Discurso al concluir los estudios teológicos en el ISEE

 

Hoy, 13 de noviembre, he visitado el ISEE, pues asistí a una reunión para los delegados de formación de las distintas comunidades religiosas que envían alumnos/as a realizar estudios filosóficos y teológicos en este noble Instituto.

Pues bien, recordé que el 23 de mayo pasado, a petición de la Sociedad de Alumnos, preparé y leí un breve discurso al clausurar el ciclo escolar 2007-2008. Era también la conclusión de los estudios teológicos de mi grupo, conformado por entrañables amigos.

Quiero compartir con ustedes ese discurso:

 

 

Discurso al concluir los estudios teológicos en el ISEE

 

Parece que fue ayer cuando iniciamos la formidable aventura de los estudios teológicos.  Y hoy estamos aquí, concluyéndolos formalmente, pero con la conciencia clara de que todo lo que hemos vivido y aprendido aquí, en nuestro querido Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, nos acompañará toda la vida, en todas sus dimensiones, desde la riqueza y profundidad de la vida interior hasta el ejercicio cotidiano del quehacer apostólico, que realizaremos en comunión con toda la Iglesia, sirviendo a esa porción del Pueblo de Dios que el Señor tenga a bien encomendarnos.

 

A eso, precisamente, hemos sido llamados. A vivir y a comunicar a los fieles cristianos las cosas importantes y esenciales de la vida, las riquezas insondables del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por amor se ha revelado y se ha entregado a nosotros.

 

Nuestra estancia en el ISEE nos ha ayudado a crecer en esta convicción. No en balde algunos de entre nosotros, que pertenecen al Grupo San Cristóbal Magallanes y al Seminario Conciliar de México, han escogido este bellísimo texto para ponerlo en la invitación a su inminente ordenación diaconal, puesto que expresa la certeza del llamado y las tareas que implica:

 

Señor, tú me llamaste

para ser instrumento de tu gracia,

para anunciar la Buena Nueva,

para sanar las almas.

Instrumento de paz y de justicia,

pregonero de todas tus palabras,

agua para calmar la sed hiriente,

mano que bendice y que ama.

 

Queridos maestros y maestras: queremos agradecerles su presencia cotidiana entre nosotros, para comunicarnos su experiencia vital de la fe, porque han tenido el valor de expresarse a sí mismos en cada clase, de compartir con nosotros sus certezas y dudas, sus esperanzas y temores. Queremos que sepan que siempre nos acompañarán, que hablarán a través de nosotros en cada homilía, en cada catequesis, en cada conversación, en el ejercicio cotidiano de nuestro ministerio, porque todo aquello que nos han comunicado es ya parte vital de cada uno de nosotros, de ese tesoro que se guarda en el corazón y en la mente, y que el Espíritu Santo utiliza para extraerlo en el momento oportuno. Gracias. Nos encomendamos a sus oraciones y cuenten con las nuestras, para que el Señor les permita seguir colaborando en esta noble tarea.

 

Queridos hermanos y hermanas que continuarán en estas aulas, acercándose al Misterio para aprender a comunicarlo desde la experiencia de fe: la meta está cerca, casi al alcance de la mano, pero no olviden disfrutar la belleza del camino, la hermosura del recorrido.

 

Que puedan decir en cada etapa de su itinerario estas palabras de Karl Rahner: “He experimentado inmediatamente a Dios. He experimentado a Dios, el innominable e incomprensible, el silencioso y sin embargo cercano, en la Trinidad de su inclinación hacia mí. He encontrado verdaderamente a Dios, el verdadero y viviente, el que merece este nombre, superior a todos los demás nombres. Dios mismo. A Dios mismo he experimentado, no a las palabras humanas sobre él. A nadie se le niega esta experiencia. Querría transmitírsela a otros en la medida de mis posibilidades”.

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