Las declaraciones del Concilio de Trento sobre el Sacramento de la Penitencia

Las declaraciones del Concilio de Trento

sobre el Sacramento de la Penitencia

 

Carlo Collo, en el capítulo 10 de su magnífico libro titulado Reconciliación y Penitencia. Comprender, vivir, celebrar, nos presenta una interesante reflexión sobre las declaraciones del Concilio de Trento sobre el santísimo sacramento de la Penitencia. Collo nos pone al tanto de los propósitos del Concilio Tridentino: presentar la doctrina católica acerca de la penitencia, la conveniencia de la praxis tradicional y poner fin a los abusos introduciendo las reformas necesarias. El Concilio, por tanto, no pretendió responder a todos las objeciones de la Reforma protestante.

Como sabemos, este importante tema se trató en la sesión XIV, la IV celebrada en tiempo del sumo Pontífice Julio III, el 25 de noviembre de 1551, y versó sobre los siguientes aspectos: Capítulo I, De la necesidad e institución del sacramento de la Penitencia; Capítulo  II, De la diferencia entre el sacramento de la Penitencia y el Bautismo; Capítulo III, De las partes y fruto de este Sacramento; Capítulo IV, De la Contrición; Capítulo V, De la Confesión; Capítulo VI, Del ministro de este Sacramento, y de la Absolución; Capítulo VII, De los casos reservados; Capítulo VIII, De la necesidad y fruto de la Satisfacción y Capítulo IX, De las obras satisfactorias.

Leyendo a Collo queda patente que las declaraciones doctrinales del Concilio de Trento sobre el sacramento de la penitencia tienen que entenderse como respuesta a cuestiones bastante precisas y entonces actuales en la controversia con los grandes exponentes de la Reforma. Este contexto y esta intención son de gran importancia para la interpretación del decreto tridentino sobre el sacramento de la penitencia.

Las cuestiones sobre la reconciliación y el sacramento de la penitencia que se discutían en el siglo XVI entre los católicos y los reformadores, tocaban entre otras cosas: la institución de la penitencia por Jesucristo como un sacramento distinto del bautismo; la relación de la fe que justifica, con el arrepentimiento, la confesión, la satisfacción y la absolución sacramental; la obligación de confesar todos los pecados graves, más concretamente si tal confesión es posible y si está postulada por Dios o sólo por la Iglesia, si está en contradicción con la justificación por la fe, si conduce a la paz o a la intranquilidad de la conciencia; la función del confesor, más concretamente si se le puede describir adecuadamente como anunciador de la promesa incondicionada de la remisión de los pecados por Dios en atención a Cristo o si tiene que ser designado también como médico, guía de almas, restaurador del orden de la creación perturbado por el pecado y como juez.

Como respuesta a estas cuestiones el Concilio de Trento enseñó sobre la confesión sacramental que ésta sirve al bien espiritual y a la salvación del hombre, y, por cierto, sin conducir necesariamente a la intranquilidad de la conciencia; al contrario, el fruto de este sacramento es frecuentemente la paz y la alegría de la conciencia y el consuelo del alma; es una parte necesaria dentro del sacramento de la penitencia, el cual de manera inconveniente se reduciría al anuncio de la promesa incondicionada del perdón divino por los méritos de Cristo; tiene que ser clara e inequívoca cuando se trata de pecados mortales; esta obligación no existe para el caso en que es imposible acordarse de los pecados; la confesión completa de los pecados mortales está exigida por la voluntad salvífica de Dios, para que la Iglesia, por el orden consagrado, pueda ejercitar la función de juez, médico, guía de almas, restaurador del orden de la creación perturbado por el pecado.

 

Collo, Carlo, Reconciliación y Penitencia. Comprender, vivir, celebrar. Madrid 1995.

Enfermedad y Sacramento de la Unción

Enfermedad

y Sacramento de la Unción

 

 

El texto seleccionado es Enfermedad y Sacramento de la Unción, que presenta la enfermedad como preludio, anticipación y anuncio de la muerte, puesto que es experiencia de limitación, fragilidad y caducidad de la vida y se relaciona con la agonía y, finalmente, la muerte. El artículo tiene el mérito de recordarnos que el Sacramento de la muerte cristiana no es la Unción de los Enfermos, sino el Viático.

El enfoque también me parece pertinente, puesto que engloba el Sacramento de la Unción de los Enfermos en un contexto más amplio: la preocupación eclesial por los enfermos, que brota de la predicación y la praxis de Jesús, que tenía una permanente preocupación salvífica por los enfermos. Es este contexto histórico-salvífico el que puede ayudarnos a comprender el Sacramento de la Unción de los Enfermos.

