Historia magistra

Historia magistra vitae est

Hoy tuve el privilegio de participar en la presentación de un magnífico libro, titulado “Historia Desconocida. Una aportación a la historia de la Iglesia en México. Libro Anual 2007”.

¿Por qué es tan relevante? Porque se trata del libro anual de la Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica, A.C. (http://smhe.org/), fundada el 18 de abril de 1974. El Libro Anual, además de presentar los resultados de las investigaciones realizadas por los miembros de la Sociedad, pretende ser un espacio para el diálogo con investigadores en un ambiente de libertad y de respeto.

Me dio mucho gusto saber que uno de mis maestros más queridos y admirados, el P. Gustavo Watson Marrón, es miembro numerario de esta importante institución. De igual manera, me agradó la presencia en esta Sociedad del P. Juan Carlos Casas García, quien fue uno de los sinodales en el reciente examen de Universa Theologiae que presenté al concluir los estudios teológicos en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos (ISEE).

Por si no lo saben, uno de los temas que me apasiona es precisamente el de la Historia. Y si se conjugan la Historia, la Iglesia y mi querido país, México, pues ya saben la medida de mi interés. En este blog les iré compartiendo el estupor y el asombro ante las aportaciones de estos historiadores.

Les dejo algo para abrir el apetito. Se trata de una serie de preguntas que sin duda los motivarán a estar al pendiente de futuras entregas:

¿Fue la Diócesis de Yucatán la primera de la Nueva España? ¿Qué papel desempeñaron la Corona Española y sus dominios americanos en la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María? ¿Fue insignificante el trabajo del Clero Secular en la primera evangelización de México? ¿Quién fue el primer sacerdote que celebró la Santa Misa en territorio mexicano? Además de eximia escritora, ¿fue Sor Juana Inés de la Cruz una religiosa llena de fe y amor a Jesucristo? …

 

HACIA LA PURIFICACIÓN
DE LA MEMORIA
La Iglesia y las culpas del pasado

Un acontecimiento sin precedentes
El l2 de marzo del año 2000, en el marco de la celebración del Gran Jubileo del Año 2000, Su Santidad Juan Pablo II pidió solemne perdón por las culpas que algunos hijos de la Iglesia cometieron en el pasado.
Se trató de un acontecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad y de la Iglesia Católica y que tuvo diversas reacciones, la mayoría de ellas positivas.
Cuando hablo de que se trató de un acontecimiento sin precedentes me refiero a que nunca antes hubo una solicitud explícita de perdón por parte del Magisterio de la Iglesia y de alguien tan representativo como lo es el Obispo de Roma.
De hecho, en los concilios y documentos pontificios en los que se sancionaban los abusos cometidos por clérigos y laicos, sólo se deploraban estas culpas, es decir solamente se experimentaba cierta tristeza, pero hasta ahí.
El único caso previo fue la petición de perdón que hizo el Papa Pablo VI en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II. En su intervención, el Santo Padre «pide perdón a Dios […] y a los hermanos separados» de Oriente que se sienten ofendidos «por nosotros» (es decir, por la Iglesia Católica) y se declara dispuesto a perdonar las ofensas recibidas.
En la misma línea lo hace el Concilio en el Decreto sobre el Ecumenismo Unitatis Redintegratio (l964), en el que los Padres conciliares piden «perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido» (UR 7).
Pero, ¿por qué Su Santidad Juan Pablo II realizó esta petición de perdón? El «Estudio sobre «La Iglesia y las culpas del pasado»», publicado por la Comisión Teológica Internacional, que preside el Cardenal Ratzinger, arroja abundante luz para entender este hecho inédito.
He aquí algunas reflexiones que surgen de la lectura de este documento, no sin antes recomendar a ustedes la lectura completa de este importante estudio.

La purificación de la memoria
El Santo Padre pensó que uno de los signos que podría contribuir a vivir con mayor intensidad la gracia del Gran Jubileo del Año 2000 era precisamente la purificación de la memoria histórica.
Pues bien, ¿en qué consiste esta purificación de la memoria? Consiste en el proceso orientado a liberar la conciencia personal y común de todas las formas de resentimiento o de violencia que la herencia de las culpas del pasado puede habernos dejado.
Este proceso se hace posible mediante una nueva manera de valorar algunos acontecimientos del pasado, como fruto del estudio multidisciplinar, especialmente a nivel histórico y teológico.
Y no podría ser de otra manera, puesto que las culpas del pasado dejan sentir, todavía, el peso de sus consecuencias. En efecto, muchas personas tienen serias reservas frente a la Iglesia Católica debido a muchos hechos escandalosos acaecidos en el pasado, especialmente en el segundo milenio de la fe cristiana, que representaron un contratestimonio para las futuras generaciones.
Además, todos nosotros llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido, a pesar de que, en forma personal, no tengamos responsabilidad alguna. Esto es posible por el vínculo que nos une puesto que formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Por eso la Iglesia, es decir, la comunidad de los bautizados, asume sobre sí el peso de las culpas pasadas.
¿Y esto para qué? Precisamente para purificar la memoria y vivir la renovación del corazón y de la vida que nos pide nuestro Salvador. También para invitar a todos los pueblos y a todas las religiones a avanzar en un camino de verdad, de diálogo fraterno y de reconciliación.
Sin embargo, conviene señalar que el fin último es la glorificación de Dios, pues sólo en su presencia es posible reconocer las culpas del pasado y las del presente, para dejarse reconciliar por Él y con Él en Jesucristo.

