Recensión. “Pecado Original”: ¿O Gracia del Perdón?

Recensión

“Pecado Original”: ¿O Gracia del Perdón?,

de Bárbara Andrade.

 

El presente libro, escrito por la Dra. Bárbara Andrade, es una antropología teológica en perspectiva trinitaria, que ofrece una inteligente reflexión sobre el “pecado original”, construido con la convicción de que el pecado, sea el “original” o el personal, sólo puede entenderse adecuadamente a partir de la gracia del perdón. A lo largo de su estudio, Andrade nos ofrece una renovada visión teológica, en la que destaca un nuevo concepto de persona (entendida como autopresencia-en-relación), la primacía de la dimensión comunitaria y un adecuado punto de partida, la experiencia de fe fundamental, entendida como experiencia de perdón incondicional.

El libro se estructura en una introducción y seis partes bastante consistentes, donde las primeras cuatro partes (I. Reflexiones hermenéuticas previas, II. La experiencia de gracia, III. El kerigma: perdón y conversión en el encuentro con Dios, IV. La herencia de Agustín) son una rica mirada que nos prepara a examinar la doctrina del “pecado original” (V. La búsqueda de una nueva comprensión: la doctrina del “pecado original”, ¿puede ser a la vez dogma e incomprensible?) y concluye con la sexta parte, titulada Experiencia del perdón – Llegar a ser nuevos en el encuentro con Dios, para rematar después con una completa bibliografía.

¿Por qué otra vez este tema tan controvertido? A pesar de que el tema del “pecado original” es poco atrayente, especialmente por las asociaciones arcaicas que sugiere, Bárbara Andrade recuerda que esta doctrina está tan arraigada en nuestra fe, que no es posible renunciar a ella sin que esto falsifique nuestra fe misma y subraya que es necesario dar cuenta de las afirmaciones de la fe ante la razón. La pregunta que debemos plantearnos y responder es la siguiente: ¿Cuál es la afirmación de fe escondida tras la expresión “pecado original”? Es lo que Andrade trata de dilucidar a lo largo del libro. Pues bien, en la primera parte, donde nos presenta algunas reflexiones hermenéuticas previas, Andrade se pregunta por dónde empezar a dilucidarlo, es decir, hay que empezar por determinar el cuadro teológico dentro del cual pueda caber la doctrina del “pecado original”. Ella sugiere que se debe partir desde una teología de la creación, que es como se ha originado la génesis de este libro que nos ocupa. Y es que la doctrina del pecado original tradicionalmente se enmarca en la teología de la gracia, con el peligro de varios reduccionismos: fácilmente se reduce a la explicación del hombre como imagen de Dios y el diálogo con las ciencias naturales y apenas se destaca la dimensión soteriológica de la teología de la creación que, sin embargo, lleva mucho peso en la Escritura.

Otro problema es que tradicionalmente se trata muy aparte la doctrina del pecado original, que entendida por sí sola, puede convertirse en un pozo de pesimismo antropológico y parece llevar el mayor acento, que la gracia se ve como un paralelismo del pecado original y no se subraya su preeminencia. Todo esto contradice las aportaciones de la psiquiatría y el psicoanálisis y la actual autocomprensión del hombre, pero también la noción bíblica y católica de que la preeminencia siempre corresponde a la gracia, y a ella sola.

El punto de partida de Andrade es lo que ella llama experiencia de fe, es decir, un acontecimiento en el que se experimenta a Dios, en la dimensión personal y comunitaria, como aquel que continuamente perdona y esto de tal manera que los hombres se reconocen a sí mismos como pecadores perdonados. Esta definición es la que guía todas las reflexiones de Andrade y le harán desarrollar algunas tesis que reflexiona desde la antropología y la teología y le sirven de clave hermenéutica para una relectura de algunos textos veterotestamentarios relevantes. Las tesis son las que enlistamos a continuación:

1. La fe conoce a Dios fundamentalmente como aquel que perdona. Su actitud de perdón ante todos los hombres aparece de alguna manera como su nombre (Ex 34, 7).

2. El perdón es propiamente el origen de la experiencia de la fe. Es la iniciativa de Dios, que capacita a la persona para la fe. De ella brota la conversión.

3. La experiencia de la fe es un conocimiento de Dios –como aquel que perdona– cuyo reverso es el autoconocimiento de la persona.

Sin duda alguna, uno de los aportes más significativos lo constituye el hecho de hacernos tomar conciencia de que el lenguaje de la experiencia de fe es la narración, mientras que los conceptos son más propios del tratado teológico. De hecho, la Sagrada Escritura no es otra cosa que testimonios narrativos de diversas experiencias de fe, que nos adentran en la misma experiencia de fe de la que ella da testimonio y crea en nosotros una comunión.

