¿Qué dice el libro del P. Pierre Blet sobre Pío XII?

¿Qué dice el libro del P Blet sobre Pío XII?

Documentos sobre la actuación de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial.

ACI Digital

El libro del Padre Pierre Blet, S.J., “Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos vaticanos”, que se presentó ayer en la Sala de Prensa de la Santa Sede, resume la obra de 12 tomos que el sacerdote francés, junto a otros famosos historiadores, publicara en 1982, recogiendo testimonios del archivo secreto vaticano sobre la actividad del Papa Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial.

La obra se basa en los documentos originales que daban a conocer día a día, y en ocasiones hora a hora, la acción de Pío XII.

El primer capítulo, titulado “La diplomacia vaticana contra la guerra”, detalla todos los medios diplomáticos que la Santa Sede usó para lograr la calma en 1939 cuando la situación del mundo empeoraba rápidamente. Además, explica las iniciativas secretas con los distintos gobiernos, discursos solemnes, llamados vibrantes a los pueblos y a sus dirigentes. En un primer momento Pío XII intenta una conferencia entre Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Polonia. La tentativa falla pero – como explica Blet – todas las potencias comprenden el valor que puede tener la mediación del Papa en los momentos más críticos.

En el segundo capítulo, “Pío XII, Roosevelt y Mussolini”, Blet explica el nuevo papel que asume la Santa Sede de “limitar el conflicto, restaurar lo más rápido posible la paz fundada en la justicia y la seguridad” y los intentos de Pío XII para evitar que Italia entre en guerra. También narra la protesta de la Santa Sede por la invasión alemana a los Países Bajos, pese al disgusto de los fascistas italianos y sus amenazas. “Con calma, Pío XII respondió que, si llegase el caso, no tendría ningún temor de acabar en un campo de concentración y refiriéndose a los momentos más críticos pasados en la nunciatura en Munich agregó: ‘No hemos tenido temor de las revueltas dirigidas contra nosotros una primera vez, ni lo tendremos una segunda'”, explica Blet.

En el tercer capítulo, “El Papa y la Iglesia en Alemania”, Blet expone la grave situación de los fieles católicos en Alemania y la preocupación de Pío XII. “Nosotros queremos ver, hacer un intento. Si quieren el combate nosotros no lo tememos. Pero queremos ver sin no existe alguna manera para alcanzar la paz … Los principios no se pueden sacrificar. Cuando hayamos dado todos los pasos posibles y ellos persistan en su deseo de guerra, entonces Nosotros nos defenderemos, pero el mundo debe tomar nota que Nosotros hemos hecho todo tentativo posible para vivir en paz en Alemania”, señaló el Pontífice.     El cuarto capítulo corresponde a la situación de la Iglesia en Polonia. “La Iglesia en la Polonia invadida” se refiere a la evidente estrategia de exterminar la religión y la firme actitud de la Santa Sede.

En el quinto capítulo sobre “La época del Triunfo del Reich”, Blet analiza la situación de la Santa Sede frente a lo que en 1940 parecía el triunfo nazi y cómo las relaciones diplomáticas se tornaban por momentos en una verdadera cruz para Pío XII, que nunca cedió a las presiones. El siguiente capítulo “De la guerra europea a la guerra mundial”, en la misma línea que el anterior, ilustra el paulatino empeoramiento de la situación: Estados Unidos y Japón entraban también a la guerra.

El capítulo siete, “Leyes y persecuciones raciales”, Blet lo dedica a profundizar en la acción de la Iglesia frente a los perseguidos. El sacerdote explica que “habiendo constatado los fracasos de los esfuerzos realizados por evitar la guerra y dándose cuenta que las perspectivas de una restauración de la paz se disolvían en un futuro lleno de sombras, la Santa Sede decide que su tarea sería la de llevar ayuda a las víctimas del conflicto, aliviando sus sufrimientos materiales y morales”.

Con respecto a los judíos, los primeros tentativos del Papa y de la Santa Sede apuntaban a facilitar la emigración de los hebreos a otros países aunque no siempre se tuvo éxito por la intransigencia alemana que llevó a Holanda a deportar religiosas católicas de raza judía a los campos de concentración como la actual patrona de Europa, Santa Edith Stein.