Las peticiones de perdón de Juan Pablo II
El Santo Padre extendió las peticiones de perdón a una multitud de hechos históricos, en los cuales la Iglesia o grupos particulares de cristianos han estado implicados por diferentes motivos.
Son hechos de los que todos hemos oído hablar: La Inquisición, las Cruzadas, la división existente entre los cristianos, el uso de la violencia al servicio de la verdad, la extensión del Evangelio con métodos inadecuados, la relación tormentosa entre cristianos y hebreos, etc.
Estos hechos son considerados formas de contratestimonio y de escándalo, puesto que el recuerdo de estos acontecimientos puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia de hoy. Por otra parte, el reconocimiento de las culpas cometidas por algunos hijos de la Iglesia de ayer puede favorecer la renovación y la reconciliación en el presente.
Con esta petición de perdón, la Iglesia está contribuyendo a modificar imágenes falsas que existen sobre ella y que, por lo tanto, son inaceptables, puesto que algunos sectores de opinión se complacen en identificarla con el oscurantismo y la intolerancia.

Correcta interpretación del pasado
Para una auténtica purificación de la memoria es necesario un correcto juicio histórico. Todos hemos escuchado exageraciones sobre la Inquisición y sobre el anuncio del Evangelio, que no cuentan con suficiente base histórica, pero que forman parte del imaginario colectivo. Por ejemplo, muchas personas, incluso con cierta preparación profesional, creen que Galileo fue quemado por la Inquisición y que durante su proceso fue brutalmente torturado para obtener su abjuración, lo que no corresponde a la verdad histórica.
Por eso es necesario preguntarse: ¿Qué es lo que realmente ha sucedido? ¿Qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Por eso el primer paso en este proceso consiste en interrogar a los historiadores. Ellos pueden ofrecer una ayuda invaluable para reconstruir en forma más precisa los acontecimientos, las costumbres y las mentalidades a la luz del contexto histórico de cada época. Esto nos llevará a una correcta interpretación del pasado.
Es decir, conoceremos lo que sucedió, sin recurrir a una leyenda rosa, que pretende que todo estuvo bien y que todo lo justifica, o a una leyenda negra, que se complace en añadir de su propia cosecha a lo que, lamentablemente, algunos cristianos hicieron.
Este juicio histórico nos ayudará a distinguir entre las culpas que se pueden atribuir a los miembros de la Iglesia en su calidad de creyentes de aquella que se puede atribuir a la sociedad de los siglos que hoy llamamos de cristiandad, cuando en las estructuras de poder lo temporal y lo espiritual estaban estrechamente entrelazados.
Esto nos ayudará a entender cuándo algunos acontecimientos fueron responsabilidad de la Iglesia como comunidad de fe y cuándo fueron responsabilidad de toda la sociedad en su conjunto.

Una labor incompleta
Sin embargo, considero que esta purificación de la memoria sería incompleta si no hacemos llegar al pueblo cristiano los frutos y los alcances de todas estas reflexiones.
Estará incompleta si no transmitimos a los fieles católicos el resultado de las investigaciones sobre acontecimientos históricos que siguen presentando en el imaginario colectivo el rostro de una Iglesia intolerante, oscurantista, enemiga del progreso científico, represiva y poco respetuosa de los derechos humanos.
Si no se hace de esta manera, la loable y necesaria petición de perdón hecha por el Santo Padre sólo servirá para confirmar los prejuicios sobre la Iglesia que existen en muchas personas, especialmente en los jóvenes universitarios, en los educadores y en los que intervienen en los medios de comunicación masiva.
En este sentido, la petición de perdón en el marco del Jubileo del Año 2000 sólo fue el comienzo y no la conclusión de este proceso de purificación de la memoria.

México D. F. a 11 de noviembre de 2003,
memoria de San Martín de Tours.

 

JUAN PABLO II EN MÉXICO
Visitas pastorales
con implicaciones políticas, culturales y sociales

Jorge Luis Zarazúa Campa

Del kayak a la Barca de Pedro
En l978 Karol Jozef Wojtyla se convirtió en el primer papa no italiano desde l523, cuando finalizó el breve pontificado de Adriano VI (l522-l523), un papa procedente de los Países Bajos.
Lolek, como le llamaba afectuosamente su familia, nació en Wadowice, Polonia, el l8 de mayo de l920 y estudió Poesía y Teatro en la Universidad de Cracovia. Durante la II Guerra Mundial trabajó en una cantera de piedra y en una fábrica química mientras estudiaba Teología en un seminario clandestino a causa de la ocupación nazi en su país. Esta experiencia como “seminarista-obrero” influyó de manera determinante en su formación humana y espiritual
Fue ordenado sacerdote el l de noviembre de l946, solemnidad de Todos los Santos, en la capilla privada del Arzobispado de Cracovia, con la asistencia de un pequeño grupo de parientes y amigos. Celebró su primera misa al día siguiente, el día de los fieles difuntos, con la participación de unas cuantas personas.
Dos años más tarde se doctoró en Filosofía por el Instituto Angelicum de Roma y en Teología por la Universidad Católica de Lublin (su tesis se tituló El acto de fe en la doctrina de san Juan de la Cruz y trató sobre este místico español). Fue capellán universitario y profesor de Ética en Cracovia y Lublin hasta que, en l958, resultó nombrado obispo auxiliar de Cracovia.
Su orientación filosófica, muy influida por Max Scheler, integró los métodos e ideas de la fenomenología en la filosofía tomista. En l960, bajo el seudónimo de Andrzej Jawien, publicó una obra de teatro, La joyería.
Consagrado obispo en l958, en l964 fue nombrado arzobispo de Cracovia y el 26 de junio de l967 fue creado cardenal por Su Santidad Pablo VI. Siendo un joven obispo, participó de forma muy activa en las distintas sesiones del Concilio Ecuménico Vaticano II (l962-l965) y representó a la Iglesia de su país en cinco sínodos episcopales internacionales celebrados entre l967 y l977.
El l6 de octubre de l978, Karol Wojtyla fue elegido para suceder en el solio pontificio a Juan Pablo I, fallecido el 2 de septiembre de ese mismo año, tras un mandato de sólo 33 días.
Así pues, Lolek abandonó el Kayak, especie de embarcación muy común en Polonia y parecida a la canoa, para conducir la Barca de Pedro.