Por otra parte, Andrade señala que la doctrina de la gracia ha acabado en un callejón que difícilmente tiene salida, puesto que se olvida la trinidad de Dios y su relacionalidad y no se acentúa la relacionalidad entre Dios y el hombre, sino la diferencias y hasta cierto punto, presentándolos como antagónicos.

La aportación más significativa la obtiene de un nuevo concepto de persona, entendida como autopresencia–en–relación. El concepto forma parte de una ontología relacional, donde la sustancia es substituida por la relación, puesto que toda persona, en cuanto tal, en toda la manera concreta en la que es persona, siempre proviene de otros y su propia manera de decir “yo”, la aprende en primer lugar de los demás.

Una aportación también sumamente significativa es la noción de encuentro, una relación personal que puede surgir de miles de maneras y que tiene cuatro características esenciales: cada encuentro es único, tiene lugar en la acentuación mutua, es un regalo imprevisible, que simplemente sucede y cada encuentro es creador, puesto que nos crea como un yo nuevo. Por otra parte, la relación entre el yo tú del encuentro surge un nosotros, que nace precisamente del encuentro, es decir, esto implica nuestra inserción en una realidad social, que existe con anterioridad a los encuentros interpersonales. Esto pone de relieve que el encuentro encamina hacia la hermandad y la solidaridad, precisamente porque descubre que, en tanto auto–presencia, siempre provenimos de otros.

Sin duda alguna, uno de los momentos más relevantes del libro lo constituye la relectura del Antiguo Testamento en clave trinitaria, pero también el Nuevo Testamento entendiendo la gracia como perdón. En efecto, el Antiguo Testamento nos presenta la auto–presentación de Dios como aquel que siempre está perdonando, como el que está guardando el amor sin medida y que se fija en los pecados de los padres sólo por un breve rato. También nos ofrece la confesión de culpa que hace el pueblo de Israel, que se reconoce como pecador, que tiende constantemente a la idolatría.

Es precisamente en la experiencia de la sobreabundancia del amor, de la gracia y del perdón de Yahvéh, que Israel reconoce su “gran pecado”. La confesión de Israel es siempre confesión de la propia culpa, pero confesión de la culpa perdonada. Por otra parte, la novedad del Nuevo testamento consiste en el testimonio de que el perdón de los pecados ha acontecido ya, que, por siguiente, cada creyente es un pecador perdonado. Es interesante que todo esto se haga desde la perspectiva del kerigma. Una cosa queda muy clara leyendo a Bárbara Andrade: No hay primero juicio de Dios y después posible perdón, sino que lo primero es la experiencia del perdón: “sólo cuando descubrimos que estamos perdonados y que podemos perdonar” conocemos que habíamos pecado, que somos pecadores. Sólo el perdón antecedente nos permite conocer la gravedad del pecado y suscitar el agradecimiento y la conversión.

Andrade examina también las aportaciones de san Agustín a propósito del pecado original y la historia de la recepción de su doctrina en la historia de la teología. Resulta que se ha dado una inversión del testimonio bíblico, puesto que san Agustín polemiza con los pelagianos y presenta algunas ideas y perspectivas de su pasado maniqueo, que conduce a cierta devaluación del cuerpo y cierta banalización del mal que se acentúa en la recepción de su doctrina. Pues bien, para san Agustín, el pecado de origen es realmente universal y sólo puede ser quitado por la gracia de Cristo, y se trata de un pecado al que cada uno está sometido por la procreación en la sucesión generacional.

La recepción de la doctrina agustiniana en la Edad Media se caracteriza por algo sumamente significativo: se parte del pecado y no de la gracia. En el concilio de Trento, por su parte, se ha tratado el pecado original aisladamente y no a partir de la gracia sobreabundante, lo que dificulta que se comprendan diversas afirmaciones a propósito de la justificación. Sin embargo, hay que subrayar que en los documentos doctrinales de la Iglesia la preeminencia de la gracia ha sido mantenida ininterrumpidamente, aunque se ha perdido la sobreabundancia de la gracia que se destaca en el kerigma.

El meollo del libro está en la quinta parte, que no es otra cosa que la búsqueda de una nueva comprensión de la doctrina del pecado original, pasando revista a diversos acercamientos contemporáneos a esta problemática, subrayando que todos los esbozos se esfuerzan por hacer plausible la teología del pecado original, destacando los siguientes elementos: atención a las consecuencias sociales del pecado, no se trata sólo desde la perspectiva moral, se reflexiona acerca de la sociedad pecaminosos y sus estructuras, al mismo que se amplía el concepto de libertad, no sólo como libertad de elección. Pero ciertamente son esbozos limitados, pues enfocan aspectos parciales de la problemática total.