La Sede Apostólica se concentró en bloquear en la medida de lo posible dichas deportaciones. Italia aseguró a Pío XII que los hebreos refugiados en territorios bajo su control no serían entregados a Alemania y estas palabras se mantuvieron hasta el último momento.

Pío XII terminaba su discurso de Navidad en diciembre de 1942 deseando el fin de la guerra y afirmando al respecto: “Este deseo, la humanidad lo debe a los centenares de millares de personas a las cuales, sin ninguna verdadera culpa propia, a veces por razones de nacionalidad o de estirpe, son destinados a la muerte y a un progresivo degradamiento”. Blet añade a esta declaración el comentario que los servicios secretos nazis hacían del discurso pontificio: “Él [el Papa] acusa virtualmente al pueblo alemán de injusticia contra los hebreos y se hace portavoz de los hebreos, criminales de guerra”.

El Papa se concentraba en actuar. En Eslovaquia, Rumania, Croacia y Hungría el Vaticano aún podida ejercer su influencia. Los capítulos ocho y nueve los dedica Blet a ilustrar la acción del Santo Padre a favor de los hebreos en estos territorios. Los nuncios en algunos casos lograron bloquear las deportaciones.

El nuncio en Bucarest el 14 de febrero de 1943 trasmitía los agradecimientos del Presidente de la comunidad hebrea rumana: “El Presidente de la comunidad israelita de Rumania …  ha venido ya dos veces a agradecerme por la asistencia y la protección de la S. Sede a favor de sus correligionarios”. Dos semanas después, el doctor Safran, rabino jefe de Bucarest, le pide “trasmitir al S. Padre el homenaje de devoción y los saludos sinceros, respecto de toda la comunidad, que sabe ser objeto de tan paterna solicitud por parte del augusto Pontífice”.

El representante de la Santa Sede en Croacia más o menos por la misma época escribía también a Roma: “El rabino mayor de Zagreb me ha pedido trasmitir su vivísimo agradecimiento a la S. Sede por la ayuda eficaz de parte de ésta al lograr transferir un grupo de muchachos hebreos”. Mons. Roncalli -el futuro Papa Juan XXIII- desde Turquía a su vez refería: “Hoy mismo, el secretario de la Agencia Judía para Palestina, señor Ch. Barlas, ha venido a agradecerme y a agradecer a la Santa Sede por sus acciones en favor de los israelitas de Eslovaquia”; y el mismo Mons. Roncalli en junio trasmitía dos cartas que le habían sido enviadas, una en la que se le agradecía por lo hecho a favor de los hebreos y la otra en que se agradecía por la obra de socorro realizada por el Arzobispo de Zagreb, Cardenal Stepinac – beatificado en 1998 por Juan Pablo II -.

El capítulo diez se titula “El destino de la Ciudad Eterna”. El desembarco de los aliados en Sicilia, el bombardeo de Roma, el relevo de Mussolini y el control de las tropas alemanas sobre Roma, llevaban al Vaticano – según Blet – a una “confrontación directa con las fuerzas del Reich, con su ejército, con la Wermacht, con su policía de Estado, con la Gestapo”. El embajador alemán ante la Santa Sede explicó la nueva política: neutralidad absoluta del Papa o las represalias de Hitler serían violentísimas.

A pesar de las amenazas, una de las primeras preocupaciones de Pío XII fueron los hebreos que se encontraban en la ciudad. Antes que las deportaciones comenzaran, ya el Santo Padre había levantado las disposiciones canónicas a los conventos de clausura; en estos y en cientos de iglesias y comunidades se refugiaron millares de hebreos. Las enérgicas intervenciones del Papa a favor de la ciudad dieron buenos resultados y los alemanes decidieron salir de ella sin convertirla en un campo de batalla. Entre el 4 y el 5 de junio las tropas americanas ocupaban la ciudad.

El capítulo once del libro de Blet, “Los sucesos en Francia”, analiza el papel de la Santa Sede en Francia, donde el nuncio se preocupaba más por la situación interna de la Iglesia y por ayudar a los perseguidos. El último capítulo está dedicado a las preocupaciones de Pío XII en los últimos meses de la guerra. Los polacos se dirigieron al Santo Padre y a los aliados occidentales oponiéndose a las pretensiones rusas. El Papa se esforzó por comprometer al Departamento de Estado y a la opinión pública católica norteamericana sobre la suerte del pueblo polaco, pero en Yalta, no obstante las intenciones iniciales de Roosevelt y Churchill, la misma Polonia y toda la Europa del Este fue abandonada al poder soviético.