Antes y después de Juan Pablo II
Sin duda alguna, el Pontificado de Juan Pablo II es uno de los más significativos de la Historia de la Iglesia. Y es el más significativo para los católicos mexicanos. En efecto, después de su primera visita a nuestro país, ya nada será igual.
A nivel eclesial, en nuestro país, podemos dividir la historia reciente de la Iglesia Católica en México de la siguiente manera: Antes de Juan Pablo II y después de Juan Pablo II. Tan relevante ha sido su pontificado y las distintas visitas pastorales que ha hecho a nuestro país.
Su primera visita pastoral a México, en el marco de la inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en enero de l979, descubrió un rostro de México que sorprendió a propios y extraños.
En efecto, millones de católicos mexicanos lo recibieron con un entusiasmo nunca antes visto. Según los expertos, la acogida de los mexicanos a Juan Pablo II representó la primera manifestación católica en todo lo que iba del convulso Siglo XX.
Millares de católicos recibieron públicamente a Juan Pablo II haciendo vallas kilométricas, a pesar de la polémica desatada entre los políticos mexicanos, en los que renacieron ciertos resabios jacobinos.
Por ejemplo, se ventiló ante la opinión pública que, debido a las prohibiciones constitucionales, el Papa podría hacerse acreedor a una multa por celebrar actos religiosos en la vía pública. Sobra decir que no faltó quién se comprometiera a pagar las citadas multas, por demás simbólicas.
La oposición de muchos políticos contrastó notablemente con la euforia del pueblo mexicano, que fue conquistado por el Papa, que inauguraba con esta visita pastoral un pontificado viajero y de multitudes. No faltan los que aseguran que el estilo dinámico y multitudinario de este pontificado se inició en México. Es decir, afirman, Juan Pablo II descubrió su vocación viajera en la República Mexicana.

Una multa para el Papa
Para entender el clima que se vivió en la primera visita del obispo de Roma a nuestro país, me parecen significativas estas palabras del Pbro. Lic. Mario Ángel Flores, un connotado intelectual católico:
«Recuerdo que en su primera visita se discutía ahí entre los políticos, el Congreso y el presidente de la República, si se iba permitir que el Santo Padre recorriera las calles de las ciudades, de los caminos de México con sotana. ¿Cómo va andar con sotana -decían-, y contraponiéndose a la ley de México, que prohíbe los signos religiosos públicos? El Papa diría: “Miren, sobre eso háganse bolas ustedes. Yo voy a llegar como soy”. Y naturalmente llegó con toda su presencia de líder religioso.
Había una multa para quien osara caminar de esa manera en ese tiempo. Creo que eran como 20 pesos, pues todos decían: «yo pago la multa por el Papa. ¿Cuál es el problema?» Naturalmente que nadie tuvo que pagar alguna multa, pero allá en el Congreso muchos estaban discutiendo si le aplicaban la multa al Papa. Así, a ese grado, vivíamos. Es decir, no teníamos la costumbre, la visión de esa presencia clara de Iglesia, no digamos en una calle, sino la presencia de Iglesia en nuestro ambiente. El Papa llega y nos lanza hacia fuera a decir: «Aquí estamos».
Recuerdo que hasta ese tiempo, por ejemplo, un sacerdote que iba a hablar ante un micrófono en la radio, tenía que decir: «Soy el licenciado fulanito de tal y vengo a hablar de valores, de algunos valores morales». Porque decir en la radio: «Soy sacerdote, padre, religioso», etc., implicaba casi un escándalo.
Y el Papa llega, irradia en la televisión, todos captando su presencia y especialmente esos medios de comunicación haciendo ver que la Iglesia está ahí, alrededor del Papa, es decir todo nosotros, en las plazas, en los caminos, en las calles. El Santo Padre mostró con su propia actitud y su propia religiosidad la innegable importancia de nuestra religiosidad en México y muy especialmente le dio un impulso de mayor presencia al culto guadalupano del pueblo mexicano y de la Iglesia Mexicana» (Versión estenográfica).