En la relación de Jesús con los enfermos podemos destacar lo siguiente: los encuentros de Jesús con ellos concluían, generalmente, con la curación de los enfermos. De hecho, entre los signos milagrosos de Jesús sobresalen siempre las curaciones milagrosas, incluso numéricamente. Sus milagros son revelaciones y realizaciones incipientes del Reino de Dios, que muestran la preocupación divina por la salvación integral del hombre, incluida la corporalidad. Evidentemente, estas intervenciones de Jesús no suprimen la mortalidad de los sanados.

Otros elementos que los evangelios sinópticos destacan en la actuación de Jesús con los enfermos son, intrínsecamente unidos, el perdón de los pecados y la curación física. La preocupación de Jesús por los enfermos se debe, no a su dignidad personal, sino que nace de mirar su miseria, y va encaminada a superar el mal, es decir, el pecado, el alejamiento de Dios y la pérdida de la comunión con el que nos ha creado. Sin embargo, conviene recordar que Jesús pide la fe de los enfermos o de aquellos que los presentan y la conversión personal, aunque es algo que Jesús pide de cada ser humano.

Hay que recordar que una de las llamadas obras de misericordia consiste precisamente en “visitar a los enfermos” y que de cuya realización decide el destino eterno del hombre.

Otros elementos significativos de la relación de Jesús con los enfermos, que se perpetúan en el Sacramento de la Unción de los Enfermos son, precisamente, la oración y acciones simbólicas específicas. La oración que destaca es la oración de súplica y la oración de petición. Aunque no hay ninguna recomendación explícita de Jesús donde nos diga que debemos pedir la liberación de la enfermedad, en los evangelios notamos como Jesús permite la súplica de los enfermos o de sus acompañantes que piden la curación. El Evangelio testimonia que Jesús oye benignamente y responde esas súplicas y nos enseña sobre la eficacia de la súplica hecha en común y en su Nombre. Esta praxis de Jesús está presente también en la Iglesia primitiva, como recogen Hechos de los Apóstoles y la Carta de Santiago.

Con relación a las acciones simbólicas y los gestos que utilizó Jesús el artículo destaca la imposición de manos, usada ya desde el AT, y usada por Jesús, especialmente en el momento de curar a los enfermos. Incluso hay quienes le piden que imponga las manos a alguien para sanarlo. A través del gesto, Jesús revela que por él se hallan presentes en el mundo el amor y el poder de Dios. Otro elemento es la “unción” (con saliva, con una masa hecha de tierra y saliva). Jesús usa, por tanto, una “materia prima”, que la Iglesia prosigue en la práctica sacramental. El Evangelio narra una acción simbólica realizada por los discípulos (cfr. Mc 6, 13) ante los ojos de Jesús, utilizando aceite para curar a los enfermos. Es, junto con Stgo 5, 16, uno de los textos a tener presentes cuando se habla del sacramento eclesial, no porque narre la institución del sacramento sino por lo que muestra de la acción de Jesús y sus discípulos.

Cuando en la Sagrada Escritura se presenta a la Iglesia primitiva, también se habla de los enfermos y de su curación por parte de los Apóstoles. Esto forma parte del envío del Señor, que les dio poder de curar a los enfermos. San Pablo menciona entre los dones  para curar entre los carismas eclesiales. Sin embargo no todos los enfermos se sanaban milagrosamente, como le ocurrió al mismo Apóstol de los gentiles. Hay estima en la comunidad por la actividad de los médicos.

Comentario personal: si bien es cierto que no se narra en la Biblia el instante en que Jesús instituye específicamente el Sacramento de la Unción de los Enfermos está suficientemente atestiguada la praxis de Jesús y de la Iglesia primitiva de una acción sacramental, que incluye la oración, la imposición de manos y una “materia prima” (el aceite, por ejemplo, atestiguado por Mc 6, 13 y Stgo 5, 16) para curar milagrosamente a los enfermos, que con frecuencia incluía el perdón de los pecados, como parte de un proyecto salvífico a favor del hombre, no sólo en el plano espiritual sino corporal, no sólo temporal sino eterno. Se trata de un proceso que implica la fe y la conversión personal y, por tanto, de adhesión a Cristo y a su proyecto salvífico, en un movimiento de amor y reconciliación con el Padre.

Es significativo que como parte de la misión encomendada a la Iglesia, los evangelios narren que entre los poderes conferidos a los Apóstoles esté el de curar enfermos y que se diga expresamente que esas señales acompañarán a los que creen, como lo dice la conclusión del evangelio según san Marcos.

Sin duda se trata de un Sacramento cuya praxis hay que repensar, a la luz del dato bíblico y las necesidades actuales del Pueblo de Dios, pues por lo general este Sacramento no es celebrado o donde se celebra se hace uso indiscriminado del Sacramento, disminuyendo y oscureciendo en ambos casos el valor de un Sacramento tan desconocido e incomprendido.

 

Bibliografía
Feiner, J.,
“Enfermedad y sacramento de la unción”, en Mysterium Salutis, vol. V , Madrid 1984, 467-523.