la acogida de la iniciativa salvífica. Ambas acogen, en un ámbito festivo y gratuito. De hecho, la oración es la primera expresión, básica y connatural de la fe. No es por tanto, propio de la oración cristiana diluir la oración de petición, pues esta dimensión expresa una visión de Dios y del hombre, de manera tal que eliminar este aspecto trae serias consecuencias prácticas. Es una tentación que debe superarse.

Moioli da cuenta de diversas reducciones antropológicas de la oración, que presentan la oración, no como un hablar con Dios, si no como un hablar consigo mismo, pues consideran que la religión como un mero sentimiento en la que el hombre adora a su propio corazón (Kant, Feuerbach). Marx y Freud van más lejos, pues consideran a la religión como una ilusión, que lleva consigo a la radical supresión de la oración. Mejor aún, la religión es el deseo del padre. Esto lo presenta el psicoanálisis, para quien la oración es tan ilusoria como la religión.

Pero también hay reduccionismo en el ámbito teológico. Robinson y Söle consideran que la oración (intercesión) es un compromiso o apertura incondicionada a los demás. Se llega incluso a una interpretación política del evangelio y la oración que llevan a una lectura política de la Biblia que llevan a la acción transformadora de la sociedad.

Comentario personal: el artículo es sumamente revelador pues presenta las diversas tentaciones que puedo vivir como cristiano en mi vida de oración. Por un lado, las dicotomías entre oración vocal y mental, entre acción y contemplación, consideradas como formas inferiores y superiores y no como elementos constitutivos del cristiano, que no se contraponen sino que se suponen mutuamente. Por otra parte, las antropologías contemporáneas que pueden apartarme de una vida orante, que implica la acción de gracias permanente y la petición constante, no alienación o mera ilusión.

Personalmente he conocido a personas que menosprecian o infravaloran la oración de petición, pues la consideran egoísta. Se quejan de que la gente sólo acude a Dios para pedirle algo. Afirman que sólo la gente se acuerda de Dios cuando tienen alguna necesidad. Yo pienso que no es así. Posiblemente la gente tenga una dimensión de mayor confianza con Dios, pues continuamente se “encomiendan” (oran) a él con diversos signos y posturas, que involucran a toda la persona. Es el misterio de la piedad popular.

Desde hace algunos años he descubierto que la oración de petición me ayuda mucho a perseverar en la oración. Especialmente la oración de intercesión, pues conozco a muchas personas que me piden que ore por ellas, por alguna dificultad o situación complicada. Esto me ayuda a mantener una relación con Dios y los hermanos a nivel afectivo y experiencial. Puedo decir que no sólo es apertura al prójimo; es ante todo apertura a Dios, a quien me acerco confiadamente, pues sé que tengo un sumo sacerdote en el Cielo, que intercede por mí y que inclina su oído a mi súplica. Sé que quién confía en Él no queda defraudado.

I Domingo de Adviento

FELIZ AÑO NUEVO LITÚRGICO

Los Cuatro Domingos de Adviento

1. Cada año, la elección de los evangelios nos hace seguir una progresión en los 4 domingos de Adviento:

– El primer domingo nos orienta hacia la Venida del Señor al final de la historia y el mensaje es el de la vigilancia;

– El segundo domingo está centrado en la figura de Juan Bautista y el mensaje es el de la paciencia y de la preparación activa para la Venida del Señor;

– El tercer domingo, también centrado en el Bautista, nos orienta con más fuerza hacia la persona de Aquél que viene; el mensaje es el de la alegría por la venida muy cercana;

– El cuarto domingo contempla el misterio de la Encarnación de Dios en María; el mensaje: una preparación profunda del misterio de la Navidad.

2. El Adviento no es, pues, una simple preparación de Navidad. Celebra a la vez la última Venida del Señor que dará todo su sentido a nuestra historia; pero también celebra al Señor que viene cada día a nosotros con una presencia muy real, pero que nos da la sed de Él, más fuerte y palpable.

He aquí el prefacio propio del I Domingo de Adviente y el resto de sus textos eucológicos. Creo que nos dan la tónica para reflexionar y crecer en nuestra vida espiritual, entrando a velas desplegadas en el espíritu y la espiritualidad del Adviento:

Prefacio I de Adviento
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro. Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Antífona de entrada
A ti, Señor, levanto mi alma; DIos mío, en ti confío, no quede yo defraudado. Que no se burlen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti, no quedan defraudados (Sal 24, 1-3).

Oración colecta
Señor, despierta en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia para que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo… Amén.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, estas ofrendas que hemos tomado de tus mismos dones, y concédenos que esta Eucaristía que estamos celebrando, nos alcance la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
 
Antífona de la comunión
El Señor nos mostrará su misericordia y nuestra tierra producirá su fruto (Sal 84, 13).
 
Oración después de la comunión
Por nuestra participación en esta Eucaristía, enséñanos, Señor, a no poner nuestro corazón en las cosas pasajeras, sino en los bienes eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.