Un termómetro infalible
Si hay un termómetro para medir los cambios tan trascendentales que ocurrieron en México a raíz de las visitas pontificias, es la actitud con que han recibido a Juan Pablo II los presidentes de la República en turno.
En efecto, de un parco saludo pronunciado por José López Portillo, presidente de la República en el sexenio l976-l982, a un efusivo recibimiento por parte del actual presidente Vicente Fox Quesada, el primer presidente emanado de un partido de oposición. Y todo esto pasando por un clima cada vez más abierto por parte de los presidentes en turno en cada una de las visitas pastorales de Su Santidad Juan Pablo II: Carlos Salinas de Gortari (l988-l994) y Ernesto Zedillo Ponce de León (l994-2000).
Los cambios más significativos, sin duda alguna, lo representaron las reformas a los artículos 3, 5, 24, 27 y l30 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en materia de libertad religiosa, que se realizaron en l992.
Aunque en opinión del Dr. Elio Masferrer, la derogación de los artículos constitucionales no se hace en l992, cuando se reúnen los legisladores para hacer el cambio constitucional. Lo hacen «a la mexicana». Según Masferrer, la derogación ocurre ya en l979, con la visita del Papa.
O, mejor aún, con una marcha en desagravio ocurrida a raíz de una polémica en torno a la imagen de la Virgen de Guadalupe en los años l982-l983. En esta marcha participaron más de 200 mil católicos. Es la primera vez que participaron sacerdotes vestidos con sotanas en la calle. El Estado no pudo hacer nada, porque de hecho, esos artículos constitucionales eran ya letra muerta.
Sin embargo, las reformas constitucionales contribuyeron a terminar con décadas de hostilidad entre la Iglesia Católica en México y el Estado Mexicano, que tuvo sus puntos más altos en la Guerra de Reforma, también llamada guerra de los Tres Años, conflicto que enfrentó, desde l858 hasta l86l, a los liberales y los conservadores mexicanos en el marco de una verdadera guerra civil.
El conflicto más álgido entre el Estado Mexicano y la Iglesia en el primer tercio del siglo XX lo representó la Cristiada, movimiento armado que, desde l926 hasta l929, combatió la política laica llevada a cabo por el presidente Plutarco Elías Calles y por el sucesor de éste, Emilio Portes Gil, bajo cuyo mandato se puso fin al conflicto.
La también denominada sublevación cristera (cuyos miembros, los cristeros, portaban en sus uniformes crucifijos a modo de enseña) estalló en agosto de l926 y se generalizó en enero del año siguiente, principalmente en los estados de Jalisco, Nayarit, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas.
Su origen fueron las medidas adoptadas por el gobierno de Calles, especialmente las aplicadas desde julio de ese año, encaminadas a disminuir las actividades educativas de la Iglesia católica y, sobre todo, a reducir los aspectos más visibles del culto religioso, como la limitación del número de sacerdotes en cada entidad federativa. Un caso representativo es el estado de Chihuahua, el estado más extenso de la República Mexicana, donde llegó a permitirse la existencia de un solo sacerdote para toda la población.
El movimiento, de evidente carácter católico, estuvo compuesto básicamente por peones y aparceros rurales, dirigidos por antiguos militares revolucionarios, ex partidarios algunos de ellos de Francisco (Pancho) Villa y Emiliano Zapata, e incluso por sacerdotes.
El 2l de junio de l929, el presidente Portes Gil logró acordar un pacto con la jerarquía católica (la cual, implícitamente, había apoyado el levantamiento) que acabó con el conflicto directo entre la Iglesia y el gobierno, pero no así con las acciones de algunos de los sublevados, quienes siguieron combatiendo hasta que, en l936, falleció Lauro Rocha, el último jefe cristero.

Relaciones entre la Iglesia
y el Estado Mexicano
Las citadas reformas constitucionales llevaron al reconocimiento jurídico de las Iglesias y al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el Estado Mexicano. A este respecto hay que recordar que en los arreglos iniciales, preparados por el entonces delegado apostólico y los representantes del gobierno mexicano, se preveía sólo el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre el Estado Mexicano y el Estado Vaticano.
Pues bien, cuando el presidente de México, Carlos Salinas de Gortari llevó a Roma los documentos para que se firmaran, el Papa contestó:
—No, a mí no me interesa que se reconozca al Estado Vaticano. A mí me interesa que se reconozca a la Iglesia Mexicana.
Esto sucedió en el mes de julio de l99l. Aquí se nota el sello personal de Juan Pablo II. Su visión profunda de las cosas, que llevan a cambios trascendentales en la historia de la Iglesia y el mundo
Esto contribuyó notablemente a dar una imagen distinta ante la opinión pública mundial, puesto que dio a México el prestigio de ser una nación democrática y respetuosa de las libertades religiosas.

Cambiando el rostro de la Iglesia
Sin embargo, el influjo más significativo de Juan Pablo II es en el campo eclesial. En efecto, Juan Pablo II ha cambiado notablemente el rostro de la Iglesia Católica en México, que poco a poco está saliendo del gueto en que ella misma y las circunstancias adversas, la habían metido.
Se trata de una Iglesia que ha salido de su letargo y se ha hecho más dinámica y más misionera. La feliz expresión que utilizara Juan Pablo II desde su primera visita a nuestro país, para describir a México, ha influido notablemente en esta toma de conciencia: ¡México, Siempre Fiel!”.
Esto ha motivado que la Iglesia salga de la sacristía y se lance con un nuevo impulso a la Nueva Evangelización, tan auspiciada por el obispo de Roma.
Me parecen muy significativas las palabras de los obispos mexicanos expresados en la Carta pastoral «Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con todos», (n. 84):
En particular, para nosostros mexicanos, las (…) visitas pastorales que Su Santidad Juan Pablo II ha realizado a nuestra Patria han sido verdaderos acontecimientos de gracia que, sobretodo, nos han ayudado a redescubrirmos como pueblo fundamentalmente creyente en Cristo y devoto de María de Guadalupe. Así mismo han colaborado a aumentar nuestra conciencia de la riqueza que representa nuestra fe, nuestra propia historia y nuestra cultura. Estamos ciertos que si logramos superar el miedo y la apatía como pueblo, seremos capaces de transformar nuestra realidad para bien y nos convertiremos en una Nación más cristiana, más humana y más sujeto de su propio destino.