Blet concluye comentando la frase que De Gaulle usa para contar la audiencia que tuvo en junio de 1944, en sus Mémoires de guerre: “Pío XII juzgaba cada cosa desde un punto de vista que trasciende a los hombres, sus sucesos y conflictos”. “Esta visión trascendente, más allá de todo interés opuesto y de los conflictos de las pasiones, hará siempre ardua la tarea de comprender a fondo la política y la personalidad del Papa Pío XII”, afirma el sacerdote.

EL P. BLET EXPLICA POR QUÉ UN LIBRO SOBRE PÍO XII

VATICANO, 9 (ACI).- Ayer en la Sala de Prensa de la Santa Sede, durante la presentación de su obra “Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos Vaticanos”, que presidió el Cardenal Pio Laghi, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el Padre Pierre Blet explicó porqué es importante hoy publicar esta obra.

El Padre Blet explicó que su libro era un compendio de la información recopilada por él y otros tres jesuitas en los Archivos Secretos del Vaticano y que publicaron entre 1965 y 1981 en 12 volúmenes titulados “Actos y documentos de la Santa Sede relativos a la segunda guerra mundial”.

“Es notorio que varios años después de la muerte de Pío XII se desencadenase una campaña contra el Pontífice cuyos fines distan mucho de conocerse”, dijo el P. Blet; y explicó que “para contraponer la historia a la leyenda, Pablo VI, que había sido uno de los más estrechos colaboradores de Pío XII decidió que fueran publicados los documentos de los Archivos Vaticanos relativos a la guerra”.

“Sin embargo, constatando que después de 15 años nuestros volúmenes permanecían desconocidos para muchos historiadores, he querido sintetizar el contenido en un volumen de pequeña dimensión”.

En la presentación de la obra, el sacerdote destacó tres puntos relativos a la conducta y actividad de Pío XII durante la guerra mundial: sus esfuerzos para salvaguardar la paz y limitar la guerra, su postura frente al poder nacional-socialista y su acción en favor de las víctimas de la guerra; ilustrando con ejemplos del libro cada uno de esos tres puntos, enumerando los encuentros, telegramas, cartas y otros mensajes entre Pío XII y sus nuncios y entre el Papa y los diplomáticos de Europa y Estados Unidos.

“La acusación que se repite más a menudo contra Pío XII es la de haber permanecido en silencio frente a las persecuciones raciales contra los judíos, a los que una denuncia pública por parte del Pontífice podría haber salvado del exterminio, de la ‘solución final’ llevada a cabo por el régimen nazi y que comenzó en 1942”.

El sacerdote concluyó su presentación recordando que el “silencio público (del Papa) encubría una acción secreta a través de las nunciaturas y las sedes episcopales para intentar impedir las deportaciones”. “Mediante los pasos dados continuamente ante los gobiernos de las naciones que mantenían algún margen de autonomía -Rumania, Eslovaquia, Croacia, Hungría- a través de los nuncios y los representantes diplomáticos de esas naciones, consiguieron salvarse miles de judíos”. “Hay que recordar que fue un historiador israelí el que dio la cifra de 850.000 judíos salvados”.

HOLOCAUSTO

HOLOCAUSTO
LA VOZ DE LA IGLESIA


El Oro de Pio XIISe han publicado los documentos de los archivos vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial.
Una entrevista exclusiva al padre Pierre Blet, el jesuita recopilador de la obra, muestra cómo la leyenda negra sobre el antisemitismo del Papa Pacelli carece de fundamento histórico.
El autor insinúa una hipótesis