La sexta parte nos ofrece la aplicación de todas las partes anteriores, pues pretende recoger todos los hilos y Andrade los hace con maestría, mostrándolos que del pecado en sentido propio sólo podemos hablar desde dentro de la experiencia de fe. Fuera de la experiencia de fe reconocemos estructuras excluyentes, abusos, crímenes, violencia, injusticia social. En la fe, en cambio, el pecado no solamente es conocido en cuanto tal, sino como pecado perdonado. De hecho, dice Andrade, el perdón da lugar a la conversión, que toma la forma de un llegar a ser nuevos, esto es, recibimos la capacitación para actuar de una manera que, en la esperanza, corresponde a la comunión con Dios, que experimentamos en la comunión que se da entre nosotros.

En este apartado, Andrade nos ayuda a descubrir la relación existente entre el dogma y la experiencia de fe. El dogma, afirma Andrade, no sólo brota de la experiencia de fe sino que nos remite otra vez a la experiencia de fe. Por eso es importantísimo entenderlos e integrarlos en la experiencia de fe, que busca la comunicación participativa y la convivencia práctica.

El “pecado social” y su confesión

El “pecado social” y su confesión

 

M. Sievernich da cuenta del recorrido histórico del “pecado social”, una noción que fue duramente criticada, pero que ha adquirido carta de ciudadanía en la reflexión y en la praxis teológica. Su clarificación ha motivado que la noción sea aceptada incluso en el Magisterio de la Iglesia, como puede verse en Reconciliatio et Paenitentia, donde Juan Pablo II señala lo siguiente: “Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos…” (no. 16).

Otro texto significativo lo constituye el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que tiene párrafos significativos sobre el pecado social, como los siguientes: El misterio del pecado comporta una doble herida, la que el pecador abre en su propio flanco y en su relación con el prójimo. Por ello se puede hablar de pecado personal y social: todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto tiene también consecuencias sociales. (n. 117). “Algunos pecados, además, constituyen, por su objeto mismo, una agresión directa al prójimo. Estos pecados, en particular, se califican como pecados sociales” (no. 118).

Algunos pecados, además, constituyen, por su objeto mismo, una agresión directa al prójimo. Estos pecados, en particular, se califican como pecados sociales.

M. Sievernich nos descubre que la tradición cristiana siempre ha sido consciente de la dimensión social del pecado, pero subraya que en distintos periodos ha faltado destacarla suficientemente. Un ejemplo paradigmático de alguien que ha subrayado la dimensión social del pecado, del pecado que se incrusta en las estructuras sociales, haciéndolas estructuras de pecado lo constituye fray Bartolomé de Las Casas.

Lo novedoso de los tiempos recientes es que esta noción se relaciona más conscientemente con los ordenamientos y estructuras sociales, poniendo de relieve algo que en la doctrina de la gracia y en la eclesiología se ha siempre señalado: que la existencia humana tiene una estructura personal y social. En este contexto, hablar de pecado social significa señalar la relación mutua igualmente originaria entre persona y sociedad, entre pecado personal y pecado social.

El mérito de este artículo es poner algunas bases para que el discurso sobre el pecado social no se quede en el lenguaje profético; aporta, por tanto, criterios de acción para su aplicación a determinadas situaciones y los elementos para su atribución a las personas.

Sin duda se trata de una reflexión muy pertinente. Recientemente el obispo Gianfranco Girotti, regente del Tribunal de la Penitenciaría Apostólica, señaló que existen “actitudes pecaminosas” que afectan los derechos individuales y sociales. “Ante todo, en el campo de la bioética, donde no podemos dejar de denunciar algunas violaciones de fundamentales derechos de la naturaleza humana a través de experimentos y manipulaciones genéticas de los cuales es muy difícil controlar los resultados”.

Otra área social es la de la droga, “a través de la cual se debilita la psiquis y se oscurece la inteligencia, dejando a muchos jóvenes más allá del circuito eclesial”.

Los fieles perciben con más sensibilidad que nunca las desigualdades sociales y económicas “en las cuales los pobres son cada vez más pobres y los ricos siempre más ricos, alimentando una insostenible injusticia social”, denunció el Penitenciario Apostólico vaticano.

Monseñor Girotti dijo también que uno de los nuevos males que la Iglesia quiere combatir como pecados sociales abarcan las cuestiones ecológicas. “No contaminarás” es un nuevo mandamiento que el Papa ha esgrimido en varios de sus discursos. Benedicto XVI pidió la protección del medio ambiente y afirmó que los cambios climáticos se han convertido en una cuestión de gran importancia para la humanidad.

“Uno no ofende a Dios sólo al robar, blasfemar, o desear la mujer del prójimo. También lo hace cuando daña el medio ambiente, participa en experimentos científicos dudosos y de manipulación genética; cuando acumula excesivas riquezas, consume o trafica drogas; y cuando ocasiona pobreza, injusticia y desigualdad social”, expresó Monseñor Girotti.

 

Bibliografía
M. Sievernich, El “pecado social” y su confesión, en: Concilium No. 210 (1987) 251-265.