Visitas pastorales
con implicaciones políticas, culturales y sociales

Aunque las distintas visitas de Juan Pablo II tuvieron un carácter eminentemente pastoral, no dejaron de tener repercusiones en otras áreas de la vida social de los mexicanos.
La transmisión, por ejemplo, de sus visitas a la República Mexicana a través de los medios de comunicación electrónica, le dio una proyección insospechada a Juan Pablo II, puesto que fue visto por católicos y no católicos.
Millones de mexicanos siguieron puntualmente por televisión las peripecias de las visitas papales. La transmisión de las misas y los distintos actos litúrgicos contribuyó a llevar el mensaje evangélico más allá de las paredes del templo, algo inédito en México. Con esto se reformula la noción de templo, circunscrita a las cuatro paredes físicas.
No es una exageración afirmar que las visitas papales contribuyeron al surgimiento y a la consolidación de la llamada sociedad civil en México. En efecto, a diferencia de lo que sucedía en durante los sexenios priistas, donde era común el acarreo para los distintos actos oficiales, durante las visitas pastorales de Su Santidad Juan Pablo II, la movilización del pueblo fue espontánea, sin acarreos de ningún tipo.
En la historia reciente de México sólo hubo otra movilización similar de la llamada sociedad civil. Ocurrió durante el sismo que afectó al Valle de México el l9 de septiembre de l985. Este acontecimiento, junto con las movilizaciones masivas que provocó el Santo Padre, sentaron las bases para el surgimiento de un actor social que no había mostrado su rostro en México en su historia reciente.
Pienso que de esta manera Juan Pablo II contribuyó al proceso democratizador en nuestro país de una manera determinante. Según el Dr. Elio Masferrer, muchísimos mexicanos le atribuyen a Juan Pablo II, no sólo el reforzamiento de la fe, sino también la capacidad de transformar a México, de reordenar el caos en nuestra sociedad, de poner orden en las cuestiones sociales, familiares, personales, etc. Para muchos mexicanos, el Papa es como una suerte de reorganizador de los aspectos más elevados, más espirituales.
Decía al inicio de esta exposición que Juan Pablo II cambió el rostro de México. Y no sólo eso, cambió también la percepción que los mexicanos tenemos de nuestro país. Hemos descubierto de una manera consciente que la mayoría de la sociedad mexicana es católica, aunque crítica frente a la institución eclesiástica. Y esto fue una sorpresa para muchos, en medio de una educación laica, de los procesos de secularización y de un repliegue de la Iglesia católica a los templos y sacristías.
Nos hemos reencontrado con la religiosidad popular, que permea amplios sectores del pueblo mexicano, y a través de la cual expresamos nuestra catolicidad.
Algo que debe señalarse es que, a raíz de las visitas de Su Santidad Juan Pablo II, se ha producido lo que los antropólogos llaman reavivamientos religiosos. En efecto, las personas que tenían entre l5 y 25 años en l979, tuvieron un reavivamiento religioso, pues tiene mayores índices de catolicidad. Y esto, sin duda, se debe a Juan Pablo II y a sus visitas pastorales.

Conclusión
Las distintas visitas de Juan Pablo II tienen muchísimas implicaciones. No en balde se ha empleado mucha tinta en los medios impresos. Sin embargo, conviene señalar que sus cinco visitas no han contribuido a fortalecer a la jerarquía católica mexicana ante la opinión pública.
Esto puede deberse a la manera en que se diseñaron las visitas pontificias, en los que sólo resaltó la figura del Papa, sin mostrar a los distintos Cardenales y Obispos mexicanos.
En efecto, los obispos mexicanos sólo parecían el telón de fondo sobre el que se desenvolvía Juan Pablo II. No tuvieron una participación importante, pues parecían, también, solamente espectadores en las visitas papales.
Un diseño diferente hubiera puesto de relieve el aspecto de la Colegialidad episcopal que existe en la Iglesia católica.

 

 

 

 

Der Kulturkampf

 

Cuando hablamos de Kulturkampf[1] nos referimos a la lucha llevada a cabo por el canciller alemán Otto von Bismarck[2] de 1871 a 1878 en contra de la Iglesia Católica en Alemania y del partido político que algunos eclesiásticos sostenían: el Zentrum[3].

El origen del término tiene su origen en una consigna electoral de carácter anticlerical del partido progresista. En efecto, Rudolf Virchow, el gran médico e investigador y figura emblemática del nuevo Imperio alemán (II Reich), acuñó el término «lucha por la cultura», que luego, abreviado como «lucha cultural» o Kulturkampf[4], definió la guerra fría entre el Estado y la Iglesia católica[5].

Para Joseph Lortz[6], esta lucha por la cultura se da como consecuencia de un gran movimiento general, el liberalismo. De hecho, la doctrina liberal era la propugnada por el partido dominante en Alemania en la época que nos ocupa.

Es imposible entender el problema de la Kulturkampf si no se la sitúa como una pieza -sólo una más- de la política interior y exterior que desarrolla el canciller de 1870 a 1890[7]. Sus preocupaciones fueron ante todo de razón de Estado. En efecto, el interés de Bismarck era, ante todo, hacer lo más conveniente para la Nación, y dentro de este esquema, actuar en cada instante según su propio parecer. Esta mezcla de intereses públicos y cuestiones personales contribuyeron a confundir a los contemporáneos al creer ver un enemigo o en el hombre o en la Institución; cuando ni una cosa ni otra eran exactas: eran tan sólo necesidades de la situación.