A CARGO DE ANDREA TORNIELLI

A quien le preguntaba recientemente sobre los presuntos “silencios” de su predecesor el Papa Pacelli acerca del exterminio de los judíos, Juan Pablo II contestaba: “Leed al padre Blet”.
Es el mayor y más autorizado aval que se da a la labor “de hormiga” del anciano jesuita francés, que se ha ocupado de la publicación de los doce volúmenes de Actes et Documents du Saint-Siège relatifs à la Seconde Guerre Mondiale, es decir, de todos los documentos de los archivos del Vaticano relativos al periodo de la última guerra. Una iniciativa que nace de Pablo VI, que fue elegido Papa precisamente en el momento en que empezó a emerger la leyenda negra en torno a Pacelli. Una exhaustiva investigación histórica encaminada a restablecer la verdad sobre un Pontífice que próximamente será elevado al honor de los altares, pero cuya figura han puesto en entredicho ataques malintencionados. El padre Pierre Blet ha publicado recientemente un libro que resume y hace público el fruto de sus investigaciones. Se titula Pío XII e la Seconda Guerra mondiale negli archivi vaticani (Edizioni San Paolo). Entre estas páginas se encuentra la mejor respuesta al último ataque malintencionado contra Pío XII, que lanzó hace dos meses el escritor inglés John Corwell, autor de un volumen de casi 500 páginas, titulado Hitler´s Pope (El Papa de Hitler), que no contiene nada nuevo, sino que vuelve a proponer la vieja tesis de un Pacelli antisemita, por lo que ha obtenido un gran eco en los medios mundiales (cfr. El País, 6 de febrero de 2000, p.10).
En su despacho, como cada día, el padre Blet sacude la cabeza cuando le hablamos de los “silencios”. Él ha conseguido probar que Pío XII hizo todo lo que pudo para salvar a los judíos.¿Qué figura de Pío XII emerge en sus estudios?
Pacelli era un hombre que conocía bien su propio deber y lo cumplía escrupulosamente. No perdió un minuto, era un trabajador incansable. Puso todo su empeño, del el principio al fin, para salvar la vida de los inocentes, y trató de ayudar a los judíos perseguidos incluso antes del inicio de la guerra y del Holocausto.

¿Qué hizo la Santa Sede por los judíos antes del conflicto?
Los nazis trataron de expulsar a los judíos de Alemania y de los países que habían ocupado. El cardenal Pacelli, secretario de Estado de Pío XI, se dedicó a encontrarles acogida en otros estados. Hubo enormes dificultades: obtener el visado para EEUU requería dos años, además era complejo entrar en Inglaterra. Al final, Brasil concedió 3000 visados, una gota en el mar de esas necesidades…

En su libro, Cornwell publica una relación que la nunciatura de Berlín envió al Vaticano en 1919, cuando Pacelli era el nuncio. En ella se habla de una revuelta de bolcheviques a los que se alude como “judíos pálidos, sucios, repugnantes y vulgares”.
Este documento que Cornwell vende por inédito y como “prueba” del antisemitismo de Pacelli era ya conocido y se había publicado en un libro de 1992. Aquel texto no lo había redactado el nuncio, sino uno de los auditores de la nunciatura: fue éste y no Pacelli el que utilizó esas expresiones.

¿Fue Pío XII un Papa antisemita?
¡Pero cómo que antisemita! En 1943, los nazis exigieron a los judíos de Roma 50 kilos de oro a cambio de no deportarles al Ghetto, pero la comunidad israelita sólo había conseguido recoger 35. Los judíos, entonces, recurrieron a Pío XII, que puso a su disposición el oro que faltaba. ¿Usted cree que si Pacelli hubiese sido antisemita los judíos habrían recurrido a él?

Otra acusación hecha a Pacelli es el Concordato con la Alemania nazi, que habría ayudado a Hitler a consolidar su poder.
El Concordato se firmó en 1933, cuando Hitler ya estaba bien consolidado en el poder. El gobierno alemán ofreció a la Santa Sede algunas condiciones muy favorables, pero no las respetó. El propio cardenal Pacelli dijo: “Esperemos que estas nuevas reglas no se violen todas al mismo tiempo”. Aquel acuerdo debía garantizar solamente la libertad de culto para los católicos, que, sin embargo, no tuvo efectividad real: miles de curas y monjas fueron arrestados y el jefe de la Acción Católica, asesinado. Si el Vaticano no hubiese firmado el Concordato cuando se iniciaron las persecuciones contra los católicos, estos podían haber acusado a la Santa Sede de haberse equivocado en no suscribirlo.

