Aún percibo tu aliento

Aún percibo tu aliento.
Resuena todavía tu soplo en mi nariz,
en este barro indúctil
que modelaste con tus manos
en incontables eras geológicas,
lentamente,
con esa lentitud que produce una obra maestra.

Aún percibo tu aliento,
y el eco de tus pasos
todavía resuena en mis oídos.

Tatuaste tu presencia en mi epidermis,
la escondiste en mi código genético,
la ocultaste de tal manera
que es apenas imperceptible.

Aún escucho tus pasos,
aún experimento la nostalgia
que inscribiste en mis terminaciones nerviosas
y en mis células cordiales.

* * * * * * * * * *

¿Por qué separé mis pasos de tus pasos?
¿Por qué fijé mis ojos
en las cosas que pasan sin dejar huella?

¿Por qué empezaste a parecerme lejano,
desdibujado,
ausente, autoritario,
celoso de tus prerrogativas?

¿Por qué mis pensamientos
se dejaron guiar por la sospecha?

¿Por qué abrí el oído
a las insinuaciones del león joven,
de la serpiente sibilina,
del dragón de siete cabezas,
agazapado
detrás de mi deseo de auto-afirmación?

¿Por qué tomé el camino
de esta rebeldía primordial
que me alejó de ti, inexorablemente?

¿Por qué acallé tu voz,
que sugería un camino distinto?
¿Por qué mi oído
ignoró tus palabras?

¿Por qué te di la espalda,
ocultándome dentro de mí mismo
y detrás de las cosas?

Feria del Libro en el Zócalo de la Ciudad de México

Feria del Libro en el Zócalo de la Ciudad de México

 

Una fiesta de los ojos,

que buscan títulos y libros

entre los estantes dispersos

en la plancha multiusos

que seguimos llamando Zócalo

por la fuerza de la costumbre.

 

Poesía en voz alta

acariciando mis oídos,

despertando mi imaginación

y mis deseos de seguir escribiendo.

 

He hecho un pacto conmigo mismo

para seguir escribiendo poesía.

 

Escribir,

describir, dejar constancia.

 

Evocar, redescubrir paisajes

y desmenuzar

mis experiencias cotidianas.

 

Todo bajo el signo de la palabra.

Tacámbaro

En el mes de octubre de 2004 estuve, acompañado por el hermano Pascual Pérez Rodríguez y el hermano Joaquín de Jesús Espinoza, en el Seminario de Tacámbaro, compartiendo un curso de apologética con los seminaristas.

Allí disfruté la belleza de la pequeña ciudad, tomé fotografías… Allí escribí este poema:

Tacámbaro

 

Ciudad de calles angostas,

que suben y descienden.

 

Es una delicia caminar por tus calles,

para tomar un helado de pistache y de coco,

tomar fotografías en el parque

y mirar los rostros bellos de tus muchachas.

 

Todo en ti parece estar tranquilo.

Eres un pueblo sin prisa,

que te disfrazas de ciudad de tanto en tanto.

 

Te contemplo desde el seminario mayor

y pareces una promesa por descubrir,

un espacio por recorrer,

un tiempo que se detiene para que lo disfrute.

 

Te desmenuzo,

te recorto con la cámara fotográfica;

te disfruto con mis pupilas

y te saboreo con los ojos.

 

Me cautivan tus árboles y tu contorno.

Al amanecer te deseo, porque pareces revestida de luz,

bañada por los rayos solares.

 

En tu territorio

puedo disfrutar de tu cielo estrellado,

luminoso, como hecho especialmente para mí.

 

Desde tu cielo,

la Osa Mayor me coquetea

y me invita a beber la leche derramada

en la Vía Láctea.

 

Marte aún luce rojo entre estrellas bellísimas

y me hace pensar en H. G. Wells

y en “La Guerra de los Mundos”.

 

Pero en ti todo es paz.

Aún el rumor de los grillos nocturnos

me hace experimentar tranquilidad

y quietud.