La década 1870-80 se caracteriza por el gran problema de consolidar el Imperio tras la victoria de Sedán[8]. El modo de lograrlo era prusianizar el interior y buscar alianzas externas que aislasen internacionalmente a Francia, con la finalidad de tender un puente en el camino a Viena, sin debilitar el de San Petersburgo. Esto último se consigue en la «Entente de los 3 Emperadores»[9] de 1872.

Para lograr sus objetivos, Bismarck se apoyó en el partido mayoritario y dominante (liberal-nacional) y chocó contra el católico (el Zentrum) en el que creyó ver, junto a una ideología diferente al nacional-liberal, un obstáculo para la unificación. En efecto, durante la guerra franco-prusiana, el comportamiento de zonas católicas y de alguna parte del clero había sido desfavorable a la causa procurada por Bismarck (Westfalia y Renania simpatizaron con Francia; los bávaros fueron hostiles a la creación del Imperio; el clero francés era anti-prusiano…). El canciller alemán acudió al Papa Pío IX[10] para que mediara en estos problemas, pero Roma se desentendió[11].

Estos hechos coincidieron con una seria escisión dentro del mundo católico alemán. Tras la declaración dogmática de la infalibilidad pontificia (18 juI. 1870), algunos intelectuales decidieron no someterse. En Baviera, Berlín, Bonn, Brandemburgo, Colonia, menudearon actos de rebelión. Para Bismarck, la declaración conciliar, mal entendida, fue un grave síntoma de intolerancia y una muestra del posible peligro: la férrea disciplina que tal dogma exigiría, le pareció que iba a constituir un Estado dentro del propio Estado alemán que él había levantado. Por esto la política de la Kulturkampf tendrá dos frentes: legislación anti-católica y apoyo de los católicos escindidos de la Iglesia (viejo-católicos)[12].

Hasta 1873 la lucha es de tono menor: El 28 de noviembre de 1871, por iniciativa del ministro de Cultos bávaro Lutz (anti-infalibilista) se vota y aprueba el llamado «párrafo del púlpito», consistente en dotar de poderes a las autoridades para evitar el posible abuso de un sacerdote que, desde el púlpito, predicase de política. Más sintomático que real, sólo se aplicó siete veces en cinco años y, por lo general de un modo correcto. A los pocos meses se aprueba la ley de «control de escuelas», consistente en que los inspectores escolares serían nombrados sólo por el Gobierno, en vez de designarse, como hasta entonces, por mutuo acuerdo entre la Iglesia y el Estado. La aprobación de esta ley fue muy dificultosa. El propio ministro de Cultos (protestante convencido) no estaba de acuerdo con el texto, pero el partido nacional-liberal exigió su dimisión y fue sustituido por Adalberto Falk, quien se convirtió en el factótum de la nueva Kulturkampf.

      Mientras tanto, en el frente anti-infalibilista, hubo novedades. En el Congreso de Munich (22 sept. 1871) se reunieron representantes de más de 300 asociaciones que decidieron fundar una Iglesia, la de los «viejo-católicos», que pretendió ser reconocida oficialmente. No lo consiguió, pero sí logró ser apoyada por las autoridades civiles. Cuando Mons. Krementz excomulgó a Wollman y Michels, Falk afirmó que tales excomuniones carecían de valor. El ministro del Ejército, Roon, ordenó al General Castrense Mons. Namszanowski que permitiera el culto viejo-católico en una iglesia. Ante la negativa, fue sustituido.

      Una característica de la KULTURKAMPF será que la Iglesia y los católicos opondrán una resistencia viva. En contraposición a lo ocurrido en diferentes países mediterráneos ante situaciones paralelas, la lucha finalizará con la derrota moral de Bismarck. En efecto, pasando al ataque el episcopado alemán se reunió en Fulda (1 abr. 1872) y envió una carta de protesta a Falk. El embajador prusiano en la Santa Sede fue trasladado a París por necesidades de política exterior. Bismarck quiso sustituirlo por Hohenlohe -«viejo católico» y regalista-, pero el Papa se negó. El 30 dic. 1872 se rompieron las relaciones. Acusados los jesuitas de promover el conflicto, fueron expulsados. «No iré a Canosa ni en carne ni en espíritu», dice Bismarck. Es el inicio de la fase remontante en la curva del conflicto.

      A principios de 1873 se presentaba al Reichstag el proyecto Falk, compuesto de cuatro leyes. Tendía esencialmente a privar a los católicos prusianos de los derechos y libertades reconocidas en la Constitución de 1848, bajo el pretexto de que eran privilegios sin parecido en los otros estados germánicos (Modificación a los artículos 15, 16 y 18 de 1848). El proyecto, en su primera ley, introducía un control del Estado en la enseñanza del clero y en la provisión de cargos eclesiásticos. La segunda ley, dirigida especialmente contra el poder disciplinar del Papa, creaba un tribunal superior de apelación eclesiástica, con autoridad, igualmente para castigar a los clérigos desobedientes a las leyes civiles. Las otras dos leyes disminuían el alcance de la potestad episcopal y facilitaban el abandono de la Iglesia por parte de los fieles. La discusión del proyecto fue violentísima. En la sesión del 17 de enero, Virchow denominó a la batalla con el término Kulturkampf, lucha por la cultura. El proyecto fue aprobado el 9 mayo 1873. Invitados por Roma a seguir una línea común, los obispos se reunieron de nuevo en Fulda y decidieron una oposición, al menos pasiva, y la continuación normal de la vida habitual de la Iglesia. También redactaron y distribuyeron una carta a los fieles (20 sept. 1873). Pero la autoridad estatal entró en juego. Varios obispos fueron encarcelados, escuelas y seminarios cerrados, se lanzaron campañas desde la prensa oficial… Las elecciones para el nuevo Reichstag de 1874 fueron muy reñidas. Se pretendía una mayoría Zentrum que obligara a la revocación del proyecto Falk, llamado ahora las leyes de mayo. En efecto, los católicos doblaron su número (de 58 a 100 diputados), pero los nacional-liberales no disminuyeron (de 120 a 145) merced a haberse engrosado a costa del partido conservador.