Entre la multitud de documentos que usted ha podido examinar, ¿emergen episodios que pueden hacer pensar en un tipo de condescendencia de Pío XII con el nazismo?
No, ninguno. Pacelli era un gran amigo del pueblo alemán, porque admiraba su cultura, pero no ayudó de ninguna manera al nazismo. Hay un episodio iluminador al respecto. Bajo la indicación del Papa, la diplomacia de la Santa Sede se dedicó a hacer aceptar en los ambientes católicos americanos la alianza entre el presidente Franklin Delano Roosevelt con los soviéticos de Stalin, con una función antinazi. Pío XII hizo saber a su delegado apostólico en Washington que ese pacto estratégico para detener a Hitler se debía efectuar, a pesar de que la Santa Sede hubiese condenado firmemente el comunismo. En el 1940, cuando el Papa tuvo conocimiento de los planes de resistencia alemana para abatir a Hitler, decidió pasarlos secretamente a los ingleses, esperando que llegasen a buen puerto. No me parecen acciones de un amigo de los nazis.

¿Cómo se explican los “silencios” del Papa acerca del exterminio de los judíos?
Los así llamados “silencios” no lo fueron. De hecho, la voz del Papa fue la única que se alzó en defensa de cuantos eran perseguidos. En el mensaje de Navidad del 1942, cuando todos los jefes de Estado callaban, Pío XII denunció la persecución “contra cientos de miles de individuos que, sin culpa, en ocasiones por la sola razón de su raza o nacionalidad, han sido destinados a la muerte o a la extinción gradual”. El New York Times tuvo que admitir: “En esta Navidad, más que nunca, el Papa es una voz solitaria que grita en el silencio de un continente”. El 2 de junio de 1943, Pío XII pronunció otro discurso – que sus acusadores se guardan bien de citar – hablando de todos los que se volvían a él “porque a causa de su nacionalidad o de su estirpe estaban destinados al exterminio”.

Algunos dicen que el Papa podía haberse arriesgado más en su mensaje público.
Esta es la cuestión. Pío XII sabía que sus denuncias públicas habrían tenido un efecto devastador: no habría detenido a los nazis y habría vuelto aún más crueles las persecuciones contra los judíos y los católicos. En el mismo discurso de junio de 1943, el Papa explicó: “Cada palabra que dirigimos a la autoridad pública, y cada uno de nuestros discursos públicos, tiene que ser seriamente ponderado y comedido en interés de los que sufren, para no hacer, aun sin quererlo, más grave e insoportable su situación”.

Según usted, ¿el Vaticano sabía exactamente lo que estaba sucediendo en los campos de exterminio?
El conocimiento exacto de lo que había pasado se tuvo sólo después de que los aliados entrasen en los campos alemanes. Por eso, ni Winston Churchill ni el presidente americano Rooselvelt denunciaron el exterminio de los judíos, y tenían menos razones que Pío XII para callar: no tenían fieles esparcidos por todo el mundo que podían sufrir las crueles represiones nazis. El Papa decidió hablar de todos modos, lo hizo y fue el único en hacerlo. Pero más que con las palabras prefirió comprometerse concretamente a favor de los judíos. Todos los reconocimientos que recibió al final de la guerra por parte de altas personalidades del mundo judío dan testimonio de ello.

¿Entre los archivos vaticanos que usted ha examinado se halla el número de los judíos que fueron salvados gracias a la intervención de la Santa Sede?
No; este dato no aparece. El Papa abrió casas religiosas y conventos de clausura para acoger a los judíos y librarles de las deportaciones. Pero no tiene un cómputo de las vidas que salvó. Sin embargo, hay un cálculo y lo hizo un historiador israelita, el diplomático judío Emilio Pinchas Lapide, que en 1967 escribió: “Pío XII, la Santa Sede, los nuncios y toda la Iglesia católica salvaron de una muerte segura a entre 700.000 y 850.000 judíos”.

