Tacámbaro

En el mes de octubre de 2004 estuve, acompañado por el hermano Pascual Pérez Rodríguez y el hermano Joaquín de Jesús Espinoza, en el Seminario de Tacámbaro, compartiendo un curso de apologética con los seminaristas.

Allí disfruté la belleza de la pequeña ciudad, tomé fotografías… Allí escribí este poema:

Tacámbaro

 

Ciudad de calles angostas,

que suben y descienden.

 

Es una delicia caminar por tus calles,

para tomar un helado de pistache y de coco,

tomar fotografías en el parque

y mirar los rostros bellos de tus muchachas.

 

Todo en ti parece estar tranquilo.

Eres un pueblo sin prisa,

que te disfrazas de ciudad de tanto en tanto.

 

Te contemplo desde el seminario mayor

y pareces una promesa por descubrir,

un espacio por recorrer,

un tiempo que se detiene para que lo disfrute.

 

Te desmenuzo,

te recorto con la cámara fotográfica;

te disfruto con mis pupilas

y te saboreo con los ojos.

 

Me cautivan tus árboles y tu contorno.

Al amanecer te deseo, porque pareces revestida de luz,

bañada por los rayos solares.

 

En tu territorio

puedo disfrutar de tu cielo estrellado,

luminoso, como hecho especialmente para mí.

 

Desde tu cielo,

la Osa Mayor me coquetea

y me invita a beber la leche derramada

en la Vía Láctea.

 

Marte aún luce rojo entre estrellas bellísimas

y me hace pensar en H. G. Wells

y en “La Guerra de los Mundos”.

 

Pero en ti todo es paz.

Aún el rumor de los grillos nocturnos

me hace experimentar tranquilidad

y quietud.