      La nueva legislatura será también difícil: en 2 abr. 1875 se suspenden todas las ayudas del Estado a la Iglesia Católica («ley del hambre»), en mayo se ordena que el patrimonio eclesiástico sea administrado por un comité en el que el párroco sólo tendrá voto consultivo, y se suprimen todas las órdenes religiosas menos las que prestan servicios hospitalarios, que pasarán a estar sometidas a la inspección estatal.

      Sólo el tiempo y el cambio de las circunstancias suavizó la cuestión. Conseguido básicamente el programa unificador del canciller, son otros los problemas que atraen su atención. Su preocupación ahora es el liberalismo y el socialismo. El socialismo que gana 10 escaños en las elecciones de 1877 y que perpetra dos atentados a la persona del Emperador en mayo y junio de 1878. El liberalismo también: el monopolio político ejercido por este partido ha llevado a un librecambismo económico de pésimos resultados para el Imperio. Bismarck se decide a cambiar. En 1879 impone aranceles al comercio. El partido en quien se va a apoyar para combatir a estas fuerzas será, precisamente el Zentrum, bien situado en las elecciones sucesivas. Al mismo tiempo la muerte de Pío IX (febrero 1878) y el entronizamiento de León XIII será otra causa más de distensión en las relaciones. Sustituido Falk por Puttkamer, las sucesivas leyes de 1880, 1886 y 1887, dejaron sin efecto a las de mayo de 1873.

 

 


[1] El término alemán Kulturkampf puede ser traducido como “La lucha por la cultura”, Cfr. Diccionario compact Español-Alemán Alemán-Español, Larousse, México 2001, p. 297 y 327.

[2] Otto von Bismarck (Schoenhausen, Magdeburgo; 1 de abril de 1815 – Friedrichsruh; 30 de julio de 1898) llamado el canciller de Hierro, fue un político prusiano, artífice de la unidad alemana. Hijo de un capitán de caballería retirado que en su periodo universitario cursó derecho en Berlín y Gottingen. Desempeñó diferentes ocupaciones a lo largo de su vida. Cómo político perteneció al Parlamento de Prusia. Fue su representante en la Dieta de los países alemanes en Francfort. Como diplomático fue embajador de Prusia y Francia. Y por supuesto ejerció como militar. A finales de 1862 asumió los cargos de Primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores. En 1864 derrotó a Dinamarca quitándole los ducados de Schleswig y Holstein y en 1866 se enfrentó a Austria en la victoria de Sadowa. Entre 1870-71 la Confederación del Norte de Alemania, que el propio Bismarck había creado, derrotó a Francia en la Guerra Franco-Prusiana. Se configuró entonces el Gran Imperio Alemán del que fue nombrado primer canciller. Intentó aumentar el poder del Imperio por medio de ataques al partido socialdemócrata con leyes excepcionales, tomando algunas leyes sobre retiro obrero y luchando contra el partido católico (Kulturkampf). Esto ocurrió en torno a 1878. Se hubo de retirar del poder cuando Guillermo II accedió a la corona por problemas personales entre ambos. Recibió tanto honores militares como nobiliarios.

[3] El Partido de Centro (Deutsche Zentrumspartei o solamente Zentrum), a menudo llamado Partido de Centro Católico, fue un partido político Católico en Alemania durante el Segundo Reich (Kaiserreich) y la República de Weimar. Fue fundado el 21 de marzo de 1871 para proteger los derechos de la minoría católica en la nueva Alemania, el partido ganó fuerza durante los años 70 (1870-1880) en su reacción contra la ‘lucha cultural’ (Kulturkampf) de Bismarck contra la Iglesia Católica. El partido destacó por la mezcla de clases a las que representó, yendo desde los trabajadores católicos hasta los aristócratas.

[4] Sigo en este trabajo de investigación la presentación y el esquema básico que hace J. Longares Alonso  de la voz Kulturkampf en la Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo XIII, Ediciones Rialp S.A. 1979, p. 802-804.

[5] Cfr. Ross, Werner, Friedrich Nietzsche. El águila angustiada, traducción de Ramón Hervás, Paidós, Barcelona, 1994, pp. 333-342. Es interesante esta obra puesto que nos describe la situación intelectual en Alemania en esta época, en la que vive y escribe Nietzsche, que se puede describir más o menos así: en el nuevo imperio alemán, los nacional-liberales constituyen la corriente y la voz dominante. Con ellas se corresponde el optimismo de la época fundacional, al que tampoco consigue dañar seriamente el crack bursátil de 1873. La intelectualidad de la época es «progresista», amiga del capital y de los judíos, contraria al socialismo, enemiga de los católicos. Ya en julio de 1871, se suprimió el Departamento católico del ministerio de Educación Pública prusiano; la Dieta del Imperio aprobó en noviembre de 1871 el artículo de cátedra y en junio de 1872 la ley de los jesuitas.