Padre Blet, ¿por qué aunque los documentos hablan con claridad sobre el papel que desarrolló Pío XII continúan los ataques contra él?
Yo creo que se trata de una campaña bien organizada. El libro de Cornwell está a punto de ser traducido a todas las lenguas…

¿Cree que los ataques provienen de ambientes judíos?
No lo sé. Me temo que algunos ámbitos judíos se han dejado manipular por otros. No es casual que dos periódicos cercanos al mundo judío, el New York Times y el Newsweek, hayan tratado con frialdad o hasta vapuleado el libro de Cornwell. Tenga en cuenta que la campaña contra Pacelli a gran escala comienza en 1963, con la representación de una obra que no quiero nombrar, de igual modo que no quiero nombrar al autor porque no es digno de ser nombrado…

¿Se refiere a El Vicario de Rolf Hochhuth?
Sí, exacto; pero no quiero ni pronunciar ese nombre. De todos modos, esa obra teatral venía de la Alemania oriental, venía del Este.

Padre, pero hoy el Este, entendido como el conjunto de países del bloque comunista, ya no existe.
Es cierto, ya no existe, pero me temo que todavía quedan muchos que no han perdonado a Pío XII la derrota en Italia del frente comunista. La derrota de 1948.

El prestigioso periódico The New York Times trató de muy diferente forma a Pío XII cuando éste vivía y cuando, cuarenta años después de su muerte, ha vuelto a tratar el asunto. He aquí unos pasajes del Editorial del 25. 12. 1941, que cobra hoy valor de documento histórico.

“La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y en la oscuridad en la que ha caído Europa en esta Navidad. Él es el único soberano del continente que tiene la valentía de levantar su voz… Sólo el Papa ha pedido el respeto a tratados, el fin de las agresiones, un trato igual para las minorías y el cese de la persecución religiosa. Nadie más que el Papa es capaz de hablar a favor de la paz”

Está disponible en castellano el libro de Antonio Gaspari, Los judíos, Pío XII y la leyenda negra (Ed. Planeta Testimonio, Madrid 1998). Entresacamos unos pasajes de la entrevista que el autor concedió al semanario Alfa y Omega.

La mayoría de los jóvenes españoles no han oído hablar de Pío XII, aunque el suyo fue uno de los pontificados más ricos de la era contemporánea. ¿Puede darnos una idea de cómo fue este hombre?
El caso de Pío XII es increíble. Ningún Papa en toda la historia recibió tantos testimonios de reconocimiento y de gratitud de parte de los hebreos como el Papa Pacelli. Albert Einstein; Golda Meir; y el rabino de Jerusalén, Isaak Herzog, entre otros, escribieron palabras de encomio por el valor de Pío XII. El historiador hebreo Pinchas Lapide, Cónsul General de Israel en Mílan, ha escrito que la Santa Sede, los Nuncios de la Iglesia Católica, salvaron de la muerte entre 700.000 y 850.000 hebreos. Y un artista judío, salvado gracias al auxilio de los padres orionistas, esculpió una enorme estatua de la Virgen María bajo la advocación de Salus Populi Romani (salvación del pueblo de Roma) que ahora domina la ciudad eterna desde la punta del Monte Mario. Isaías Levi, senador del Reino de Italia, se salvó de las leyes raciales y de la persecución nazifascista gracias a las hermanas de María niña que a indicación de Pío XII lo escondieron en un convento. Al final de la guerra, Levi regaló a Pío XII la villa Levi, actual sede de la Nunziatura de la Santa Sede en Italia.
Esta son algunas de las miles de historias de judíos salvados por la Iglesia Católica. El Papa Pacelli fue un Papa excepcional que guió a la Iglesia en un período trágico. Los soldados, los afligidos, los huérfanos, las viudas, los hambrientos, los prófugos, los sin hogar, todos iban a escuchar su palabra. Los jóvenes se agolpaban en la Plaza de San Pedro para expresar su reconocimiento a quien más había hecho para salvar Roma.
[…]

¿Qué lección saca de esta investigación?
Si se analizaran con serenidad los sucesos históricos, se obtendría una gran enseñanza, porque, no obstante las adversas condiciones políticas y religiosas que separaban a judíos y católicos, entre ellos se realizó una auténtica alianza común contra el racismo. Una alianza que hoy sería igual de necesaria, dado que el racismo resurge de todo el mundo.

El rabino que se rindió a Cristo

El rabino que se rindió a Cristo
 
 
Autor:  Judith Cabaud
Editorial:  Voz de papel
Número de páginas:  128
Fecha publicación:  25/04/2005
Duración: 
 
 
La conversión del rabino de Roma al finalizar la II Guerra Mundial, es uno de los signos más elocuentes de que la Iglesia no fue, como muchos pretenden ahora con un revisionismo absolutamente parcial, cómplice del régimen nazi. Si Pío XII no se explayó más en sus condenas del nazismo fue por una meditada prudencia y por la experiencia de que la palabra de la Iglesia, en lugar de constituir una ayuda eficaz para las víctimas, sólo conseguía recrudecer la persecución. Ejemplo elocuente de ello fue la intervención de los Obispos holandeses quienes al mostrar su pública solidaridad con el pueblo judío no apaciguaron al verdugo, sino que lo encendieron aún más en su odio salvaje contra los depositarios de la Antigua Alianza. Pero Pío XII habló de forma clara con el lenguaje de las obras. Pinchas Lapide, ex cónsul de Israel en Italia declaró: “La Santa Sede, los nuncio y la Iglesia Católica salvaron entre todos a casi 400.000 judíos de una muerte cierta”. Esa cifra sobrepasa con creces la suma de todos los que fueron salvados por las restantes organizaciones sociales y distintos países. De ahí que no sorprenda los elogios que Pío XII recibió de Golda Meir y de otras personalidades judías al acabar el conflicto europeo. El paso de los años ha llevado al olvido todo ello y la historiografía documental, que en este caso choca admirablemente con la experiencia vital, se empeña en hacer hablar la ausencia de documentos. Se olvida a menudo una sentencia que, en el caso que nos ocupa, se revela especialmente verdadera, y es que cuando el Papa calla, sencillamente no dice nada. Silencio que, por otra parte, no disonó en absoluto con la actitud de las restantes cancillerías y organizaciones mundiales. Pero si Pío XII dijo poco, más de lo que se nos quiere hacer creer, superó a todos en el ejercicio de la caridad.

 

Al finalizar la Guerra Israel Zoller se bautizó católico y, como homenaje al gran Papa, tomó el nombre de Eugenio. Su apellido ya había sido italianizado tiempo atrás pasando a ser Zolli. Judith Cabaud, también proveniente del judaísmo, y ahora miembro de la Iglesia Católica, nos ofrece en este libro el itinerario del Rabino de Roma desde su nacimiento hasta su bautizo. No es un libro para la polémica, sino más bien el testimonio de la relación entre judíos y cristianos. Zolli, gran estudioso de las escrituras fue descubriendo como el Nuevo Testamento no contradecía al Antiguo, sino que lo llevaba a su plenitud. Además vio su vida acompañada por algunas experiencias místicas que le fueron confirmando en la certeza de que Jesús era el Mesías esperado.

 

Vittorio Messori nos llama la atención en el prólogo de cómo la conversión de Zolli no debe verse como una ruptura, sino más bien como un cumplimiento y por eso testifica la continuidad que se da entre judaísmo y catolicismo.

 

La conversión de Zolli causó mucho impacto en su momento, pero después cayó en el olvido. No fueron ajenas a ese hecho las intenciones de muchos de silenciar un hito histórico e iniciar así la campaña de desprestigio contra la Iglesia. Ahora gracias a este escrito lleno de amor hacia el judaísmo y al catolicismo, podemos recuperar el itinerario espiritual de Zolli. Junto a sus vivencias interiores se nos ilumina sobre el drama de los judíos italianos, las discrepancias que existieron en el seno de la comunidad hebrea de cómo reaccionar ante las exigencias nazis, y también el ejercicio de la caridad que llevaron a cabo muchos católicos. Judith Cabaud, en pocas páginas que se leen de un tirón, ha recogido lo esencial de aquella historia que no ha perdido ninguna actualidad y que, al tiempo que nos reconforta con un signo de la gracia, ayuda a rehabilitar a dos grandes figuras, la de Eugenio Zolli y la de Pío XII.

 

Para quien desee saber más recientemente Palabra ha editado “Antes del Alba”, que es la autobiografía de Zolli. Es más completa aunque tiene en su contra que le falta la agilidad que ha conseguido Judith Cabaud en estas páginas.

 

David Amado