[6] Cfr. Lortz, Joseph, Historia de la Iglesia. Desde la perspectiva de la historia de las ideas. Ed. Guadarrama, Madrid, 1962, p. 585ss.

[7] Alemania en este periodo va a convertirse en una potencia industrial aprovechando una serie de elementos favorables: a) la unificación del mercado nacional (Zollverein); b) una coyuntura de expansión del comercio mundial; c) la indemnización de cinco mil millones de francos que tiene que pagar Francia, permiten finalizar la construcción de ferrocarriles; d) la anexión de Alsacia y Lorena, que aportan una potente industria y recursos minerales. A partir de 1890, el desarrollo cobra un ritmo más rápido. Alemania se convierte en la primera potencia industrial europea y la segunda tras los EE.UU. a nivel mundial. Esta expansión económica va a suscitar sueños de expansión imperialista.

[8] La Batalla de Sedán se libró el 1 de septiembre de 1870, durante la Guerra franco-prusiana. Fue una impresionante victoria para los prusianos, ya que no sólo habían capturado a todo el ejército francés, sino también a su emperador, Napoleón III. Dos días después de que estos llegaran a París, el Segundo Imperio Francés fue derrocado en una revolución pacífica, llevando a la creación de una junta de defensa nacional y a la Tercera República Francesa. La derrota de los franceses en Sedán y la captura de Napoleón III decidieron el resultado final de la guerra a favor de Prusia. Barral, María E. y otros. Historia: el mundo contemporáneo. Siglos XVIII, XIX y XX. Editorial Estrada. Diciembre. 1999.

[9] En 1872, se entrevistan los emperadores de tres estados europeos (Guillermo I de Alemania, Alejandro II de Rusia y Francisco José de Austria-Hungría), y al año siguiente firman una serie de acuerdos conocidos como la Entente de los Tres Emperadores. Dos fueron los acuerdos: a) una convención militar germano-rusa, por la que ambos jefes de estado, se prometían una ayuda recíproca de un contingente militar de 200.000 hombres, en caso de ser atacados por una potencia europea.     b) Una convención política austro-rusa, en caso de agresión de una tercera potencia ambas permanecerían neutrales. Para lograr estas alianzas, Bismarck utilizó el argumento de la solidaridad monárquica frente al peligro republicano (Francia).

[10] De nombre Giovanni María Mastai-Ferretti, nació en el seno de una familia de nobles. Desde su juventud muestra su inclinación por el estudio de las humanidades y en 1809 se traslada a Roma para cursar filosofía y teología. Debido a los acontecimientos políticos que asolaban Italia en ese momento no puede concluir su carrera hasta 1814. En este mismo año le ordenan sacerdote. En la década de los años veinte se traslada a América tras ser nombrado auditor del delegado apostólico de Chile. En este tiempo recorrió las principales ciudades del Sudamérica hasta que regresa a Roma. Allí pasó por varios cargos eclesiásticos hasta que en 1846 es nombrado pontífice, sucediendo a Gregorio XVI. Coincidiendo con su papado, los Estados Pontificios se anexionaron al resto del reino en 1870. Fue artífice del Concilio Vaticano Primero de 1869, donde se anunció el dogma de la Inmaculada Concepción. Publicó las encíclicas “Quanto conficiamur”, “Quanta cura”, “Syllabus errorum” y “Respicientes”.

[11] A

[12] Se designa con este nombre a algunos grupos de cristianos, de proveniencia católica, pero que por varios motivos se han separado de la Santa Sede. Hay tres grupos principales: a) La iglesia de Utrecht, en Holanda, con tres obispos, que se separó de Roma en 1724; b) Las iglesias viejo-católicas de Alemania y Austria, y la cristiano-católica de Suiza; c) Algunos grupos de origen eslava que forman la iglesia nacional polaca, sea en Polonia que en Estados Unidos. Hay además otras pequeñas comunidades semejantes como son la iglesia episcopal reformada española con 3.000 fieles y la iglesia lusitana católico-apostólica evangélica con 4.200 adherentes. Finalmente, hay que mencionar la iglesia filipina independiente. Los viejo-católicos alemanes se separaron en Roma a raíz de la definición de la infalibilidad papal por el Conc. Vaticano I en 1870. Uno de los historiadores católicos alemanes más conocidos de la época, el Dr. Ignaz von Dillinger (1799-1890), con el apoyo de un grupo de sacerdotes y teólogos, mantuvieron su oposición a la definición hasta la excomunión por la Santa Sede. Los disidentes adoptaron el nombre de viejo-católicos, indicando así el programa de su movimiento: mantener la fe católica en el estado en que estaba antes de la promulgación del nuevo dogma. En un congreso llevado a cabo en Colonia en septiembre de 1892, los viejo-católicos se organizaron en Iglesia. Como entre los disidentes no había ningún obispo, se les planteó el problema de cómo asegurar la sucesión episcopal y sacerdotal. En este dilema recibieron la ayuda de la iglesia cismática de Utrecht, que había mantenido la sucesión apostólica desde su separación de Roma. En 1874 el arzobispo de Utrecht consagró un obispo viejo-católico para Alemania, J. H. Reinkens, con sede en Bonn, y en 1876 uno para Suiza, E. Hertzog, con sede en Berna.

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